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Ahorro e inversión, por Carlos Rodríguez Braun

Expansión.

Paul Krugman insiste en que las políticas monetarias expansivas no padecen inconveniente alguno ahora, porque no hay inflación. Con este argumento pasa algo similar a la defensa por parte de Smiley de la expansión del gasto público durante su Gobierno. En efecto, durante los años de la burbuja los socialistas sacaban pecho porque "extendemos derechos", y ahora alegan inocencia porque en esos años el déficit se redujo, incluso hubo superávit, y bajó el porcentaje de deuda pública sobre el PIB. Los secunda Krugman: "España no se metió en problemas porque sus Gobiernos fueran derrochadores".

Esto parte de la base de que la senda de gastos e ingresos es análogamente perdurable, lo que es absurdo; y parte de nuestros males deriva de que los políticos aumentaron irresponsablemente el gasto público. Asimismo, no es verdad que no pasó nada con la expansión monetaria: la deflación y la caída de los tipos de interés se interrumpieron a mediados de 2009. En cambio, la recuperación económica, que supuestamente iba a ser garantizada por esa expansión, y por la del gasto, ha sido débil en algunos países y se ha revertido en otros, como en España. Asimismo, la masiva compra de deuda pública no solo no ha resuelto los problemas sino que los puede agravar en el futuro, si las autoridades monetarias deben vender esos títulos.

La segunda idea que enlaza al Nobel y a Smiley es el pretendido efecto benéfico ineluctable de la expansión de la demanda. En su combate contra la "secta de la austeridad", Krugman ha subrayado que todos los que piensan que el iPhone 5 puede ser una buena noticia para la economía son keynesianos, lo admitan o no, porque creen que el Estado debe gastar más en una economía deprimida, y no menos.

Según él, lo que importa del nuevo ingenio de Apple no es el producto en sí, sino simplemente el hecho de que la gente gaste. En efecto, como dijo el propio Keynes, la cosa es gastar, gastar en cualquier cosa, en enterrar botellas para desenterrarlas después: la demanda es lo que falta, sostenía Keynes y sostiene Krugman, y todo lo que la impulse servirá para reducir el paro. Ésta es exactamente la misma falacia que defendió Smiley cuando, en vez de reducir el gasto público lo aumentó con el Plan E. ¿No era de puro sentido común gastar más precisamente en la construcción, el sector donde más aumentaba el paro?

Pues no, no lo era, porque la crisis derivaba de una sobreinversión alimentada por el intervencionismo, y lo necesario era facilitar la recomposición de una estructura productiva desajustada, y no echarle gasolina al fuego. No hay que gastar en cualquier cosa, sino facilitar el ahorro y la inversión reduciendo el gasto y los impuestos, es decir, justo al revés de lo que piensa el ilustre tándem.

No hay que gastar en cualquier cosa, sino facilitar el ahorro y la inversión.

Nueva refutación de Keynes

Carlos Rodríguez Braun.

