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The man who shot Liberty Valance (El hombre que mato a Liberty Valance), de John Ford

Actualización (25 de febrero de 2018):



Ver en el Cine Doré (Filmoteca Española) esta joya es un placer de los buenos; la he visto muchas veces y cada vez me parece mejor. Una obra maestra total y absoluta. Para José Luis Garci es una de Las 7 maravillas del cine (estupendo libro) y tiene razón. 

John Ford desarrolla de manera clara y sencilla las muchas historias presentes en la película: la del idealista Ransom Stoddard (James Stewart) quien persigue la aplicación de la ley, jugándose la vida en ello, y quien ayuda en todo lo que puede a los demás, incluso educando a niños y adultos; el malvado Liberty Valance (Lee Marvin) quien se cree por encima de todos y hace de la violencia su bandera, aprovechándose de la cobardía de los demás; el periodista Dutton Peabody (Edmond O'Brien, colosal actor) quien en su periódico lo es todo y lo cuenta todo; los Ericson (Jeanette Nolan y John Qualen) sacando adelante su restaurante (siempre abarrotado) y cuidando de Hallie (Vera Miles), pero sin proporcionarle una educación mínima (que ni ellos poseen); el sheriff Link Appleyard (Andy Devine) cobarde y bonachón que representa la ausencia de Estado en la ciudad; el juego de la política, incluidas elecciones e intentos de amedrentamiento de los votantes; la lucha entre ganaderos y agricultores; el racismo personificado en el personaje de Pompey (Woody Strode) quien es fiel escudero de Tom Doniphon (John Wayne) quien es el gran personaje de la película; se gana su sueldo con la pistola sin violentar a otros, siempre que no le hayan atacado primero, y está enamorado de Hallie, aunque es capaz de retirarse cuando intuye que ella no le va a corresponder y prefiere a Stoddard. Un hombre bueno y noble. Respecto a Doniphon, escribe Garci en el libro antes mencionado: "héroes que pelean por sociedades en las que luego ellos mismos no pueden instalarse por sentirse incómodos, que es caso de mi querido Tom, un personaje a la altura de Atticus Finch, Rick Blaine o Shane, cuatro de los más grandes que nos ha ofrecido el cine, sección masculina." Eso es lo que le pasa incluso con su amor por Hallie. La no historia de amor con ella es de lo mejor de la película. Él incluso está ampliando su casa para cuando estén juntos. No culpa a nadie por no estar con ella y acepta su destino, no sin antes destruir parte de lo que había construido.

Lo irónico de la película es que para conseguir sus objetivos y sobrevivir, además de posteriormente ganarse el respeto de los demás y escalar en el mundo de la política, Stoddard debe usar las armas y enfrentarse a Liberty Valance. ¿Había otra manera? En un mundo como el descrito en la película no la había. Además, John Ford nos muestra un pueblo lleno de cobardes y de personas que prefieren mirar hacia otro lado (casi todos lo hubiéramos sido en ese pueblo y esa situación); únicamente Tom se enfrenta a Valance y lo intimida. Como bien afirma Garci: "nadie nos había explicado tan claro que la ley siempre necesitará Tom Doniphons que la defiendan, ya que por sí sola, sin ayudas, terminará irremisiblemente en manos de los Valances." Lee Marvin es uno de esos actores, igual que Wayne, cuya presencia y voz llenan la pantalla; creando personajes robustos y creíbles.

La película muestra el cambio de una sociedad, pasando de una aislada y sin ley a una conectada (a través del ferrocarril) y con mecanismos para perseguir a los villanos. El civilizado Este llegará al Oeste de manera inevitable. 

El personaje del periodista borracho Peabody (interpretado magistralmente por Edmond O'Brien) cose todas las historias de la película y hace una defensa de la libertad de prensa heroica, incluso arriesgando la vida. 

La película está rodada de manera austera y en blanco y negro. Empieza con el fallecimiento de Tom, para posteriormente acompañar a Stoddard en su recuerdo del pasado. Al inicio de la película, la presencia del cactus sobre el féretro de Tom (regalo de Tom a Hallie en el pasado) lo dice todo del respeto y amor por Tom que siente Hallie; y la diligencia, ahora destartalada, en la que llegó Stoddard al pueblo (Shinbone) representa el avance de la sociedad al compararla con las imágenes del ferrocarril que ya llega al pueblo.

No puedo dejar de reproducir la mítica frase de la película: "When the legend becomes fact, print the legend" ("Cuando la leyenda se convierte en hecho, imprime la leyenda".) No obstante, Ford nos muestra la verdad en su película. Vuelvo a Garci: "Ford reflexiona, una vez más, sobre la miticidad -que alumbró su vigorosa filmografía del Oeste-, aunque, en esta ocasión, se trata de una tenebrosa reflexión del mito."

Esta película es un claro ejemplo de cómo Ford hacía cine: historias bien contadas y actores que actúan de manera natural. Películas legibles, en palabras de Garci, quien cuenta que: "Nunca les dijo Ford a la gente de su 'compañía' cómo interpretar. Si observaba que alguna de sus estrellas se 'recreaba' en un párrafo o en un gesto, al instante gritaba: '¡Al infierno con eso que estás proponiéndome! ¡Olvídate de las teorías del Actors Studio o de las jodidas Escuelas de Nueva York! Este plano trata únicamente de lo que trata!".

La película está rodada en gran parte en decorados "al contrario de lo que solía hacer en sus westerns primitivos en los de los años 40 y 50. En mi opinión [la de Garci] no estamos ante un problema de cansancio por parte del maestro [Ford], o de comodidad, o no del todo, sino de elección, de mirada."

Acabo con una de las mejores cosas que tiene la vida y que tan bien refleja Ford en sus películas, el sentido del humor. En todas sus películas lo tenemos, mezclado con amistad, valor, bondad, generosidad, caballerosidad, y muchas otras virtudes.

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Entrada del 02 de mayo de 2011:

Obra maestra total y absoluta. No dejen de verla.

Es una película colosal. El contraste entre dos mundos, el de la violencia, de la que hay que defenderse con violencia, y el del Estado de derecho, con las dificultades que implica el cumplirlo y el establecerlo.

Perfectos el guión, los actores, la ambientación, el ritmo; todo. John Wayne está soberbio, un actorazo.

La película es en blanco y negro, con una gama infinita de grises intermedios [(c) Carlos Pumares].

El mejor Ford.

En este artículo de mi admirado Carlos Rodríguez Braun hay una interesante reflexión sobre la película.


The man who shot Liberty Valance (El hombre que mató a Liberty Valance, 1962)

Aquí tenemos una doble visión del capitalismo, en sus orígenes y una vez consolidado. Como dice Torres-Dulce, “el western es la construcción dura y azarosa de una nación”.[32] La película empieza y termina con el tren y la evolución de un pueblo a mejor. Hay varias referencias al ferrocarril como sinónimo de progreso; el revisor al final dice con orgullo que alcanzarán una velocidad de 25 millas por hora; al comienzo, cuando conversan Hallie y Link, ella le habla de cómo ha avanzado el pueblo –iglesias, escuelas, tiendas– y Link responde: “Well, the railroad done that. Desert’s still the same”. Es una película urbana, la protagonista es la ciudad, no la llanura; como dice Gallagher, subraya la civilización, la palabra (ley y educación) frente a la pistola.[33]

Las armas, en efecto, quedan atrás; cuando Stoddard ordena al hombre de la funeraria que le ponga a Doniphon el cinturón con su revólver, le dicen que no lo había usado desde hacía mucho tiempo.[34] Pero en el pasado resultó imprescindible, como nos enteramos más tarde. Era un pasado violento: “I’ll teach you law, Western law”, grita Liberty Valance al principio cuando aporrea a Stoddard y, como observa éste más tarde, el mensaje de Tom Doniphon es el mismo: la importancia del revólver, la ley del más fuerte, “A man settles his own problems”, dice Tom. Eso desaparecerá cuando triunfe lo que vemos precariamente: los libros y la educación, y la democracia. Pero también el comercio.[35]

Aparece un conflicto económico clásico, ganaderos contra agricultores, pero aquí, como fue característico de la Ilustración Liberal, los malos son los ganaderos, que quieren tener todo el campo para ellos, o para nadie, mientras que los agricultores están asociados a los cercados y la propiedad privada, pero también, y esto queda muy claro en la película, al progreso, al ferrocarril, al comercio, a las ciudades. Y ganan los buenos; de hecho, Liberty Valance no puede ni manipular la primitiva elección de representantes. Es patente que la propiedad privada bien definida, clave del capitalismo, protege especialmente a los pobres y los humildes. Valance es un pistolero a sueldo de los ganaderos, no de los capitalistas.[36]

Esta película aborda temas sociológicos y políticos interesantes, como la complejidad de la civilización, sus costes y beneficios, la idealización de la historia y su cinismo –“print the legend” –, la visión de ese “algún día” de paz y prosperidad que Wyatt Earp musita ante la tumba de su hermano, y que Mrs. Jorgensen vislumbra en The Searchers.[37] Pero no olvidemos que durante una parte apreciable de la historia ¡estamos viendo funcionar una empresa!

