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Maldad y enfermedad

De esta entrevista con Benjamin Ferencz, fiscal de los Juicios de Nuremberg, destaco estas dos respuestas:
Cuenta en sus memorias que se acusó a 24 oficiales de las SS porque en el banquillo no había espacio para más personas. ¿La justicia es siempre así de imperfecta? 
Seleccioné a los acusados por su rango y su inteligencia. Tenían todos una carrera o un doctorado. Así nadie podría decir que eran unos salvajes. Eran personas educadas e inteligentes. Creían que lo que hacían estaba bien y murieron pensando que actuaron correctamente. Nunca mostraron arrepentimiento. Eso fue una enorme decepción para mí. Hubo que esperar a que esa generación desapareciera para que la nueva dijera: "Lo siento".
Es evidente que la inteligencia no está reñida con la maldad, y es desolador comprobar como esas personas ni se arrepintieron ni pensaron que actuaron incorrectamente. De hecho habría que preguntarse si estaban enfermas y sufrían de algún tipo de psicopatía, y si sus odios e ideas preconcebidas les llevaron a un grado de abstracción tal que veían a los judíos como una cosa en lugar de como personas.
De los 24 generales juzgados, 14 de ellos fueron condenados a morir ahorcados. ¿La pena de muerte no es contradictoria con la justicia? 
No. Aquellos oficiales eran responsables de la muerte de miles de personas. Aunque me lo planteé, yo no pedí la pena de muerte. Pero, ¿qué conseguiría el mundo con ello? Lo que les pasara a los acusados era insignificante. Que acabaran en la cárcel o muertos no era lo importante para mí. Lo importante eran los principios.
Me opongo a la pena de muerte por dos razones, una es que no creo que nadie tenga derecho a quitar una vida y la otra es que pienso que habría que estudiar a esas personas para intentar descubrir el porqué de sus comportamientos. Pero es evidente que estos hombres se ganaron a pulso esa pena.

Siempre que pienso en los millones de muertos que los nazis y los comunistas, hermanos de sangre, han provocado la desazón es enorme. ¿Cómo se pueden corromper las personas de tal manera que basen sus sistemas en la aniquilación sistemática de otras personas?

La vida cotidiana en la Alemania nazi (y III), por Javier Bilbao


¿Qué otra cosa podría desear para los demás sino paz y tranquilidad?” Hitler, 1935
Los carteles de propaganda política de la primera mitad del siglo XX ya fueran nazis, soviéticos, estadounidenses o de ambos bandos de la Guerra Civil española, no solo suelen ser muy atractivos estéticamente, también resultan enormemente interesantes por su carga semiótica, por la manera en que intentan expresar unas ideas. Sobre estas líneas tenemos uno del Partido Nazi para las elecciones del Reichstag de julio de 1932. El texto dice “Los trabajadores hemos despertado”, y como es costumbre en este partido está protagonizado por un supermacho alemán de mandíbula granítica, aquí representado como un auténtico gigante, con el brazo arremangado y el botón de arriba suelto para que veamos que está fuerte. En esta ocasión, sin embargo, no mira solemnemente al horizonte embargado por alguna emoción patriótica, sino hacia unos enanitos a los que muestra una mueca de desprecio y actitud desafiante, con el puño cerrado dispuesto a romper cabezas.
El primero que tiene enfrente representa con su gorra roja al bolchevismo, y sostiene un cartel que dice “¡Barones de Hitler!; Decretos de emergencia; Acoso y calumnias; Los gerifaltes en el tocino, el pueblo en la miseria”. A su lado vemos a un judío susurrándole al oído. En otras ocasiones, según el discurso nacionalsocialista, controlaban el capitalismo internacional. Así que los judíos podían mover los hilos de una cosa y de la contraria, bien. Tras ellos dos, vemos a un tipo con un puñal en la mano, tal vez un agitador socialista o un simple criminal. Finalmente asomando sobre el horizonte se eleva una colosal esvástica sobre un fondo rojo, que es también el color del texto. De manera que según este cartel se mostraban como los auténticos rojos y los auténticos proletarios, no como esos enanos y bien alimentados bolcheviques y socialistas en quienes confiaban los trabajadores antes de despertar. Así es como el NSDAP quería mostrarse ante las elecciones, en un país en el que el 46% de la población era clase obrera. Y no le fue mal, dado que se convirtió en el principal partido, con 13,5 millones de votos.
Una vez que Hitler fue designado canciller, seis meses después de estas elecciones y en sintonía con esta proclamada cercanía a la clase trabajadora, se celebró por primera vez en Alemania el 1 de Mayo, rebautizado como Día Nacional del Trabajo. Aprovechando la estela de ese gesto propagandístico, al día siguiente los sindicatos fueron prohibidos. También fueron ilegalizados el Partido Comunista y el Partido Socialista. Como sucesor de los sindicatos se instauró unos días después, el 10 de mayo de 1933, el Frente Alemán del Trabajo. Estaba dirigido por uno de los nazis más influyentes, Robert Ley. Piloto durante la Primera Guerra Mundial, sufrió lesiones en el lóbulo frontal del cerebro en un aterrizaje forzoso, a lo que se atribuye su comportamiento inestable —como cuando propinó una paliza al ministro-presidente de Baden— y sus declaraciones en ocasiones pintorescas (que eran objeto de chistes entre la población alemana): “un barrendero echa mil microbios a la cuneta con un solo golpe de escoba; un científico se jacta de haber descubierto un solo microbio en toda su vida”. Bajo su mando esta organización pretendía abolir los antagonismos entre patronos y trabajadores, alcanzar también aquí la unidad y la armonía prometidas para Alemania.

