Mostrando entradas con la etiqueta Fidel Castro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fidel Castro. Mostrar todas las entradas

Fidel Castro y Fulgencio Batista. Dos hombres y el destino

Carlos Alberto Montaner.



La tragedia de los cubanos tiene ya sesenta años. Solemos decir que se inició con la llegada de Fidel Castro al poder, en enero de 1959, pero no es cierto: todo empezó el 10 de marzo de 1952.

Esa madrugada, el expresidente Fulgencio Batista, hombre que en sus orígenes procedía de los estratos más bajos del ejército, dio un golpe militar incruento. Lo llevó a cabo pocas semanas antes de unas elecciones que muy probablemente hubiera ganado Roberto Agramonte, un honorable catedrático de Sociología que presidía el Partido Ortodoxo, formación política vagamente socialdemócrata. El cuartelazo interrumpía un ciclo democrático de tres Gobiernos sucesivos de centro izquierda, incluido el del propio Batista (1940-1944), quien había tenido el honor de inaugurarlo.


Veamos cómo describía Fidel Castro el mundillo político liquidado por el golpe de Batista. El fragmento que sigue pertenece a La historia me absolverá, el alegato de Castro en su propia defensa por el juicio que se le siguió tras atacar el cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953:
Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podría reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos, y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro.
Retrato de Batista


¿Quién era Batista y por qué derribó la frágil institucionalidad democrática de Cuba tras haber contribuido decisivamente a edificarla en 1940?


Fulgencio Batista era un hombre de origen muy pobre, nacido en Banes en 1901, un pueblo remoto y atrasado del Oriente cubano. Era mestizo de blanco, negro, indio y tal vez chino. Su madre lo crió sola, porque, como era frecuente en el campo, el padre ni siquiera quiso reconocerlo hasta pasado cierto tiempo. De niño, Batista cortó cañas, trabajó como peón en los trenes, recibió alguna instrucción de unos bondadosos cuáqueros americanos que merodeaban haciendo el bien por aquellos parajes y, finalmente, se alistó como soldado para escapar de la miseria y estructurar su vida de alguna manera provechosa.


Batista no tenía vocación castrense en el sentido de querer disparar cañones y ganar batallas, de hecho se hizo mecanógrafo y taquígrafo para trabajar en el Estado Mayor, donde alcanzó el grado de sargento debido a esas destrezas burocráticas menores que exhibía. Tenía fama de ser inteligente y respetuoso, aunque la vulgaridad afeaba su conducta, inevitable rasgo que se adquiere en la vida cuartelera. Parece que este extremo logró corregirlo con el paso de los años. El poder lo civilizó y lo educó, al menos formalmente.


En agosto de 1933, tras la caída de Machado, por esos raros imponderables de la vida, el sargento Batista, ante el desmoronamiento de las instituciones, incluido el propio ejército, se vio de pronto de portavoz de una insubordinación de los sargentos y clases del ejército cuyo origen era esencialmente económico: protestaban porque no cobraban su sueldo desde hacía varios meses. Pero esa protesta pronto se transformó en reivindicación política cuando unos sagaces revolucionarios, blancos, educados, ideológicamente motivados por el pensamiento de izquierda, y generalmente adscritos a los niveles sociales altos y medios del país, vieron en la rebelión de los sargentos una buena oportunidad de controlar las fuerzas armadas para ponerlas al servicio de la revolución que se proponían llevar a cabo.


El 4 de septiembre de 1933 se produjo la primera gran aventura política de Batista. El sargento, junto a los estudiantes universitarios y otros elementos radicales que encabezaron la lucha armada contra la dictadura de Machado, desalojaron del poder a Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, y ocuparon la casa de Gobierno. El entonces muy joven Batista, con apenas 32 años y sin otro bagaje intelectual que el de ser hábil tomando dictados, se convertía en el hombre fuerte del país, papel que desempeñaría hasta 1940, cuando resultó electo en unos comicios razonablemente limpios.


Batista gobierna entre esa fecha y en 1944, y, finalmente, tras otras elecciones inobjetables, entregó el poder a un catedrático de medicina, el Dr. Ramón Grau San Martín, quien había sido su más relevante compañero en la asonada del 4 de septiembre, pero a quien había defenestrado varios meses después, en enero de 1934, con el beneplácito y el aliento del Gobierno de Franklin D. Roosevelt, entonces empeñado en pacificar y moderar Cuba.


