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Trotsky, Stalin y Lenin: el Bueno, el Malo y el Feo

Mauricio Rojas.


Toda revolución tiene su mitología. La de la rusa se construyó sobre tres grandes caracteres: Trotsky, el Bueno; Stalin, el Malo, y Lenin, el Feo. Los tres son falsos y no permiten entender la verdadera dinámica que llevó a la creación del primer Estado totalitario. Pero también es falsa la idea misma del drama en que participaron: la así llamada Revolución de Octubre nunca ocurrió.
La noche del 24 al 25 de octubre (según el calendario juliano) de 1917, las tropas de asalto de la Guardia Roja bolchevique tomaron el poder en las principales ciudades de Rusia. Se llevaba así a los hechos la voluntad de Lenin, que desde septiembre venía planteado la necesidad de dar un golpe de estado aprovechando el caos reinante. Su argumento era tajante: si 130.000 terratenientes habían podido gobernar sobre 150 millones de personas en tiempos del zarismo, bien podrían hacer lo propio 240.000 comunistas disciplinados, armados y decididos a todo.

La noche del 25 de octubre se pone al Congreso de los Sóviets de Obreros y Soldados ante el hecho consumado de la toma del poder, ante lo cual la mayoría, probolchevique, nombra un Gobierno provisional encabezado por Lenin. Lo que vino a continuación nada tuvo que ver con la revolución democrático-popular que se venía desarrollando desde febrero, sino que fue su opuesto radical: una contrarrevolución antidemocrática y antipopular destinada a imponer el dominio de una minoría sin escrúpulos sobre la mayoría del pueblo ruso. Las medidas tomadas lo dicen todo: el 27 de octubre se reinstaura la censura; el 7 de diciembre se crea la policía política más temible que haya existido, la Cheká, que en unos años llegará a tener ¡250 mil efectivos!; el 6 de enero se disuelve la Asamblea Constituyente, democráticamente elegida y en la cual los bolcheviques están en minoría; el 14 de enero, destacamentos armados son destinados al campo para efectuar requisas, con la orden de Lenin de "adoptar las medidas revolucionarias más extremas"; en abril, Lenin llama a ejercer abiertamente la dictadura "férrea" e "implacable" e iniciar, sin mediar levantamiento significativo alguno contra el nuevo régimen, la guerra civil contra toda oposición:
Toda gran revolución, especialmente una revolución socialista, es inconcebible sin guerra interior, es decir, sin guerra civil.
Eran los inicios de un largo proceso contrarrevolucionario que se prolongaría hasta los años 30, cuando se doblegue definitivamente a los campesinos con acciones militares francamente genocidas y se afiance el Gulag. Unos 20 millones de personas perdieron la vida a causa de la represión y las hambrunas. Nada quedó en pie de lo conquistado en el periodo revolucionario de febrero a octubre de 1917.

En suma, la Revolución de Octubre nunca existió. Lo que sí hubo fue un golpe de estado contrarrevolucionario, del cual emergió el primer y más acabado régimen totalitario que haya existido.

***

Lev Davídovich Bronstein, alias Trotsky, nacido en Ucrania en 1879 y asesinado en México en 1940 por el comunista catalán Ramón Mercader cumpliendo órdenes de Stalin, ha pasado a la posteridad como un luchador idealista, opuesto a los excesos de Stalin, muerto por defender la verdadera revolución de Lenin contra la feroz dictadura de una nueva clase.

Intelectual fascinante, orador notable y gran escritor, será la atractiva antítesis del burdo Stalin y su estrella seguirá brillando con el tiempo, con esos destellos encandiladores que emanan de los mártires-asesinos estilo Che Guevara.