La vida cotidiana en la Alemania nazi (II), por Javier Bilbao



Las almas de los alemanes muertos en combate son guiadas por las valquirias hacia el Valhalla (coronado por una gran esvástica), donde el dios Wotan se prepara para la Batalla del Fin del Mundo, el Ragnarök.

Cuando un opositor dice: “no me acercaré a vosotros”, yo le respondo sin inmutarme: “tu hijo ya nos pertenece”.” Adolf Hitler, 6 de noviembre de 1933.
Como escribió el corresponsal estadounidense William L. Shirer tras asistir a un gran acto del Partido Nazi: “está devolviendo boato, color y misticismo a las vidas grises de los alemanes del siglo XX”. Las espectaculares concentraciones del partido con cientos de miles de participantes y su fastuosa decoración e iluminación con reflectores antiaéreos, sus desfiles de precisión milimétrica, sus ritos paganos y su monumentalidad, su reivindicación de la fuerza, camaradería, épica y acción, la oportunidad que ofrecía al individuo de disolverse en el grupo, la evocación de un pasado legendario junto a la promesa de un futuro radiante… todo ello atrajo a muchos alemanes, pero eran ingredientes que encajaban como un guante especialmente en la mentalidad y el carácter de los más jóvenes. Nada valoraba más el nazismo que la juventud, como herramienta y como ideal, opuesta a la que consideraban decrépita República de Weimar, con un ancianoHindenburg a su frente. De hecho la media de edad de todos los integrantes del partido al llegar al poder era de apenas 28 años. Así que la educación de los jóvenes era un asunto de importancia vital para Hitler:
“El chico alemán del futuro debe ser delgado y flexible, rápido como un galgo, resistente como el cuero y duro como el acero Krupp. Debemos educar un nuevo tipo de ser humano, hombres y mujeres absolutamente disciplinados y saludables. Nos hemos comprometido a dar al pueblo alemán una educación que comienza en la infancia y nunca termina.”
Por ello, poco más de tres meses después de la toma del poder, el nuevo Ministro de Interior Wilhelm Frickestableció el 9 de mayo de 1933 en el Diario General de los Profesores Alemanes que la enseñanza objetiva de la historia era una falacia del liberalismo. Los nuevos principios que la escuela debía enseñar eran:
1) La vida es una lucha constante donde la raza y la sangre son primordiales.
2) La importancia del coraje en la batalla y el sacrificio del individuo por un fin superior.
3) Admiración por el liderazgo del Führer.
4) Odio a los enemigos de Alemania.
Las diferentes asociaciones de profesores fueron absorbidas por una ya existente, la Liga Nacionalsocialista de Maestros, de la que llegaron a ser miembros el 97% de todos los profesores. Ellos debían liderar el cambio a un nuevo sistema educativo. Solo un día después de este manifiesto del ministro, los estudiantes universitarios hicieron hogueras con libros de autores judíos, izquierdistas y en general de cualquier tipo que no encajase en la doctrina del nuevo régimen. Las bibliotecas escolares fueron también rápidamente depuradas y los libros de texto de los alumnos, aunque inicialmente eran los mismos de la época de Weimar, pasaron a ser reescritos y complementados con nuevas publicaciones cargadas de doctrina nazi a partir de 1936.

La noche de los cuchillos largos

por Charlie Gordon.


