Un libro imprescindible, de Santiago González

Hay libros útiles, libros necesarios y libros imprescindibles como este que nos ocupa, un vademécum de las víctimas del terrorismo. En él vienen detalladas las biografías de las 857 víctimas mortales de la banda terrorista. Después de publicado el libro ETA cometería su último asesinato en una localidad francesa al suroeste de París, en la persona del gendarme Jean Serge Nérin el 16 de marzo de 2010.

Los autores, Florencio Domínguez, Rogelio Alonso y  Marcos García Rey, emplearon muchos meses en la investigación, documentación de un libro, que por decirlo con palabras de Raúl del Pozo “tiene muchos jornales dentro”. El resultado es una obra de ambición enciclopédica, que comprende todas y cada una de las biografías que se transformaron en esas ‘Vidas rotas’, con las circunstancias en que fueron asesinados, las reseñas periodísticas que dieron cuenta de cada crimen, los autores y las penas a las que fueron condenados por los tribunales. Cuando fueron hallados.

Vidas rotas cuenta todo lo que se sabe y denota todo lo que no se sabe, las más de 300 víctimas cuyos asesinatos no han sido juzgados ni esclarecidos policialmente. Es, como dijo la entonces presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, Maite Pagaza, “un monumento de palabras”. En estas páginas están las placas que los alcaldes nacionalistas no dejan colocar a Covite en los lugares donde fueron asesinadas, los stolperstein que en la ciudades alemanas y austríacas señalan los domicilios en que habitaron las víctimas del holocausto. Las víctimas no tienen un monumento en España que las honre más que este libro, inmejorable materialización de la aspiración reivindicativa que las víctimas condensan en ‘verdad, memoria, justicia’. Es preciso leer y releer este libro en estos tiempos en que el eco de tanto crimen se está desvaneciendo en el aire, como hemos tenido ocasión de ver en el vigésimo aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, en esta hora en que se blanquean los miembros de la izquierda abertzale en las instituciones, siguiendo el modelo inaugurado por el alcalde de Rentería con cierto éxito de público, al dirigirse a las víctimas para pedir disculpas si  en algunas ocasiones no hemos estado a la altura etc.

Esto al parecer basta a algunas almas bellas para ver un giro interesante en la actitud de todos los Mendozas. El problema de los batasunos no es haber estado o no a la altura, haber dado el pésame en tiempo y modo. Es haber sido cómplices de los asesinos, modelo Ibon Muñoa, concejal de HB en Eibar en 1997. Él hizo el seguimiento a Miguel Ángel Blanco desde que bajaba del tren en Eibar a primera hora de la tarde para ir a trabajar a la empresa Eman Consulting, él alojó en su casa a los tres asesinos, Txapote, Iranzu Gallastegi y Geresta. No es que no estuviera a la altura, es que fue cómplice. No hay en estos arrepentimientos veniales ninguna condena de la carrera criminal de ETA, ninguna exigencia de disolución, ninguna predisposición a colaborar con la justicia. La verdad es que a veces no sé de qué hablamos cuando hablamos de amor.

Ahora, la Fundación de Víctimas del Terrorismo ha tenido una iniciativa ejemplar para cumplir esas tres aspiraciones: ha comprado los derechos del libro y se lo ofrece a todo el mundo en internet gratis. Bajénselo. Es un inmejorable libro de consulta,que también lo es de lectura. Basta buscar en el índice onomástico el nombre de una víctima para tener acceso a su biografía y a la de quienes con ella murieron si fue en un atentado múltiple. Deberían aplicarse a su lectura todos esos tipos que a modo de arrepentimiento, dicen que si en algún momento no hemos estado a la altura lamentamos las molestias y para las almas bellas que consideran esto un paso para la reconciliación y la paz.