Un lugar esencial en el film es el negocio de los Ericson –nuevamente, inmigrantes nórdicos. Típicamente, su cocina se presenta como un hogar familiar; el matrimonio Ericson adopta a Hallie como hija, y en realidad los adoptan a todos, empezando por Stoddard y Doniphon, que entran por la puerta trasera, con la confianza de ser de la casa.

Pero lo que tienen los Ericson es un negocio, y se equivoca Lehman cuando afirma que la imagen fordiana del capitalismo es tal que “en el mundo real los buenos capitalistas como los Ericson quiebran rápidamente”.[38] No tiene ningún motivo para sostener semejante cosa, porque los datos que nos da Ford apuntan en sentido opuesto. El restaurante de los Ericson está repleto: allí comen hasta los malos. Y por lo que se ve, es indiscutible que los Ericson son dos honrados empresarios, la comida es buena y su precio asequible. Si podemos pronosticar algo a partir de lo que Ford enseña es justo lo contrario de lo que imagina Lehman: los Ericson prosperarán y contribuirán a edificar el progreso futuro, donde sabemos que habrá más comerciantes como ellos.

En economías primitivas no hay bancos, pero en el restaurante de los Ericson hay crédito: el sheriff come sin pagar, y Mrs. Ericson apunta en una pizarra los filetes que debe. Para Lehman es una pizarra ridícula, porque el sheriff nunca los va a pagar, y deduce que los Ericson son buenos capitalistas porque regalan las cosas. Nueva equivocación: no es normal exhibir ante el receptor de un “regalo” una pizarra donde apuntamos de mala gana los “regalos” que le hacemos. No, los Ericson no obsequian con filetes a nadie. Nótese, en cambio, que el sheriff es el único empleado público que vemos, con lo que sus filetes bien pueden ser interpretados como impuestos. Y si nunca los pagará –sus servicios son (entonces) de muy poca monta– ello equivale a la reacción del ciudadano libre y responsable, y del capitalista competitivo, ante el Estado: jamás recupera de él todo lo que le cobra, pero al menos Mrs. Ericson no padece anestesia fiscal y tiene siempre a la vista, colgada en la pared, su “declaración de Hacienda”.

Antigua propaganda antiliberal, por Carlos Rodríguez Braun

Expansión.


La editorial sevillana Alfar reunió hace poco en un mismo volumen dos breves e interesantes clásicos del antiliberalismo: "El mercado", que el autor socialista estadounidense Edward Bellamy publicó en 1897, y "Miseria de los zapatos", del mucho más célebre escritor británico H. G. Wells, que apareció en 1907.
"El mercado" es una parábola engañosa desde el principio: los malos son los que tienen, que subordinan a los que no tienen, la vieja patraña de que propiedad equivale a dominación. El intercambio solo existe como una suma cero. A partir de ahí, todo es coser y cantar, claro. Entre acusaciones a la ciencia lúgubre (e incluso una alusión a Jevons con las manchas solares), se suceden las caricaturas de los infames capitalistas, el odio a la caridad, y la asociación entre capitalismo y esclavitud, precisamente abolida bajo el capitalismo. El socialismo es un paraíso igualitario: el fruto del trabajo "lo repartiréis como hermanos, recibiendo cada uno lo mismo". El poder será electo y abnegado, y los políticos no serán amos crueles como los empresarios, "sino nuestros hermanos y nuestros mandatarios para hacer nuestra voluntad". Y no serán usurpadores sino modestos cooperativistas: "No se quedarán con los beneficios, sino que recibirán su parte como los demás". En fin, al menos estos hombres escribieron antes de que el socialismo mostrara en la realidad que es empobrecedor y criminal. Muchos, en cambio, escribieron después, y lo ignoraron.
El relato de H. G. Wells es más sutil. Apela al engaño de la educación y a la culpa de las personas porque otros están peor (Adam Smith desmontó esta hipocresía en "La teoría de los sentimientos morales"). Hay pobreza por culpa de "un mundo mal gobernado… mal repartido". No reclama la absurda igualdad absoluta sino una mejoría de los pobres. El obstáculo ante una meta tan inobjetable, como siempre, estriba en la propiedad privada y los beneficios de unos empresarios codiciosos que no se conforman con cobrar "un simple salario". La culpa es de una minoría de propietarios "parásitos… sanguijuelas", que son la "única causa" de la miseria, y su raíz es el lucro de los ricos, a los que hay que subir los impuestos. Vamos, parece el último libro de Stiglitz.
¿La solución? "Que el Estado tome el suelo, los ferrocarriles, los barcos y otras muchas empresas a sus empresarios que no las usan más que para usurpar al pueblo para sus estériles gastos privados, y deberían por el contrario administrar estas cosas generosa y esforzadamente, no para la ganancia sino para el servicio".
Los izquierdistas no ocultaban entonces su elitismo y desprecio hacia los trabajadores, y Wells dice: "lo que me parece un obstáculo grande para el socialismo es la ignorancia, la falta de valor, la estúpida falta de imaginación de la gente pobre, demasiado tímida y demasiado vergonzosa y torpe, para considerar algún cambio que les salve".

Ahorro e inversión, por Carlos Rodríguez Braun

Expansión.

Paul Krugman insiste en que las políticas monetarias expansivas no padecen inconveniente alguno ahora, porque no hay inflación. Con este argumento pasa algo similar a la defensa por parte de Smiley de la expansión del gasto público durante su Gobierno. En efecto, durante los años de la burbuja los socialistas sacaban pecho porque "extendemos derechos", y ahora alegan inocencia porque en esos años el déficit se redujo, incluso hubo superávit, y bajó el porcentaje de deuda pública sobre el PIB. Los secunda Krugman: "España no se metió en problemas porque sus Gobiernos fueran derrochadores".

Esto parte de la base de que la senda de gastos e ingresos es análogamente perdurable, lo que es absurdo; y parte de nuestros males deriva de que los políticos aumentaron irresponsablemente el gasto público. Asimismo, no es verdad que no pasó nada con la expansión monetaria: la deflación y la caída de los tipos de interés se interrumpieron a mediados de 2009. En cambio, la recuperación económica, que supuestamente iba a ser garantizada por esa expansión, y por la del gasto, ha sido débil en algunos países y se ha revertido en otros, como en España. Asimismo, la masiva compra de deuda pública no solo no ha resuelto los problemas sino que los puede agravar en el futuro, si las autoridades monetarias deben vender esos títulos.

La segunda idea que enlaza al Nobel y a Smiley es el pretendido efecto benéfico ineluctable de la expansión de la demanda. En su combate contra la "secta de la austeridad", Krugman ha subrayado que todos los que piensan que el iPhone 5 puede ser una buena noticia para la economía son keynesianos, lo admitan o no, porque creen que el Estado debe gastar más en una economía deprimida, y no menos.

Según él, lo que importa del nuevo ingenio de Apple no es el producto en sí, sino simplemente el hecho de que la gente gaste. En efecto, como dijo el propio Keynes, la cosa es gastar, gastar en cualquier cosa, en enterrar botellas para desenterrarlas después: la demanda es lo que falta, sostenía Keynes y sostiene Krugman, y todo lo que la impulse servirá para reducir el paro. Ésta es exactamente la misma falacia que defendió Smiley cuando, en vez de reducir el gasto público lo aumentó con el Plan E. ¿No era de puro sentido común gastar más precisamente en la construcción, el sector donde más aumentaba el paro?

Pues no, no lo era, porque la crisis derivaba de una sobreinversión alimentada por el intervencionismo, y lo necesario era facilitar la recomposición de una estructura productiva desajustada, y no echarle gasolina al fuego. No hay que gastar en cualquier cosa, sino facilitar el ahorro y la inversión reduciendo el gasto y los impuestos, es decir, justo al revés de lo que piensa el ilustre tándem.

No hay que gastar en cualquier cosa, sino facilitar el ahorro y la inversión.

Malditos beneficios, malditos hombres, por Carlos Rodríguez Braun.

Libertad Digital.


