Arcadi Espada.
1. Dice Hollande: «Salvaremos nuestro estado de bienestar». Es la gran especialidad de la izquierda: hacer creer a los ciudadanos que la derecha pretende el mal. En realidad, la austeridad solo tiene un objetivo: salvar el estado de bienestar europeo.
2. Grecia. Parece haber un acuerdo general en que los resultados son dramáticos. Hummmm... No lo veo así. Refleja con perfecta nitidez cuál es la alternativa moral, intelectual y política a los dos partidos mayoritarios. Esto es: el nazismo y el comunismo. Y refleja también a qué grados de repugnante frivolidad se entrega el llamado pueblo en el ejercicio de su soberanía. Más de un cuarenta por ciento de los ciudadanos creen que el nazicomunismo es una alternativa preferible al presente. No, no es desesperación: son solo tipos malcriados. Muchos, eso sí.
“Ningún poder en la tierra podrá arrancarte lo que has vivido.” Viktor Frankl
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La Verdadera Historia del Comunismo
Esta es la historia de un país Aliado, que ayudó a los Nazis contra los judíos, y que mató a su propia gente a gran escala. Gracias a los Aliados triunfó en 1945 pero todos sus crímenes se ocultaron. Ahora vamos a contar la verdadera historia de un régimen asesino.
Presentamos una mirada única con entrevistas y testimonios de gente que sufrió las consecuencias en su propia piel.
Revelamos lo que le pasó a gente que nunca antes ha podido vocear su sufrimiento. Analizamos los tratos entre las SS y la KGB, los campos de hambruna en Ucrania, la masacre de Katyn, y los campos de la muerte en Siberia. Contamos también con imágenes de cómo ayudaron los soviéticos a Hitler para instigar la II Guerra Mundial, incluso con fotos de Heinrich Hoffman, el fotógrafo personal de Hitler.
La historia soviética, oculta durante sesenta años, está repleta de dolor, de injusticia y de una política sin moral.
Lenin y Hitler
Carlos Rodríguez Braun.
Atención, pregunta: de las siguientes diez consignas progresistas, ¿cuáles diría usted que fueron defendidas por Adolf Hitler y los nazis?:
1) crear un hombre nuevo; 2) eliminar las injusticias sociales; 3) luchar contra el capital; 4) rechazar la avidez del dinero y el materialismo egoísta; 5) combatir la explotación del hombre por el hombre; 6) atacar a los empresarios carentes de todo sentimiento de justicia social y humanidad; 7) no intentar conquistar a los capitalistas, sino al mundo obrero; 8) defender las mejores condiciones de trabajo, la reducción de los accidentes laborales, la prohibición del trabajo infantil y la promoción de la mujer trabajadora; 9) acabar con la especulación; y 10) oponerse al sometimiento de la economía a las grandes empresas.
Respuesta: todas. Los nazis y la izquierda tienen fundamentalmente puntos en común, como demuestra Luciano Pellicani en su libro Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo (Unión Editorial). Se comprende que Karl Kautsky haya dicho: “Mussolini no es más que la caricatura de Lenin”; y Furet haya llamado a Hitler “hermano tardío de Lenin”.
La resistencia al reconocimiento de este solapamiento obedece a que, como dice Pellicani, “todavía sigue vivo el prejuicio favorable al comunismo” que ha impedido una conciencia masiva de sus crímenes, igual que sigue viva “la interpretación del nazismo como agente del capital, defendida por los estudiosos marx-leninistas sin la menor prueba”.
Solapamiento no es identidad. Los comunistas no eran exactamente iguales a los nazis en todo: por ejemplo, querían acabar con las clases sociales, delirio que los nazis no cultivaron. Al mismo tiempo, la mayor ambición regeneradora tanto de los nazis como de los comunistas, la creación del “hombre nuevo”, no era una característica del fascismo mussoliniano.
Así como se supone contra toda evidencia que no hubo diferencias entre los nazis y los capitalistas, se suele afirmar que sí las hubo entre Lenin y Stalin. No parece que eso sea cierto. No tiene mucho sentido fantasear con un Lenin bueno frente a un Stalin malo. La brutalidad de las declaraciones de Lenin sugiere que no asesinó a millones de trabajadores porque no vivió lo suficiente. Sus llamamientos al exterminio son totalmente “estalinistas”, igual que su invitación al odio y la demonización de los disidentes. Poco respeto debía tener por la libertad individual un Lenin que afirmó: “Todo es derecho público y no privado”.
En cuanto a la religión, los nazis y los izquierdistas coinciden en su hostilidad a la Iglesia Católica: hay allí una apreciable diferencia con el franquismo, porque los crímenes de la izquierda y los anarquistas contra la Iglesia fueron tan brutales que la volcaron sin matices hacia el bando nacional.