¿Cómo y por qué este humilde sargento, totalmente desconocido, se transformó en el hombre fuerte de Cuba? Mi impresión es que el resto de los factores de poder (el Directorio, los empresarios, los comunistas, la embajada de Estados Unidos), por diversas circunstancias vieron sus debilidades como ventajas comparativas.


Todos creían que podrían manipularlo. Batista era demasiado débil intelectual y económicamente. No pertenecía a la oligarquía económica ni al patriciado blanco, no se había construido una prestigiosa biografía antimachadista. Era, aparentemente, un pobre diablo al que un brillante periodista, Sergio Carbó, flamante secretario de Gobernación y de Marina y Guerra del Gobierno surgido del 4 de septiembre, había ascendido mágicamente de sargento a coronel, colocándole las tres estrellas sobre su camisa sudada de soldado, para tratar de revitalizar la desmoralizada institución armada.


¿Y cómo se veía Batista a sí mismo? Probablemente, como un hombre de pueblo, sufrido y humillado en aquella Cuba racista y clasista que se burlaba de él porque era mestizo, y de su mujer, Elisa, porque había tenido que lavar ropa de extraños para superar la pobreza. Se veía, además, como un hombre de izquierda que simpatizó con los republicanos durante la guerra civil española (algo que Franco nunca le perdonó del todo). Por eso se sentía totalmente afín al lenguaje revolucionario posmachadista, y seguramente se congratulaba de haber aprovechado la oportunidad que le presentó la vida.




Ni siquiera Fidel, en 1959, fue tan generoso con los comunistas como Batista en su primer Gobierno. Fidel utilizó a su antojo al viejo PSP, y cuando le pareció oportuno encarceló a unos cuantos dirigentes, durante la llamada "microfracción". Batista, en cambio, los trató como aliados y les concedió una parcela de poder importantísima: la Confederación de Trabajadores Cubanos.


Nunca en la historia de la República los comunistas tuvieron más peso y reconocimiento que durante el primer batistato. Lo que explica que hayan sido los comunistas los primeros y más enérgicos batistianos del país. Los dos Gobiernos del Partido Auténtico que siguieron a ese Batista juvenil se encargaron de arrebatarles el poder, los privilegios y la autoridad que el exsargento les había conferido.


Cuando Batista, en 1944, termina su periodo presidencial y comienza un recorrido internacional, el poeta Pablo Neruda saluda su paso por Chile con palabras como éstas:
Otra hora ha llegado al mundo, la hora del pueblo, la hora de los hombres del pueblo, la hora en que Batista se confunde con los héroes populares de nuestra época, Yeremenko, Shukov, Cherniakovsky y Malinovsky, que hoy golpea y deshace las puertas de Alemania, los guerrilleros de España y de China, Tito y la Pasionaria. A Batista, en esta hora que también, por desgracia, se ha caracterizado por incubar traidores y cobardes, lo ponemos en el marco de los americanos totales.
Después de su periplo triunfal, aplaudido por las izquierdas en media América, Batista se refugia en Daytona, Florida, y allí permanece varios años. En 1948 es elegido senador sin siquiera hacer campaña, y se postula nuevamente para presidente en 1952. Pero esta vez carece totalmente de apoyo popular. Según las encuestas de la época, apenas contaba con el respaldo del 10% de los electores. Fue entonces cuando aceptó encabezar un golpe que otros militares y algunos civiles habían organizado previamente.


¿Por qué lo hizo? Su primera coartada, totalmente absurda, era que Carlos Prío Socarrás, a su vez, preparaba un golpe. La otra justificación, igualmente insostenible, es que el país estaba en medio del caos producto de los enfrentamientos armados entre bandas rivales. La verdad es más sórdida que todo eso: lo hizo, y la sociedad permaneció indiferente, porque quería seguir mandando y, de paso, enriquecerse otra vez de manera ilícita, pues el cofre familiar estaba medio vacío. Pudo hacerlo, pudo dar el golpe, porque no existían unos sólidos valores republicanos universalmente compartidos.


Prevalecía en el país la mentalidad revolucionaria, muy vigorosa desde los años veinte, pero absolutamente hegemónica a partir de 1933, que ignoraba la importancia de la ley o el peso de las instituciones. La fina estructura republicana, que exige de los ciudadanos y de la clase dirigente el voluntario acatamiento de la ley, en Cuba era una desconocida entelequia. La democracia pendía de alfileres.


