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Walter Williams, negro sobre blanco

Mario Noya.



Según el imaginario progre, en los Estados Unidos de América los negros las pasan de su color por culpa del capitalismo salvaje, criminal y criminógeno y de la maldita esclavitud, que seguiría secretando sus abominables toxinas todo este tiempo después. Y la gente se conmueve y cree. La gente que no lee al negro Walter Williams.

Walter Williams es uno de los mejores divulgadores del liberalismo que me haya echado jamás a la cara (¡pasen y lean!). Y una verdadera bestia negra para el mester de progresía, con esa trayectoria que refuta sus dogmas de chichinabo: es negro, fue pobre y trabajó de niño, pero sin andar agarradito a las faldas de Mamá Estado se fue labrando un camino y prosperó y alcanzó todo tipo de éxitos; hoy es una de las firmas más influyentes del columnismo norteamericano, porque no se corta ni con un cuchillo y cuando se mete en los jardines más traicioneros deja enfangados en sus mentiras, errores y contradicciones a los socialistas de todos los partidos.


Walter Williams escribe artículos y también escribe libros. Librazos como éste que hoy comento, Race and Economics, con toda su carga de verdades fiscalizadas, que reduce la vaina acusica y lamentona progre a lo que es, lo dicho, un imaginario, 1. adj., que sólo existe en la imaginación.


El pobre desempeño de los negros norteamericanos no es culpa del capitalismo salvaje, criminal y criminógeno y de la maldita esclavitud, apunta Williams, escoltado por la historia y la estadística. Y tras apuntar dispara: los principales culpables de la situación de los negros norteamericanos son los propios negros norteamericanos y el Estado Niñera, que cada vez que les ayuda los hunde un poco más en la miseria –relativísima, que estamos hablando de los Estados Unidos de América, donde los pobres viven mejor que buena parte de las clases medias del resto del planeta–.


Los negros norteamericanos viven o sea padecen las consecuencias de la cultura (¡uf!) asistencialista. El Estado los trata como si fueran incapaces, menores, tontitos, y ellos aceptan el truco que es trato: dame pan y llámame... lo que tú quieras pero que suene bonito y cargue las tintas contra el Otro, sobre todo si ese otro es de color blanco esclavista, así que pasen tantos años. No es de extrañar, pues, que muchos vivan inmersos en la indolencia, la dejadez, la rebeldía sin causa, el rencor, la envidia cochina. En barrios imposibles, arrasados por el paro, la delincuencia y las drogas. Al (des)amparo de familias que no son un refugio sino un infierno o mera cáscara.


También aquí, el Estado no es la solución, es el problema. Lejos de ser un instrumento para el avance de las personas de color –así se llama, precisamente,la principal ONG negra–, es una verdadera rémora. Lo sabe Williams, lo saben sus lectores... y lo saben los racistas, palabro que en estas páginas rima de manera tan elocuente como demoledora con sindicalistas.


Los sindicatos han sido grandes enemigos del progreso negro, sí. (No sólo en Estados Unidos). Cuando no han pedido de manera explícita la proscripción del trabajo negro en determinados sectores, han clamado porleyes, regulaciones y sistemas de licencias que han condenado a buena parte de los negros a la marginalidad, el atraso, la exclusión. No hay mayorcorrosivo de los privilegios, los chanchullos, los intereses creados que el libre mercado, con su extraordinario orden espontáneo de puertas completamente abiertas y el derecho de admisión a todo el mundo garantizado. Lo sabe Williams, lo saben sus lectores, lo saben los racistas... y los sindicalistos y los enemigos de la libertad, que juegan permanentemente al cerrojazo y combaten con fervor bajo las banderas de la tiranía del statu quo, que por definición perjudica especialmente a quienes no tienen la sartén por el mango.


Qué papelón el de los sindicatos en la historia de la emancipación de los negros americanos. Les echaron una mano, sí; ¡al cuello!, clamaba el célebre líder negro W. E. B. Dubois. Mientras los patronos blancos, "tanto en el Norte como en el Sur", daban trabajo a los negros y les brindaban acceso a la formación, la mafia sindicalista blanca incitaba a la violencia contra losmorenos que pretendían ganarse el pan con el sudor de su frente y se afanaba por mantener a la negritud (© Ansón) sumida en la ignorancia. "En estos momentos, en América, el único amigo conveniente para el trabajador negro es el capitalista blanco", sentenció, tan tarde como en los años 20, elrastafari Marcus Garvey. En 1924, el profesor Kelly Miller urgía a los negros a trabajar "hombro con hombro" con los empresarios y contra los sindicalistos, una yunta de avaros, despiadados, intolerantes hombres blancos a medio alfabetizar, según J. E. Bruce ("Estoy contra ellos porque ellos están contra los negros"). También Frederick Douglass y Booker T. Washington fueron enemigos de los sindicatos, informa WW. Como para no serlo. ¿Te mando un ejemplar, Cándido?


¿Qué tienen que hacer los negros americanos para mejorar su suerte? Pues, para empezar, no fiarlo todo a Fortuna, que más que una diosa es una perica atrabiliaria que tan pronto está de buenas como de muy malas. Y, sobre todo, sustituir las prácticas, costumbres y actitudes que ceban la pobreza por sus contrarias; la indolencia, el abandono, el victimismo, la irresponsabilidad por sus antónimos. Por último, pero no en último lugar, cambiar de amigos políticos; porque han demostrado ser o muy incompentes o muy malvados: harían bien, pues, en espetar a Obama, sin ir más lejos, aquello que le soltó el poeta maldito al mismo Dios:


No me ayudes, pero tampoco me jodas.

WALTER WILLIAMS: RACE AND ECONOMICS. Hoover Institution (Stanford, California), 2012, 185 páginas.

'Tierras de Sangre': catorce millones de veces 'uno'

Mario Noya.