Y donde no hay diferencias entre los nacionalsocialistas y las demás variantes del socialismo es en su aversión al liberalismo y sus instituciones: la propiedad privada, el comercio, los contratos voluntarios y el mercado.
Y donde no hay diferencias entre los nacionalsocialistas y las demás variantes del socialismo es en su aversión al liberalismo y sus instituciones: la propiedad privada, el comercio, los contratos voluntarios y el mercado.
'Tierras de Sangre': catorce millones de veces 'uno'
Mario Noya.
Libro negro extraordinario, imprescindible, insoportable: Tierras de Sangre. Europa entre Hitler y Stalin, de Timothy Snyder. Aturde.
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Las Tierras de Sangre de que habla Snyder son las repúblicas bálticas y Bielorrusia, casi toda Ucrania, buena parte de Polonia, la franja más occidental de Rusia y una pequeña porción de Moldavia. Fueron las tierras de la Shoá, del Holodomor, del Generalplan Ost, del Plan de Hambre. De Katyn. Del Gas y el Fuego. De las violaciones en masa y el canibalismo. De la saña. Una barbarie única, infernal, indescriptible. No hay palabras, por eso me salen tantas.
No fueron esos Catorce Millones muertes limpias,discretas, maquinales. Los verdugos se mancharon las manos o la cara de sangre u hollín o pólvora. Los verdugos mancharon a sus víctimas con su semen, su sudor, sus babas. Y cuando para matarlas no las tocaron –"más de la mitad murieron porque se les negó la comida" (p. 17)–, las vieron, olieron, escucharon. Los verdugos sabían y hacían. Y lo contaban: del diario de un miembro de unEinsatzgruppe destacado en Lvov (Ucrania) el 1 de julio de 1941: "Cientos de judíos corren calle abajo con las caras cubiertas de sangre, con agujeros en la cabeza y los ojos colgando" (p. 238); "las familias matan a sus miembros más débiles, normalmente niños, y se comen su carne", constatará la OGPUsoviética en la Ucrania del terrible año 33. Así que no sólo Hitler, claro que no. No sólo Stalin. De hecho, ni Hitler ni Stalin violaron, torturaron, asesinaron a uno solo de esos Catorce Millones. Fueron otros. Tantos.
¿Banalización del mal? ¡Pero no mancharon a sus madres, a sus mujeres, a sus hijas con su semen, su sudor, sus babas! ¿Hicieron lo que hicieron porque antes deshumanizaron, animalizaron a sus víctimas? ¡Pero seguían sabiéndolas humanas, por eso las hablaban, las violaban!
"Los asesinatos en masa separaron la historia judía de la europea, y la historia del este de Europa de la del oeste" (p. 23). Stalin mató a 3,5 millones de ucranianos entre 1933 y 1938, y Hitler a otros tantos entre 1941 y 1944. "Bielorrusia fue el centro de la confrontación nazi-soviética, y ningún país sufrió más bajo la ocupación alemana (...) La capital, Minsk, quedó casi despoblada por los bombardeos alemanes, la huida de los refugiados, el hambre y el Holocausto (...) El veinte por ciento de la población [del país] murió durante la Segunda Guerra Mundial" (p. 474). "Nadie menciona nunca que los polacos soviéticos sufrieron más que ninguna otra minoría nacional en los años treinta (...) En el bombardeo de Varsovia de 1939 murió más o menos la misma cantidad de [gente] que en el de Dresde de 1945. (...) Sólo durante el levantamiento de Varsovia murieron más polacos que japoneses en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki" (p. 475). ElGeneralplan Ost nazi tenía por objeto matar "entre 31 y 45 millones de personas (...), entre un 80 y un 85% de los polacos, el 65% de los ucranianos del oeste, el 75% de los bielorrusos y el 50% de los checos" (p. 199). El sitio de Leningrado (1941-1944) se cobró un millón de vidas, sobre una población total de 3,5 millones. Catorce millones de personas fueron asesinadas con premeditación por dos regímenes durante doce... Nazismo y comunismo, hermanos de sangre.