Se supone que el Bueno, luchador, soñador, profeta y mártir, fue bueno, es decir, humano, generoso, opuesto a cualquier violencia excesiva, amigo del pueblo, etc. Veamos cómo hablaba el Bueno en defensa de la guillotina, un poco antes de tomar el poder:
Os digo que las cabezas tienen que rodar, y la sangre tiene que correr (...) La fuerza de la Revolución Francesa estaba en la máquina que rebajaba en una cabeza la altura de los enemigos del pueblo. Era una máquina estupenda. Debemos tener una en cada ciudad.
Este bueno comandó, como jefe del Ejército Rojo, el terror masivo durante la Guerra Civil. El 17 de agosto de 1918 enviará el siguiente telegrama secreto a Lenin, en el que se opone a la presencia de la Cruz Roja en zonas de combate:
Los pilotos de aviones y los artilleros han recibido órdenes de bombardear e incendiar los distritos burgueses de Kazán, y luego Simbirsk y Samara. En estas condiciones, la caravana de la Cruz Roja resulta inapropiada.
Su represión –marzo de 1921– del sóviet revolucionario de Kronstadt (base naval a las afueras de Petrogrado) fue terrorífica. Una de las primeras medidas que adoptó fue la toma de mujeres e hijos de los amotinados como rehenes. Cuando lanzó el Ejército Rojo contra los contrarrevolucionarios, hizo que destacamentos de la Cheká fueran en retaguardia para que liquidaran en el acto a todo aquel soldado que retrocediese.

La resistencia fue encarnizada y duró hasta el 18 de marzo. Después de la caída de la base naval, cientos de prisioneros fueron masacrados; el resto fue deportado a campos de concentración, de donde muy pocos volvieron.

El bueno de Trotsky no dudó un segundo en defender la dictadura del proletariado contra el proletariado mismo. Así se expresó, por ejemplo, en el X Congreso del Partido Comunista:
Ellos [la denominada oposición obrera] han lanzado consignas peligrosas. Han convertido en fetiche los principios democráticos. Han colocado por encima del partido el derecho de los obreros a elegir a sus representantes. Como si el partido no tuviese derecho a afirmar su dictadura, incluso si está en conflicto temporal con los humores cambiantes de la democracia obrera.
Cuando se opuso a Stalin, no lo hizo en nombre de la democracia, ni de la contención de la violencia dictatorial, ni en denuncia del Terror. Todo lo contrario. Como dice su gran biógrafo, de orientación trotskista, Isaac Deutscher:
Su acusación principal contra ellos [Stalin y sus partidarios] no era la de que actuasen con un espíritu jacobino, sino, por el contrario, la de trabajar para destruir ese espíritu (...) Y él se identificaba a sí mismo y a sus partidarios con el grupo de Robespierre.
Sin embargo, a los asesinos románticos se los perdona e idealiza, especialmente si han muerto por sus ideales. Lo que fascina en Trotsky, como en el Che Guevara, es su desenfadada convicción de estar haciendo el bien, liberando a la Humanidad de todo mal habido y por haber. Pero es justamente eso lo que los torna tan peligrosos: su finalidad deslumbrante los lleva a usar cualquier medio, a sacrificar masivamente a los seres humanos de carne y hueso para redimir a la Humanidad.

***

Al Malo, en cambio, nada se le perdona. Para salvar de todo pecado a Trotsky, o a Lenin, o a Marx, o al comunismo en general, se cargan las tintas contra el Malo. Aunque no siempre fue así: hace un tiempo, el Malo era para muchos el más bueno entre los buenos. Por ello es que no fueron pocos los que a la muerte de Stalin pudieron decir, con Rafael Alberti: "Que tu alma clara me ilumine en esta noche que te vas"; o los que se conmovieron con las estrofas de la "Oda a Stalin" de Pablo Neruda:

Stalin es el mediodía,
la madurez del hombre y de los pueblos.
Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo...

Incluso fueron innumerables los progres, para no hablar de los comunistas, que estuvieron dispuestos a alabar a Stalin a sabiendas del coste terrible de su dictadura. Tal vez no conocían la extensión exacta de la barbarie, pero eso no era lo importante. Imbuidos de la misma visión de la historia que inspiraba a Stalin, veían la violencia ejercida como un costo necesario de la obra de liberación de la humanidad que, según ellos, habría iniciado la Unión Soviética. Por ello pudieron decir con Neruda:

Stalin alza, limpia, construye, fortifica,
preserva, mira, protege, alimenta,
pero también castiga.