Un asesinato masivo permitió a Adolf Hitler conservar el poder en uno de los más inciertos pasajes de su mandato: bien pudo haber sido desalojado del gobierno apenas un año después de haber sido nombrado canciller de Alemania. Sorprendentemente, no fue el miedo lo que permitió que dichos crímenes le reafirmaran en el cargo, sino la aprobación tácita de la mayoría de los alemanes hacia la matanza. El que la nación más avanzada de Europa —tras permitir mansamente a Hitler que demoliese la democracia en sólo unos meses— terminase aplaudiendo los métodos criminales de su nuevo jefe de gobierno es uno de los capítulos más tristemente ilustrativos de la historia del viejo continente: cómo una nación democrática se fue transformando progresivamente en un estado totalitario. La política produce monstruos… pero sólo cuando se deja a los monstruos crecer.
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Ernst Rohm
Ernst Rohm, el pendenciero jefe de las SA, cuya arrogancia estuvo a punto de costarle el pellejo a Hitler.
1931: Ernst Röhm, el hombre que podía tutear a Hitler
En 1931, Adolf Hitler ya acariciaba la idea de poder alcanzar el gobierno. Su partido, el NSDAP, estaba ganando cada vez más seguidores en una Alemania sumida en la depresión económica. El descrédito general de las instituciones democráticas  de la llamada “República de Weimar” y la oratoria incendiaria de Hitler convirtieron a los nazis en una fuerza política de primer orden. Uno de los grandes atractivos del NSDAP para los ciudadanos descontentos —especialmente los de clase baja y escasa formación cultural— era la apariencia paramilitar de la mayor de las organizaciones del partido nazi: las SA. Este ejército privado del partido, conocido popularmente como los “Camisas Pardas”, contaba ya con cientos de miles de miembros en todo el país en 1931 y se estaba apoderando de las calles. La función de las SA era sencilla: si Hitler era el corazón del partido, las SA eran el músculo. Ejercían como matones para tener a raya a los partidos adversarios y se encargaban de que los actos públicos del NSDAP como desfiles y concentraciones ofreciesen una imagen espectacular. Las SA eran tan numerosas y acumulaban tanto poder que casi funcionaban como un organismo independiente dentro del movimiento nacionalsocialista. De hecho, el propio Hitler había tenido algún conflicto con las SA en el pasado, y quiso evitar más problemas designando a uno de sus mejores amigos, Ernst Röhm, como jefe de los Camisas Pardas.
Röhm instituyó rápidamente en las SA un monumental culto al macho: la adoración de la violencia y de un masculinismo exagerado se convirtieron en la marca de fábrica de los Camisas Pardas.  Esta glorificación de la virilidad quizá no resultaba extraña teniendo en cuenta que el propio Ernst Röhm era homosexual y apenas se molestaba en ocultarlo: su homosexualidad era un secreto a voces en Alemania. Se le intentó desacreditar a causa de ello, pero Hitler defendió abiertamente a Röhm afirmando que no resultaba legítimo atacar a un rival político por asuntos que pertenecían al “estricto ámbito de la privacidad”. Puede resultar sorprendente que Adolf Hitler se mostrase tan tolerante con las tendencias gays de su viejo amigo, pero en 1931 la moral sexual preocupaba poco al líder nazi y, además, también él tuvo que hacer frente al escándalo cuando su sobrina adolescente Geli Raubal —tras una extraña relación sentimental— se suicidaba de un disparo en casa del mismo Hitler, harta de la obsesión posesiva de su famoso tío. Adolf Hitler había aprendido por sí mismo la importancia de mantener la vida privada lejos de la política para no mostrarle flancos débiles al adversario. Bajo el mandato de Ernst Röhm las SA contribuyeron considerablemente al crecimiento del movimiento nazi. Para muchos desempleados y oportunistas las SA eran una forma de sentirse importantes y liberar sus frustraciones mediante actos agresivos e intimidación. El hecho de que vistieran de uniforme e imitaran superficialmente a un ejército resultaba muy atractivo y daba a muchos votantes —desencantados con la inestable democracia— la sensación de que los nazis mostraban fuerza, orden e iniciativa, y que podrían por tanto resolver los problemas del país.
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La vida cotidiana en la Alemania nazi (I)

por Javier Bilbao.


“Médico de 52 años, ario puro, veterano de la Batalla de Tannenberg, con intención de instalarse en el campo, desea progenie masculina mediante matrimonio civil con aria sana, virgen, joven, modesta, ahorradora, acostumbrada al trabajo duro, ancha de caderas, que no use tacones altos ni pendientes y, si es posible, también sin propiedades”.
Este anuncio de contactos —publicado en el periódico alemán Neueste Nachrichten en pleno Tercer Reich— leído hoy en día resulta un tanto peculiar, pero en su tiempo era uno de tantos otros. Su autor simplemente daba valor a lo que la gente de su entorno, la radio, los carteles y las autoridades valoraban. Lo normal, lo que todo el mundo debía hacer. ¿Y qué era por entonces lo normal?
Desde que Adolf Hitler resultase designado canciller en enero de 1933, el objetivo del nazismo fue lo que denominaron como Gleichschaltung. El significado inicial de este término —procedente de la ingeniería— era el de la conversión de la corriente eléctrica alterna en continua. En un sentido más amplio podría traducirse como “coordinación” o “alineamiento”. De lo que se trataba era de nazificar la sociedad alemana, ahormar según el ideario nacionalsocialista todas las costumbres, asociaciones, creencias, leyes, actividades culturales, relaciones personales, entretenimientos… Según explicaba un alemán de la época asociando el concepto a su sentido originario: “la misma corriente ha de fluir a través del cuerpo político del pueblo”.
Se trató de un espectacular proceso de ingeniería social, gigantesco aunque gradual a lo largo de los años treinta, revolucionario en unos aspectos y conservador en otros, que fue impuesto desde el Estado pero que contó con la colaboración entusiasta de muchos alemanes y la aceptación pasiva de la mayoría. Como sabemos, los peor parados fueron los judíos (seguidos de comunistas, homosexuales y gitanos), pero no es intención de este artículo describir una vez más el Holocausto. Ya ha sido suficientemente tratado y me gustaría centrarme más en la vida del 99% restante de la población alemana. Precisamente eso es algo que resulta curioso, la escasísima cantidad de judíos que realmente habitaban Alemania: en torno a los 600.000 sobre una población de 65 millones. Si añadimos que se concentraban en grandes ciudades como Berlín o Hamburgo, tenemos que muchos nazis llegaron a odiar furiosamente a los judíos y responsabilizarlos de todas sus desgracias aunque nunca alcanzaran a ver uno.  Quizá eso ayude a explicarlo.
Pero antes de meternos en harina aprovecho para recomendar Por qué creemos en cosas raras de Michael Shermer. Ante la proliferación que ha traído internet en los últimos años de toda clase de ideas conspiranoicas y estrafalarias, entre ellas el negacionismo, no hay nada mejor que información precisa sobre el Holocausto como la que proporciona sobre ese y otros asuntos este divulgador, que tal como acostumbra a decir hay que tener la cabeza lo suficientemente abierta como para aceptar nuevas ideas, pero no tanto como para que se nos salga el cerebro.
Mujeres, familia, sexo…
La liberación de las costumbres sexuales así como la disminución de la natalidad y del número de matrimonios durante la República de Weimar fue considerada a ojos del nazismo como un claro síntoma de decadencia. De acuerdo a su visión del mundo, la mujer debía estar apegada a las tres k: kinderkirche,küche (niños, iglesia, cocina). El propio Hitler afirmó en cierta ocasión que los derechos de las mujeres en el Tercer Reich consistirían en que toda mujer encontraría marido. El Ministro de Propaganda Joseph Goebbels, por su parte, indicaba que “la mujer tiene el deber de ser hermosa y traer hijos al mundo, y esto no es tan vulgar y anticuado como a veces se cree. La hembra del pájaro se embellece para su compañero e incuba sus huevos para él”. Un ideario que contaba con la aprobación de muchas de ellas —decía el que fue corresponsal español en Berlín Manuel Chaves Nogales en aquel tiempo— puesto que:
“Las mujeres, a las que la crisis ha echado a la calle, tienen que patear y luchar a brazo partido con los hombres en medio del arroyo. Las pobres, en esa lucha, llevan la peor parte, naturalmente, y si de pronto aparece un guardia que dice autoritariamente: “¡Basta; a la cocina!”, la mujer se va muy contenta, porque supone que, efectivamente, hay una cocina a la cual se puede ir a cocinar”.  
Si las mujeres debían dedicar su vida a criar a los hijos, darles una educación universitaria era entonces un desperdicio de recursos, así que una de las primeras medidas que adoptaron fue restriingir su acceso a la universidad, estableciendo un máximo de un 10% sobre el total del alumnado. Asimismo, se les prohibió ejercer como jueces y fiscales dado que “no pueden pensar lógicamente ni razonar objetivamente, puesto que se rigen por sus emociones”.
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Resistance and survival at Auschwitz. Caroline Moorehead