Según Público: "Los beneficios ganan terreno a los salarios en la riqueza nacional". Y según El País: "No fue el tsunami, fue el hombre".
Público desarrollaba así el titular: "En medio de la crisis, las rentas empresariales están mostrando más resistencia y avanzan más deprisa que los salarios, que pierden peso en la tarta de la riqueza nacional... Los beneficios empresariales vienen comiéndole el terreno a los salarios en la riqueza nacional".
La noción que se transmite es la de la suma cero, más presente que nunca en el caso de los empresarios y los trabajadores: si los beneficios suben, sólo pueden hacerlo a expensas de los salarios. Los textos de Público son inequívocos a este respecto, puesto que nos dicen que los salarios "pierden peso en la tarta" porque los beneficios se los "comen".
El problema con estas metáforas alimenticias es que son falsas. Los contratos entre las personas no son tartas ni terrenos. Si lo fueran, entonces la suma cero sería una realidad, porque si usted come más de la tarta, entonces los demás necesariamente comeremos menos, y si usted gana terreno, otros lo perderán. De hecho, si las relaciones humanas fueran así, no habría contratos voluntarios, porque nadie los firmaría para perder en la transacción.
Por tanto, todo esto de que si los empresarios ganan es a costa de lo que pierden los trabajadores es puro camelo.
Pero, dirá usted: ¿son acaso falsas esas estadísticas? No, lo equívoco no son las cifras sino la lectura sesgada que se hace de ellas, y que apunta a la falacia de la suma cero. En cualquier momento dado, si un total es la suma de A y B, entonces si el porcentaje de A aumenta, el de B necesariamente disminuye. Nada más. Lo que no se puede es concluir que el uno aumenta a costa del otro. Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, la explicación bien puede pasar por el aumento del paro, que Público también menciona, o porque muchos trabajadores, precisamente por el desplome del empleo, pasan a ser autónomos o a montar un negocio, con lo cual sus ingresos dejan de ser salarios y pasan a ser beneficios.
El artículo de José Reinoso y Rafael Méndez en El País, desde su título mismo, invita a la conclusión de que la tragedia del Japón en 2011 no se debió a la naturaleza. En efecto, esa increíble catástrofe natural es presentada como un asunto menor, como se ve en los sumarios: "traicionaron el derecho de la nación a estar a salvo de accidentes... Japón abrazó la energía nuclear como una opción barata y segura... el informe de Fukushima siembra dudas sobre todo el parque atómico en zona sísmica".
El informe en cuestión es un estudio que apunta que el accidente nuclear no se debió solo al tsunami sino también al temblor de tierra, y a partir de ahí todo se dirige contra la energía nuclear, es decir, el "hombre", en la clásica maniobra del pensamiento único que jamás considera a la naturaleza como victimaria: aquí lo malo es el ser humano, y por tanto es imprescindible la intervención pública para impedir los desastres, etc. etc.
Lo destacable de la energía nuclear en el caso del Japón, sin embargo, fue que los miles de muertos que supuestamente iba a ocasionar la radiación nunca se produjeron, y eso que lo que sucedió fue nada menos que el peor terremoto de la historia del Japón, y el tercero más potente de toda la historia del planeta.
Estos hechos quedan oscurecidos en el reportaje, cuya lectura sugiere que la gran solución ahora es que el Estado intervenga para acabar con la energía nuclear y aumentar las primas a las energías renovables. 

Mercado y coacción por Carlos Rodríguez Braun

La Razón.


Se dice que el mercado no es libre. Quienes reconocen la coacción del Estado, a veces insisten en que esa coacción se extiende más allá de la política. Al ser usted mucho más pobre que Amancio Ortega, al partir desde posiciones tan desiguales ¿cómo negar que su fuerza (de él) puede llevar a su dominación (de usted)?
La conclusión, pues, es que la coacción del Estado es imprescindible para evitar la opresión de los ricos y poderosos sobre los pobres y débiles. En ausencia de esa coacción justa y benéfica, el pez grande se comería al chico, etc. Estos argumentos, muy populares, ignoran que las leyes pueden existir y hacerse cumplir sin un Estado gigantesco como el actual. También ignoran que, en realidad, el poder económico no es poder. Por muy rico que sea el señor Ortega, hay una cosa que no puede hacer: no puede obligarle a usted a comprar en Zara. Será poderoso, pero no puede hacer eso; tiene que persuadirle a usted, convencerle de que entre en una de sus tiendas y compre. Esto es típico del mercado. Ahora veamos qué sucede cuando no hay mercado, cuando las relaciones entre las personas no se basan en la propiedad privada y los contratos voluntarios sino en el poder político y un supuesto “contrato social”. Pues pasa lo contrario que con Amancio Ortega. Porque la alternativa al mercado es el Estado, y el Estado sí puede obligarle a usted a pagar. ¿De verdad pretenden convencernos de que mercado y política son igualmente coercitivos?

Sordinas al ajuste predominante por Carlos Rodríguez Braun

Expansión.


Tras unos presupuestos austeros que aumentan el gasto, conviene recordar que todos los políticos, en España y otros países, afrontan la consolidación fiscal diciendo que ajustan el gasto. No es verdad. Los que ajustan el gasto son las empresas y los ciudadanos. Los gobernantes, en cambio, suben primero y más los impuestos, y ajustan después y menos el gasto. Éste es el ajuste predominante, que se vende como un prudente equilibrio entre austeridad y crecimiento. Los economistas políticamente correctos creen que la reducción del gasto público es negativa para la economía, al profundizar la recesión. Los que levantamos la mano para protestar somos considerados extravagantes, cuando no ignorantes con respecto a la ciencia económica y ciegos con respecto a la realidad.
El economista Alberto Alesina, que es catedrático en Harvard, lleva tiempo defendiendo, ante la irritación del pensamiento único, que los ajustes fiscales son menos costosos en términos de actividad económica si descansan sobre la reducción del gasto público en lugar de sobre el aumento de los impuestos. En un reciente trabajo con otros dos colegas reafirma su tesis con datos de una quincena de países desarrollados. Los autores concluyen: "En especial, los ajustes por medio del gasto se asocian con recesiones suaves y de corta duración, y a menudo con ausencia de recesión. Por el contrario, los ajustes basados en subidas de impuestos son seguidos por recesiones prolongadas y profundas" (Alberto Alesina, Carlo Favero y Francesco Giavazzi, The output effect of fiscal consolidations, Documento de Trabajo Nº 18336 del National Bureau of Economic Research, agosto 2012, http://goo.gl/2tJuJ).
Las diferencias entre los ajustes son notables y no dependen de las políticas monetarias. Asimismo, "la heterogeneidad en los efectos de los dos tipos de ajuste fiscal se debe principalmente a la respuesta de la inversión privada, más que en el crecimiento del consumo". Ponderan la importancia de la previsibilidad y la reducción de la incertidumbre, de modo que la reducción del gasto público recaiga en los gastos corrientes y no de inversión, y no sea interpretada como temporal, tal como sucede en los ajustes actuales. Las reformas estructurales supply-side son importantes: "Las consolidaciones basadas en contención del gasto que han sido especialmente favorables al crecimiento han sido las que han venido acompañadas de reformas del lado de la oferta, liberalización de los mercados de bienes y trabajo, y moderación salarial".
Afirma Stiglitz en su último libro: "Un principio aceptado desde hace tiempo es que un aumento equilibrado de los impuestos y el gasto estimula la economía". Precisamente, Alesina y sus colegas rechazan ese principio: los datos indican, al revés de lo que proclaman los keynesianos, que los multiplicadores de los impuestos son mayores que los del gasto. Y está lejos de ser evidente que toda reducción del gasto público sea recesiva.
Los ajustes son menos costosos si se basan en reducir el gasto y no en subir los impuestos.

El fraude del fraude por Carlos Rodríguez Braun


Este verano, en mi cuenta de Twitter (@rodriguezbraun), algunos seguidores y también algunos críticos (en particular @teleoperador) me insistieron en que el problema crucial de la fiscalidad es el fraude cometido por los ricos y las grandes empresas. A mi juicio, sin embargo, esto del fraude es un fraude.
Lo es porque sugiere que el problema estriba sólo en los que no pagan impuestos. Una vieja campaña de Hacienda anunciaba que con menos evasión caería la presión tributaria: "Paguemos más para pagar menos". Una mentira: cada vez pagamos más ciudadanos, y no pagamos menos impuestos. Pero el fraude desplaza el centro de atención fuera de las víctimas de la (o)presión fiscal, lo que se combina con otra trampa: son los ricos los que no pagan. Son pocos, malos e insolidarios.
Pero es falso, porque no son los ricos los que defraudan sino… todos los que pueden. Y al revés, los que pagamos impuestos no somos los pobres ni las clases medias sino… los que no podemos evitarlo.
El resultado de esta interacción entre el Estado que persigue y los ciudadanos que se escapan, si pueden, es que la economía sumergida es considerable. De ahí también que sea engañoso identificarla con el crimen. No podría haber una sociedad con millones de asesinos o violadores. Pero en todas las sociedades hay millones de defraudadores.
También es engañoso acusar a las empresas del fraude. Se dice: "El 72% del fraude fiscal de este país lo hacen las grandes empresas y las grandes fortunas". Pero eso no quiere decir que los empresarios y los ricos sean peores que los trabajadores: quiere decir que los asalariados (al revés que muchos profesionales, autónomos y empresarios) no puede eludir las incursiones de Hacienda. Esta realidad es escamoteada cuando se pretende que el mal radica sólo en una minoría a que es económicamente rentable perseguir. En realidad, solo lo es políticamente.
Económicamente, en cambio, la idea de que la solución pasa por acabar con la economía sumergida es un error. En España esa economía se estima en un 20% del PIB. ¿A dónde queremos llegar, al ideal nórdico? Pues bien, como apunta Juan Ramón Rallo, en Noruega y Suecia la economía sumergida es del 15% del PIB. Suponiendo que alcanzáramos ese nivel, aflorarían 50.000 millones de euros, lo que a un tipo medio del 30% comportaría recaudar 15.000 millones, que no acabarían con la penuria de la Hacienda.
Hemos visto que ni los nórdicos, esa perfección intervencionista, pueden acabar con la economía sumergida. ¿Puede aumentar la recaudación si se "lucha" contra el fraude? Pues claro: con ese importante porcentaje de la economía no detectado por el poder siempre se puede descubrir algo, y ocultar y justificar así la fiscalidad realmente importante: la otra, la que no defrauda… porque no puede.
Los que pagamos a Hacienda somos los que no podemos evitarlo, como los asalariados

Christian Felber y el equívoco común por Carlos Rodríguez Braun

Libertad Digital.


