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El terrorismo y sus etiquetas, de Arcadi Espada

Tercera vez que leo este libro. Además de otras muchas veces que he recurrido a él para buscar y aclarar conceptos. Sigo aprendiendo y encontrando acertadas y precisas las reflexiones de Arcadi Espada. El libro es breve (132 páginas) y directo. Además del glosario (99 páginas) se incluye una entrevista a Susan Sontag (2004), una crítica al documental "La pelota vasca" (2003) y el discurso de entrega del premio Cerecedo (2000).

Dos características principales del terrorismo son la enfermedad y veneno que llevan en la cabeza los terroristas, y el relato que se construye a partir del terrorismo que éstos llevan a cabo. Del libro se deduce, de manera acertada, que la inteligencia de los terroristas es escasa y su maldad grande, y que el relato de la prensa, y de otros agentes, ha creado en muchos una percepción alejada de la realidad.

Arcadi deja claro que no todos podemos ser asesinos, y una prueba de ello es que las miles de víctimas (mejor dicho héroes) en España no han tomado represalias contra los asesinos y han confiado en el Estado para atrapar a los terroristas y juzgarlos. Un ejemplo es el guardia civil que vio como era asesinado uno de sus bebés en un atentado terrorista, y al ser preguntado por la venganza dice: "Uno se da cuenta de que no puede. Uno se da cuenta que no es así. Que no lleva esa maldad dentro" (del excelente documental Trece Entre Mil, de Iñaki Arteta). Añado que el Estado en España (y creo que en otros muchos países) falló a esas miles de personas, tanto a las asesinadas, como a las extorsionadas, amenazadas, desplazadas y vejadas por la barbarie terrorista.

Hay un par de hojas excelentes dedicadas al "diccionario de la negociación": accidente, alto el fuego, banda terrorista, causas (justas quieren decir), contactos, libertad, paz, precio político, víctima y vida. En estas dos páginas y escribiendo sobre esos términos se condensan muchas miserias y rendiciones de los demócratas. A la hora de negociar hay que recordar que "la autoridad democrática no puede negociar razones con los terroristas [...] puede reconocer que está sometida a un chantaje, y que cede a él en nombre de la teoría del mal menor. [...] Las razones son (y serán siempre) nuestras. De los terroristas se espera (se teme) solo la interrupción criminal." Cada uno en su lugar.

En el término "Discursos" Arcadi escribe:
"Una regla principal es la de no responder a los discursos terroristas. Responder ya es una forma de legitimar, de obedecer y, sobre todo, de aportar sentido al anacoluto terrorista."
Cuánta razón en el término "Economía":
"El terrorismo tiene una complejidad irrisoria. Lo complejo es la democracia. Pasa como con el cáncer respecto de la vida".
Otras dos frases con verdad: "antes que muerte, el terrorismo es opresión" y "uno elige la vida cuando se trata de la propia y la libertad cuando es la de los otros".

Finalizo con la últimas palabras del libro de Arcadi:
"Quiero decir que lo he escrito sin más preocupación que la verdad y la claridad. Así se puede hoy escribir contra el Estado, y, desde luego, mi ejemplo no es el único ni el más importante. Pero es evidente que así, con esta libertad nítida y creadora, no se puede escribir contra el terrorismo. En esta superioridad moral es donde radica lo más importante que empezó a pasar en España a partir de aquella madrugada fundacional de hace veinticinco años."
A continuación, lo que escribí hace años.


Entrada del 11 de junio de 2011:

Relectura de otro magnífico libro de Arcadi EspadaEn esta ocasión un glosario sobre un único tema, el terrorismo y su relación de los medios de comunicación.

Diarios abarcaba todo mientras que este libro se centra en un tema. No por ello mengua el interés, todo lo contrario, al concentrase más en un tema entra más a fondo en muchas cuestiones.

El libro se inicia con una cita de Rafael Sánchez Ferlosio: 
"La función de la sangre es la de provocar una íntima y pública convicción de realidad: 'Mirad cómo esto mío no es ningún juego de niños, ninguna fantasía novelesca, puesto que me lleva hasta a matar. ¿Acaso matan las fantasmagorías?"
De primeras leemos las reflexiones de Espada sobre el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Y de ahí en adelante no deja de analizar todo lo relacionado con el terrorismo y sus derivas.

Espada deja clara su opinión sobre la inteligencia de los terroristas (página 15): 
"La única relación del terrorismo con el cerebro es el tiro en la cabeza, y tal vez se refieran a eso cuando hablan de autor intelectual."
Espada está a favor de que los medios de comunicación informen en profundidad de los actos terroristas (p. 22): 
"El periodismo ha sido fundamental para la creación del monumental archivo de conflictos de la Humanidad, un archivo que ayuda más de lo que creemos a la resolución de los conflictos y que lo hará más en el futuro."
Sobre lo anterior ya escribió en Diarios (p. 32): 
"Los medios tienen que hablar de los terroristas; incluso tienen que hablar con los terroristas. Baste que no olviden que la única razón que justifica hacerlo es el asesinato, que los terroristas están en los medios por los asesinatos y que esa es su única fama."
Insiste sobre qué es el terrorismo:
"Desde lo alto el terrorismo vasco no es más que eso: un chiflado que va por las calles con una pistola en la mano persiguiendo a Maite Pagaza y Fernado Savater."
La relación de la policía con los medios es también analizada (p. 62): 
"No es la primera vez ni será la última que la policía usa los diarios a su conveniencia. Lo hace la policía, y los ladrones y los poetas. Tampoco, ni primera ni última que la policía miente en los diarios impelida por un bien superior, en este caso la desactivación de la amenaza terrorista. Dado que son el territorio de la verdad, los diarios son instrumentos preparados para mentir."
Ante la pregunta del director del periódico que permitió la publicación de la mentira (pp. 62-63): 
"¿Acaso el derecho del público a estar informado debe prevalecer siempre sobre la esperanza de ver detenidos a los que blanden una amenaza?"
Responde con claridad (p. 63):
"Es sorprendente la cantidad de supuestos que yacen en esa frase y que el director pretende pasar por certezas. El primero y elemental es que información y seguridad sean término incompatibles."
Espada aclara conceptos (p. 75):
"Lo contrario del terrorismo no es la paz. Es la ley."
Tendría que transcribir todo el libro en esta entrada para hacer justicia al mismo. Sólo he destacado algunas partes que me han parecido interesantes.

