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Ahorro e inversión, por Carlos Rodríguez Braun

Expansión.

Paul Krugman insiste en que las políticas monetarias expansivas no padecen inconveniente alguno ahora, porque no hay inflación. Con este argumento pasa algo similar a la defensa por parte de Smiley de la expansión del gasto público durante su Gobierno. En efecto, durante los años de la burbuja los socialistas sacaban pecho porque "extendemos derechos", y ahora alegan inocencia porque en esos años el déficit se redujo, incluso hubo superávit, y bajó el porcentaje de deuda pública sobre el PIB. Los secunda Krugman: "España no se metió en problemas porque sus Gobiernos fueran derrochadores".

Esto parte de la base de que la senda de gastos e ingresos es análogamente perdurable, lo que es absurdo; y parte de nuestros males deriva de que los políticos aumentaron irresponsablemente el gasto público. Asimismo, no es verdad que no pasó nada con la expansión monetaria: la deflación y la caída de los tipos de interés se interrumpieron a mediados de 2009. En cambio, la recuperación económica, que supuestamente iba a ser garantizada por esa expansión, y por la del gasto, ha sido débil en algunos países y se ha revertido en otros, como en España. Asimismo, la masiva compra de deuda pública no solo no ha resuelto los problemas sino que los puede agravar en el futuro, si las autoridades monetarias deben vender esos títulos.

La segunda idea que enlaza al Nobel y a Smiley es el pretendido efecto benéfico ineluctable de la expansión de la demanda. En su combate contra la "secta de la austeridad", Krugman ha subrayado que todos los que piensan que el iPhone 5 puede ser una buena noticia para la economía son keynesianos, lo admitan o no, porque creen que el Estado debe gastar más en una economía deprimida, y no menos.

Según él, lo que importa del nuevo ingenio de Apple no es el producto en sí, sino simplemente el hecho de que la gente gaste. En efecto, como dijo el propio Keynes, la cosa es gastar, gastar en cualquier cosa, en enterrar botellas para desenterrarlas después: la demanda es lo que falta, sostenía Keynes y sostiene Krugman, y todo lo que la impulse servirá para reducir el paro. Ésta es exactamente la misma falacia que defendió Smiley cuando, en vez de reducir el gasto público lo aumentó con el Plan E. ¿No era de puro sentido común gastar más precisamente en la construcción, el sector donde más aumentaba el paro?

Pues no, no lo era, porque la crisis derivaba de una sobreinversión alimentada por el intervencionismo, y lo necesario era facilitar la recomposición de una estructura productiva desajustada, y no echarle gasolina al fuego. No hay que gastar en cualquier cosa, sino facilitar el ahorro y la inversión reduciendo el gasto y los impuestos, es decir, justo al revés de lo que piensa el ilustre tándem.

No hay que gastar en cualquier cosa, sino facilitar el ahorro y la inversión.

Las esenciales diferencias entre Islandia y los bálticos que Krugman no entiende

por Juan Ramón Rallo.