Libro negro extraordinario, imprescindible, insoportable: Tierras de Sangre. Europa entre Hitler y Stalin, de Timothy Snyder. Aturde.
Las Tierras de Sangre de que habla Snyder son las repúblicas bálticas y Bielorrusia, casi toda Ucrania, buena parte de Polonia, la franja más occidental de Rusia y una pequeña porción de Moldavia. Fueron las tierras de la Shoá, del Holodomor, del Generalplan Ost, del Plan de Hambre. De Katyn. Del Gas y el Fuego. De las violaciones en masa y el canibalismo. De la saña. Una barbarie única, infernal, indescriptible. No hay palabras, por eso me salen tantas.
[En 1933, en plena Gran Hambruna ucraniana,] en un pueblo de la región de Járkov, unas mujeres hacían lo que podían para cuidar a los niños. Formaron, recuerda una de ellas, "una especie de orfanato". (...) "Los niños tenían los estómagos abultados; estaban cubiertos de heridas y de costras, sus cuerpos parecían a punto de reventar. (...) Un día, los niños se callaron de repente; fuimos a mirar lo que ocurría y vimos que se estaban comiendo a Petrus, el más pequeño. Le arrancaban tiras de carne y se las comían. Y Petrus hacía lo mismo, se arrancaba tiras y se comía todo lo que podía. Los otros niños ponían los labios en las heridas y se bebían la sangre (...)". (p. 80)
En primavera, los fuegos ardían en Treblinka día y noche (...) Las mujeres, con más tejido graso, quemaban mejor que los hombres (...) Los vientres de las mujeres embarazadas tendían a reventar, de manera que se podían ver los fetos en su interior. En las frías noches de la primavera de 1943, los alemanes solían quedarse junto al fuego a beber y calentarse. (p. 323)
***
Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. Como pavorosa demostración, lo ocurrido en aquellas tierras entre 1933 y 1945. Las solas cifras demudan. Catorce millones de civiles y prisioneros de guerra asesinados ("ni uno sólo" era "soldado en servicio activo", la mayoría eran "mujeres, niños y ancianos"). Ese número supera "en más de diez millones al (...) de personas muertas en todos los campos de concentración alemanes y soviéticos" y "en más de dos millones (...) el (...) de soldados alemanes y soviéticos muertos en el campo de batalla en la Segunda Guerra Mundial". Ese número es
la suma de las siguientes cifras aproximadas (...): 3,3 millones de ciudadanos soviéticos (la mayoría ucranianos) llevados a la muerte por inanición por su propio gobierno en la Ucrania soviética en 1932-1933; trescientos mil ciudadanos soviéticos (la mayoría polacos y ucranianos) ejecutados por su propio gobierno en la parte occidental de la URSS entre las aproximadamente setecientas mil víctimas del Gran Terror de 1937-1938; doscientos mil ciudadanos polacos (la mayoría de etnia polaca) ejecutados por las fuerzas soviéticas y alemanas en la Polonia ocupada en 1939-1941; 4,2 millones de ciudadanos soviéticos (en su mayoría rusos, bielorrusos y ucranianos) obligados a morir de hambre por los ocupantes alemanes en 1941-1944; 5,4 millones de judíos (la mayoría ciudadanos polacos o soviéticos) gaseados o pasados por las armas por los alemanes en 1941-1944; y setecientos mil civiles (la mayoría bielorrusos y polacos) ejecutados por los alemanes en represalias, principalmente en Bielorrusia y en Varsovia en 1941-1944. (pp. 484-485)
"Una vez más", anota Snyder en esa misma página (485), "mis cálculos son moderados". Y excluyen a los caídos en combate (¡la mitad de todos los caídos en todos los campos de batalla de la II Guerra Mundial!),
a las personas que murieron de extenuación, de enfermedades o de desnutrición en los campos de concentración o durante las deportaciones, evacuaciones o huidas ante el avance de los ejércitos. (...) a los que murieron en los trabajos forzados. (...) [a los que] murieron de hambre como resultado de la escasez provocada por la guerra, (...) a los civiles muertos en bombardeos o en otras acciones de guerra. (...) [a los que murieron en] actos de violencia llevados a cabo por terceras partes, claramente motivados, pero no directamente realizados, por la ocupación alemana o la soviética. Tales actos supusieron (...) cifras de muertos muy significativas, como la matanza rumana de judíos (unos trescientos mil) o la limpieza étnica nacionalista ucraniana de polacos (al menos cincuenta mil). (p. 483)
***
Hay que leer este descomunal libro negro de prosa clara, documental, que además recoge testimonios de víctimas y verdugos; también de espectadores, más o menos conmovidos por el Espanto, más o menos implicados en denunciarlo, revelarlo, remediarlo. Hay que leerlo para saber que esos Catorce Millones no fueron un error sino el Horror deliberado: Hitler y Stalin sabían, Hitler y Stalin querían, Hitler y Stalin urgían el exterminio del Otro. Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. ¿Hay comparaciones odiosas? No, ciertamente, ésta. Aquí, lo odioso, lo infame, sería no comparar.
En las políticas que implicaron la eliminación de civiles o de prisioneros de guerra, la Alemania nazi mató a unos diez millones de personas en las Tierras de Sangre, quizá a once millones en total; la Unión Soviética de Stalin aniquiló a unos cuatro millones en las Tierras de Sangre y a unos seis millones en total. Si añadimos las muertes previsibles provocadas por la hambruna, la limpieza étnica y las largas estancias en los campos de concentración, la cifra estalinista total asciende a tal vez nueve millones, y la nazi quizá a doce. (p. 450)
No fueron esos Catorce Millones muertes limpias,discretas, maquinales. Los verdugos se mancharon las manos o la cara de sangre u hollín o pólvora. Los verdugos mancharon a sus víctimas con su semen, su sudor, sus babas. Y cuando para matarlas no las tocaron –"más de la mitad murieron porque se les negó la comida" (p. 17)–, las vieron, olieron, escucharon. Los verdugos sabían y hacían. Y lo contaban: del diario de un miembro de unEinsatzgruppe destacado en Lvov (Ucrania) el 1 de julio de 1941: "Cientos de judíos corren calle abajo con las caras cubiertas de sangre, con agujeros en la cabeza y los ojos colgando" (p. 238); "las familias matan a sus miembros más débiles, normalmente niños, y se comen su carne", constatará la OGPUsoviética en la Ucrania del terrible año 33. Así que no sólo Hitler, claro que no. No sólo Stalin. De hecho, ni Hitler ni Stalin violaron, torturaron, asesinaron a uno solo de esos Catorce Millones. Fueron otros. Tantos.
¿Banalización del mal? ¡Pero no mancharon a sus madres, a sus mujeres, a sus hijas con su semen, su sudor, sus babas! ¿Hicieron lo que hicieron porque antes deshumanizaron, animalizaron a sus víctimas? ¡Pero seguían sabiéndolas humanas, por eso las hablaban, las violaban!
Con independencia de la tecnología empleada, la matanza era personal. Las personas que morían de inanición eran observadas, con frecuencia desde torres de vigilancia, por aquellos que les negaban el alimento. Los que morían por las armas eran vistos muy de cerca a través de las miras de los fusiles, o bien eran sujetados por dos hombres mientras un tercero apoyaba el cañón de una pistola contra la base del cráneo de la víctima. Los que iban a morir asfixiados eran acorralados, metidos en trenes y empujados a las cámaras de gas (...). (p. 18)
El Gas. Y casi de inmediato se piensa en Auschwitz. Pero sólo "uno de cada seis judíos pereció allí" (p. 449). Pero "cuando las cámaras de gas y los complejos de crematorios de Birkenau entraron en funcionamiento en la primavera de 1943, más de tres cuartas partes de los judíos que fueron víctimas del Holocausto ya habían muerto" (p. 450). Jamás se habla deChelmno, de Belzec, de Sobibor, de Majdanek. Por otra parte, la mitad de los judíos asesinados en las Tierras de Sangre murieron fuera de las cámaras: de hambre, fusilados, quemados. Por eso Auschwitz podría resultar "engañoso" como guía de lo que fue la Shoá: la mayoría de los judíos que murieron allí jamás pisaron un campo de concentración, fueron "gaseados nada más llegar"; y aunque fue la última "factoría de la muerte" en entrar en funcionamiento, "no era la cumbre" de la tecnología nazi para el exterminio: "Los escuadrones de ejecución eran más eficientes y mataban más deprisa, los centros de hambre mataban más deprisa, Treblinka mataba más deprisa" (p. 449).
"Los asesinatos en masa separaron la historia judía de la europea, y la historia del este de Europa de la del oeste" (p. 23). Stalin mató a 3,5 millones de ucranianos entre 1933 y 1938, y Hitler a otros tantos entre 1941 y 1944. "Bielorrusia fue el centro de la confrontación nazi-soviética, y ningún país sufrió más bajo la ocupación alemana (...) La capital, Minsk, quedó casi despoblada por los bombardeos alemanes, la huida de los refugiados, el hambre y el Holocausto (...) El veinte por ciento de la población [del país] murió durante la Segunda Guerra Mundial" (p. 474). "Nadie menciona nunca que los polacos soviéticos sufrieron más que ninguna otra minoría nacional en los años treinta (...) En el bombardeo de Varsovia de 1939 murió más o menos la misma cantidad de [gente] que en el de Dresde de 1945. (...) Sólo durante el levantamiento de Varsovia murieron más polacos que japoneses en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki" (p. 475). ElGeneralplan Ost nazi tenía por objeto matar "entre 31 y 45 millones de personas (...), entre un 80 y un 85% de los polacos, el 65% de los ucranianos del oeste, el 75% de los bielorrusos y el 50% de los checos" (p. 199). El sitio de Leningrado (1941-1944) se cobró un millón de vidas, sobre una población total de 3,5 millones. Catorce millones de personas fueron asesinadas con premeditación por dos regímenes durante doce... Nazismo y comunismo, hermanos de sangre.
***
Cada muerte registrada sugiere una vida única, pero no puede sustituirla. Debemos ser capaces no sólo de contar el número de muertos, sino de contar con cada víctima como individuo. La única gran cifra que soporta el escrutinio es la del Holocausto, con sus cinco millones setecientos mil judíos muertos (...) Pero este número, como todos los demás, no debe verse como 5,7 millones, que es una abstracción que pocos podemos concebir, sino como 5,7 millones de veces uno. (p. 477)
No hay palabras pero hay que encontrarlas, sacarlas de donde sea. Escribir estos libros, reseñarlos, leerlos. Nombrar a los muertos. Para que la memoria gane en su combate contra la nada (Todorov). Hay aquí una misión:
Los regímenes nazi y soviético convirtieron a personas en números (...) A nosotros los estudiosos nos corresponde buscar esos números y situarlos en perspectiva. A nosotros, como humanistas, nos toca transformar de nuevo esos números en personas. Si no podemos hacerlo, Hitler y Stalin habrán configurado no sólo nuestro mundo, también nuestra humanidad.

TIMOTHY SNYDER: TIERRAS DE SANGRE. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores (Barcelona), 2011, 620 páginas. Traducción de Jesús de Cos.

twitter.com/MarioNoyaM

marionoya.com

Grandes criminales del siglo XX: Lenin

Mario Noya.


Para esos idealistas de la muerte (¡sic y siempre ajena!) que piensan porque no lo han sufrido que el comunismo es buena idea, La Idea, Lenin es el Bien, el Yin que por desgracia no pudo cerrar el paso al Yang, ese Stalin malo malísimo al que sin embargo rieron todas las gracias cuando estaba vivo y exterminando.

¡Stalin fue!, dicen como los niños chivatos. Y sí, Stalin fue el Gulag y los Procesos de Moscú y las deportaciones en masa y el terror extremo y el imperialismo, el hambre, los poetas reducidos al silencio, los intelectuales humillados y ofendidos. Pero resulta que Lenin también. Que Lenin primero. Que Lenin, en esto, fue su padre. El Precursor.