On Jan. 24, 1943, 230 French women who had been arrested for resistance activities were put on a train at Compiegne, outside Paris, and sent to Auschwitz. The youngest had just celebrated her 17th birthday; the oldest was 67. They were teachers and seamstresses, students and farmers’ wives; there was a doctor, a dentist and several editors and chemists. They were to be a lesson to other would-be troublemakers.

The women were not Jewish, so they were not sent immediately to be gassed. However, they were subjected to interminable roll calls in arctic conditions, crushingly tough physical labor and the random, ceaseless brutality of the SS guards. Typhus was rife in the camp. There was very little to eat and almost no water to drink. Minor transgressions were punished with excessive savagery.

Even so, 49 of these women lived to return to France in the late spring of 1945. It was an exceptionally high proportion: More than 1 in 5 made it through the war in a camp in which death was virtually inevitable.

The fact that the women were not Jewish but déportées politiques, or resisters, was important to their survival, but not as much, those who lived would later say, as luck. Luck governed life and death in Auschwitz: the luck not to catch typhus, not to lose your shoes (being barefoot in below-freezing winter temperatures meant certain death), not to fall and attract the attention of the guards and their whips, not to be mauled by the SS dogs.

But there was another characteristic shared by these French women that played a critical part in their survival: their commitment to a cause.

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Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. Mario Noya


Luciano Pellicani lleva esos abominables nombres al título de este texto breve y crucial que no se centra en esos abominables hombres sino en sus ideologías mortíferas, engendros criminógenos amasados en el odio a la Libertad. Mi amigo Juan Antonio me dice que en Italia lo pusieron como no digan dueñas. Ya sabía yo que era bueno.

Ha hecho muy bien Pellicani en empezar con las comparaciones, poner a los hermanos frente a frente, re-citarlos, a ver si de una vez por todas se limpian el sí pero de la boca los socorristas de la ideología de los Cien Millones de Muertos. Lenin (a Stalin): "Purificaremos Rusia para mucho tiempo". Hitler: "Purificar la nación del espíritu judío no es posible de forma platónica". Lenin: "El paso del capitalismo al socialismo exigirá largos dolores de parto, un largo periodo de dictadura del proletariado, la destrucción de todo lo viejo, el aniquilamiento implacable de todas las formas de capitalismo", la "liquidación" de la burguesía como clase "al modo plebeyo, exterminando implacablemente a los enemigos de la libertad". Hitler: la salvación de la raza aria pasa necesariamente por la "abolición del estado de cosas existente" y la "aniquilación" de los judíos y demás morralla subhumana. Lenin: "Reharemos el mundo". Hitler: "Construiremos un mundo nuevo, contra la degradación actual".
(...) el léxico de Lenin, exactamente como el léxico de Hitler, es el de la parasitología: el mundo se describe como un pantano infestado de "insectos nocivos" –pulgas, chinches, vampiros, arañas venenosas, sanguijuelas; en una palabra, no-hombres– que deben ser exterminados recurriendo a los medios más brutales y despiadados. Y, en efecto, la ferocidad de los métodos de tortura escogidos por los bolcheviques sólo puede compararse con la de los nazis. (pág. 59)


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Hitler sobre los judíos


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Extractos:

Hitler quería tener “unas palabras” con “el compañero” que había publicado eso de “Exigimos que se marquen las tiendas judías”:

¿Qué significa eso de “exigimos”? ¿Quién está capacitado para exigir? ¿Quién puede dar esa orden? ¡Sólo yo! De modo que ese caballero, el director [del periódico], me exige en nombre de sus lectores que lo haga. En primer lugar quisiera decir que mucho antes de que ese caballero tuviera la menor idea de la cuestión judía, yo ya la había estudiado con todo detalle; en segundo lugar, este problema de la identificación específica de los negocios judíos llevamos considerándolo dos años, tres, y algún día, naturalmente, se resolverá de una forma u otra. Y dejadme que añada algo más: obviamente, el objetivo final de nuestra política está claro para todos nosotros.
 