Agradezco a mis seguidores en twitter (@rodriguezbraun) que me facilitaran una entusiasta entrevista en La Vanguardia a Christian Felber, economista austríaco autor de La economía del bien común. De entre sus propuestas progresistas destaca el diario este titular: "Nadie debe cobrar más de 20 veces el salario mínimo".
Desde siempre los enemigos de la libertad han agitado el señuelo de la igualdad falsa, es decir, de la igualdad mediante la ley, que apela a la envidia y otros instintos tribales que nos impulsan a aplaudir la vieja estrategia de Procusto. El socialismo de todos los partidos lo ha hecho siempre, y los equívocos de Christian Felber son solo una nueva versión de una vieja ficción, o una nueva versión vegetariana del viejo socialismo carnívoro de toda la vida. Los que ganan menos de 20 veces el salario mínimo pueden caer en la tentación de decir: ¿por qué no? ¿por qué no limitar lo que ganan los ricos, o lo que puedan legar a sus hijos? La trampa es que si el poder tiene la capacidad de hacer eso, no simplemente puede cegar las fuentes de la prosperidad, sino acabar con la libertad de todos.
Las propuestas de Felber tienen envoltorios populistas, que pueden ser atractivos, pero que apuntan directamente contra la libertad: "poner la economía al servicio del ciudadano y no del beneficio... El egoísmo y la irresponsabilidad de la economía deben dar paso a la cooperación". No reclama abiertamente el comunismo, sino la economía de mercado. Pero, siempre hay un pero, en su modelo "las empresas no compiten entre ellas, sino que cooperan para conseguir el mayor bien común a la sociedad en su conjunto". Pero en el mercado las personas ya cooperan, no necesitan ser forzadas para ello. Y si son forzadas, ello no promueve el bien común sino el poder político.
Felber, como tantos otros, endulza el antiliberalismo ignorando siempre los costes que sus políticas comportan, e inundándolo todo de vacía retórica: "inversiones con plusvalía social y ecológica". Sus bulos tienen a veces, como compensación, mucha gracia. Por ejemplo, el establecimiento de un banco... ¡democrático!
El progresismo, empero, no es democrático, porque impide al pueblo elegir. Y cuando le asegura, como hace Christian Felber, que en su paraíso sólo pagarán más impuestos los millonarios, incurre en una acendrada costumbre intervencionista: la falsedad.

Entrevista a Carlos Rodríguez Braun por Amparo Ledo

Intereconomía.


-Ahora urge pensar cómo reconducir la economía.
-Hay tres grandes problemas: las finanzas, la Hacienda pública y la productividad. Tres campos en los que hay gravísimas responsabilidades del Gobierno porque son ellos los que han creado esta situación y no los ciudadanos, ni los trabajadores ni las empresas.
-Empecemos por la banca, entonces.
-El Gobierno está intentando tener un sistema financiero más sólido. Dice que con las reformas que ha hecho nunca más va a haber crisis. No me lo creo, pero es posible que salgamos con unos bancos más fuertes.
-¿Y en la Hacienda pública?
-Se ha cometido una grave irresponsabilidad: no se ha reducido el gasto público. El problema del déficit se está intentando resolver con más impuestos, que es lo peor que se puede hacer. El único consuelo –magro consuelo– es que lo están haciendo todos los políticos del mundo. Da lo mismo que sean de derechas o de izquierdas, todos están subiendo los impuestos.
-¿Y en cuanto a la productividad?
-Hay que tener una economía más flexible y para ello hay que hacer reformas: rebajar los costes de las empresas, liberalizar los mercados (no sólo el de trabajo sino todos los demás). Hay muchos mercados muy intervenidos, como el de la energía, y ahí tampoco están haciendo muy bien los deberes.
-Con los sindicatos que hay en España, ¿tiene solución la rigidez del mercado laboral?
-Esta rigidez es una herencia de la dictadura franquista y la democracia no se atrevió a reformarla a fondo. Eso es lo que explica el paro que tenemos. ¿Qué han hecho los Gobiernos? Todos son iguales, PP y PSOE.
-Los socialistas empezaron las reformas.
-Sí, los que tanto se quejan ahora de la precariedad. Ellos intentaron una reforma, pero lo que hicieron fue partir en dos el mercado de trabajo: por una parte, los trabajadores fijos y por otra, los temporales. Se mantuvo muy caro el contrato de trabajo fijo y se abarató mucho el temporal. Y esto no es una solución ni eficiente ni justa. Habría que liberalizar el mercado y que haya contratos fijos y temporales según les convenga a los trabajadores y a los empresarios. Los niveles de desempleo del 25% y del 50% en paro juvenil no se han producido por el mercado, el capitalismo, las empresas o los trabajadores. Sólo es culpa de las autoridades.
-¿Cree que habrá rescate?
-En realidad, ya estamos rescatados.
-Dos días después de que subiera el IVA, se anunció que el FROB daba 6.000 millones de euros a Bankia. ¿Por qué el Gobierno gasta así el dinero de los contribuyentes?
-Lo que intenta es resolver sus problemas. Rajoy dice lo mismo que Zapatero, que sube los impuestos porque no tiene otro remedio. Y esto es falso. Lo que no quieren es bajar el gasto público en la medida necesaria porque piensan que esto les haría perder votos.
-Entonces, lo hacen por beneficio propio.
-Naturalmente. Y para eso chantajean al pueblo. Le trasladan la pelota al pueblo. Como decía Zapatero: subo los impuestos para salvar el Estado del bienestar. Esto es un chantaje. Prácticamente las mismas palabras las acaba de utilizar Rajoy al decir que ha tenido que subir el IVA porque si no, tenía que bajar las pensiones. Y esto es falso.
-Cuando usted presentó el libro ‘El liberalismo no es pecado’ esperaba que el nuevo Ejecutivo subiera los impuestos.
-Yo no tengo confianza en los políticos y el Gobierno del PP no me ha desilusionado porque nunca me ilusionó. Tenía mis sospechas de que todo el discurso liberal de Mariano Rajoy era para estar en la oposición y no para estar en el Gobierno. Para tomar las medidas de reducción del gasto público que son políticamente costosas, el PP no era el partido capaz de hacerlo. Y probablemente ningún otro. Porque si hacemos una lista de los Ejecutivos de derechas que han aumentado los impuestos, vemos que son todos. Para qué hablar de Nicolás Sarkozy, que era la gran esperanza y subió los impuestos más que los socialistas.
-¿Saldrá Grecia del euro?
-Yo no sé qué va a pasar, pero si tuviera que apostar, sospecho que no.
-¿Y España? Si saliera, ¿sería terrible?
-No estoy muy seguro. Depende de lo que hubiera que hacer para quedarse o para irse. Imaginémonos que España sale del euro, recuperamos la peseta pero acto seguido el Gobierno baja los impuestos, el gasto público y abre la economía. En este caso sería mejor un escenario liberal con peseta que uno intervencionista con euro. Pero si lo que me pregunta es qué es mejor en un escenario intervencionista, creo que quedarse porque el mecanismo del euro le impone algunas restricciones a los gobernantes. Si no tuviéramos el euro, probablemente no se harían las reformas y habría una devaluación y un salto inflacionario.
-¿La compra de deuda por parte del BCE es la solución?
-La política está repleta de pensamientos mágicos y una constante búsqueda de eludir la responsabilidad. Este es un caso de manual. El BCE puede comprar deuda y, de hecho, lo está haciendo desde hace tiempo, pero lo que no se puede creer es, primero, que eso permitirá esquivar la gravísima responsabilidad de los Gobiernos nacionales. Y segundo, no se puede creer que esto es una solución mágica. El BCE es una autoridad pública y monopólica, pero también es un banco y tiene un balance. El pasivo es la moneda que emite y el activo son los títulos que sostienen el valor de la moneda emitida. Lo que no puede es tener activos de cada vez peor calidad porque el pasivo pierde valor. Y de ahí viene toda la resistencia. Si tienes activos de países cuya credibilidad baja estás destruyendo tu balance.
-Esto es lo que pasará con los llamados bancos malos, que van a comprar los activos de peor calidad.
-Esto es un buen ejemplo de hasta qué punto no estamos viviendo en una economía de mercado, particularmente en el sector financiero. ¿Qué pasaría si esto se trasladara a las empresas? Todo mi activo malo se lo doy a otro y me quedo con el bueno. Así cualquiera. Esto prueba cómo está de intervenido el sector bancario. Es un truco hecho posible por la intervención del Estado para sanear unas empresas privilegiadas, como son los bancos.
-Leí en su blog que el odio al dinero es típico de los enemigos de la libertad.
-Pues sí. Y el odio al capitalismo también. En la crisis del 30 pasó exactamente lo mismo que ahora. En lugar de buscar las responsabilidades estatales y públicas lo que se dijo es que la crisis probaba el final del capitalismo. Repetir ese disparate hoy es mucho más grave que entonces porque en los años treinta no habían salido a la luz los resultados de los regímenes que decidieron acabar con el capitalismo. Y esos resultados fueron catastróficos en lo económico y criminales en lo político.
-Y ahora vivimos en economías capitalistas o de mercado libre.
-Realmente, no. Son mezcla. Híbridos de mercado y Estado, de sociedad y política, de libertad y coacción.
-El mercado absolutamente libre, ¿es la base de todo posible desarrollo?
-El mercado absolutamente libre es un señuelo porque uno nunca es completamente libre. Estamos rodeados de restricciones y muchas veces para criticar a los liberales se nos acusa de utópicos, como si el socialismo no lo fuera. La diferencia entre el liberalismo y socialismo es que el socialismo riega sus utopías con sangre. Se trata de conseguir que en este híbrido en el que vivimos, la coacción disminuya y la libertad aumente. Asombrosamente, cada vez hay más democracia y cada vez la gente elige menos y democracia significa elegir. No solamente suben los impuestos, es decir, que podemos elegir cada vez menos lo que hacemos con nuestro dinero, sino que de pronto si eres catalán y quieres ir a los toros, no puedes porque un Parlamento te lo ha prohibido. Por no hablar de si te gusta ir a un restaurante y fumar un cigarro. Se ha perdido esa libertad por completo desde la ley. Tenemos un problema.

