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España ¿Crisis o fracaso?

Carlos Alberto Montaner.



La pregunta me la hizo un periodista desde Buenos Aires: "¿España está en crisis o ha fracasado?". La duda es legítima. Malvada y con mala fe, pero legítima.  

Con un 25% de desempleados –que se eleva al 50 cuando se trata de los jóvenes–, un sistema financiero en semibancarrota –que requiere 125.000 millones de préstamos del Banco Central Europeo para evitar el colapso– y una desconfianza creciente de los mercados en la capacidad del país para afrontar sus deudas, es aceptable plantearse la cuestión: ¿crisis coyuntural o fracaso del modelo económico?


Por supuesto, crisis. Crisis intensa, pero pasajera. Los fundamentos son sólidos. España sigue siendo una de las naciones más exitosas del planeta. En el Índice de Desarrollo Humano que publica anualmente la ONU ocupa el puesto 23 de un total de 187 países escrutados. No está nada mal. La tabla sólo tiene en cuenta la longevidad, el nivel de escolaridad y el ingreso per cápita, pero esos datos apenas revelan una parte mínima de la realidad española.


España tiene quinientos centros urbanos razonablemente equipados, y entre ellos medio centenar de ciudades gratamente habitables, dotadas de excelentes sistemas de transporte público, magníficos centros sanitarios, escuelas, protección policiaca y un bajísimo índice de delincuencia.


La calidad de vida que se encuentra en España, ayudada por un clima benigno y una cocina excelente, con crisis o sin crisis, es de primer mundo. Esos sesenta millones de turistas que acuden todos los años en manada, o esas decenas de millares de europeos que se jubilan en el sur de la Península o en Canarias, no están equivocados. Es un país extraordinario, divertido y muy hermoso.


¿Qué falla en España? Sin duda, y desde hace siglos, la creación sostenida de riqueza. La sociedad española no ha sabido crear un tejido empresarial denso, sofisticado, innovador y competitivo, como uno encuentra en naciones como Suecia, Japón, Holanda, Inglaterra, Francia o Estados Unidos. Es probable que la calidad de vida que se obtiene en España sea más grata que la que se logra en algunos de esos países (algo que también sucede en Italia), pero la riqueza generada y, por lo tanto, disponible es más limitada.


¿Por qué España, pese a sus cualidades, es una nación menos productiva que otras? Probablemente, la respuesta está en una mezcla de factores culturales muy difíciles de ponderar. En España, por ejemplo, la meritocracia es débil, lo que disminuye la movilidad social. En general, no avanza y asciende el que tiene más talento, sino el que tiene más relaciones. Pese a los discursos que proclaman la objetiva igualdad de todos los españoles, bajo cuerda sigue siendo verdad que "el que tiene padrino se bautiza".


También existe muy poca comunicación entre el mundo educativo y el productivo. En el país hay más eruditos que realizadores. Es una cultura que respeta mucho más al que sabe que al que hace. Tampoco se premia al que arriesga, sino al que conserva. Por eso hay pocos emprendedores.


Todas las encuestas describen una sociedad conservadora y temerosa. La inmensa mayoría prefiere un trabajo mediocre, pero seguro, preferiblemente dentro del Estado, para gozar de inamovilidad, que lanzarse a la aventura de iniciar actividades económicas o tratar de innovar. (Es curioso que una de las actitudes que perseguía y castigaba la Inquisición era la innovación, como llamaban a cualquier desviación de la ortodoxia).


¿Se puede cambiar ese clima psicológico para dar paso a una sociedad más exitosa en el terreno económico? Probablemente sí, pero ello requiere, primero, identificar valientemente el problema, reconocerlo y generar un sistema institucional y medidas de gobierno que creen incentivos en la dirección correcta.


Afortunadamente, hay algo muy importante que comparten casi todos los españoles. El país está convencido de que el alivio y la solución de los problemas está dentro de los márgenes de la democracia, el respeto a las libertades individuales y a la propiedad privada. No hay ambiente para aventuras caudillistas y autoritarias o para colectivismos trasnochados. Esas locuras están totalmente descartadas. La crisis, sin duda, es pasajera. No ha fracasado el modelo, sino la gerencia.


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Fidel Castro y Fulgencio Batista. Dos hombres y el destino

Carlos Alberto Montaner.



La tragedia de los cubanos tiene ya sesenta años. Solemos decir que se inició con la llegada de Fidel Castro al poder, en enero de 1959, pero no es cierto: todo empezó el 10 de marzo de 1952.

Esa madrugada, el expresidente Fulgencio Batista, hombre que en sus orígenes procedía de los estratos más bajos del ejército, dio un golpe militar incruento. Lo llevó a cabo pocas semanas antes de unas elecciones que muy probablemente hubiera ganado Roberto Agramonte, un honorable catedrático de Sociología que presidía el Partido Ortodoxo, formación política vagamente socialdemócrata. El cuartelazo interrumpía un ciclo democrático de tres Gobiernos sucesivos de centro izquierda, incluido el del propio Batista (1940-1944), quien había tenido el honor de inaugurarlo.