A mediados de los años ochenta entrevisté a Hayek para Revista de Occidente, y me dijo: “Keynes era un genio, pero no era un buen economista”.
Esto último es lo que demuestra el joven investigador y profesor Juan Ramón Rallo en su libro Los errores de la vieja economía (Unión Editorial), que despliega una sana insolencia gracias a la cual no cree que las cosas sean verdad sólo porque las diga el más célebre de los economistas.
Así como la crisis de 1930 fue señalada por la izquierda como la prueba de que el capitalismo era intrínsecamente inferior al socialismo, la crisis actual también ha reverdecido a los enemigos de la libertad de todos los partidos, que ya no jalean a Marx con el entusiasmo de otrora, pero que están encantados redescubriendo a Keynes. Conviene, por tanto, refutarlo, que es el propósito de este libro.
Lo que escribe Rallo, en línea con Henry Hazlitt, es una “Guía de Keynes” siguiendo la Teoría General, pero no laudatoria, como las clásicas de Alvin Hansen o Raúl Prebisch, sino crítica. Empieza subrayando la equivocación de Keynes en su asalto a la Ley de Say, porque distorsionó al economista francés. A continuación desarrolla las tres variables exógenas que determinan, junto con el nivel de empleo, la demanda efectiva –la propensión a consumir, la eficiencia marginal de capital y los tipos de interés– y prueba sus interrelaciones, en contra de las tesis keynesianas.
Tras las tergiversaciones de Say vienen las definiciones confusas y los errores en el planteamiento de las unidades, en las expectativas y en la categorización del ahorro y la inversión. Los engaños del consumo keynesiano, esa especie de milagro que permite ahorrar sin dejar de consumir, culminan en propuestas disparatadas conforme a las cuales cualquier gasto mayor es bueno. Denuncia Rallo los errores de Keynes sobre el tipo de interés, el ahorro y la inversión; la eficacia marginal del capital no es decreciente a largo plazo ni inestable a corto. Y el problema no radica en la carestía de medios de pago, sino en “la extraordinaria e imprudente elasticidad en su creación y en las consecuencias de su destrucción acelerada”; Keynes no reconoce los problemas del capital “cegado por su obsesión contra el atesoramiento de dinero”. Demoniza erradamente la especulación, como tantos otros, y con sus falacias “consiguió anular el principal mecanismo de ajuste que existe en las economías capitalistas para coordinar de manera consistente los planes de todos los individuos”.
La conclusión del doctor Juan Ramón Rallo es que no es cierto que la salida de la crisis deba pasar por más gasto público y más inflación, medidas que pueden dificultarla. Tampoco cree en la trampa keynesiana, ampliamente compartida a derecha e izquierda, de que la coacción política y legislativa deba aumentar por nuestro bien o para salvar el capitalismo mediante el paradójico expediente de socializarlo.

El retorno de la economía de la depresión y la crisis actual

Carlos Rodríguez Braun.

Paul Krugman (1953), premio Nobel de Economía y darling de la izquierda, cultiva la fantasía predominante conforme a la cual tras 1989 el Estado se contrajo hasta virtualmente desaparecer: “los derechos de propiedad y los mercados libres se consideran como principios fundamentales…el capitalismo rige el mundo sin que nada le haga sombra”. Y usted, que cada vez padece más impuestos, controles, prohibiciones y multas, sin enterarse.

Este libro, nueva edición adaptada del publicado en 1999 y que tradujo también Crítica, está bien escrito y hará las delicias del pensamiento único, como que llega a secundar a Galbraith y a definir el socialismo como justo. También repite la muletilla de que la intervención del Estado salvó al capitalismo, y arguye que todo se debió a un benéfico “pacto keynesiano”; es característico de la corrección política abusar de las virtudes taumatúrgicas de unos pactos sociales tan extraños que los ciudadanos no pueden evitar firmarlos.

Claro, alguien que cree esto es capaz de creer cualquier cosa, por ejemplo, que lo malo de las economías es que se han vuelto más libres; con esa premisa no sorprenderá al lector que Krugman concluya que lo bueno para las economías es que se vuelvan menos libres. Se entusiasma con el modelo de la cooperativa de canguros, una especie de fábula de las abejas mandevilliana, y le saca más jugo del que puede dar, pero el lector crítico disfrutará con ello y con la paradoja de que el autor despotrica contra el liberalismo pero lo que relata es el fracaso reiterado del intervencionismo y los desastres perpetrados por los gobiernos contra la prosperidad de sus súbditos.

El caso de Greenspan, a quien el periodista más famoso de Estados Unidos jaleó como “maestro”, es paradigmático. Krugman critica al otrora idolatrado presidente de la Reserva Federal con acierto: “estuvo al frente de la institución financiera durante no una sino dos extraordinarias burbujas de activos, la primera, bursátil; la segunda, inmobiliaria”.
Y sin embargo Paul Krugman no escapa de lo convencional: los bancos centrales pueden resolver los problemas financieros y, en línea con las nuevas autoridades norteamericanas en las que tan poco confía, el problema no está tanto en los bancos normales como en la llamada banca en la sombra, “shadow-banking”, el nuevo chivo expiatorio que se han inventado para tranquilizarnos con el argumento de que si aumentan los controles, entonces ya no habrá crisis en el futuro.