Gusta Krugman de defender que la recuperación de los países bálticos, basada en la austeridad del gasto y la flexibilidad interna de sus economía, ha sido un fracaso frente a la de Islandia, basada en el default y el inflacionismo, porque Estonia todavía se encuentra un 10% por debajo del pico máximo anterior a la crisis y Letonia un 17%, mientras que Islandia sólo está un 7% por detrás. Ignoro qué de mágico y diferencial tiene estar un 7% por detrás del máximo frente a estar un 10%, sobre todo cuando Lituania, otro báltico de esos malosos, sólo se encuentra a un 6% desde máximos de 2007.
En cualquier caso, tal como recuerdan acertadamente desde el Council on Foreign Relations, constituye todo un problema de perspectiva. Si en lugar de coger el año 2007 o 2008 como referencia (según el momento en que cada país alcanzó su máximo PIB), tomáramos, por ejemplo, el año 2000, el orden de “fracaso” de los bálticos frente a Islandia se atempera bastante… por no decir que se revierte absolutamente. En tal caso, los bálticos siguen siendo entre un 50% y un 60% más ricos que en el año 2000, frente al 30% de Islandia.
Krugman se enrabieta bastante con esta crítica, a la que tacha de “remarcablemente estúpida”, por varias razones que él considera tan de sentido común como para que las entienda y acepte un párvulo. El problema es que dentro de esos puntos de partida se esconde mucha mala ideología y peor ciencia que, por tanto, contaminan e vuelven inválidas las conclusiones que el Nobel pro-invasiones alienígenas quiere alcanzar.
Primero, dice Krugman que las depresiones son períodos en los que “el crecimiento económico cae por debajo de su potencial”. Aquí el problema es que el potencial de crecimiento económico se encuentra en cada momento contenido en la calidad institucional de la división del trabajo y del capital de una sociedad. En los períodos de burbuja, los patrones de especialización de una economía, aunque se están distorsionando por completo en una dirección insostenible y catastrófica, parece que contienen mucho crecimiento potencial: es la lógica de la nueva economía, del “esta vez es diferente”. Es durante las depresiones cuando, por fin, descubrimos que todas las expectativas irracionales que nos forjamos durante el boom artificial son erróneas y que, por tanto, la estructura productiva que hemos ido erigiendo es un fiasco con un nulo crecimiento potencial.
Los versados en la valoración de empresas lo entenderán fácilmente: si creemos que Facebook vale 100.000 millones de dólares porque asumimos que sus ingresos crecerán un 20% al año debido a su potencial para generar ingresos de sus mil millones de clientes y luego descubrimos que Facebook carece por completo de ese potencial, acaso el valor de la empresa se desplome a una décima parte. Si, con el paso de los y tras una profunda reconversión en su modelo de negocio, la empresa consigue incrementar sus beneficios un 15% al año y, en consecuencia, llega a valor 60.000 millones, ¿diríamos el cambio de estrategia empresarial ha sido una filfa porque todavía dista un 40% de los 100.000 millones de valor que dictaba su “crecimiento potencial”? No, simplemente diríamos que las expectativas iniciales de crecimiento eran irracionales y no habían tenido en cuenta las potencialidades reales de los activos de la empresa.
Pues lo mismo pasa con los países. Hablar de crecimiento potencial con respecto al pico de la burbuja no tiene ningún sentido, pues justamente la burbuja es la etapa de la que hay que apartarse; la etapa en que todos vivíamos engañados en una economía ilusoriamente rica. Dicho en términos más sencillos: el PIB de España de un billón de euros en 2007 era un espejismo estadístico porque la riqueza y la actividad contenida en ese billón de euros estaba absolutamente inflada de valor (ladrillo).
Lo que quiero decir con todo esto es que medir el éxito de una política de recuperación a través de cuánto tiempo tarda una economía en regresar al pico del PIB pre-crisis tiene, aisladamente, muy poco sentido. Y es que las economías que hayan padecido una pequeña distorsión en su estructura productiva lo tendrán mucho más fácil para regresar a ese punto que las que hayan padecido un gigantesco desajuste.
En este sentido, el ejemplo de Krugman de que el país que se hunde un 20% para luego recuperarse un 15% lo ha hecho peor que el país que se hunde un 10% para luego recuperarse un 10% carece, sin más, de cualquier lógica. Si la primera economía cae un 20% porque el estado de su economía era tan caótico que tenía que atravesar por un shock de esa magnitud, el crecimiento del 15% será sano, sostenible y admirable. Si la economía que cae un 10% lo hace porque empieza a hacer tonterías pauperizadoras cuando se desata la crisis (por ejemplo, subir los aranceles) o bien se recupera un 10% porque el Gobierno ha aprobado un plan de endeudamiento improductivo que, durante unos meses, incrementa el PIB a costa de hipotecar el futuro, entonces su mejoría será una mascarada que habrá destruido más riqueza real de la que ha creado.