En fin, queridos y queridas: pasen y lean:

Liu Xiaobo (1955-2017), por Julio Aramberri

Hace unos años, con motivo de la ausencia forzada de Liu en la ceremonia de entrega en Oslo de su premio Nobel, Simon Leys se hacía una pregunta: «Los líderes chinos seguramente tienen una idea muy cabal de su propio poder. Si es así, ¿por qué temen tanto a un poeta y ensayista frágil y carente de él, encerrado en una cárcel, privado de todo contacto humano? ¿Por qué la mera imagen de esa silla vacante al otro lado del continente euroasiático les provoca semejante pánico?» La pregunta de Leys, como casi todo en sus inteligentes trabajos, corta por ambos lados. Gracias a Liu Xiaobo y a otros resistentes como él, gracias a los chinos que no comulgan con ruedas de molino o que simplemente desean vivir mejor, estamos llegando a saber que esos gobernantes no son tan poderosos.

Artículo completo en el siguiente enlace: http://www.revistadelibros.com/ventanas/liu-xiaobo-1955-2017

Cuaderno de vacaciones, de Luis Alberto de Cuenca


Excelentes poemas en este libro de Luis Alberto de Cuenca. Escribe sobre temas similares a las poesías contenidas en "Poesía 1979-1996", cuya lectura recomiendo.

Acusa a una mujer por ese vestido nuevo "que nunca te pusiste para mí"; sabe que "el amor y la muerte siempre ganan"; está "abrumado por un sol de injusticia / que no es mi sol"; le pide a una mujer: "Léeme el mundo, amor, / pon luz en mi tiniebla con páginas reales"; incluye en "Sueño con reloj de bolsillo" a Alicia, H. G. Wells, Drácula, Borges y Mycroft Holmes; critica a Safo: "¡Lástima / grande que confundiera la belleza / -permanente, objetiva- con un simple, / despreciable y efímero deseo!"; se pregunta "¿por qué entonces / ibas a preocuparte de la muerte?" Y afirma que "hay tiempo suficiente para saborear / el triunfo de estar vivos"; confiesa su amor así: "Si fuese Luis Alberto, que lo soy, / serías para mí la noche, el día, / el mañana, el ayer, el siempre, el hoy"; aterrorizada cuando "se dio la vuelta, / abrió los ojos, y la pesadilla / se hizo real en su mirada turbia, / pues el monstruo seguía allí, desnudo, / junto a ella, al otro lado de la cama", era "Su Marido"; "'¿Hasta qué punto?', le dije. / 'Hasta este punto', dijo, y la toalla / cayó al suelo. Y la charla terminó."

Aquí el magnífico "Yo no quiero ser rey":


'Rey es quien nada teme,
rey es aquel que no desea nada',
decía el viejo Séneca.
Yo no quiero ser rey.
Ni de viejo me atrae la monarquía.
Soy y seré hasta el último día de mi muerte
un cóctel de temores y deseos.
Y "Lo sagrado":
El maquillaje es sospechoso siempre.
Tú, recién levantada de la cama,
sin nada que no sea tu glorioso
cuerpo gastado por las decepciones
y por los desengaños, pero erguido
como un árbol al viento de la vida
que se lo lleva todo por delante:
esa es mi religión, esa es la única
visión de lo sagrado que conozco.
En Twitter he abierto una cuenta (twitter.com/poemasladc) en la que he compartido varios poemas de Luis Alberto; tanto de este libro como de otros.

Homenaje a Miguel Ángel Blanco

El llanto de una nación, de Federico Jiménez Losantos

Federico Jiménez Losantos dedicó las últimas páginas de su libro Los nuestros (Editorial Planeta) a Miguel Ángel Blanco. En un capítulo titulado "El llanto de una nación", Jiménez Losantos resumía así la reacción de España ante el asesinato del joven concejal de Ermua por parte de los etarras.

