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'Tierras de Sangre': catorce millones de veces 'uno'

Mario Noya.



Libro negro extraordinario, imprescindible, insoportable: Tierras de Sangre. Europa entre Hitler y Stalin, de Timothy Snyder. Aturde.
Las Tierras de Sangre de que habla Snyder son las repúblicas bálticas y Bielorrusia, casi toda Ucrania, buena parte de Polonia, la franja más occidental de Rusia y una pequeña porción de Moldavia. Fueron las tierras de la Shoá, del Holodomor, del Generalplan Ost, del Plan de Hambre. De Katyn. Del Gas y el Fuego. De las violaciones en masa y el canibalismo. De la saña. Una barbarie única, infernal, indescriptible. No hay palabras, por eso me salen tantas.
[En 1933, en plena Gran Hambruna ucraniana,] en un pueblo de la región de Járkov, unas mujeres hacían lo que podían para cuidar a los niños. Formaron, recuerda una de ellas, "una especie de orfanato". (...) "Los niños tenían los estómagos abultados; estaban cubiertos de heridas y de costras, sus cuerpos parecían a punto de reventar. (...) Un día, los niños se callaron de repente; fuimos a mirar lo que ocurría y vimos que se estaban comiendo a Petrus, el más pequeño. Le arrancaban tiras de carne y se las comían. Y Petrus hacía lo mismo, se arrancaba tiras y se comía todo lo que podía. Los otros niños ponían los labios en las heridas y se bebían la sangre (...)". (p. 80)
En primavera, los fuegos ardían en Treblinka día y noche (...) Las mujeres, con más tejido graso, quemaban mejor que los hombres (...) Los vientres de las mujeres embarazadas tendían a reventar, de manera que se podían ver los fetos en su interior. En las frías noches de la primavera de 1943, los alemanes solían quedarse junto al fuego a beber y calentarse. (p. 323)
***
Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. Como pavorosa demostración, lo ocurrido en aquellas tierras entre 1933 y 1945. Las solas cifras demudan. Catorce millones de civiles y prisioneros de guerra asesinados ("ni uno sólo" era "soldado en servicio activo", la mayoría eran "mujeres, niños y ancianos"). Ese número supera "en más de diez millones al (...) de personas muertas en todos los campos de concentración alemanes y soviéticos" y "en más de dos millones (...) el (...) de soldados alemanes y soviéticos muertos en el campo de batalla en la Segunda Guerra Mundial". Ese número es
la suma de las siguientes cifras aproximadas (...): 3,3 millones de ciudadanos soviéticos (la mayoría ucranianos) llevados a la muerte por inanición por su propio gobierno en la Ucrania soviética en 1932-1933; trescientos mil ciudadanos soviéticos (la mayoría polacos y ucranianos) ejecutados por su propio gobierno en la parte occidental de la URSS entre las aproximadamente setecientas mil víctimas del Gran Terror de 1937-1938; doscientos mil ciudadanos polacos (la mayoría de etnia polaca) ejecutados por las fuerzas soviéticas y alemanas en la Polonia ocupada en 1939-1941; 4,2 millones de ciudadanos soviéticos (en su mayoría rusos, bielorrusos y ucranianos) obligados a morir de hambre por los ocupantes alemanes en 1941-1944; 5,4 millones de judíos (la mayoría ciudadanos polacos o soviéticos) gaseados o pasados por las armas por los alemanes en 1941-1944; y setecientos mil civiles (la mayoría bielorrusos y polacos) ejecutados por los alemanes en represalias, principalmente en Bielorrusia y en Varsovia en 1941-1944. (pp. 484-485)
"Una vez más", anota Snyder en esa misma página (485), "mis cálculos son moderados". Y excluyen a los caídos en combate (¡la mitad de todos los caídos en todos los campos de batalla de la II Guerra Mundial!),
a las personas que murieron de extenuación, de enfermedades o de desnutrición en los campos de concentración o durante las deportaciones, evacuaciones o huidas ante el avance de los ejércitos. (...) a los que murieron en los trabajos forzados. (...) [a los que] murieron de hambre como resultado de la escasez provocada por la guerra, (...) a los civiles muertos en bombardeos o en otras acciones de guerra. (...) [a los que murieron en] actos de violencia llevados a cabo por terceras partes, claramente motivados, pero no directamente realizados, por la ocupación alemana o la soviética. Tales actos supusieron (...) cifras de muertos muy significativas, como la matanza rumana de judíos (unos trescientos mil) o la limpieza étnica nacionalista ucraniana de polacos (al menos cincuenta mil). (p. 483)
***
Hay que leer este descomunal libro negro de prosa clara, documental, que además recoge testimonios de víctimas y verdugos; también de espectadores, más o menos conmovidos por el Espanto, más o menos implicados en denunciarlo, revelarlo, remediarlo. Hay que leerlo para saber que esos Catorce Millones no fueron un error sino el Horror deliberado: Hitler y Stalin sabían, Hitler y Stalin querían, Hitler y Stalin urgían el exterminio del Otro. Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. ¿Hay comparaciones odiosas? No, ciertamente, ésta. Aquí, lo odioso, lo infame, sería no comparar.
En las políticas que implicaron la eliminación de civiles o de prisioneros de guerra, la Alemania nazi mató a unos diez millones de personas en las Tierras de Sangre, quizá a once millones en total; la Unión Soviética de Stalin aniquiló a unos cuatro millones en las Tierras de Sangre y a unos seis millones en total. Si añadimos las muertes previsibles provocadas por la hambruna, la limpieza étnica y las largas estancias en los campos de concentración, la cifra estalinista total asciende a tal vez nueve millones, y la nazi quizá a doce. (p. 450)