La cuestión real a plantearse, pues, es doble: primero, qué países, si Islandia o los bálticos, sufrieron una mayor distorsión de su economía durante los años de la burbuja crediticia; segundo, qué recuperación está siendo la más sana.
La primera cuestión es demasiado compleja como para responderla en unas líneas, pues habría que atender a factores cuantitativos y cualitativos. Una manera simplona, empero, es observar la cantidad de dinero caliente extranjero que entró en las economías durante esos años, es decir, podemos fijarnos en el déficit exterior.
En ese caso, comprobaremos que Islandia tuvo mayores entradas de capital entre 2005 y 2007, si bien fueron entradas muy similares a las de Letonia. Por este lado, pues, cabe pensar que la expansión crediticia y, por tanto, las distorsiones internas fueron similares en Islandia y Letonia, y en ambos casos mayores que las de Estonia y Lituania.
Esta hipótesis, por cierto, explicaría por qué el PIB de Letonia creció más que el de sus vecinas Lituania y Estonia hasta 2007, y por qué luego se hundió mucho más y se ha recuperado, con respecto al pico pre-crisis, bastante menos.
Pero entonces, si la magnitud de la expansión crediticia fue similar en Islandia y Letonia, ¿cómo es posible que Letonia haya logrado transformar en riqueza real entre un 40%-50% de la riqueza burbujística que se comenzó a crear en el año 2000, frente a sólo un 20-30% para el caso de Islandia?
Esto puede ayudarnos a responder a la siguiente pregunta sobre cuál de ambos crecimientos está siendo más sano y admirable en relación con las malas inversiones previas. Desde luego, el de Letonia. Intuición que cabe complementar con dos datos más y una reflexión final. El primer dato es que Letonia disfrutó de un superávit por cuenta corriente ya en 2009 (frente a un déficit del 25% sólo dos años antes), mientras que Islandia, todavía hoy, sigue arrastrando un déficit exterior del 6,5% (¡mayor que el de España en estos momentos!), señal de que su recuperación no es tan sana como se nos quiere hacer creer. Incomprensiblemente, Krugman concluye a la luz de esta evidencia que “todo ello demuestra que la devaluación es mucho más sencilla que la devaluación interna”.  Mucho más sencilla e ineficaz: Islandia devaluó la corona un 60% y aun así sigue teniendo un elevado déficit exterior; los países bálticos se limitaron a ajustar internamente sus precios y ya disfrutan o de un equilibrio exterior o incluso de superávit.
El segundo dato positivo a favor de los bálticos, sobre todo de Estonia y Letonia, es que han reducido su déficit público por debajo del de Islandia. De hecho, Estonia tiene un superávit público del 1% (frente al déficit del 4,6% de Islandia). Un presupuesto tan desequilibrado sugiere, primero, que el crecimiento de la economía privada de Islandia todavía no es todo lo autónomo del que lo es en Estonia y Letonia (Lituania todavía tiene un déficit del 5,4%) y, segundo, podría ser el origen de futuros problemas y devaluaciones para una economía tan hiperendeudada como la islandesa: mientras todos los bálticos tiene una deuda total sobre el PIB por debajo del 40% (¡Estonia la tiene en el 6%!), Islandia alcanza el 100%.
Y la reflexión final: no es lo mismo recuperarse devaluando la moneda un 60%, impagando gran parte de tus deudas y recurriendo a la inflación generalizada que manteniendo la paridad, pagando tus deudas y tratando de bajar precios volviéndote competitivo. Lo primero destruye la división del trabajo y traslada parte de tus problemas al extranjero: son los comerciantes extranjeros los que tienen que reconvertirse, son los acreedores extranjeros los que se comen tus pérdidas y son los tenedores de divisa los que transfieren su riqueza a los empresarios ineficientes. Lo segundo, en cambio, supone un reconocimiento de tus errores y la asunción de tus responsabilidades: te readaptas sin empobrecer a los demás y, a medio plazo, contribuyendo a generar riqueza para todos. Vamos, la salida de Islandia es un juego de suma cero (si todos hicieran lo mismo, nadie se recuperaría), mientras que la de los bálticos es un juego de suma positiva (si todos hicieran lo mismo, seríamos todos mucho más ricos).
Ahora juzguen ustedes mismos qué política económica es más admirable y sana. Krugman, cómo no, ha elegido, como casi siempre, el camino más cortoplacista, irresponsable y pauperizador.