Para mí, lo más importante es no dar ningún paso hacia adelante del cual tenga que retractarme ni que pueda causarnos daño. Sabéis que siempre me muevo dentro del límite más extremo de lo que se puede arriesgar, pero nunca voy más allá de ese límite. Uno debe tener un olfato lo bastante sensible para decirse: ¿qué más puedo hacer? ¿Qué es  lo que no puedo hacer? [Risas y aplausos].
 
Mi objetivo inmediato no es forzar al combate a ningún enemigo. No digo «combate» porque quiera luchar, sino porque «¡Quiero aniquilarte!». Y ahora, que logré con mi astucia acorralarte en un rincón de tal modo que no puedas asestarme un solo golpe; ¡entonces te asestaré la puñalada en el corazón! [Aplausos]
 
¡Y ya está! (Das ist es!) [Aplausos].
 

Von Rundstedt, mariscal profesional

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Extractos:

La investigación y el combate contra los elementos enemigos del Reich (comunistas, judíos y sus simpatizantes) en la medida en que no se han incorporado al ejército enemigo, son sólo responsabilidad de los Sonderkommandos de la Policía de Seguridad y el SD en las áreas ocupadas. Los Sonderkommandos tienen la responsabilidad exclusiva para tomar los medios necesarios para su final.

Las acciones sin autorización por parte de miembros individuales de la Wehrmacht, o la participación de miembros de la Wehrmacht en los excesos de la población ucraniana contra los judíos están prohibidas, así como el contemplar o fotografiar las medidas de los Sonderkommandos.

Esta prohibición debe ser comunicada a miembros de todas las unidades. Los superiores de todos los rangos son responsables de asegurarse que se cumple esta prohibición. En el caso de que se viole esta orden, la causa será examinada para determinar si el superior no ha cumplido con su deber de hacer cumplir esta orden. Si se da ese caso será castigado severamente.

(Firmado) Von Rundstedt.


Habrá quien sea capaz de leer en esta orden algo “apolítico”. Ya es más dudoso que se siga diciendo que las matanzas de los Einsatzgruppen no ocurrían a la vista de todos, y que no había personal de la Werhmacht al que le gustaba mirar… e incluso participar en las masacres por propia iniciativa, hasta el punto que el mismísimo comandante del Grupo de Ejércitos debe ordenar a oficiales y suboficiales que lo impidan. Porque si no se les culpará a ellos.

Varios. 16.07.2011.

Ángel Martín escribe sobre Guatemala y sus problemas:

Uno de los roles esenciales de los gobiernos es el de proteger la propiedad privada y proporcionar un ambiente de seguridad y orden en el que puedan llevarse a cabo las actividades económicas. Ambas funciones son esenciales para la creación de riqueza: en un entorno de elevada criminalidad, donde las propiedades y las personas no están seguras, es muy difícil que se generen actividades productivas.

Carlos Alberto Montaner sobre el terror y su recuerdo en Alemania:

Hay una sección especial dedicada a las víctimas. En primer lugar, claro, están las razas enemigas, encabezadas por los judíos. Los nazis los odiaban y los responsabilizaban de casi todos los males que aquejaban a la sociedad. Mataron a seis millones. No los exterminaron a todos porque los aliados lo impidieron, pero ese era el propósito. Borrarlos de la faz de la tierra. Los gitanos eran la otra raza destinada a la extinción. Más que odiarlos, los despreciaban como seres subhumanos. Varios cientos de miles fueron asesinados en los campos de la muerte.

Fernado Díaz Villanueva sobre los austrias y su mala gestión económica:

La dinastía terminó con un Carlos y empezó con otro, los dos mandibulones, contrahechos y feos como diablos. El debut corrió a cargo de Carlos I, holandés de nacimiento y alemán de vocación que, aunque se decía muy enamorado de España, hizo todo lo posible para hundirla en la miseria. Se metió en todas las guerras que pudo, se compró la corona del Sacro Imperio y dejó la hacienda hecha unos zorros; la hacienda castellana, se entiende, que fue quien soportó los delirios imperiales de esta advenediza familia.

Damien Cave sobre la reducción de la migración de Méjico a Estados Unidos:

The extraordinary Mexican migration that delivered millions of illegal immigrants to the United States over the past 30 years has sputtered to a trickle, and research points to a surprising cause: unheralded changes in Mexico that have made staying home more attractive.


Andreas Bergh y Magnus Henrekson sobre la economía americana y la sueca (en español):


Fifty years ago, Sweden and America spent about the same on their government, a bit under 30% of GDP. This is no longer true. In the years leading up to Sweden's financial crisis in the early 1990s, government spending went as high as 60% of GDP. In America it barely budged, increasing only to about 33%.
While America was maintaining its standing as one of the world's wealthiest nations, Sweden's standing fell. In 1970, Sweden was the fourth richest country in the world on a per capita basis. By 1993, it had fallen to 17th.
Para estos economistas, hace cincuenta años, en 1960, los gobiernos de Suecia y los Estados Unidos gastaban aproximadamente lo mismo, algo menos del 30% del PIB. Esto ya no es así. En los años previos a la crisis financiera de Suecia en la década de 1990, el gasto gubernamental llegó al 60% del PIB. En Estados Unidos prácticamente no se había movido, aumentando sólo hasta un 33%. Mientras que Estados Unidos mantenía su posición como uno de los países más ricos del mundo, Suecia cayó. En 1970, Suecia era el cuarto país más rico del mundo en renta per cápita. En 1993, había bajado al 17.