Retrato de Fidel Castro


El golpe de Batista, el 10 de marzo de 1952, fue una bendición para Fidel Castro. El impetuoso abogado de 26 años, con fama de gangstercillo violento –lo que en esa confundida sociedad, sacudida por severas turbulencias, no lo invalidaba como líder cívico–, perteneciente al Partido Ortodoxo y candidato a congresista en las elecciones que nunca se celebraron, de pronto encontró un camino rápido para convertirse en la figura política más importante del país: encabezar la insurrección contra la nueva dictadura.


Al contrario de Batista, Fidel provenía de una familia rica del campo cubano. Su padre, un gallego laborioso llamado Ángel Castro, llegado a Cuba a fines del siglo XIX como soldado español, a lo largo de una vida de trabajo y continuos negocios se había convertido en millonario. A su muerte, ocurrida en 1956, su fortuna se calculó en más de seis millones de dólares, cifra impresionante para la época. Su madre, Lina Ruz, no obstante su limitadísima formación, quiso que sus hijos estudiaran en buenos colegios y no escatimó recursos para lograrlo, pese a que el centro geográfico de los negocios familiares estaba cerca de Mayarí, también en una región atrasada y distante del Oriente cubano.


Fidel, pues, fue enviado como interno a Belén, uno de los mejores colegios de Cuba, dirigido por los jesuitas, y cuando terminó el bachillerato sus padres continuaron manteniéndolo generosamente mientras estudiaba Derecho en la universidad. Como dato curioso, la primera vez que el nombre de Fidel Castro aparece en un diario es cuando lo ataca el periódico Hoy, de los comunistas cubanos. En su edición del 14 de diciembre de 1944 dice lo siguiente:
En el reaccionario Colegio de Belén se realizó una ridícula sesión para combatir el proyecto del ilustre senador Marinello [una ley en contra de la enseñanza privada], y uno de los discursos estuvo a cargo de un tal Fidel Castro, pichón de jesuita, y que se mantuvo hablando tonterías, comiendo gofio durante mas de una hora.
En la universidad, Fidel, pese a ser inteligente y poseer una gran memoria, estudió poco. Todo su interés estaba en labrarse una carrera política que lo llevara al poder. Como en esa época muchos líderes cubanos no se distinguían por su sabiduría, sino por su ejecutoria violenta como revolucionarios, pronto se integró en una de las pandillas más activas, la Unión Insurreccional Revolucionaria, y protagonizó varios hechos de sangre.


Mientras el Fidel tiratiros, como entonces se les decía, inspiraba cierto miedo y respeto entre sus compañeros, y pese a que sus amigos le reconocían una rara capacidad oratoria, la verdad es que el líder político juvenil no lograba abrirse paso. Fidel no consiguió ganar ninguna elección en la universidad. De manera que en 1949, tras advertir que por la vía de la violencia no podía triunfar donde funcionaban las instituciones democráticas, renunció a la UIR y se afilió al Partido Ortodoxo, con el objeto de llegar al Congreso.


En esa tarea estaba la madrugada del 10 de marzo de 1952, fecha en que Batista dio el golpe. Era la circunstancia perfecta para él. A base de acciones violentas, audaces y absolutamente irresponsables, quemaría etapas y lograría catapultarse a los primeros planos de la política nacional. Enseguida descubrió que su capacidad de convocatoria era muy débil en el terreno político, porque no conseguía nuclear a gentes intelectualmente bien formadas, pero resultaba muy eficaz para organizar pandillas de acción. Podía perder la vida en el intento, pero estaba dispuesto a realizar esa apuesta.


De alguna manera, Fidel compartía con Batista ese carácter temerario. La noche en que el exsargento fue a apoderarse del campamento de Columbia pudo morir si algún soldado u oficial se hubiera decidido a hacerle frente. También pudo iniciarse una guerra civil si Carlos Prío hubiera tenido el ánimo de resistir el levantamiento. Pero no sucedió nada de eso. Batista volvió al poder casi sin oposición en los primeros momentos.


Pero ocurrió lo peor: se crearon las condiciones para que un nefasto personaje como Fidel Castro, violento y delirante, con la cabeza llena de disparates, sin ninguna experiencia laboral, acabara apoderándose de una sociedad que carecía de defensas frente a los caudillos revolucionarios, porque episodios como el golpe habían convencido a la mayor parte de los cubanos de que la República no servía para nada, dado que la clase política no era otra cosa que una banda de ladrones y de violadores de la ley.

elblogdemontaner.com

La herencia de Fidel Castro

David Canela Piña.