Veamos cómo describía Fidel Castro el mundillo político liquidado por el golpe de Batista. El fragmento que sigue pertenece a La historia me absolverá, el alegato de Castro en su propia defensa por el juicio que se le siguió tras atacar el cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953:
Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podría reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos, y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro.
Retrato de Batista


¿Quién era Batista y por qué derribó la frágil institucionalidad democrática de Cuba tras haber contribuido decisivamente a edificarla en 1940?


Fulgencio Batista era un hombre de origen muy pobre, nacido en Banes en 1901, un pueblo remoto y atrasado del Oriente cubano. Era mestizo de blanco, negro, indio y tal vez chino. Su madre lo crió sola, porque, como era frecuente en el campo, el padre ni siquiera quiso reconocerlo hasta pasado cierto tiempo. De niño, Batista cortó cañas, trabajó como peón en los trenes, recibió alguna instrucción de unos bondadosos cuáqueros americanos que merodeaban haciendo el bien por aquellos parajes y, finalmente, se alistó como soldado para escapar de la miseria y estructurar su vida de alguna manera provechosa.


Batista no tenía vocación castrense en el sentido de querer disparar cañones y ganar batallas, de hecho se hizo mecanógrafo y taquígrafo para trabajar en el Estado Mayor, donde alcanzó el grado de sargento debido a esas destrezas burocráticas menores que exhibía. Tenía fama de ser inteligente y respetuoso, aunque la vulgaridad afeaba su conducta, inevitable rasgo que se adquiere en la vida cuartelera. Parece que este extremo logró corregirlo con el paso de los años. El poder lo civilizó y lo educó, al menos formalmente.


En agosto de 1933, tras la caída de Machado, por esos raros imponderables de la vida, el sargento Batista, ante el desmoronamiento de las instituciones, incluido el propio ejército, se vio de pronto de portavoz de una insubordinación de los sargentos y clases del ejército cuyo origen era esencialmente económico: protestaban porque no cobraban su sueldo desde hacía varios meses. Pero esa protesta pronto se transformó en reivindicación política cuando unos sagaces revolucionarios, blancos, educados, ideológicamente motivados por el pensamiento de izquierda, y generalmente adscritos a los niveles sociales altos y medios del país, vieron en la rebelión de los sargentos una buena oportunidad de controlar las fuerzas armadas para ponerlas al servicio de la revolución que se proponían llevar a cabo.


El 4 de septiembre de 1933 se produjo la primera gran aventura política de Batista. El sargento, junto a los estudiantes universitarios y otros elementos radicales que encabezaron la lucha armada contra la dictadura de Machado, desalojaron del poder a Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, y ocuparon la casa de Gobierno. El entonces muy joven Batista, con apenas 32 años y sin otro bagaje intelectual que el de ser hábil tomando dictados, se convertía en el hombre fuerte del país, papel que desempeñaría hasta 1940, cuando resultó electo en unos comicios razonablemente limpios.


Batista gobierna entre esa fecha y en 1944, y, finalmente, tras otras elecciones inobjetables, entregó el poder a un catedrático de medicina, el Dr. Ramón Grau San Martín, quien había sido su más relevante compañero en la asonada del 4 de septiembre, pero a quien había defenestrado varios meses después, en enero de 1934, con el beneplácito y el aliento del Gobierno de Franklin D. Roosevelt, entonces empeñado en pacificar y moderar Cuba.


¿Cómo y por qué este humilde sargento, totalmente desconocido, se transformó en el hombre fuerte de Cuba? Mi impresión es que el resto de los factores de poder (el Directorio, los empresarios, los comunistas, la embajada de Estados Unidos), por diversas circunstancias vieron sus debilidades como ventajas comparativas.


Todos creían que podrían manipularlo. Batista era demasiado débil intelectual y económicamente. No pertenecía a la oligarquía económica ni al patriciado blanco, no se había construido una prestigiosa biografía antimachadista. Era, aparentemente, un pobre diablo al que un brillante periodista, Sergio Carbó, flamante secretario de Gobernación y de Marina y Guerra del Gobierno surgido del 4 de septiembre, había ascendido mágicamente de sargento a coronel, colocándole las tres estrellas sobre su camisa sudada de soldado, para tratar de revitalizar la desmoralizada institución armada.


¿Y cómo se veía Batista a sí mismo? Probablemente, como un hombre de pueblo, sufrido y humillado en aquella Cuba racista y clasista que se burlaba de él porque era mestizo, y de su mujer, Elisa, porque había tenido que lavar ropa de extraños para superar la pobreza. Se veía, además, como un hombre de izquierda que simpatizó con los republicanos durante la guerra civil española (algo que Franco nunca le perdonó del todo). Por eso se sentía totalmente afín al lenguaje revolucionario posmachadista, y seguramente se congratulaba de haber aprovechado la oportunidad que le presentó la vida.




Ni siquiera Fidel, en 1959, fue tan generoso con los comunistas como Batista en su primer Gobierno. Fidel utilizó a su antojo al viejo PSP, y cuando le pareció oportuno encarceló a unos cuantos dirigentes, durante la llamada "microfracción". Batista, en cambio, los trató como aliados y les concedió una parcela de poder importantísima: la Confederación de Trabajadores Cubanos.