Vladímir Ilich Uliánov nació en Simbirsk, actual Uliánovsk (en vano buscarán en Austria un Hitler am Inn), el 22 de abril de 1870; en el seno de una familia acomodada que acabó por desacomodarse a modo: en 1886 muere el padre, miembro de la nobleza funcionarial, y en 1887 matan al hijo Alejandro, que quiso matar al zar Alejandro por mor de la Voluntad del Pueblo (así se llamaba su organización terrorista). En ese mismo año el brillantísimo estudiante Volodia (hipocorístico de Vladímir) se matricula en la Universidad de Kazán, es expulsado de la Universidad de Kazán por tomar parte de protestas menores y ser hermano de su hermano, es deportado a Kokushino; lee a Marx, se afilia a Voluntad del Pueblo, ceba el odio y el resentimiento. Y en 1888 está de vuelta en casa.

Se licencia con honores en Derecho y ejerce muy poco tiempo de abogado. Eso no es lo suyo. Lo suyo es la política, la Revolución.
Krúpskaya atestigua su ascetismo y nos dice que renunció a todas las cosas que le interesaban –el patinaje, la lectura del latín, el ajedrez, incluso la música– para concentrarse exclusivamente en el trabajo político. Un camarada comentó: "Entre nosotros, es el único que vive la revolución las veinticuatro horas del día". (...) Fue el primer ejemplar de una nueva especie: el organizador profesional de la política totalitaria.
Paul Johnson, Tiempos modernos, Vergara, Barcelona, 2000, p. 74.
La Krúpskaya de que nos habla Johnson en este pasaje tenía por nombre Nadezhda y por patronímico Konstantínovna, y se casó con el Pionero en 1898, estando ambos desterrados en Siberia por sus actividades subversivas (eran miembros fundadores de la Unión para la Lucha por la Emancipación de la Clase Trabajadora, creada en 1895). Las condiciones debieron de ser espantosas:
Allí vivió tres años en una situación de relativa comodidad, en una casita alquilada, con [Nadezhda], manteniendo correspondencia con sus amigos, escribiendo y traduciendo.
(Richard Pipes, Historia del comunismo, Mondadori, Barcelona, 2002, p. 48).
En 1900 se exilia, y en el exilio permanecerá hasta 1905. En esos cinco años adoptará el pseudónimoLenin (al parecer, inspirado por el siberiano río Lena), escribirá su célebre ¿Qué hacer?, donde este fanático quemaherejes sentará las bases de esa megaherejía del marxismo conocida por marxismo-leninismo, y asistirá al trascendental II Congreso del Partido Socialdemócrata Ruso, celebrado en Londres en 1903, donde sus ideas sobre cómo hacer la revolución generarán la división, posteriormente sangrienta, entre bolcheviques –la (muy exigua) mayoría, que eso quiere decir el terminacho en ruso– y mencheviques.

A este sabihondo siniestro, la revolución de 1905 le pilló tan desprevenido que no pudo parasitarla. También le cogieron con el pie cambiado la revolución de 1917 y la caída del zar, la Gran Guerra y la ayuda que le prestó Alemania para volver a Rusia (Berlín le utilizó "como un bacilo de la tifoidea", Churchill dixit). El socialismo científico y el determinismo histórico, ya saben. Johnson:
Lo que convirtió a Lenin en un gran actor en la escena de la historia no fue su comprensión de los procesos históricos, sino la rapidez y la energía con que aprovechó las oportunidades imprevistas que ella le ofrecía. En resumen, fue lo que según sus acusaciones eran sus antagonistas: un oportunista.
(Johnson, ob. cit., p. 77).
Era tan rápido y enérgico en tiempos de turbulencias porque, aquí el asceta rojo, no tenía escrúpulos, piedad, humanidad. Guillermo Cabrera Infante diría que fue uno de los avatares del Mal. En 1891, siendo un don nadie en la ciudad de Samara, se negó a participar en una campaña de ayuda a los hambrientos del lugar –que debieron de ser legión, si tenemos en cuenta que aquélla fue una de las peores hambrunas de la historia rusa (entre 400.000 y 500.000 muertos)– porque el hambre tenía "numerosas consecuencias positivas", según aleccionó a un amigo:
Al destruir la atrasada economía campesina, el hambre, explicaba, nos acerca objetivamente a nuestra meta final, el socialismo, etapa inmediatamente posterior al capitalismo. El hambre destruye no solamente la fe en el Zar, también en Dios.
(Stéphane Courtois -ed.-, El libro negro del comunismo, Espasa-Planeta, Barcelona, 1998, p. 146).
Dios. A Dios, que no acababa de morirse pese a los dicterios de Nietzsche, quería él, el hijo del devoto Iliá Nikoláyevich Uliánov, rematarlo; y exterminar a sus siervos (2.961 sacerdotes, 1.962 monjes y 3.447 monjas asesinados sólo en 1922). El hambre de nuevo, pero ya con él en el poder; pero muchísimo peor, sencillamente inenarrable, y provocada por sus políticas criminales: la hambruna de 1921-22 afectó a unos 27 millones de personas, y mató a entre 3 y 5 millones. Lo que sigue es un extracto de una carta que dirigió al Politburó el 19 de marzo de 1922:
Tenemos noventa y nueve oportunidades sobre cien de golpear mortalmente al enemigo en la cabeza con un éxito total, y de ganar (...) posiciones (...) para las décadas futuras. Con tanta gente hambrienta que se alimenta de carne humana, con los caminos congestionados de centenares y de millares de cadáveres, ahora y solamente ahora podemos (y en consecuencia debemos) confiscar los bienes de la Iglesia con una energía feroz y despiadada. Precisamente ahora y solamente ahora la inmensa mayoría de las masas campesinas puede ayudarnos, o más exactamente, puede no estar en condiciones de apoyar a ese puñado de clericales Cien Negros y de pequeño-burgueses reaccionarios (...) Todo indica que no alcanzaremos nuestro objetivo en otro momento, porque solamente la desesperación generada por el hambre puede acarrear una actitud benévola, o al menos neutra, de las masas [hacia] nosotros.
(Courtois, ob. cit., p. 148).
***
"En febrero de 1917 se abrió ante Rusia el camino de la libertad. Rusia escogió a Lenin", escribió Vasili Grossman en el memorable Todo fluye. La frase es buena pero no es cierta. Rusia no escogió a Lenin. Lenin, queridos niños logsianos (y padres que cursaron la EGB, y abuelos que cursaron lo que se cursara antes), no se encaramó al poder por obra y gracia de un alzamiento popular sino de un golpe de estado, que asesinó en la cuna a la Libertad ("Actualmente no hay país en el mundo tan libre como Rusia", dijo en abril del decisivo año 17 el propio Lenin, como recuerda Christian Jelen en su imprescindible La ceguera voluntaria ­–Planeta, Barcelona, 1985, p. 21–):
La intolerancia de Lenin, su perseverancia, su implacabilidad hacia todos aquellos que pensaban diferente a él, su desprecio por la libertad, el fanatismo de su fe, la crueldad para con sus enemigos, todo aquello que dio la victoria a la causa de Lenin había nacido y se había forjado en los abismos milenarios de la esclavitud rusa, de la no libertad rusa.
(Grossman, ob. cit., Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2008, p. 253).
Lenin el putchista (Johnson: "Dio vida a una forma brutal de gobernar que estaba extinguiéndose") sabía que sólo podría imponerse mediante el terror, de ahí que enseguida (diciembre de 1917) creara la abominable Comisión Panrusa para el Combate de la Contrarrevolución y el Sabotaje, la Checa que con tanto entusiasmo replicaron aquí en España Carillo y demás custodios de la democracia republicana:
La policía secreta del zar, la Ojrana, había contado con 15.000 miembros, y esto la convertía en el [mayor] organismo (...) de su tipo en el viejo mundo. (...) tres años después de su creación, la Checa tenía una fuerza de 250.000 agentes de dedicación total. (...) Mientras los últimos zares habían ejecutado a un promedio de 17 personas por año (por toda suerte de delitos), [para] 1918-1919 la Checa promediaba 1.000 ejecuciones mensuales sólo por delitos políticos.
(Johnson, ob. cit., p. 94).
Hay quien cifra en 200.000 el número de enemigos del Estado asesinados por la Checa, que de comisión extraordinaria pasó a ser Administración Política del Estado (GPU) en 1922. Lenin, claro que padre del Padrecito, no es que amparara a la Checa, es que la protegía de las críticas de "una intelligentsialimitada (...) incapaz de considerar el problema del terror desde una perspectiva más amplia" (v. Courtois, p. 97). Lo del terror como "problema" fue un descuido: el terror no era tal sino la solución. La perspectiva amplia:
La primera acción de la Checa fue aplastar la huelga de funcionarios de Petrogrado [febrero de 1918]. El método fue expeditivo –arresto de los "agitadores"–, y la justificación simple: "Quien no quiere estar con el pueblo no tiene lugar en él", declaró [su máximo responsable, Félix] Dzerzhinsky, que ordenó arrestar a un cierto número de diputados socialistas-revolucionarios y mencheviques, elegidos para la asamblea constituyente. Este acto arbitrario fue inmediatamente condenado por el comisario del pueblo para la Justicia, [Isaac] Steinberg, un socialista-revolucionario (...) que había entrado en el Gobierno unos días antes. (...)
"¿Para qué sirve un Comisariado del Pueblo para la Justicia? –preguntó entonces Steinberg a Lenin–. ¡Que lo llamen Comisariado del Pueblo para el Exterminio Social y se entenderá la razón!". "Excelente idea –respondió Lenin–. Es exactamente como yo lo veo. ¡Desgraciadamente, no se le puede llamar así!".
(Courtois, ob. cit., pp. 78-79).
***
Lenin y el Terror en tres actos.