"Toda la Corona de Castilla, incluyendo naturalmente al Señorío de Vizcaya, no reunía tanta gente cuando fue capaz de descubrir, conquistar, evangelizar y occidentalizar a casi toda América en 50 años como fue capaz de reunir un vizcaíno de padres gallegos, Miguel Ángel Blanco Garrido, natural de Ermua, en un solo día: el 14 de julio de 1997. Juntando viejos, mujeres y niños, toda Castilla no llegaba en 1492 a los seis millones. Autores hay que no la dejan pasar de cinco. Sin embargo, este muchacho, al morir con sólo 29 años cumplidos, supo, pudo, hizo el milagro de echar a la calle a seis millones largos, que de punta a punta de España, incluyendo la Península y sus archipiélagos, lloraron a lágrima viva su desaparición. Millón y medio de personas en Madrid, un millón en Barcelona, medio millón en Sevilla, Valencia y Zaragoza, quién sabe cuántos miles en cuantas plazas de cuantos pueblos. Lo cierto es que el que no salió a la calle lloró en su casa, y el que salió, lloró también. Nunca hubo un llanto tan largo, tan concienzudo, tan sentido, sobre la áspera, verde y bermeja tierra de España. Nunca lloraron tantos por uno solo.

De este vizcaíno nacido de gallegos, de este español arriscado en la frontera, sabemos sólo una cosa, que para todos ha sido suficiente: era uno más, era uno de los nuestros. Y como nuestro nos lo mataron, y como nuestro lo hemos perdido y encontrado. Porque de la muerte de un hombre ha nacido algo más que un símbolo: un mártir. Y un mártir vasco de la fe española, pero un mártir en vaqueros, sin aspavientos, sin alardes. Un mártir de andar por casa, que es lo que todo el mundo pretende: andar por casa, por la casa grande de nuestro pueblo. Lo mataron precisamente por eso, porque era uno más. Y nunca llegó a más sólo uno, en su triste cuerpo desvanecido de agonizante.

Miguel Ángel Blanco Garrido tenía un padre albañil, una hermana en Escocia y una novia muy guapa con la que se iba a casar. Entró en política, en la modesta dimensión de la concejalía de un pueblo de Vizcaya, cuando asesinaron a Gregorio Ordóñez, el líder del PP en Guipúzcoa. Sintió entonces que la moral pública exigía dar testimonio de su fe, porque su fe, sin estridencias, le sostenía. Ahora sucede a Gregorio Ordóñez en la lista de mártires, que no víctimas, ni bajas, de la jauría etarra. Pero, más allá de este mundo, cuando ya no puede sentir miedo en los huesos ni angustia en el corazón, le ha tocado ser el sí bolo de todos los muertos de esa guerra sin declarar, y por tanto sin final, que es la política vasca.

Podía haber sido otro, porque otros muchos han pasado, como él, la angustia del secuestro, la humillación de la tortura, la espera de la muerte y la convulsión del moribundo. Pero ha sido él. Después de haber descubierto toda España el zulo de Ortega Lara y las condiciones inhumanas, peores que las de los nazis, los estalinistas o los serbios, que los etarras reservan para sus víctimas, la sensibilidad popular estaba a flor de piel. Y entonces secuestraron a Miguel Ángel y amenazaron con matarlo si, en 48 horas, el Gobierno no ponía a todos los presos etarras cerca de sus caseríos imaginados, de sus pisos cutres, de sus casas confortables, de su entorno familiar, tan cálido, tan reconfortante después de haber pasado por el trámite de despenar a algún prójimo. Era una forma de muerte lenta, a cámara lenta, dijo el periódico, y, en efecto, así fue. A las 48 horas, alguien vio el cuerpo de un hombre tumbado en una cuneta con la cara bañada en sangre. Nadie tuvo dudas de que se trataba de Miguel Ángel Blanco. Nadie tuvo dudas de que, al menos, sus sufrimientos habían terminado.