Luego vino la evidencia, abrumadora y terrible, desvelada por los mismos comunistas soviéticos. Y cuando no se pudo defender más lo indefendible, entonces sí, se le convirtió en el Malo. El chivo expiatorio. El Gran Perverso.

Pero Stalin no era más perverso que Trotsky, Lenin o Marx. Todos ellos eran profetas de un mismo ideal que lleva ínsito el afán genocida en su propósito de arrasarlo todo para cambiarlo todo, en su proyecto de crear un hombre nuevo, para lo que se requiere la destrucción del hombre realmente existente.

***

Nos queda el Feo, Lenin, hombre sin atractivo alguno para quien no le sea devoto, máquina intelectual con una sola pasión: la revolución. Noble hereditario, tomó el camino de la revolución siendo muy joven, después del ajusticiamiento de su hermano Alexánder por tratar de asesinar al zar. Sin embargo, esta figura tan gris ejercería una influencia demoledora sobre miles de personas.

Nadie como él fue capaz de crear una "red de agentes", como él mismo decía, tan fanáticamente entregados a su causa. Y lo hizo no con el don de la palabra y el carisma personal, como sí hizo Hitler, sino con su devastador intelecto, plasmado en interminables escritos y en su gran creación, el partido totalitario, fundado sobre un conjunto de revolucionarios profesionales totalmente entregados. Esto fue lo esencial para Lenin, poder contar con "hombres-partido", hombres que llegan a ser, como expresaría Jan Valtin en su célebre autobiografía (La noche quedó atrás), "un pedazo del partido".

Este ideal de organización, donde el individuo desaparece para amalgamarse en el colectivo, es una realización plena y genuina del ideal comunista, aquel "individuo total" de que hablaba Marx, sin intereses, derechos ni vida fuera del colectivo.

Como nadie, el Feo dio forma al ideal comunista. Hizo que miles de idealistas se inmolaran por él, convencidos de que estaban construyendo el paraíso en la Tierra. Se convirtieron todos en criminales perfectos: aquellos que matan sin remordimiento porque lo hacen en nombre de la liberación definitiva de la Humanidad.

La fe fanática explica que el Feo enviara telegramas como este del 11 de agosto de 1918, en el que da la orden de ahorcar, con fines ejemplarizantes, por lo menos un centenar de kulaks (descalificativo aplicado a campesinos acomodados):
1) Ahorquen (ahorquen de una manera que la gente lo veano menos de 100 kulaks (...)
2) Publiquen sus nombres.
3) Quítenles todo su grano.
4) Designen rehenes –de acuerdo con el telegrama de ayer.

Háganlo de manera tal que la gente, a centenares de verstas a la redonda, vea, tiemble, sepa, grite: están estrangulando y estrangularán hasta la muerte a los kulaks.
Quien dictó esta orden y llevó Rusia a la hecatombe de los años 1918-1922, con sus nueve millones de muertos en combates, represiones, hambrunas y epidemias, podía, sin embargo, tal como los verdugos del Holocausto, dormir tranquilo y satisfecho, ya que creía estar ejerciendo, con las palabras usadas por Hitler para definir el nazismo, la "voluntad de crear la Humanidad de nuevo".

MAURICIO ROJAS, autor de Lenin y el totalitarismo.

Lenin y Hitler

Carlos Rodríguez Braun.

