Econlog.
"What if a poor person gets sick, doesn't have insurance, and can't get friends, family, or charity to pay for treatment?"
"What if an elderly person gets defrauded out of his entire retirement and the perpetrator vanishes into thin air?"
"What if a child is starving on the street, and no one voluntarily feeds him?"
"What if someone just can't find a job?"
If you're a libertarian, you face what-ifs like this all the time. The point, normally, is to make you say, "Tough luck" and look like a monster. What puzzles me, though, is why libertarians rarely ask analogous questions. Like:
"What if Congress passes an unjust law, the President signs it, and the Supreme Court upholds it?"
"What if the government conscripts you to fight in an unjust war, and you die a horrible death?"
"What if a poor person drinks and gambles away his welfare check?"
"What if the government denies you permission to legally work?"
"What if the President decides your ethnicity is a national security risk and puts you in a concentration camp, and the Supreme Court declares his action constitutional?"
"What if a person lives an extremely unhealthy lifestyle, so by the time they're retired, they're in constant pain no matter how generous their Medicare coverage is?"
"What happens if a President lies to start a war, and voters don't particularly care?"
Once you start the what-if game, it's hard to stop. Name any political system. I can generate endless hypotheticals to aggravate its supporters. The right lesson to draw: Every political perspective eventually has to say "Tough luck" when confronted with well-crafted what-ifs. There's nothing uniquely hard-hearted or cruel about libertarianism. Defenders of democracy, nationalism, liberalism, conservatism, the American Constitution, and social democracy all eventually sigh, "Life's not fair," or "Well, what do you want me to do about it?"
The obvious reply is that some of these hypotheticals are more realistic than others. But that puts the critics of libertarianism on extremely thin ice. None of my alternate what-ifs are fanciful. Several of them - lethal conscription, unhealthy lifestyles, denying foreigners the right to work, mendacious wars - have happened or continue to happen on a massive scale in the most democratic nations on earth. In contrast, we've never seen a rich, modern, libertarian society. For all we know, private charity in Libertopia would more than suffice to end absolute poverty. Stranger things have happened.
Why the double standard? The root, I suspect, is status quo bias. Most people tolerate the unpleasant ramifications of the status quo because they're used to them. You might get conscripted and die a horrible death? Oh well, that's life. Most people won't tolerate the unpleasant ramifications of libertarianism because they're used to a world where government says, "We'll never let that happen." But what's so great about that assurance, when it's bundled with a long list of other evils that governments blithely tolerate - or actively commit on a grand scale every day?
“Ningún poder en la tierra podrá arrancarte lo que has vivido.” Viktor Frankl
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Christian Felber y el equívoco común por Carlos Rodríguez Braun
Libertad Digital.
Agradezco a mis seguidores en twitter (@rodriguezbraun) que me facilitaran una entusiasta entrevista en La Vanguardia a Christian Felber, economista austríaco autor de La economía del bien común. De entre sus propuestas progresistas destaca el diario este titular: "Nadie debe cobrar más de 20 veces el salario mínimo".
Desde siempre los enemigos de la libertad han agitado el señuelo de la igualdad falsa, es decir, de la igualdad mediante la ley, que apela a la envidia y otros instintos tribales que nos impulsan a aplaudir la vieja estrategia de Procusto. El socialismo de todos los partidos lo ha hecho siempre, y los equívocos de Christian Felber son solo una nueva versión de una vieja ficción, o una nueva versión vegetariana del viejo socialismo carnívoro de toda la vida. Los que ganan menos de 20 veces el salario mínimo pueden caer en la tentación de decir: ¿por qué no? ¿por qué no limitar lo que ganan los ricos, o lo que puedan legar a sus hijos? La trampa es que si el poder tiene la capacidad de hacer eso, no simplemente puede cegar las fuentes de la prosperidad, sino acabar con la libertad de todos.
Las propuestas de Felber tienen envoltorios populistas, que pueden ser atractivos, pero que apuntan directamente contra la libertad: "poner la economía al servicio del ciudadano y no del beneficio... El egoísmo y la irresponsabilidad de la economía deben dar paso a la cooperación". No reclama abiertamente el comunismo, sino la economía de mercado. Pero, siempre hay un pero, en su modelo "las empresas no compiten entre ellas, sino que cooperan para conseguir el mayor bien común a la sociedad en su conjunto". Pero en el mercado las personas ya cooperan, no necesitan ser forzadas para ello. Y si son forzadas, ello no promueve el bien común sino el poder político.
Felber, como tantos otros, endulza el antiliberalismo ignorando siempre los costes que sus políticas comportan, e inundándolo todo de vacía retórica: "inversiones con plusvalía social y ecológica". Sus bulos tienen a veces, como compensación, mucha gracia. Por ejemplo, el establecimiento de un banco... ¡democrático!
El progresismo, empero, no es democrático, porque impide al pueblo elegir. Y cuando le asegura, como hace Christian Felber, que en su paraíso sólo pagarán más impuestos los millonarios, incurre en una acendrada costumbre intervencionista: la falsedad.