Porque durante dos largos, larguísimos días, España vivió la agonía de Miguel como suya. Y cuando llegó su muerte, la vivió como si fuese suya, personal e intransferible. De ahí el llanto, el río inmenso de llanto que anegó la cara antigua y hermosa de la patria. De ahí los millones de personas que salieron a la calle a llorar su propia muerte y a agradecerle a Miguel Ángel que hubiera muerto por ellos. Porque así se ha entendido y si no es así, no se entiende: el pueblo español ha sentido que Miguel Ángel ha muerto por todos los españoles. Y así lo ha llorado. Y así lo ha enterrado. Y así lo recordará siempre. Miguel Ángel Blanco no pertenece ya sólo a nuestra historia política sino a nuestra historia religiosa, si puede hablarse de religión en el sentimiento nacional. Unamuno, su paisano y maestro, diría que sí.

Espero que nadie entienda como falta de respeto a una figura tan sincera y profundamente querida y subrayar lo que de auto de Pasión ha tenido su muerte para este viejo pueblo descreído pero profundamente católico. Espero que no se entienda mal tratar de explicarnos cómo ha sido posible que todo un país caiga de rodillas, siervo de la pena, ante una persona que, 24 horas antes, era absolutamente anónima. Y sin embargo, los datos están ahí. Era un joven, con toda la vida por delante. Tenía padres pero aún no tenía familia propia. Sus orígenes no podían ser más humildes. Sus padres también vinieron de fuera, de muy lejos de Nazareth, aunque allí habían echado raíces. Con mucho esfuerzo pudo estudiar y supo terminar sus estudios con fortuna. Ya había comenzado a recoger el fruto de su trabajo. Una hermosa mujer a su lado, lo esperaba. El encontraba en la música la pequeña y doméstica locura que cada sábado hacía volar las preocupaciones y lo sumía en un éxtasis tranquilo, de pueblo, sin trascendencia. Y un día, al ver que habían cortado la cabeza de un Hombre Justo, sintió dentro de sí la llamada de la justicia, de hacer pública su confesión de fe en el prójimo. Y la siguió, contra los fariseos y los publicanos. Y todos vieron su virtud. Tal vez por eso lo eligieron para morir.

Dicen los forenses que sudó mucho, que su angustia fue inmensa tras su secuestro. No dicen que sudó sangre, pero como si lo dijeran. Dicen también que le ataron las manos a la espalda horas antes de matarle, para que viera llegar el final de su tiempo sin poder tomarle la medida, como un inmenso terror desierto. Dicen que lo hicieron arrodillarse en la cuneta antes de ponerle la pistola en la nuca. Y que, de rodillas, después de dispararle una vez, tras unos segundos que se harían horas, días, años, los 29 años de vida y todos los años de una vida por venir que ya no llegaría nunca, lo remataron en el suelo. Y lo dejaron por muerto, como un pobre animal atropellado en la carretera.

Pero Miguel Ángel no murió entonces. Su cuerpo exánime guardó todavía unas horas el pálpito al que algunos llaman vida y otros el simple andar del corazón. Anduvo aún, en las brumas de una agonía que ya no era suya, sino de toda España, horas y horas, sin esperanza pero como ejemplo.

Esas horas fueron decisivas para convertirle en mártir, en santo, en crucificado a los ojos de la gente humilde, del pueblo corriente, del común que ve la vida por la televisión pero sabe distinguir lo que hay de verdad detrás de unas imágenes y vio que detrás de las imágenes de Miguel Ángel llegando al hospital vivo pero yerto, tapado con una pobre manta azul que parecía tejido para Lázaro por Marta y María, todo lo que había era verdad. Pura verdad. Cegadora verdad. De ahí nació el llanto. Y de ahí el culto.

Porque la forma en que España se lanzó a llorar por plazas y avenidas, por calles y callejas no ha sido por orden ideológico, ni siquiera político. Ha sido tribal por el impulso, nacional por lo civilizada, moral y religiosa por lo que ha tenido de culto a los muertos en nombre de la vida. Ha sido como un grito ante el abismo y como un himno de ofrenda. Ha sido la mayor procesión laica de nuestra Historia, pero en vez del Cristo, el pueblo caminaba tras la imagen de un muchacho asesinado por los enemigos de la nación y de la libertad, por los que quieren romper lo que, más que cuerpo político, casi parecía cuerpo místico.