Por desgracia, lo que dice Krugman del futuro no está claro. Ya desde el título proclama que la gran depresión no es cosa del pasado sino que vuelve. En el medio nos habla de los amos del mundo (que, por supuesto, no son los gobernantes sino los hombres de negocio) y no sabemos si hay conspiraciones universales o no; nos asegura que la inflación es lo que Japón necesita; y, en todo caso, es imprescindible aún más intervención, porque la libertad es malísima y los inversionistas privados generan las crisis económicas; y si es menester nacionalizar pues se nacionaliza, aunque sea temporalmente.

Pero, ¿hay depresión o no? Sospecho que no lo sabe, porque concluye que no estamos en una depresión, y no habrá una depresión, “pero sí estamos sumidos de lleno en el reino de la economía de la depresión”.
 

Krugman clama contra la crisis


Carlos Rodríguez Braun. El Mundo, suplemento El Cultural, 1 junio 2012.

Hay varios libros recientes con títulos conminatorios, como“¡Indignaos!”, que casi nunca apremian a la defensa de la libertad. Un nuevo ejemplo es Paul Krugman, que impetra ¡Acabad ya con esta crisis!, pero se lo reclama a los gobiernos, como si no tuvieran responsabilidad alguna en haberla provocado, propiciado o prolongado. Este Premio Nobel comparte y anima las fantasías antiliberales. Si su última obra sobre la economía de la depresión giraba en torno a la ilusión de que el Estado se había contraído (lo criticamos aquí: http://goo.gl/yvYHO), en este nuevo libro asegura que lo malo del Estado no es que intervenga mucho sino que no interviene lo suficiente. Todos nuestros males se arreglarían de forma “casi increíblemente fácil” con más gasto público. No ahorra simplificaciones keynesianas, incluyendo el ejemplo de la cooperativa de canguros, también mencionado en su libro anterior. La diferencia es que antes decía que los bancos centrales resolverían la depresión, y ahora dice que necesitamos también más gasto público. Para ello se apoya en ideas populares pero cuestionables, como que nunca hay que bajar el gasto porque “el gasto son los ingresos”, o que no puede haber inflación si hay depresión, o que mientras no suban los tipos de interés el crecimiento de la deuda pública puede ser ilimitado sin efectos dañinos, o que el gasto militar acabó con la Gran Depresión: “La Gran Depresión se terminó gracias a un aluvión de gasto público y hoy necesitamos, desesperadamente, algo semejante”. Igual que sostuvo su admirado Keynes, todo lo que sea libertad económica es para Krugman un problema, porque según él la libertad nos ha conducido a la crisis, y saldremos de ella si el Estado gasta y se endeuda más, para compensar lo que hace el resto de la economía. Esta macroeconomía convencional es tan dudosa como su tesis de que lo malo es el “exceso de ahorro mundial” o que la crisis se derivó de la desregulación y la “banca en la sombra”, como si la política monetaria expansiva no hubiese tenido responsabilidad alguna. Se suceden los tópicos, como que los empresarios son liberales, algo que los economistas saben que no es verdad desde los tiempos de Adam Smith, o que hay que descartar los “argumentos liquidacionistas” de Schumpeter o Hayek, como si no hubiera habido un problema de sobreinversión generado por la intervención política. Krugman desprecia todas las teorías que no concluyan recomendando más intervencionismo, más expansiones monetarias y fiscales, como si fueran recetas mágicas, o irrefutables, o carecieran de consecuencias no plausibles. Uno comprende el entusiasmo de los socialistas con Paul Krugman. Es verdad que a veces les hace sonrojar, como cuando predice de forma inminente el corralito en España y el colapso del euro, pero a cambio les da mucha felicidad cuando recela de la libertad y reclama con insistencia los eurobonos, y más intervencionismo, más gasto, más déficit, más deuda, más impuestos, y otros beneficios para el pueblo. Por cierto, también pide más inflación y asegura que alivia las deudas. Recuérdelo usted cuando le suban la hipoteca. 

Hayek, Keynes y la crisis

Por Juan Ramón Rallo.