Los 'windfall profits' no existen por Manuel Fernández Ordóñez
Libertad Digital.
Ya hemos comentado muchas veces en esta columna cómo funciona el mercado mayorista de electricidad en España, pero ha de reconocerse que no es cosa baladí ni trivial. Esa complejidad resulta ser un terreno especialmente abonado para la cosecha de intereses creados y teorías falaces que no aguantan un mínimo análisis. El de los windfall profits es otro de esos argumentos falsos que suelen utilizar los que abogan por la intervención total del mercado eléctrico y la expropiación de ganancias legítimas a ciertas tecnologías de producción.
Hay muchos grupos de presión, desde empresas privadas hasta grupos ecologistas, que esgrimen que las centrales nucleares e hidráulicas tienen beneficios "caídos del cielo", eso es lo que significa windfall profits. ¿Y por qué dicen esto? Pues, fundamentalmente, porque no entienden cómo funciona el mercado eléctrico ni la forma de ofertar de las distintas tecnologías en el mismo. La cosa, sin embargo, no es tan complicada. Imagine que cultiva usted patatas y, tras la cosecha, acude a un mercado donde tiene lugar una subasta en la que distintos agricultores venden las patatas. El funcionamiento de este mercado es tal que, independientemente del precio al que usted oferte sus patatas, siempre recibirá el mismo importe por ellas: el precio del último kilogramo de patatas que se venda. Si usted ha ofertado por debajo de ese precio, venderá sus patatas. Si ha ofertado por encima de ese precio, no las venderá y se volverá a casa con las patatas.
Imagine ahora que usted no quiere volver a casa con sus patatas y quiere estar totalmente seguro de que las va a vender, por ejemplo porque el camión del transporte de vuelta es muy caro. ¿A qué precio las ofertaría? La cosa está clara: las ofertaría a cero euros, las ofertaría gratis. De este modo es seguro que las vende y, teniendo en cuenta el funcionamiento del mercado, usted recibirá por sus patatas el precio de las últimas que se hayan vendido. Ahora bien, y aquí está el matiz clave, el que usted oferte sus patatas a cero no significa que le cueste cero producirlas. La producción le cuesta una cantidad significativa de dinero, pero las oferta gratis porque su coste de oportunidad es muy bajo. Esto quiere decir que, una vez que las patatas han sido cosechadas, o las vende o las tendrá que tirar. Y es mejor venderlas, aunque el precio obtenido sea muy bajo, ya que al menos recuperará algo de su inversión.
Y aquí viene la trampa. Como usted oferta las patatas a cero, algunos interesados dirán que usted produce las patatas casi gratis, que sus costes de producción son muy pequeños y que, por tanto, cuando a usted le pagan las patatas al precio marginal está recibiendo beneficios exorbitantes, beneficios inmerecidos, beneficios caídos del cielo, windfall profits. Pero todo es mentira. Usted no tiene unos costes de producción bajos, usted lo que tiene son unos costes de oportunidad bajos, que no es ni parecido. Usted lo que quiere es deshacerse de las patatas como sea y les baja el precio todo lo posible.
En el mercado eléctrico sucede lo mismo. Una central nuclear, por ejemplo, tiene un coste de oportunidad muy bajo porque sus costes de combustible son pequeños. Una central de gas, en cambio, tiene unos costes de oportunidad muy altos porque el precio del gas puede alcanzar el 70% del coste de operación de la central. Si el gas está muy caro, la central puede preferir no arrancar. A una nuclear, en cambio, siempre le merece la pena estar arrancada porque el coste del combustible no llega al 5% del total. Por eso las nucleares y las hidráulicas ofertan a cero, porque sus costes de oportunidad son muy bajos, no porque sus costes de producción lo sean. De hecho, en una central nuclear hay otros costes que son muy elevados, como la inversión en seguridad y equipos o la amortización del capital. Es decir, el coste total de producir electricidad con una central nuclear dista mucho de ser cero (de hecho es bastante cercano al del carbón).
¿Y si el mercado fuera diferente? ¿Y si a cada tecnología se le pagara el precio al que ha ofertado? Esto significaría cambiar un mercado marginalista por un mercado pay-as-bid. De acuerdo, aceptamos la moción, hagámoslo. ¿Qué pasaría entonces? Es muy sencillo ¿Qué hacen todos ustedes cuando quieren vender un piso, un coche o una cámara fotográfica de segunda mano? Miran a ver cómo está el mercado, estudian los anuncios en internet e intentan estimar un precio por el cual alguien en el mercado estaría dispuesto a comprar su casa o su coche. Es decir, intentan adivinar cuál es el precio marginal del mercado de casas, coches o cámaras.