Felipe González, o el descaro por Carlos Rodríguez Braun

Libertad Digital.


Si el descaro es propio de la política, resulta inseparable del socialismo. El expresidente Felipe González explica así el origen de la crisis económica:
La galopada arrancó con la ley de liberalización del suelo, que se puso en marcha con el argumento banal de que mientas más ofertas de suelo hay más barato es, como si los mercados fueran racionales.
Él no puede no saber que esto es falso, que el proceso no arrancó por esa razón, y que la mayor oferta presiona a la baja a los precios en ausencia de otras circunstancias. Si la mayor oferta de suelo coincide con una subida de sus precios, obviamente es porque pasó alguna otra cosa, que él prefiere ignorar para colar el mensaje de la irracionalidad de los mercados, como si la expansión de la liquidez hubiese sido un fenómeno independiente de la intervención de las autoridades en el mercado.
Su osadía llega al extremo de asociar la deuda del sector eléctrico a la ¡liberalización! Otra vez, él no puede no saber que eso no es verdad, porque lo que sucedió con la energía, en su tiempo y después, no fue la liberalización.
Pero su estrategia es ignorar el intervencionismo, o saludarlo, o repetir topicazos sin fundamento: "El origen de esta crisis está en la implosión del sistema financiero global desregulado". Y lo malo siempre es la libertad: repite, por ejemplo, el desvergonzado bulo de que la política democrática ha retrocedido en favor de "los centros de decisión financieros del mundo".
Arrebatado en el precipicio mendaz, lógicamente, no hay freno al descaro: "La mayoría absoluta es hoy una máquina de destrucción de legitimidad". Ni una palabra dedica a las reiteradas mayorías absolutas que sostuvieron sus gobiernos, los gobiernos del paro, de la mayor subida de impuestos y de la mayor corrupción de la España democrática.

Asombros, vergüenzas, y preguntas por Carlos Rodríguez Braun

Expansión.


El asalto a unos supermercados a cargo de las huestes del alcalde y diputado Sánchez Gordillo provocó protestas solemnes pero asombrosas. Parece como si ahora nos enteramos de quién es este caballero, como si no llevara décadas viviendo del cuento y la intimidación.
¿De verdad alguien pretendía que quien ha quitado el retrato del Rey de su despacho para colocar uno del Ché Guevara iba a respetar la libertad y la propiedad privada de los ciudadanos?
Las explicaciones de los asaltantes y sus partidarios fueron bochornosas, como la del mismo Sánchez Gordillo: “Cuando están expropiando al pueblo, queremos expropiar a los expropiadores, esto es, terratenientes, bancos y grandes superficies, que están ganando dinero en plena crisis económica”. Análoga rastrera falacia consumó Amanda Meyer, secretaria general de la Vivienda de la Junta andaluza, que reprochó a Griñán sus críticas: “Presidente, no señale al débil”. ¿Cómo que “débil”? Llevarse carritos sin pagar y que no les pase nada no es debilidad sino fuerza. Para comprobarlo, intente usted robar mañana en un supermercado.
Fue particularmente repugnante el caso de la cajera de Mercadona, zarandeada y vilipendiada por los asaltantes, sin ruidosas protestas ulteriores de feministas, progresistas, indignados, etc. En cambio, algunos estalinistas alegaron que tampoco había pasado nada, e incluso pretendieron aleccionar al más puro estilo de la checa a la pobre y llorosa cajera explicando que hay lucha de clases, y si uno se sitúa del lado de los explotadores, pues que se atenga a las consecuencias. Vamos, por su bien, claro. Vamos, que aquí o somos explotadores como el señor Roig o somos héroes del pueblo como el señor Gordillo. Qué basura, oiga.
Y entre tantos lamentos y preguntas, nadie se preguntó algo tan sencillo como escalofriante: ¿por qué los asaltantes sólo robaron unos carritos? ¿Por qué no se robaron todo el Mercadona? ¿Qué hay en sus ideas, sus valores y sus principios que les impida arrasar con la propiedad privada? Respuesta: nada.
Dirá usted: hombre, la propiedad privada está reconocida y protegida en nuestra Constitución. Pues tengo malas noticias: los asaltantes esgrimían precisamente la Carta Magna, que limita el derecho de propiedad según su “función social”. La presión fiscal ha llegado al 50 % del PIB con pleno respeto a la Constitución.
Y ahora, intente usted dormir.

La gran desigualdad por Carlos Rodríguez Braun

Libertad Digital.


Por recomendación de José Carlos Díez leo en La Vanguardia el texto"Alemania en la Gran Desigualdad", de Rafael Poch, corresponsal de La Vanguardia en Berlín. Es un buen compendio de aspectos ampliamente compartidos del pensamiento único. Nada fascina más a la corrección política como que haya tanto porcentaje de la humanidad con tan poco porcentaje de la renta total, y viceversa. Sospecho que es porque así muchos progres pueden jugar a buenos Procustos, mientras que si se tratara de la enorme desigualdad en talento o belleza sería más complicado. Y desde luego lo que jamás les preocupa es la desigualdad entre el poder y sus súbditos.
Otra idea popular es la antropomorfización del capital. La tesis progre, que recoge Poch con destreza, es ésta:
A partir de los años setenta el Capital perdió el miedo a los factores que perturbaban, y moderaban, su sueño histórico de dominio y beneficio sin concesiones ni fisuras. Es entonces cuando, aprovechando la primera crisis del petróleo de 1973, se comienza a desmontar el pacto social de posguerra en los países del capitalismo central, pacto que incluía una cierta socialización de la prosperidad, lo que a su vez contribuía a ampliar el consumo y a alimentar el crecimiento. A partir de políticos como Carter, Reagan y Thatcher, eso se sustituye por un enfoque dirigido al enriquecimiento exacerbado de una minoría oligárquica: el enriquecimiento de los más ricos a expensas de trabajadores y clases medias.
Esto no tiene fundamento. En cambio, lo que sí pasó a partir de esa época es un fenómeno que la corrección política evitar analizar, y sobre el que Poch pasa púdicamente por encima denominándolo "la alternativa"; los ciudadanos perdieron el miedo al gran sueño histórico de dominio político: el socialismo real. Eso fue lo que pasó, y se coronó en la caída del Muro de Berlín. A partir de entonces el pensamiento de izquierdas clamó alarmadísimo ante el poder del capital, cuando lo que estaba pasando era lo contrario: el poder político crecía y se extendía a expensas del capital, el ahorro y el trabajo del pueblo. A cambio, se enriquecían las oligarquías políticas (el peso del Estado en la economía alcanzó niveles inéditos) y los grupos de presión que a su socaire medran.
En vez de pensar en esto, Rafael Poch solo ve aterrado la posibilidad de que el poder político sea cuestionado también en el mundo no comunista, y entonces incurre en las fábulas usuales: "Liberada de sus límites políticos, y desregulada, la nueva economía dio a su vez lugar a una orgía de especulación y corrupción". Lógicamente, hay que agitar siempre la amenaza paranoide: "Todo eso pudo realizarse gracias a una agresiva campaña ideológica financiada por nuevas instituciones vinculadas a las grandes empresas que colonizaron el poder político e impusieron, en la academia, en los think tanks y en los medios de comunicación, el discurso del desmonte paulatino del Estado social, y del papel del Estado en general, en beneficio de la empresa privada (privatización). El resultado fue un asalto general a la regulación y un enorme incremento de la influencia empresarial en la política". Un completo disparate que elude la realidad constatable de que el Estado no perdió peso en ningún país del mundo.
El artículo tiene interés por la sistematización de fantasías que lo pueblan: desde la amabilidad de la intervención política hasta el cántico al gasto público, el bulo de que la crisis fue desencadenada por el sector privado, etc.