Hace 80 años se libró un apasionante debate intelectual entre dos pesos pesados de la Economía: el austriaco Friedrich Hayek y el inglés John Maynard Keynes. Por resumirlo mucho, el primero sostenía que las crisis económicas eran resultado de las distorsiones financieras y reales ocasionadas por una orgía crediticia previa que tenía su origen en el imprudente y privilegiado comportamiento de la banca; el segundo, que las crisis se desataban porque los inversores entraban en pánico, se deprimían estúpidamente y el gasto agregado de la economía se hundía por debajo del nivel que habría garantizado el pleno empleo de los recursos.
Y, como es obvio, de semejante disparidad de diagnósticos se seguían distintos planes de choque contra la depresión: Hayek defendía la liquidación de las malas inversiones reales y financieras coadyuvada por una liberalización de los mercados que, vía flexibilidad de precios, permitiera recolocar rápidamente los factores productivos, así como un incremento del ahorro público y privado que facilitara la recapitalización de los agentes económicos y la implementación de nuevos planes empresariales; Keynes, por su lado, pensaba que la insuficiencia de gasto era un problema exclusivo de la demanda, lo que le llevaba a justificar la mayor de las rigideces por el lado de la oferta con tal de evitar incertidumbres adicionales entre los agentes, la rebaja a mínimos de los tipos de interés para tratar de estimular una nueva ronda de endeudamiento familiar y empresarial, y un muy notable incremento del gasto público que supliera las restantes deficiencias en el volumen de desembolsos privados.
Hayek ganó el debate de los años 30 en los journals académicos –de hecho, Keynes huyó en desbandada ante la contundencia de los argumentos del austriaco–, pero lo perdió de manera clamorosa en los boletines oficiales de los gobiernos. Simplemente, la lógica del intervencionismo político clamaba por “hacer algo” en unas economías que se estaban descomponiendo en medio de un intervencionismo interno y externo que si bien ya era feroz a principios de los 30, muchos todavía consideraban insuficiente y mojigato. Había que hacer más, mucho más: los Estados debían desplegar políticas proactivas en todos los campos concebibles por muy contradictorias y contraproducentes que éstas fueran. Y así se hizo y así se padeció: la crisis que comenzó en 1929 no empezó a superarse de verdad hasta 1946.
Diríase que algo deberíamos haber aprendido de tan nefasta experiencia. Pero no. La historia, para desgracia nuestra, vuelve a repetirse: los hechos validan las teorías de Hayek pero los políticos, y muchos economistas cortesanos, embisten contra la realidad recitando letanías keynesianas. Y ya que ellos tienen la sartén del poder estatal por el mango, al menos habrá levantar acta de que nosotros tenemos la razón de nuestro lado. Vencerán pero no convencerán, o al menos no a todos. El más elemental análisis de lo acaecido debería probar de manera aplastante que, de nuevo, no fue Keynes sino Hayek quien acertó de pleno.
¿Expansión crediticia insostenible o injustificables bandazos pesimistas?
Si hiciéramos caso a Keynes, la etapa depresiva que comenzó en 2007 para el conjunto de la economía mundial debería ser fruto de una arbitrariedad: los ahorradores, después de años de desatado optimismo, cayeron presa de un inexplicable pesimismo en torno al futuro que los llevó a dejar de invertir, desatando un progresivo hundimiento del gasto en la economía. En cambio, para Hayek, la crisis es la etapa que necesariamente sigue a un auge insostenible previo, edificado sobre la laxitud de un crédito bancario insuficientemente financiado por ahorro real y demasiado por el crédito inflacionista de los bancos centrales: las semillas de depresión se plantaron en las múltiples distorsiones acumuladas durante la etapa expansiva.
Pues bien, ¿cuál de las dos descripciones se ajusta de manera más fidedigna a lo que sucedió? Creo que todos, salvo los más partidarios entusiastas de los festines crediticios, podremos coincidir en que las teorías del austriaco se acercan mucho más a la realidad. No se trata de negar, por supuesto, que, como pensaba Keynes, las crisis no vengan marcadas por un generalizado pesimismo inversor, sino más bien que ese generalizado pesimismo sea la causa última de nuestros problemas.