El retorno de la economía de la depresión y la crisis actual

Carlos Rodríguez Braun.

Paul Krugman (1953), premio Nobel de Economía y darling de la izquierda, cultiva la fantasía predominante conforme a la cual tras 1989 el Estado se contrajo hasta virtualmente desaparecer: “los derechos de propiedad y los mercados libres se consideran como principios fundamentales…el capitalismo rige el mundo sin que nada le haga sombra”. Y usted, que cada vez padece más impuestos, controles, prohibiciones y multas, sin enterarse.

Este libro, nueva edición adaptada del publicado en 1999 y que tradujo también Crítica, está bien escrito y hará las delicias del pensamiento único, como que llega a secundar a Galbraith y a definir el socialismo como justo. También repite la muletilla de que la intervención del Estado salvó al capitalismo, y arguye que todo se debió a un benéfico “pacto keynesiano”; es característico de la corrección política abusar de las virtudes taumatúrgicas de unos pactos sociales tan extraños que los ciudadanos no pueden evitar firmarlos.

Claro, alguien que cree esto es capaz de creer cualquier cosa, por ejemplo, que lo malo de las economías es que se han vuelto más libres; con esa premisa no sorprenderá al lector que Krugman concluya que lo bueno para las economías es que se vuelvan menos libres. Se entusiasma con el modelo de la cooperativa de canguros, una especie de fábula de las abejas mandevilliana, y le saca más jugo del que puede dar, pero el lector crítico disfrutará con ello y con la paradoja de que el autor despotrica contra el liberalismo pero lo que relata es el fracaso reiterado del intervencionismo y los desastres perpetrados por los gobiernos contra la prosperidad de sus súbditos.

El caso de Greenspan, a quien el periodista más famoso de Estados Unidos jaleó como “maestro”, es paradigmático. Krugman critica al otrora idolatrado presidente de la Reserva Federal con acierto: “estuvo al frente de la institución financiera durante no una sino dos extraordinarias burbujas de activos, la primera, bursátil; la segunda, inmobiliaria”.
Y sin embargo Paul Krugman no escapa de lo convencional: los bancos centrales pueden resolver los problemas financieros y, en línea con las nuevas autoridades norteamericanas en las que tan poco confía, el problema no está tanto en los bancos normales como en la llamada banca en la sombra, “shadow-banking”, el nuevo chivo expiatorio que se han inventado para tranquilizarnos con el argumento de que si aumentan los controles, entonces ya no habrá crisis en el futuro.

Por desgracia, lo que dice Krugman del futuro no está claro. Ya desde el título proclama que la gran depresión no es cosa del pasado sino que vuelve. En el medio nos habla de los amos del mundo (que, por supuesto, no son los gobernantes sino los hombres de negocio) y no sabemos si hay conspiraciones universales o no; nos asegura que la inflación es lo que Japón necesita; y, en todo caso, es imprescindible aún más intervención, porque la libertad es malísima y los inversionistas privados generan las crisis económicas; y si es menester nacionalizar pues se nacionaliza, aunque sea temporalmente.

Pero, ¿hay depresión o no? Sospecho que no lo sabe, porque concluye que no estamos en una depresión, y no habrá una depresión, “pero sí estamos sumidos de lleno en el reino de la economía de la depresión”.
 

Krugman clama contra la crisis


Carlos Rodríguez BraunEl Mundo, suplemento El Cultural, 1 junio 2012.