Nunca en la historia de la República los comunistas tuvieron más peso y reconocimiento que durante el primer batistato. Lo que explica que hayan sido los comunistas los primeros y más enérgicos batistianos del país. Los dos Gobiernos del Partido Auténtico que siguieron a ese Batista juvenil se encargaron de arrebatarles el poder, los privilegios y la autoridad que el exsargento les había conferido.


Cuando Batista, en 1944, termina su periodo presidencial y comienza un recorrido internacional, el poeta Pablo Neruda saluda su paso por Chile con palabras como éstas:
Otra hora ha llegado al mundo, la hora del pueblo, la hora de los hombres del pueblo, la hora en que Batista se confunde con los héroes populares de nuestra época, Yeremenko, Shukov, Cherniakovsky y Malinovsky, que hoy golpea y deshace las puertas de Alemania, los guerrilleros de España y de China, Tito y la Pasionaria. A Batista, en esta hora que también, por desgracia, se ha caracterizado por incubar traidores y cobardes, lo ponemos en el marco de los americanos totales.
Después de su periplo triunfal, aplaudido por las izquierdas en media América, Batista se refugia en Daytona, Florida, y allí permanece varios años. En 1948 es elegido senador sin siquiera hacer campaña, y se postula nuevamente para presidente en 1952. Pero esta vez carece totalmente de apoyo popular. Según las encuestas de la época, apenas contaba con el respaldo del 10% de los electores. Fue entonces cuando aceptó encabezar un golpe que otros militares y algunos civiles habían organizado previamente.


¿Por qué lo hizo? Su primera coartada, totalmente absurda, era que Carlos Prío Socarrás, a su vez, preparaba un golpe. La otra justificación, igualmente insostenible, es que el país estaba en medio del caos producto de los enfrentamientos armados entre bandas rivales. La verdad es más sórdida que todo eso: lo hizo, y la sociedad permaneció indiferente, porque quería seguir mandando y, de paso, enriquecerse otra vez de manera ilícita, pues el cofre familiar estaba medio vacío. Pudo hacerlo, pudo dar el golpe, porque no existían unos sólidos valores republicanos universalmente compartidos.


Prevalecía en el país la mentalidad revolucionaria, muy vigorosa desde los años veinte, pero absolutamente hegemónica a partir de 1933, que ignoraba la importancia de la ley o el peso de las instituciones. La fina estructura republicana, que exige de los ciudadanos y de la clase dirigente el voluntario acatamiento de la ley, en Cuba era una desconocida entelequia. La democracia pendía de alfileres.


Retrato de Fidel Castro


El golpe de Batista, el 10 de marzo de 1952, fue una bendición para Fidel Castro. El impetuoso abogado de 26 años, con fama de gangstercillo violento –lo que en esa confundida sociedad, sacudida por severas turbulencias, no lo invalidaba como líder cívico–, perteneciente al Partido Ortodoxo y candidato a congresista en las elecciones que nunca se celebraron, de pronto encontró un camino rápido para convertirse en la figura política más importante del país: encabezar la insurrección contra la nueva dictadura.


Al contrario de Batista, Fidel provenía de una familia rica del campo cubano. Su padre, un gallego laborioso llamado Ángel Castro, llegado a Cuba a fines del siglo XIX como soldado español, a lo largo de una vida de trabajo y continuos negocios se había convertido en millonario. A su muerte, ocurrida en 1956, su fortuna se calculó en más de seis millones de dólares, cifra impresionante para la época. Su madre, Lina Ruz, no obstante su limitadísima formación, quiso que sus hijos estudiaran en buenos colegios y no escatimó recursos para lograrlo, pese a que el centro geográfico de los negocios familiares estaba cerca de Mayarí, también en una región atrasada y distante del Oriente cubano.


Fidel, pues, fue enviado como interno a Belén, uno de los mejores colegios de Cuba, dirigido por los jesuitas, y cuando terminó el bachillerato sus padres continuaron manteniéndolo generosamente mientras estudiaba Derecho en la universidad. Como dato curioso, la primera vez que el nombre de Fidel Castro aparece en un diario es cuando lo ataca el periódico Hoy, de los comunistas cubanos. En su edición del 14 de diciembre de 1944 dice lo siguiente:
En el reaccionario Colegio de Belén se realizó una ridícula sesión para combatir el proyecto del ilustre senador Marinello [una ley en contra de la enseñanza privada], y uno de los discursos estuvo a cargo de un tal Fidel Castro, pichón de jesuita, y que se mantuvo hablando tonterías, comiendo gofio durante mas de una hora.
En la universidad, Fidel, pese a ser inteligente y poseer una gran memoria, estudió poco. Todo su interés estaba en labrarse una carrera política que lo llevara al poder. Como en esa época muchos líderes cubanos no se distinguían por su sabiduría, sino por su ejecutoria violenta como revolucionarios, pronto se integró en una de las pandillas más activas, la Unión Insurreccional Revolucionaria, y protagonizó varios hechos de sangre.


Mientras el Fidel tiratiros, como entonces se les decía, inspiraba cierto miedo y respeto entre sus compañeros, y pese a que sus amigos le reconocían una rara capacidad oratoria, la verdad es que el líder político juvenil no lograba abrirse paso. Fidel no consiguió ganar ninguna elección en la universidad. De manera que en 1949, tras advertir que por la vía de la violencia no podía triunfar donde funcionaban las instituciones democráticas, renunció a la UIR y se afilió al Partido Ortodoxo, con el objeto de llegar al Congreso.


