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En el nombre de Franco. Los Héroes de la embajada de España en el Budapest nazi. 2013. Arcadi Espada Enériz.


El libro es una joya. No sólo por los temas que trata, el holocausto y la verdad, sino por lo bien que está escrito y planteado. Lo incluyo entre mis libros imprescindibles.

Soy un admirador de la manera de afrontar y contar la realidad de Arcadi Espada. Tanto sus libros como sus escritos, que se pueden leer en su blog, siempre van encaminados en la misma dirección, la búsqueda de la verdad y la discusión racional de la vida. 

Un pero al excelente trabajo realizado es que el formato libro es muy rígido y no aprovecha todo el potencial que ofrecen las herramientas modernas. El blog del libro completa la lectura, pero al no estar todo en un mismo paquete se hace difícil la lectura conjunta. En este sentido, el autor junto con otros autores hicieron un gran trabajo con Aly Herscovitz. En esta obra echo de menos mapas, vídeos, enlaces, pistas falsas, etcétera. Puede que en un futuro nos sorprendan con un libro electrónico de este estilo.

El libro está muy trabajado, han sido cinco años de investigación, y eso se nota. Se va deshilando la madeja, dando a conocer muchos detalles, hasta llegar a intuir qué pasó en realidad. El autor nos lleva de la mano a lo largo del relato, contándonos todos los avatares de la vida de las personas que fueron los héroes de la embajada de España en Budapest: Ángel Sanz Briz, Zoltán Farkas, Elisabeth Tourné y Giorgio Perlasca.

Este último ha sido el que ha tenido una mayor repercusión, pero Espada se dedica a desmontar su farsa. No cabe duda de que fue un héroe, pero se inventó gran parte de sus historias. Como le escribe Espada al hijo de Perlasca:
"Mi libro no persigue arruinar a su padre; solo ponerlo en su sitio. En el invierno de Budapest su padre actuó en favor de la dignidad humana, y es justo que así se le reconozca. Mi libro se ocupa de esa acción humanitaria. Cuando en los años posteriores escribió y dictó la crónica de aquellos años fabuló con frecuencia. Mi libro se ocupa de esa fabulación".
En el libro aparece una cronología, que el autor a reproducido en la web, y que nos hace de guía para los sucesos que se relatan.

Espada escribió sobre el tema en cuatro artículos (IIIIII y IV), pero cometió algún fallo, que ha subsanado con el libro. Por ejemplo, indicó en los artículos que la fecha de salida de Budapest de Sanz Briz fue el 1 de diciembre de 1944, cuando realmente fue el 7 de diciembre. ¡Qué difícil es dar con la verdad!

El libro es otra prueba más de que los nazis tuvieron un éxito notable en el exterminio de los judíos, entre otros. Pero esos pocos y escasos rayos de luz, como sin duda son los cuatro héroes de la embajada española, hacen que me pregunte el porqué de unas actitudes tan diferentes dentro de la humanidad. Auténticos hijos de perra al lado de gente de bien arriesgándolo todo, relacionándose unos con otros y afectando a vidas de terceros. Gran misterio el cómo se colocan unos a un lado y otros en el contrario, con mucha gente en el medio tratando de sobrevivir y no verse afectada.

Titulo: En el nombre de Franco. Los Héroes de la embajada de España en el Budapest nazi
Autor: Arcadi Espada Enériz, con la colaboración de Sergio Campos
Editorial: Espasa
Fecha: 2013
Páginas: 312 (en versión papel)

Memoria de la barbarie y construcción del futuro

Reyes Mate:

La mirada de las víctimas ve lo que escapa al ojo humano normal. Lo que ve es lo que lo que la ciencia o la cultura han ocultado a la hora de explicar la historia: el sufrimiento. El famoso progreso que ha sido la lógica de la historia se ha construido invisibilizando el sufrimiento; no eliminándole sino explicándolo como inevitable e insignificante. La memoria no pasa por ahí. Las víctimas se han hecho visibles gracias a la memoria. 
[...]
Si Auschwitz es el lugar fontanal de la memoria es porque, para los nazis, era un proyecto de olvido: no tenía que quedar ni rastro del pueblo judío, por eso la carne debía ser quemada, los huesos triturados y las cenizas aventadas. Sin soporte físico, debía desaparecer igualmente la significación cultural de ese pueblo y su contribución a la historia de la humanidad. Se trataba de producir un crimen de tal magnitud que, aunque alguien escapara de la cámara de gas y lo contara fuera, nadie le creería por la desmesura del acontecimiento. Y, aunque le creyeran, tratarían de olvidarlo porque tenerlo presente era vivir con un fardo insoportable. 
[...]
¿Y qué significa repensar la ética a la luz de la barbarie? Las éticas modernas están basadas en la buena conciencia, en la lealtad a un núcleo humano que nos es común a todos y que llamamos dignidad. Ser bueno consiste en respetar esa dignidad. Pues bien, en Auschwitz, para sobrevivir, había que dejar la dignidad fuera. Jean Améry decía: nos salvamos los peores; no éramos solidarios, salimos sin haber aprendido nada... No es que estuvieran hechos de peor pasta que nosotros, es que, como apunta agudamente Elie Wiesel, “los santos (o los héroes) son los que mueren antes del final”. Hay un umbral de sufrimiento que si se le traspasa, ya no hay dignidad, ni santidad, ni heroicidad posible. Y en los Campos ese límite fue sistemáticamente superado. Claro que hubo héroes y santos, pero eran la excepción. Eso explica en parte el sentimiento de culpa de los supervivientes. Recuerdan que los mejores quedaron en el camino y que, para seguir adelante, tuvieron que bajar la cabeza, como les ocurrió cuando no fueron capaces de quitarse la gorra en señal de respeto por quien iba a morir ahorcado gritando para animarles: “¡ánimo, compañeros, yo seré el último!”. En lugar de ello recuerda un pesaroso Levi “no nos  hemos descubierto la cabeza más que cuando el alemán nos lo ha ordenado... ya no quedan hombres fuertes entre nosotros. El último pende ahora sobre nuestras cabezas y para los demás pocos cabestros han bastado. Pueden venir los rusos: no nos encontrarán más que a los domados, a nosotros los acabados, dignos ahora de la muerte inerme que nos espera. Destruir al hombre es difícil, casi tanto como crearlo: no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí dóciles bajo vuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer: ni actos de rebeldía, ni palabras de desafío, ni siquiera una mirada que juzgue” (los textos de Levi están tomados de Primo Levi, 1988, Si esto es un hombre, Proyectos editoriales, Buenos Aires). Y en el estremecedor relato de Gradowski, el Sonderkommando, que escondió su relato entre las piedras de la cámaras de gas antes de ser asesinado, reconoce, abatido: “la moral, la ética, igual que la vida, yacen en una tumba”.