Un libro muy útil para reflexionar sobre una de las grandes desgracias de la actualidad. Lo incluyo en mi lista.

Comentario a El cine hormonado de Arcadi Espada

Estimado Arcadi:

Usted es un experto en los temas de ficción vs no ficción, Javier Cercas puede estar seguro de ello, y dejó clara su posición hace tiempo en su artículo Personal Copyright: "[C]ualquier utilización de los nombres propios en una ficción deberá someterse a las mismas exigencias de veracidad que se darían en el caso de aparecer en un periódico. Y con las mismas consecuencias, en el caso de falseamiento. El nombre propio corrompe la ficción e instala un automático pacto de veracidad". ¿Qué hacemos cuando alguien quiebra lo anterior? ¿Prohibimos su exhibición? ¿Les obligamos a poner un sello de "Peligro no ficción" al estilo de los dos rombos de antaño?

En el artículo escribe: "El cine está ocupándose, y cada día con mayor eficacia, de fijar el canon de la Historia". ¿Le daría usted crédito al que pretende hacer pasar por historia un mero divertimento? Está pasando, no lo niego, pero esas personas que dan por cierto lo que hay escrito en novelas y lo que ven en películas deben asumir su responsabilidad y las consecuencias que se deriven de ello. Aunque también las habrá para la sociedad, y la prueba evidente de ello son las ficciones a las que se entrega la gente con los de Podéis. ¿Qué hacemos respecto a ello? Lo primero dejarlo claro con artículos como el suyo. Pero, ¿cómo nos protegemos?

Por otra parte, Steven Pinker en "The better angels of our nature" cita a las novelas como una posible fuente de generación de empatía que ayudó a la reducción de la violencia. Aunque si nos pasamos de frenada podemos crear un mundo en el que hasta respirar puede ser un acto agresivo hacia las personas que tenemos cerca.

En el nombre de Franco. Los Héroes de la embajada de España en el Budapest nazi. 2013. Arcadi Espada Enériz.


El libro es una joya. No sólo por los temas que trata, el holocausto y la verdad, sino por lo bien que está escrito y planteado. Lo incluyo entre mis libros imprescindibles.

Soy un admirador de la manera de afrontar y contar la realidad de Arcadi Espada. Tanto sus libros como sus escritos, que se pueden leer en su blog, siempre van encaminados en la misma dirección, la búsqueda de la verdad y la discusión racional de la vida. 

Un pero al excelente trabajo realizado es que el formato libro es muy rígido y no aprovecha todo el potencial que ofrecen las herramientas modernas. El blog del libro completa la lectura, pero al no estar todo en un mismo paquete se hace difícil la lectura conjunta. En este sentido, el autor junto con otros autores hicieron un gran trabajo con Aly Herscovitz. En esta obra echo de menos mapas, vídeos, enlaces, pistas falsas, etcétera. Puede que en un futuro nos sorprendan con un libro electrónico de este estilo.

El libro está muy trabajado, han sido cinco años de investigación, y eso se nota. Se va deshilando la madeja, dando a conocer muchos detalles, hasta llegar a intuir qué pasó en realidad. El autor nos lleva de la mano a lo largo del relato, contándonos todos los avatares de la vida de las personas que fueron los héroes de la embajada de España en Budapest: Ángel Sanz Briz, Zoltán Farkas, Elisabeth Tourné y Giorgio Perlasca.

Este último ha sido el que ha tenido una mayor repercusión, pero Espada se dedica a desmontar su farsa. No cabe duda de que fue un héroe, pero se inventó gran parte de sus historias. Como le escribe Espada al hijo de Perlasca:
"Mi libro no persigue arruinar a su padre; solo ponerlo en su sitio. En el invierno de Budapest su padre actuó en favor de la dignidad humana, y es justo que así se le reconozca. Mi libro se ocupa de esa acción humanitaria. Cuando en los años posteriores escribió y dictó la crónica de aquellos años fabuló con frecuencia. Mi libro se ocupa de esa fabulación".
En el libro aparece una cronología, que el autor a reproducido en la web, y que nos hace de guía para los sucesos que se relatan.

Espada escribió sobre el tema en cuatro artículos (IIIIII y IV), pero cometió algún fallo, que ha subsanado con el libro. Por ejemplo, indicó en los artículos que la fecha de salida de Budapest de Sanz Briz fue el 1 de diciembre de 1944, cuando realmente fue el 7 de diciembre. ¡Qué difícil es dar con la verdad!

El libro es otra prueba más de que los nazis tuvieron un éxito notable en el exterminio de los judíos, entre otros. Pero esos pocos y escasos rayos de luz, como sin duda son los cuatro héroes de la embajada española, hacen que me pregunte el porqué de unas actitudes tan diferentes dentro de la humanidad. Auténticos hijos de perra al lado de gente de bien arriesgándolo todo, relacionándose unos con otros y afectando a vidas de terceros. Gran misterio el cómo se colocan unos a un lado y otros en el contrario, con mucha gente en el medio tratando de sobrevivir y no verse afectada.

Titulo: En el nombre de Franco. Los Héroes de la embajada de España en el Budapest nazi
Autor: Arcadi Espada Enériz, con la colaboración de Sergio Campos
Editorial: Espasa
Fecha: 2013
Páginas: 312 (en versión papel)

Esto es la guerra, por Arcadi Espada

El Mundo.


Estoy leyendo lentamente el importantísimo libro de Pinker. Apenas hay página que no me haga pensar en algo. Esta cita por ejemplo del politólogo Carl Kaysen:
«Sin duda está en marcha una profunda transformación de la estructura internacional de Europa —y del mundo entero—. En el pasado, este tipo de cambios a menudo tenían lugar gracias a la guerra. El razonamiento expuesto en este ensayo respalda la predicción de que esta vez los cambios pueden producirse sin guerra (aunque no forzosamente sin violencia interna en los países afectados). Hasta aquí —mediados de enero— muy bien. El autor y sus lectores verificarán la predicción cada día con impaciencia e inquietud.»
Esto está escrito mucho antes de la crisis. Y mucho antes de que yo escribiera que el relato mediático de la crisis era un relato de guerra. Y mucho antes también de que algunos alegres optimistas de nuestro tiempo escribieran que la salida de la Gran Depresión fue la guerra. No. Esa salida es imposible. Un imposible lógico. Porque esto que sucede (incluido el mentón de nuestro Ben Plantat) ya es la guerra. A eso hemos conseguido reducirla.