LA HABANA, Cuba, abri, www.cubanet.org -Fidel Castro morirá, más temprano que tarde, y con él acabará una época. Los cubanos deberán orientarse hacia un futuro ya previsible, pero inevitablemente habrán de hacer un recuento, el resumen de una era. ¿Dónde están los sueños de libertad, de prosperidad, de justicia, de igualdad y bienestar, que fueron soñados hace más de cincuenta años, y cuyos turbios desvelos han sido siempre achacados al bloqueo y al imperialismo?
Fidel Castro morirá, y dejará tras de sí muchas cosas: lo primero, es una estela de destrucción a lo largo de la Isla, un país atrasado, y no obstante con una pobreza turística, graciosa y compasiva. Dejará ciudades envejecidas, infraestructuras colapsadas, barrios marginales e ilusiones flotantes. Dejará deudas impagables (sobre todo la del tiempo) a tres generaciones de cubanos, y más de un quinto de la población viviendo fuera de su país de origen, o del que debió ser su país de origen, si sus padres hubieran tenido un horizonte de realización más tangible. Dejará familias separadas y dispersas, que tal vez aviven la esperanza del reencuentro.
Habrá dejado también miles y miles de discursos y artículos –imposibles de agrupar en obras completas– los cuales serán la biblia santa de sus seguidores, a donde irán a beber un párrafo vibrante, una frase lapidaria, un concepto patriótico, o el pie forzado de una arenga. Vendrán las comparaciones entre su figura y la de Martí, y la absurda especulación sobre quién fue más grande en la historia de Cuba.
Habrá dejado un país militarizado, de consciencia y de facto, en donde impera la cultura del “ordeno y mando”, y se extraña una cultura de los servicios. Habrá dejado millones de personas que no se piensan como ciudadanos (con derechos), sino como soldados de un fantasma llamado Revolución, y cientos de miles de empleados que trabajan para las dos grandes compañías del gobierno: el MINFAR y el MININT.
Pero lo más terrible, es que nos dejará su fantasma durante muchas décadas (Dios quiera que no), como un eclipse profundo sobre la consciencia nacional, como una toxina lenta de purgar. Y en un principio, dejará al pueblo dividido entre sus acérrimos fanáticos, sus acérrimos detractores (moderados por las circunstancias), y una masa de simuladores e indiferentes que fingirán la austeridad de una pena, cuando en realidad sentirán un poco de miedo y desorientación. Sin embargo, lejos del fatalismo, los más ecuánimes verán la oportunidad para un renacimiento social.
Dejará un pueblo resentido, hastiado, y con enormes deseos de superar el trance. Dejará pretextos para justificar las frustraciones, y unos “éxitos” que cada día serán más cuestionados.
Habrá logrado la más dudosa de todas las victorias: la del “eterno” recuerdo. Por eso, su alma no conocerá la paz.
Finalmente, espero que un día no muy lejano en Cuba, ser fidelista deje de ser “la mayor virtud” de un ciudadano, y no serlo, el “peor defecto” de un cubano. Yo aspiro a un tipo de sociedad en la que todos tengan su espacio, incluso los fidelistas.

Dios se apareció en Oleiros

Arcadi Espada.