TIMOTHY SNYDER: TIERRAS DE SANGRE. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores (Barcelona), 2011, 620 páginas. Traducción de Jesús de Cos.
twitter.com/MarioNoyaM
marionoya.com
[En 1933, en plena Gran Hambruna ucraniana,] en un pueblo de la región de Járkov, unas mujeres hacían lo que podían para cuidar a los niños. Formaron, recuerda una de ellas, "una especie de orfanato". (...) "Los niños tenían los estómagos abultados; estaban cubiertos de heridas y de costras, sus cuerpos parecían a punto de reventar. (...) Un día, los niños se callaron de repente; fuimos a mirar lo que ocurría y vimos que se estaban comiendo a Petrus, el más pequeño. Le arrancaban tiras de carne y se las comían. Y Petrus hacía lo mismo, se arrancaba tiras y se comía todo lo que podía. Los otros niños ponían los labios en las heridas y se bebían la sangre (...)". (p. 80)
En primavera, los fuegos ardían en Treblinka día y noche (...) Las mujeres, con más tejido graso, quemaban mejor que los hombres (...) Los vientres de las mujeres embarazadas tendían a reventar, de manera que se podían ver los fetos en su interior. En las frías noches de la primavera de 1943, los alemanes solían quedarse junto al fuego a beber y calentarse. (p. 323)
***
Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. Como pavorosa demostración, lo ocurrido en aquellas tierras entre 1933 y 1945. Las solas cifras demudan. Catorce millones de civiles y prisioneros de guerra asesinados ("ni uno sólo" era "soldado en servicio activo", la mayoría eran "mujeres, niños y ancianos"). Ese número supera "en más de diez millones al (...) de personas muertas en todos los campos de concentración alemanes y soviéticos" y "en más de dos millones (...) el (...) de soldados alemanes y soviéticos muertos en el campo de batalla en la Segunda Guerra Mundial". Ese número esla suma de las siguientes cifras aproximadas (...): 3,3 millones de ciudadanos soviéticos (la mayoría ucranianos) llevados a la muerte por inanición por su propio gobierno en la Ucrania soviética en 1932-1933; trescientos mil ciudadanos soviéticos (la mayoría polacos y ucranianos) ejecutados por su propio gobierno en la parte occidental de la URSS entre las aproximadamente setecientas mil víctimas del Gran Terror de 1937-1938; doscientos mil ciudadanos polacos (la mayoría de etnia polaca) ejecutados por las fuerzas soviéticas y alemanas en la Polonia ocupada en 1939-1941; 4,2 millones de ciudadanos soviéticos (en su mayoría rusos, bielorrusos y ucranianos) obligados a morir de hambre por los ocupantes alemanes en 1941-1944; 5,4 millones de judíos (la mayoría ciudadanos polacos o soviéticos) gaseados o pasados por las armas por los alemanes en 1941-1944; y setecientos mil civiles (la mayoría bielorrusos y polacos) ejecutados por los alemanes en represalias, principalmente en Bielorrusia y en Varsovia en 1941-1944. (pp. 484-485)"Una vez más", anota Snyder en esa misma página (485), "mis cálculos son moderados". Y excluyen a los caídos en combate (¡la mitad de todos los caídos en todos los campos de batalla de la II Guerra Mundial!),
a las personas que murieron de extenuación, de enfermedades o de desnutrición en los campos de concentración o durante las deportaciones, evacuaciones o huidas ante el avance de los ejércitos. (...) a los que murieron en los trabajos forzados. (...) [a los que] murieron de hambre como resultado de la escasez provocada por la guerra, (...) a los civiles muertos en bombardeos o en otras acciones de guerra. (...) [a los que murieron en] actos de violencia llevados a cabo por terceras partes, claramente motivados, pero no directamente realizados, por la ocupación alemana o la soviética. Tales actos supusieron (...) cifras de muertos muy significativas, como la matanza rumana de judíos (unos trescientos mil) o la limpieza étnica nacionalista ucraniana de polacos (al menos cincuenta mil). (p. 483)
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Hay que leer este descomunal libro negro de prosa clara, documental, que además recoge testimonios de víctimas y verdugos; también de espectadores, más o menos conmovidos por el Espanto, más o menos implicados en denunciarlo, revelarlo, remediarlo. Hay que leerlo para saber que esos Catorce Millones no fueron un error sino el Horror deliberado: Hitler y Stalin sabían, Hitler y Stalin querían, Hitler y Stalin urgían el exterminio del Otro. Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. ¿Hay comparaciones odiosas? No, ciertamente, ésta. Aquí, lo odioso, lo infame, sería no comparar.En las políticas que implicaron la eliminación de civiles o de prisioneros de guerra, la Alemania nazi mató a unos diez millones de personas en las Tierras de Sangre, quizá a once millones en total; la Unión Soviética de Stalin aniquiló a unos cuatro millones en las Tierras de Sangre y a unos seis millones en total. Si añadimos las muertes previsibles provocadas por la hambruna, la limpieza étnica y las largas estancias en los campos de concentración, la cifra estalinista total asciende a tal vez nueve millones, y la nazi quizá a doce. (p. 450)
¿Banalización del mal? ¡Pero no mancharon a sus madres, a sus mujeres, a sus hijas con su semen, su sudor, sus babas! ¿Hicieron lo que hicieron porque antes deshumanizaron, animalizaron a sus víctimas? ¡Pero seguían sabiéndolas humanas, por eso las hablaban, las violaban!