En esa tarea estaba la madrugada del 10 de marzo de 1952, fecha en que Batista dio el golpe. Era la circunstancia perfecta para él. A base de acciones violentas, audaces y absolutamente irresponsables, quemaría etapas y lograría catapultarse a los primeros planos de la política nacional. Enseguida descubrió que su capacidad de convocatoria era muy débil en el terreno político, porque no conseguía nuclear a gentes intelectualmente bien formadas, pero resultaba muy eficaz para organizar pandillas de acción. Podía perder la vida en el intento, pero estaba dispuesto a realizar esa apuesta.


De alguna manera, Fidel compartía con Batista ese carácter temerario. La noche en que el exsargento fue a apoderarse del campamento de Columbia pudo morir si algún soldado u oficial se hubiera decidido a hacerle frente. También pudo iniciarse una guerra civil si Carlos Prío hubiera tenido el ánimo de resistir el levantamiento. Pero no sucedió nada de eso. Batista volvió al poder casi sin oposición en los primeros momentos.


Pero ocurrió lo peor: se crearon las condiciones para que un nefasto personaje como Fidel Castro, violento y delirante, con la cabeza llena de disparates, sin ninguna experiencia laboral, acabara apoderándose de una sociedad que carecía de defensas frente a los caudillos revolucionarios, porque episodios como el golpe habían convencido a la mayor parte de los cubanos de que la República no servía para nada, dado que la clase política no era otra cosa que una banda de ladrones y de violadores de la ley.

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Camila y Yoani, vidas no tan paralelas

Carlos Alberto Montaner.