   Querido J:
Parece probable que el sentido auténtico de la visita del Papa a Cuba haya sido recoger de sus mismos labios la última confesión del dictador Castro. No se le ve otro a una visita que ha eludido cualquier gesto, puramente cristiano,con la oposición y que ha dejado en el limbo de una genérica necesidad de cambios en el mundo [¡sic!] los cambios concretos, desesperados que necesita Cuba. Poco antes de la visita, Irene Hdez. Velasco escribió una buena crónica en este periódico donde te echo las cartas sobre la posibilidad de que Castro aprovechara el viaje del Papa para anunciarle su conversión al catolicismo. Si lees la crónica no perderás el tiempo; pero mucho menos si la lees bajo el esplendor de apocalipsis de las fotos de Castro con el Papa. Míralas.
El dictador va vestido con una suerte de gabán oscuro (un chándal de su colección han dicho) que aliado con sus barbas de chivo y su decrepitud enferma le dan un aspecto canónico de místico. Frente a él, el níveo Papa, ligeramente inclinado, con expresión afectuosa, parece que va a recoger de esos labios temblorosos, en efecto, la confesión inminente. Son dos viejos de más de 80 años, cerca ya de la gracia definitiva de Dios.
Sin embargo, hay algo en la crónica y en la consiguiente interpretación del encuentro sobre lo que dudo. Acepto que la conversación entre Castro y el Papa fuera eminentemente religiosa, e incluso la posibilidad de que supusiera una suerte de solemne y postrero examen de conciencia del dictador. Pero dudo que pueda hablarse cabalmente de conversión. Y no por los orígenes, nítidamente conservadores, terratenientes y religiosos de la familia Castro. Sino por la razón contundente de que Castro declaró hace tiempo que creía en Dios. Y no sólo en Dios, sino en su caballo blanco. Sé que la declaración se produjo en julio de 1992, y en el reino de Galicia.
Te preguntarás por mis poderes. No hay misterio. Todos se derivan de una noticia en verdad singular. Se titula Fraga y Fidel, sin embargo, pero yo preferiré llamarla F/F. Una película de Manuel Fernández-Valdés, que he podido ver en primicia. Al principio aparecen unos silenciosos títulos de crédito que vale la pena que te transcriba, porque son todo el sentido. El expuesto, no el derivado:
«El padre de Fidel Castro era gallego. A principios del siglo XX emigró a Cuba y no regresó. El padre de Manuel Fraga era gallego. A principios del siglo XX emigró a Cuba y sí regresó».
«Fidel Castro gobernó la República Socialista de Cuba de 1959 a 2008. Manuel Fraga gobernó la comunidad autónoma de Galicia de 1990 a 2005».
«Fidel Castro fue a Galicia los días 27 y 28 de julio de 1992. Allí visitó la casa donde nació su padre, en el municipio de Láncara. Manuel Fraga fue a Cuba en septiembre de 1991. Allí visitó la casa donde vivió con sus padres cuando tenía tres años, en el municipio de Manatí».
«En Cuba, Fidel Castro recibió a Manuel Fraga con honores de jefe de Estado. En Galicia, un año después, Manuel Fraga quiso corresponder a Fidel Castro y le preparó una agenda cargada de paseos, homenajes y celebraciones».
«Esas 48 horas de cortesía son el motivo de esta película».
Respecto a esta última frase hay que decir mucho más. Del mismo modo que la mente no es un producto del cerebro, sino que es el cerebro, esas 48 horas no son el motivo de la película, sino la propia película. El autor reunió primero todos los testimonios gráficos que quedaban de esos días. Bastantes y muchos de ellos puramente indescriptibles. Luego, armado con ellos y una poderosa inteligencia, volvió al lugar de los crímenes. Y fue narrando el viaje con una voz aniñada, estupefacta, que es el ojo sinestésico del espectador. Tengo el privilegio de decirte que la película es un producto superior. Parece que la haya hecho un checo. El hijo checo de Fraga Iribarne, eso es. Hay una gran cantidad de escenas asombrosas. Y lo que tienen es que fueron rodadas sin asombro: la gran virtud es que el chico Valdés mira igual, con la misma tranquila degeneración, que el nodo de la televisión de Galicia. Así pueden salirle momentos como el de ese anciano cantor, aún vivazmente revolucionario, que dice que se volvió de la Cuba socialista porque para trabajar con pico y pala ya lo hacía aquí.
Pero si traigo aquí este trabajo soberbio es por un fragmento del discurso que Castro pronunció en Oleiros, un municipio «próspero, residencial y revolucionario», con su avenida Che Guevara y su Banco Santander, la zona «rojo pasión» del joven Valdés. Estaba viendo cómo enfilaba el comandante los últimos minutos de la tenida cuando hablando de la mezcla cubana de indios, españoles y africanos dijo: «Es lo que nos dio Dios para los creyentes. Es lo que nos dio Santiago hace 2.000 años. Es lo que queremos seguir siendo y parte del alma de ustedes. Eso, y parte del alma de España. Y parte del alma de Galicia. Debemos seguir siendo parte de ustedes y queremos seguir siendo acreedores al cariño de ustedes, queremos seguir siendo acreedores al privilegio y a la solidaridad de ustedes. Por eso decimos ¡patria o muerte, venceremos!». Y en la película se oye caer enseguida un líquido de gaitas.
Vi esa escena antes del viaje papal a Cuba, antes de que se pregonara la supuesta conversión. Escuchar a Castro hablando de Dios, del apóstol Santiago y del alma era tan sólo la parte del aura del viejo corrido, patria o muerte venceremos.
Es un tópico imperial hablar de las historias que exhiben «violentos contrastes». Ésta de Fraga y Fidel es todo lo contrario: una violenta identificación. Una muy posmoderna (sin ofender) disolución de los límites. El joven Valdés que, advirtámoslo, nunca se recrea en la suerte, cuenta en un momento que a los actos de homenaje a Fidel asistió algún militante del terrorismo gallego que años antes, y por el claro impulso de su fe marxista, había participado en la voladura de la casa de verano de Fraga, en Perbes. Desencriptado: aquel al que quiso matar le traía ahora al comandante. No sólo eso, meiga: el comandante no se cansaba de alabar a su anfitrión, de darle las gracias, de beber queimada y de jugar al dominó. Una juventud volada para eso.
F y F creían en Dios. Ahí va mi apuesta. No hay un dictador ateo.
Sigue con salud
A.
(El Mundo, 7 de abril de 2012)