No fueron esos Catorce Millones muertes limpias,discretasmaquinales. Los verdugos se mancharon las manos o la cara de sangre u hollín o pólvora. Los verdugos mancharon a sus víctimas con su semen, su sudor, sus babas. Y cuando para matarlas no las tocaron –"más de la mitad murieron porque se les negó la comida" (p. 17)–, las vieron, olieron, escucharon. Los verdugos sabían y hacían. Y lo contaban: del diario de un miembro de unEinsatzgruppe destacado en Lvov (Ucrania) el 1 de julio de 1941: "Cientos de judíos corren calle abajo con las caras cubiertas de sangre, con agujeros en la cabeza y los ojos colgando" (p. 238); "las familias matan a sus miembros más débiles, normalmente niños, y se comen su carne", constatará la OGPUsoviética en la Ucrania del terrible año 33. Así que no sólo Hitler, claro que no. No sólo Stalin. De hecho, ni Hitler ni Stalin violaron, torturaron, asesinaron a uno solo de esos Catorce Millones. Fueron otros. Tantos.
¿Banalización del mal? ¡Pero no mancharon a sus madres, a sus mujeres, a sus hijas con su semen, su sudor, sus babas! ¿Hicieron lo que hicieron porque antes deshumanizaron, animalizaron a sus víctimas? ¡Pero seguían sabiéndolas humanas, por eso las hablaban, las violaban!
Con independencia de la tecnología empleada, la matanza era personal. Las personas que morían de inanición eran observadas, con frecuencia desde torres de vigilancia, por aquellos que les negaban el alimento. Los que morían por las armas eran vistos muy de cerca a través de las miras de los fusiles, o bien eran sujetados por dos hombres mientras un tercero apoyaba el cañón de una pistola contra la base del cráneo de la víctima. Los que iban a morir asfixiados eran acorralados, metidos en trenes y empujados a las cámaras de gas (...). (p. 18)
El Gas. Y casi de inmediato se piensa en Auschwitz. Pero sólo "uno de cada seis judíos pereció allí" (p. 449). Pero "cuando las cámaras de gas y los complejos de crematorios de Birkenau entraron en funcionamiento en la primavera de 1943, más de tres cuartas partes de los judíos que fueron víctimas del Holocausto ya habían muerto" (p. 450). Jamás se habla deChelmno, de Belzec, de Sobibor, de Majdanek. Por otra parte, la mitad de los judíos asesinados en las Tierras de Sangre murieron fuera de las cámaras: de hambre, fusilados, quemados. Por eso Auschwitz podría resultar "engañoso" como guía de lo que fue la Shoá: la mayoría de los judíos que murieron allí jamás pisaron un campo de concentración, fueron "gaseados nada más llegar"; y aunque fue la última "factoría de la muerte" en entrar en funcionamiento, "no era la cumbre" de la tecnología nazi para el exterminio: "Los escuadrones de ejecución eran más eficientes y mataban más deprisa, los centros de hambre mataban más deprisa, Treblinka mataba más deprisa" (p. 449).
"Los asesinatos en masa separaron la historia judía de la europea, y la historia del este de Europa de la del oeste" (p. 23). Stalin mató a 3,5 millones de ucranianos entre 1933 y 1938, y Hitler a otros tantos entre 1941 y 1944. "Bielorrusia fue el centro de la confrontación nazi-soviética, y ningún país sufrió más bajo la ocupación alemana (...) La capital, Minsk, quedó casi despoblada por los bombardeos alemanes, la huida de los refugiados, el hambre y el Holocausto (...) El veinte por ciento de la población [del país] murió durante la Segunda Guerra Mundial" (p. 474). "Nadie menciona nunca que los polacos soviéticos sufrieron más que ninguna otra minoría nacional en los años treinta (...) En el bombardeo de Varsovia de 1939 murió más o menos la misma cantidad de [gente] que en el de Dresde de 1945. (...) Sólo durante el levantamiento de Varsovia murieron más polacos que japoneses en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki" (p. 475). ElGeneralplan Ost nazi tenía por objeto matar "entre 31 y 45 millones de personas (...), entre un 80 y un 85% de los polacos, el 65% de los ucranianos del oeste, el 75% de los bielorrusos y el 50% de los checos" (p. 199). El sitio de Leningrado (1941-1944) se cobró un millón de vidas, sobre una población total de 3,5 millones. Catorce millones de personas fueron asesinadas con premeditación por dos regímenes durante doce... Nazismo y comunismo, hermanos de sangre.
***
Cada muerte registrada sugiere una vida única, pero no puede sustituirla. Debemos ser capaces no sólo de contar el número de muertos, sino de contar con cada víctima como individuo. La única gran cifra que soporta el escrutinio es la del Holocausto, con sus cinco millones setecientos mil judíos muertos (...) Pero este número, como todos los demás, no debe verse como 5,7 millones, que es una abstracción que pocos podemos concebir, sino como 5,7 millones de veces uno. (p. 477)
No hay palabras pero hay que encontrarlas, sacarlas de donde sea. Escribir estos libros, reseñarlos, leerlos. Nombrar a los muertos. Para que la memoria gane en su combate contra la nada (Todorov). Hay aquí una misión:
Los regímenes nazi y soviético convirtieron a personas en números (...) A nosotros los estudiosos nos corresponde buscar esos números y situarlos en perspectiva. A nosotros, como humanistas, nos toca transformar de nuevo esos números en personas. Si no podemos hacerlo, Hitler y Stalin habrán configurado no sólo nuestro mundo, también nuestra humanidad.