Primero: "Camarada [Dimitri] Kursky [comisario de Justicia en 1922] (...) Hay que plantear abiertamente el principio, justo políticamente (...), que motiva la esencia y la justificación del terror (...) El tribunal no debe suprimir el terror (...) sino fundamentarlo, legalizarlo en los principios claramente, sin disimular ni maquillar la verdad" (Courtois, ob. cit., pp. 150-151).
El régimen zarista fusiló a 3.932 personas en los 92 años que median entre 1825 y 1917. El leninismo ya había rebasado esa cifra en marzo de 1918, esto es, sólo cuatro meses después de tomar el poder.
Segundo.

Tercero, protagonizado por su esbirro Martyn Latsis, uno de los jefes de la Checa, el 1 de noviembre de 1918:
No hacemos la guerra contra las personas en particular. Exterminamos a la burguesía como clase. No busquéis, durante la investigación, documentos o pruebas sobre lo que el acusado ha cometido, mediante acciones o palabras, contra la autoridad soviética. La primera pregunta que debéis formularle es la de a qué clase pertenece, cuáles son su origen, su educación, su instrucción, su profesión.
(Courtois, ob. cit., p. 22).
El colofón corre por cuenta de otro semejante de Lenin el venerado, Grigori Zinóviev, al final y qué pena asesinado por sus iguales. Septiembre de 1918:
Para deshacernos de nuestros enemigos, debemos tener nuestro propio Terror socialista. Debemos atraer a nuestro lado digamos a noventa de los cien millones de habitantes de la Rusia soviética. En cuanto a los otros, no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados.
(V. César Vidal, Paracuellos-Katyn, Libros Libres, Madrid, 2005, p. 40. Con este comentario: "Si se desea ser honrado con la verdad histórica, hay que señalar que Zinóviev se quedaría corto en sus cálculos, porque el comunismo le costaría a Rusia mucho más de diez millones de muertos").
***

Lenin y el Terror y Lenin y la Guerra. La Mundial le hizo ser quien fue, el primero de los dictadores totalitarios del siglo de la Megamuerte. Bramó contra la participación de Rusia, pero no por pacifismo sino por tacticismo. Él quería la guerra; pero no esa, no entre naciones, sino en el seno de las naciones. Y consiguió que Rusia –entre 1,7 y 3 millones de soldados y entre 1,5 y 3 millones de civiles muertos– se siguiera desangrando: la guerra civil (1918-20) que desataron los bolcheviques se saldó con dos millones de soldados (de los ejércitos Blanco y Rojo) y dos millones de civiles muertos, y quizá otros dos millones de exiliados.

***

"Pero resulta que Lenin también. Que Lenin primero".

***

Afortunadamente, tuvo una mala muerte: tres infartos en dos años, el cuerpo paralizado, mudo, puede que sifilítico. Acabó amargado, rabioso por no poder seguir al frente, como Hitler acusando a su pueblo de no haber estado a la altura. Dejó de hacer daño en Gorki –afueras de Moscú, enseguida Gorki Leninskiye– el 21 de enero de 1924. Contraviniendo sus deseos, lo embalsamaron y dejaron expuesto por los siglos de los siglos en el mausoleo de la Plaza Roja que lleva su nombre, aunque si por los rusos fuera se convertía en polvo mañana mismo. Los idealistas de la muerte, que ven como ven (¡Revel en Jelen!) y leen lo que quieren, nos remiten a su testamento para decirnos que él sabía, que no quería a Stalin por malo malo malo.
¡Pero resulta que Lenin también! ¡Que Lenin primero!
Lenin murió. Pero el leninismo no murió. El poder conquistado por Lenin no se escapó de las manos del Partido. Los camaradas de Lenin, sus colaboradores, sus compañeros de lucha y sus discípulos continuaron su obra. 
... aquellos en cuyas manos dejó el país
en un desbordamiento convulso
lo deben aprisionar en cemento.
A ellos no les dirás: Lenin ha muerto,
su muerte no les desalentó.
Siguieron cumpliendo su empresa,
con más tesón todavía... 
La dictadura del Partido que Lenin había instaurado perduró después de su muerte al igual que perduraron los ejércitos, la milicia, la Checa, las organizaciones para la liquidación del analfabetismo y las universidades populares.
(Grossman, ob. cit., p. 257).
Oh, sí. Las organizaciones para la liquidación del analfabetismo y las universidades populares.

Grandes criminales del siglo XX: Mengistu Haile Mariam

Mario Noya.



En su Historia del comunismo sucinta y jugosa, el maestro Richard Pipes viene a decir que Mengistu, el Negus Rojo, más que rojo era color verde militarote y camaleón; que su marxismo-leninismo fue sobre todo una coartada, un oportunismo. Pues disimulando lo bordó: arrasó su país como sólo sabe hacerlo un comunista, y no le cupieron en el pecho más distinciones cubanas y soviéticas.

Mengistu Haile Mariam nació en Walayita (no acabo de dar con ella en el mapa) en 1937. La Wiki dice que dicen que su madre fue la hija bastarda de un hijo bastardo del emperador Menelik II, pero vaya usted a confirmarlo, si eso; yo pisaré terreno más firme y me limitaré a informarle de que su padre, Haile Mariam, estaba al servicio del terrateniente Eshete Gada y de que su madre, cuyo nombre ignoro, murió de parto en 1945. MHM vivió unos años, pocos, con la abuela; luego, hasta 1991, todos con por para el Ejército.
Tras graduarse en la Academia Militar Holetta, marchó a Estados Unidos a seguir estudios relacionados con la tecnología armamentística. Los más maleados habrán parado las orejas ya, por ese vaticinio les habrían dado una miseria en una casa de apuestas:
Allí se hizo antiamericano y simpatizante del movimiento nacionalista negro. Fue también en Estados Unidos que su filosofía stalinista tomó forma.
Ese par de líneas, es claro, no las redactó el maestro Pipes, sino un señor del departamento de Documentación de la BBC; tampoco, más claro aún, estas otras, del mismo texto anónimo:
[Mengistu] se veía a sí mismo como un campeón comunista del Tercer Mundo. Junto a los de Lenin, Engels y Marx, colgó enormes retratos suyos en los que conducía las masas hacia la victoria.
Pasaba mucho de su tiempo libre leyendo tratados marxistas-leninistas y lucía chaquetas y gorros de corte soviético.
Ese Mengistu era ya el Negus Rojo, sí, el abominable tirano que hambreó y bañó en sangre a Etiopía durante 17 infaustos años.
En un discurso público, [Mengistu] espetó: "¡Muerte a los contrarrevolucionarios! ¡Muerte al EPRP!"; y entonces sacó tres botellas de algo que parecía sangre y las estrelló contra el suelo para mostrar lo que haría la revolución con sus enemigos. En los dos años siguientes [1977-78], en las calles de la capital y de otras ciudades pudieron verse los cadáveres de miles de jóvenes de ambos sexos, asesinados por la milicia de los kebeles(...) Para recuperar los cuerpos de sus seres queridos, las familias tenían que pagar a los kebeles una tasa denominada "La bala gastada".
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En 1974, los militares comunistas del Derg ("comité") derrocaron a un emperador Haile Selassie superado por los acontecimientos, especialmente la hambruna que padecía la provincia nororiental de Wolo. Mengistu en un primer momento no fue el hombre fuerte de los golpistas, pero su labor de posicionamiento y zapa no tardó en rendir sus frutos podres.


Como el buen comunista que dice Mr. Pipes que no fue, Mengistu (¿será verdad que asfixió al octogenario emperador con una almohada?) desató una feroz represión contra la izquierda que no le bailaba el agua y contra sus propios colegas felones: cuando –noviembre de 1977– ejecutó al vicepresidente del Derg, Atnafu Abate, se justificó diciendo que éste "había puesto los intereses de Etiopía por encima de los intereses del socialismo", lo cual no deja de ser una frase curiosa para un oportunista.


Su Terror Rojo pudo cobrarse la vida de hasta medio millón de personas, según Aministía Internacional, y tuvo entre sus ejecutores a unos 10.000 agentes soviéticos. Sus rojísimas políticas económicas comprendieron la nacionalización de la banca y las compañías de seguros, la abolición de la propiedad privada de la tierra, el encuadramiento forzoso de los campesinos en comunas como las que padecieron los chinos en tiempos de Mao... Su guerra contra la igualmente roja Somalia por el control de Ogadén fue también la guerra de la cárdena Cuba, que le mandó nada menos que 15.000 combatientes escarlata. Su amigo Fidel Castro le condecoró con la Orden de José Martí y con la Orden de Playa Girón ("por su valerosa lucha contra el imperialismo y la reacción, su promoción de medidas radicales en beneficio del pueblo y sus extraordinarias contribuciones a la victoria de África contra todas las formas de opresión"), y la non sancta Madre Rusia soviética le distinguió con la Orden de la Revolución de Octubre. ¡Hasta el nauseabundo Consejo Mundial de la Paz le sacó lustre a la pechera, otorgándole su Medalla de Oro Frédéric Joliot-Curie! ¿Estamos seguros de que este tío no fue comunista? ¡Si hasta generó su propia hambruna (¿un millón de muertos?), como Lenin, como Stalin, como Mao!