Camila Yoani

(Infobae.com) A la disidente Yoani Sánchez los Castro le han negado reiteradamente el permiso para viajar al exterior, en castigo por su postura crítica hacia el régimen. En cambio, acompañada por Karol Cariola, secretaria general de las Juventudes Comunistas de Chile (JJCC), Camila Vallejo, vicepresidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh), visitó la isla y a su líder máximo -hoy retirado-, Fidel Castro, segúninforma el sitio oficial Cuba Debate.
En un artículo titulado Mis razones para viajar a Cuba, la joven, que ganó fama mundial por encabezar las protestas contra el costo de la educación en su país, informó con quiénes se reuniría en su visita de 5 días -todas asociaciones oficiales controladas por el partidoúnico de Cuba, el comunista- y respondió por anticipado a las críticas, comparándose conBenedicto XVI: "Los mismos sectores que no han criticado al Papa por su viaje a la isla, juntarse con Fidel y declinar reunirse con la disidencia, rasgan vestiduras por la visita que jóvenes comunistas haremos a la isla".
Vallejo señala a quienes critican "con tanta rabia" a Cuba y no hacen lo mismo respecto a "las guerras, el hambre, la explotación, la violación a los derechos humanos y un sin fin de concecuencias (sic) de la deshumanización que ha producido y sigue produciendo el sistema capitalista y determinados agentes del imperialismo estadounidense".
Estas afirmaciones están impregnadas del supuesto de que cualquiera que critique a la dictadura cubana es un defensor de la injusticia social, el colonialismo y la dependencia; y que todas éstas son lacras exclusivas del capitalismo. Evidentemente Vallejo ignora que el régimen que defiende fue servil a un imperialismo (el soviético) mientras denostaba a otro (el norteamericano) y que las condiciones que Moscú le impuso a la isla, sumadas a una planificación estatal omnipresente y probadamente ineficaz son las verdaderas causas del atraso y la pobreza cubanos.
La dirigente estudiantil chilena aseguró también que quienes protestan o disienten la pasan peor en Chile que en Cuba: "Se habla mucho de la represión que sufre el pueblo cubano, y yo quedé muy impresionada de lo contradictorio que es ese discurso si comparamos la práctica policial cubana con la chilena. No vi en ningún momento (…) gases lacrimógenos, vi a la policía circulando por las ciudades sólo con su uniforme, sin cascos ni armas de ningún tipo. Ese nivel de cultura cívica, tanto del Estado como del conjunto de la sociedad, está a años luz de la represión que vivió el movimiento estudiantil el año pasado".
Llamativa es también su conclusión: "Ese tipo de prácticas simplemente serían inaceptables en la isla, ya que sin lugar a dudas, un pueblo que ha hecho gala frente al mundo de rebeldía e insubordinación a la injusticia difícilmente se dejaría acallar con instrumentos represivos".
Por motivos generacionales, quizá Vallejo no conoce la variedad de instrumentos de una represión dictatorial. La Revolución Cubana tuvo en sus inicios un amplio consenso que se fue diluyendo, primero, por el rumbo ideológico que tomó y, más adelante, porque el fracaso del régimen diluyó los logros sociales inciales. En la misma medida en que iba perdiendo adhesiones, el castrismo aumentaba el control político y social para prevenir toda insubordinación. Pero desde el comienzo no tuvo pruritos para encarcelar a disidentes ni "purgar" a los que querían cambiar algo, aunque más no fuese por equivocarse en los tiempos. Ya que muchas de las propuestas de algunos infelices que cayeron en desgracia son hoy aplicadas por Raúl y Fidel Castro, como la autorización a cierta iniciativa privada en el marco de una tibia apertura económica.
Los comentarios de Vallejo sobre la represión provocaron la reacción de Yoani Sánchez, quien dijo que le gustaría hablar personalmente con ella, algo que será muy difícil, si no imposible, por el cerco que han tendido las autoridades cubanas en torno a la joven chilena. Una práctica habitual en la isla. Al visitante al que se quiere reclutar como propagandista, se lo entorna, se lo atiende, se lo adula, se lo lleva de acá para allá; todo, menos permitirle circular libremente y ver a quién se le dé la gana.
Si Vallejo hablara con otros interlocutores que los que las autoridades ponen en su camino, sabría que, a diferencia de Chile, en Cuba "no hay derecho a la huelga y las manifestaciones se permiten sólo si son organizadas por el propio Estado o sus organizaciones de masas", como lo denuncia otra bloguera cubana, la abogada Laritza Diversent.
Es cierto que en Cuba casi no vuela una mosca. Pero eso tiene una explicación. La represión allí no es sólo a lo que se hace, sino a lo que se piensa hacer.
El código penal cubano, además de ser uno de los más duros del mundo -aplica el doble de pena a cualquier reincidente e incluye la sentencia capital-, castiga la peligrosidad social predelictiva, copiada de la franquista Ley de Peligrosidad Social. En concreto, para el "derecho" cubano, la presunción no es de inocencia, sino de culpabilidad. "Se considera estado peligroso la especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos, demostrada por la conducta que observa en contradicción manifiesta con las normas de la moral socialista", reza el código penal cubano.
Cualquiera puede percibir de inmediato que la única "peligrosidad" visible es la que reside en esta ley, que permite condenar sin pruebas y habilita a las autoridades a encarcelar por anticipado a los disidentes, como lo hicieron en vísperas de la visita de Benedicto XVI.
Camila Vallejo viaja, escribe y opina porque su país le garantiza el goce de derechos que a los cubanos -como si fuesen menores de edad que deben ser tutelados- les son negados desde hace más de medio siglo.
En una entrevista con CubaDebate, posterior a la reunión con Fidel, la joven chilena persistió en la apología al sistema cubano y las críticas a su país: "Nuestra organización convive en un modelo absolutamente neoliberal y todo es un mercado con intereses privados y no hay nada en el ámbito social, económico o político que esté respondiendo a los intereses de la gran mayoría. En Cuba, a pesar de las dificultades, todo está pensado (…) para beneficiar al pueblo".
"En Cuba hay errores que tenemos derecho a criticar (pero) cuando uno lo hace se siente solitario", dijo hace un tiempo el ex juglar de la Revolución Pablo Milanés, quien parece no creer, como Vallejo, que algunos logros sociales de su país ameriten el sacrificio de la libertad de los cubanos. "Hay miedo y tensión y es absurdo, porque no se puede seguir siendo revolucionario y teniendo ideas estalinistas de presiones sobre el pensamiento y la libertad. A Fidel le critico la falta de libertad de expresión, porque hay tantas cosas bonitas aseguradas por la revolución que, cuando ves que es capaz de encarcelar a un agente durante 20 años porque habló dos o tres mierdas, no lo concibes", dijo también Milanés.
En la entrevista antes citada, CubaDebate le pregunta con cinismo a Camila Vallejo por la importancia de las redes sociales, que los cubanos casi no pueden usar: está prohibido Internet en las casas, salvo expresa autorización del Estado, y en los pocos sitios donde se puede acceder a la red, hay que empeñar el sueldo por una hora de conexión. Aun así, Camila responde: "Usamos muchísimo las redes sociales". Habla de Chile, claro. "A pesar de que esuna herramienta del capitalismo (sic), nos hemos apropiado de esos espacios", agrega. "Los grandes medios de comunicación de nuestro país responden a un ‘duo-polio’: son dos grandes familias, golpistas, que responden a los intereses de la derecha y del gran empresariado", dice la joven, olvidando que esos medios chilenos que denuncia son los que la lanzaron al estrellato y que está en Cuba, donde los medios responden a un monopolio. En este caso, estatal.
Muchos opositores o simplemente críticos al régimen castrista no tienen acceso a los pocos medios oficiales y tienen muchas dificultades para acceder a las redes sociales. Además, lo que divulgan a través de éstas no les llega a sus compatriotas, sino que se difunde en el exterior. Los disidentes cubanos no pueden tomar un megafóno como hace Camila Vallejo para arengar a las masas, dirigir una marcha, presidir una asamblea estudiantil o denostar al modelo "absolutamente liberal" en el cual vive y que le permite expresarse libremente.

El caso chino

Carlos Alberto Montaner.



El año pasado, el primer inversionista en Alemania no fue Estados Unidos, tampoco Suiza o Francia. Fue China. Y los chinos no invirtieron en materias primas, como suelen hacer en América Latina, sino en actividades industriales, tecnología e ingeniería.