TIMOTHY SNYDER: TIERRAS DE SANGRE. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores (Barcelona), 2011, 620 páginas. Traducción de Jesús de Cos.

twitter.com/MarioNoyaM

marionoya.com

No todos quieren comer moringa

Por Tania Díaz Castro.


Exquisito plato de moringa con tomate. Nueva forma de alimentación orientada por el régimen de los Castro para todos los cubanos. ¡Excelente sustituto de la carne y el arroz con frijoles negros!
LA HABANA, Cuba, diciembre, www.cubanet.org -Han transcurrido sólo unos días de la repartición inesperada y gratuita de posturas de moringa por los pueblos del oeste habanero: Santa Fe, Cangrejeras, Baracoa, Jaimanitas y repartos aledaños a Punto Cero, donde reside el viejo líder de la Revolución, y sus pobladores responden con gran escepticismo.

La autoridades han regalado posturas de este árbol, conocido como ¨ milagroso ¨ desde la antigua India, regalaban a todos los vecinos, mientras mencionaban las maravillosas propiedades alimenticias de la planta.
-Ni bistec ni medicinas vamos a necesitar -dijo un anciano- mientras cargaba con tres posturas, sembradas en bolsas de polietileno.
Hoy, al ver que no han vuelto a repartirlas y que el bistec con papitas fritas sigue ausente, son muchos los que recuerdan los años de la fiebre del noni, aquella otra planta, llamada ¨fruta del diablo ¨, en la que muchos creyeron porque se divulgó en todos los medios de comunicación cubanos no sólo que ofrecía una mayor calidad de vida, sino que además de eliminar las lombrices intestinales,  contenía un agente anti carcinógeno capaz de neutralizar el avance del cáncer en su primera etapa.
El fruto maduro del noni, muy parecido a la papa, hoy se ve a montones regado por aceras y calles, con su olor penetrante y desagradable, sin que nadie le preste la menor atención.
-Con la moringa, va a pasar igual que con el noni, que ya nadie se acuerda de él; me dice uno de esos cubanos del barrio, que se las saben todas.
Al parecer, es un secreto a voces que la nueva fiebre viene “de arriba”, porque al ex gobernante cubano Fidel Castro ahora le ha dado por estudiar el cultivo de la moringa, no sólo para resolver el problema económico y la salud de los cubanos, sino porque según noticias provenientes de México y de la emisora Radio Miami de noviembre pasado, la médica de cabecera de Fidel se ha referido a que las propiedades antioxidantes de la moringa han ayudado a que su paciente de Punto Cero, levante las defensas durante el tratamiento de quimioterapia que recibe.
Aún así, no todos los cubanos quieren comer moringa. Tal vez beberla en infusión por las mañanas, ya que no hay leche ni pan con mantequilla, se pueda aceptar, pero sería demasiado sustituir, con esas extrañas y pequeñitas hojas de moringa, la carne vacuna –aunque sólo exista ya en nuestro imaginario popular-, que fue una de las comidas más tradicionales del país antes de que la revolución iniciara hace ya medio siglo el “proceso de actualización” –para decirlo en su idioma- de nuestros hábitos alimentarios.
Esperemos que al debilitado Comandante se le pase la nueva obsesión sin obligarnos a sembrar todo el país de moringa. Los mayorcitos aún recordamos su Cordón de La Habana con el café caturra, su Zafra de los Diez Millones, sus vacas maravillosas que harían que la leche nos llegara por tuberías, su revolución energética  y el largo etcétera de sus alucinantes ideas que nos han hundido en la absoluta miseria en que estamos hoy casi todos los cubanos…menos él, por supuesto.
Una vecina de la cuadra, fanática de la botánica y del Comandante, al preguntarle qué opinaba sobre este asunto, me contó que en días pasados, cuando escuchó en una estación de radio extranjera que una bolsita de moringa la compran los indígenas de América del Sur a diez mil guaraníes, descubrió lo bueno que era Fidel con su pueblo.
-¿Por qué? –le pegunté intrigada.
-¿Cómo que por qué? ¡Porque hasta nos la regala!