La muerte de Miguel se ha visto no sólo como un acto de crueldad sin límites sino también como un sacrilegio. Por verter la sangre de un inocente tras hacerle agonizar más de dos días, las mismas horas del Nazareno, pero también por atentar contra el inocente, contra el cordero, contra el que nunca hizo mal a nadie, contra el que sólo tenía como proyecto, además de los hermosos y modestos de su vida familiar, el de ir caminando hasta Madrid para conseguir que rehicieran el polideportivo de su pueblo, roto por la tormenta. En recompensa, en homenaje, toda España se puso en pie camino de su tumba. Y le van a construir el polideportivo que llevará su nombre. Y le van a guardar para siempre, en los libros de Historia, lugar de respeto.

Pero acaso lo más importante de ese inmenso entierro con seis millones de acompañantes y 33 más de deudos y parientes es que la vieja nación, a la que se daba por rota y vieja, apareció a la luz del sol y bajo la lluvia inmensamente joven, llena de vida, renacida por la sangre de Miguel Ángel. Y se miró a sí misma y casi no se reconocía. Por eso muchos, en la Plaza del Pilar donde se celebró el funeral postrero, que no definitivo, lo llamaban santo. Porque dijo Miguel Ángel Blanco Garrido a España: levántate y anda. Y España se levantó, se puso en pie y echó a andar por todos los caminos de su ser. Así fue, así ha sido y así se recordará en el tiempo. Esa estancia vacía y luminosa en la que hoy habita la memoria de uno de los nuestros". 

Poesía 1979-1996, de Luis Alberto de Cuenca


Maravilloso libro de libros de poesía que contiene "La caja de plata" (1985), "El otro sueño" (1987), "El hacha y la rosa" (1993), y "Por fuertes y fronteras" (1996); además, se añade un apéndice. En los poemas de Luis Alberto de Cuenca aparecen dioses crueles, personajes de cine, amores posibles e imposibles, literatura clásica, reencuentros, erotismo, viejos amigos, muerte, gigantes de hielo, mujeres, Helena de Troya, Heráclito, el sol de la vida, España y mucho más; pero sobre todo mucha belleza e incorrección.

Luis Alberto termina la "Conversación" con "el agotamiento interminable / de amarte y de sentirme amado"; está el "Mal de ausencia" del autor que ha "visto una película / que ha terminado hace apenas un siglo"; a "La malcasada" le aconseja ponerse "ropa sexy" a ver si así "Juan Luis vuelve a mirarte, / y tus hijos se van a un campamento, / y tus padres se mueren"; advierte que "sin ella, sin tu musa, no eres nada, poeta";  le dice a la niña "que la muerte te pille bailando"; cuando piensa en los viejos amigos escribe que "me ofrecieron un día / la extraña sensación de no sentirme solo / y la complicidad de una franca sonrisa"; "mientras yo te quitaba, dulcemente, / la ropa de cintura para arriba" cuando los padres de ella se habían ido; cuando sangre la herida "no será el momento de hacer frases"; todos hemos experimentado "el silencio de una cobardía"; una vez que se ha matado, "Isabel ha dejado de molestar"; a "La mentirosa" le advierte que "el premio del engaño es el olvido"; Luis Alberto se vuelve poderoso cuando la mujer se desnuda, "incendiando mis ojos, como siempre, y prendiéndole fuego al universo"; en "La despedida" el autor afirma que "yo te estaré queriendo, vida mía, en la sombra"; escribe "de mujeres indómitas que deben ser domadas"; asevera: "quiero volver atrás, al tiempo en que las cosas no eran tan complicadas"; por "Soleares": "no sé de mejor olvido / que recordar muy despacio / las cosas que han sucedido"; recuerda "La llamada" en la que "quería oír tu voz y oí la de tu amante"; ¿qué hacía Paris durante la guerra de Troya? "Imagino que en la peluquería, / haciéndose las uñas y afeitándose"; tantos versos de calidad.