Entre las compras que han hecho los chinos en Alemania se cuenta la compañía Putzmeister, fundada en 1958; un gigante dedicado a los equipos de construcción. La adquirió por miles de millones de dólares, precisamente en el 2011, una compañía china llamada Sany, creada en 1986 por tres socios que entonces reunieron un pequeño capital de unos 10.000 dólares al cambio actual.


El presidente de Sany es Lian Wengen, el hombre más rico de China. Algunos le calculan un capital de 11.000 millones de dólares. Como es tan rico y exitoso, el curioso Partido Comunista Chino le ha ofrecido un puesto en el Comité Central.


Adonde quiero llegar es a estas dos conclusiones:


1) El gran éxito chino no es el triunfo de un modelo económico especial, sino el resultado de liberar la inmensa capacidad creativa de la sociedad china en el terreno de la empresaria privada. El Estado chino dejó de ser un obstáculo para el desarrollo empresarial privado y se transformó en promotor del mismo. Continuó cercenando u obstruyendo las libertades individuales, pero dejó de entorpecer la creación de riqueza por parte de los ciudadanos.


2) En esencia, esto se parece a lo que sucede en Estados Unidos, en Suiza, en Holanda, en Israel, en cualquiera de los países exitosos: son ricos y desarrollados porque cuentan con un parque empresarial privado que genera riqueza y avances tecnológicos en medio de una intensa competencia económica.


Sencillamente, esa multiplicación de panes y peces no es posible hacerla desde el Estado y a cargo del Estado. El Gran Salto Adelante que Mao intentó infructuosamente se ha llevado finalmente a cabo, pero no con el recetario de Marx, sino con el de Adam Smith.


Los ejemplos de China, Japón, Taiwán, Corea del Sur, Alemania, Estados Unidos, de todas esas naciones que provocan admiración en el terreno económico, nos deben conducir a un razonamiento lógico: si entre los objetivos esenciales de una sociedad está el de crear riqueza y luchar contra la pobreza y el atraso, es absolutamente prioritario que su Estado segregue las condiciones para el desarrollo de un parque empresarial privado variado y complejo.


Es verdad que, en el camino, los empresarios más hábiles y dichosos se enriquecerán tremendamente, como el señor Lian Wengen, pero en su marcha impetuosa a la cima arrastrarán a millones de personas hacia formas superiores de vida.


Cuando comenzó el cambio económico en China, a mediados de los años setenta, un obrero industrial de ese país ganaba la decimosexta parte de lo que recibía un trabajador norteamericano en un puesto similar. Hoy, el primero gana una cuarta parte de lo que recibe el segundo. Puede que en el futuro incluso llegue a ganar lo mismo o más: los japoneses pueden dar fe de ello. Esos trescientos millones de personas que hoy forman parte de los niveles sociales medios de China deben su posición, en gran medida, a la furia empresarial privada desatada en dicho país.


Naturalmente, este impresionante milagro económico está y estará en peligro de saltar por los aires si China no consigue evolucionar en el terreno político hacia un sistema razonable de solucionar los conflictos y transmitir la autoridad basado en el consentimiento de los ciudadanos, como ha hecho, por ejemplo, Taiwán.


La paradoja consiste en que cada chino que consigue pasar del campo a la ciudad, del analfabetismo al conocimiento y de la pobreza a las clases medias es una persona socialmente inconforme que demandará cuotas crecientes de libertad y una inversión de las relaciones de poder con respecto al Estado. Cuando lo recibía todo del Estado, era su miserable sirviente. Ahora, cuando con su trabajo en el ámbito privado crea riquezas y mantiene al Estado, desea que los funcionarios se conviertan en servidores públicos. El que paga, manda.


Afortunadamente, el modelo de la democracia liberal, con todas sus imperfecciones, ha resuelto esas tensiones entre la sociedad y el Estado, y son cada vez más los chinos que miran a Occidente como una fuente de inspiración cívica. Es en esa atmósfera donde prospera el mejor capitalismo, y no en las dictaduras de partido único.

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Dos mitos chinos

Carlos Alberto Montaner.


El economista Morgan Housel ha tenido la útil y sorprendente cortesía de desmentir con datos las dos hipótesis más divulgadas sobre la supuesta dependencia que Estados Unidos tiene de China.
El primero de sus hallazgos, basado en información oficial norteamericana publicada en 2010, es la escasa importancia relativa que tiene la compra de productos chinos por parte de los norteamericanos. De los gastos de consumo, apenas el 2,7% se dedica a adquirir bienes fabricados en China. Los Estados Unidos importan de China 399 millardos de dólares anualmente, pero en una economía de 14,5 billones, esa cifra apenas alcanza el 2,7% señalado.

Los norteamericanos gastan el 34% de sus ingresos en vivienda, el 13% en comida, el 11% en seguros y pensiones, el 7% en salud y el 2% en educación. Eso suma un 70% del gasto, cantidad que se emplea casi totalmente en productos o servicios made in USA.

La idea de que los norteamericanos fabrican hoy menos cosas no se confirma en la realidad. Jamás la nación ha fabricado más bienes y servicios. Lo que sucede es que la tecnología ha reducido la cantidad de mano de obra necesaria. Según Housel, en 1950 la compañía U. S. Steel producía seis millones de toneladas de acero con treinta mil empleados. Hoy produce siete millones y medio con sólo cinco mil. El problema no está en China, sino en el aumento tremendo de la productividad por trabajador en Estados Unidos.