La dictadura del hambre

Por Carlos Benito.


Los dictadores son propensos a dejar alguna rendija en sus sistemas para que escapen por ella sus hijos, liberados del rigor de los principios totalitarios. Estos días se ha publicado una y otra vez lo poco que se sabe sobre Kim Jong-Un, el hijo del Querido Líder y la Respetada Madre, es decir, del dirigente norcoreano Kim Jong-Il y la bailarina Ko Young-Hee: educado en Suiza, el joven ha vivido sus veintitantos años en una realidad paralela de viajes a Europa, instalaciones deportivas privadas y comida en abundancia, que le permite hacer honor a aquella mordaz coletilla que identificaba a los suyos como la única familia obesa del país. Hasta él se dio cuenta de su excepcionalidad. El que fue chef de sushi de Kim Jong-Il, una de las principales fuentes de información sobre las intimidades del Gran Dirigente, ha difundido una conversación que mantuvo hace una década con Kim Jong-Un, mientras fumaban en el coche: «Estamos aquí, jugando al baloncesto, montando a caballo, pilotando motos náuticas, pasándolo bien -planteó de pronto el joven-, ¿pero qué ocurre con las vidas de la gente corriente?».


La gente corriente de Corea del Norte, el país de cuyo gobierno se ha hecho cargo esta semana, lo pasa bastante peor. A la tristeza y las miserias cotidianas de habitar un estado-prisión se suman malas rachas como la actual: la combinación de un invierno crudo y unas inundaciones generalizadas en verano ha sumido el territorio en una gravísima crisis alimentaria, que afecta especialmente a los niños. En Corea del Norte, el 60% de la población depende para su sustento del Sistema Público de Distribución, la ración de cereales que reparte el Estado, unos 600 gramos diarios en el caso del personal de las granjas cooperativas y una cantidad que se va determinando cada temporada para el resto. Este año, esa asignación se ha reducido a 200 gramos, un tercio de la ingesta mínima establecida por la Organización Mundial de la Salud, e incluso llegó a quedarse en 150 el pasado mes de junio. La población, hambrienta, trata de completar su dieta con lo que logra recoger del campo -bellotas, bayas, setas- o, si hay suerte, con donaciones de algún pariente generoso del campo, pero simplemente no hay comida para todos en este país malgastado, con una estatura media que se ha quedado quince centímetros por debajo de la de Corea del Sur. En el recuerdo de todos está la terrible hambruna de los noventa, que mató a un millón o millón y medio de personas, según las estimaciones más aceptadas.
Un niño de cada tres
La situación actual, sin llegar a aquellos extremos, sí pone en peligro el futuro de toda una generación. «Nos preocupan sobre todo los niños pequeños y sus madres, ya sean embarazadas o lactantes. Un niño de cada tres y una madre de cada cuatro son desnutridos crónicos -explica a este periódico Kenro Oshidari, director regional para Asia del Programa Mundial de Alimentos-. Según la última misión de valoración de los cultivos y la seguridad alimentaria, alrededor de tres millones de personas necesitarán asistencia para satisfacer sus necesidades nutricionales en los próximos meses». En las regiones más afectadas, los partos de niños con menos de dos kilos se han convertido en algo habitual y las atenciones pediátricas por malnutrición se han doblado desde el año pasado. Los expertos calculan que Corea del Norte necesitaría importar más de 700.000 toneladas de grano, pero, tal como están los precios, comprará menos de la mitad, así que la solidaridad internacional trata de cubrir la diferencia a base de donaciones.
Al menos, el régimen ha dejado a un lado su tradicional opacidad y colabora con quienes intentan ayudar a sus desventurados súbditos. En los primeros nueve meses de este año, los supervisores del Programa Mundial de Alimentos habían recorrido ya más de 400.000 kilómetros por el país: «Con arrego al acuerdo estipulado con las autoridades, podemos tener acceso con un preaviso de 24 horas a todas las instituciones con las que trabajamos, incluyendo hospitales, escuelas, orfanatos y casas particulares. El Gobierno lo ha respetado a todos los efectos este año», explica Oshidari, que no desperdicia la ocasión para animar a todos a echar una mano contra el hambre, en Corea del Norte y en el resto del planeta: «Es el problema más grande para el que sí es posible encontrar una solución».