'Tierras de Sangre': catorce millones de veces 'uno'

Mario Noya.



Libro negro extraordinario, imprescindible, insoportable: Tierras de Sangre. Europa entre Hitler y Stalin, de Timothy Snyder. Aturde.
Las Tierras de Sangre de que habla Snyder son las repúblicas bálticas y Bielorrusia, casi toda Ucrania, buena parte de Polonia, la franja más occidental de Rusia y una pequeña porción de Moldavia. Fueron las tierras de la Shoá, del Holodomor, del Generalplan Ost, del Plan de Hambre. De Katyn. Del Gas y el Fuego. De las violaciones en masa y el canibalismo. De la saña. Una barbarie única, infernal, indescriptible. No hay palabras, por eso me salen tantas.
[En 1933, en plena Gran Hambruna ucraniana,] en un pueblo de la región de Járkov, unas mujeres hacían lo que podían para cuidar a los niños. Formaron, recuerda una de ellas, "una especie de orfanato". (...) "Los niños tenían los estómagos abultados; estaban cubiertos de heridas y de costras, sus cuerpos parecían a punto de reventar. (...) Un día, los niños se callaron de repente; fuimos a mirar lo que ocurría y vimos que se estaban comiendo a Petrus, el más pequeño. Le arrancaban tiras de carne y se las comían. Y Petrus hacía lo mismo, se arrancaba tiras y se comía todo lo que podía. Los otros niños ponían los labios en las heridas y se bebían la sangre (...)". (p. 80)
En primavera, los fuegos ardían en Treblinka día y noche (...) Las mujeres, con más tejido graso, quemaban mejor que los hombres (...) Los vientres de las mujeres embarazadas tendían a reventar, de manera que se podían ver los fetos en su interior. En las frías noches de la primavera de 1943, los alemanes solían quedarse junto al fuego a beber y calentarse. (p. 323)
***
Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. Como pavorosa demostración, lo ocurrido en aquellas tierras entre 1933 y 1945. Las solas cifras demudan. Catorce millones de civiles y prisioneros de guerra asesinados ("ni uno sólo" era "soldado en servicio activo", la mayoría eran "mujeres, niños y ancianos"). Ese número supera "en más de diez millones al (...) de personas muertas en todos los campos de concentración alemanes y soviéticos" y "en más de dos millones (...) el (...) de soldados alemanes y soviéticos muertos en el campo de batalla en la Segunda Guerra Mundial". Ese número es
la suma de las siguientes cifras aproximadas (...): 3,3 millones de ciudadanos soviéticos (la mayoría ucranianos) llevados a la muerte por inanición por su propio gobierno en la Ucrania soviética en 1932-1933; trescientos mil ciudadanos soviéticos (la mayoría polacos y ucranianos) ejecutados por su propio gobierno en la parte occidental de la URSS entre las aproximadamente setecientas mil víctimas del Gran Terror de 1937-1938; doscientos mil ciudadanos polacos (la mayoría de etnia polaca) ejecutados por las fuerzas soviéticas y alemanas en la Polonia ocupada en 1939-1941; 4,2 millones de ciudadanos soviéticos (en su mayoría rusos, bielorrusos y ucranianos) obligados a morir de hambre por los ocupantes alemanes en 1941-1944; 5,4 millones de judíos (la mayoría ciudadanos polacos o soviéticos) gaseados o pasados por las armas por los alemanes en 1941-1944; y setecientos mil civiles (la mayoría bielorrusos y polacos) ejecutados por los alemanes en represalias, principalmente en Bielorrusia y en Varsovia en 1941-1944. (pp. 484-485)
"Una vez más", anota Snyder en esa misma página (485), "mis cálculos son moderados". Y excluyen a los caídos en combate (¡la mitad de todos los caídos en todos los campos de batalla de la II Guerra Mundial!),
a las personas que murieron de extenuación, de enfermedades o de desnutrición en los campos de concentración o durante las deportaciones, evacuaciones o huidas ante el avance de los ejércitos. (...) a los que murieron en los trabajos forzados. (...) [a los que] murieron de hambre como resultado de la escasez provocada por la guerra, (...) a los civiles muertos en bombardeos o en otras acciones de guerra. (...) [a los que murieron en] actos de violencia llevados a cabo por terceras partes, claramente motivados, pero no directamente realizados, por la ocupación alemana o la soviética. Tales actos supusieron (...) cifras de muertos muy significativas, como la matanza rumana de judíos (unos trescientos mil) o la limpieza étnica nacionalista ucraniana de polacos (al menos cincuenta mil). (p. 483)
***
Hay que leer este descomunal libro negro de prosa clara, documental, que además recoge testimonios de víctimas y verdugos; también de espectadores, más o menos conmovidos por el Espanto, más o menos implicados en denunciarlo, revelarlo, remediarlo. Hay que leerlo para saber que esos Catorce Millones no fueron un error sino el Horror deliberado: Hitler y Stalin sabían, Hitler y Stalin querían, Hitler y Stalin urgían el exterminio del Otro. Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. ¿Hay comparaciones odiosas? No, ciertamente, ésta. Aquí, lo odioso, lo infame, sería no comparar.
En las políticas que implicaron la eliminación de civiles o de prisioneros de guerra, la Alemania nazi mató a unos diez millones de personas en las Tierras de Sangre, quizá a once millones en total; la Unión Soviética de Stalin aniquiló a unos cuatro millones en las Tierras de Sangre y a unos seis millones en total. Si añadimos las muertes previsibles provocadas por la hambruna, la limpieza étnica y las largas estancias en los campos de concentración, la cifra estalinista total asciende a tal vez nueve millones, y la nazi quizá a doce. (p. 450)
No fueron esos Catorce Millones muertes limpias,discretasmaquinales. Los verdugos se mancharon las manos o la cara de sangre u hollín o pólvora. Los verdugos mancharon a sus víctimas con su semen, su sudor, sus babas. Y cuando para matarlas no las tocaron –"más de la mitad murieron porque se les negó la comida" (p. 17)–, las vieron, olieron, escucharon. Los verdugos sabían y hacían. Y lo contaban: del diario de un miembro de unEinsatzgruppe destacado en Lvov (Ucrania) el 1 de julio de 1941: "Cientos de judíos corren calle abajo con las caras cubiertas de sangre, con agujeros en la cabeza y los ojos colgando" (p. 238); "las familias matan a sus miembros más débiles, normalmente niños, y se comen su carne", constatará la OGPUsoviética en la Ucrania del terrible año 33. Así que no sólo Hitler, claro que no. No sólo Stalin. De hecho, ni Hitler ni Stalin violaron, torturaron, asesinaron a uno solo de esos Catorce Millones. Fueron otros. Tantos.
¿Banalización del mal? ¡Pero no mancharon a sus madres, a sus mujeres, a sus hijas con su semen, su sudor, sus babas! ¿Hicieron lo que hicieron porque antes deshumanizaron, animalizaron a sus víctimas? ¡Pero seguían sabiéndolas humanas, por eso las hablaban, las violaban!
Con independencia de la tecnología empleada, la matanza era personal. Las personas que morían de inanición eran observadas, con frecuencia desde torres de vigilancia, por aquellos que les negaban el alimento. Los que morían por las armas eran vistos muy de cerca a través de las miras de los fusiles, o bien eran sujetados por dos hombres mientras un tercero apoyaba el cañón de una pistola contra la base del cráneo de la víctima. Los que iban a morir asfixiados eran acorralados, metidos en trenes y empujados a las cámaras de gas (...). (p. 18)
El Gas. Y casi de inmediato se piensa en Auschwitz. Pero sólo "uno de cada seis judíos pereció allí" (p. 449). Pero "cuando las cámaras de gas y los complejos de crematorios de Birkenau entraron en funcionamiento en la primavera de 1943, más de tres cuartas partes de los judíos que fueron víctimas del Holocausto ya habían muerto" (p. 450). Jamás se habla deChelmno, de Belzec, de Sobibor, de Majdanek. Por otra parte, la mitad de los judíos asesinados en las Tierras de Sangre murieron fuera de las cámaras: de hambre, fusilados, quemados. Por eso Auschwitz podría resultar "engañoso" como guía de lo que fue la Shoá: la mayoría de los judíos que murieron allí jamás pisaron un campo de concentración, fueron "gaseados nada más llegar"; y aunque fue la última "factoría de la muerte" en entrar en funcionamiento, "no era la cumbre" de la tecnología nazi para el exterminio: "Los escuadrones de ejecución eran más eficientes y mataban más deprisa, los centros de hambre mataban más deprisa, Treblinka mataba más deprisa" (p. 449).
"Los asesinatos en masa separaron la historia judía de la europea, y la historia del este de Europa de la del oeste" (p. 23). Stalin mató a 3,5 millones de ucranianos entre 1933 y 1938, y Hitler a otros tantos entre 1941 y 1944. "Bielorrusia fue el centro de la confrontación nazi-soviética, y ningún país sufrió más bajo la ocupación alemana (...) La capital, Minsk, quedó casi despoblada por los bombardeos alemanes, la huida de los refugiados, el hambre y el Holocausto (...) El veinte por ciento de la población [del país] murió durante la Segunda Guerra Mundial" (p. 474). "Nadie menciona nunca que los polacos soviéticos sufrieron más que ninguna otra minoría nacional en los años treinta (...) En el bombardeo de Varsovia de 1939 murió más o menos la misma cantidad de [gente] que en el de Dresde de 1945. (...) Sólo durante el levantamiento de Varsovia murieron más polacos que japoneses en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki" (p. 475). ElGeneralplan Ost nazi tenía por objeto matar "entre 31 y 45 millones de personas (...), entre un 80 y un 85% de los polacos, el 65% de los ucranianos del oeste, el 75% de los bielorrusos y el 50% de los checos" (p. 199). El sitio de Leningrado (1941-1944) se cobró un millón de vidas, sobre una población total de 3,5 millones. Catorce millones de personas fueron asesinadas con premeditación por dos regímenes durante doce... Nazismo y comunismo, hermanos de sangre.
***
Cada muerte registrada sugiere una vida única, pero no puede sustituirla. Debemos ser capaces no sólo de contar el número de muertos, sino de contar con cada víctima como individuo. La única gran cifra que soporta el escrutinio es la del Holocausto, con sus cinco millones setecientos mil judíos muertos (...) Pero este número, como todos los demás, no debe verse como 5,7 millones, que es una abstracción que pocos podemos concebir, sino como 5,7 millones de veces uno. (p. 477)
No hay palabras pero hay que encontrarlas, sacarlas de donde sea. Escribir estos libros, reseñarlos, leerlos. Nombrar a los muertos. Para que la memoria gane en su combate contra la nada (Todorov). Hay aquí una misión:
Los regímenes nazi y soviético convirtieron a personas en números (...) A nosotros los estudiosos nos corresponde buscar esos números y situarlos en perspectiva. A nosotros, como humanistas, nos toca transformar de nuevo esos números en personas. Si no podemos hacerlo, Hitler y Stalin habrán configurado no sólo nuestro mundo, también nuestra humanidad.

