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De túneles, primas y autoridades por Carlos Rodríguez Braun

La Razón.


La economía española entró en el túnel en 2007, llegó a su punto más oscuro en 2009, se acercó lentamente a la salida entre 2009 y 2011, ese año volvió para atrás, y en ese retroceso estamos en 2012. Pero la prima de riesgo ha caído 100 puntos en dos días –por cierto, ahora nadie despotrica contra los “mercados irracionales y especuladores”. Si cae, digamos, hasta los 200 puntos, estaríamos bien encaminados.
Puede hacerlo. Incluso teóricamente sin que Barbie pida el rescate, y a eso está jugando. Nadie sabe si aguantará o deberá pedirlo. Lo que ha anunciado Draghi es que está dispuesto a poner dinero a cambio de deuda pública, y a esterilizar la expansión monetaria forzando a los bancos a que depositen más dinero en el BCE, comprando títulos del banco emisor (pagándoles más, claro, lo que puede animarles a prestar más, es decir, a esterilizar menos), algo que los bancos pueden hacer porque tienen mucha liquidez, aunque no la quieren usar para comprar aún más deuda pública, razón por la cual se les induce a hacerlo por esta vía indirecta. …Y algunos hablan todavía de mercado libre. En fin, en este juego las autoridades ganan tiempo y eluden responsabilidades y reformas. El BCE, listo a agrandar su activo con títulos dudosos, dice: si todo se va al garete, no es mi culpa sino de los políticos, asunto importante a tenor de las lógicas protestas en Alemania, donde ven esto como un enredo redistributivo y federalizante, pagado con su dinero. Barbie piensa: si todo sale bien, me adjudicaré el mérito, pero si sale mal, diré que es por culpa del BCE y Alemania. Si la cosa sigue mejorando, el Gobierno no hará ningún recorte apreciable del gasto, que es lo que se debe hacer y nadie ha hecho, y continuará haciendo lo que no debería hacer: subir los impuestos y la deuda. El populismo puede ser más descarado: la izquierda y los sindicatos continúan aferrados al bulo de que gastar es justo y además nos sacará de la crisis. Mientras tanto, el sector privado, que sí nos sacará, se afana en superar los obstáculos que las autoridades colocan en su camino, con la falacia de que no pueden bajar más el gasto público, y que están haciendo todo lo posible por ayudarnos.

Crisis (593): el grifo del BCE

Por Xavier Sala i Martín, Columbia University, UPF y Fundació Umbele (LA VANGUARDIA, 02/12/11):

Italia y España son, en principio, países solventes pero faltos de liquidez. Es decir, pueden devolver lo que deben pero necesitan pedir prestado a corto plazo para pagar salarios y costes de administración. El problema de este tipo de países es que cuando cunde el pánico entre los prestamistas que piensan que no van a cobrar, estos exigen una “prima de riesgo” y sólo prestan a intereses elevados. Si esos intereses suben demasiado, pueden acabar por convertir a un país solvente en uno de insolvente.

Una manera de evitar este tipo de pánicos financieros es que el Banco Central Europeo (BCE), la institución que imprime los euros que todos utilizamos, se comprometa a comprar deuda de esos países a tipos de interés razonables. Si lo hiciera, los inversores tendrían la seguridad que acabarían cobrando por lo que las primas de riesgo desaparecerían, los tipos de interés para España e Italia pasarían a ser parecidos a los alemanes y todo volvería a la normalidad.

El problema es que Angela Merkel se ha venido negando a que el BCE imprima dinero con un argumento de peso: ¡es ilegal! El artículo 123.1 del tratado de la UE prohíbe que el BCE preste directamente (repito, ¡directamente!) a gobiernos o instituciones públicas. Eso parecería poner punto final a la solución BCE sino fuera por el hecho de que hay maneras de saltarse la norma. Y es que, insisto, el artículo 123.1 dice que el BCE no puede prestar “directamente” a los gobiernos… pero no impide que lo haga “indirectamente” a través de intermediarios. Y esa es la solución que parece que se está fraguando en los más altos despachos de la UE: que el BCE dé dinero al Fondo Monetario Internacional o al Fondo Europeo de Estabilidad Financiera creado para ayudar a Grecia, Irlanda y Portugal y que sean estos los que presten dinero a Italia y España. El BCE, pues, estaría comprando deuda indirectamente sin violar el artículo 123.1.
Sea como fuere, parece que hay maneras legales de permitir que el BCE imprima dinero y acabe con el pánico. La pregunta es: ¿por qué no lo hace? La respuesta es, otra vez, por la oposición de Merkel: para que el BCE imprima dinero necesita el permiso de su socio más importante, Alemania, y este se ha venido oponiendo por al menos cuatro razones.

