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Auschwitz y el negacionismo. Arcadi Espada



El negacionismo tiene graves dificultades en Auschwitz. Si un hombre cualquiera se para en la solemne avenida de la muerte de Birkenau y comprueba que los trenes llegaban hasta el corazón mortuorio de la fábrica, y ese hombre pregunta para qué que no fuera la muerte fue construido todo esto, no encontrará respuesta. La respuesta al negacionismo es todo el inmenso vacío de Birkenau. Otra cosa es el primer Auschwitz, con su cartelito sobre la bondad regeneradora del trabajo y sus miramientos preindustriales. El primer Auschwitz es todavía el castigo, que incluye la muerte, desde luego. Pero en Birkenau el castigo ya se ha hecho irrelevante y el asesinato adquiere el fluido carácter de la muerte natural. El museo de Auschwitz ha de convencer a los hombres de que Auschwitz existió. El negacionismo puede que sirva al mal, pero, en realidad, se alimenta de la buena voluntad de los hombres. Cualquier representación de Auschwitz ha de incluir la persuasión del crimen, porque los hombres, en principio, no se muestran dispuestos a creer en algo que rebaja su condición de modo insoportable. Por fortuna para la verdad el vacío persuade.

No lo hacen, en cambio, los discursos. La necesidad de plantar cara al negacionismo (y de no advertir, quizá, que se niega solo) ha llevado a algunos errores estragégicos. Veamos, por ejemplo, el convoy que llevó a Aly Herscovitz de Drancy a Auschwitz. Uno de tantos, pero es el mío. Se dice en los paneles: de las 730 mujeres que salieron de Drancy, 216 fueron inmediatamente gaseadas. La conclusión sólo es una deducción, que surge de la diferencia entre las mujeres que se registraron a la salida de Drancy y las que se registraron en Auschwitz. Una deducción que no entiende de los errores posibles en el registro, de las que pudieron morir en el viaje, de las que pudieron ser tiroteadas por cualquier razón o de las que fueron gaseadas mediatamente. No hay un documento que permita decir que 216 fueron gaseadas al llegar, de inmediato. No hay prueba ninguna que permita afinar hasta el punto de 216, inmediatamente, gaseadas. El somero análisis de las fuentes presentan esos paneles como tocados por una ilusión de precisión. Una ilusión que, además, se compadece mal con la vaguedad con que otras informaciones claves se ofrecen al público. Las fotos y dibujos del campo, por ejemplo, que se atribuyen a anónimos miembros de las SS o a prisioneros. Y de las que no consta en el museo mayor información sobre el camino que recorrieron antes de llegar a los ojos del espectador deslumbrado. Pero ya digo que está la soledad culpable de Birkenau. La evidencia de que habiendo desaparecido la muerte no queda nada.

En cuanto a mí, llegué a Auschwitz y cierto de que subió a un tren que se detuvo aquí pregunté por Aly Herscovitz.



Lecturas interesantes, 24 de febrero de 2011

Schools and Socialization by David Henderson

"I wasn't always the victim either. I inflicted my share of cruelty. My 8th grade teacher, Miss Boas, treated most of us badly, hitting us with a stick when she had a bad day and we gave wrong answers. But the one person she singled out for special abuse was Esther. Esther was a plain looking girl without a lot of self-confidence, but probably within the normal range. When Esther gave a wrong answer, Miss Boas would sometimes hit her especially hard with her stick and a few times came down the aisle, pulled Esther out of her seat and shook her violently. As I tell this story, I sincerely regret that I didn't do something to block Miss Boas, to prevent her from treating Esther that way. I sometimes pictured sticking out my foot to trip Miss Boas as she went down the aisle. I didn't have the guts. But I did way worse, as did many of the kids in my class; we piled on Esther. We would say her name with dripping sarcastic cruelty, the way we had learned from Miss Boas. Who says schools don't teach values? Miss Boas taught us well. By the end of that year, Esther was almost a basket case.