Los héroes blasfemos por Arcadi Espada

Diarios de Arcadi Espada.


El asesinato del diplomático americano en Libia y los asaltos a otras embajadas se han atribuido a cierto documental burlón sobre la vida y obra de Mahoma, el profético. Siempre hay una causa, sean una película, una obra literaria o unas caricaturas danesas, que los analistas de la turba identifican con el presunto foco del problema y sobre el que centran sus panzudas llamadas a la responsabilidad. Es vistoso que los analistas se muestren menos exigentes sobre la responsabilidad si detrás de la ofensa religiosa está unrushdie, y no un ignoto dibujante o un videoaficionado. Los analistas son seres espirituales y creen que la obra de arte sublima el insulto. En cualquier caso lo importante es que a la hora de determinar quién es el culpable del asalto a cualquier Bengasi siempre destacan la presunta ofensa. ¡Las causas… justas! La película de Mahoma por encima de Mahoma. En el examen del mundo que se nos propone la religión aparece como un paisaje dado, inmutable. Los reproches se centran en lo contingente: unas caricaturas, un vídeo. Quienes así hablan provienen del relativismo, de un enfoque que equipara el peso, la razón y la verdad de todas las culturas. Y, sin embargo, del fondo de sus argumentos se desprende un olor de menosprecio por aquellos que dicen comprender. Aun con sus disimulos habituales, nuestro relativista sostiene que la turba islámica, ignara y fanática nunca podrá contenerse, al modo de una manada herida; y que somos nosotros los artistas, los literatos, Occidente, gente fina en fin, los que podemos y debemos hacerlo. El relativista verá qué hace con el aliento colonial que conllevan sus llamadas a la responsabilidad. Por mi parte no dudo de que Rushdie, los caricaturistas, el videoaficionado y los que vengan son, al margen de sus intenciones éticas y estéticas y de las conspiraciones que pueda haber detrás de sus actos, unos héroes de la libertad. Como cualquier otra lucha por la libertad verdadera ésta cuesta también ruina y sangre. Pero, a cambio, ellos van desactivando poco a poco la blasfemia y acostumbrando a las masas islámicas a convivir con la ofensa religiosa, que es una de las primeras exigencias del mundo civilizado. El héroe blasfemo lucha por la libertad de los creyentes aún más que por la nuestra.

España y Cataluña por Arcadi Espada

El Mundo.


En un artículo lleno de buenas intenciones y dedicado a sus amigos independentistas, el periodista Xavier Vidal-Folch escribía ayer en El País: «Cataluña es imaginable como entidad diferenciada. Pero España sin Cataluña no es pensable.» Vaya. Lo extraordinario de este debate sobre la independencia es que acabaremos descubriendo el Mediterráneo en tiempos de Jaime I. Naturalmente. Tampoco es pensable España sin Castilla, Aragón o Andalucía. Cualquiera de esas comunidades, que también son perfectamente imaginables como entidades diferenciadas, serían la analogía pertinente del articulista. Por el contrario España, como cualquier otro Estado, es un concepto basado en la unidad de diversos. Más o menos, pero diversos. Como subrayaba hace unos días el caballero Secondat en el periódico, la falacia de hablar de Cataluña y España como sí fueran dos entidades diferenciadas tiene muchas consecuencias; y una de ellas es este tipo de razonamientos no ya políticamente parciales, sino absolutamente ilógicos. España no es pensable sin la unión. Exactamente del mismo modo que el nacionalismo no es pensable sin la separación. Al nivel que sea, pero siempre separación. Todo estaba mucho más claro cuando no existían independentistas, sino separatistas, («pues sí, somos separatistas» reconocía Cambó), una expresión que ellos dejaron de usar para nombrarse, por ser una expresión dolorosa y antiestratégica. No hay pleito entre Cataluña y España (por ilógico) sino entre españoles que quieren seguir siéndolo y otros que quieran dejar de serlo. Comprendo que a los nacionalistas esta evidencia les moleste; pero también confío en que sus pasiones no sean incompatibles con la lógica: para dejar de ser español antes hay que serlo. Dejar de ser español no es imposible. A diferencia de ser catalán: como ya escribí hace muchos años a qué ventanilla imposible se dirige uno para la extenuante empresa de dejar de ser catalán. Yo comprendo muy bien que uno quiera dejar de ser español. Hay otras cosas mejores en este mundo. Pero lo que comprendo menos es que en vez de irse uno a uno con lo puesto, que es lo que hace un caballero, incluso español, estos españoles malgré quieran irse con la casa a cuestas y arrastrándonos.
Por lo demás, el trágico destino de los nacionalistas es que para separarse de España Cataluña tendría también que separarse de sí misma.

Un tiempo arrasado por Arcadi Espada

Diarios.


