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La noche de los cuchillos largos

por Charlie Gordon.


Un asesinato masivo permitió a Adolf Hitler conservar el poder en uno de los más inciertos pasajes de su mandato: bien pudo haber sido desalojado del gobierno apenas un año después de haber sido nombrado canciller de Alemania. Sorprendentemente, no fue el miedo lo que permitió que dichos crímenes le reafirmaran en el cargo, sino la aprobación tácita de la mayoría de los alemanes hacia la matanza. El que la nación más avanzada de Europa —tras permitir mansamente a Hitler que demoliese la democracia en sólo unos meses— terminase aplaudiendo los métodos criminales de su nuevo jefe de gobierno es uno de los capítulos más tristemente ilustrativos de la historia del viejo continente: cómo una nación democrática se fue transformando progresivamente en un estado totalitario. La política produce monstruos… pero sólo cuando se deja a los monstruos crecer.
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Ernst Rohm
Ernst Rohm, el pendenciero jefe de las SA, cuya arrogancia estuvo a punto de costarle el pellejo a Hitler.
1931: Ernst Röhm, el hombre que podía tutear a Hitler
En 1931, Adolf Hitler ya acariciaba la idea de poder alcanzar el gobierno. Su partido, el NSDAP, estaba ganando cada vez más seguidores en una Alemania sumida en la depresión económica. El descrédito general de las instituciones democráticas  de la llamada “República de Weimar” y la oratoria incendiaria de Hitler convirtieron a los nazis en una fuerza política de primer orden. Uno de los grandes atractivos del NSDAP para los ciudadanos descontentos —especialmente los de clase baja y escasa formación cultural— era la apariencia paramilitar de la mayor de las organizaciones del partido nazi: las SA. Este ejército privado del partido, conocido popularmente como los “Camisas Pardas”, contaba ya con cientos de miles de miembros en todo el país en 1931 y se estaba apoderando de las calles. La función de las SA era sencilla: si Hitler era el corazón del partido, las SA eran el músculo. Ejercían como matones para tener a raya a los partidos adversarios y se encargaban de que los actos públicos del NSDAP como desfiles y concentraciones ofreciesen una imagen espectacular. Las SA eran tan numerosas y acumulaban tanto poder que casi funcionaban como un organismo independiente dentro del movimiento nacionalsocialista. De hecho, el propio Hitler había tenido algún conflicto con las SA en el pasado, y quiso evitar más problemas designando a uno de sus mejores amigos, Ernst Röhm, como jefe de los Camisas Pardas.
Röhm instituyó rápidamente en las SA un monumental culto al macho: la adoración de la violencia y de un masculinismo exagerado se convirtieron en la marca de fábrica de los Camisas Pardas.  Esta glorificación de la virilidad quizá no resultaba extraña teniendo en cuenta que el propio Ernst Röhm era homosexual y apenas se molestaba en ocultarlo: su homosexualidad era un secreto a voces en Alemania. Se le intentó desacreditar a causa de ello, pero Hitler defendió abiertamente a Röhm afirmando que no resultaba legítimo atacar a un rival político por asuntos que pertenecían al “estricto ámbito de la privacidad”. Puede resultar sorprendente que Adolf Hitler se mostrase tan tolerante con las tendencias gays de su viejo amigo, pero en 1931 la moral sexual preocupaba poco al líder nazi y, además, también él tuvo que hacer frente al escándalo cuando su sobrina adolescente Geli Raubal —tras una extraña relación sentimental— se suicidaba de un disparo en casa del mismo Hitler, harta de la obsesión posesiva de su famoso tío. Adolf Hitler había aprendido por sí mismo la importancia de mantener la vida privada lejos de la política para no mostrarle flancos débiles al adversario. Bajo el mandato de Ernst Röhm las SA contribuyeron considerablemente al crecimiento del movimiento nazi. Para muchos desempleados y oportunistas las SA eran una forma de sentirse importantes y liberar sus frustraciones mediante actos agresivos e intimidación. El hecho de que vistieran de uniforme e imitaran superficialmente a un ejército resultaba muy atractivo y daba a muchos votantes —desencantados con la inestable democracia— la sensación de que los nazis mostraban fuerza, orden e iniciativa, y que podrían por tanto resolver los problemas del país.
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Lenin y Hitler

Carlos Rodríguez Braun.