En el mercado eléctrico pasaría exactamente lo mismo. Todas las centrales tratarían de adivinar a cuánto se iba a vender ese día el kWh marginal y todos tratarían de ofertar un poquito por debajo de ese precio. Es decir, las centrales nucleares ya no ofertarían a cero sino a un margen por debajo de lo que ellas creyeran que fuera a ser el precio marginal de ese día. Pues bien, la teoría económica nos dice que si hacemos esto, el precio resultante será prácticamente idéntico al de un mercado marginalista. Si cambiamos de modelo de mercado, el precio será el mismo. Por tanto, los windfall profits no existen ni son un artificio del mercado eléctrico para robarnos el dinero. Esto es tan cierto, de hecho, que hoy mismo los propietarios de la central nuclear de Santa María de Garoña han emitido un comunicado en el que renuncian a continuar con la explotación de la misma porque dejará de ser rentable si el Gobierno aprueba la subida de impuestos a las nucleares. ¿Dónde están los windfall profitssi la central dará pérdidas?
El mercado mayorista español de electricidad tiene como resultado uno de los kWh más baratos de Europa. En los cinco primeros meses de este año el mercado arrojó un precio de 48€ cada MWh mientras en nuestras casas lo estábamos pagando, con todo incluido, a más de 200€. ¿De dónde proviene la diferencia? El origen del drama eléctrico español no está en el mercado, no se equivoquen de sitio a la hora de hacer la caza de brujas.
A la deriva... sin más por Manuel Fernández Ordóñez
Libertad Digital.
Este gobierno ha perdido definitivamente el rumbo, tal vez en muchos campos, pero de manera absoluta en el sector energético. La futura reforma que han elaborado a escobazos entre los ministros Soria y Montoro constituirá la puntilla definitiva del sector, destrozando de un plumazo los pocos resquicios de libre mercado que quedaban en el ámbito energético. En un clásico "quítate tú pa ponerme yo" han decidido intervenir el mercado y decretar unos impuestos leoninos a las tecnologías más eficientes (nuclear e hidráulica) hasta el punto de cuestionarse su viabilidad en el mercado. Con un único afán recaudatorio, han querido sacar tanta leche que han matado a la vaca.
Durante los últimos años, en un escenario de déficit tarifario desbocado gracias a los subsecuentes intervencionismos estatales, se obligó a las empresas eléctricas a financiar tal desaguisado por Real Decreto. El Estado obligó a algunas empresas del sector a prestarle miles de millones de euros con la única promesa de que algún día, tal vez, se los devolverían. Este modus operandi, únicamente visto en el sector eléctrico y rayando lo kafkiano, lejos de suponer un reflexión serena acerca de lo insostenible de nuestro sistema sirve como excusa al gobierno para decretar un nuevo intervencionismo mucho más digno de otras latitudes. Ya saben la máxima del socialismo: los errores del intervencionismo se arreglan con más intervención. Y esto es independiente del socialismo que gobierne, ya sea el del PSOE o el del PP.
Parece mentira que no sepan ya lo que va a suceder. Es tan evidente que la situación produce vergüenza y sonrojo. Lo sabemos todos: si se deja a las eléctricas repercutir el precio de los impuestos habrá una subida inmediata del kWh en el mercado. Electricidad más cara implica pérdida de competitividad y más paro. Si las eléctricas no pudieran repercutir el impuesto en el precio, implicará una pérdida de competitividad de éstas. Las ganancias en el sector nacional irán a cero o directamente entrarán en pérdidas (las plusvalías de nuestras empresas eléctricas vienen fundamentalmente de las inversiones en el extranjero). Esto implicará el despido masivo de miles de empleados y el cierre de centrales de producción. Por ejemplo, está por ver la viabilidad de la central nuclear de Garoña tras la hecatombe fiscal.
Y a todo esto, pululan por el panorama de la opinión ciertos personajes cuyos desmanes en forma de moratoria nuclear aún estamos pagando en el recibo de la luz casi 30 años después. Me refiero a Felipe González, que en recientes declaraciones afirmó que "el proceso de liberalización del sector eléctrico produjo un déficit de 25.000 millones". Para empezar, señor González, lo de "liberalización" del sector eléctrico provoca carcajadas solo de oírlo. Para seguir, el déficit de tarifa se genera porque los costes regulados que establece el gobierno no son suficientes para cubrir los gastos. Se lo repito de nuevo, "que establece el gobierno". Es decir, el déficit se ha provocado artificialmente desde La Moncloa y no por un funcionamiento ineficiente del mercado. Si no fuera así, señor González, ¿cómo explica usted que tengamos un precio del kWh en el mercado de los más bajos de Europa y, sin embargo, paguemos la electricidad a precios de los más caros de Europa? ¿Dónde está el truco, señor González?
Cuando se enterarán de una vez que lo que sobra no es el mercado eléctrico, los que sobráis sois los políticos populistas que habéis hundido y seguís hundiendo este país. Pueden seguir subiendo impuestos y destrozando la poca industria que queda hasta que no haya nadie de quien recaudar. Pueden atacar a los débiles, quitar las pagas a los funcionarios o rebajar las pensiones. Mientras tanto no cierran ni un aeropuerto, construyen AVEs fantasma, tienen decenas de televisiones autonómicas, sillones en las cajas de ahorro, gobiernos autonómicos que no sirven para nada, embajadas en el extranjero, una universidad en cada pueblo, cada político varios cargos, diputaciones absurdas y piden prestados miles de millones al mes que saben que no van a poder devolver... y a la vez echan la culpa a los mercados, dicen que nos atacan.