Querido J:
Mi amiga arquitecta me urgió a ver La mosquitera, película española. Para ir preparado, le pregunté en qué minuto, más o menos, aparecía la paja en el pajar, marca de agua de nuestro cine agro y ají. No sólo me dijo que no había paja ni tocamientos curiles ni peste civil, sino que iba de una adolescencia de perros. Por causas que comprenderás con facilidad cada vez que oigo la palabra adolescencia me pongo manos arriba. Llevo muchos libros y muchas conversaciones para tratar de bajarlas, hasta ahora sin éxito. Por eso escuché con mucho interés lo que estaba diciendo mi arquitecta. Fue definitivo que añadiera:
—En realidad muestra lo que pasa cuando se dice a todo que sí.
No daba crédito. Hace meses yo me había hecho la misma pregunta en muchos momentos álgidos. Es decir, en medio de las réplicas ásperas e inacabables me quedaba de pronto en silencio en el ángulo oscuro y me decía, exactamente: «¿Hasta dónde llegaríamos si yo ahora dijera sí, y luego, sí, y otra vez sí, y siempre sí?» La especulación me ayudaba a evadirme del desaliento. Fantaseaba. Para empezar, sí, en esta casa habría ya un chucho apestoso y la casa giraría al ritmo de sus deyecciones. Pero en realidad ni siquiera este horario se conservaría: las distinciones entre la noche y el día y entre el trabajo y el ocio haría mucho tiempo que se habrían convertido en relativas. Paulatinamente el teléfono centraría los gastos de la casa: el único alivio es que por razones técnicas la factura mensual nunca superaría el coste de 44.640 minutos: lo que ponía un techo. Si sí, comerían siempre y únicamente unos monstruosos bocadillos de chocolate, desafiarían a Pinker (lo que me parecía inconcebible, pero así es la vida) y caminarían solas de noche por lugares vacíos. Y en fin: dormirían abrazadas al ordenador, comerían en un plato con costra y ya habríamos cambiado de colegio por razones de fuerza mayor disciplinaria.
Fui a ver la película a la web de Filmin. Sí: el muchacho, un petit Léautaud,recoge perros (¡precisamente!) y los va llevando a casa. En el proceso de canificación acaba metiéndose calmante para perros. Hay un padre calzonazos y una mujer. No te diré nada más para no romper la ilusión de esta película afirmativa. No perderás el tiempo viéndola. Y Emma Suárez sigue rotunda y magnífica. La película me animó, porque ya sabes que yo digo no. Este adverbio da muchos problemas. Problemas crueles. Hoy leía en un papel que Punset recomendaba a las escuelas que enseñaran… ¡amor! Este Punset emocional y new age canta más que el gallo de Morón. ¡Amor! Hace días que yo llegué a la conclusión contraria. El conflicto, con su rabia y con su furia, es imprescindible, y eso es lo que hay que enseñar. A los padres.
Las veo aparecer por la puerta. Torvas. Qué adjetivo exacto. Una fiereza desgreñada, sólo atemperada por el desprecio. Echan una ojeada al lamentable paisaje de cada día: una casa limpia, ordenada, tranquila. Husmean el maldito olor a padres, invariable. Es un olor que sólo ellas detectan, naturalmente. La casa nunca olió a col hervida, vaya si me cuidé. Por si fuera poco, y fruto de mis estudios, ya casi no se hacen sofritos. La casa sólo huele a intemperie. Pero siempre puede haber un olor añadido. Quizá se estén friendo boquerones en la cocina, acres boquerones con sus ojillos.
—Cada día la misma asquerosidad de pescado…!
Constato que aún conservan un cierto rastro de prudencia. Asquerosidad es una palabra que está en el límite, incierta. A veces les cuesta algún problema; a veces me la trago impune por razones de índole familiar que no veo conveniente detallar. De ahí que la pronuncien al tiempo que la pesada mochila da contra el techo del piso de abajo. La protesta por la comida es recurrente. Pero muchas veces coincide con sus gustos binarios de carne y droga de cacao. Esos mediodías me gustan. Me gusta ver cómo abren la puerta buscando pelea, y cómo deben recular de momento ante la alegría inoportuna. Habrían preferido unos cuantos cadáveres de boquerocintos, pero tienen delante una entera vaca picada sobre dos hectáreas de queso morcillón. Me gusta, especialmente, cómo rememoran sus antiguas obligaciones, ¡lo que les enseñaron en casa!, y dejan caer sobre algún inverosímil flanco de mí un pellizco de boca. Y me alegro todavía más si llevo un barba de día y medio, lija, y advierto su mueca de desagrado que va diciendo, si es que no puede ser, coño, mira que soy buena, pero es que no puede ser. Se instala un silencio de boas. Apenas un par de minutos. Resoplan, el esfuerzo. Las niñas liquidan medio litro de agua en dos grandes vasos. Aún jadeante, pero ya recobrada para el mal, una masculla:
—Necesito bragas.
Me sobresalto. Indefectiblemente. Llevo ya años viviendo en un mundo de mujeres. Esas dos ya han conseguido extirpar, prácticamente, cualquier gusto por el sexo. Y las posibilidades de que, conforme a mi edad y posición, sufra algún desvarío por mujer joven son nulas. Cuando me cruzo con alguna ferocidad prieta y desasosegante se me presentan ellas como salidas del infierno; y así, cierro los ojos como un pobre hombre y sigo cabizbajo mi camino. Han podido quitarme el gusto de todo; pero la palabra bragas, mmmm… con sus verbos, aún me turba. Por eso me quedo unos segundos deliciosos, como ensoñado, paladeando; pero ya están gritando porque les han dicho no, con todas las letras, que son muchas más que dos.
No. He tardado, amigo mío. Pero ya es caso cerrado. Como cualquier hombre que creyó verse ante un problema, anduve mucho tiempo en busca de la solución. Nunca pensé que fuera el sí a todo de Windows y La Mosquitera. Pero tampoco el no. Corrí el riesgo de volverme un hombre temperado, que examinara cada suceso, y ponderase en él todas sus circunstancias. Entré en negociaciones. En pactos. Y en la intolerable lepra del chantaje. Creo que un jueves hasta me volví Punset, mucho, mucho, mu-choamor. ¡Quia de quias! No hay solución. No hay problema. En un momento indeterminado de los 13 años y hasta un momento indeterminado de los 18 (baja y sube según el trópico) hay pelea. Los objetos les importan una asquerosidad de las suyas, que tanto tienen en la boca. Ni el salir ni la comida ni la libertad ni el acceso a facebook ni tirar de tabaco. Sólo quieren pelea, por sí misma. La pelea es un alimento y una respiración. La explosión hormonal es también eso: un voraz instinto de fajarse contra el mundo. No debemos engañarnos: la negociación, cuando adviene, es sólo el resultado de nuestro cansancio inexorable, de la acumulación de las horas y los problemas, de la salud castigada. Nunca es el resultado de la razón. Debe haber lucha, conquista, un tiempo arrasado. O la patria de la edad adulta o la muerte.
Sigue con salud
A.

¿Quiere usted que la región de Cataluña siga formando parte del Estado de España? por Arcadi Espada

El Mundo.