TIMOTHY SNYDER: TIERRAS DE SANGRE. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores (Barcelona), 2011, 620 páginas. Traducción de Jesús de Cos.

twitter.com/MarioNoyaM

marionoya.com

Auschwitz y las metáforas

Arcadi Espada:



"Cuando alguien utiliza Auschwitz para compararlo con la matanza de los toritos lo fundamental no es que esté degradando a los taurinos, como pareció creer el ministro Wert. La ofensa profunda es a las víctimas de Auschwitz. Yo no dudo que el tosco diputado Yuste esté profundamente conmovido con los toros que mueren cada verano en las plazas de España. Del mismo modo que no dudo que su conmoción por las víctimas de Auschwitz es nula. Más precisamente: que las víctimas de Auschwitz no le conciernen. No sólo porque no tenga nadie cercano entre ellas, sino porque ni los libros ni cualquier otro material intelectual o emocional han suplido la distancia. El diputado Yuste no ha recorrido el imprescindible kilómetro sentimental. El diputado Yuste no sabe, en puridad, lo que es Auschwitz. La comparación es la base del conocimiento, pero también una señal irrefutable de la ignorancia.
El caso encierra, sin embargo, una lección más desolada. Algo así como ungap moral. La destrucción de los judíos fue declarada en Nuremberg, en 1945, sobre las ruinas de Europa, crimen contra la humanidad. Es el crimen contra la humanidad por excelencia. Pero eso es una bienintencionada categoría jurídica. El uso, tan liberal, de Auschwitz demuestra que el holocausto sólo es un crimen contra la humanidad judía. Nunca conviene exagerar."