Los mercados no atacan, los mercados se defienden de tanta estupidez. Y a nuestros dirigentes lo único que se les ocurre es intervenir y aniquilar uno de los pocos resquicios de eficiencia, el mercado mayorista eléctrico. En unos meses veremos las consecuencias, electricidad más cara, pérdida de competitividad, empresas en ERE, empresas que se van de España, pérdida de empleo, menos consumo, más recesión, la prima de riesgo más alta, la financiación a tipos de interés inasumibles y más crisis. En definitiva, estamos a la deriva... sin más.
La regulación compulsiva empobrece
Xavier Sala i Martín.
La nueva regulación bancaria de Basilea está obligando a los bancos a (1) o bien ampliar capital o (2) o bien substituir créditos de "alto riesgo" (a empresas productivas) por créditos de "bajo riesgo" (al gobierno). Como los bancos españoles tienen dificultad para ampliar capital, lo que está pasando es que la regulación de Basilea está OBLIGANDO a los bancos a dejar de dar créditos al sector productivo para dárselo al sector público. Es decir, la incompetencia de los reguladores está ahogando la actividad productiva, está secando el crédito de la economía y está contribuyendo a la destrucción de riqueza y puestos de trabajo. La regulación inteligente protege. Pero la experiencia española demuestra, nuevamente, que la regulación compulsiva empobrece.
ARTÍCULO:
¡La culpa es de la DESREGULACIÓN del sistema financiero! Esa es la (acrítica) crítica repetida hasta la saciedad por infinidad de analistas enemigos del libre mercado, analistas que salen como setas cada vez que hay una recesión. Para ellos, más regulación es siempre equivalente a mejores resultados. El problema de su argumentación es que en su mente no tienen a los reguladores del mundo real (seres humanos con limitados conocimientos y con mochilas políticas) sino unos reguladores teóricos de libro de texto que siempre imponen restricciones que mejoran el bienestar.
La pregunta es: ¿es siempre buena la regulación? ¿Más regulación es siempre mejor? Desafortunadamente para el país, vivimos YA HOY las consecuencias negativas la regulación que se impuso hace sólo un par de años para solucionar la crisis financiera de 2008: las nuevas reglas de capital bancario mínimo impuestas por Basilea III son en gran parte responsables de la recesión europea de 2012. Me explico.
Básicamente, el negocio bancario consiste en obtener dinero de los depositantes y prestarlo a un interés superior. Si los ingresos son superiores a los costes (incluidos los costos que comporta la morosidad o los impagos), el banco tiene beneficios. Estos, aumentan el valor del capital del banco. Si, por el contrario, los costes son superiores se producen pérdidas que van a cuenta de lo propietarios que ven cómo se reduce el valor de su capital. Cuando, a base de perder dinero año tras año, un banco se queda sin capital se dice que es insolvente y debe cerrar.
Es muy importante, pues, que un banco tenga “suficiente” capital. La pregunta es: ¿Cuánto capital se considera suficiente? La respuesta depende de la cantidad de préstamos que haya concedido y de lo “arriesgados” que sean esos préstamos (es decir de la probabilidad de que no sean devueltos). Imaginemos un banco con capital de 10 millones, que ha captado muchos depósitos y ha acabado concediendo créditos por valor de 1.000 millones. ¿Tiene suficiente capital? Si los créditos concedidos tienen un riesgo del 5% de no ser devueltos, el banco sabe que un 5% de los 1.000 millones no van a ser devueltos por lo que va a perder unos 50 millones. El capital de 10 millones no va a ser suficiente para hacer frente a las pérdidas por lo que el banco será insolvente.
Noten que si el mismo banco tuviera un capital de 100 millones, podría hacer frente a las mismas pérdidas esperadas de 50 millones de créditos con toda tranquilidad. Para que un banco esté sano, pues, hace falta que la tasa de capitalización, es decir, la relación entre el capital del banco y los créditos concedidos sea suficientemente alta.
Es importante entender que los créditos concedidos deben ser ajustados por su riesgo porque en el ejemplo anterior, si en lugar del 5% el riesgo de impago sólo fuera del 0,5%, entonces se esperaría que las pérdidas sólo fueran de 5 millones y no 50 por lo que el capital de 10 millones sería suficiente. Es decir, si el banco ha concedido créditos con poco riesgo, con poco capital que tenga ya puede ir tirando. Dicho de otro modo, para saber si un banco tiene capital suficiente hay comparar su capital con los créditos concedidos ajustándolos por el riesgo de impago.
Teniendo en cuenta este criterio, antes de la crisis del 2008, los reguladores internacionales crearon lo que se llamó “Normas de Basilea II”, que obligaban a los bancos a que su capital fuera el 2% de la “suma de los créditos concedidos”, donde la “suma de los créditos concedidos” era una “suma ponderada por el riesgo de cada crédito”. En inglés eso se llama “Risk Weighted Assets” o RWA. El RWA es la suma ponderada de todos los activos, cada uno multiplicado por un número entre cero y uno: los que tienen cero riesgo se les multiplica por cero y los que tienen máximo riesgo, por uno. Es decir, Basilea II decía que el ratio Capital/RWA tenía que ser del 2%.