Atención, pregunta: de las siguientes diez consignas progresistas, ¿cuáles diría usted que fueron defendidas por Adolf Hitler y los nazis?:
1) crear un hombre nuevo; 2) eliminar las injusticias sociales; 3) luchar contra el capital; 4) rechazar la avidez del dinero y el materialismo egoísta; 5) combatir la explotación del hombre por el hombre; 6) atacar a los empresarios carentes de todo sentimiento de justicia social y humanidad; 7) no intentar conquistar a los capitalistas, sino al mundo obrero; 8) defender las mejores condiciones de trabajo, la reducción de los accidentes laborales, la prohibición del trabajo infantil y la promoción de la mujer trabajadora; 9) acabar con la especulación; y 10) oponerse al sometimiento de la economía a las grandes empresas.
Respuesta: todas. Los nazis y la izquierda tienen fundamentalmente puntos en común, como demuestra Luciano Pellicani en su libro Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo (Unión Editorial). Se comprende que Karl Kautsky haya dicho: “Mussolini no es más que la caricatura de Lenin”; y Furet haya llamado a Hitler “hermano tardío de Lenin”.
La resistencia al reconocimiento de este solapamiento obedece a que, como dice Pellicani, “todavía sigue vivo el prejuicio favorable al comunismo” que ha impedido una conciencia masiva de sus crímenes, igual que sigue viva “la interpretación del nazismo como agente del capital, defendida por los estudiosos marx-leninistas sin la menor prueba”.
Solapamiento no es identidad. Los comunistas no eran exactamente iguales a los nazis en todo: por ejemplo, querían acabar con las clases sociales, delirio que los nazis no cultivaron. Al mismo tiempo, la mayor ambición regeneradora tanto de los nazis como de los comunistas, la creación del “hombre nuevo”, no era una característica del fascismo mussoliniano.
Así como se supone contra toda evidencia que no hubo diferencias entre los nazis y los capitalistas, se suele afirmar que sí las hubo entre Lenin y Stalin. No parece que eso sea cierto. No tiene mucho sentido fantasear con un Lenin bueno frente a un Stalin malo. La brutalidad de las declaraciones de Lenin sugiere que no asesinó a millones de trabajadores porque no vivió lo suficiente. Sus llamamientos al exterminio son totalmente “estalinistas”, igual que su invitación al odio y la demonización de los disidentes. Poco respeto debía tener por la libertad individual un Lenin que afirmó: “Todo es derecho público y no privado”.
En cuanto a la religión, los nazis y los izquierdistas coinciden en su hostilidad a la Iglesia Católica: hay allí una apreciable diferencia con el franquismo, porque los crímenes de la izquierda y los anarquistas contra la Iglesia fueron tan brutales que la volcaron sin matices hacia el bando nacional.
Y donde no hay diferencias entre los nacionalsocialistas y las demás variantes del socialismo es en su aversión al liberalismo y sus instituciones: la propiedad privada, el comercio, los contratos voluntarios y el mercado.

Grandes criminales del siglo XX: Lenin

Mario Noya.


Para esos idealistas de la muerte (¡sic y siempre ajena!) que piensan porque no lo han sufrido que el comunismo es buena idea, La Idea, Lenin es el Bien, el Yin que por desgracia no pudo cerrar el paso al Yang, ese Stalin malo malísimo al que sin embargo rieron todas las gracias cuando estaba vivo y exterminando.

¡Stalin fue!, dicen como los niños chivatos. Y sí, Stalin fue el Gulag y los Procesos de Moscú y las deportaciones en masa y el terror extremo y el imperialismo, el hambre, los poetas reducidos al silencio, los intelectuales humillados y ofendidos. Pero resulta que Lenin también. Que Lenin primero. Que Lenin, en esto, fue su padre. El Precursor.

Vladímir Ilich Uliánov nació en Simbirsk, actual Uliánovsk (en vano buscarán en Austria un Hitler am Inn), el 22 de abril de 1870; en el seno de una familia acomodada que acabó por desacomodarse a modo: en 1886 muere el padre, miembro de la nobleza funcionarial, y en 1887 matan al hijo Alejandro, que quiso matar al zar Alejandro por mor de la Voluntad del Pueblo (así se llamaba su organización terrorista). En ese mismo año el brillantísimo estudiante Volodia (hipocorístico de Vladímir) se matricula en la Universidad de Kazán, es expulsado de la Universidad de Kazán por tomar parte de protestas menores y ser hermano de su hermano, es deportado a Kokushino; lee a Marx, se afilia a Voluntad del Pueblo, ceba el odio y el resentimiento. Y en 1888 está de vuelta en casa.