Is There Any Way To Help the People of North Korea?

By Tom Malinowski.

Write it down. Write it. With ordinary ink
on ordinary paper; they weren’t given food,
they all died of hunger. All. How many?
It’s a large meadow. How much grass
per head? Write down: I don’t know.
History rounds off skeletons to zero.
A thousand and one is still only a thousand.
That one seems never to have existed:
a fictitious fetus, an empty cradle,
a primer opened for no one,
air that laughs, cries, and grows,
stairs for a void bounding out to the garden,
no one’s spot in the ranks.
     - Wieslawa Szymborska, Starvation Camp Near Jaslo 
How does one get the measure of Kim Jong Il’s legacy in North Korea? His victims, like those of his father before him, are so many, in lives ended and lives stunted, that they become faceless and formless in our minds, like those tens of thousands of dancers in the mass performances Kim liked to stage. An Egyptian protester beaten, a Burmese dissident imprisoned, a Chinese blogger censored—such singular injustices are easier to grasp, and thus more likely to make us angry, and to spur us to act. The North Korean regime has been protected by the sheer enormity of its crimes, which discrete images cannot easily capture. Of course, picturing life and death in North Korea is also hard because the government isolated the country from the outside world, forbidding its people from leaving, or from speaking to the tiny handful of foreigners who were allowed in. But in recent years, life for North Koreans has gotten so miserable that many have risked torture and execution to escape the country. And they have brought their stories with them.
So now we know that hundreds of thousands, if not millions, have perished there from preventable starvation. We know about the kwanliso camps for alleged enemies of the state, where an estimated 200,000 North Koreans continue to work and die in conditions of near starvation and brutal abuse. In this system, the sins of one person condemn his or her entire family to imprisonment; even children born inside such camps grow up to inherit their parents’ prisoner status. We know as well that millions of North Koreans have grown up and grown old with a government that seeks to control every aspect of their lives, demanding not just obedience in action but devotion in thought, denying them not just the right to demand an alternative way of life, but the ability even to imagine one. Past dictators have tried to do the same—Pol Pot in Cambodia, Stalin in the Soviet Union. But none sustained the experiment for 60 years, as the Kims have done in North Korea. Most North Koreans have no memory of living in a different kind of society. Theirs may be the most fully realized totalitarian state in human history.
The magnitude of the suffering begs the question: What more should we have been doing all these years to help the North Korean people?
It is my job at Human Rights Watch to try to answer this question with respect to many repressive countries around the world. I’ve always had a hard time coming up with a satisfactory answer for North Korea, which seems, at first glance, so utterly beyond any outsider’s capacity to influence. Some thought that economic failure and famine would force the regime’s collapse during the 1990s. This was wrong. If anything, hunger strengthens repressive states’ hold on their subjects. It saps people’s strength, forces them to focus on day to day survival, and makes them dependent upon their leaders, who control the distribution of food, and thus even more helpless before them. This is one reason, beyond the obvious humanitarian imperative, why withholding food aid from North Korea has always been unhelpful in improving respect for human rights (though we should obviously monitor how that aid is distributed).
So contrary to my usual instinct in such cases, I’ve believed that the more the West engages the North Korean government the better. North Korea’s self-isolation has been a deliberate defense mechanism against a political awakening by its people. Anything that brings information to them—whether radio broadcasts from the outside, or getting diplomats, aid workers, and journalists inside—anything, in other words, that helps to bring North Korea out of solitary confinement, can only help. 