Hay varios libros recientes con títulos conminatorios, como“¡Indignaos!”, que casi nunca apremian a la defensa de la libertad. Un nuevo ejemplo es Paul Krugman, que impetra ¡Acabad ya con esta crisis!, pero se lo reclama a los gobiernos, como si no tuvieran responsabilidad alguna en haberla provocado, propiciado o prolongado. Este Premio Nobel comparte y anima las fantasías antiliberales. Si su última obra sobre la economía de la depresión giraba en torno a la ilusión de que el Estado se había contraído (lo criticamos aquí: http://goo.gl/yvYHO), en este nuevo libro asegura que lo malo del Estado no es que intervenga mucho sino que no interviene lo suficiente. Todos nuestros males se arreglarían de forma “casi increíblemente fácil” con más gasto público. No ahorra simplificaciones keynesianas, incluyendo el ejemplo de la cooperativa de canguros, también mencionado en su libro anterior. La diferencia es que antes decía que los bancos centrales resolverían la depresión, y ahora dice que necesitamos también más gasto público. Para ello se apoya en ideas populares pero cuestionables, como que nunca hay que bajar el gasto porque “el gasto son los ingresos”, o que no puede haber inflación si hay depresión, o que mientras no suban los tipos de interés el crecimiento de la deuda pública puede ser ilimitado sin efectos dañinos, o que el gasto militar acabó con la Gran Depresión: “La Gran Depresión se terminó gracias a un aluvión de gasto público y hoy necesitamos, desesperadamente, algo semejante”. Igual que sostuvo su admirado Keynes, todo lo que sea libertad económica es para Krugman un problema, porque según él la libertad nos ha conducido a la crisis, y saldremos de ella si el Estado gasta y se endeuda más, para compensar lo que hace el resto de la economía. Esta macroeconomía convencional es tan dudosa como su tesis de que lo malo es el “exceso de ahorro mundial” o que la crisis se derivó de la desregulación y la “banca en la sombra”, como si la política monetaria expansiva no hubiese tenido responsabilidad alguna. Se suceden los tópicos, como que los empresarios son liberales, algo que los economistas saben que no es verdad desde los tiempos de Adam Smith, o que hay que descartar los “argumentos liquidacionistas” de Schumpeter o Hayek, como si no hubiera habido un problema de sobreinversión generado por la intervención política. Krugman desprecia todas las teorías que no concluyan recomendando más intervencionismo, más expansiones monetarias y fiscales, como si fueran recetas mágicas, o irrefutables, o carecieran de consecuencias no plausibles. Uno comprende el entusiasmo de los socialistas con Paul Krugman. Es verdad que a veces les hace sonrojar, como cuando predice de forma inminente el corralito en España y el colapso del euro, pero a cambio les da mucha felicidad cuando recela de la libertad y reclama con insistencia los eurobonos, y más intervencionismo, más gasto, más déficit, más deuda, más impuestos, y otros beneficios para el pueblo. Por cierto, también pide más inflación y asegura que alivia las deudas. Recuérdelo usted cuando le suban la hipoteca. 

57.4 Percent of 1996′s Privileged 1% Are Now Among the Beleaguered 99%. Donald Boudreaux

For example, is Mr. Krugman warranted in dismissing the claim that “the rich are an ever-changing group” with a simple and parenthesized “not so”?  Who are the “rich”?  And how much income mobility is necessary for well-meaning observers to justifiably claim that “the rich are an ever-changing group”?

Is the following description, from the IRS, of data on individual households merely obfuscatory – something that no reasonable person can possibly interpret as evidence of substantial income mobility – or might it describe a plausible reason for well-meaning people to disagree with Mr. Krugman’s insistence that the rich are NOT an ever-changing group?: “More than half (57.4 percent = 100 – 42.6) of the top 1 percent of households in 1996 had dropped to a lower income group by 2005.  This statistic illustrates that the top income groups as measured by a single year of income (i.e., cross-sectional analysis) often include a large share of individuals or households whose income is only temporarily high.  Put differently, more than half of the households in the top 1 percent in 2005 were not there nine years earlier.  Thus, while the share of income of the top 1 percent is higher than in prior years, it is not a fixed group of households receiving this larger share of income.”