Mirando hacia atrás

Por Tania Díaz Castro.
LA HABANA, Cuba, enero, www.cubanet.org -Mirando hacia atrás nos damos cuenta de que la Gran Ofensiva Revolucionaria, del 13 de marzo de 1968, a pesar de su rimbombante nombre, fue en realidad la Gran Metida de Pata de Fidel Castro, de entre las muchas que tiene en su haber el anciano dictador.
Dariel Alarcón Ramírez -alias Benigno-, hoy en el exilio, es el autor del libro Memorias de un soldado cubano. Fue guerrillero en la Sierra Maestra, junto a Camilo Cienfuegos, y luego lucho junto al Che Guevara en Bolivia. Benigno narra en su libro que jamás podrá olvidar la escena que presenció la mañana del 13 de marzo de 1968, reunidos con Fidel Castro los miembros del Buró Político, pocas horas antes de que Castro anunciara al pueblo la Gran Ofensiva Revolucionaria.
Cuenta este ex oficial del Ministerio del Interior, la rabieta que le dio al máximo líder cuando vio que sólo había obtenido la mitad de los votos de los miembros del Buró Político, quienes debían decidir a favor o en contra de la nacionalización instantánea de cincuenta mil establecimientos comerciales que aún quedaban en manos de propietarios privados cubanos. Castro ni siquiera aceptó la voz contraria de Carlos Rafael Rodríguez, que se oponía a la idea.
Según Benigno, Fidel saltó como una fiera y exclamó iracundo:
-Por mis testículos se va a intervenir, tal y como yo digo. Ramirito, prepara las fuerzas, que se va a intervenir; estén todos de acuerdo o no.
-Como usted ordene, Comandante –respondió Ramiro Valdés.
Por último cuenta Alarcón Ramírez que, malhumorado, Fidel Castro le quitó las llaves del auto a su chofer para manejarlo él mismo, salió como una tromba de la reunión, y se alejó del lugar chillando gomas.
Esa misma noche el jefe del país anunciaba en un discurso, en la escalinata de la Universidad de La Habana, que la revolución tenía que nacionalizar todos los comercios particulares, como solución para combatir el egoísmo, si se quería lograr que surgiera en Cuba el Hombre Nuevo.
Aquella medida tomada por Castro de forma caprichosa, algo que –quizás consciente del desastre que había provocado-  jamás aconsejó años más tarde a sus discípulos sandinistas en Nicaragua y mucho menos a Hugo Chávez, terminó de destruís el país.
Cuarenta y cuatro años más tarde, Cuba sigue sufriendo las consecuencias del delirante capricho del Comandante en Jefe. Si no fuera tan trágica y real, la historia parecería el guión de una chaplinesca comedia en que un loco que se cree dictador juega a hacer delirantes experimentos con una pequeña islita de cartón.
Lejos de impulsar la producción y los servicios, elevar la eficiencia del trabajo y, sobre todo, desarrollar la cooperación y el espíritu comunista, como Castro pronosticara, la “ofensiva” fue el tiro de gracia que sumió al país en la total ineficiencia y pobreza que han reinado desde entonces. Metedura de pata que el Castro menor, trata hoy de desmontar, con mucha cautela, para que al hacerlo no colapse su tambaleante y miserable reino.
Los magníficos y eficientes negocios que llenaban nuestra isla y hacían de Cuba un país vibrante y moderno como pocos en América Latina, eliminados por Castro Primero en 1968, son remplazados en 2012 por Castro II con timbiriches, vendedores ambulantes, bazares de baratijas instalados en portales de casas en ruinas, restaurantuchos en salas de casas y chinchales para vender frutas. Todo hecho con la arrogancia que define a la familia, sin jamás haber admitido quién es el verdadero culpable de estas casi cinco décadas de miseria y, muchísimo menos, haber pedido disculpas por simplemente destruir el país.
Me pregunto: ¿Volverán algún día los negocios de verdad, los de antes?