The international community could also have done more over the years to call out Kim Jong Il for his brutality. The conventional wisdom is that he would not have cared, that talking more in public about human rights, or pressing North Korean leaders directly on issues like labor camps, would have done nothing for the country’s people, while making diplomacy even more difficult. This sense of futility became another reason to push North Korea’s horrors from the forefront of our minds. Kim Jong Il became more often a subject of ridicule from the outside world, with his bouffant haircut, and retro-Soviet propaganda slogans, than of condemnation—his wackiness was a distraction and thus also a source of protection (see the last decade’s worth of The Onion’s headlines on North Korea: “Kim Jong Il ends Nuclear Program for Lead in Next Batman Movie!” and the latest, “Kim Jong Un Privately Expresses Doubt he’s Crazy Enough to Run North Korea”).
And yet, if the North Korean regime truly is run by monsters or madmen who do not care what the world thinks, why does it deny the existence of its forced labor camps? Why does it project itself as a human rights paradise? It must understand, on some level, that evidence to the contrary is something to be ashamed of and therefore to be hidden.
North Korea proves the point that all regimes, even the most nihilistic, crave legitimacy. That is the reason for its mass rallies, for its forced displays of loyalty, for the care with which it manages transitions from one leader to the next. These efforts broadcast its recognition that force and fear alone will not ensure its survival; that it must manufacture a form of popular consent, based on the belief, or delusion, that it has the right to govern. Such a regime is plainly vulnerable, maybe not right away but certainly over time, to any effort that makes it appear less legitimate to its people and the world. Many long serving dictators who once appeared utterly invulnerable have learned this the hard way in the last year, falling victim to forces that seemed to come suddenly from nowhere, but which were in fact building silently for years.
Will Kim Jong Il’s death bring about such a moment of change in North Korea? It would be foolish to pretend we know. But it’s worth noting that the last time the North Korean government staged a dynastic transition, when Kim Jong Il replaced his father in 1994, North Koreans were far less aware of how anomalous their country was in the world. Today, thanks to movement across the border with China, more widespread ownership of radios that receive foreign broadcasts, and the spread of smuggled DVDs and flash drives, many more North Koreans are conscious that something different and better is possible. Will they accept as easily as before that a young man utterly unknown to them is entitled to perpetuate their suffering for another generation, simply by virtue of his family name? The legitimacy of this regime will only get harder to sustain if it continues in this form.
We can pray that the power brokers who have accepted the 28-year-old Kim Jong Un as their new leader will recognize this, and allow a gradual opening of their country, with no sudden regime collapse, no violence, no mass exodus of refugees overwhelming neighboring countries. But will the North Korean people patiently go along with such a scenario, if their shackles are loosened? We have seen elsewhere (think of Libya) that the more people are forced to love a brutal leader, the more visceral their hatred when the fear which binds them to that leader lifts. We have seen how officials in such regimes tend either to run for the exits or to fight till the end when they sense that change may be coming, instead of adapting to that change. Do we really think that China will be able to manage such a situation, or South Korea, or the United States?
I think it is safe to say that the time will come when leaders and diplomats lose control of events in North Korea, and when the desires and actions of its people—not as a shapeless mass, but as individuals—will come to matter decisively. The resolution of North Korea’s drama won’t then be determined by those six parties in a diplomatic conference room, to whom we have all been paying attention, but by the 24 million parties in North Korea whom we have mostly been ignoring.
Ironically, it took the demise of one man, whose face we all recognize, to get us all thinking about the plight of North Koreans again, but it was the wrong man. In a more perfect moral universe, we would pay far less attention to the death of Kim Jong Il than to any of the deaths he caused. The sooner we adjust our focus, the better.
Tom Malinowski is Washington Director of Human Rights Watch. 