Las pérdidas sufridas durante la crisis de 2009-2010 hicieron pensar a los reguladores que esa tasa de capitalización era insuficiente por lo que en 2010 se volvieron a reunir y crearon las llamadas “reglas de Basilea III” que básicamente imponían un nuevo requerimiento: el ratio Capital/RWA tenía que subir desde el 2 al 7% para el 2019. El Banco de España, más papista que el Papa, impuso a los bancos Españoles no el 7% sino el 8% y no para el 2019 sino de manera inmediata, setiembre de 2011.
¿Cómo podían los bancos conseguir ese nuevo objetivo impuesto por la nueva normativa? Pues siempre hay dos maneras de subir un ratio: aumentar el numerador y reducir el denominador. Es decir: la primera manera de cumplir con la nueva normativa era pedir a los accionistas del banco que pusieran más dinero de sus bolsillos. Es lo que se conoce como “ampliación de capital”. El problema es que muchos bancos (por ejemplo, los españoles) han tenido serias dificultades para ampliar capital: porque el sistema financiero español ofrece pocas garantías en estos momentos.
La segunda manera de reducir el ratio de CAPITAL/RWA impuesto por los reguladores era reducir el RWA. Dado que el RWA es la suma ponderada de todos los activos (en este caso, los créditos concedidos por los bancos) donde las ponderaciones son distintas según el riesgo, la suma total de RWA puede disminuir si se substituyen créditos con mucho peso (es decir, créditos con mucho riesgo) por créditos sin peso (es decir, sin riesgo).
Y aquí es donde, sin darse cuenta, los reguladores han estado haciendo MUCHO DAÑO A LA ECONOMIA PRODUCTIVA!: Y no porqué impusieran un aumento de capital a los bancos sino porque, por ley y por alguna razón desconocida, los reguladores decidieron que un CRÉDITO AL GOBIERNO NO TENÍA RIESGO (y por lo tanto tiene un peso 0 en RWA) mientras que el crédito a una empresa tenía mucho riesgo por lo que puede llegar a tener un peso de 0,9 o 1 en RWA. Todos los bancos españoles que tienen dificultades para ampliar capital, al ver que se les requería que su ratio capital/RWA fuera del 8% les obliga a tener que substituir créditos “arriesgados” por créditos catalogados de “sin riesgo”. Es decir, cada vez que a una empresa productiva le vencía un crédito, no se le renovó y utilizó el dinero para comprar deuda pública. Dicho de otro modo: los bancos dejaron de prestar dinero a empresas productivas (y de paso contribuyeron a la destrucción de riqueza y de puestos de trabajo) para cumplir con la estúpida regulación impuesta por unos reguladores que fueron incapaces de ver que las reglas mal pensadas acaban siendo muy perjudiciales.
Lo irónico de la situación es que se ha inducido a los bancos a sacarse de encima los créditos al sector productivo y a comprar deuda pública simplemente porque el regulador decidió no se sabe por qué decir que la deuda pública no tenía riesgo. Cualquiera que haya leído los periódicos en los dos últimos años sabe que la deuda pública tiene un enorme riesgo de impago. Miren, si no, lo que les ha pasado a los que prestaron dinero al gobierno de Grecia o lo que les ha pasado a los proveedores de los ayuntamientos españoles! La deuda pública tiene riesgo y sería importante que tanto los reguladores como los bancos lo reconocieran cuanto antes mejor.
Resumiendo, la nueva regulación de Basilea está obligando a los bancos a (1) o bien ampliar capital o (2) o bien substituir créditos de "alto riesgo" (a empresas productivas) por créditos de "bajo riesgo" (al gobierno). Como los bancos españoles tienen dificultad para ampliar capital, lo que está pasando es que la regulación de Basilea está OBLIGANDO a los bancos a dejar de dar créditos al sector productivo para dárselo al sector público. Es decir, la incompetencia de los reguladores está ahogando la actividad productiva, está secando el crédito de la economía y está contribuyendo a la destrucción de riqueza y puestos de trabajo. La regulación inteligente protege. Pero la experiencia española demuestra, nuevamente, que la regulación compulsiva empobrece.
Discurso de recepción del Premio Julián Marías 2011
Juan Ramón Rallo.
Este discurso fue pronunciado el 11 de abril de 2012 durante el acto de recepción del Premio Julián Marías 2011 a la categoría de investigadores menores de 40 años.
Es para mí todo un honor recibir este premio Julián Marías 2011 para investigadores del ámbito de las ciencias sociales menores de 40 años. Y lo es especialmente en unos momentos tan señalados y críticos como los que actualmente estamos atravesando. No en vano, el tema en el que he focalizado la gran mayoría de mis investigaciones y merced al cual he recibido el presente premio ha sido la teoría de los ciclos económicos, inserta ésta en la tradición liberal de la Escuela Austriaca de Economía, es decir, en los descubrimientos científicos que a lo largo de siglo y medio han edificado gigantes intelectuales tales como Carl Menger, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Ludwig Lachmann y, en España, mi apreciado mentor el profesor Jesús Huerta de Soto.