La primera es su ya legendaria aversión a la inflación que con toda seguridad generaría la creación de tanto dinero. La segunda es que, una cosa es comprar deuda de países “solventes pero faltos de liquidez” y otra cosa distinta es comprar deuda de países “insolventes”. Todo indica que Italia y España son solventes… pero eso sólo es verdad si hacen las reformas necesarias que garanticen el retorno del crecimiento y la reducción de sus extravagantes déficits. ¿Qué pasaría si Italia o España no fueran capaces de resolver sus problemas a medio plazo? Pues que no podrían devolver los créditos. Y si el BCE hubiera comprado 1,4 billones de deuda de países que no pueden pagar (eso es lo que se calcula que España e Italia van a necesitar para sobrevivir durante los próximos 3 años), tendría un agujero financiero cósmico que le llevaría a la descapitalización. Si eso llegara a pasar, alguien debería poner dinero para recapitalizar al BCE. En caso contrario, el euro desaparecería. ¿Quién tendría que poner el dinero? La respuesta es, como siempre, ¡Alemania! De ahí la reticencia de Merkel.

La tercera razón por la que Alemania se opone a la intervención del BCE es de tipo político. Merkel ya ha visto demasiadas veces cómo Zapatero y Berlusconi le tomaban el pelo y anunciaban reformas en momentos de urgencia financiera, reformas que perdían impulso una vez desaparecía la urgencia. Como saben que las reformas van a tener costes sociales y políticos importantes, Merkel teme que no las van a llevar a cabo si no están contra la pared. Por lo tanto, Alemania va a tensar la cuerda hasta el límite, va a poner a Europa entera al borde del abismo para conseguir el compromiso firme de Rajoy y Monti de que esta vez, los deberes se van a hacer en serio. El problema es que, cuando uno se arrima demasiado al abismo, corre el riesgo de caer. Y ahí estamos, al borde del precipicio, mientras nuestros políticos juegan al juego de la gallina. La cuarta razón se llama “riesgo moral”: los alemanes saben que si el BCE ayuda a países que sistemáticamente gastan por encima de sus posibilidades, acabará con el pánico financiero a corto plazo… pero estará lanzando el mensaje de que no pasa nada si generan déficits insostenibles porqué, al final, siempre viene el Papá Noel alemán y te salva. Eso incentivaría el derroche futuro y sembraría las semillas de la próxima crisis financiera. Para evitar que eso suceda, Alemania va a exigir que la periferia renuncie explícitamente a gastar más de lo que ingresa antes de rescatarla con dinero del BCE. Todo apunta a que se impondrá un nuevo pacto de estabilidad que obligue a Italia o España a renunciar a una parte de su soberanía fiscal: la UE controlará sus ingresos y sus gastos e impondrá duros castigos (en forma de pérdida de fondos estructurales o pérdida del voto en las instituciones europeas) si se siguen comportando irresponsablemente.

No sé si lo que voy a decir ahora es lo que creo o lo que quiero creer porque, si estoy equivocado, la hecatombe económica de Europa será de proporciones gargantuescas, pero pienso que, una vez haya obtenido todas estas concesiones de los gobiernos manirrotos, Merkel evitará el apocalipsis del euro y dejará que se abra… el grifo del BCE.

BCE: ¿+ o -? Carlos Rodríguez Braun


Todo en los bancos centrales resulta paradójico y contradictorio. Actúan como los salvadores después de que estallan burbujas que ellos mismos han inflado. O se definen orgullosamente como instituciones independientes del poder político, cuando son criaturas del poder político, un poder que designa a sus dirigentes, y un poder ante cuyas presiones siempre acaban rindiéndose tarde o temprano. Este juego político se vio claramente en los últimos días, en los que hemos podido asistir al bochornoso espectáculo de Smiley transfiriendo sus graves responsabilidades a Frankfurt y exigiendo al BCE, como hace toda la izquierda, que acometa una masiva compra de deuda pública. Cayo Lara llegó a afirmar seriamente que el BCE debería intervenir para “acabar de un plumazo con la especulación”.

Se trata de apreciables disparates: la política monetaria no es un sustituto de la política fiscal, no puede resolver mágicamente los problemas de ésta última mediante inyecciones de liquidez a cambio de deuda pública, y, para colmo de males, estas expansiones monetarias, si se realizan a cambio de títulos cuya credibilidad va degradándose, se traducen en la degradación correspondiente del pasivo del banco central, es decir, la moneda.

Y en ésas estamos, en el tira y afloja entre quienes creen que la intervención del BCE ha sido incapaz de contener la crisis de la deuda porque ha sido insuficiente, y los que temen que una intervención excesiva socave la solidez del sistema y la del euro. Estas pujas se dirimen conforme a la fuerza política y los intereses de los contendientes, a quienes puede convenir en determinado momento dar una imagen de austeridad o de largueza.

Históricamente, las restricciones monetarias erigidas para contener la expansión de los Estados y la insostenibilidad de sus deudas han tendido a ceder. Dos muy célebres fueron el patrón oro, liquidado en el período de entreguerras, y el Sistema de Bretton Woods, volado por Richard Nixon el 15 de agosto de 1971. El euro es seguramente el esquema monetario más ambicioso del mundo después de esos dos.