Dieciocho niños mueren de hambre cada día en Guatemala. Alberto Arce


No hay un sólo guatemalteco que no conozca esa cifra, icónica, de 17 muertos al día debido a actos violentos. Pero ¿qué sucedería si planteamos que, según datos de la Procuraduría de Derechos Humanos de la nación, han muerto 6.575 niños por hambre en 2010? ¿Cómo reaccionamos si haciendo una simple división descubrimos que en Guatemala mueren 18 niños al día por hambre? No sucede nada. La reacción es mínima.

Ni Otto Pérez Molina ni Manuel Baldizón, enzarzados en sus propuestas de mano dura e implantación de la pena de muerte, consideraron que fuera dar prioridad a “la seguridad alimentaria” presentado un programa político y económico de intervención sobre un hambre que hipoteca no sólo el presente sino el futuro de Guatemala.

Un 49,8% de desnutrición infantil crónica en el año 2011 no parece suficiente para desatar una reacción categórica por parte de la opinión pública guatemalteca. En el contexto de la campaña electoral casi perenne que inunda la prensa del país, no es, ni de lejos, uno de los temas más debatidos. En el taxi, en el café o en la mesa con amigos, se suceden los relatos de asaltos, robos o extorsiones. A todo el mundo le ha sucedido, todo el mundo conoce a alguien a quien le haya sucedido. Uno siempre espera que pueda sucederle.

Pero ¿conocen los habitantes de la capital a alguna familia que haya perdido un niño por hambre? ¿El hijo de algún amigo sufre de desnutrición crónica? ¿Qué tipo de muros separan a los guatemaltecos para que todo el mundo conozca algún caso de violencia armada pero casi nadie uno de hambre con indicadores que demuestran que la sufre la mitad de los niños y niñas?. Guatemala es, en realidad, dos países. La capital, con sus problemas, y el resto con los suyos. Por si fuera poco, la tasa cercana al 50% de desnutrición infantil crónica en el país se incrementa al referirse a la infancia indígena, situándose en torno al 65,9%.

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11 mitos sobre el hambre mundial

Uno de los mitos más comunes acerca del hambre es que no hay suficiente alimentos en el mundo. De hecho, los hay. El hambre muchas veces es una cuestión de acceso. No hay suficiente comida para alimentar al mundo, la mayoría de los que padecen hambre en el mundo viven en África, y es sobre todo una cuestión de sequías y otros desastres naturales. Todas estas ideas son falsas, pero son un reflejo del conjunto de conceptos erróneos que existen sobre el hambre. A continuación 11 de los mitos más comunes - y la realidad que ocultan.

Mito 1: No hay suficiente comida para alimentar al mundo.
Realidad: Hoy hay suficiente alimentos en el mundo para que todos tengan los necesario para vivir una vida sana y productiva. Existe, sin embargo, la necesidad de ser más eficiente, sostenible y justo en la manera de producir y distribuir alimentos. Esto significa apoyar a los pequeños agricultores que constituyen la mayoría de los agricultores en el mundo en desarrollo, e implica  asegurar que tengan acceso justo a los mercados.

Mito 2: Resolver el hambre significa asegurar que las personas tengan suficiente de comer.
Realidad: El hambre también incluye el tipo de alimentos que se comen. Una buena nutrición significa tener la combinación adecuada de nutrientes y calorías necesarias para un desarrollo saludable. Esto es especialmente importante para bebés, mujeres embarazadas y niños pequeños.



Tontería económica: Hambre, Política, Bolsa. Carlos Rodríguez Braun

Esther Vivas, profesora de la Universidad Pompeu Fabra, aseguró en El País: "Las causas del hambre son políticas"... y a continuación afirmó que lo malo es el mercado: "hoy, los alimentos se han convertido en una mercancía y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un segundo plano".

Ni por un momento se le ocurrió que si los alimentos dejaran de ser una mercancía, si dejaran de ser comprados y vendidos, un porcentaje quizá apreciable de la humanidad moriría de inanición.

Su obsesión es, precisamente, la libertad, "una globalización al servicio de intereses privados", como si el hambre se produjera en los países más globalizados, y no, como sucede, en los menos. Le echa la culpa a los mercados desregularizados, como si tal fuera la característica de los mercados en Corea del Norte o Zimbabue. O, típicamente, a las multinacionales, como si su presencia explicara el hambre: que doña Esther mire los países con hambre y verá que allí lo que no abundan, precisamente, son las empresas multinacionales y los mercados libres.


En fin, también leí en El País esta otra bobada: "Por supuesto, el hambre del mundo acabaría si se aprovecharan nuestros cubos de basura". Que no, señores, que no, que la pobreza en Cuba no tiene nada que ver con que ustedes terminen o no terminen su plato de comida en España. La pobreza en Cuba se debe a la falta de libertad y justicia, característica del comunismo, la misma libertad y la misma justicia que faltan en Corea del Norte, en Zimbabue, en Etiopía, y en todos los lugares donde todavía hay hambre.



El hambre por Jorge Alcalde

Vía Libertad Digital.


Casi cuatro millones de somalíes se encuentran en peligro severo de morir de hambre, mientras el cuerno de África se expone a la peor sequía de los últimos 20 años. Pero agosto está a la vuelta de la esquina y en este fresco apéndice del sur de Europa preferimos mirar para otros lados.

Las ONG de siempre siguen desarrollando su silente trabajo de campo y transmiten mensajes de desesperanza. La situación es la más crítica que se ha vivido en las últimas décadas. Más de 1,5 millones de personas están siendo desplazadas sin rumbo en el interior del país. En este momento habrá cientos de miles debatiéndose entre la vida y la muerte.