Es difícil comprimir en tan sólo unos minutos todas las contribuciones que este riquísimo marco teórico permite aportar a la muy complicada coyuntura actual, pero sí me gustaría compartir con ustedes dos de sus conclusiones centrales.
La primera es que la actual crisis económica no es fruto ni del mercado, ni de la desregulación, ni de la especulación, ni de la codicia, ni de la desigualdad, ni de una pérdida de valores, ni del euro, ni de la sobreexplotación ecológica del planeta. No, la actual crisis tiene unas causas muy bien tasadas: el excesivo intervencionismo estatal en el sector financiero, materializado en toda una serie de privilegios hacia la banca que le han permitido durante años expandir el crédito muy por encima del ahorro realmente existente en una sociedad. La respuesta frente a esa lacra que representa la recurrencia de los ciclos de auge artificial y depresión profunda que abaten al capitalismo desde hace décadas no pasa ni por intervenir ni por regular todavía más el mundo financiero, sino por someter a la banca a la competencia del mercado despojada de todos los privilegios que suponen la existencia de los bancos centrales monopolísticos, el dinero fiduciario inconvertible y los rescates estatales indiscriminados. No más Estado y menos mercado sino al revés: más libertad, más competencia y menos privilegios; en suma, más mercado y menos Estado.
La segunda reflexión que me gustaría transmitirles es que la solución a la crisis actual no pasa ni por impulsar el consumo, ni por estimular el gasto público, ni por subir los impuestos, ni por incentivar un mayor volumen de endeudamiento basado en tipos de interés artificialmente bajos, ni por abandonar el euro para poder devaluar nuestra divisa a placer, ni por crear ineficientes industrias y bancos públicos, ni por mantenerlas rigideces regulatorias de los mercados que bloquean la movilidad de los factores productivos. Al contrario, lo que necesitamos es un volumen muchísimo mayor de ahorro privado y público que, primero, les facilite a familias, empresas y bancos reducir su asfixiante endeudamiento y sanear su situación financiera; y, segundo, les permita a los empresarios más perspicaces de nuestro país ejecutar las oportunidades de inversión que vayan descubriendo en unos mercados mucho más libres que los actuales y que tomen la forma de nuevas industrias que sí generen realmente riqueza y que remplacen a ese cementerio de elefantes que era y sigue siendo el ladrillo. Lejos de posponer indefinidamente los ajustes y la austeridad que necesitamos con urgencia desde hace años, tal como han hecho hasta el momento los gobiernos de todo signo político, debemos acelerarlos y profundizar en ellos sin vacilación. Como en el caso anterior, la solución a la crisis no pasa por más desnortado intervencionismo de corte keynesiano, sino por más mercado y muchísimo menos Estado.
Desafortunadamente, estas dos contribuciones centrales de la ciencia económica al análisis de las crisis financieras suponen toda una afrenta contra el pensamiento estatista que ha colonizado a las sociedades y a la clase política occidental en el último siglo, tan renuentes ambas a dejar de gastar el dinero del prójimo y de teledirigir sus libertades. Por ello, lo más previsible es que no sólo no sean escuchadas, sino que incluso se termine avanzando en la dirección opuesta a las mismas, por mucho que esa obcecación anticientífica sólo nos conduzca, a corto plazo, a alargar innecesaria y dolorosamente la actual crisis y, a largo plazo, a seguir padeciendo los ciclos económicos maniacodepresivos que tantas penalidades y empobrecimiento generalizados provocan.
A los economistas, en medio de esta adversa coyuntura, sólo nos queda la amarga tarea de seguir repitiendo estas verdades básicas aun cuando casi nadie quiera escucharlas y aun cuando, de hecho, se nos critique por no aportar soluciones válidas contra los problemas que afectan al ciudadano. Al final, sin embargo, por la fuerza de la virtud o por la virtud de la fuerza, no cabrá otra alternativa que, cual gravitacional ley, darles la consideración que se merecen… a pesar de la frontal oposición de cuantos se niegan a abandonar el mundo del despilfarro redistributivo, el crédito barato, el Estado niñera, las redes clientelares y los privilegios regulatorios. Muchas gracias.
Repensar la pobreza
Carlos Rodríguez Braun.
Este libro es un inteligente replanteamiento de la necesidad del intervencionismo estatal. Los autores, destacados especialistas y profesores en el M.I.T., recurren a la estrategia del centrismo y se presentan como equidistantes de dos extremos: por un lado, las burocracias internacionales, las ONGs y el buenismo progresista antiliberal que asegura que la pobreza se resuelve con más intervencionismo, más gasto público y más ayuda al desarrollo; por otro lado, los liberales que promueven el fin de esa ayuda y el apoyo a la libertad y sus instituciones, como la propiedad privada y el comercio libre. Su centrismo, no obstante, es un espejismo, porque el libro procura apuntalar el intervencionismo, no a socavarlo, aunque esta conclusión va apareciendo a lo largo del texto y no resulta patente al comienzo.