Lecturas interesantes 13 de marzo de 2011

Arcadi Espada escribe sobre el ipad2.

Los únicos problemas serios del primer iPad tenían que ver con la lentitud y una cierta falta de ligereza. Y con las ditadas: para las que la Cosa promete soluciones. Aparte de estos problemas, que se aminoran en la nueva versión, suena la vieja carraca de siempre, que si usb, flash, ranuras y otras coñas. Como si los androides no estuvieran ya al servicio de la carraca. Impera, claro está, la puerilidad, y sus exigencias malcriadas: les gustaría apple si degenerase. La única exigencia con sentido a los ingenieros de Apple es que creen una pantalla que pueda ser leída al sol y a la luna. Aún no han sabido hacerla.

Pero mejor que vayan lentos, desde luego. El grave problema del iPad 2 es la distancia sideral que hay entre esa tecnología y los contenidos. Si hay que reprochar la falta de novedades que no miren al hardware: que los niños giren la vista hacia editoriales, periódicos, revistas, restaurantes, clínicas, universidades, ministerios, etcétera, etcétera, y les reclamen lo que falta. Software. En el que sólo despuntan, por cierto, juegos de mesa y cama.

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Arcadi escribe sobre la reducción de la velocidad máxima a 110 km/h.

La mayoría de los ciudadanos está de acuerdo en que reducir la velocidad reduce los accidentes graves. Otra cosa es que prefiera correr ese riesgo en beneficio del placer de la velocidad y el cumplimiento de las urgencias. El ciudadano no actúa en términos meramente aritméticos: «reducir los accidentes» no quiere decir «reducir mi accidente». Por el contrario «reducir la velocidad» sí es, automáticamente, «reducir mi velocidad». Es en este intersticio entre los intereses individuales y colectivos donde actúa —difícilmente— un gobierno.

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Carlos Rodríguez Braun escribe sobre la productividad y los salarios.

Otros disparate señero es la necesidad de que los gobiernos hagan que los salarios se ajusten a la productividad. Lo que hacen los gobiernos es lo contrario, es subirlos más que la productividad, lo que se traduce en la criatura política progresista por excelencia: el paro. El ajuste entre productividad y salarios es, en realidad, consecuencia inevitable de la contratación libre. Para conseguir este tan ansiado objetivo, crucial para el logro del crecimiento de la economía y el empleo, los políticos tienen que hacer algo aparentemente fácil pero para ellos casi imposible: dejarnos en paz.

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Carlos Rodríguez Braun escribe sobre la ONU.

A ver, adivina adivinanza: ¿qué pensaba la ONU sobre los derechos humanos en Libia el pasado enero? Pues sí, claro que sí: pensaba que todo iba de cine. Las delegaciones nacionales de dicho consejo alabaron “el compromiso del país en defensa de los derechos humanos”. Dirá usted: en esa basura burocrática están países como Cuba y Corea del Norte, atroces dictaduras comunistas que naturalmente simpatizan con el delirante tripolitano. Diré yo: el sólo hecho de que estén ya es revelador. Pero, como apuntó el “Wall Street Journal”, los supuestos progresos libios fueron aplaudidos también por Australia, Canadá o incluso Polonia, que algo conoce de dictaduras opresivas. Si esto no es una farsa, que venga Dios y lo vea.


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Carlos Rodríguez Braun escribe sobre la riqueza.



Primero, los ricos. Es verdad que cada vez hay más ricos y que cada vez son más ricos. Pero la pregunta es: ¿dónde está el problema? ¿qué hay en ese fenómeno que deba impulsarnos al desengaño o la rebelión? Nada en absoluto. Nada en la extensión de la riqueza es deplorable, salvo que sea riqueza obtenida fuera del mercado, mediante la coacción o el fraude. Entonces sí. La riqueza de los sátrapas es objetable, la de Gadafi y Fidel Castro sí, pero tengo para mí que cuando los biempensantes lamentan la opulencia no están pensando en políticos sino en empresarios que ganan su dinero en el mercado. En tal caso no sólo no hacen mal a nadie sino que son una ventaja para la comunidad.

Segundo, los pobres. ¿Cómo puede seriamente pensarse que los pobres son cada vez más pobres? En realidad, son proporcionalmente cada vez menos y son cada vez menos pobres. Tal ha sido la realidad de los últimos siglos y en particular del último medio siglo, en donde la prosperidad de indios y chinos ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas. El fenómeno se ha extendido con más o menos fuerza en buena parte del mundo.

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Reportaje sobre Jan Karski testigo del exterminio judío en Polonia que denuncio el exterminio judio durante la Segunda Guerra Mundial.

Siempre recordó cómo, vestido con un traje andrajoso, se adentró un día en la ciudad de la muerte, el gueto de Varsovia, donde los nazis habían confinado a miles de judíos. "No era un cementerio porque los cuerpos se movían, aunque aparte de la piel, los ojos, la voz, no existía nada de humano en esas palpitantes figuras. Por todas partes había hambre, miseria, la atroz pestilencia de cuerpos en descomposición, los lastimeros gemidos de los niños agonizantes, los gritos desesperados de un pueblo que mantenía una espantosa y desigual lucha por la vida". Un infierno creado por el hombre. Los líderes judíos lo dejaron claro: "Los alemanes no intentan esclavizarnos como hacen con otros pueblos, estamos sistemáticamente exterminados. Esa es la diferencia... Creen que exageramos, que somos unos histéricos, pero millones de judíos están condenados al exterminio. Toda la responsabilidad gravita sobre las potencias aliadas". Aquel era el mensaje que debía transmitir al mundo: "La victoria de los aliados en un año, en dos, en tres, no nos servirá de nada porque ya no existiremos". Un grito desesperado.