En el tétrico 1984, cuando vimos en la tele larguiruchos moribundos comidos por las moscas y niños espectrales con los ojos abiertos de par en par a la pura angustia, Mengistu destinó el 46% del PIB etíope a gastos militares. Sólo en los 80, la URSS le dio 10.000 millones de dólares en concepto de ayuda militar. Así que, de nuevo lo típico cuando andan comunistas de por medio, en la Etiopía de Mengistu la gente no tenía dónde caerse muerta pero el Ejército era formidable: el segundo más importante del África subsahariana.
***
El régimen de Mengistu, tras diecisiete años de existencia, cayó en el verano de 1991. El propio líder huyó en avión a Zimbabue, en el último momento. (...) Estaban en guerra con él guerrilleros de las montañas del norte (Eritrea) y del sur (Oromo). (...) Una semblanza de los guerrilleros: muchachos descalzos, a menudo niños, desharrapados, hambrientos y mal armados. Los europeos, temiendo una matanza terrible (...), empezaron a huir de la ciudad [Adís Abeba]. Pero sucedió otra cosa, algo que podría servir de tema para una película asombrosa y tituladaAniquilación de un gran ejército. Al enterarse de la huida de su líder, aquel ejército poderoso y armado hasta los dientes se desmoronó en pocas horas. Los soldados, hambrientos y desmoralizados, en un instante se convirtieron en mendigos, ante los ojos atónitos de los habitantes de la ciudad. Con un kalashnikov en una mano, extendían la otra pidiendo algo para comer. Los guerrilleros tomaron la ciudad prácticamente sin lucha. Los soldados de Mengistu, tras dejar abandonados tanques, lanzaderas de misiles, aviones, cañones y carros blindados, se marcharon (cada uno por su cuenta) –a pie, montando mulas, en autobuses– a sus aldeas, a casa.
(Ryszard Kapuscinski, Ébano, Anagrama, Barcelona, 2000, p. 234).
En 1994 la Justicia etíope abrió juicio contra Mengistu –y otros 72 jerarcas del Derg– por genocidio. El fallo se hizo esperar hasta enero de 2007: cadena perpetua; pero en mayo de 2008 se lo pensaron mejor y le condenaron a muerte. Desde su dorado exilio zimbabuense, Mengistu se ríe, brama contra quienes le derrocaron (una recua de "mercenarios" y "colonizadores") y reivindica su legado: "El llamado 'genocidio' fue una guerra en defensa de la revolución".
El señor Mengistu dijo que la revolución fue necesaria para sustituir el "muy desfasado, arcaico y feudalista sistema" del emperador (...). Negó haber ordenado la muerte de Haile Selassie diciendo: "Tenía 80 años y estaba muy débil. Hicimos todo lo posible por salvarle pero no pudimos". Aseguró que su revolución socialista había ayudado a millones de campesinos pobres que habían luchado contra el dominio imperial [y] culpó al antiguo líder soviético Mijaíl Gorbachov del colapso del Derg, que previamente había recibido apoyo financiero y militar de Moscú.
El actual Gobierno etíope está compuesto por "nacionalistas estrechos y contrarrevolucionarios", afirmó, y no tiene "base legal o moral para juzgar la revolución etíope".
Ese descaro, ese cuajo de maldito asesino sinvergüenza también es muy comunista. Así que, venerable maestro Richard Pipes, voy a atreverme a pedírselo: hágaselo mirar.

Grandes criminales del siglo XX: Kim Il Sung

Mario Noya.


A Corea del Norte se le conoce como el Reino Ermitaño pero ni es un reino, sino una terrorífica dictadura comunista, ni mucho menos el paraíso del eremita: no es lugar para solitarios dedicados a la contemplación ni para... no es para humanos, por ahorrarnos el recuento. Su fundador, Kim Song Ju, tuvo los santos cojones de hacerse llamar Kim Il Sung, "el Sol que Viene". La Noche Escura.

El tirano que por más tiempo tiranizó a los suyos en el siglo XX (46 años; o 48, si no nos ponemos exquisitos: y es que su tiranía precedió a la constitución de su república) nació el 5 de abril de 1912 en Mangyongdae, cerca de Pyongyang, en el seno de una pobre familia campesina, mienten más que hablan sus hagiógrafos: lo cierto es que Kim Song Ju, como tantos de su ralea, procedía de la martirizada clase media. (Hay incluso quien vincula su estirpe a la del rey Gyeongsung, el último monarca del reino medieval de Silla). Su padre, un cristiano que atendía por el nombre de Kim Hyong Jik, desposó a los 15 años a Kang Pan, de 17, hija de maestra, con la que tuvo otros dos hijos: Chol Chu y Yong Ju.

En 1919 la familia se trasladó a Manchuria, por entonces como Corea sometida al yugo del Imperio del Sol Naciente. Ferviente nacionalista coreano, nuestro hombre (¡uf!) se educará (apenas ocho años de estudios formales) en China y en chino; al punto de que, cuando regrese definitivamente a la patria, 26 años después, tendrá graves dificultades para leer el discurso que le pergeñó la inteligencia soviética a fin de que se lo infligiera a sus camaradas en un congreso del Partido. Pero volvamos a Manchuria: muy temprano KSJ se implicará en la lucha antijaponesa, lo que le llevará a la cárcel en 1929. Al salir –a los pocos meses–, en vez de retomar los estudios decide implicarse total, definitivamente en la subversión. "Como Stalin y Hitler –ha escrito un Richard Barnes en internet–, se convirtió en revolucionario profesional, uno de esos que viven a costa de los demás sin tener un trabajo digno de tal nombre". Será entonces cuando se haga llamarKim Il Sung, al parecer en homenaje a un héroe del levantamiento antijaponés de 1919.

La guerrilla comunista china será su casa –no consta cómo se las apañaron sus dos hermanos pequeños, huérfanos de padre y madre desde 1932–; y su superior inmediato, Wei Zhengmin, destacada personalidad del PC chino, una suerte de padre político: fue él quien le introdujo en el mundo de la maquinación y la intriga políticas. En las mismas trincheras vivaquearon también quienes, andando el tiempo, cuando exija ser llamado Gran Líder, Supremo Líder, Jefe Respetado y Bienamado, toda esa basura megalómana, conformen su círculo de confianza. Por desgracia y como él, esos señores se reprodujeron, y legaron su posición y sus privilegios a sus descendientes. Es lo que tiene el comunismo. Siempre. En todo tiempo y lugar.