¿O es que acaso alguien puede defender seriamente que la economía española no acumulaba distorsiones mil cuando iniciaba anualmente la construcción de 800.000 viviendas –más que la suma de las que comenzaban Alemania, Francia e Inglaterra juntas– o cuando al crédito hipotecario y promotor crecía a tasas de más del 15% al año no gracias al mayor ahorro interno o externo, sino a una expansión imprudente de la financiación bancaria? ¿Realmente pensamos que la inversión en todos estos faraónicos, torpes y burbujísticos proyectos –y aquellos otros que vivían de las rentas por éstos generadas– era sostenible, es decir, que en algún momento serían lo suficientemente rentables como para autosufragarse? Yo diría que no: nuestra economía, al igual que la estadounidense, la inglesa, la lusa, la irlandesa y tantas otras en el mundo, tenían que atravesar por un duro y profundo proceso de reestructuración, tanto financiera como real. Las malas inversiones cada vez eran más generalizadas y la enormidad de la deuda con la que eran financiadas resultaba cada vez más impagable.
Qué menos que, al abandonar la borrachera, los inversores se mostraran un tanto más pesimistas como consecuencia del negro panorama que se les abría por delante. Pero nadie yerre: el pesimismo no era una causa sino una consecuencia del inexorable ajuste que debíamos atravesar. Si hubiésemos mantenido a nuestros ahorradores sedados en un nirvana de irracional y suicida optimismo, lo único que habríamos tenido habría sido mucho más ladrillo y endeudamiento hasta un colapso final tremendamente más duro.
¿Austeridad o prodigalidad?
Inmersos en esa etapa de reajuste real y financiero llamada crisis, ¿qué cabe pensar que necesitábamos para acelerar el proceso? ¿Más ahorro público y privado para poder amortizar anticipadamente nuestra deuda, tapar agujeros e implementar nuevos planes de negocio o un incremento del gasto público que sostuviera la demanda artificial de constructores y promotores y que fuera de la mano de sucesivas rebajas de los tipos de interés dirigidas a incentivar que los agentes privados continuaran endeudándose sin fin? ¿Una mayor flexibilidad de los mercados para que los factores productivos pudiesen abandonar con rapidez los sectores hipertrofiados reincorporándose a los nuevos sectores que debían emerger o una mayor rigidez que los apuntalara allí donde ya no eran necesarios? ¿Más Hayek o más Keynes?
Todos coincidiremos en que una crisis de deuda y de malas inversiones generalizadas no puede despacharse con más deuda y más malas inversiones generalizadas. Era menester atravesar una etapa de reajuste para volver a generar riqueza sobre bases sólidas. Pero no, el camino adoptado por nuestros gobernantes ha sido el de frenar tanto como les ha sido posible el proceso de desapalancamiento y reestructuración del sector privado. Se han endeudado y han promovido que nos endeudemos para que la carísima bacanal que se vino abajo en 2008 durara un poquito más. Y en parte lo han conseguido, pero al carísimo precio de la insolvencia nacional: una continua huida hacia adelante que ya se ha topado con el precipicio. Acaso alguno crea que los problemas han comenzado para nuestras economías cuando han implementado políticas de austeridad: mas no se confunda, el Estado español gastará en 2011 un 13% más que en 2007, en pleno pico de la burbuja, y sólo un 3% menos que en 2009, el ejercicio con el mayor presupuesto de nuestra historia.
Ocho décadas después del debate entre Hayek y Keynes la historia lamentablemente se repite: Hayek tiene razón en el diagnóstico y en las recetas, pero la marabunta intervencionista consigue convencernos de lo contrario y arrastrarnos hacia la perdición. Ojalá algún día aprendamos de nuestros errores y dejemos de pensar, como hacía Keynes, que la producción de riqueza consiste en algo tan simplón como gastar compulsivamente en cualesquiera bienes de consumo o de inversión que se nos pongan por delante.  No es eso, no es eso.