Con independencia de la tecnología empleada, la matanza era personal. Las personas que morían de inanición eran observadas, con frecuencia desde torres de vigilancia, por aquellos que les negaban el alimento. Los que morían por las armas eran vistos muy de cerca a través de las miras de los fusiles, o bien eran sujetados por dos hombres mientras un tercero apoyaba el cañón de una pistola contra la base del cráneo de la víctima. Los que iban a morir asfixiados eran acorralados, metidos en trenes y empujados a las cámaras de gas (...). (p. 18)El Gas. Y casi de inmediato se piensa en Auschwitz. Pero sólo "uno de cada seis judíos pereció allí" (p. 449). Pero "cuando las cámaras de gas y los complejos de crematorios de Birkenau entraron en funcionamiento en la primavera de 1943, más de tres cuartas partes de los judíos que fueron víctimas del Holocausto ya habían muerto" (p. 450). Jamás se habla deChelmno, de Belzec, de Sobibor, de Majdanek. Por otra parte, la mitad de los judíos asesinados en las Tierras de Sangre murieron fuera de las cámaras: de hambre, fusilados, quemados. Por eso Auschwitz podría resultar "engañoso" como guía de lo que fue la Shoá: la mayoría de los judíos que murieron allí jamás pisaron un campo de concentración, fueron "gaseados nada más llegar"; y aunque fue la última "factoría de la muerte" en entrar en funcionamiento, "no era la cumbre" de la tecnología nazi para el exterminio: "Los escuadrones de ejecución eran más eficientes y mataban más deprisa, los centros de hambre mataban más deprisa, Treblinka mataba más deprisa" (p. 449).
"Los asesinatos en masa separaron la historia judía de la europea, y la historia del este de Europa de la del oeste" (p. 23). Stalin mató a 3,5 millones de ucranianos entre 1933 y 1938, y Hitler a otros tantos entre 1941 y 1944. "Bielorrusia fue el centro de la confrontación nazi-soviética, y ningún país sufrió más bajo la ocupación alemana (...) La capital, Minsk, quedó casi despoblada por los bombardeos alemanes, la huida de los refugiados, el hambre y el Holocausto (...) El veinte por ciento de la población [del país] murió durante la Segunda Guerra Mundial" (p. 474). "Nadie menciona nunca que los polacos soviéticos sufrieron más que ninguna otra minoría nacional en los años treinta (...) En el bombardeo de Varsovia de 1939 murió más o menos la misma cantidad de [gente] que en el de Dresde de 1945. (...) Sólo durante el levantamiento de Varsovia murieron más polacos que japoneses en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki" (p. 475). ElGeneralplan Ost nazi tenía por objeto matar "entre 31 y 45 millones de personas (...), entre un 80 y un 85% de los polacos, el 65% de los ucranianos del oeste, el 75% de los bielorrusos y el 50% de los checos" (p. 199). El sitio de Leningrado (1941-1944) se cobró un millón de vidas, sobre una población total de 3,5 millones. Catorce millones de personas fueron asesinadas con premeditación por dos regímenes durante doce... Nazismo y comunismo, hermanos de sangre.
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Cada muerte registrada sugiere una vida única, pero no puede sustituirla. Debemos ser capaces no sólo de contar el número de muertos, sino de contar con cada víctima como individuo. La única gran cifra que soporta el escrutinio es la del Holocausto, con sus cinco millones setecientos mil judíos muertos (...) Pero este número, como todos los demás, no debe verse como 5,7 millones, que es una abstracción que pocos podemos concebir, sino como 5,7 millones de veces uno. (p. 477)No hay palabras pero hay que encontrarlas, sacarlas de donde sea. Escribir estos libros, reseñarlos, leerlos. Nombrar a los muertos. Para que la memoria gane en su combate contra la nada (Todorov). Hay aquí una misión:
Los regímenes nazi y soviético convirtieron a personas en números (...) A nosotros los estudiosos nos corresponde buscar esos números y situarlos en perspectiva. A nosotros, como humanistas, nos toca transformar de nuevo esos números en personas. Si no podemos hacerlo, Hitler y Stalin habrán configurado no sólo nuestro mundo, también nuestra humanidad.
TIMOTHY SNYDER: TIERRAS DE SANGRE. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores (Barcelona), 2011, 620 páginas. Traducción de Jesús de Cos.