Por otra parte, los norteamericanos se benefician de diversas maneras al poder contar con una enorme fábrica en China, generalmente subordinada a una empresa americana, que elabora productos baratos para beneficio de los consumidores. Si un televisor chino cuesta 300 dólares en lugar de 500, la diferencia sirve para comer en restaurantes, viajar a Disney o acudir más frecuentemente a la peluquería, lo que significa más puestos de trabajo en otros sectores de la economía.


Esa transformación empezó a ocurrir tras la Segunda Guerra, cuando paulatinamente los electrodomésticos comenzaron a fabricarse en Japón y no en Estados Unidos. Hoy se elaboran en China, Taiwán y Corea del Sur, de manera que los afectados son los japoneses. Ya Estados Unidos experimentó ese fenómeno, y su fuerza productiva se adaptó bien a los cambios.

El segundo mito deshecho por Housel es el de China como acreedor dominante y decisivo de deuda americana. Es cierto que el país debe la astronómica cifra de 14,9 billones de dólares, es decir, más del 100% anual del PIB, pero los chinos sólo han comprado el 7,6%, es decir, apenas 1,13 billones.

La mayor parte de esa deuda está en manos de los propios norteamericanos: el Seguro Social posee 4,4 billones; la Reserva Federal, 1,6; los inversionistas privados y los gobiernos locales, 3,8; los japoneses y los ingleses, combinados, 1,4, cifra superior a la china.

Existe, además –agrego yo a los datos de Housel–, una consecuencia positiva en la existencia de esa deuda: se trata de un incentivo para que China tenga una conducta moderada y tome en cuenta los intereses de su deudor. Salvo alguna gente visiblemente desequilibrada (como Hugo Chávez o Rafael Correa, por ejemplo), cualquier acreedor o negociante razonable intenta no irritar a su principal cliente.

Esta actitud pragmática de Pekín se comprobó hace unos años cuando Lula da Silva trató de reclutar a los chinos para una maniobra política francamente antinorteamericana. Sus interlocutores lo escucharon pacientemente, pero al cabo de su exposición le explicaron que la manera más segura de proteger los intereses chinos era asegurar el bienestar de su principal socio comercial. El negocio de ellos era vender neveras, no combatir al imperialismo yanqui. Lula se fue desconsolado.

firmaspress.com

Siete lecciones que los cubanos pueden aprender de los taiwaneses

Carlos Alberto Montaner.