De túneles, primas y autoridades por Carlos Rodríguez Braun

La Razón.


La economía española entró en el túnel en 2007, llegó a su punto más oscuro en 2009, se acercó lentamente a la salida entre 2009 y 2011, ese año volvió para atrás, y en ese retroceso estamos en 2012. Pero la prima de riesgo ha caído 100 puntos en dos días –por cierto, ahora nadie despotrica contra los “mercados irracionales y especuladores”. Si cae, digamos, hasta los 200 puntos, estaríamos bien encaminados.
Puede hacerlo. Incluso teóricamente sin que Barbie pida el rescate, y a eso está jugando. Nadie sabe si aguantará o deberá pedirlo. Lo que ha anunciado Draghi es que está dispuesto a poner dinero a cambio de deuda pública, y a esterilizar la expansión monetaria forzando a los bancos a que depositen más dinero en el BCE, comprando títulos del banco emisor (pagándoles más, claro, lo que puede animarles a prestar más, es decir, a esterilizar menos), algo que los bancos pueden hacer porque tienen mucha liquidez, aunque no la quieren usar para comprar aún más deuda pública, razón por la cual se les induce a hacerlo por esta vía indirecta. …Y algunos hablan todavía de mercado libre. En fin, en este juego las autoridades ganan tiempo y eluden responsabilidades y reformas. El BCE, listo a agrandar su activo con títulos dudosos, dice: si todo se va al garete, no es mi culpa sino de los políticos, asunto importante a tenor de las lógicas protestas en Alemania, donde ven esto como un enredo redistributivo y federalizante, pagado con su dinero. Barbie piensa: si todo sale bien, me adjudicaré el mérito, pero si sale mal, diré que es por culpa del BCE y Alemania. Si la cosa sigue mejorando, el Gobierno no hará ningún recorte apreciable del gasto, que es lo que se debe hacer y nadie ha hecho, y continuará haciendo lo que no debería hacer: subir los impuestos y la deuda. El populismo puede ser más descarado: la izquierda y los sindicatos continúan aferrados al bulo de que gastar es justo y además nos sacará de la crisis. Mientras tanto, el sector privado, que sí nos sacará, se afana en superar los obstáculos que las autoridades colocan en su camino, con la falacia de que no pueden bajar más el gasto público, y que están haciendo todo lo posible por ayudarnos.

Economía dibujada

por Carlos Rodríguez Braun.


Cuatro viñetas de El Roto en El País nos ayudan a comprender el pensamiento único en economía. En la primera se ve a un náufrago que contempla aterrado una aleta en el mar; y el texto es: “Según las leyes del mercado, si el náufrago tiene más hambre que el tiburón, se comerá al tiburón”.
La realidad es la contraria; las leyes del mercado no determinan que la fuerza resuelva los conflictos, sino al revés, gracias a la igualdad ante la ley. La segunda viñeta ilustra el mismo punto: en un cuadrilátero hay dos boxeadores, uno enorme y el otro diminuto y  lleno de magulladuras y cortes; el grandote exige: “¡Fuera árbitros y regulaciones! ¡Dejadnos solos!”; la realidad en sociedades no dictatoriales nunca es así; y desde luego no lo es en el boxeo. En la tercera viñeta se ve a un señor gordo con esmoquin y una copa que proclama: “¡Por fin, gobiernos de brokers!”. No es verosímil que gobiernen unas personas cuyo trabajo es buscar acuerdos entre contratantes voluntarios, porque el Gobierno nunca hace eso: si lo hiciera, por ejemplo, no pagaríamos los impuestos tan altos que pagamos. Y en la cuarta viñeta aparece un señor elegantemente vestido de jinete sobre su caballo, y dice: “Lo llamamos ‘el poder’, pero son el servicio”. Es el antiguo bulo del llamado “poder económico”, una ficción, porque ninguna empresa tiene el poder del Estado, el poder de recaudar a la fuerza, de prohibir, multar, etc. Y si lo tiene, es sólo porque el Estado se lo da.

Del asignado al euro

por Carlos Rodríguez Braun.


Dada la involucración del poder político en el dinero, los cambios en el primero acarrean cambios en el segundo, en general para resolver crisis de deuda generadas por los propios políticos. Esto hicieron los revolucionarios franceses con los asignados, mediante los cuales pretendieron afrontar la privatización de los bienes confiscados a la Iglesia, y la deuda pública.
Los debates de entonces evocan los actuales, por ejemplo, entre los que querían emitir pasivos de alta denominación y que pagaban interés, y los que querían emitir dinero, es decir, pasivos sin interés y de baja denominación. La idea prevaleciente era la de rebajar los tipos de interés para reactivar la economía y que “fluya el crédito”, como diría Rajoy. Thomas J. Sargent y François Velde (Macroeconomic Features of the French Revolution, Journal of Political Economy, 1995), dividen esta historia en tres períodos y los asocian a tres teorías monetarias diferentes.
El primero dura hasta el verano de 1793, con baja inflación y saldos reales crecientes. Los precios crecieron suavemente hasta finales del año anterior, pero el agotamiento de la base fiscal de la moneda, los ingresos obtenidos de la expropiación de la Iglesia; tienta al Gobierno a inflar para reducir el coste nominal de la deuda, aumentan los precios y el oro empieza a desplazarse fuera del país, como predice la teoría de las “letras reales” de Adam Smith. La gente había comprado a los revolucionarios las tierras expropiadas porque se podían pagar con asignados; cuando pidieron metal precioso a cambio de deuda nadie quiso comprarla.
El segundo periodo es el del Terror, que estabiliza un tiempo los precios mediante la represión (ilegalización de la tenencia de activos en metal precioso o divisas, cierre de mercados en esos activos, etc.), y facilita la financiación inflacionaria (ahorro forzoso, diría Hayek pensando en Keynes). Toda la deuda pública fue convertida en deuda perpetua no transferible, lo que protegía al Gobierno, que ya no debía amortizarla, pero aumentaba la carga de intereses. Los precios fueron controlados… y eso fue lo que el pueblo reprochó después a Robespierre cuando iba camino de la guillotina.
Su caída en julio de 1794 marca el tercer periodo, que Sargent y Velde asocian con la teoría clásica de la hiperinflación de P. Cagan. La demanda de dinero se derrumbó y los precios llegaron a subir un 60% por mes, y un año más tarde el asignado se convirtió en una moneda fiduciaria, sin relación alguna con el metal. La gente empezó a atesorar cosas que no rendían interés, como mercancías o joyas (hoy sería la deuda alemana…). Los políticos le echaron la culpa a (¿no lo adivina?, venga, que es muy fácil) los especuladores y cantaron las alabanzas del asignado como expresión de un nuevo proyecto político francés y europeo. No hubo forma de pagar la deuda y en 1797 se impuso un “default” de dos tercios.

La crisis y las medidas de Sala-i-Martín

por Carlos Rodríguez Braun.



El destacado economista catalán Xavier Sala-i-Martin ha resumido en un documento sus 25 propuestas para salir de la crisis. Invitan a la reflexión, y en su mayoría son muy sensatas. 
Subraya correctamente que la crisis española o europea no es algo fabricado en Estados Unidos, ni se debe en exclusiva a a los créditos subprime, y acierta al criticar la subida del IRPF y al recomendar, también muy en contra del pensamiento único, que los bancos no sean rescatados ni las fusiones promovidas como bálsamo de Fierabrás. Asimismo, recomienda contener el gasto público, facilitar la acción de los mercados, eliminar barreras a la competencia y fomentar la movilidad laboral. 
También creo que la llamada "salvación" del euro es conseguir un Estado europeo, o una unión fiscal, o un supervisor europeo bancario; aunque sospecho que no nos salvará a los contribuyentes. Apoyo sin reservas la recomendación de Sala-i-Martin de "fomentar la excelencia educativa", pero no está claro cómo se puede lograr sin privatizar la educación. Tampoco es práctico que se pidan más inversiones europeas, pero "verdaderamente productivas": ¿quién va a estipularlas? Lo mismo sucede con su razonable consejo de recortar el gasto público con un criterio de eficiencia. El problema con estas medidas es que suponen quizá que el Estado es un agente maximizador análogo a individuos o empresas, cuando en realidad su función objetivo es distinta y sus recursos y la forma en que dispone de ellos también. Al final, vemos que los Estados se ajustan conforme a otros criterios, con lo cual es arriesgado esperar que no lo hagan. 
Esta misma objeción general la aplicaría a las medidas de Sala-i-Martín que menos me convencen. Una es la de subir el IVA y a cambio bajar las cotizaciones sociales, que el gobierno español ha adoptado. Conozco las razones técnicas para aconsejar esto, pero, otra vez, hay que tener cuidado de no confundir al Estado con una empresa. El Estado se puede lanzar a este tipo de estrategias que denomino de "trilerismo fiscal" y acabar con una presión fiscal global mayor que antes. También pediría cautela a la hora de organizar alquimias monetarias para lograr que haya más inflación en Alemania y menos en España, o que el BCE compre deuda pública de manera abierta, directa y sin límites precisos. 
Por último, Xavier Sala-i-Martín propone crear un nuevo impuesto europeo sobre la deuda bancaria. Se apresura, con razón, a aclarar que no es la tontería demagógica de la (mal) llamada Tasa Tobin, sino un gravamen sobre la deuda, de modo que ""os bancos más irresponsables pagarían más y los más responsables menos"; sería un impuesto finalista que iría a un fondo de rescate de bancos. Entiendo la lógica económica de su argumentación, pero quizá no contempla las imprescindibles precauciones políticas ante Estados que pueden no cumplir con sus propios compromisos.