Multiplicar. Carlos Rodríguez Braun

Los viejos del lugar recordamos a Bobby Darin, que cantaba “Multiplication, that’s the name of the game”. Lo evoqué hace poco, al comprobar la cantidad de políticos de todos los partidos que repiten la fantasía multiplicadora de Keynes y sostienen que el aumento del gasto público es la solución a la crisis, porque compensa la caída en el consumo y la inversión privados: el mayor desahorro de las autoridades, al parecer, incrementa la demanda en más de lo que ha aumentado el gasto público. “Cuando hay una recesión, la obligación del gobierno es gastar”, resumió la multiplicación milagrosa el ex presidente extremeño Barreda en Onda Cero.

Pequeño problema: el aumento del gasto público es precisamente lo que han hecho los gobiernos en los últimos años, en algunos casos de forma copiosa y espectacular, y con unos resultados no demasiado brillantes, por ponerlo suavemente. Sucede que, como conjetura Anthony de Jasay, en vez de haber un multiplicador hay dos, uno positivo y el otro negativo. La explosión de la deuda pública, en efecto, sumada a la deuda privada no ajustada, neutraliza los supuestos efectos expansivos del mayor gasto público. No es, por tanto, evidente que la mejor solución sea aún más intervencionismo en vez de dejar a los empresarios y trabajadores en paz y libertad, para que reajusten sus inversiones y sus gastos, y preparen la economía para volver a crecer con vigor. 


Leer original en La Razón.

The Campaign Against Keynesian Inflation. Friedrich Hayek

What we are experiencing are simply the economic consequences of Lord Keynes.  It was on the advice and even urging of his pupils that governments everywhere have financed increasing parts of their expenditure by creating money on a scale which every reputable economist before Keynes would have predicted would cause precisely the sort of inflation we have got.  They did this in the erroneous belief that this was both a necessary and a lastingly effective method of securing full employment.

The seductive doctrince that a government deficit, as long as unemployment existed, was not only innocuous but even meritorious was of course most welcome by politicians.


Source: Cafe Hayek.

Una economía desangrada. Ignacio Moncada

Las crisis económicas, aunque los keynesianos las consideren inexplicables maldiciones que vienen del cielo, tienen una causa real y perfectamente solucionable. Suceden porque, tras un periodo de expansión monetaria en la que se han inoculado burbujas económicas, la estructura productiva queda distorsionada. Muchas inversiones en factores productivos y empresas en funcionamiento están orientadas a producir una serie de productos que la sociedad realmente no necesita, pero que durante la burbuja encontraban una demanda artificial. En la crisis actual, tenemos una estructura productiva destinada a producir demasiadas casas, edificios e infraestructuras, y teníamos un sistema financiero que había comprometido mucho dinero en préstamos a este tipo de inversiones.

Los keynesianos dicen que, por algún motivo desconocido, el problema es que falta demanda y que hay que estimularla. Pero eso es absurdo. No hay que tratar de mantener inflada la burbuja de la construcción, como se hizo con los diversos planes E, sino permitir que la estructura productiva se reconvierta para producir los bienes realmente demandados por la sociedad. El problema es que la medicina ritual keynesiana, basada en gasto público, inyecciones monetarias y bajos tipos de interés, trata de impedir esta reestructuración. Al igual que en el caso de las sangrías, el desconocimiento de las causas que originan el problema lleva a aplicar la terapia inadecuada. Al final se termina con un paciente cada vez más débil cubierto de incisiones y sanguijuelas que le chupan la sangre. Y si se insiste en el método, el paciente, que en nuestro caso es la economía, se desangrará hasta la muerte.
  



Keynes y la corrupción. Carlos Alberto Montaner

Por eso, entre otras razones, el keynesianismo funciona peor en las naciones de acceso limitado. A John Maynard Keynes, famoso economista británico y gran funcionario, se debe la peligrosa y muy extendida conjetura de que los gobiernos, mediante la modulación del gasto público, aumentándolo (casi siempre) o disminuyéndolo (casi nunca), pueden combatir el desempleo, impulsar el crecimiento y controlar la inflación de manera permanente.

Esa proposición, avalada por el economista más influyente del siglo XX, se convirtió en la mejor coartada para abultar exponencialmente los presupuestos del Estado. ¿Qué más podía pedir un gobernante deshonesto, rodeado de colaboradores y cómplices que se beneficiaban abusivamente con cada transacción que realizaban, que colocar todas esas actividades delictivas bajo un manto intelectual de legitimidad científica? Cuanto más aumentaba el gasto público, cuanto más crecía el perímetro del Estado, más adecuado parecía su gobierno a la modernidad keynesiana.