En efecto, abundan declaraciones aparentemente neutrales del estilo “el lector no descubrirá en este libro si la ayuda es buena o mala”, políticamente incorrectas como “en el sector público las cosas están mucho peor que en el privado”, o directamente heréticas, como cuando denuncian el increíble despilfarro de la ayuda oficial o la consigna progresista que nos da la tabarra con las masas crecientes de millones hambrientos: “La mayoría de las personas que viven con menos de 99 centavos al día no parecen comportarse como si tuvieran hambre”.Asimismo, presumen de estar alejados de toda ideología: no se guarecen en sus despachos sino que viajan a los países pobres, y estudian la realidad científicamente, caso por caso, e intentan probar sus teorías mediante ensayos controlados aleatorizados.
Pero sus conclusiones no son en el fondo diferentes de las convencionales, lo que llama la atención en un volumen subtitulado “un giro radical”. No tan radical, desde luego, más bien se trata del discurso habitual que asegura que la libertad está bien mientras no esté mal: “los gobiernos existen para hacerse cargo de problemas que no son capaces de resolver los mercados”, “el espacio adecuado para las políticas no es tanto la sustitución de la familia como completar su acción y, algunas veces, protegernos de sus abusos”, “existe un margen claro para la acción del gobierno, lo que no significa que tenga que ser el sustituto de un mercado de seguros privado”, “en algunos casos sencillamente no se dan las condiciones para que surja un mercado por sí solo”, y así siguiendo con la acostumbrada forma de razonar que puede justificar un abanico virtualmente ilimitado de intrusiones políticas y legislativas.
Pero su reformulación intervencionista es sutil porque se presenta como moderada: ellos aseveran que no son ni Sachs ni Easterly, aunque en realidad lo son alternativamente: por ejemplo, es bueno que los pobres sean empresarios pero no podrán salir adelante sin intervención pública. Es curioso que no citen a Popper, cuando son un buen ejemplo de lo que él llamó “ingeniería parcial”. El Estado es necesario, y antes de que usted levante la mano para preguntar por qué, lo abruman con numerosos y acertados planteamientos sobre cómo puede hacer las cosas mejor, sin grandes cambios ni grandes revoluciones, solo manteniéndose como está pero siendo más eficiente, más legitimado y a la postre más fuerte.
Este libro es un inteligente replanteamiento de la necesidad del intervencionismo estatal. Los autores, destacados especialistas y profesores en el M.I.T., recurren a la estrategia del centrismo y se presentan como equidistantes de dos extremos: por un lado, las burocracias internacionales, las ONGs y el buenismo progresista antiliberal que asegura que la pobreza se resuelve con más intervencionismo, más gasto público y más ayuda al desarrollo; por otro lado, los liberales que promueven el fin de esa ayuda y el apoyo a la libertad y sus instituciones, como la propiedad privada y el comercio libre. Su centrismo, no obstante, es un espejismo, porque el libro procura apuntalar el intervencionismo, no a socavarlo, aunque esta conclusión va apareciendo a lo largo del texto y no resulta patente al comienzo.
En efecto, abundan declaraciones aparentemente neutrales del estilo “el lector no descubrirá en este libro si la ayuda es buena o mala”, políticamente incorrectas como “en el sector público las cosas están mucho peor que en el privado”, o directamente heréticas, como cuando denuncian el increíble despilfarro de la ayuda oficial o la consigna progresista que nos da la tabarra con las masas crecientes de millones hambrientos: “La mayoría de las personas que viven con menos de 99 centavos al día no parecen comportarse como si tuvieran hambre”.Asimismo, presumen de estar alejados de toda ideología: no se guarecen en sus despachos sino que viajan a los países pobres, y estudian la realidad científicamente, caso por caso, e intentan probar sus teorías mediante ensayos controlados aleatorizados.
Pero sus conclusiones no son en el fondo diferentes de las convencionales, lo que llama la atención en un volumen subtitulado “un giro radical”. No tan radical, desde luego, más bien se trata del discurso habitual que asegura que la libertad está bien mientras no esté mal: “los gobiernos existen para hacerse cargo de problemas que no son capaces de resolver los mercados”, “el espacio adecuado para las políticas no es tanto la sustitución de la familia como completar su acción y, algunas veces, protegernos de sus abusos”, “existe un margen claro para la acción del gobierno, lo que no significa que tenga que ser el sustituto de un mercado de seguros privado”, “en algunos casos sencillamente no se dan las condiciones para que surja un mercado por sí solo”, y así siguiendo con la acostumbrada forma de razonar que puede justificar un abanico virtualmente ilimitado de intrusiones políticas y legislativas.
Pero su reformulación intervencionista es sutil porque se presenta como moderada: ellos aseveran que no son ni Sachs ni Easterly, aunque en realidad lo son alternativamente: por ejemplo, es bueno que los pobres sean empresarios pero no podrán salir adelante sin intervención pública. Es curioso que no citen a Popper, cuando son un buen ejemplo de lo que él llamó “ingeniería parcial”. El Estado es necesario, y antes de que usted levante la mano para preguntar por qué, lo abruman con numerosos y acertados planteamientos sobre cómo puede hacer las cosas mejor, sin grandes cambios ni grandes revoluciones, solo manteniéndose como está pero siendo más eficiente, más legitimado y a la postre más fuerte.