Nuevas desamortizaciones

por Carlos Rodríguez Braun.



La privatización de empresas públicas es la forma contemporánea de las desamortizaciones de los siglos XVIII y XIX. Se trata en ambos casos de fenómenos mistificados. Así, los procesos desamortizadores son saludados como hitos de la modernización, de creación de una burguesía o una clase media de propietarios agrícolas medianos o pequeños, cuando en realidad fueron una pura maniobra de las autoridades, fundada en la violación de la propiedad, con el propósito de consolidar el poder político, legitimar su coacción y obtener mayores ingresos, para amortizar la deuda pública o hacer frente a otros gastos, mediante usurpaciones no demasiado evidentes para el gran público o incluso aplaudidas por él.
Con las privatizaciones pasa lo mismo. Si en los años 1980 muchos gobiernos privatizaron empresas públicas de electricidad, telefonía o aeronavegación, por ejemplo, no se debió a un mayor apego a la libertad sino a la necesidad de aumentar los ingresos, además de por la vía tributaria, para a su vez aumentar notablemente el gasto público en el Estado de Bienestar. Esa dinámica se revela insostenible cuando estalla la crisis, y entonces se vuelve a hablar de privatizaciones, como en el caso de Renfe, AENA, o Loterías. La legitimidad de estas operaciones está abierta a cuestionamientos varios, empezando por su mera posibilidad –es difícil privatizar infraestructuras, ferroviarias o de cualquier otro tipo, que jamás serán rentables. Pero en esencia se trata, como siempre, de estratagemas políticas. Eso es lo que explica que se haya dudado a la hora de privatizar la Lotería (en vez de privatizar y liberalizar todo el juego, en lo que reveladoramente nadie piensa), para no obtener un precio jugoso, en cuyo caso los políticos deberán seguir subiendo los impuestos; nos juran que no desean hacerlo, pero no puede ser casual que todos terminen haciéndolo: está claro que ello deriva de que calculan que la reducción del gasto necesaria para enjugar el déficit sin subir los impuestos les representaría un coste político superior al que soportan elevando la presión fiscal. Y es lo que explica que, entre cánticos a la privatización e incluso (pásmese usted) al liberalismo, jamás ningún político de ningún partido haya planteado abiertamente la privatización (o cierre, en su caso) de todos los medios de comunicación públicos.

“Soy minero”

por Carlos Rodríguez Braun.



Estas son las primeras líneas del clásico “Soy minero”, que cantó el gran Antonio Molina: “Yo no maldigo mi suerte porque minero nací/y aunque me ronde la muerte no tengo miedo a morir/no me da envidia el dinero porque de orgullo me llena/ser el mejor barrenero de toda Sierra Morena”.
Se dirá lo que se quiera, que los tiempos cambian, que las condiciones laborales de entonces eran incomparables con las actuales, etc. Pero ese señor que retrató Molina era sin duda alguna un minero.
En cambio, si yo lanzo un cohete a un helicóptero de la Guardia Civil, mi profesión resulta irrelevante. Cuando me detengan y me lleven ante el juez, yo no podré alegar que soy economista y que atravieso por tales o cuales dificultades. El juez me dirá: “Mire usted, eso a la Justicia le da igual, porque un economista con problemas que le dispara a la Guardia Civil no es fundamentalmente un economista, sino un delincuente”.
Esta obviedad es oscurecida cuando la violencia es perpetrada por grupos políticos o sindicales, o avalados por partidos o sindicatos. En Asturias y León hemos visto actos de violencia tan espectaculares como impunes. Si a usted se le ocurriese cortar una autopista incendiando neumáticos, por no hablar de si se le ocurriese atacar a la policía o la Guardia Civil, a los dos minutos estaría detenido y acabaría en la cárcel. Pero unos malhechores no sólo se permiten violar la ley, sino que cuentan con la simpatía, o al menos con cierto grado de justificación, de algunos políticos, sindicalistas y periodistas.
Éstos no aplauden directamente la violencia, eso no, pero de modo indirecto la justifican sugiriendo que la culpa es en el fondo del Gobierno, porque no “dialoga”, o incluso de la “represión” de las fuerzas del orden. Un minero lanza-cohetes declaró: “Tiramos a dar, claro, igual que ellos a nosotros”. Vamos, que es como una guerra entre ejércitos regulares…
También abundan las falacias económicas, como que “el carbón no puede existir sin subvención”, como si eso probara que hay que subvencionarlo, o la consabida “miles de familias viven directa o indirectamente del carbón”, como si las miles de familias que pagan las subvenciones no fueran dignas de atención, o que el Gobierno tiene que garantizar el futuro de las cuencas mineras, como si el Gobierno supiera cómo hacerlo y pudiera hacerlo sin comprometer los bienes de los ciudadanos en toda España. Y no se habla demasiado de lo que cuesta la subvención y de las condiciones económicas del sector y sus trabajadores.
Lo que importa, en resumen, no es la mina sino la política. Un sedicente minero no lo pudo expresar más claro: ellos quieren destronar al Rey e instaurar el comunismo. “Mi abuelo luchó en el 34, mi padre en el 62, y ahora me toca a mí”, proclamó, orgulloso, luciendo un pin de…Lenin.

El liberalismo no es pecado. La economía en cinco lecciones. Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo. 2011

Uno de los autores, Juan Ramón Rallo, me escribió en el libro: "Confío en que este libro de introducción a la economía te ayude a comprender mejor el fundamento de la buena ciencia económica". Y así ha sido. Lo incluyo entre mis libros.




Aunque los textos de los dos autores, el mencionado Rallo y Carlos Rodríguez Braun, son lecturas habituales para mí, es el primer libro que leo de alguno de los autores. Hay un libro de Rodríguez Braun, Panfletos liberales II, recopilación de artículos que leí y comenté. Igualmente recomendable.


"El liberalismo no es pecado" es una explicación de la economía desde un punto de vista liberal, aunque me pregunto si hay algún otro enfoque que se aproxime tan fielmente a la realidad.


Aquí pueden encontrar la introducción.


El libro me ha resultado muy claro y didáctico, una pena no haberlo leído con 15 años, ahora tengo 35, ya que me hubiera ahorrado muchas ideas equivocadas, con defensas del comunismo incluidas, que no tenían ni pies ni cabeza y con las que me han llenado la cabeza durante mi vida escolar y universitaria. Ideas ante las que no había mucha defensa, porque el liberalismo y sus teóricos eran algo poco conocido para mí. El capitalismo era tratado como el Anticristo.


El libro está estructurado en cinco lecciones:


1. Precios, beneficios y competencia
2. Dinero y capital
3. Los bancos y los ciclos económicos
4. Riqueza y pobreza
5. El Estado


Todas explicadas de una manera muy sencilla, sin formulación matemática. Aunque muchos de los conceptos y explicaciones ya las conocía, me ha gustado ver todas recogidas en una misma obra, y con el añadido de otras ideas desconocidas para mí. Me he quedado con ganas de más, sobre todo de ese aparato matemático ausente y más referencias bibliográficas. El libro prescinde de ellas para una lectura más ágil y sencilla.


Se echan en falta un índice onomástico y temático.


El libro está plagado de interesantes y buenas reflexiones. A continuación comento algunas de las que me han llamado la atención.


La elección es fundamental en la economía: "Cada agente les otorgará a los bienes económicos el uso que en cada momento considere más adecuado, por obsceno, inmoral, absurdo o disparatado que pueda parecerle a un observador externo". (P. 24).


El muy extendido mito de los intermediarios que "encarecen los precios finales de venta" queda destruido cuando explican que "sin ellos, cada consumidor debería ir de compras a todos los centros de producción de todos los bienes que desea (o cada productor debería ir vendiendo puerta por puerta)". (P. 49).


La explicación del Mercado como algo vivo, como "un proceso de descubrimiento acerca de qué hay que producir, cómo y para quién debe hacerse o cuándo y dónde hay que distribuirlo; ninguna de esas respuestas tienen una respuesta a priori y en todas ellas es del todo posible equivocarse. Pero no por ello hay que dejar de planteárselas, pues esa ignorancia voluntaria nos condenaría al estancamiento y la miseria". (Pp. 50 - 51).


Otro mito extendido es el dominio de la gente a través de la publicidad, cuando es evidente que los que piensan así "deberían preguntarse por qué las empresas no prescinden de todos sus gastos -en I+D, logística, distribución, inventarios, gestión de compras, recursos humanos, etc.- y concentran sus inversiones simplemente en sufragar anuncios muy convincentes; tal vez sea porque la gente es menos tonta de lo que se supone". (P. 70).