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Eugenio Xammar Nuestro hombre en Berlín
Charo González.
Bajo el “empirismo total” de sus crónicas periodísticas –recopiladas recientemente en El huevo de la serpiente: crónias desde Alemania (1922-1954) (El Acantilado, 2005) yCrónicas desde Berlín (1930-1936) (El Acantilado, 2005)– Eugenio Xammar dio voz al turbulento periodo del alzamiento político de Hitler.
Madrid, 1930. Luis Montiel, el empresario que maneja un buen número de publicaciones –la revista Estampa entre ellas–, inicia la aventura del diario Ahora. Montiel es un empresario moderno, consciente de que la prensa de partido pierde terreno y de que hace falta una prensa industrial. Montiel quiere un periódico liberal, que llegue a una clase media urbana culta y republicana. Montiel piensa hacer las cosas a lo grande: los redactores tendrán despachos individuales, biblioteca y un bar americano servido por Perico Chicote. Montiel está dispuesto, además, a pagar bien, porque pretende, en definitiva, poner en marcha el gran diario de la República. Así las cosas, Ahora necesita un periodista solvente que haga las veces de director. Montiel pone el ojo en Manuel Chaves Nogales, el redactor jefe de El Heraldo de Madrid. Chaves conseguirá para el nuevo diario las firmas más cotizadas del momento: Unamuno, Baroja, Valle-Inclán, Maeztu, Gaziel, Camba, figuran entre los colaboradores. De El Heraldo se lleva al corresponsal en Berlín, Eugenio Xammar. Los dos hombres mantendrán siempre una buena amistad, probablemente basada en una mutua admiración profesional (muchos años después, al rematar una carta, Xammar bromeará: «Como decía Chaves, ‘somos muy buenos periodistas’»). Eugenio Xammar es un catalán que se ha hecho como periodista en Madrid. Fue en Londres donde empezó a abrirse paso en el oficio, como corresponsal del diario barcelonés El Día Gráfico. Londres y los intelectuales españoles que frecuentó allí -Camba, Maeztu- le han dejado huella: Josep Pla lo definirá más tarde como un liberal inglés, un “empírico total” que “no creía más que en lo que tenía delante”. No es mala condición para un periodista. Después de la Gran Guerra, recaló en el imprescindible Madrid, como tantos jóvenes de provincias inquietos y autodidactas. En Madrid pasó de El Fígaro a El Sol y de El Sol a La Correspondencia de España, y ya hace unos años que su olfato de periodista le ha llevado hasta el Berlín efervescente de la posguerra. Alemania es un país deprimido en más de un sentido. Las controvertidas reparaciones de guerra, la ocupación francesa del Ruhr y una inflación sin precedentes: el caldo de cultivo del nazismo. Allí ha trabajado en paralelo con el joven Josep Pla, que le admirará siempre y que por entonces escribe: “Xammar me ha enseñado más que todos los libros juntos. Es el hombre más inteligente que conozco, el que tiene un ojo más seguro y un conocimiento del mundo más vasto. Es, todavía, la naturaleza de hombre más humana que he tratado, la persona menos primaria, el señor que tiene la razón más despierta y el entendimiento más claro”. Han viajado juntos por la Renania ocupada y por Baviera, y han escrito crónicas magníficas para sus respectivos diarios. En Munich han visto de cerca el intento de golpe de Estado que ha protagonizado Hitler, esa caricatura de dictador imposible de tomar en serio. Le han hecho incluso una entrevista. Pla recordará muchos años después aquel viaje: “Hicimos muchas interviús, y si el país hubiese tenido sensibilidad europea, habríamos logrado fama de grandes periodistas”. El país no tiene, efectivamente, sensibilidad europea, pero Xammar ha hecho carrera. Más aún, es ya una leyenda viva. Tiene cualidades: políglota, melómano, conversador formidable, brusco, dogmático, sibarita. Un hombre de mundo. No es extraño que corra la voz cada vez que viene a Barcelona, lo que sucede con relativa frecuencia. Berlín, 1936. Hace ya algún tiempo que las cosas han empezado a ponerse feas para un corresponsal extranjero. Alemania se ha convertido en un país donde “casi ningún día la verdad de por la mañana ha sido la verdad de por la noche, y la verdad de la noche no ha sido nunca la verdad de la mañana siguiente”. La vigilancia y el control del Ministerio de Propaganda y de la policía se hacen sentir cada vez más. Con todo, Xammar no se ha sentido hasta ahora particularmente inseguro: está casado con una alemana, forma parte del personal de la embajada –ejerce de agregado de prensa desde que en España se proclamó la República– y es vicepresidente de la Asociación de la Prensa Extranjera. Además, la mejor