Foto: EFE
Fotografía de archivo del escritor y periodista cubano Carlos Alberto Montaner. EFE/Víctor Lerena
En memoria de Antonio Jorge
Es un honor compartir esta mesa con un grupo de distinguidos taiwaneses y con prestigiosos académicos cubanos que son, además, buenos amigos. El tema que se me ha propuesto es fascinante: si el modelo taiwanés de desarrollo puede ser útil para los cubanos.
Comencemos por hacer un par de salvedades:
Primero, hay que tener cuidado cuando se habla de modelos de desarrollo. Tenemos la tendencia a creer que hay algo así como una fórmula matemática que, si la aplicamos, obtenemos siempre los mismos resultados. Ojalá eso fuera cierto.De serlo, resultaría relativamente sencillo convertir a Haití en Holanda.
Segundo, es conveniente aclarar que en las economías de mercado, caracterizadas por la libre toma de decisiones de millones de personas, el rasgo principal es el cambio constante, lo que hace casi imposible aplicar un modelo rígido.
En realidad, más que “modelos” lo que existen son medidas de Gobierno que, en determinadas culturas y en determinadas circunstancias, tienen éxito o fracasan. Esas medidas, utilizadas por otros pueblos, pueden o no lograr resultados parecidos.
Por otra parte, las diferencias evidentes entre Taiwán y Cuba no deben desalentarnos. Al fin y al cabo, se trata de dos islas relativamente pequeñas, situadas en encrucijadas geográficas intrincadas y peligrosas, con historias violentas, que en las últimas décadas se han movido en direcciones opuestas.
Los cubanos, en efecto, pueden aprender ciertas lecciones de la experiencia taiwanesa.
Los taiwaneses, pacíficamente, han ido conquistando parcelas mayores de prosperidad y libertades civiles hasta convertirse en uno de los mayores éxitos del planeta, aún cuando han vivido permanentemente amenazados y bloqueados por una gran potencia nuclear, China continental, que los obliga a gastar grandes cantidades de dinero en defenderse.
Los cubanos, por la otra punta, casi en ese mismo periodo --dado que la historia contemporánea de Taiwán comienza en 1949--, se han empobrecido progresivamente bajo la dirección de un Gobierno totalitario, incapaz de cambiar de rumbo, que intenta esconder el fracaso del régimen tras la coartada del embargo norteamericano y unos supuestos riesgos de agresión militar que no existen desde hace medio siglo, cuando, en 1962, Kennedy y Kruschev le pusieron fin a la Crisis de los Misiles.
¿Qué tienen, pues, que aprender los cubanos de esos otros isleños situados en las antípodas del planeta?
Creo que hay siete lecciones generales que pueden sernos muy útiles a los cubanos a la hora de tratar de avizorar nuestro futuro.
Primera lección. No hay destinos inmutables. En cuatro décadas, Taiwán logró superar la tradicional pobreza y despotismo que sufría el país desde hacía siglos hasta convertirse en una nación del primer mundo con unpurchasingpowerparityo PPP per cápita de $37,900 dólares anuales. Este milagro económico se llevó a cabo en sólo dos generaciones. Millones de taiwaneses que eran jóvenes, muy pobres en 1949, medio siglo más tarde murieron disfrutando el tipo de vida de las clases medias. La pobreza o la prosperidad son electivas en nuestra época.
Segunda. La teoría de la dependencia es totalmente falsa. Las naciones ricas del planeta –el llamado centro— no les han asignado a los países de la periferia económica el papel de suministradores o abastecedores de materias primas para perpetuar la relación de vasallaje. Ningún país (salvo China continental) ha intentado perjudicar a Taiwán. Esas visión paranoica de las relaciones internacionales no se compadece con la verdad. No vivimos en un mundo de países verdugos y países víctimas.
Tercera. El desarrollo puede y debe ser para beneficio de todos, no de unos pocos. Pero el reparto equitativo de la riqueza no se decreta redistribuyendo lo creado, sino se logra agregándole valor paulatinamente a la producción. Los taiwaneses no sólo pasaron de tener una economía agrícola a una industrial, sino lo hicieron mediante la incorporación de avances tecnológicos aplicados a la industria. El obrero de una fábrica de chips gana mucho más que un campesino dedicado a cosechar azúcar, porque lo que él produce tiene un valor mucho mayor en el mercado. Esto explica que el IndiceGini de Taiwán sea 32.6, mucho mejor que toda América Latina. Sólo el 1.16% de los habitantes de ese país cae por debajo del umbral de la pobreza extrema.
Cuarta. La riqueza en Taiwán es fundamentalmente creada por la empresa privada. El Estado, que fue muy fuerte e intervencionista en el pasado, se ha ido retirando de la actividad productiva. El Estado no puede producir eficientemente porque no está orientado a satisfacer la demanda y con ello a generar beneficios, sino se suele dedicar a retribuir favores a los gerentes, que son sus propios cuadros, y a fomentar la clientela política.
Quinto. En el muy citado comienzo de Ana Karenina, Tolstoy asegura que todas las familias felices se parecen unas a otras y las desdichadas lo son de formas distintas. La observación se puede aplicar a los cuatro dragones o tigres asiáticos: Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Hong-Kong. Aunque los cuatro han tomado caminos parcialmente distintos hacia el grupo de la familia feliz del planeta, se parecen en estos cinco rasgos:
    Han creado sistemas económicos abiertos basados en el mercado y en la existencia de la propiedad privada.
    Los gobiernos mantienen la estabilidad cuidando las variables macroeconómicas básicas: inflación, gasto público, equilibrio fiscal y, en consecuencia, el valor de la moneda. Con ello, potencian el ahorro, la inversión y el crecimiento.
    Han mejorado gradualmente el Estado de Derecho. Los inversionistas y los agentes económicos cuentan con reglas claras y tribunales confiables que les permiten hacer inversiones a largo plazo y desarrollar proyectos complejos.
    Se han abierto a la colaboración internacional, jugando fuertemente la carta de la globalización, apostando por la producción y exportación de bienes y servicios en los que son competitivos, en lugar del nacionalismo económico que postula la sustitución de importaciones.
    Han puesto el acento en la educación, en la incorporación de la mujer al sector laboral y en la planificación familiar voluntaria.
      Sexto. El caso de Taiwán demuestra que un país gobernado por un partido único de mano fuerte, como era el caso del Kuomintang, puede evolucionar pacíficamente hacia la democracia y el multipartidismo sin que la pérdida del poder les traiga persecuciones o desgracias a quienes hasta ese momento lo detentaron. La esencia de la democracia es ésa: la alternabilidad y la existencia de vigorosos partidos de oposición que auditan, revisan y critican la labor del Gobierno.
      Séptimo. En esencia, el caso taiwanés les prueba a los cubanos el valor superior de la libertad como atmósfera en que se desarrolla la convivencia. La libertad consiste en poder tomar decisiones individuales en todos los ámbitos de la vida: el destino personal, la economía, la existencia cívica, la familia. No hay contradicción alguna entre la libertad y el desarrollo. Mientras más libre es una sociedad más prosperidad será capaz de alcanzar, siempre que la inmensa mayoría de las personas se sometan voluntaria y responsablemente al imperio de la ley.
      Los taiwaneses, de manera creciente, han ido adquiriendo el control de sus vidas mediante el ejercicio de la libertad y eso ha repercutido muy favorablemente en la calidad de la convivencia nacional.
      En definitiva, ésa es la gran lección taiwanesa para los cubanos. La libertad es posible. La libertad es conveniente. La libertad no es un lujo. Algo que acaso intuyeron los mambises en el siglo XIX cuando adoptaron como grito de batalla un bello deseo: ¡Viva Cuba Libre!