Se licencia con honores en Derecho y ejerce muy poco tiempo de abogado. Eso no es lo suyo. Lo suyo es la política, la Revolución.
Krúpskaya atestigua su ascetismo y nos dice que renunció a todas las cosas que le interesaban –el patinaje, la lectura del latín, el ajedrez, incluso la música– para concentrarse exclusivamente en el trabajo político. Un camarada comentó: "Entre nosotros, es el único que vive la revolución las veinticuatro horas del día". (...) Fue el primer ejemplar de una nueva especie: el organizador profesional de la política totalitaria.
Paul Johnson, Tiempos modernos, Vergara, Barcelona, 2000, p. 74.
La Krúpskaya de que nos habla Johnson en este pasaje tenía por nombre Nadezhda y por patronímico Konstantínovna, y se casó con el Pionero en 1898, estando ambos desterrados en Siberia por sus actividades subversivas (eran miembros fundadores de la Unión para la Lucha por la Emancipación de la Clase Trabajadora, creada en 1895). Las condiciones debieron de ser espantosas:
Allí vivió tres años en una situación de relativa comodidad, en una casita alquilada, con [Nadezhda], manteniendo correspondencia con sus amigos, escribiendo y traduciendo.
(Richard Pipes, Historia del comunismo, Mondadori, Barcelona, 2002, p. 48).
En 1900 se exilia, y en el exilio permanecerá hasta 1905. En esos cinco años adoptará el pseudónimoLenin (al parecer, inspirado por el siberiano río Lena), escribirá su célebre ¿Qué hacer?, donde este fanático quemaherejes sentará las bases de esa megaherejía del marxismo conocida por marxismo-leninismo, y asistirá al trascendental II Congreso del Partido Socialdemócrata Ruso, celebrado en Londres en 1903, donde sus ideas sobre cómo hacer la revolución generarán la división, posteriormente sangrienta, entre bolcheviques –la (muy exigua) mayoría, que eso quiere decir el terminacho en ruso– y mencheviques.