Pero la idea central del keynesianismo –el gobierno como gran operador de los resortes económicos para evitar los ciclos de recesión– tampoco tenía en cuenta la naturaleza psicológica de los políticos y los funcionarios honrados. Éstos no se roban los recursos porque tienen cierta ética profesional, pero sí suelen gastarlos de acuerdo con sus intereses electorales. Si un congresista o un gobernador regional perciben que una inversión pública realizada en su circunscripción va a favorecer su destino político, lo probable es que la auspicien aunque no tenga mucho sentido para el conjunto de los ciudadanos. Sencillamente, no existe el bien común, sino decisiones que benefician a unos o a otros, y quienes las toman tienen sus propios intereses personales.




Hayek's Ghost Haunts the World. Jeffrey A. Tucker




Extract:

Hayek gave a series of lectures based on his previous works in German that tried to explain that the ruling elite and their theoretical apparatus had it all wrong.
In a thousand different ways he said the same thing: "To combat the depression by a forced credit expansion is to attempt to cure the evil by the very means which brought it about."
Further, "because we are suffering from a misdirection of production, we want to create further misdirection — a procedure that can only lead to a much more severe crisis as soon as the credit expansion comes to an end."


He concludes, already in 1932: "We must not forget that, for the last six or eight years, monetary policy all over the world has followed the advice of the stabilizers. It is high time that their influence, which has already done harm enough, should be overthrown."
Note the constant focus: the root of the problem is to be found in the boom, not the bust.


And here we have the heart of the difference between Hayek and Keynes: one knew that markets work to give us the best of all possible worlds, while governments create and exacerbate malfunctions; the other imagined that governments were somehow capable of both perceiving and correcting malfunctions by means of the printing press, provided the right technocrats are in charge.


Read full article.


Krugman y la Antieconomía. Juan Ramón Rallo



Extractos:


Dejó escrito Lionel Robbins que la Economía es la ciencia que estudia la distribución de medios escasos hacia fines competitivos. Dado que nuestras necesidades superan los recursos de que disponemos para satisfacerlos, se vuelve imprescindible economizar esos recursos; a saber, dedicarlos siempre a aquellos objetivos que resulten prioritarios.
El keynesianismo supuso un radical giro copernicano hacia la Antieconomía: al contrario que los clásicos, el problema fundamental no era ser muy cuidadoso en el uso que les dábamos a unos recursos siempre escasos para evitar despilfarrarlos, sino lograr, como fuere, la plena ocupación de esos recursos. La Economía dejó de ser una ciencia que estudiaba cómo los medios derivaban su valor de usarse para la consecución de los fines más valiosos (usos productivos) para convertirse en una pseudociencia que otorgaba valor en sí mismo a la utilización de los recursos con independencia de sus objetivos (usos improductivos).


Los liberales clásicos siempre tuvieron bien claro que lo que hace florecer una sociedad no es la guerra, sino el comercio. La guerra tiende a ser mutuamente destructiva, a destruir la división internacional del trabajo, a acabar con las vidas de miles de seres humanos, a dilapidar el capital y a instaurar un control económico sobre el país derrotado que durante un período más o menos prolongado suele asemejarse mucho a la planificación central del socialismo.
Leer artículo completo.

Hayek on Keynes (1978)

Vía Cafe Hayek.
Keynes was very capable of rapidly changing his opinion….  He has been so much an intuitive genius, but not much a strict logical reasoner…. I regard him as a real genius, but not as a great economist, you know.  He was not a very consistent or logical thinker.



Keynes vs Hayek Rap (second part). The Fight of the Century

Segundo rap. Excelente como la primera entrega.

Disfrútenlo, lamentablemente éste no tiene los subtítulos en español, pero sí la primera entrega.

Actualización (02-05-2011): con subtítulos.

Dr Keynes killed the patient by Michael Pento‏

A morbidly obese gentleman labored into Dr Hayek's office suffering from severe chest pain. The patient also complained that he was unable to consume his usual 10,000 calorie-per-day diet; in fact, he was feeling so sick that he could barely scarf down 9,000 calories. He pleaded that his love for food remained as strong as ever, but his body just wasn't keeping up with his demands.

After having a thorough look at the patient, the good doctor could not find anything wrong outside of the patient's extreme portliness. After a moment of reflection, he delivered to his patient a troubling diagnosis. He explained that the chest pain stemmed from the strain the patient's 500lb body was putting on his heart, and that the lack of appetite was his body's attempt to protect itself from this imbalance.