Mientras no hablo, pero sobre todo cuando hablo, pienso en mi mala suerte: tantos años perdidos dándole al memo manubrio del nacionalismo. ¡Lo que yo habría sido! Pero yo mismo me animo. Que vachaché. Al fin y al cabo pensar, escribir, hablar deben de tener un efecto vigorizante per se, con independencia del contenido. Gimnasia sueca. Porque lo cierto es que aunque la veta parezca agotada siempre acaban saliendo perlas.
Por ejemplo, esta cosa gelatinosa y eufemística del nacionalismo catalán respecto a los sentimientos. Alemanes, vascos, flamencos, españoles, incluso, en épocas distintas de la historia no han ocultado detrás de nada su xenofobia. Estos nuestros ocultan la evidencia de que no soportan vivir con el otro, ¡extranjero!, bajo grasientas capas de sentimentalidad y victimismo. Este último bien humorístico: hasta el punto de tratar de hacer creer al resto que ellos son las víctimas y los que han de soportar la xenofobia.
Este argumento va íntimamente emparentado con su denuncia del presunto nacionalismo español. Cualquier alfabetizado sabe que la expresión del nacionalismo español es la Constitución de 1978, la que ha organizado uno de los Estados más flexibles del mundo. Pero, en cualquier caso, hay una diferencia esencial entre uno y otro nacionalismo: a diferencia del catalán, el nacionalismo español no quiere hoy echar de su casa a nadie.
Por lo demás observo que la santa inocencia nacionalista ya tiene preparada la pregunta y que nos llama partidarios del no. A mí, como puede comprender cualquiera, el no me va mucho. Mucho más que a Raimon Pelegero: al fin y al cabo le saco una dictadura (aunque sea blanca) de ventaja. Pero no deja de admirarme cómo estos inocentes eligen rápidamente jugar en casa, y se apropian de la psicólogica ventaja afirmativa de la respuesta. Ignoran que hasta los adverbios habrían de negociarse, y que ellos son y serán siempre los del no.

La aristocracia del sufrimiento

por Arcadi Espada.


La web titula que Michelle vende a su marido como un americano que sabe lo que es sufrir. Y este subítulo: «La primera dama recuerda a los ciudadanos que, al contrario que Romney, el presidente pasó los mismos apuros que ellos.»
Si los ciudadanos tuvieran además de voto voz (voz y no gorjeo) le responderían a la señora Obama:
?¿Y bien?
El haber pasado los mismos apuros que otro no implica resolver mejor ni más atentamente los problemas del otro. Ni siquiera ponerse (¡adecuadamente!) en su lugar. No funcionan así los mecanismos de la empatía. Yo mismo. Nací en el puro pueblo, por no especificar más abajo, y mira. Y en términos generales: bien se sabe que en muchas ocasiones los más acérrimos enemigos de los inmigrantes son los más recientes inmigrantes. No hay peor cuña que la de la misma madera. Y por supuesto: ser como ellos es solo ser como ellos: no significa ser honrado ni digno ni inteligente ni corrupto ni miserable ni cermeño.
Esta aristocracia del sufrimiento es tan descabellada y pueril como cualquier otra y solo puede tomarse en serio con humor. Aunque, naturalmente, y como en el caso de los aristócratas convencionales también los que atesoran generaciones de humillados y ofendidos tienen todo el derecho a vivir del cuento.

Por una nueva ley de dependencia

por Arcadi Espada.


Este primer párrafo de la convocatoria a una rueda de prensa de UPyD:
«UPyD Cataluña considera que los acuerdos adoptados por los ayuntamientos de Girona y Figueres por los cuales se contrata el servicio de uno o más trenes de pasajeros par a trasladar a Barcelona a las personas que deseen participar en la manifestación por la independencia convocada por la Asamblea Nacional de Catalunya el próximo día 11 de
septiembre constituyen una clara desviación de poder.»
Hace muy bien en denunciar UPyD y sobre todo hace muy bien en denunciarlo ante el delegado del Gobierno. Lo único que tiene que hacer el gobierno, a cambio del rescate e incluso sin rescate, es hacer cumplir la ley.
¿Pero qué ley puede venir de Fátima!
Por lo demás esos autocares franquistas prueban otra vez de modo inexorable la evidencia: ¿Una nación, Cataluña...? Hombre, hombre. ¡Una banda!

Me pega lo normal

por Arcadi Espada.


Una Rihanna, cantante pop, ha dicho que ama al que le pegó una buena paliza, un Chris Brown que fue juzgado y condenado por ello. Las palizas no son incompatibles con el amor, al menos con el amor proclamado. Hay gente que, igual que juega a médicos, juega con el sufrimiento. Pero en este caso no hubo juego, y la mujer denunció la conducta del hombre. Al que no ha dejado de amar, insiste. Su confesión redunda en un asunto escabroso. Muchas mujeres son asesinadas porque no son capaces de alejarse de sus maltratadores. Sus muertes tienen un aire vago de suicidio y de sobredosis. Hay mujeres que siguen con su hombre a pesar de que las mata. Otras, porque las mata. No sucede nada demasiado distinto con la heroína y el alcohol. El feminismo ha querido convertir la conducta sometida de algunas mujeres en un asunto político, haciéndolas víctimas del macho. Pero lo cierto es que estas mujeres, equipadas socialmente con todo lo necesario para huir del peligro (y lo principal: los dinerillos), son, ante todo, víctimas de sí mismas. Se trata de mujeres que no son normales. Y utilizo este adjetivo de una manera libre, tranquila y desenvuelta, porque el adjetivo normal, después de haber estado recluido durante años en los campos de concentración del political correctness ha vuelto triunfante ¡y normalizado! gracias a monsieur Hollande, el presidente normal, es decir ce qui ne souffre d’aucune trouble pathologique.
Rihanna es una pobre chica enferma que ama a su maltratador. Digamos, sin apartarnos ni un ápice de la semántica legitimada por monsieur Hollande, que Rihanna es una pobre chica subnormal. Los periódicos pueden recoger declaraciones de personas que sufran este tipo de patologías; pero con la severa condición stendhaliana de que solo sirvan para mostrar la patología. Lo relevante y veraz no es lo que Rihanna dice sobre el amor y la violencia, sino que Rihanna es una enferma. Por desgracia, el tratamiento que los medios dan a sus declaraciones es puramente romántico. Las mismas crónicas que escarbando sobre los hechos con las pinzas del deontólogo eluden incluir referencias a la responsabilidad del alcohol (¡no fuera a ser un atenuante!) en los crímenes de pareja vulgares, se empapuzan de ambigüedad sobre la relación entre la violencia y el amor cuando la víctima no es una cincuentona ama de casa de Albacete, que lo perdonó, sino una top pop. Ya no se trata de la sórdida enfermedad de la dependencia; sino del libérrimo y fértil amour fou. Y me escandaliza que frente a estos relatos el fiscal feminista calle, también sometido. Y no pida, al menos, el inmediato procesamiento de la protagonista, por apología de la violencia y de la droga.
(El Mundo, 23 de agosto de 2012)

Menos presunción

por Arcadi Espada.