La verdad, asunto de Estado

Arcadi Espada.



Francia va a castigar penalmente la negación del genocidio. No es el primer país que castiga determinadas mentiras sobre la historia. La gran mayoría de mentiras sobre la ciencias naturales tienen consecuencias tan inmediatas y drásticas que hacen inútiles los tribunales. Nadie discute los cálculos que permiten a un avión elevarse. Pero en las ciencias sociales siempre hay margen para mentir, con independencia de que las mentiras sean igual de redondas e irrevocables que las científicas. No todas las mentiras sobre la historia tienen el mismo efecto. Si alguien dijera hoy que Cartago destruyó Roma sería llevado al psiquiátrico y no a la cárcel. Pero no sucede lo mismo, para poner el ejemplo canónico, con los crímenes nazis: hay mentiras que operan dañinamente sobre la actualidad. Se argumenta, en nombre de la libertad de expresión, que los estados no deben perseguir las mentiras. Pero estas almas bellas no siempre se rebelan cuando desde los estados se propagan y se imponen las mentiras, y cuando con ellas se diseña la política de los gobiernos: de tan obvio y tan próximo, casi no es necesario subrayar hasta qué punto los gobiernos nacionalistas españoles se han identificado con esta conducta. La verdad es siempre vulnerable, aunque solo sea por inferioridad numérica: sobre cualquier hecho hay una sola verdad y mentiras innumerables. La situación se ha agravado con internet y el eco exponencial que obtienen los relatos falsos: la verdad no suele gozar de la plusvalía de la novedad y las mentiras suelen ser más excitantes que anodinas.
En estas condiciones la pregunta clave es si la verdad es un bien a proteger, como los tigres blancos o los glaciares, y si los ciudadanos tienen derecho a reclamar  protección contra las mentiras, empezando, claro está, por las mentiras fabricadas por los propios gobiernos. Pocas cosas tienen un sentido público tan necesario e indiscutible como la verdad. Ese sentido, por ejemplo, que ha alumbrado instituciones incluso privadas como la de la Enciclopedia Británica, y cuya vigencia debe defender cualquier propósito político razonable. Tentado estoy, dada mi filiación orwelliana, a reclamar un ministerio de la Verdad. Pero también me conformaría con una dirección general dependiente de un verdadero ministerio de Educacion. El ciudadano una y mil veces mentido, que no sabe muchas a veces a quién o a dónde acudir para saber a ciencia cierta, tiene derecho a disponer, también en este trámite, de su ventanilla. Única, desde luego.
(El Mundo, 31 de enero de 2012)

También los protestantes polacos


Desde que en 1523 el primer pastor luterano se estableció en Breslavia, los protestantes han formado parte de la historia de Polonia. Siempre han sido una minoría,  pero la descentralización y la diversidad cultural de la federación polaco-lituana, jugó a favor de su difusión entre las capas más cultas y urbanas, sobre todo las que estaban más en contacto con alemanes y checos. El siglo XVI es percibido por los historiadores polacos como una época dorada, en la que al mismo tiempo que se consolidaba el catolicismo como religión nacional, se permitía el refugio de todo tipo de disidentes religiosos, además de atraer la migración judía. Mientras el resto del continente se entregaba a las guerras de religión entre católicos y reformados, en la federacíon polaco-lituana hasta los despreciados judíos sufrían menos presiones por causas religiosas.
De todas las iglesias reformadas establecidas en la antigua Polonia, en el siglo XX la que tiene más fieles es la luterana Iglesia Evangélica Confesional de Ausburgo (Kościół Ewangelicko-Augsburski w Rzeczypospolitej Polskiej). La más reducida Iglesia Reformada en la república polaca (Kościół Ewangelicko-Reformowany w RP) de inspiración calvinista, tiene una historia mucho más gloriosa durante los siglos XVI-XVII, pero llega al siglo XX con un número muy reducido de creyentes.
Juliusz Bursche nació el 19 de septiembre de 1862 en Kalisz, entonces parte de Rusia, hijo del pastor protestanteErnest Bursche y de Matilde Mueller. Estudia y se doctora en la universidad de Tartu, y se hizo miembro del “Konwent Polonia”, donde fue influenciado por las ideas del pastor luterano de Varsovia Leopold Otto, que luchaba contra el estereotipo de que sólo los católicos podían sentirse polacos, y que los luteranos debían identificarse con los alemanes. (También había muchos católicos de cultura alemana en regiones en futura disputa, como Silesia). Se ordenó pastor a los 22 años, y en 1885 se casó con Helena Amalia Krusche, hija de unos prósperos industriales alemanes. En 1904 el ZarNicolás II, que tenía entre sus títulos el de rey de Polonia, le reconoció como Superintendente de la Iglesia Luterana en el Reino de Polonia, y pasó a residir en la casa parroquial de la Iglesia Luterana de la Santísima Trinidad de Varsovia. Desde 1905 instituyó el culto en polaco. Hasta entonces sólo se daba en alemán.
Al comienzo de la primera guerra mundial los rusos empezaron a deportar a muchos luteranos polacos, por considerarlos poco fiables. Bursche fue enviado a Moscú, y permaneció allí hasta la revolución rusa en febrero de 1917. Tras un rodeo por Estocolmo regresó a la Varsovia ocupada por los alemanes en febrero de 1918, y fue nombrado miembro del Consejo de Regencia del llamado Królestwo Regencyjne, un intento germano-austriaco de establecer un estado satélite polaco. Con la derrota definitiva de los imperios centrales, el intento de reino títere (y sin rey) se transformó en la Segunda República Polaca, y buscó unir también bajo su soberanía los antiguos territorios que durante los siglos XVIII y XIX se habían repartido Austria y Prusia. Bursche formó parte de la delegación polaca en la Conferencia de Paz de París. Durante toda la Segunda República (1920-1929) Bursche defendió la identidad polaca de los luteranos, e hizo campaña durante los plebiscitos en las zonas fronterizas marcados por Versalles a favor de Polonia. Entre los miembros de su iglesia se cuentan notables militares:
Juliusz Rómmel (1881-1967) O, como se escribía antes de 1918, Rummel, sin tilde. Coronel del ejército zarista, general de brigada en la guerra polaco-bolchevique,  comandante del ejército de Lodz en septiembre de 1939, y último defensor de Varsovia. Pasó el resto de la guerra prisionero de los alemanes y en 1945 regresó a la Polonia comunista.
Władysław Anders (1892-1970), que más adelante se convirtió al catolicismo. También provenía del ejército zarista. Capturado por los soviéticos en 1939. Pese a ser torturado en Lubianka, después del ataque alemán sobre la URSS accedió a organizar un ejército polaco para combatir al lado de los rusos. Finalmente la desconfianza y la falta de equipo permitieron que su ejército, junto con gran número de civiles, terminara saliendo de la URSS por Irán, para ser equipado por los occidentales y llegar a combatir en Italia como el II cuerpo polaco. Después de las batallas de Monte Cassino yAncona fue nombrado comandante supremo de las fuerzas armadas polacas, y aceptó varios cargos en el gobierno polaco del exilio en los años 50. Sus hermanos Karol (1893-1971) y Tadeusz (1902-1995) también fueron oficiales que comenzaron su carrera en el ejército zarista, sirvieron a la segunda república, y continuaron la lucha contra Alemania. Murieron igualmente en el exilio.
En septiembre de 1936 el superintendente luterano Juliusz Bursche emitió un manifiesto a la población protestante polaca en el que condenaba el nazismo. Algunos fieles se separaron de su congregación e ingresaron en las iglesias con culto en alemán. Desde el 13 de mayo de ese año, por primera vez en la historia polaca y hasta la invasión alemana, el Primer Ministro y Ministro del Interior (vamos, el dictador de facto) es el general Felicjan Sławoj Składkowski, (1885-1962) miembro de la Iglesia Reformada (calvinista). En 1937 Bursche es elegido, bajo la nueva ley de Iglesias, como Primer Obispo. Al mismo tiempo que refuerza la identidad polaca de los luteranos, participa en gran cantidad de congresos ecuménicos con protestantes de toda Europa, intentando fomentar la unidad de los cristianos reformados de todo el mundo.
Y llega la segunda guerra mundial. Bursche es arrestado por el SD en la casa parroquial luterana de Lublin el 3 de octubre de 1939. Tras sufrir interrogatorios en Radom, es trasladado a la sede de la Gestapo en Berlín, y más adelante al KZ de Sachsenhausen. Se desconoce la fecha exacta de su muerte, pero sus hijas recibieron la noticia de su fallecimiento en el hospital de la prisión de Moabit el 20 de febrero de 1942. Él y sus feligreses constituyeron un importante símbolo contra las teorías nazis de la superioridad de la raza “aria” y de la cultura alemana. Dos de sus tres hermanos, y su único hijo varón,Stefan Bursche, ya habían sido ejecutados en la Intelligenzaktion, el asesinato de la “inteligencia” polaca. Todos ellos, por su apellido, podían haberse salvado fácilmente renegando de su patriotismo pero, al igual que el obispo, decidieron ser fieles a Polonia hasta la muerte.