La vida de KIS no puede entenderse sin China. Y sin la URSS, donde también luchó contra los japoneses (¿y contra los nazis? Algunos lo ponen a combatir en Stalingrado) y desde donde regresó a Corea –a bordo del buque de guerra Pujachev– en 1945. Ya en 1946 su amo y modelo, Iósif Stalin, decide que sea él el hombre fuerte del nuevo Estado vasallo del Imperio Rojo, la República Democrática Popular de Corea, que proclamará su independencia el 9 de septiembre de 1948. Independencia. Sic.
Kim Il Sung, simple comandante de una unidad de guerrilla antijaponesa en los confines de Manchuria, fue colocado en el poder por los soviéticos en detrimento de los comunistas que militaban en el país [desde] hacía más tiempo. En septiembre de 1945 tuvieron lugar en Pyongyang cierto número de asesinatos de mandos comunistas opuestos a Kim Il Sung (...) ¿Unas decenas? ¿Varios cientos? Todavía no se sabe.
(...) los soviéticos forman casi de cero un Estado a su imagen: reforma agraria que abre el camino a la colectivización, partido único, encuadramiento ideológico de la población en asociaciones de masas, etc. Todo adversario político, todo terrateniente, todo opositor a la reforma agraria, todo ciudadano sospechoso de haber colaborado con los japoneses, es hostigado. (...) el asentamiento del régimen, en una primera época, da lugar menos a un baño de sangre que a la huida [hacia la actual Corea del Sur] de millares de personas (...).
(Pierre Rigoulot, "Crímenes, terror y secreto en Corea del Norte"; en VVAA, El libro negro del comunismo, Planeta-Espasa, Barcelona, 1998, pp. 616-117).
Convencido de que los dirigentes del Sur eran un hatajo de lacayos de unos Estados Unidos que arderían en deseos de abandonar la península, KIS se vuelca en vender a Stalin la idea de reunificar el país por la fuerza de las armas. Y se saldrá con la suya. Así que provocará la terrible Guerra de Corea.
El 25 de junio de 1950, la premeditada invasión se pone en marcha: las tropas norcoreanas invaden por sorpresa el Sur. Es el principio de una guerra espantosa que causará más de medio millón de muertos en (...) la población coreana, unos 400.000 muertos y una cantidad algo mayor de heridos entre los chinos que acudieron en apoyo de los norcoreanos cuando [éstos] se vieron amenazados con una derrota total por las tropas de la ONU dirigidas por el general MacArthur, al menos 200.000 muertos entre los soldados norcoreanos, 50.000 entre los soldados surcoreanos, más de 50.000 [entre los] americanos, y millones de desalojados.
(P. Rigoulot, ob. cit., p. 617).
No le vayan a un coreano con la vaina de la guerra fría. No vayan ustedes a pensarse que Jean-Paul Sartre, la hiena estilográfica, no saludó la execrable carnicería: hasta aprovechó la efusión de sangre para afiliarse al Partido Comunista. (Un mundo saturado de sartrecillos valientes por cuenta ajena, ¿se imaginan? El infierno, entonces sí, serían los otros). No irán a estas alturas a pensar que Kim Il Sung no cantó victoria por ese ominoso fracaso:
El pueblo coreano ha conseguido un triunfo heroico en estos tres años de lucha contra el agresor armado, el imperialismo yanqui,
dicen que dijo, y para celebrarlo el Sol que Viene convirtió Corea del Norte en el impenetrable y tétrico agujero negro que sigue siendo: selló las fronteras (más aún cuando vio la deriva de la China postmaoísta y la desaparición de la URSS: ¡tenía razón! ¿Internacionalismo? ¡El comunismo es un hermetismo!); erigió un universo concentracionario mezcla de gulag soviético y laogai chino (1'5 millones de muertos); sometió el Partido a repetidas purgas (100.000 muertos); apostó de lleno por la militarización (con el Songun, la política que pone el Ejército por encima de todo, comiéndose el 20-25% del PIB); practicó el terrorismo en el extranjero (ataque al palacio presidencial surcoreano de 1968 –30 terroristas muertos–, atentado de Rangún contra miembros del Gobierno surcoreano en 1983 –16 muertos, cuatro de ellos ministros surcoreanos–, voladura de un avión surcoreano en 1987 –115 muertos–...); patrocinó grupos terroristas extranjeros (palestinos, filipinos; el Ejército Rojo Japonés...); devastó minuciosamente la economía pero se las apañó para dotarse de armamento atómico (según la CIA, consiguió la Bomba ya en 1993) y saturó el paisaje y al paisanaje con su infausta figura ventruda:
Para finales de los 80, Kim se había dedicado más de 34.000 monumentos. Su retrato está expuesto en los espacios públicos de todo el país, en todos y cada uno de los hogares y en la mayoría de las prendas de vestir. El calendario se reconfigurará para que empiece el año de su nacimiento (1912), denominado Juche 1. Su cumpleaños será declarado fiesta nacional.
(...) El 70º cumpleaños de Kim se celebró por todo lo alto, con la inauguración de la Torre Juche y del Arco del Triunfo. La torre es una versión a gran escala del Monumento a Washington y consta de 25.550 bloques de granito, uno por cada día de los 70 años de vida de Kim. El arco es una versión a gran escala del Arco del Triunfo de París (...) El mismo día fue inaugurado elEstadio Kim Il Sung (...).
Año Juche. Torre Juche. Juche. ¿Qué es eso? Eso, nunca mejor dicho, es la ideología oficial de Corea del Norte, inserta en su Prostitución, claro que pergeñada por Kim Il Sung, porque aquí el señor, a más de asesinazo y gran tirano, fue pensador... ¡de pluma suelta!: por ahora sus obras completas constan de 93 volúmenes. Unas obras completas que no son sino una "biblioteca sobre la Idea Juche", según puede leerse en este breve de la abyecta, mamporrera agencia oficial KNS.
La Idea Juche sostiene que el hombre es el centro del universo y que sus poderes para transformar el universo son (...) ilimitados, siempre que sea depositario del auténtico liderazgo político y actúe en función de los principios correctos.
(Kevin Williamson, The Politically Incorrect Guide to Socialism, Regnery, Washington DC, 2011, ed. electrónica, pasaje 1.683).
Siempre que ese hombre sea el Sol que Viene, pues. Orwell se nos volvería a morir. De asco.
En la Idea Juche, ese pensamiento supuestamente científico [el socialista, ya saben] tiene tres componentes. Está el chaju, la independencia política; el charip, la independencia económica (un concepto no muy diferente del swadeshi gandhiano), y el chawi, la enérgica política de defensa. Por lo que hace a la independencia política, la idea de que el norcoreano de a pie [¡nunca mejor dicho, en ese paraíso atrasista!] tenga algo que decir sobre los asuntos de Estado es claramente anatema (...), y el chaju, si algo significa, es la manera telegráfica de referirse al nacionalismo norcoreano. Igualmente, poco hay que decir acerca del chawi: Corea del Norte se muestra especialmente enérgica en sus operaciones militares: aterroriza a sus vecinos, torpedea barcos [extranjeros] y usa su arsenal nuclear como herramienta para el chantaje.
(K. Williamson, ob. cit., pasajes 1.729 y 1.735).
Juche (= "la cuestión principal"), más que un pensamiento, es la innecesaria coartada para el absoluto sometimiento, para la aniquilación del ser humano, devenido masa amorfa que brama o calla según ordene el Amo. La propaganda oficial insta a los norcoreanos a ser "un solo pensamiento y una sola voluntad bajo la dirección del líder supremo". "Pensad, hablad y obrad como Kim Il Sung y Kim Jong Il", ese par de (contra)dioses sañudos. Igual alguno habría de pasarse por Pyongyang, a que le expliquen por lo menudo la diferencia entre autoritarismo y totalitarismo. Me parece una buena idea, soy franco.
Juche, la filosofía oficial de Corea del Norte, es la décima religión del mundo, con 19 millones de fieles, según la web Adherents. Supera al judaísmo, al jainismo, a la fe bahai (...) No está mal para una religión que no es considerada como tal por sus seguidores. Si tú le dices a un norcoreano leal que Juche (...) es una religión, lo mismo te da un puñetazo en tu desvergonzada y herética boca. "Juche –puede que diga– NO es en absoluto una religión. ¡Por todos los cielos, nosotros somos ateos!". Entonces, quizá te explique cómo es que el camarada Kim Il Sung, fundador de Juche (...), yace en el Sagrado Templo de Juche, junto a carteles que rezan: "¡El gran líder Camarada Kim Il Sung siempre estará con nosotros!". 
"Si la religión es un pato, dice Tom Belke, autor de Juche: un análisis cristiano de la religión oficial de Corea del Norte, Juche hace cuac-cuac. En su intento por alejarse de la religión, Corea del Norte no ha hecho sino meterse de lleno en ella. "Tiene sus lugares sagrados, sus ceremonias, su sistema exclusivo de creencias", señala Belke. "Es algo que precisan todos los credos".
Kim Il Sung, este odioso pseudodiós de Caco y caca, murió el 8 de julio de 1994. ¿De puro viejo e infartado, el Inmortal Presidente Eterno? No jodamos. Pues igual no. Igual el cuervo le sacó los ojos:
El 28 de junio Corea del Norte y Corea del Sur acordaron celebrar una cumbre en Pyongyang entre el 25 y el 27 de julio. Sería el primer encuentro de este tipo desde la división de la península, en 1945. 
Sin embargo, Kim murió súbitamente en su villa campestre el 8 de julio de un ataque al corazón "debido a fuertes tensiones mentales". Todas las conversaciones programadas quedaron suspendidas. El funeral de Estado tuvo lugar el 18 de julio, y acto seguido se decretó duelo nacional por espacio de tres años. 
Posteriormente se dijo que la muerte de Kim se produjo durante una acalorada discusión entre éste y su hijo Kim Jong Il. Las sospechas sobre las circunstancias del óbito se acrecentaron al conocerse que Kim Jong Il se negó durante largo tiempo a permitir el acceso de los médicos a la habitación de su padre. Aún más preguntas emergieron cuando se estrellaron dos de los cinco helicópteros encargados de trasladar el cuerpo (...) a Pyongyang, a resultas de lo cual murieron los médicos y guardaespaldas que iban a bordo; del resto de la comitiva no se volvió a tener noticia.
Se dice que Kim Jong Il ocultaba a su padre la gravedad de lahambruna [¿tres millones de muertos? ¿canibalismo?] y de la crisis económica que asolaban el país, y que se oponía a la reunificación con el Sur.
A Kim Il Sung le sucedió, sí, su hijo Kim Jong Il. O sea que puede que, verdaderamente, Corea del Norte sea un reino. El primero de los comunistas. (La Cuba castrista, siempre chupando rueda, siempre imitando lo peor, ha sido el segundo). Kim Il Sung y Kim Jong Il, de tal palo tal astilla, la peste y el cólera, abajo esa moral y no perdamos la desesperanza, que diría el personaje de Imre Kertész. "¿Cuántas posibilidades había de que Kim Il Sung, la mera definición de monstruo en política, tuviera un monstruo igual o peor que él al que legar su imperio?", se pregunta Kevin Williamson en La guía políticamente incorrecta del socialismo, que no está traducida porque nuestras grandes editoriales es que no dan abasto con tanto panfleto de nuestra indignada ultraizquierda liberticida.