Reproduzco el poema "Optimismo" completo:
No pienses en el día oscuro, en el día en que nadie
responde, en el día en que tienes a un dios enfrente.
Piensa en la otra jornada, aquella en que venciste
al enemigo o ganaste en el juego, aquel día feliz
en que todo te sonreía. Que tu ejemplo en la vida
sea siempre lo que gozaste, no el sufrimiento.
Muy útiles el índice de poemas y el de primeros versos, ambos ordenados alfabéticamente. Casi todos los poemas están anotados, lo que permite conocer más detalladamente el porqué de muchas de las expresiones, ideas y personas, incluidas en ellos.

En Twitter he abierto una cuenta (twitter.com/poemasladc) en la que he compartido varios poemas de Luis Alberto; tanto de estos libros como de otros.

No se pierdan a Loquillo cantando el poema "El encuentro".

Juan Carlos I, el transitorio; de Arcadi Espada


Nada más lógico que aprovechando los festejos del aniversario de las primeras elecciones hayáis vuelto una vez más a vuestra vieja canción impugnadora. La chusma española, de la que formas parte aunque la militancia te exija una cierta discreción sobre tu cuenta corriente, no puede reaccionar de otro modo ante el mayor éxito de la Historia moderna. Entre Carlos III y tú no hay nada comparable y de ahí que proyectéis sobre la Transición vuestro cargado aliento. El fracaso español existe y sois vosotros, y la Transición se hizo, imperialmente, contra vosotros. El tipo exacto de gente que sois, las presuntas razones que invocáis y hasta qué punto suponéis algo especial en los instrumentos desafinados del concierto de las naciones me traen sin cuidado. Es verdad que en todas partes hay gente que confunde sus apocalipsis personales con los colectivos. Es verdad, también, que hay un permanente comercio político en torno a esa gente, que se agrava en tiempos de crisis. Y es verdad, por último, que proliferan los enganchados a una estética del fracaso que se transmite de generación en generación como el color de los ojos. La chusma se vitamina, además, con la actividad de los españoles que quieren dejar de serlo, porque esa es la forma que adopta su fracaso: como debió decir Cánovas, nacionalista es el que no puede ser otra cosa.

La Transición supuso algo insólito en el mundo: el paso de una dictadura a una democracia sin que mediara revolución alguna. Ese es el sentido de la expresión «de la ley a la ley» que acuñó el verticalísimo Torcuato Fernández Miranda. La Monarquía cayó por una revolución. La República cayó por otra revolución. La Dictadura cayó por un acuerdo. La circunstancia podría llevar al orgullo civil, porque demuestra el grado de madurez de las élites políticas españolas de entonces. Todavía despierta la admiración de Europa. El presidente Borut Pahor se quejaba ayer sombríamente en El País de las dificultades de la reconciliación nacional en Eslovenia, 26 años después de la independencia: «Hay que caminar juntos. Y déjeme decirle que en eso admiro mucho a España y la figura de Adolfo Suárez. Ustedes lo consiguieron, es un éxito fantástico. Ojalá nosotros también podamos». La Transición fue un acuerdo entre demócratas. Su interpretación corrompida empieza por considerarla un pacto entre franquistas y demócratas. Falso. Ningún franquista participó en la Transición. Ningún comunista tampoco. Ni Fraga era franquista ni Carrillo comunista. Adolfo Suárez era el mismo demócrata que Felipe González. Jordi Pujol el mismo que Martín Villa. No fueron las elecciones del 77 ni la Constitución del 78 lo que los hizo demócratas. Todos ellos habían decidido ya que sus ideas sobre la organización de la convivencia solo podían pasar por el acuerdo democrático. Los que no aceptaron el axioma quedaron excluidos. El primero, Franco, al que solo la muerte, la gran niveladora, pudo hacer un demócrata. Y, por supuesto, el pistolerismo fascista y nacionalista. La palabra fetiche de la época fue chaquetero. Fue irremediable que se aplicara a los antiguos fascistas mucho más que a los comunistas. Pero da lo mismo: todos los que hicieron la Transición cambiaron su chaqueta. E hicieron bien. Hay que cambiarse la chaqueta de vez en cuando.