No se levantaron los católicos. Arcadi Espada

Leo que el papa Ratzinger, de visita en Berlín, vuelve al viejo discurso del nazismo como el Anticristo. Hitler, ese ídolo pagano que quería sustituir a Dios. Eso dijo el Papa en la ciudad de las tragedias. Tengo a Ratzinger por un hombre apreciable. No como el primer intelectual de nuestro tiempo, pero sí, por ejemplo, como un hombre que conoce la historia de Europa. Debería ser más prudente. El catolicismo tiene una profunda deuda de conciencia con las víctimas del genocidio. Cuando se habla o se escribe sobre ello se alude, tópica y centralmente, a la ambigüedad y vacilaciones de Pío XII y del conjunto de la jerarquía. Es un asunto discutible, que arranca de la encíclica pía de 1937 sobre la situación de los católicos en el Reich. Pero secundario. El problema es otro y no afecta a la jerarquía sino al conjunto de los católicos. Tal vez Hitler era el Anticristo; pero lo cierto es que los católicos no se levantaron contra él. Se levantaron los comunistas o los demócratas; pero no los católicos. Y algo mucho peor: no hubo una solidaridad católica, unánime, inexpugnable, civil, determinante con las víctimas, principalmente judías, del Genocidio. Por supuesto que hubo católicos que dijeron no, a riesgo de sus vidas; y que muchos la perdieron. Pero desdichadamente, en los templos de Europa, y lo sabe Ratzinger y es un pecado de expiación lenta, nadie llamó a combatir el nazismo. Al Dios de los católicos el nazismo siempre le pareció estricta competencia del César.



Chaim Rumkowski



Cuando los soviéticos liberar Lodz, sólo quedan 877 supervivientes de las más de 250.000 personas que pasaron por el gueto.


Dádme a vuestros niños


El gueto ha recibido un duro golpe. Nos piden aquello que más queremos, a nuestros niños y ancianos. Yo no tuve la suerte de tener un hijo y por lo tanto dediqué los mejores años de mi vida a los niños. Viví y respiré juntos a los niños. Yo nunca me imaginé que mis propias se verían forzadas a hacer este sacrificio en el altar. En mi veje me veo obligado a extender las manos y mendigar: ¡"Hermanos y hermanas, dádmelos a mí! - ¡Padres y madres, dadme vuestros niños ..” (amargos sollozos sacuden al público reunido) ... Ayer, en el curso del día, recibí la orden de enviar a más de 20.000 judíos del gueto, y si no lo hago ellos me dijeron – "nosotros mismos lo haremos". La pregunta fue: ¿"Debíamos haber aceptado esta orden y llevarla a cabo nosotros mismos, o debíamos dejárselo a otros?" Pero puesto que nos guiaba la idea de no “¿cuántos se perderán?” sino de ¿cuántos pueden ser salvados?", llegamos a la conclusión – los más cercanos a mi trabajo y yo mismo – que por difícil que sea, debemos aceptar esta carga y llevar a cabo esta orden. ¡Debo llevar a cabo esta operación difícil y sangrienta, debo cortar miembros para salvar el cuerpo! Debo entregar a los niños, y si no lo hago, los otros se los llevarán igual, Dios prohibe... (terribles gemidos).