Algunos (también los de siempre) han mirado al cielo y han encontrado un culpable. Juan López de Uralde, por ejemplo, exlíder de Greenpeace y actual impulsor del proyecto Equo, tuiteaba recientemente: "Hambre en Africa por la mayor sequía en 60 años. ¿Podemos seguir pasando del cambio climático? ¿Hasta cuando?". Ojalá fuera tan sencillo, Juan, ojalá.

El stock mundial de alimentos se encuentra en mínimos históricos. Y una prueba de que el dato no tiene nada que ver con las variabilidades climáticas es que los países más ricos quieren y van a aumentar la producción incluso en las zonas más azotadas por las sequías recurrentes, como el África subsahariana. El International Food Policy Research Institute acaba de publicar un estudio en el que se alerta de que, desde 2006, países desarrollados de fuera de África han comprado entre 15 y 20 millones de hectáreas de cultivo en el continente hambriento. Ése es, al menos, el dato oficial, porque se sabe que hay miles de hectáreas fértiles vendidas por los gobiernos más corruptos de África a inversores extranjeros sin que existan contratos ni escrituras de por medio.

Los principales compradores son China y Arabia Saudí. En otras palabras, mientras países enteros como Somalia mueren de hambre y los encargados de las políticas de ayuda al desarrollo se desgañitan para que "África se alimente a sí misma", gigantes de la inversión como China, incapaces de abastecer de alimentos a sus crecientes poblaciones, están comprando las mejores tierras africanas y reservándolas para tiempos de necesidad.

No es, pues, un problema de clima atmosférico, sino de clima político y económico. Todos los expertos en seguridad alimentaria reconocen que hay tres factores que sirven de espoleta para la bomba de las hambrunas con mucha mayor eficacia que las sequías. En primer lugar, el crecimiento exponencial de la población urbana. Cuando gigantes dormidos como China o India han despertado al desarrollo, el desplazamiento masivo de población desde áreas rurales a grandes ciudades ha provocado un doble efecto: la disminución de la producción agraria y la legítima pretensión de estos nuevos núcleos de población de modificar sus hábitos de consumo alimenticio. Miles de millones de personas abandonan las prácticas agrícolas locales y se incorporan a un modo de alimentación más homogéneo y global, lo que significa menos arroz y mijo y más harina, maíz y carne.

Como consecuencia de ello ha aumentado el estrés sobre ciertos cultivos, poniendo en peligro en algunos casos los stocks y convirtiendo a algunos países en mucho más vulnerables a las llamaradas de precios de las materias primas.
Un segundo factor agravante es la dependencia del regadío. El 70 por 100 del consumo mundial de agua se dedica ya a la agricultura. El 40 por 100 de la producción agraria mundial procede del 18 por 100 de las hectáreas regadas. Es lógico, si tenemos en cuenta que una hectárea de regadío puede ser hasta 8 veces más productiva que una de secano. Pero el sistema se hace cada vez más insostenible, a menos que se ideen políticas de introducción de semillas modificadas genéticamente que permitan extraer aún más producción de las mismas hectáreas regadas o se aumente el área regada mediante trasvases y flexibilizando la política internacional de aguas (algo altamente improbable).

El tercer elemento distorsionador es la perversión de los biocombustibles. Una parte muy importante del grano cultivado no va a ser consumido jamás como comida, sino que será utilizado para fabricar combustibles ecológicos. La llegada al mercado de estos combustibles ha puesto en serios aprietos el equilibrio de precios de los alimentos.
Ante esta situación, China y Arabia Saudí, entre otros, han empezado a buscar fuera de sus fronteras la tierra que les escasea en su territorio y lo hacen, en muchas ocasiones, aprovechando la inmoralidad de los gobiernos africanos, que no velan por los intereses de su población. La inversión en terreno agrícola no es mala de por sí: el dinero obtenido por estas transacciones podría ser una interesante base de desarrollo para los países más débiles de África. Si este negocio fuera transparente, estaríamos ante una inesperada fuente de desarrollo que beneficiaría a ambas partes. Pero es evidente que no es el caso.

Para colmo, las escasas partidas de ayuda procedentes de Europa y Estados Unidos tienen que vérselas a diario con la barbarie de las instituciones locales. En Somalia, por ejemplo, las autoridades islamistas vetan el trabajo de las ONG y bloquean las partidas de alimentos de emergencia.

Por mucho que cambie el clima en la atmósfera, parece que aquí abajo, en la tierra, no cambia nada. Y el hambre seguirá siendo una enfermedad crónica en el cuerno de África que sólo podrá empezar a tratarse (y con pocas esperanzas de curación) si se aumenta el circulante de dos recursos que escasean cada vez más: la libertad y el desarrollo científico.