A este sabihondo siniestro, la revolución de 1905 le pilló tan desprevenido que no pudo parasitarla. También le cogieron con el pie cambiado la revolución de 1917 y la caída del zar, la Gran Guerra y la ayuda que le prestó Alemania para volver a Rusia (Berlín le utilizó "como un bacilo de la tifoidea", Churchill dixit). El socialismo científico y el determinismo histórico, ya saben. Johnson:
Lo que convirtió a Lenin en un gran actor en la escena de la historia no fue su comprensión de los procesos históricos, sino la rapidez y la energía con que aprovechó las oportunidades imprevistas que ella le ofrecía. En resumen, fue lo que según sus acusaciones eran sus antagonistas: un oportunista.
(Johnson, ob. cit., p. 77).
Era tan rápido y enérgico en tiempos de turbulencias porque, aquí el asceta rojo, no tenía escrúpulos, piedad, humanidad. Guillermo Cabrera Infante diría que fue uno de los avatares del Mal. En 1891, siendo un don nadie en la ciudad de Samara, se negó a participar en una campaña de ayuda a los hambrientos del lugar –que debieron de ser legión, si tenemos en cuenta que aquélla fue una de las peores hambrunas de la historia rusa (entre 400.000 y 500.000 muertos)– porque el hambre tenía "numerosas consecuencias positivas", según aleccionó a un amigo:
Al destruir la atrasada economía campesina, el hambre, explicaba, nos acerca objetivamente a nuestra meta final, el socialismo, etapa inmediatamente posterior al capitalismo. El hambre destruye no solamente la fe en el Zar, también en Dios.
(Stéphane Courtois -ed.-, El libro negro del comunismo, Espasa-Planeta, Barcelona, 1998, p. 146).
Dios. A Dios, que no acababa de morirse pese a los dicterios de Nietzsche, quería él, el hijo del devoto Iliá Nikoláyevich Uliánov, rematarlo; y exterminar a sus siervos (2.961 sacerdotes, 1.962 monjes y 3.447 monjas asesinados sólo en 1922). El hambre de nuevo, pero ya con él en el poder; pero muchísimo peor, sencillamente inenarrable, y provocada por sus políticas criminales: la hambruna de 1921-22 afectó a unos 27 millones de personas, y mató a entre 3 y 5 millones. Lo que sigue es un extracto de una carta que dirigió al Politburó el 19 de marzo de 1922:
Tenemos noventa y nueve oportunidades sobre cien de golpear mortalmente al enemigo en la cabeza con un éxito total, y de ganar (...) posiciones (...) para las décadas futuras. Con tanta gente hambrienta que se alimenta de carne humana, con los caminos congestionados de centenares y de millares de cadáveres, ahora y solamente ahora podemos (y en consecuencia debemos) confiscar los bienes de la Iglesia con una energía feroz y despiadada. Precisamente ahora y solamente ahora la inmensa mayoría de las masas campesinas puede ayudarnos, o más exactamente, puede no estar en condiciones de apoyar a ese puñado de clericales Cien Negros y de pequeño-burgueses reaccionarios (...) Todo indica que no alcanzaremos nuestro objetivo en otro momento, porque solamente la desesperación generada por el hambre puede acarrear una actitud benévola, o al menos neutra, de las masas [hacia] nosotros.
(Courtois, ob. cit., p. 148).
***
"En febrero de 1917 se abrió ante Rusia el camino de la libertad. Rusia escogió a Lenin", escribió Vasili Grossman en el memorable Todo fluye. La frase es buena pero no es cierta. Rusia no escogió a Lenin. Lenin, queridos niños logsianos (y padres que cursaron la EGB, y abuelos que cursaron lo que se cursara antes), no se encaramó al poder por obra y gracia de un alzamiento popular sino de un golpe de estado, que asesinó en la cuna a la Libertad ("Actualmente no hay país en el mundo tan libre como Rusia", dijo en abril del decisivo año 17 el propio Lenin, como recuerda Christian Jelen en su imprescindible La ceguera voluntaria ­–Planeta, Barcelona, 1985, p. 21–):
La intolerancia de Lenin, su perseverancia, su implacabilidad hacia todos aquellos que pensaban diferente a él, su desprecio por la libertad, el fanatismo de su fe, la crueldad para con sus enemigos, todo aquello que dio la victoria a la causa de Lenin había nacido y se había forjado en los abismos milenarios de la esclavitud rusa, de la no libertad rusa.
(Grossman, ob. cit., Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2008, p. 253).
Lenin el putchista (Johnson: "Dio vida a una forma brutal de gobernar que estaba extinguiéndose") sabía que sólo podría imponerse mediante el terror, de ahí que enseguida (diciembre de 1917) creara la abominable Comisión Panrusa para el Combate de la Contrarrevolución y el Sabotaje, la Checa que con tanto entusiasmo replicaron aquí en España Carillo y demás custodios de la democracia republicana:
La policía secreta del zar, la Ojrana, había contado con 15.000 miembros, y esto la convertía en el [mayor] organismo (...) de su tipo en el viejo mundo. (...) tres años después de su creación, la Checa tenía una fuerza de 250.000 agentes de dedicación total. (...) Mientras los últimos zares habían ejecutado a un promedio de 17 personas por año (por toda suerte de delitos), [para] 1918-1919 la Checa promediaba 1.000 ejecuciones mensuales sólo por delitos políticos.
(Johnson, ob. cit., p. 94).
Hay quien cifra en 200.000 el número de enemigos del Estado asesinados por la Checa, que de comisión extraordinaria pasó a ser Administración Política del Estado (GPU) en 1922. Lenin, claro que padre del Padrecito, no es que amparara a la Checa, es que la protegía de las críticas de "una intelligentsialimitada (...) incapaz de considerar el problema del terror desde una perspectiva más amplia" (v. Courtois, p. 97). Lo del terror como "problema" fue un descuido: el terror no era tal sino la solución. La perspectiva amplia:
La primera acción de la Checa fue aplastar la huelga de funcionarios de Petrogrado [febrero de 1918]. El método fue expeditivo –arresto de los "agitadores"–, y la justificación simple: "Quien no quiere estar con el pueblo no tiene lugar en él", declaró [su máximo responsable, Félix] Dzerzhinsky, que ordenó arrestar a un cierto número de diputados socialistas-revolucionarios y mencheviques, elegidos para la asamblea constituyente. Este acto arbitrario fue inmediatamente condenado por el comisario del pueblo para la Justicia, [Isaac] Steinberg, un socialista-revolucionario (...) que había entrado en el Gobierno unos días antes. (...)
"¿Para qué sirve un Comisariado del Pueblo para la Justicia? –preguntó entonces Steinberg a Lenin–. ¡Que lo llamen Comisariado del Pueblo para el Exterminio Social y se entenderá la razón!". "Excelente idea –respondió Lenin–. Es exactamente como yo lo veo. ¡Desgraciadamente, no se le puede llamar así!".
(Courtois, ob. cit., pp. 78-79).
***
Lenin y el Terror en tres actos.