Read full in Cafe Hayek.

Krugman, Keynes, and war. Russ Roberts

First things first: Military spending does create jobs when the economy is depressed. Indeed, much of the evidence that Keynesian economics works comes from tracking the effects of past military buildups. Some liberals dislike this conclusion, but economics isn’t a morality play: spending on things you don’t like is still spending, and more spending would create more jobs.
Interesting that Valerie Ramey’s work that concentrates on military build-ups (because they are reliably exogenous) often finds a multiplier that is less than one, meaning that government spending crowds out private spending rather than spurring it on. Barro and Redlick’s work is similar. Where is the evidence that military spending stimulates the private sector? What does Krugman have in mind?
As the Hayek character in The Fight of the Century says in response to the claim that WWII ended the Great Depression:
Wow. One data point and you’re jumping for joy
The last time I checked, wars only destroy
There was no multiplier, consumption just shrank
As we used scarce resources for every new tank
Pretty perverse to call that prosperity
Rationed meat, rationed butter… a life of austerity
When that war spending ended your friends cried disaster
Yet the economy thrived and grew faster

Read original post in Cafe Hayek. 

Panglossian Economics. Steve Landsburg

Via Cafe Hayek. Read full article.


Extractos:

In a radical departure from his previous expressions of dissillusionment, Paul Krugman has implicitly declared in his latest blog post that we are now living under the best of all policy regimes. I presume he will now be able to retire with satisfaction from his career as a gadfly.

The context is Eric Cantor’s demand that any federal disaster relief in the wake of Irene be offset by spending cuts elsewhere. Krugman thinks this is silly, and proves his point with an appeal to the standard Ricardian theory of public finance. According to that theory, which all economists understand and accept, if you’ve got to bear a cost, it’s best to spread that cost out over as many activities as possible. So ideally, you’d pay for disaster relief partly through spending cuts, partly through (current) tax increases, and partly through an increase in the deficit. Therefore says Krugman, “the bottom line is that basic, regular economics says that Cantor isn’t making sense.”

Since Krugman has carelessly neglected to spell out an important detail of his argument, let me fill in the gap for him: The Ricardian conclusion does not come from thin air; instead it follows logically from certain premises, key among which is that you’re starting from an ideal policy regime.

Krugman y la Antieconomía. Juan Ramón Rallo



Extractos:


Dejó escrito Lionel Robbins que la Economía es la ciencia que estudia la distribución de medios escasos hacia fines competitivos. Dado que nuestras necesidades superan los recursos de que disponemos para satisfacerlos, se vuelve imprescindible economizar esos recursos; a saber, dedicarlos siempre a aquellos objetivos que resulten prioritarios.
El keynesianismo supuso un radical giro copernicano hacia la Antieconomía: al contrario que los clásicos, el problema fundamental no era ser muy cuidadoso en el uso que les dábamos a unos recursos siempre escasos para evitar despilfarrarlos, sino lograr, como fuere, la plena ocupación de esos recursos. La Economía dejó de ser una ciencia que estudiaba cómo los medios derivaban su valor de usarse para la consecución de los fines más valiosos (usos productivos) para convertirse en una pseudociencia que otorgaba valor en sí mismo a la utilización de los recursos con independencia de sus objetivos (usos improductivos).


Los liberales clásicos siempre tuvieron bien claro que lo que hace florecer una sociedad no es la guerra, sino el comercio. La guerra tiende a ser mutuamente destructiva, a destruir la división internacional del trabajo, a acabar con las vidas de miles de seres humanos, a dilapidar el capital y a instaurar un control económico sobre el país derrotado que durante un período más o menos prolongado suele asemejarse mucho a la planificación central del socialismo.
Leer artículo completo.