arma de un corresponsal para evitar la expulsión es el rigor en la información –“seleccionar las noticias con mucho tiento, saber distinguir las informaciones buenas de las falsas y, sobre todo, descubrir la diferencia entre las informaciones falsas y las informaciones de origen oficial muchas veces intencionadamente falsas”– y Xammar es en este asunto particularmente meticuloso. Sus crónicas han descrito los avances del nazismo desde que llegara al poder sin apartarse un ápice de la verdad, aunque casi siempre delaten la vertiente más grotesca del régimen. No puede siquiera imaginar el sentido que la historia dará unos años más tarde a los hechos que ahora describe. No puede pronosticar el horror. Sólo puede describir la verdad de los hechos, la única de la que debe dar parte el periodista: “Cuando los hechos son de tal magnitud, improvisar un comentario discreto es empresa de gran dificultad. ¿Cómo atreverse, sin caer en la pura divagación, a valorizar unos hechos cuyas consecuencias han de tardar semanas, meses, quién sabe si años –es de desear que así sea– en manifestarse? Dejemos, pues, los comentarios y vayamos derechamente a los hechos”. Este año ha retrasado sus vacaciones porque la dirección de Ahora le ha pedido que cubra los Juegos Olímpicos que van a celebrarse en Berlín. Allí le ha sorprendido la noticia del alzamiento. El embajador ha dado su adhesión casi inmediata a la causa franquista y el irreductible Xammar ha quedado en una situación difícil. Tiene que salir de Alemania –es evidente–, pero no encuentra el modo. Un día, mientras conduce seguido por un coche de la Gestapo, tiene la inspiración de girar bruscamente en dirección a la embajada de Italia. El embajador, viejo amigo suyo, le gestiona el permiso para salir del país en dirección a Francia, donde su amigo el periodista Carlos Esplà, por entonces subsecretario de la Presidencia, le conseguirá un nombramiento como agregado de prensa en la embajada española en París. Sus días de gran periodista se han acabado. Cuando la guerra termine, vivirá sobre todo de las traducciones para organismos de las Naciones Unidas, sin salir apenas del mutismo intransigente que exigirá, a su juicio, la fidelidad a Cataluña. L'Ametlla del Vallès, 1973. Hace dos años que Xammar está instalado en su pueblo natal. Llegó un día en avión, notablemente envejecido y en litera: se había roto el fémur en su piso de París. Un amigo, Josep Badia, le convence de que escriba sus memorias. No ha encontrado mucha resistencia: es el único libro que Xammar ha estado siempre dispuesto a escribir, tal vez desde que un día Pla vaticinara que moriría inédito. Badía se sorprende de la memoria de este hombre, capaz –a sus ochenta y cuatro años– de recordar situaciones, fechas y centenares de nombres con precisión. No hay duda de la capacidad de Xammar para recordar, pero tampoco hay que extrañar la precisión: es probable que Xammar haya tenido ese libro en la cabeza –situaciones, fechas, nombres– durante décadas, tal vez desde los años cuarenta. Desde que está en L'Ametlla, el periodista de leyenda acostumbra a ejercer como tal: recibe visitas de los jóvenes –y no tan jóvenes– que despuntan en el oficio, y de algunos viejos amigos. El año pasado todavía se animó a ir hasta S'Agaró para comer con Pla en La Gavina. Es lo mismo que ha hecho durante años, mientras vivía en el extranjero, cuando aprovechaba cualquier viaje a España para visitar a “este inteligentísimo y divertidísimo sinvergüenza”. Durante décadas se ha hablado de la enemistad entre los dos hombres, y es verdad que Xammar escribió, en los primeros años de la posguerra, un artículo furibundo en el que sostenía que la única actitud digna para un escritor catalán bajo el régimen franquista era el silencio, pero ya hace mucho que transigió con el “colaboracionismo” de Pla en la revista Destino: Xammar siempre ha sabido distinguir bien entre los hombres y las ideas. Cuando muera, Pla publicará un artículo –en Destino, precisamente–, una semblanza, y aprovechará para poner las cosas en su sitio: “Xammar pidió en una revista (…) mi cabeza –quiero decir mi fusilamiento–. La noticia me produjo una tal hilaridad que todavía hoy, cuando pienso en ello –poco– me río. Ni Xammar me habría hecho nunca fusilar ni yo le habría hecho fusilar a él. Éramos amigos. Nos entendíamos con la mirada. Xammar era un hombre muy complicado, pero era un buen hombre. Probablemente yo también aspiro a serlo. No creo que se pueda pedir más”. En noviembre, el libro –un libro hecho de conversaciones con el amigo Badia– está a punto. Ya muy enfermo, Xammar