Primero: "Camarada [Dimitri] Kursky [comisario de Justicia en 1922] (...) Hay que plantear abiertamente el principio, justo políticamente (...), que motiva la esencia y la justificación del terror (...) El tribunal no debe suprimir el terror (...) sino fundamentarlo, legalizarlo en los principios claramente, sin disimular ni maquillar la verdad" (Courtois, ob. cit., pp. 150-151).
El régimen zarista fusiló a 3.932 personas en los 92 años que median entre 1825 y 1917. El leninismo ya había rebasado esa cifra en marzo de 1918, esto es, sólo cuatro meses después de tomar el poder.
Segundo.

Tercero, protagonizado por su esbirro Martyn Latsis, uno de los jefes de la Checa, el 1 de noviembre de 1918:
No hacemos la guerra contra las personas en particular. Exterminamos a la burguesía como clase. No busquéis, durante la investigación, documentos o pruebas sobre lo que el acusado ha cometido, mediante acciones o palabras, contra la autoridad soviética. La primera pregunta que debéis formularle es la de a qué clase pertenece, cuáles son su origen, su educación, su instrucción, su profesión.
(Courtois, ob. cit., p. 22).
El colofón corre por cuenta de otro semejante de Lenin el venerado, Grigori Zinóviev, al final y qué pena asesinado por sus iguales. Septiembre de 1918:
Para deshacernos de nuestros enemigos, debemos tener nuestro propio Terror socialista. Debemos atraer a nuestro lado digamos a noventa de los cien millones de habitantes de la Rusia soviética. En cuanto a los otros, no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados.
(V. César Vidal, Paracuellos-Katyn, Libros Libres, Madrid, 2005, p. 40. Con este comentario: "Si se desea ser honrado con la verdad histórica, hay que señalar que Zinóviev se quedaría corto en sus cálculos, porque el comunismo le costaría a Rusia mucho más de diez millones de muertos").
***

Lenin y el Terror y Lenin y la Guerra. La Mundial le hizo ser quien fue, el primero de los dictadores totalitarios del siglo de la Megamuerte. Bramó contra la participación de Rusia, pero no por pacifismo sino por tacticismo. Él quería la guerra; pero no esa, no entre naciones, sino en el seno de las naciones. Y consiguió que Rusia –entre 1,7 y 3 millones de soldados y entre 1,5 y 3 millones de civiles muertos– se siguiera desangrando: la guerra civil (1918-20) que desataron los bolcheviques se saldó con dos millones de soldados (de los ejércitos Blanco y Rojo) y dos millones de civiles muertos, y quizá otros dos millones de exiliados.