La degeneración ha llegado a tal extremo que esta mañana me siento incómodo donde Herrera, por defender la presunción de inocencia de Bretón; y sobre todo por no meterme en la poza negra del cerebro de un psicópata. Lo extraordinario es la comodidad con que mis colegas deambulan por ahí; de modo que el que parece que esté fantaseando sea yo. Es llamativo cómo ha disminuido en pocos años la distancia entre los oyentes de un programa y los que lo hacen. Ya es prácticamente indistinguible. Y, desde luego, no porque haya subido la capacidad de raciocinio y mesura del pueblo radiofónico.
Pero ojalá se ciñera el asunto a un problema específico de la radio. Que pudiera decirse se le calentó la boca, ¡y no se refirieran a mí! Quia. Hoy trae el periódico, y destacado en su portada, un artículo dictamen de un José Cabrera, forense, que congrega una sarta penosa de fantasías y elucubraciones (y la habitual creencia de que la distinción entre el bien y el mal basta para descartar la enfermedad cerebral) cuya inserción en un caso de dolor terrible le añade un estrago de inmoralidad. Obviamente lo primero que hace nuestro forense es ignorar con desprecio la presunción de inocencia. A partir de ahí el desbordamiento es incontenible. La presunción de inocencia revela, por agrio contraste, para qué sirve, su utilidad específica en la higiene del Estado de Derecho. Cuando la presunción de inocencia se destruye todas las presunciones resultan ya legítimas, llevaderas, naturales. Declarado culpable por el tribuno popular el asesino y toda su peripecia se convierten en un bien comunal.

Lo que nunca muere

por Arcadi Espada.


ETA ha perdido su batalla contra la sociedad española. De un modo indiscutible. Tan indiscutible como que habrá sido a pesar de la prensa. ETA ha hecho de la prensa su aliada, su más eficaz quintacolumna. Al principio de la transición, la prensa pura y simplemente tapó sus crímenes: los asesinados se escurrían por el sumidero de un breve. En los últimos años ETA ha sido para la prensa una atracción constante y fatal. Un puñado de periodistas heroicos, que entendieron mejor que nadie, en ninguna parte, cómo una sociedad democrática debía informar sobre el terrorismo no fue suficiente para contrarrestar la viciosa ola general. Lo más sorprendente, lo puramente devastador, es que después de muerta ETA siga gozando de la simpática (como la onda expansiva de la bomba) amistad de la prensa, que no solo retransmite en directo sus akelarres de perdón sino que es capaz de organizarle gratuitamente, estos mismos días, una buena huelga de hambre.
Un preso gravemente enfermo pretende saltarse la tantas veces desquiciante burocracia carcelaria (que tiene que examinarle y decidir sobre la gravedad de su estado) y anuncia que se pone en huelga de hambre hasta que no le liberen. Al poco rato otros presos etarras anuncian su difusa solidaridad con él. Esta solidaridad se traduce en que a veces se saltan alguna comida, o el postre, o evitan los alimentos de la prisión, o escriben cartas campanudas a la dirección, etcétera. Pero los grupos filoetarras del exterior dicen: «Huelga de hambre». Y la prensa dice: «Huelga de hambre». Uno de esos antiguos preceptos del tiempo en que los periódicos no estaban en el museo ni en las ceremonias de clausura obligaba a los periodistas a no informar de una querella hasta que el juez no la aceptaba. Del mismo modo, cualquier periodista sabe que la noticia de una huelga de hambre no se da hasta que le clavan al huelguista la aguja de su primer suero. Por si fuera poco han sacado en seguida la palabra carcelero. El carcelero de Ortega Lara. Esto que ha hecho exactamente Basagoiti al reprocharle a Otegi que hable de humanidad para quien no la tuvo con el secuestrado. Esto, lo último que debe hacerse: insinuar por pasiva que el Estado está aplicando algún tipo de venganza tácita. Esta generosa donación a las misiones etarras: la oportunidad de que los voceros extramuros prendan fuego al esparto del verano.
Mi beocia falta de entendimiento sobre el oficio (¡y no será por falta de obstinación y de años!) y esta imposibilidad de asumir que ETA, antes que cualquier otra cosa, fue, es aún, lo más acogedor y sagrado, un puto tema.
(El Mundo, 14 de agosto de 2012)

Por un nuevo mecenazgo

por Arcadi Espada.


Un inmigrante ilegal (ni irregular ni sinpapeles como acepta llamarle, con el beneplácito kumbayá, la artimaña eufemística del poder político) debe tener los mismos derechos que un preso y entre ellos, por supuesto, el derecho a una sanidad gratuita. Como en el preso, un inmigrante ilegal es una condición provisional. En el caso del inmigrante la provisionalidad debería ser muy fugaz. Solo hay dos modos de que lo sea: o papeles para todos o aquello del presidente Aznar a las pocas horas de serlo, cuando metió en un avión a 103 bajo los efectos de algún narcótico: «Había un problema y lo hemos resuelto.» Sin embargo, la socialdemocracia vigente ha optado por dotar a algunos inmigrantes (medio millón en España, según parece) de una suerte de estatuto parecido al que se extiende sobre aquellos ectoplasmas apátridas de los aeropuertos, que ni pueden salir ni pueden entrar y que de tanto limbo acaban olvidando quiénes eran y a qué vinieron. El «inmigrante irregular» solo es el producto de la mala buena conciencia europea: que su irregularidad ontológica se pretenda legalizar ¡sanitariamente! por unos cientos de euros al año (como de un modo u otro hace la mayoría de países europeos) me parece un escándalo de hipocresía formidable. Un inmigrante ilegal no es nada más que un fallo en la seguridad de los Estados, cuyas consecuencias el Estado debe asumir. Y si no puede hacerlo, y quiere seguir siendo un Estado donde la ley se echa para atrás al contacto de la piedad, que no obligue a los inmigrantes enfermos a sufragar su bondadoso corazón.