Hoy yo no puedo consolaros. Ni vine para consolaros sino para mostraros todo el dolor y toda la pena. He venido como un ladrón, para quitaros lo que es más querido en vuestro corazón. He hecho todo lo que he sabido para anular esta amarga sentencia. Al no poder cancelarla he hecho todo lo posible para aligerarla. Sólo ayer ordené que se registrase a todos los niños de nueve años. Quise salvar por lo menos un año – a los niños de nueve a diez, pero ellos no cedieron. Conseguí una cosa – salvar a los niños de más de diez años. Que sea éste el consuelo de nuestra gran pena.

Hay muchas personas en este gueto que sufren tuberculosis, cuyos días o quizás semanas pueden contarse. No lo sé, quizás esto sea un plan satánico, y quizás no, pero yo no puedo parar de pensar: "Dadme a esta gente enferma y quizás será posible salvar al sano en su lugar." Sé cuán precioso es cada uno de estos enfermos en su hogar, y especialmente entre judíos. Pero en tiempos en los que se emiten tales decretos uno debe sopesar y medir quien se debe salvar, quien se puede salvar y quien se puede salvar.

El sentido común nos dice que los que deben ser salvados son aquellos que pueden ser salvados y tienen una oportunidad siendo salvados y no ésos para los que no hay la posibilidad de salvarse en ningún caso ...

Discurso de Chaim Rumkowski - 4 de septiembre de 1942




Fuente: Jordi Ainaud.

Am I a Murderer? Testament of a Jewish Ghetto Policeman by Calel Perechodnik. Jeanna R. Collins


Am I a Murder?: Testament of a Jewish Ghetto Policeman (the original title is “A History of a Jewish Family During German Occupation”) by Calel Perechodnik is an interesting account by a twenty-seven year old ghetto policeman in Otwock, a town near Warsaw. Perechodnik began his memoir on May 7, 1943, while hiding in the home of a Polish woman in Warsaw. The memoir, which is primarily a confession of the guilt he feels for his responsibility in bringing about the deportation of his wife and two year old daughter and their subsequent death in Treblinka, is unique among Holocaust testimonies and is extremely thought provoking. Perechodnik’s account shares his profound sense of guilt for his inability to save his wife and child although that was the primary reason for his decision to become a ghetto policeman in early 1941. His description of the deportation on August 19, 1942, at the Umschlagplatz is chilling. The picture of his wife and daughter, sitting with the other victims as he carries out his duties, creates a surreal, circus-like scene that is intensified as he loads his boxcars. In relation to the previously mentioned comments by Viktor Frankl about the freedom of individuals in making decisions, it is interesting to compare the choices of Perechodnik, who carries out his duties at the Umschlagplatz, and his friend and fellow officer Abram Willendorf, who removes his police armband and joins his family in their wait for death. Perechodnik mentions several times his admiration for Willendorf, as well as for Janusz Korczak, who chose to die with the children under his care, but, sorrowfully, confesses that his fear of death prevented him from making the right decision.

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Source: Jordi Ainaud.

Hitler sobre los judíos


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Extractos:

Hitler quería tener “unas palabras” con “el compañero” que había publicado eso de “Exigimos que se marquen las tiendas judías”:

¿Qué significa eso de “exigimos”? ¿Quién está capacitado para exigir? ¿Quién puede dar esa orden? ¡Sólo yo! De modo que ese caballero, el director [del periódico], me exige en nombre de sus lectores que lo haga. En primer lugar quisiera decir que mucho antes de que ese caballero tuviera la menor idea de la cuestión judía, yo ya la había estudiado con todo detalle; en segundo lugar, este problema de la identificación específica de los negocios judíos llevamos considerándolo dos años, tres, y algún día, naturalmente, se resolverá de una forma u otra. Y dejadme que añada algo más: obviamente, el objetivo final de nuestra política está claro para todos nosotros.
 
Para mí, lo más importante es no dar ningún paso hacia adelante del cual tenga que retractarme ni que pueda causarnos daño. Sabéis que siempre me muevo dentro del límite más extremo de lo que se puede arriesgar, pero nunca voy más allá de ese límite. Uno debe tener un olfato lo bastante sensible para decirse: ¿qué más puedo hacer? ¿Qué es  lo que no puedo hacer? [Risas y aplausos].
 
Mi objetivo inmediato no es forzar al combate a ningún enemigo. No digo «combate» porque quiera luchar, sino porque «¡Quiero aniquilarte!». Y ahora, que logré con mi astucia acorralarte en un rincón de tal modo que no puedas asestarme un solo golpe; ¡entonces te asestaré la puñalada en el corazón! [Aplausos]
 
¡Y ya está! (Das ist es!) [Aplausos].
 

El Holocausto, Budapest y Sanz Briz. Arcadi Espada




Estaba Lutz, estaba Wallenberg, estaba Perlasca, en el friso de homenaje de la gran sinagoga. Estaban todos, menos Sanz Briz. Me vi obligado a presentar una queja formal en nombre de España. O quizá fuera en nombre de la roja. Me falta memoria en los momentos decisivos. El director del museo, muy amable hasta entonces, no se tomó nada bien la queja. Murmuró hoscamente algo que nuestro anfitrión húngaro, el profesor Harsanyi, no supo bien cómo traducir. Luego me dio las gracias con sequedad. Lo interesante es que ni él ni nadie supieron explicar las razones de la ausencia del diplomático español en la zona candente del museo del Holocausto. Pero no hay más razón que España.
La historia del Budapest del final de la guerra, y las actividades del diplomático español Sanz Briz y del agente comercial Giorgio Perlasca es complicada. La explicaremos con detalle y brío en su momento. Pero por debajo y encima de todo está España. La pusilanimidad española. Sus complejos. Su irrisorio lugar en el mundo moderno. Un hombre que tiene —documentada— la salvación de cientos, tal vez miles, de ciudadanos húngaros es echado para un lado en el propio Budapest a causa de su incómoda condición de administrativo franquista. Sanz Briz no es un héroe romántico, naturalmente. No lleva la gabardina bogartiana de Wallenstein ni desaparece como él en el misterio central de nuestro tiempo, allí donde se cruzan Auschwitz y el Gulag. No adoba (¡reader!) su aventura con los ingredientes de arrojo e impostura de Perlasca,cavalier seul. Da mal en las películas. Pero es un frío desafío racional: ¿cómo y de qué manera un aliado objetivo de Hitler quiso y pudo salvar a las víctimas del nazismo? Para que su trabajo de cabildeo y compostura, de compromisos y pacto, de atildado engaño, de todas esas maniobras, en fin, que se desvanecen con la luz pueda alcanzar la galería de los héroes de la sinagoga se necesita la fuerza motriz de un país que defiende a sus héroes, sea cual sea la retórica que usen. Algo así como Francia. ¿Alguen se imagina la furia de Francia si uno de los suyos fuera excluido así?
Como luego tengo cita en la embajada con el cordial y bien instruido encargado de negocios, Pablo Zaldívar, aprovecho para prolongar mi ira de expañol:
—Si no en nombre de la Patria, que sea en nombre de la Ciencia. Pero protesten ustedes, por favor.
Y lo descansado que me siento al salir al sol rosado que proyectan, frente a la embajada, los muros del palacio Podmanizcky, héroe y princesa.