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María Blanco escribe sobre las mujeres.

Uno de los mayores errores que hemos cometido nunca las mujeres es aceptar la idea de que para combatir la discriminación hay que discriminar. Es como si se propusiese, para combatir la esclavitud, el esclavizar a los amos. Este error, que se ve más claramente cuando se cambia el contexto, es defendido especialmente en un día como hoy, señalado en el calendario como Día Internacional de la Mujer.

(...)

Los enemigos de las mujeres no son los hombres, ni tampoco otras mujeres. Unos y otras funcionamos según los incentivos que hay en nuestra sociedad. Y esos incentivos dependen de los legisladores, los gestores políticos, los jueces... Pero también de quienes votan y quienes nos abstenemos. En el siglo XXI, en un continente que pertenece a lo que se llama "Primer Mundo", con pleno acceso a la Universidad, con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, ¿vamos a seguir las mujeres comprando el cuento del falso feminismo que nos vende el Estado? La machacona insistencia en la igualdad no hace sino abrir la brecha de la diferencia, pero, además, es una excusa perfecta para que el Estado compre nuestra libertad con la moneda de cambio en la política: la subvención, el privilegio, el cargo...

El día que la mujer se rebelde de verdad contra el verdadero negrero empezaremos a caminar en la buena dirección.

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Entrevista a Jordi Pérez Colomé: ''Decir cosas en cada frase es mucho más difícil que enrollarse''.

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Recuerdo a las víctimas del 11M.

Bajo el oprobio por Mario Vargas Llosa

Irène Némirovsky conoció el mal, es decir el odio y la estupidez, desde la cuna, a través de su madre, belleza frívola a la que la hija recordaba que los seres humanos envejecen y se afean; por eso, la detestó y mantuvo siempre a una distancia profiláctica. El padre era un banquero que viajaba mucho y al que la niña veía rara vez. Nacida en 1903, en Kiev, Irène se volcó en los estudios y llegó a dominar siete idiomas, sobre todo el francés, en el que más tarde escribiría sus libros. Pese a su fortuna, la familia, por ser judía se vio hostigada ya en Rusia en el tiempo de los zares, donde el antisemitismo campeaba. Luego, al triunfar la revolución bolchevique, fue expropiada y debió huir, a Finlandia y Suecia primero y, finalmente, a Francia, donde se instaló en 1920. También allí el antisemitismo hacía de las suyas y, pese a sus múltiples empeños, ni Irène ni su marido, Michel Epstein, banquero como su suegro, pudieron obtener la nacionalidad francesa. Su condición de parias sellaría su ruina durante la ocupación alemana.

En los años veinte, las novelas de Irène Némirovsky tuvieron éxito, sobre todo, David Golder, llevada al cine por Julien Duvivier, le dieron prestigio literario y fueron elogiadas incluso por antisemitas notorios, como Robert Brasillach, futuro colaboracionista de los nazis ejecutado a la Liberación. No eran casuales estos últimos elogios. En sus novelas, principalmente en David Golder, la autora recogía a menudo los estereotipos del racismo antijudío, como su supuesta avidez por el dinero y su resistencia a integrarse en las sociedades de las que formaban parte. Aunque Irène rechazó siempre las acusaciones de ser un típico caso del "judío que odia a los judíos", lo cierto es que hubo en ella un malestar y, a ratos, una rabia visceral por no poder llevar una vida normal, por verse siempre catalogada como un ser "otro", debido al antisemitismo, una de las taras más abominables de la civilización occidental. Eso explica, sin duda, que colaborara en revistas como Candide y Gringoire, fanáticamente antisemitas. Irène y Michel Epstein comprobaron en carne propia que no era fácil para una familia judía "integrarse" en una sociedad corroída por el virus racista. Su conversión al catolicismo en 1939, religión en la que fueron bautizadas también las dos hijas de la pareja, Denise y Elizabeth, no les sirvió de nada cuando llegaron los nazis y dictaron las primeras medidas de "arianización" de Francia, a las que el Gobierno de Vichy, presidido por el mariscal Pétain, prestó diligente apoyo.

Irène y Michel fueron expropiados de sus bienes y expulsados de sus trabajos. Ella sólo pudo publicar a partir de entonces con seudónimo, gracias a la complicidad de su editorial (Albin Michel). Como carecían de la nacionalidad francesa debieron permanecer en la zona ocupada, registrarse como judíos y llevar cosida en la ropa la estrella amarilla de David. Se retiraron de París al pueblo de Issy-l'Évêque, donde pasarían los dos últimos años de su vida, soportando las peores humillaciones y viviendo en la inseguridad y el miedo. El 13 de julio de 1942 los gendarmes franceses arrestaron a Irène. La enviaron primero a un campo de concentración en Pithiviers, y luego a Auschwitz, donde fue gaseada y exterminada. La misma suerte correría su esposo, pocos meses después.