escribe a su editor: “No le oculto que el término ‘corrector de estilo’ –y es muy natural que usted tenga uno– me espanta un poco. (…) estoy perfectamente convencido de que mi estilo es mejorable; lo que no quiero es que sea mejorado. Si su corrector de estilo sabe dar la interpretación justa a esta aparentemente disparatada paradoja, tengo la seguridad de que todo irá como una seda”. Todavía tendrá tiempo de leer las galeradas de sus memorias y de hacer algunas correcciones antes de morir, finalmente inédito, el 5 de diciembre. Barcelona, 2005. Sólo hace unos años que Xammar ha dejado de ser un nombre legendario, autor de unas memorias también legendarias. En 1989 apareció una antología mínima, que vinculaba a Xammar al catalanismo. Hay, efectivamente, un Xammar polemista feroz y catalanista no menos feroz, y a este Xammar estaba vinculada la leyenda en Cataluña. El Xammar corresponsal internacional tendría que esperar todavía unos años, hasta que en 1998 apareciesen los artículos de su primera etapa en Berlín, los que escribió en catalán entre 1922 y 1924 para La Veu de Catalunya primero y para La Publicitat después, cuando el nazismo se incubaba en Baviera y se vivían los años más duros de la inflación. Por esos artículos desfilaban aquella extraordinaria devaluación de la moneda alemana, la ocupación del Ruhr por el ejército francés, el frustrado golpe de Hitler en una cervecería de Munich y las entrevistas a los líderes políticos del momento. Entre ellas, la que le hicieron –Pla le acompañaba– a Hitler poco antes de la intentona. En esa entrevista descubrirá la germanista Rosa Sala lo que tal vez sea la primera referencia de Hitler a la solución final: “En toda Alemania hay más de un millón de judíos. ¿Qué quiere hacer? ¿Los quiere matar a todos en una noche? Sería la gran solución, evidentemente, y si eso pudiera ocurrir, la salvación de Alemania estaría asegurada. Pero no es posible. Lo he estudiado de todas las maneras y no es posible”. Una declaración así tendría una importancia crucial: zanjaría el debate histórico sobre si Hitler había previsto o no el Holocausto. Zanjaría, sí, de ser cierta. Porque la sospecha surgió enseguida, dada la fecha de publicación –después del golpe, muy oportunamente–, dado el perfil de Xammar y Pla –considerados en el imaginario catalán perfectamente capaces de una diablura así–, dado que en España acababa de estrenarse una dictadura –el artículo vinculaba un dictador al otro– y, sobre todo, dado que ninguno de los dos volvió jamás a mencionar el asunto, ni de palabra ni por escrito. Los argumentos eran –son– razonables. Tan razonables como los argumentos que pueden refrendar la veracidad de la entrevista, empezando por la trascendencia real de aquel putsch grotesco y del propio Hitler, que bien podría haber sido relativa en el contexto alemán de la época, lo que explicaría no sólo el retraso en la publicación de este artículo y del que Xammar dedicó al putsch en sí mismo (El golpe de Estado como espectáculo), sino el título desenfadado de la entrevista de Xammar (Adolf Hitler o la necedad desencadenada) y el liviano Cosas de Baviera con que Pla encabezó su versión para La Publicitat. Y sí, el talante de Xammar y Pla, su complicidad, hace creíble la ficción, pero ese mismo talante y esa misma complicidad permiten suponer que Xammar habría estado encantado de reconocer la diablura y hasta de vanagloriarse en sus memorias. Si de lo que se trataba era de ridiculizar a Primo de Rivera, bastaba el recurso a la figura de Von Kahr, el dictador de Baviera, el general que durante el golpe, “fornido y satisfecho, estiraba el brazo con el puño cerrado, como asiendo una sartén invisible dentro de la cual Europa, hecha tortilla, daba la media vuelta definitiva”. Queda, todavía, una cuestión: hay que decidir si es más razonable suponer que Hitler tenía ya en mente lo que dos años más tarde escribiría en Mein Kampf, o atribuir a Xammar y Pla la improbable paternidad de la solución final y unas más que improbables dotes proféticas. ¿Por qué, entonces, no hay una sola mención posterior de un episodio que a la luz de la historia habría brillado periodísticamente? Tal vez haya que buscar la explicación en el tono deliberadamente frívolo del artículo, en el que el personaje de Hitler –“la joven estrella del patriotismo germánico delirante”– aparece como un esperpento inofensivo. Puede que Xammar no considerara aquella entrevista como un éxito periodístico precisamente. Puede que la considerase como un borrón en su leyenda. Puede, por tanto, que prefiriera no recordarla. En cualquier caso, la