El holocausto en Hungría. Arcadi Espada


La visita al museo del Holocausto acaba en la vieja sinagoga adyacente. Diáfana. El cicerone del museo echa una mirada de admiración y tristeza.

—Muy bella, pero vacía.

En efecto. Ya no hay culto. La comunidad que la levantó y la sostenía desapareció. El asesinato de los judíos húngaros fue un capítulo especialmente cruel y fulgurante de la matanza nazi. Medio millón de personas fueron exterminadas en Auschwitz, Bergen-Belsen y en campos húngaros. En solo semanas, con los soviéticos rodeando Budapest, los americanos en el continente y la guerra inexorablemente perdida. La crueldad en la propia ciudad fue devastadora y de una estética singularísima. Los miembros del partido nazi autóctono, los nyilas, iban a buscar a sus víctimas, las llevaban a orillas del Danubio, las ataban indisolublemente por parejas y les disparaban a la cabeza. Sólo a una: la otra caía viva al río. Al parecer morían descalzos, porque los zapatos eran un bien preciado. Este es el sentido del homenaje que se levanta, apenas unos centímetros del suelo, en uno de los muelles del Danubio. Anteayer fui a verlo. Ahí va, pero con resquemores. Fotografiar me resulta violento. Imaginar me resulta antipático y cada vez más inmoral. No sé qué voy a hacer en esta vida.






El Budapest de los nylas, con los soviéticos apretando el cerco. Miles de judíos hacinados en las casas protegidas. Y un puñado de hombres, tratando de evitar su muerte. El sueco Wallenstein, el suizo Lutz, el italiano Perlasca, el español Sanz Briz. Ahí deben de estar todos ellos, en el friso de fotografías de la sinagoga que honra a los héroes y hacia donde el director del museo me lleva.

Cracovia, Holocausto, Schindler, Pena de muerte. Arcadi Espada.

Vía Arcadi Espada.


De los aproximadamente veinte mil judíos que vivían en Cracovia sólo quedaron vivos alrededor de 200. Pero su memoria está muy viva en la ciudad. El barrio de Kazimierz, donde la mayoría de ellos vivían, es uno de los lugares más agradables. Queda mucho por reconstruir y por limpiar, pero en unos años se habrá convertido en un pequeño Village, si las cosas van bien. Hoy todavía se ven escenas un poco estrambóticas como la de esa madre rolliza que puso a cagar a su niña, casi mocita, en un rincón cercano a la sinagoga Stara, luego le limpió el culo con cierto cuidado, la mocita se subió las bragas, grandecitas, y juntas entraron muy campantes en la sinagoga. Pero estas escenas ya digo que están a punto de desaparecer de Kazimierz.
Aparte del barrio, y de las rutas por el gueto, que arrancan de la plaza de las sillas (Zgody, Concordia), está la fábrica Schindler donde hace un año abrió un museo extraordinario dedicado a la vida en la ciudad entre 1939 y 1945. Un ejemplo moderno, libre y riguroso de reconstruir «un allí y entonces». E incluso popular. Sale uno de allí y no ha lugar a la habitual pregunta final de este tipo de exposiciones documentales: «¿Y bien, por qué no se habrán limitado a hacer una web, más barata y eficaz?». La realidad virtual de la exposición, hecha de objetos, periódicos, películas, voces, es eficacísima y emocionante y creo que uno se hace una idea verosímil de lo inimaginable. El museo, ya digo, ocupa la antigua fábrica del empresario alemán, cuya actitud salvó la vida de cientos de judíos. Y vive, claro está, del éxito impresionante de la película de Spielberg. Esa película que tiene el seco problema justamente señalado por Álvaro Lozano: en vez de morir casi todos se salvan casi todos. Yo soy un gran defensor de la vida extrauterina, pero, en efecto, ésa es una estafa formidable. Murieron. Y es lástima que los principales de sus verdugos también murieran a manos de la justicia vencedora. Qué grave error la pena de muerte. Con lo interesante que habría sido un Eichmann encerrado de por vida, examinado cada quince minutos por científicos, y sometido a la posibilidad de abrirse a la verdad que trae el enevejecimiento, ese aflojamiento general de esfínteres. Qué dilapidación la pena de muerte. Una de estas noches de viaje, de vueltas y duermevelas continuos, cuando se te queda en la cabeza una idea prendida obsesivamente, y quisieras quitártela y dormir como una blanca tabla rasa pensaba proponerle al mundo legal la obligación que tendrían todos los psicópatas de dar su cadáver a la ciencia. Que es la pena de muerte que necesita nuestro tiempo.

Auschwitz y el negacionismo. Arcadi Espada



El negacionismo tiene graves dificultades en Auschwitz. Si un hombre cualquiera se para en la solemne avenida de la muerte de Birkenau y comprueba que los trenes llegaban hasta el corazón mortuorio de la fábrica, y ese hombre pregunta para qué que no fuera la muerte fue construido todo esto, no encontrará respuesta. La respuesta al negacionismo es todo el inmenso vacío de Birkenau. Otra cosa es el primer Auschwitz, con su cartelito sobre la bondad regeneradora del trabajo y sus miramientos preindustriales. El primer Auschwitz es todavía el castigo, que incluye la muerte, desde luego. Pero en Birkenau el castigo ya se ha hecho irrelevante y el asesinato adquiere el fluido carácter de la muerte natural. El museo de Auschwitz ha de convencer a los hombres de que Auschwitz existió. El negacionismo puede que sirva al mal, pero, en realidad, se alimenta de la buena voluntad de los hombres. Cualquier representación de Auschwitz ha de incluir la persuasión del crimen, porque los hombres, en principio, no se muestran dispuestos a creer en algo que rebaja su condición de modo insoportable. Por fortuna para la verdad el vacío persuade.