Que busque espónsors.

Yo creo, compañeros, que las cosas están llegando a un punto en que ha de empezar a ser la vida y no el arte, ese suburbio lujoso, la que caiga bajo la competencia del mecenazgo. Lamento los problemas que esta propuesta pueda causarle al secretario cultural Jose María Lassalle pero esa ley que redacta habrá de prever la posibilidad de mecenazgos atrevidos. No veo bien por qué los señores Ortega, Andic y Roig deberían limitar su contribución social, impuestos aparte, a la reconstrucción de una catedral gótica o la potabilización del agua en un confín subsahariano. Ha llegado la hora de sacar réditos publicitarios de la proximidad moral y de ver grandes carteles que cuenten, por ejemplo, cómo Zara, con el 0’92 (medio millón de hombres por 700 euros cada uno) de los 38.000 millones que atesora la fortuna de su propietario, ha resuelto la asistencia sanitaria de los irregulares. «Implicándose en las soluciones»: yo pongo el eslogan.

(El Mundo, 9 de agosto de 2012)

Por la cara

por Arcadi Espada.


Este modelo francés es especialmente decisivo hoy. Hoy se está fraguando la «face generation». En español, lengua ruda, podría traducirse: La Generación por la Cara. Es una queja ya recurrente que los mafiosos digitales pretenden establecer en la red unas normas distintas de las que rigen en la calle. Sin embargo la gran amenaza es que se imponga en la calle la ausencia de normas que rige en zonas de la vida digital, singularmente en los corrillos que los adolescentes establecen en sus facebooks, donde todo vale, todo es posible y nada importa. Yo parto, desde luego, de mi desgraciada experiencia con las twins; y tengo un sesgo que más parece pluma. Pero llevo observando hace mucho, y no solo en ellas, que los integrantes de la face generation se mueven por la vida con el mismo gracioso donaire irresponsable del surfeo digital: cuando quieren hacer una cosa la hacen y cuando quieren algo lo cogen. Una poderosa alianza entre la tecnología más sofisticada, que permite hacer, y la amoralidad más opípara, que deja hacer. Así que cuando se topan con ellas, las reglas de la vida les dejan puramente atónitos: no conciben el veto de la realidad.

Museo civil

por Arcadi Espada.

El turismo político me interesa. No me refiero, desde luego, al repulsivo turismo del ideal, en la feliz descripción de Ignacio Vidal-Folch. Ni tampoco al turismo puramente histórico. El turismo político es, por así, decirlo, caliente: alude a sucesos que no son ni moral ni técnicamente remotos y tiene tanto interés lo que cuenta como la forma de contarlo. He hecho un poco de ese turismo por Centroeuropa. En Budapest, y su impresionante Casa del Terror; en Cracovia, con el imaginativo museo instalado en la antigua fábrica Schindler, y sobre todo en Berlín, que es la meca mundial del turismo político, con el Museo del Holocausto, la Topografía del Terror hitleriano, el Museo del Muro y el Museo de la Stasi, la policía política de la Alemania comunista. En todos esos lugares hay asuntos que discutir. Y el principal: cómo una generación se apodera del pasado. Y cuáles son sus ceremonias. Las de Cracovia, Schindler al margen, me parecieron un poco brutales desde el punto de vista del comercio. No sólo es que ofrecieran tours del comunismo, que incluían conducir un Trabant odisparar con kalashnikov. Lo máximo eran los carteles que incitaban a visitar Auschwitz con el reclamo de una puesta de sol sobre las alambradas: el campo de exterminio se ofrecía bañado por el mismo almíbar retórico que el Taj Mahal o la Tour Eiffel.
Sorprendentemente, y después de ser uno de los iconos políticos del siglo XX, la guerra civil española no tiene museo. Ha habido iniciativas en Teruel, en Salamanca, y seguramente en otros lugares. No han prosperado. Hay algunos pequeños museos, locales, como el de Cartagena. Pero cuando un extranjero viene a España en busca de la guerra civil, no encontrará nada más informativo que la Wikipedia de su móvil. Y en la trama urbana de Madrid, capital del dolor, el viajero no tendrá siquiera la posibilidad de seguir el antiguo frente, en contraste con lo que encuentra en Berlín, donde con tanta inteligencia y sutileza la línea del muro ha sobrevivido a su derrumbamiento.
Las causas de esta ausencia española son diversas. Pero el resumen de todas ellas la encuentro en el frontispicio web del museo de Harrisburg, el más importante y global de la miríada de museos americanos sobre su guerra civil. Dice: «La representación es ecuánime, centrada en lo humano, sin inclinarse por la causa de la Unión o de la Confederación.» Es interesante. Sin inclinarse. Una guerra civil se acaba cuando entra en el museo.
(El Mundo, 26 de junio de 2012)

El 0,35% por el todo

Arcadi Espada.



 