Al menos una. La que final, letalmente contaba, le contarían las víctimas si pudieran. 

Grandes criminales del siglo XX: Pol Pot

Mario Noya.



De Saloth Sar, alias Khmaer Da'em, alias Pol Pot, hombre mediocre, sólo se puede escribir usando superlativos negativos, que diría S. J. Lec. Fue el Superestalin, el Megamao, el Hiperasesino del siglo XX. Gran Exterminador, igual murió con la conciencia tranquila.

No es fácil rastrear los orígenes de este bárbaro abominable, "señor de las tinieblas" que "toda su vida trató de mantenerse oculto" –al punto de que,según se cuenta, su hermano Saloth Neap se enteró de que era el formidable Hermano Número Uno al ver su cara en un afiche de su comuna–. Así, si unos te dicen que nació el 19 de mayo de 1925, otros apuntan al mismo día pero del año 28, y otros –la BBC– ni siquiera se atreven a dar una fecha. Lo que sí parece claro es que el lugar que tuvo la mala suerte de verlo nacer fue la aldeúca de Prek Sbauv (provincia nororiental de Kompung Thom) y que su familia tenía relaciones con la Monarquía; muy estrechas incluso, si es cierto que una de sus hermanas fue concubina del rey Sisovath Monivong –y esposa una de sus primas–. También él acabó entrando en palacio, como aprendiz de marquetería y a instancias de su hermano Loth Suong, que trabajaba en cuestiones relacionadas con el protocolo. "A lo largo de aquella etapa de contacto con el mundo extremadamente clasista de la servidumbre palaciega –informa Vicente Romero en su biografía del personaje–, el joven Pol Pot no se interesó jamás por la política ni mostró preocupación social alguna".


Su "poco refutable mediocridad" intelectual (Jean-Louis Margolin, en El libro negro del comunismo, dixit) quedó patente en todos y cada uno de los centros educativos que lo acogieron. Tras seis infructuosos cursos, de la pagoda budista en que lo metió Loth Suong le mandaron de vuelta a la granja familiar sin el preceptivo certificado de aprovechamiento. Tampoco aprobó el bachillerato. Si acaso, de los años escolares sacó una gran amistad con Lon Non, hermano del futuro dictador Lon Nol. Más le hubiera valido no conocerle: Lon Non, que andando el tiempo llegó a general, fue ejecutado por los jemeres rojos en cuanto éstos accedieron al poder; por lo que hace al pueblo del que eran originarios los Lon, fue desalmado el 17 de abril de 1977, segundo aniversario de la revolución libertadora: vivían en él 350 familias.


Por esas cosas estupefacientes que pasan, en 1949 este pésimo estudiante consiguió que le becaran para estudiar radioelectricidad en Francia. Claro que no le aprovechó (de hecho, le acabaron quitando la beca), pero esos tres años y tres meses en la metrópoli le sirvieron para descubrir a Stalin, orbitar en torno al Partido Comunista Francés y conformar el denominado Grupo Estudiantil de París, con alimañas humanas como Ieng Sary, Khieu Samphan, Son Sen y Huo Yuon, tan culpables como él del holocausto camboyano.


De vuelta a Indochina, aprendió a odiar a los vietnamitas luchando con ellos contra la dominación francesa. "Se sintió minusvalorado –escribe Romero–, ya que se le encargaron tareas tan secundarias como cuidar pollos, recoger estiércol, limpiar letrinas...". "Sar fue un recluta más", pero él, Khmaer Da'em, me llaman Camboyano Auténtico, no podía serlo. En 1960, el Grupo de París se hace con el control del Partido Revolucionario del Pueblo de Kampuchea, lo transforma en el Partido de los Trabajadores de Kampuchea y corta los hilos que lo mantenían unido a los comunistas de Vietnam. (Un inciso: Kampucheaes la palabra jemer para Camboya). Tres años después, tras la desaparición en extrañas circunstancias de Tou Samouth, Pol Pot es aupado a la Secretaría General de la formación.


Como tal, en 1965 viaja a Hanoi, donde la gente de Ho Chi Minh le reprocha el virulento nacionalismo del PTK y le pide que deje de lado la lucha armada en Camboya hasta que los norteamericanos abandonen Vietnam. No le gusta nada ese viaje. Qué distinto será el que le lleve el año siguiente a China, la China de Mao, la China de la Revolución Cultural salvajísima, que pudo cobrarse la vida de hasta un millón de personas.
Durante varios años, China, una de las civilizaciones más antiguas del mundo, se vio asolada por bárbaras hordas a las que se había enseñado a tratar todo aquello que escapaba a su comprensión como algo merecedor de ser destruido. En el apogeo de este movimiento, todas las escuelas se cerraron, y no circulaban libros salvo los de texto y las propias obras de Mao. Se prohibieron los conciertos de música occidental. Los guardias rojos agredían a los intelectuales y los obligaban a humillarse públicamente, y torturaron y mataron a muchos de ellos.
(Richard Pipes, Historia del comunismo, Mondadori, Barcelona, 2002, p. 167).
Ése era su modelo, el comunismo más despiadado y brutal, la aniquilación del pasado y del presente conflictivo, el terror extremo hacia fuera y hacia dentro. Guerra de exterminio contra la civilización para, desde la más estricta barbarie, empezar de cero y "asegurar la perennidad de la raza jemer", como dejó escrito este Hitler aceituno en el periódico oficial de su partido, Tung Padevat ("bandera revolucionaria").
La sangre roja y centelleante cubre la tierra, la sangre vertida para liberar al pueblo: la sangre de los obreros, los campesinos y los intelectuales; la sangre de los adolescentes, los novicios y los jóvenes. La sangre se arremolina y asciende suavemente al cielo, transformándose en una bandera roja revolucionaria. ¡Bandera roja! ¡Bandera roja! ¡Ondula ahora! ¡Ondula ahora! Oh, amados amigos, perseguid al enemigo, golpeadle y destruidle. ¡Bandera roja! ¡Bandera roja! ¡Ondula ahora! ¡Ondula ahora! No dejéis con vida a ningún imperialista reaccionario: echadles de Kampuchea. ¡Movilizaos y golpead, movilizaos y golpead, y conquistad la victoria, conquistad la victoria!
(Letra de la canción "Bandera roja", reproducida en Bernard Bruneteau, El siglo de los genocidios, Alianza, Madrid, 2009, pp. 289-289).
El Horror se instala en la ya machacadísima Camboya (por la guerra de Vietnam, la guerra civil, la dictadura, las injerencias extranjeras sin cuento, la cleptocracia...) el 17 de abril de 1975, cuando los jemeres rojos del Partido Comunista de Kampuchea (nombre del PTK desde 1966) toman Phnom Penh. El alivio de los habitantes de la capital (más de 3 millones, entre residentes habituales y desplazados por el conflicto) apenas dura unas horas: no podían saber que con el final de la guerra llegaba lo peor como un ciclón de saña:
Se los empujó hacia la campiña circundante. La violencia comenzó a las 7 de la mañana con ataques dirigidos contra las tiendas chinas, y después hubo un saqueo general. Las primeras muertes sucedieron a las 8,45 de la mañana. De los 20.000 heridos que estaban en la ciudad, hacia la caída de la tarde todos estaban en la jungla. (...) Se vaciaron todos los hospitales (...) Fueron destruidos todos los documentos y archivos. Los libros fueron arrojados al río Mekong o quemados en las orillas. Se procedió a incinerar el papel moneda de la Banque Khmer de Commerce. Los automóviles, las motocicletas y las bicicletas fueron [confiscados]. Los [jemeres rojos] dispararon cohetes y bazucas sobre las casas en las que se advertía movimiento. Hubo muchas ejecuciones sumarias. Se dijo al resto: "Salgan inmediatamente de aquí o los mataremos a todos". Hacia la medianoche se cortó el suministro de agua.
(Paul Johnson, Tiempos modernos, Vergara, Barcelona, 2000, pp. 802-803).
"Lo que confería al episodio su horror peculiarmente kafkiano era la ausencia de autoridad visible", explica Johnson. "Los soldados campesinos se limitaban (sic) a matar y aterrorizar; obedecían órdenes e invocaban los mandatos de la Angka Loeu". La Angka Loeu, la Organización Superior, o simplemente Angkar, la Organización, era la plana mayor del Partido Comunista: Pol Pot, ¡Hermano Número Uno!, y sus camaradas igual de tenebrosamente anónimos: Hermano Número Dos (Nuon Chea), Hermano Número Tres (Ieng Sary)... Pero eso no se sabía. Y siguió sin saberse hasta septiembre del 77. Sólo se sufría.