No lo hacen, en cambio, los discursos. La necesidad de plantar cara al negacionismo (y de no advertir, quizá, que se niega solo) ha llevado a algunos errores estragégicos. Veamos, por ejemplo, el convoy que llevó a Aly Herscovitz de Drancy a Auschwitz. Uno de tantos, pero es el mío. Se dice en los paneles: de las 730 mujeres que salieron de Drancy, 216 fueron inmediatamente gaseadas. La conclusión sólo es una deducción, que surge de la diferencia entre las mujeres que se registraron a la salida de Drancy y las que se registraron en Auschwitz. Una deducción que no entiende de los errores posibles en el registro, de las que pudieron morir en el viaje, de las que pudieron ser tiroteadas por cualquier razón o de las que fueron gaseadas mediatamente. No hay un documento que permita decir que 216 fueron gaseadas al llegar, de inmediato. No hay prueba ninguna que permita afinar hasta el punto de 216, inmediatamente, gaseadas. El somero análisis de las fuentes presentan esos paneles como tocados por una ilusión de precisión. Una ilusión que, además, se compadece mal con la vaguedad con que otras informaciones claves se ofrecen al público. Las fotos y dibujos del campo, por ejemplo, que se atribuyen a anónimos miembros de las SS o a prisioneros. Y de las que no consta en el museo mayor información sobre el camino que recorrieron antes de llegar a los ojos del espectador deslumbrado. Pero ya digo que está la soledad culpable de Birkenau. La evidencia de que habiendo desaparecido la muerte no queda nada.

En cuanto a mí, llegué a Auschwitz y cierto de que subió a un tren que se detuvo aquí pregunté por Aly Herscovitz.



Noche y Niebla. 1955. Alain Resnais.


De la misma generación que Godard, Alain Resnais respondió a la demanda/denuncia de aquél ("El olvido del exterminio forma parte del exterminio") con el documental Noche y niebla, un encargo del Comité de Historia de la Deportación. Remontándose al inicio de la tragedia, el diseño racionalista aunado alamoral irracionalista de los campos de concentración, Resnais echa mano de fotografías de archivo,que acompaña de comentarios austeramente descriptivos, sabiamente reflexivos, intensamente poéticos, salpicados en ocasiones por una olímpica y distanciada ironía. El autor de los mismos, Jean Cayrol, era unsuperviviente de un campo de concentración, donde, a pesar de todos los extenuantes pesares, pudo escribir poesía, los Poemas de la noche y la niebla.
En el documental vemos trenes precintados,desde los que saludan presos aún enteros que viajan hacinados "sin día ni noche".
El hambre, la sed, la asfixia, la locura.
Los campos eran como otro planeta. Auschwitzlandia.
Ninguna descripción, ninguna imagen puede revelar su verdadera dimensión. Sólo el terror ininterrumpido.
Las imágenes en blanco y negro de los cuerpos devastados se combinancon grabaciones en color de los verdes prados, vacíos de toda presencia humana, que rodearán años después los campos.
Resnais muestra las únicas imágenes que, según mis informaciones, existen del interior de las cámaras de gas, tomadas por un prisionero del campo de Auschwitz-Bikernau, y da cuenta de cómo funcionaban. Estas fotografías originaron un intenso debate a raíz de una exposición sobre los campos en la que el filósofo George Didi-Huberman defendióelvalorde las mismas, aunque fuese parcial: gracias a la rotundidad y al impacto que adquiere lo real en ellas, contribuyen a desvelarla verdad del crimen nazi. Sin embargo, los historiadores Gérard Wajcman y Elisabeth Pagnoux criticaron su exhibición: desde su punto de vista iconoclasta, entendían que con ellose estaba fomentando el voyeurismo asociado al goce en lo horrible.
En la misma estructura literaria y musical del documental se niega el postulado deAdorno. Hay estética en la lentitud de los travellings que muestran el lugar de los asesinatos con la intención de captar su atmósfera criminal. Se revelan detalles que golpean a cada espectador en su circunstancia específica; prestemos atención, por ejemplo, a la terrible anécdota española:
Tres mil españoles murieron construyendo estas escaleras que llevan a la cantera de Mauthausen. Trabajo en factorías subterráneas. Un mes tras otro cavaban, enterraban, se matabanLes ponían nombres de mujer: Dora, Laura.
O a los detalles que nos recuerdan que el corazón de las tinieblas no es sólo cosa de salvajes, tambiéndecultísimos y civilizados europeos: una orquesta sinfónica, un oso en un zoo, una panorámica de los invernaderos donde Himmler cultivaba plantas raras. El campo de concentración de Buchenwald se construyó alrededor del roble que plantó Goethe, y que los nazis respetaron: sus ramas proyectaban sombra sobre las dependencias en que se practicaban experimentos con productos venenosos, torturas, mutilaciones..., en nombre de la ciencia aria. Sistemáticamente, con germánica eficacia. Una mezcla perversa del imperativo categórico de Kant (v. la defensa de Eichmann) y el sadomasoquismo de Von Sacher-Masoch que puso en práctica el doctor Mengele, todo ello resumido en la máxima de Himmler:
Debemos destruir, pero productivamente.
Además de las imágenes de las cámaras de gas, Resnais muestra las huellas del crimen:
Nada distingue la cámara de gas de un bloque común (...) La única señal, pero hay que saberlo, son los arañazos en el techo. Rascaban hasta el hormigón.
Esos arañazos en el hormigón se combinan con las pastillas de jabón confeccionadas con la grasa del os cuerpos desmembrados. Las excavadoras de los aliados recogen los cadáveres para enterrarlos en fosas comunes; esqueletos cubiertos de piel arrojados junto a cabezas que gritan sinvoz y miran sin ojos. Michel Bouquet, el narrador, termina con una advertencia para que la memoria no se pierda:
Mientras ahora les hablo, la gélida agua de los estanques y las ruinas llenalos huecos de las fosas comunes con nuestra mala memoria. La guerra se adormila, con un ojo siempre abierto. La hierba fiel ha regresado de nuevo al patio de formar, en torno a los bloques. Un pueblo abandonado, aún lleno de amenaza. El crematorio ya no se usa. La astucia nazi está pasada de moda. Nueve millones de muertos en ese paisaje¿Quiénes de entre nosotros vigilandesde la atalaya para advertir de la llegada de nuevos verdugos? ¿Son sus caras en verdad diferentes a las nuestras? (...) Hacemos oídos sordos al grito que no calla.
Y uno piensa que la poesía, precisamente después de Auschwitz, es más necesaria que nunca.