Dos visiones de la crisis financiera
Carlos Rodríguez Braun.
Para que ponderase el papel de la libertad en la crisis, mi amigo José Carlos Diez me recomendó este estudio de la Reserva Federal de Nueva York: Z. Pozsar, T. Adrian, A. Ashcraft y H. Boesky, “Shadow Banking”, Staff Report Nº 458, julio 2010, http://goo.gl/5usiz.
Los autores alaban, por un lado, el intervencionismo, y afirman que se han acabado las carreras bancarias gracias al seguro de depósito de la FDIC, pero a continuación admiten que el sistema es frágil en su esencia, al tener pasivos a corto y activos a largo. Y por eso la intervención da lugar a la necesidad de...
intervención. Dicen que la banca en la sombra fue pensada como algo seguro y no necesitaba ayuda, pero a la vez afirman que cualquier sistema como el actual necesitará ayuda siempre: “prívate sector balance sheets will always fail at internalizing systemic risk. The oficial sector will always have to step in to help”. Más aún: “shadow banks will always exist”. Y no se trató de un ejemplo de liberalismo y desregulación: el esquema en el que sobresalían Fannie Mae y Freddie Mac, con garantía pública implícita, no fue paradigma del mercado libre.
En suma, el lío fue creado o propiciado por los reguladores, la banca en la sombra creció legalmente ante sus narices y se abrió camino gracias a la expansión monetaria orquestada por las autoridades.
Por otro lado, John A. Allison, que trabajó durante 40 años en banca, llegó a ser presidente de BB&T y fue incluido entre los 100 CEO más exitosos del mundo por la Harvard Business Review, escribe sobre “The Real Causes of the Financial Crisis”, Cato's Leter, invierno 2012, http://goo.gl/lF5sW.
Allison subraya que en la banca no se trabaja para los accionistas realmente, sino para los reguladores, que padecen “la fatal arrogancia” conforme a la cual un grupo de sabios puede organizar la economía, la sociedad y, por supuesto, las finanzas. Su conjetura es que la crisis, la recesión y la lenta recuperación se deben al intervencionismo. Refuta la vieja ficción conforme a la cual el seguro de depósitos justifica la regulación porque garantiza la calma generalizada; para él, el FDIC contribuyó a todas las crisis, aunque la actual fue principalmente debida a los errores del intervencionismo en la política monetaria y la actividad de las entidades cuasiestatales Fannie Mae y Freddie Mac.
El FDIC destruye la disciplina: las entidades que quebraron partieron del FDIC y emprendieron estrategias inconcebibles si ese seguro fuera privado, mientras que la regulación presionó para aumentar el crédito a partir de entidades como Fannie Mae y Freddie Mac, que no existirían en un mercado libre. El intervencionismo creó los préstamos subprime, y además lo hizo con orgullo, para lograr la igualdad, la cohesión y la justicia social.
Allison constata que los reguladores salen de las turbulencias con más dinero y poder que antes, y sin escarmiento por sus responsabilidades en la gestación y agravamiento de la crisis.
Voltaire on Earthquake Destruction. Donald Boudreaux
Extracts:
In the case of the neocons, they perceive a genuine problem – a foreign country ruled by a dictator of the sort that we Americans wouldn’t tolerate. The neocons ignore the incredibly complex array of social institutions and cultural mores that allow, perhaps even encourage, the likes of a Qaddaffi or a Hussein to gain and remain in power. That is, the all-important ‘micro’ issues are ignored, enabling the neocons to conclude that if the good guys take out the bad guys, nations once suffering the inexplicable misfortune of being ruled by bad guys will surely turn to their own internal good guys as their leaders. What stands between the people of such tyrannized nations and civil society is simply the bad guys and their henchmen. (Why bother looking more deeply than the brilliantly obvious fact that bad guys are in charge? Can’t you see that that’s the problem??) And those who warn against U.S. military intervention to rid unfortunate nations of their bad guys are blind dreamers; people out of touch with reality. “What do you propose we do?” ask the neocons contemptuously. “Nothing? Ha!”
Similarly with Keynesianism. Keynesians perceive a genuine problem – unemployment. Unemployment is obviously caused by inadequate demand by employers for workers. This inadequate demand for workers, in turn, seems so obviously to be caused by inadequate demand for the goods and services that these employers produce. (Gosh, even fifteen-year-olds can see this fact!) All that stands between workers and full-employment is inadequate aggregate demand. (Why bother looking more deeply than the fact that employers are demanding too few workers and that, if demand for employers’ outputs were higher, employers’ demand for workers will be higher. Can’t you see that that’sthe problem??) So the solution is simple: remove the inadequate demand. Government spending is an oh-so-obvious means of increasing aggregate demand. Increase “G.”
Via Francisco Capella.
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