Dr Hayek's prescription was simple: the patient had to dramatically reduce his consumption while undertaking a moderate exercise program, with the goal of losing 250lbs as quickly and safely as possible. Dr Hayek was aware that it would be a physically painful and emotionally difficult process for the man, but it was the only way to avert a life of suffering - or even a heart attack.

Unfortunately, our patient rebelled against such an austere program. He had grown very fond of his high-calorie and high-fat diet and didn't think that now, when he was already depressed from dealing with all these ailments, was a good time to deny himself the few pleasures he had left. In his opinion, the doc's prescription was just too simplistic. He thought there just had to be a way to have his cake and eat it - frequently. So, he waddled out of Dr Hayek's office as fast as he could, shouting over his shoulder: "I'm getting a second opinion!"

The overweight gentleman sauntered across the street, where he found the office of Dr Keynes. He told the new doctor about his acute chest pain and lack of appetite, and complained about the previous doctor's "heartless" prescription. After a cursory examination, Dr Keynes rendered his diagnosis: the patient's condition did not stem from the fact that his gigantic frame was causing undo strain on his heart; instead, the doctor concluded, the patient's chest pain was merely causing a temporary lack of hunger.

Furthermore, Dr Keynes argued, the stress of cutting weight at the present time would certainly prove detrimental to the man's already weak heart. Therefore, his prescription was for the 500lb man to each as much as possible, as quickly as possible. Anything less might cause the man to suffer a heart attack, he noted. Now the doctor did concede that, at some point in the distant future, it might be a good idea for the man to shed a few pounds. But for the present, the most import thing to do would be to consume as much as he could stomach.

The patient left Dr Keynes' office with a broad smile. After gorging at an all-you-can-eat buffet, he momentarily forgot about his chest pain. It looked like he had found his solution; except, a week later, he died.

The hubris of government

The allegory above discusses the dangers of quackery, whether medical or economic. Right now, economic quackery - in the form of Keynesianism - has overtaken Washington.

American consumers are trying their best to deleverage. In terms of the story, the patient is actually trying to lose weight. But the government is blocking deleveraging and trying to boost consumption. They are forcing food down the patient's throat.

According to the Flow of Funds Report, households reduced debt at a 2.4% annualized rate (US$330 billion) during the first quarter of 2010. Meanwhile, the federal government was piling on debt at an 18.5% annual rate ($1.44 trillion). Since every dollar of government debt is a promise to tax the private sector in the future with interest, this public spending spree effectively negated the Herculean efforts of the private sector to return to a sustainable path.

That's where the arrogance of Washington is really apparent. Scores of millions of American consumers have made the decision that reducing their debt burden is in their best interests right now. But a few hundred individuals in government believe they know better than the collective wisdom of the entire free market.

By leveraging up the public sector, they have used their power to confiscate our savings. In short, they are forbidding us from following the common sense path to fiscal health.

Unlike their forbears, modern-day Keynesians do not argue just for mollification in the rate of deleveraging. They seek to significantly increase debt levels in an effort to boost the aggregate demand in the economy. Apparently, only once the mythical recovery takes hold due to government spending, printing, and borrowing does a discussion of deficits become appropriate.

The US has persisted under this theory for close to a century, though with a declining quality of life. Unfortunately, the patient has now gone critical. Curiously, the world has yet to fully recognize our precarious condition, even as they provide us with life support.

Washington is now entirely dependent on the reserve currency status of the dollar and the continued hibernation of bond vigilantes. Without these supports, the United States would face complete economic arrest.

Rather than allowing the American people to get back on our feet, Washington is stuffing us with even more debt. It's almost as if the feds are daring our foreign creditors to pull the plug. As a consequence, I predict that just as Dr Keynes killed his patient, Keynesian economics will kill our economy.

Michael Pento is senior economist and vice president of Managed Products, Euro Pacific Capital. For in-depth analysis of this and other investment topics, subscribe to The Global Investor, Peter Schiff's free newsletter. Click here for more information. Euro Pacific Capital commentary and market news is available at http://www.europac.net

(Copyright 2010 Euro Pacific Capital.)