Las dos pequeñas, Denise y Elizabeth, se salvaron de milagro de perecer como sus padres. Sobrevivieron gracias a una antigua niñera, que, escondiéndolas en establos, conventos, refugios de pastores y casas de amigos, consiguió eludir a la gendarmería que persiguió a las niñas por toda Francia durante años. La monstruosa abuela, que vivía como una rica cocotte, rodeada de gigolós, en Niza, se negó a recibir a las nietas y, a través de la puerta, les gritó: "¡Si se han quedado huérfanas, lárguense a un hospicio!". En su peregrinar, las niñas arrastraban una maleta con recuerdos y cosas personales de la madre. Entre ellas había unos cuadernos borroneados con letra menudita, de araña. Ni Denise ni Elizabeth se animaron a leerlos, pensando que ese diario o memoria final de su progenitora, sería demasiado desgarrador para las hijas. Cuando se animaron por fin a hacerlo, 60 años más tarde, descubrieron que era una novela: Suite francesa.

No una novela cualquiera: una obra maestra, uno de los testimonios más extraordinarios que haya producido la literatura del siglo XX sobre la bestialidad y la barbarie de los seres humanos, y, también, sobre los desastres de la guerra y las pequeñeces, vilezas, ternuras y grandezas que esa experiencia cataclísmica produce en quienes los padecen y viven bajo el oprobio cotidiano de la servidumbre y el miedo. Acabo de terminar de leerla y escribo estas líneas todavía sobrecogido por esa inmersión en el horror que es al mismo tiempo -manes de la gran literatura- una proeza artística de primer orden, un libro de admirable arquitectura y soberbia elegancia, sin sentimentalismo ni truculencia, sereno, frío, inteligente, que hechiza y revuelve las tripas, que hace gozar, da miedo y obliga a pensar.

Irène Némirovsky debió ser una mujer fuera de lo común. Resulta difícil concebir que alguien que vivía a salto de mata, consciente de que en cualquier momento podía ser encarcelada, su familia deshecha y sus hijas abandonadas en el desamparo total, fuera capaz de emprender un proyecto tan ambicioso como el de Suite francesa y lo llevara a cabo con tanta felicidad, trabajando en condiciones tan precarias. Sus cartas indican que se iba muy de mañana a la campiña y que escribía allí todo el día, acuclillada bajo un árbol, en una letra minúscula por la escasez de papel. El manuscrito no delata correcciones, algo notable, pues la estructura de la novela es redonda, sin fallas, así como su coherencia y la sincronización de acciones entre las decenas de personajes que se cruzan y descruzan en sus páginas hasta trazar el fresco de toda una sociedad sometida, por la invasión y la ocupación, a una especie de descarga eléctrica que la desnuda de todos sus secretos.

Había planeado una historia en cinco partes, de las que sólo terminó dos. Pero ambas son autosuficientes. La primera narra la hégira de los parisinos al interior de Francia, enloquecidos con la noticia de que las tropas alemanas han perforado la línea Maginot, derrotado al Ejército francés y ocuparán la capital en cualquier momento. La segunda, describe la vida en la Francia rural y campesina ocupada por las tropas alemanas. La descripción de lo que en ambas circunstancias sucede es minuciosa y serena, lo general y lo particular alternan de manera que el lector no pierde nunca la perspectiva del conjunto, mientras las historias de las familias e individuos concretos le permitan tomar conciencia de los menudos incidentes, tragedias, situaciones grotescas, cómicas, las cobardías y mezquindades que se mezclan con generosidades y heroísmos y la confusión y el desorden en que, en pocas horas, parece naufragar una civilización de muchos siglos, sus valores, su moral, sus maneras, sus instituciones, arrebatadas por la tempestad de tanques, bombardeos y matanzas.

Irène Némirovsky tenía al Tolstói de Guerra y paz como modelo cuando escribía su novela; pero el ejemplo que más le sirvió en la práctica fue el de Flaubert, cuya técnica de la impersonalidad elogia en una de sus notas. Esa estrategia narrativa ella la dominaba a la perfección. El narrador de su historia es un fantasma, una esfinge, una ausencia locuaz. No opina, no enfatiza, no juzga: muestra, con absoluta imparcialidad. Por eso, le creemos, y por eso esa historia fagocita al lector y este la vive al unísono con los personajes, y es con ellos valiente, cobarde, ingenuo, idealista, vil, inteligente, estúpido. No solo la sociedad francesa desfila por ese caleidoscopio de palabras, la humanidad entera parece haber sido apresada en esas páginas cuya maniática precisión es engañosa, pues por debajo de ella todo es dolor, desgarramiento, desánimo, tortura, envilecimiento, aunque, a veces, también, nobleza, amistad, amor y generosidad. La novela muestra cómo la vida es siempre más rica y sutil que las convicciones políticas y las ideologías y cómo puede a veces sobreponerse a los odios, las enemistades y las pasiones e imponer la sensatez y la racionalidad. Las relaciones que llegan a anudarse, por ejemplo, entre muchachas campesinas y burguesas -entre ellas, algunas esposas que tienen a sus maridos como prisioneros de guerra- y los soldados alemanes, uno de los temas más difíciles de desarrollar, están narradas con insuperable eficacia y dan lugar a las páginas más conmovedoras del libro.

Sobre la Segunda Guerra Mundial y los estragos que ella causó, así como sobre la irracionalidad homicida de Hitler y el nazismo se han escrito bibliotecas enteras de historias, ensayos, novelas, testimonios y estudios y se han hecho documentales innumerables, muchos excelentes. Yo quisiera decir que, entre todo ese material casi infinito, probablemente nadie consiguió mostrar de manera más persuasiva, lúcida y sentida, en el ámbito de la literatura, los alcances de aquel apocalipsis para los seres comunes y corrientes, como esta exiliada de Kiev, condenada a ser una de sus víctimas, que ante la adversidad optó por coger un lápiz y un cuaderno y echarse a fantasear otra vida para vengarse de la vida tan injusta que vivió.

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