entrevista está ahí. Es razón suficiente para tenerla en cuenta. Y no hay que olvidar el detalle –nada insignificante– de que nadie hubiese puesto en duda su veracidad si el entrevistado fuese otro o si nada supiéramos del entrevistador: los juegos malabares psicológicos que pueden hacerse acerca de un periodista no pueden constituir la prueba del nueve de la veracidad de su escritura. La entrevista y los otros artículos de la época aparecen ahora en su traducción al castellano bajo el título de El huevo de la serpiente. Le acompaña otro volumen, Crónicas desde Berlín, que recoge los artículos de Ahora entre 1930 y 1936. Esta edición conjunta tiene una razón de ser: Xammar era un desconocido para el lector de lengua castellana, y su aparición en el mercado exigía un puñetazo encima de la mesa. De momento, sobre la mesa están unas crónicas que reclaman para su autor el sitio que le corresponde dentro de una generación extraordinaria de periodistas de entreguerras –Pla, Chaves Nogales, Gaziel, Camba, entre ellos– y que pueden contarse entre las mejores páginas del periodismo de la época. No hay más prueba del mérito literario que la supervivencia. La frase –creo– es de Orwell. Juzgue, pues, el lector. La operación Xammar acaba de empezar. |
CHARO GONZÁLEZ (Zumárraga, 1956)
Es periodista. Sus crónicas, entrevistas y artículos han aparecido en Lateral. |
El conocimiento inútil - La Connaissance inutile. Jean-François Revel
Extracto, del capítulo El gran tabú, de El conocimiento inútil de Jean-François Revel:
Las democracias en el siglo XX han sido amenazadas en su existencia por dos enemigos totalitarios, decididos, por doctrina y por interés, a hacerlas desaparecer: el nazismo y el comunismo. Han conseguido deshacerse del primero, al precio de una guerra mundial. El segundo subsiste. No cesa, desde 1945, de aumentar su poderío y de ampliar su imperio. Ahora bien, la izquierda no ha cesado de imponer el mito curioso de que los dos totalitarismos han sido y continúan siendo igualmente activos, igualmente presentes, igualmente peligrosos, y que es, pues, un deber no atacar o criticar nunca a uno sin atacar al otro. Aún más, esta igualdad de tratamiento y esta rigurosa equivalencia entre un totalitarismo que ya no existe y un totalitarismo que continúa existiendo representa una posición considerada ya como inclinada a la derecha. Es el límite que no se debe pasar en la hostilidad al comunismo, so pena de convertirse uno en sospechoso de fascismo, o de simpatizante de los «totalitarismos de derechas». En los países democráticos, los comunistas, por razones evidentes, pero también el grueso de los batallones de la izquierda no comunista, por razones más turbias, se niegan o se han negado durante mucho tiempo a ver en el comunismo un totalitarismo. En la mayor parte del Tercer Mundo aún es esa negativa la que prevalece. Según esa visión de las cosas, en vías de extinción a nivel racional, pero todavía influyente a nivel irracional, el totalitarismo no subsiste más que en su versión fascista, sostenida y favorecida por el «imperialismo», el cual no puede ser más que norteamericano. Es, pues, el único que hay que combatir realmente, incluyendo en ese combate una vigilancia sin tregua con respecto al renacimiento, que se supone que es incesante o inminente, del peligro nazi en la Europa Occidental. Si desde más o menos 1975 una parte de la izquierda se resigna a hablar y dejar hablar de amenaza totalitaria comunista, esta tolerancia no llega hasta autorizar a la derecha a hacer lo mismo, porque ésta es congénitamente sospechosa de no mencionar el comunismo más que para silenciar mejor el fascismo. Sólo la izquierda puede deplorar con todas las garantías morales los horrores del comunismo. Sólo tendréis derecho a la palabra si anteriormente os habéis volcado en elogios a Mao, a Castro o a los khmers rojos. O, por lo menos, ninguna denuncia del comunismo, si procede del campo liberal, podrá pasar la aduana ideológica de la izquierda si no se hace acompañar de su contrapeso exacto de denuncia de un crimen fascista. Un escritor polaco que vive en París, Piotr Rawicz, me contó a mediados de los años setenta que había entregado a un periódico un artículo sobre diversos libros que trataban del comunismo y del nazismo. Como conclusión de su reseña había escrito: «De todos modos, el nazismo posee a mis ojos una gran superioridad sobre el comunismo, y es que desapareció en 1945.» Cuando abrió el diario para leer su artículo impreso, comprobó que esta última frase había sido suprimida.
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