Querido J:
La otra mañana, cuando se cumplían 25 años de la matanza de Hipercor,Carlos Herrera preguntó a los participantes en la tertulia si serían capaces de reunirse con un terrorista que les hubiera convertido en víctimas directas de su crimen. Yo pensé que de todos nosotros el único que podía responder a esa pregunta sin poner en funcionamiento un dudoso mecanismo de la imaginación era el propio Herrera, que durante medio minuto inolvidable viajó en un ascensor con el paquete bomba que podría haberle matado. Y entonces dijo:
—Pues creo que yo tendría curiosidad de verle.
La apelación a la curiosidad me dejó pensativo. Herrera no aludía a ningún sentimiento trascendente ni hondo, a ningún ímpetu ético, ni a la religión ni a la venganza. Curiosidad, eso dijo. Encararse frente al hombre que le había dejado el paquete con intención de matarle. Su curiosidad tenía el habitual flanco débil de la acción terrorista. El terrorista no suele tener nada personal con la víctima y eso es lo verdaderamente insoportable según demostró Ferlosio en uno de sus clásicos artículos inalcanzables. Por lo tanto la curiosidad de Herrera no podía proyectarse a partir del convencional qué te había hecho yo para que quisieras matarme, porque yo y cualquier otra forma de la identidad probablemente no tenían mayor sentido para su asesino: y entiéndase así el posesivo como el resultado de la aplicación de una ley mecánica y no psicológica.
Su respuesta me interesó porque, como sabes, llevo tiempo observando este llamativo desfile de víctimas que acceden a reunirse con terroristas, y que tuvo un momento exactamente espectacular cuando Roberto Manrique, víctima del atentado de Hipercor, anunció a la prensa que iba a verse con un tal Caride, asesino confeso y sentenciado, preso en la cárcel de Álava, e incluso anunció que no le daría la mano: lo que, entre nosotros, me pareció una notable falta de educación, pobre señor Caride. Oyendo a Manrique y viendo también, porque coincidió en esos días, las efusiones sentimentales nítidamente fotografiadas de víctimas de ETA y del Batallón Vasco Español y de la policía española, reunidas el otro día en San Sebastián, y que dijeron llevar cinco años estudiándose el dolor, creo que no está lejano el día en que entre en juego la televisión y retransmita uno de esos encuentros entre asesinos y víctimas, alguno de los cuales es probable que ya esté filmado; y vete a ver si una serie, porque nada le gusta más a la televisión que meter la nariz en esas instancias íntimas.
Lo que si sucede va a parecerme nada, como te he anticipado antes, porque hace muchos años que no me meto en la piel de nadie, no sea que me encuentre con Capote, y sudando. Y porque ya me ha limado la costumbre: si la televisión ha intervenido en el enfrentamiento entre víctimas y verdugos de la violencia común, por qué no habría de hacerlo en los abrazos entre víctimas y verdugos de la violencia política, siempre tan ennoblecedora. Se trata solo de encontrar el momento y el espónsor, y va a haber de lo uno y de lo otro.
Si nada debo objetar a las maniobras íntimas de una víctima con su asesino sí tengo algo que decirte respecto a su proyección pública. No para que la limiten, desde luego y te insisto, porque quién soy yo para meterme en los laberintos del duelo, y para no aceptar lo evidente, esto es que en nuestra época el duelo, para algunas conciencias, debe proyectarse en los medios, y a tambor batiente, supongo que esperando encontrar allí el eco lenitivo de las antiguas plañideras. Pero sin pedir limitación, sí pido equidad. Y concreta. Pido que al tiempo que se exhiben esas víctimas generosas, sensibles y humanísimas se dé cuenta también, aunque sea fuera del horario infantil, del que llamaré el discurso del odio.
Es decir. Junto a las edificantes historias de perdón y arrepentimiento que nos traen nuestros medios hay otras, ya sé que menos presentables pero igualmente humanas, de personas que jamás van a olvidar ni a perdonar, de hombres y mujeres cuyo duelo consiste en la evocación diaria, imprescriptible, obsesionada de lo que perdieron, personas que solo querrían ver muerto y hasta desfigurado a aquel que mató a sus hijos, a su pareja o a sus padres, y a los que estas ceremonias de cárceles, presos, víctimas y mediadores aumenta su dolor, como lo hace también la constatación de que las víctimas son tan distintas que hasta se diría, en literatura, que ni la muerte tienen en común. A mi modo de ver, y no sé qué pensarás tú, amigo mío, no resulta decente dejar consumirse a estas pobres gentes en su odio. ¡También tienen derecho a exhibirlo! Y ante los periódicos y ante la televisión. Si ese es el duelo que acordamos, que pueda serlo para todos.
Desconozco cuántas personas de este tipo, y con este dolor insurgente, quedan en España. Solo puedo decirte que conozco a una. Pero sé que el terrorismo vasco ha dejado 858 muertos y tres mil heridos y que en estas ceremonias de la reconciliación no han participado más de 14 víctimas. Lo que representa, exactamente, un 0,35 por ciento del total. De los mecanismos de mi oficio conozco en especial la llamada sinécdoque, tan femenina, que consiste en repesentar el todo por la parte y viceversa. Y conozco cuán rematadamente perversa y manipuladora es su naturaleza. Y hasta qué punto es capaz de convertir la cifra del 0,35 en la letra decretada del perdón.
Sigue con salud,
A.
(El Mundo, 23 de junio de 2012)

La honrilla

Arcadi Espada.



El caso del expresidente Camps está llamado a formar parte de las antologías de la injusticia, el disparate y la vergüenza mediática. Pero a veces da risa.
Este titular del periódico:




Y lo fácil (y lo ético) que habría sido titular con algunas de las respuestas del testigo. Por ejemplo:
«Don Francisco Camps, presidente de la Generalitat, no tiene contacto conmigo.»
O con la totalidad de las preguntas y las respuestas sobre Camps:
«Juez.- Señor, ¿le parece alocado que alguien haya ido a hablar con don Francisco Camps para proponerle esto, tratándose del señor Urdangarin? ¿Le parece ilógico, anormal?
L.B.- No, a mí no me parece ilógico, pero...
Juez.- Fue a hablar con don Jaume Matas en las Islas Baleares. ¿Qué le hace pensar que aquí va a tratar a nivel inferior?
L.B.- Pero, Señoría, yo vengo aquí para explicar lo que sé, no de lo que supongo que puede pasar.
Juez.- ¿Usted no recibió ninguna indicación, ningún consejo de don Francisco Camps, de alguna persona de su entorno?
L.B.- No»
¿Qué quieren de Camps ahora que su vida política está ya destruida?
Eh... La honrilla. Si Camps tiene intacta su honra a ellos les vale con la versión mini. Demostrar, con el calzador que sea necesario, que el periodismo tenía razón.  

¿Quién lo mató?

Arcadi Espada.



El consejero Ares, del gobierno vasco, dice hoy en el periódico que los encuentros entre verdugos y víctimas no pueden ser un circo mediático. Sus afirmaciones aluden al encuentro entre Consuelo Ordóñez y un asesino confeso, del que hoy se ocupa también el columnista González. La señora Ordóñez ha sido criticada porque utilizó ese encuentro no para exigir perdón ni darlo, y otras respetables metafísicas sino con voluntad informativa.
¿Quién lo mató?
It's simple.
¿Quién lo mató?
Ha elegido mal el consejero. Porque esa pregunta va de verdad. Y el circo es mentira. Y el circo metafísico, domador de pulgas, mentira y media.