Entre los innumerables pactos de los demócratas destaca el de la excepcionalidad. No el del olvido, como sigue diciendo la interpretación corrompida. El que busque cadáveres en las cunetas que acuda a la colección de la revista Interviú, el testimonio más completo de la Transición. No había semana sin una historia de cunetas y venganzas. Y aludo a la literatura popular, porque la literatura culta ni siquiera hubo de esperar a que la transición se completase en 1978 para publicar la gran mayoría de lo sustancial sobre la Guerra Civil y el Franquismo.

Párate aquí un momento. Sí, la Transición acabó en 1978, con el fin del periodo constituyente. Los intentos de ir alargando su final -el 23-F, el triunfo socialista, la vuelta al poder de la derecha con Aznar, el revisionismo de Zapatero- sólo han sido perversas manipulaciones posteriores de la política que han colaborado irresponsablemente en la idea de España como transición eterna. Algo que celebra y alienta antes que nadie la ontológica deslealtad nacionalista.

Los demócratas no pactaron el olvido, sino el cierre de un estado de excepción que había durado 42 años. El pacto no decía que los hechos no hubieran tenido lugar, sino que los delitos no habían tenido lugar. Los delitos de los ministros que firmaron penas de muerte y los delitos de los terroristas que ejecutaron penas de muerte. Los demócratas prefirieron legislar sobre los vivos que sobre los muertos. Carretera o cuneta. La admirable decisión tomada introdujo rápidamente en España la ley democrática, permitió el ingreso en la Comunidad Europea y facilitó, en pocos años, un desarrollo económico sin precedentes modernos.

Ahora una fracción de españoles pide la revisión del pacto de los demócratas. Aunque no deberían mentir: no pueden reclamar la verdad, porque la verdad es pública desde hace mucho tiempo. Reclaman la venganza. Selectiva, por supuesto: la reclaman para Martín Villa y no para los asesinos de Melitón Manzanas o José María Bultó. No hace falta insistir en la idiocia técnica que supone querer ganar la Transición que perdieron, como antes quisieron ganar la Guerra Civil perdida. Ni tampoco subrayar la perversión moral, «a moro muerto gran lanzada», de los que exigen una acción valiente cuando el riesgo de tomarla ya no existe. La mayor parte de ellos son gentes formadas intelectualmente en las series, y El ministerio del tiempo es una de ellas, y notable y española. Tampoco es descartable que la alucinada macedonia de su cerebro haya concluido que la transición fue una estafa porque Imanol Arias, el protagonista de Cuéntame, defraudó a Hacienda.

El primus inter pares de los demócratas que acordaron la Transición fue Juan Carlos I. Resulta impresionante que su hijo lo apartara esta semana de la celebración del gran pacto español. A Juan Carlos lo llamó El Breve el profético Santiago Carrillo. Algo habrá ganado si al final lo convierten en El Transitorio. El gesto de Felipe VI, desdichadamente personal y que el siempre menudo Gobierno del Estado no ha tenido la grandeza de corregir, es de una sorprendente mezquindad institucional. Pero lo peor es que refuerza la idea nacionalpopulista de que algo sigue abierto e inacabado en España. La revolución pendiente. Es lógico, y merecido, que de inmediato el nacionalpopulismo haya aprovechado la grieta para declarar que, en efecto, sigue abierta la transición a la República. Juan Carlos I se echó a perder como hombre cuando empezó a intercambiar sms con periodistas. Pero el otro día en el Congreso no se celebraba su abdicación sino su reinado y su impuesta ausencia dio a la ceremonia un inquietante aire de usurpación. Fíjate, sé que me dices, si fue una farsa la Transición que de la vergüenza escondieron la otra mañana a su principal muñidor. Y yo no concedo. Pero acuso.

Sigue ciega tu camino.

A.

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