Se vaciaron literalmente las ciudades. Se confinó a la población en comunas agrarias. Se abolió la propiedad privada. Se abolió el dinero. Se cerraron los medios de comunicación. Se suprimió el correo. Se cortó el teléfono. Se prohibió hablar cualquier lengua distinta del jemer. Se prohibió el uso de las gafas. Se prohibió lucir el menor adorno en la vestimenta.
Se prohibió la relación sexual; el adulterio o la fornicación eran castigados con la muerte (...) Se prohibía a los miembros de las parejas casadas [mantener] conversaciones prolongadas, pues se afirmaba que eso era "discutir", y [la reincidencia] se castigaba con la muerte (...) Cuando el hambre y la epidemia se difundieron, los viejos y enfermos y los muy jóvenes, sobre todo [los] huérfanos, fueron abandonados. Se ejecutaba en público y se obligaba a mirar a los parientes mientras el hermano, la madre o el hijo eran sometidos al garrote vil o decapitados, apuñalados, muertos a golpes o (...) a hachazos. A veces se ejecutaba (...) a (...) familias enteras. (...) un docente llamado Tan Samay, que desobedeció la orden de enseñar a sus alumnos únicamente el trabajo de la tierra, fue ahorcado; sus propios alumnos, de ocho a diez años, tuvieron que realizar la ejecución mientras gritaban: "¡Maestro incapaz!". La terrible lista de crueldades es interminable.
(Johnson, ob. cit., p. 804).
No encuentro las palabras; sí los números insoportables del martirio camboyano. Entre 1,5 y 2,2 millones de muertos por hambre, fatiga extrema, enfermedades derivadas del sometimiento a las peores condiciones de vida, asesinato. Entre el 20 y el 30% de la población del momento, pues (7,5 millones). La mortalidad entre los mandos del régimen republicano alcanzó el 83% en la oficialidad, el 67% en la policía y el 60% en el funcionariado. De los 550 magistrados existentes en 1975, sólo cuatro seguían con vida en 1979. De los 60.000 monjes budistas existentes en 1975, sólo 1.000 seguían con vida en 1979. Las tres provincias más urbanizadas del país perdieron el 40% de su población. Desaparecieron 402 de los 450 médicos con que contaba el país, y el 51% de los licenciados universitarios; y el 29% de quienes sólo habían cursado estudios primarios, y el 19% de los campesinos pobres, y el 17% de la gente sin profesión conocida. Y el 34% de los musulmanes cham, y el 49% de los católicos, y el 38% de los miembros de la minoría china, y el 37% de los miembros de la minoría vietnamita. Y el 50% de los propios afiliados al partido comunista ("Una cifra incomparablemente superior a la de los peores momentos del terror estalinista", apunta Bernad Bruneteau, a quien he tomado los datos precedentes). Por la infernal cárcel de Tuol Sleng(antes fue una escuela) pasaron más de 16.000 presos: sólo siete salieron vivos.
La mortalidad fue terrorífica en todas las edades, pero sobre todo entre los jóvenes adultos (un 34% de hombres de 20 a 30 años, un 40% [de hombres] entre los 30 y los 40) y entre las personas de ambos sexos de más de 60 años (el 54%). (...) desde 1945, ningún país se ha visto afectado hasta ese punto. En 1990 aún no se había alcanzado el número de habitantes de 1970. Y la población se hallaba muy desequilibrada: 1,3 mujeres por cada hombre. Entre los adultos de 1989, encontramos la bagatela (¡sic!) de un 38% de viudas, frente a un 10% de viudos. También vemos un 64% de mujeres entre la población adulta, y que el 35% de [los] cabezas de familia son madres. [...] En 1979, el 42% de los niños eran huérfanos, tres veces más de padre que de madre; el 7% había perdido a sus dos progenitores. En 1992, la situación de aislamiento resultaba más dramática entre los adolescentes: un 64% de huérfanos.
(Jean-Louis Margolin, "Camboya: en el país del crimen desconcertante"; en VVAA, El libro negro del comunismo, Planeta-Espasa, Barcelona, 1998, pp. 662 y 713).
El multimillonario Noam Chomsky, gurú de la siniestra izquierda estupenda, hozó como un pobre cerdo en el ya será menos y en la versión más degenerada del salomonismo: las culpas, que se las repartan los jemeres rojos y, ¡bingo!, los Estados Unidos de América, que de todas formas no se cubrieron de gloria y sí de mierda por aquellos años en aquellas tierras.


Fue la criminal dictadura comunista de Vietnam la que, en 1979, puso fin a la genocida dictadura comunista de Camboya: ocupó el país e instauró la República Popular de Kampuchea, que dejó a cargo del exjemer rojo Heng Samrin. Pol Pot y su yunta de hermanos numerados huyeron a la jungla, donde siguieron a lo suyo: odiar, aniquilar, matar a modo.


"La revolución es una obra propia de Dios, demasiado colosal para simples humanos", dicen (Romero) que dijo un día. Pero luego llegó otro, el del juicioa que le sometieron sus propios cuervos no por el holocausto que perpetró contra su propio pueblo sino por mandar asesinar a su exministro de Defensa Son Sen, a su esposa y a sus nueve hijos ("también mandó aplastar sus cadáveres bajo las ruedas de un camión"; de nuevo Romero), y entonces se reveló un miserable cobarde, qué chivato y acusica:
Dijo que sabía que muchos habitantes del país le odiaban y le consideraban responsable de las matanzas. Dijo que sabía que muchas personas habían encontrado la muerte. Al decir esto, casi se derrumbó y se echó a llorar. (...) Dijo que él era como un amo de casa que ignoraba lo que hacían sus hijos, y que había confiado demasiado en las personas. (...) Le decían cosas que no eran verdaderas, que todo iba bien, pero que tal o cual persona era un traidor. En última instancia, los verdaderos traidores eran ellos. El principal problema eran los mandos formados por los vietnamitas.
(Margolin, ob. cit., p. 708).
Ese juicio filfa se celebró el 25 de julio de 1997, en el último reducto de los jemeres rojos, un pedazo de selva en la frontera camboyano-tailandesa. "El bizarro tribunal, en lo que parecía más un exorcismo de sus propios demonios que un acto de justicia, dictó pena de cadena perpetua (...). Pero, dados el estado de salud y la edad del reo Saloth Sar, se le permitió cumplir la sentencia en su domicilio", vulgo choza (Vicente Romero, Pol Pot, el último verdugo, Planeta, Barcelona, 1998, p. 10). Ni siquiera entonces mostraron, pues, compasión por los exterminados.


Al poco, por no pasar no pasó un año, Saloth Sar, Khmaer Da'em, Pol Pot, Hermano Número Uno devenido Último de la Fila, murió. El 15 de abril de 1998. Del corazón que no tuvo. O lo mataron:
Las noticias sobre la muerte de Pol Pot se producen sólo horas después de que oficiales del Jemer Rojo dijeran estar dispuestos a entregar a su antiguo líder para así poner fin a la lucha contra las tropas del Gobierno camboyano [...] En las últimas semanas el Jemer Rojo ha sufrido una ola de deserciones [...] Miles de guerrilleros hastiados están dispuestos a abandonar la lucha [...] Según el corresponsal de la BBC en la región, Enver Solomon, la muerte de Pol Pot podría resultar extremadamente conveniente para el núcleo duro de lo que queda de las guerrillas. Podrían tratar de prepararse un papel político para sí mismas, libres ya de un hombre que es tenido por uno de los líderes más brutales de todos los tiempos.
("Pol Pot dead", BBC News, 16 ABR 1998).
(...) su fallecimiento se produjo en un momento muy oportuno, cuando el presidente norteamericano Bill Clinton había iniciado trámites diplomáticos para que fuese capturado y juzgado. Y entre la clase dirigente de Camboya no interesaba a casi nadie que el Hermano Número Uno viviese para declarar sobre el reparto de responsabilidades históricas ante un tribunal internacional.
(Romero, ob. cit., p. 11).
La pira fúnebre para nada fue sobria sino sórdida, astrosa, directamente cutre. Tablones, neumáticos, una manta, el colchón, la silla desequilibrada.Una pira mendiga. Pero no le faltaron las flores. Que, es claro, no le pusieron aquellos de sus sirvientes "ejecutados bajo la acusación de sabotaje tras producirse fallos en los servicios de agua y electricidad de alguna de sus residencias" (Romero, p. 21. "Sus cocineros y camareros eran objeto de especial vigilancia"). Tampoco su primera mujer, la fanática Khieu Ponnary, de la que se divorció en los 80, estando ya ella mentalmente desquiciada. Igual sí la segunda, la campesina Mia Som, a la que sacaba treinta años y con la que tuvo una hija (Set Set), y que tuvo a bien informarnos de lo feliz que había sido ese despojo palúdico en sus últimos días (Romero, p. 24). Quiso además que constara que "fue un buen esposo y un excelente padre".


"Nadie rezó por él. Tampoco nadie en el mundo lloró su muerte", mintió Romero; para acto seguido estar en lo cierto:
Pero nadie en Camboya conseguirá olvidarle.