Atención, pregunta: de las siguientes diez consignas progresistas, ¿cuáles diría usted que fueron defendidas por Adolf Hitler y los nazis?:
1) crear un hombre nuevo; 2) eliminar las injusticias sociales; 3) luchar contra el capital; 4) rechazar la avidez del dinero y el materialismo egoísta; 5) combatir la explotación del hombre por el hombre; 6) atacar a los empresarios carentes de todo sentimiento de justicia social y humanidad; 7) no intentar conquistar a los capitalistas, sino al mundo obrero; 8) defender las mejores condiciones de trabajo, la reducción de los accidentes laborales, la prohibición del trabajo infantil y la promoción de la mujer trabajadora; 9) acabar con la especulación; y 10) oponerse al sometimiento de la economía a las grandes empresas.
Respuesta: todas. Los nazis y la izquierda tienen fundamentalmente puntos en común, como demuestra Luciano Pellicani en su libro Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo (Unión Editorial). Se comprende que Karl Kautsky haya dicho: “Mussolini no es más que la caricatura de Lenin”; y Furet haya llamado a Hitler “hermano tardío de Lenin”.
La resistencia al reconocimiento de este solapamiento obedece a que, como dice Pellicani, “todavía sigue vivo el prejuicio favorable al comunismo” que ha impedido una conciencia masiva de sus crímenes, igual que sigue viva “la interpretación del nazismo como agente del capital, defendida por los estudiosos marx-leninistas sin la menor prueba”.
Solapamiento no es identidad. Los comunistas no eran exactamente iguales a los nazis en todo: por ejemplo, querían acabar con las clases sociales, delirio que los nazis no cultivaron. Al mismo tiempo, la mayor ambición regeneradora tanto de los nazis como de los comunistas, la creación del “hombre nuevo”, no era una característica del fascismo mussoliniano.
Así como se supone contra toda evidencia que no hubo diferencias entre los nazis y los capitalistas, se suele afirmar que sí las hubo entre Lenin y Stalin. No parece que eso sea cierto. No tiene mucho sentido fantasear con un Lenin bueno frente a un Stalin malo. La brutalidad de las declaraciones de Lenin sugiere que no asesinó a millones de trabajadores porque no vivió lo suficiente. Sus llamamientos al exterminio son totalmente “estalinistas”, igual que su invitación al odio y la demonización de los disidentes. Poco respeto debía tener por la libertad individual un Lenin que afirmó: “Todo es derecho público y no privado”.
En cuanto a la religión, los nazis y los izquierdistas coinciden en su hostilidad a la Iglesia Católica: hay allí una apreciable diferencia con el franquismo, porque los crímenes de la izquierda y los anarquistas contra la Iglesia fueron tan brutales que la volcaron sin matices hacia el bando nacional.
Y donde no hay diferencias entre los nacionalsocialistas y las demás variantes del socialismo es en su aversión al liberalismo y sus instituciones: la propiedad privada, el comercio, los contratos voluntarios y el mercado.

Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. Mario Noya


Luciano Pellicani lleva esos abominables nombres al título de este texto breve y crucial que no se centra en esos abominables hombres sino en sus ideologías mortíferas, engendros criminógenos amasados en el odio a la Libertad. Mi amigo Juan Antonio me dice que en Italia lo pusieron como no digan dueñas. Ya sabía yo que era bueno.

Ha hecho muy bien Pellicani en empezar con las comparaciones, poner a los hermanos frente a frente, re-citarlos, a ver si de una vez por todas se limpian el sí pero de la boca los socorristas de la ideología de los Cien Millones de Muertos. Lenin (a Stalin): "Purificaremos Rusia para mucho tiempo". Hitler: "Purificar la nación del espíritu judío no es posible de forma platónica". Lenin: "El paso del capitalismo al socialismo exigirá largos dolores de parto, un largo periodo de dictadura del proletariado, la destrucción de todo lo viejo, el aniquilamiento implacable de todas las formas de capitalismo", la "liquidación" de la burguesía como clase "al modo plebeyo, exterminando implacablemente a los enemigos de la libertad". Hitler: la salvación de la raza aria pasa necesariamente por la "abolición del estado de cosas existente" y la "aniquilación" de los judíos y demás morralla subhumana. Lenin: "Reharemos el mundo". Hitler: "Construiremos un mundo nuevo, contra la degradación actual".
(...) el léxico de Lenin, exactamente como el léxico de Hitler, es el de la parasitología: el mundo se describe como un pantano infestado de "insectos nocivos" –pulgas, chinches, vampiros, arañas venenosas, sanguijuelas; en una palabra, no-hombres– que deben ser exterminados recurriendo a los medios más brutales y despiadados. Y, en efecto, la ferocidad de los métodos de tortura escogidos por los bolcheviques sólo puede compararse con la de los nazis. (pág. 59)


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Hitler sobre los judíos


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Extractos:

Hitler quería tener “unas palabras” con “el compañero” que había publicado eso de “Exigimos que se marquen las tiendas judías”:

¿Qué significa eso de “exigimos”? ¿Quién está capacitado para exigir? ¿Quién puede dar esa orden? ¡Sólo yo! De modo que ese caballero, el director [del periódico], me exige en nombre de sus lectores que lo haga. En primer lugar quisiera decir que mucho antes de que ese caballero tuviera la menor idea de la cuestión judía, yo ya la había estudiado con todo detalle; en segundo lugar, este problema de la identificación específica de los negocios judíos llevamos considerándolo dos años, tres, y algún día, naturalmente, se resolverá de una forma u otra. Y dejadme que añada algo más: obviamente, el objetivo final de nuestra política está claro para todos nosotros.
 
Para mí, lo más importante es no dar ningún paso hacia adelante del cual tenga que retractarme ni que pueda causarnos daño. Sabéis que siempre me muevo dentro del límite más extremo de lo que se puede arriesgar, pero nunca voy más allá de ese límite. Uno debe tener un olfato lo bastante sensible para decirse: ¿qué más puedo hacer? ¿Qué es  lo que no puedo hacer? [Risas y aplausos].
 
Mi objetivo inmediato no es forzar al combate a ningún enemigo. No digo «combate» porque quiera luchar, sino porque «¡Quiero aniquilarte!». Y ahora, que logré con mi astucia acorralarte en un rincón de tal modo que no puedas asestarme un solo golpe; ¡entonces te asestaré la puñalada en el corazón! [Aplausos]
 
¡Y ya está! (Das ist es!) [Aplausos].