La explicación de por qué no funcionarían los precios predatorios en una economía de libre mercado, se explica a través de la anécdota del Herbert Dow, creador de Dow Chemical Company. (Pp.81 - 82). Y aunque en algún caso, temporalmente, la compañía se pueda beneficiar, el verdadero beneficiario de una política de precios predatorios es el consumidor.


Un error muy común es pensar "que una sociedad es tanto más rica cuanto más dinero tiene: si lo que caracteriza al rico es disfrutar de mucho dinero, bastará con multiplicar la cantidad de dinero para que todos se vuelvan ricos." (P. 111).


El valor de la empresas se mide "por los bienes económicos que crean hoy y que se espera que sigan creando en el futuro". (P. 112).


Se define el capital como "el valor monetario de los factores productivos dirigidos a obtener un lucro monetario en el mercado". Y una burbuja "cuando el capital esté muy desligado del lucro futuro que generará". (P. 114).


Los tipos de interés no "son el precio del dinero" son "la compensación que recibe el prestamista por renunciar temporalmente a la satisfacción de sus fines y por asumir riesgos". (P. 118).


No se debe confundir el capital con los bienes de capital que son "esos factores productivos que, ordenados dentro de un plan empresarial, tratan de lograr un lucro monetario fabricando bienes de consumo y servicios para el mercado". (P. 119). Además "es fácil convertir el dinero en bienes de capital, pero (...) los bienes de capital no son ni mucho menos tan sencillo de transformar en dinero sin merma del poder adquisitivo". (P. 122).


"En contabilidad, al conjunto de todos los bienes de capital se le llama 'activo' y al conjunto de todas las fuentes de financiación, 'pasivo'". (P. 125).


Uno de los problemas del comunismo es que "no tiene ninguna referencia a la hora de establecer sus planes productivos. Es perfectamente posible que los trabajadores se dediquen a extraer hierro mientras existe una carestía brutal de alimentos que los mata de hambre (algo que, de hecho, sucedió en la China maoísta entre 1958 y 1961 con su Gran Salto Adelante); lo que en un mercado libre haría disparar el precio y la rentabilidad de producir alimentos frente a hierro". (P. 138). Asimismo "el fracaso del socialismo o de la socialdemocracia es menos patente que el del comunismo no porque el primero sea más eficiente, sino porque su ámbito de actuación es más restringido". (P. 140).


El banco central ha dejado "de ser un banco privado dedicado a redescontar las promesas de pago de calidad en posesión de la banca comercial y a prestar de manera especializada al Gobierno para convertirse en una herramienta más del poder político dirigida a degradar su liquidez con la finalidad de proporcionar una financiación artificialmente barata al Gobierno y a la banca privada". (P. 159).


"El crédito artificial generará un boom económico insostenible: el gasto aumentará en toda la economía, se incrementará el empleo, los beneficios empresariales y las cotizaciones bursátiles se dispararán, etc. Muchas inversiones acometidas por los empresarios serán 'malas inversiones'". (P. 164). Los autores indican que "durante los booms se destruye riqueza, mientras que es en las depresiones cuando se detectan los errores cometidos, se intentan salvar los muebles y se sientan las bases de la recuperación". (P. 173).


"Los precios son las señales que emplean los empresarios para guiar sus inversiones. Falsear los precios equivale a desvirtuar esas decisiones de inversión y, por tanto, a confundirles acerca de dónde es preciso movilizar el capital para satisfacer las necesidades de los consumidores". (P. 177).


Para la recuperación es un requisito que "desciendan los precios relativos de aquellos activos y factores que se sobredimensionaron durante el boom. Mientras esto no suceda, los empresarios no los incorporarán a sus nuevos proyectos empresariales y no procederán a generar otra vez valor". (P. 178).


"Una devaluación muy drástica sí podría tener éxito a la hora de lograr que se supere la crisis (...) El primer motivo es que la devaluación equivale a aun impago a acreedores externos. (...) El segundo motivo, y principal, es que una devolución muy fuerte de la moneda coloca a precio de saldo -en términos de moneda extranjera- los activos y factores productivos nacionales". (P. 180).


"Los planes de estímulo basados en un mayor gasto público sólo contribuyen a incrementar todavía más el endeudamiento total de la economía y a dilapidar el escaso ahorro de agentes privados en nuevas y perjudiciales inversiones que desaparecerán tan pronto ese gasto se retraiga. Llevados al extremo, podrían ocasionar la suspensión de pagos del Estado". (P. 183).


Sobre el dinero fiduciario los autores indican que: "Si ha reemplazado como medio de pago al oro no es por sus cualidades superiores como dinero, sino más bien porque sus cualidades son tan malas que permiten a los políticos y a los banqueros centrales de turno manejarlo a su entera discreción". (P. 195).


Un tema muy importante de la revolución industrial fue que "la riqueza se liberó de la dependencia climática". (P. 213). Algo que ya destaqué en mi entrada sobre El optimista racional de Matt Ridley:


Para explicar el despegue de Gran Bretaña a comienzos del siglo XIX las cifras son esclarecedoras (P. 201) "en 1830, Gran Bretaña tenía 17 millones de hectáreas de tierra arable, 25 millones de ha. de pastizales y menos de dos millones de ha. de bosque. Pero consumían azúcar de las Indias occidentales equivalente (en calorías) a la producción de por lo menos otros dos millones de ha. de trigo; madera de Canada equivalente a otro millón de ha. de bosque; algodón de las Américas equivalente a la lana producida en la impresionante cantidad de 23 millones de ha. de pastizales, y carbón de las minas equivalente a  15 millones de ha. de bosque". Todo ello fundamental para dar impulso a la Revolución Industrial incipiente.
También en la misma línea que Matt Ridley los autores señalan que: "Los que piensan que las condiciones de vida de los trabajadores empeoraron en el siglo XIX nunca consideran cómo eran esas condiciones en los siglos precedentes". (P. 214).


Aunque no lo mencionan expresamente, se refieren a Julian Simon, cuando escriben que: "Los pronósticos apocalípticos sobre el agotamiento de los recursos naturales ignoran a menudo el principal recurso de todos: las personas. (...) Es curioso que tanta gente haya pensado que un país se enriquece cuando nace un ternero y se empobrece cuando nace un niño". (P. 215).


Los autores afirman que: "las instituciones son clave de la prosperidad. (...) Un país pacífico, justo y libre será más rico que uno guerrero, injusto y servil". (P. 219).


Asimismo los autores analizan el porqué de los Estados grandes y ricos, indicando que: "Los países no son ricos porque tengan Estados grandes, sino que tienen Estados grandes porque son ricos". Comparan los estados de Francia y Argentina, concluyendo que: "Una diferencia muy notable entre la política de ambos países es la previsibilidad. Los franceses saben que el Estado les quita todos los años una fracción enorme de la riqueza que producen. Pero la otra fracción es suya y el Estado no se la arrebata e incluso garantiza que puedan utilizarla con seguridad jurídica. Esto no sucede así en la Argentina". (P. 221).


Rematan afirmando que: "El marco de las instituciones, por tanto, es un pilar de la creación de riqueza, pero lo es en la medida que protege y consolida la libertad de los ciudadanos, su propiedad y sus contratos, y no lo es en la medida que los restringe o avasalla". (P. 224).


La hipocresía de una gran mayoría en lo relativo a la pobreza es destacada por los autores cuando escriben que: "Es habitual que se nos diga que, como los países pobres no pueden competir con los ricos y son incapaces de progresar en el mercado libre, entonces hay que ayudarles; y, al mismo tiempo, se nos dice que los pobres son tan tremendamente competitivos que hay que cerrarles las puertas a sus productos o a sus ciudadanos y forzarlos a que tengan impuestos tan elevados y regulaciones laborales o medioambientales tan intervencionistas como los que padecen los súbditos de los Estados ricos". (Pp. 230-231).


En el tema de la ayuda exterior se destaca "la arrogancia de pensar que uno tiene razón si cuenta con buenas intenciones". (P. 236).


"La actitud paternalista hacia los menos desarrollados" debería de atenuarse o revertirse si lo que queremos enseñar a esos países es "a soportar el 50% de tasa de paro juvenil" o a tener "tantos falsos empresarios que viven de subsidio público". (P. 242).


Hay "contradicciones que las preferencias ciudadanas plantean; típicamente, la mayoría suele decantarse porque aumente el gasto público, pero también prefiere que lo paguen los demás". (P. 268).


El gasto del Estado está condicionado porque "aunque destina cuantiosas sumas al dispendio y al provecho más o menos corrupto de sus administradores y socios ocasionales o permanentes, el grueso del gasto público se dirige a la provisión de valiosos servicios como la sanidad o la educación, simplemente porque no podría ser de otra manera". (P. 269).


Acabo con esta reflexión, muy acertada, sobre el papel del Estado: "Es un error pensar que los Estados son inocentes de los males que padecemos y también que tienen la capacidad y sabiduría necesarias para arreglarlos y que no van a crear, cuando intenten hacerlo, problemas aún mayores". (P. 283).


Título: El liberalismo no es pecado. La economía en cinco lecciones
Autores: Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo
Editorial: Deusto
Fecha: 2011
Páginas: 302