***

"Pero resulta que Lenin también. Que Lenin primero".

***

Afortunadamente, tuvo una mala muerte: tres infartos en dos años, el cuerpo paralizado, mudo, puede que sifilítico. Acabó amargado, rabioso por no poder seguir al frente, como Hitler acusando a su pueblo de no haber estado a la altura. Dejó de hacer daño en Gorki –afueras de Moscú, enseguida Gorki Leninskiye– el 21 de enero de 1924. Contraviniendo sus deseos, lo embalsamaron y dejaron expuesto por los siglos de los siglos en el mausoleo de la Plaza Roja que lleva su nombre, aunque si por los rusos fuera se convertía en polvo mañana mismo. Los idealistas de la muerte, que ven como ven (¡Revel en Jelen!) y leen lo que quieren, nos remiten a su testamento para decirnos que él sabía, que no quería a Stalin por malo malo malo.
¡Pero resulta que Lenin también! ¡Que Lenin primero!
Lenin murió. Pero el leninismo no murió. El poder conquistado por Lenin no se escapó de las manos del Partido. Los camaradas de Lenin, sus colaboradores, sus compañeros de lucha y sus discípulos continuaron su obra. 
... aquellos en cuyas manos dejó el país
en un desbordamiento convulso
lo deben aprisionar en cemento.
A ellos no les dirás: Lenin ha muerto,
su muerte no les desalentó.
Siguieron cumpliendo su empresa,
con más tesón todavía... 
La dictadura del Partido que Lenin había instaurado perduró después de su muerte al igual que perduraron los ejércitos, la milicia, la Checa, las organizaciones para la liquidación del analfabetismo y las universidades populares.
(Grossman, ob. cit., p. 257).
Oh, sí. Las organizaciones para la liquidación del analfabetismo y las universidades populares.

Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. Mario Noya


Luciano Pellicani lleva esos abominables nombres al título de este texto breve y crucial que no se centra en esos abominables hombres sino en sus ideologías mortíferas, engendros criminógenos amasados en el odio a la Libertad. Mi amigo Juan Antonio me dice que en Italia lo pusieron como no digan dueñas. Ya sabía yo que era bueno.

Ha hecho muy bien Pellicani en empezar con las comparaciones, poner a los hermanos frente a frente, re-citarlos, a ver si de una vez por todas se limpian el sí pero de la boca los socorristas de la ideología de los Cien Millones de Muertos. Lenin (a Stalin): "Purificaremos Rusia para mucho tiempo". Hitler: "Purificar la nación del espíritu judío no es posible de forma platónica". Lenin: "El paso del capitalismo al socialismo exigirá largos dolores de parto, un largo periodo de dictadura del proletariado, la destrucción de todo lo viejo, el aniquilamiento implacable de todas las formas de capitalismo", la "liquidación" de la burguesía como clase "al modo plebeyo, exterminando implacablemente a los enemigos de la libertad". Hitler: la salvación de la raza aria pasa necesariamente por la "abolición del estado de cosas existente" y la "aniquilación" de los judíos y demás morralla subhumana. Lenin: "Reharemos el mundo". Hitler: "Construiremos un mundo nuevo, contra la degradación actual".
(...) el léxico de Lenin, exactamente como el léxico de Hitler, es el de la parasitología: el mundo se describe como un pantano infestado de "insectos nocivos" –pulgas, chinches, vampiros, arañas venenosas, sanguijuelas; en una palabra, no-hombres– que deben ser exterminados recurriendo a los medios más brutales y despiadados. Y, en efecto, la ferocidad de los métodos de tortura escogidos por los bolcheviques sólo puede compararse con la de los nazis. (pág. 59)


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