If these stories were told by a few of my friends and me, that would be bad enough. But they are widespread. Everyone has them. Next time you go to a parents' evening at school, pay attention to how some of the parents--usually the working-class parents, I have noticed--conduct themselves around teachers. You will often see the same fear and concentration-camp caution that those parents learned as children".

En español de google translator:

"No siempre fui la víctima tampoco. Infligido mi parte de la crueldad. Mi profesor de octavo grado, la señorita Boas, tratado la mayoría de nosotros mal, golpeando con un palo cuando tenía un mal día y nos dio respuestas incorrectas. Pero el una persona que destacó por abuso especial Esther. Esther era una chica normal buscando sin mucha confianza en sí mismo, pero probablemente dentro del rango normal. Cuando Esther dio una respuesta equivocada, señorita Boas a veces la golpeó especialmente duro con su bastón y un par de veces llegó hasta el altar, Esther sacó de su asiento y sacudió violentamente. Como les digo a esta historia, lamento sinceramente que yo no hacía algo para bloquear la señorita Boas, para impedir que el tratamiento de Esther de esa manera. A veces en la foto que salen mis pies para disparar Miss Boas mientras iba por el pasillo que no tenía las agallas, pero me fue peor manera, al igual que muchos de los niños de mi clase;.. nos amontonamos en Esther Diríamos. su nombre con el goteo de la crueldad sarcástica, la forma había aprendido de la señorita Boas. ¿Quién dice que las escuelas no enseñan valores? Miss Boas nos enseñó bien. A finales de ese año, Esther fue casi un caso perdido.

Si estas historias fueron contadas por algunos de mis amigos y yo, que sería bastante malo. Pero ellos están muy extendidas. Todo el mundo los tiene. La próxima vez que vaya a una velada de padres en la escuela, prestar atención a cómo algunos de los padres - por lo general los padres de clase trabajadora, me he dado cuenta - se comporten en todo los profesores. Es frecuente encontrar que el mismo miedo y la precaución de campo de concentración que los padres se enteraron que los niños ".

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La falsedad de los universales humanos por Greg Laden.

"En definitiva, los universales humanos son reales y el concepto es útil, aún cuando no son lo que muchas personas suponen que son... no son rasgos determinados genéricamente. Nunca fueron rasgos simplistas y genéticamente determinados de la cultura humana, o totalmente inútiles desde el punto de vista de la antropología. La frase “Universal humano” sólo se comprende bien en ciertos contextos, aunque el hecho de que parezca entenderse en contextos más amplios resulta problemático. Al tratar aquí el concepto de un modo más complejo, no intento debilitarlo. Principalmente, como con la mayoría de falsedades, he intentado exponer algunas peculiaridades interesantes. En este sentido, el concepto de “universal humano” es una herramienta razonablemente útil".


Falsehoods: Human Universals by Greg Laden

"So, human universals are real and the concept is useful, yet they are not what many people assume they are ... they are not generically determined traits. They never were thought of as either simplistic genetically determined features of human culture or utterly invalid, by any camp in anthropology. The phrase "Human Universal" is a dog whistle only in limited contexts, though it is probably seen as one more widely, which is problematic. And here, by complexifying the concept, I'm not trying to weaken it, nor am I trying to slip it past any perceived PC police. Mainly, like with most of the Falsehoods, I have tried to expose some of the interesting inner workings of the topic at hand. In this sense, the concept of "human universal" is a reasonably useful tool functioning in a way somewhere between pick=axe and well placed dynamite".

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Más comercio, menos hambre por Pascal Lamy

El comercio es la correa de transmisión a través de la cual la oferta se ajusta a la demanda. Permite que los alimentos viajen de tierras de plenitud a tierras de escasez. Y permite a los países que pueden producir alimentos de manera eficiente enviarlos a aquellos que enfrentan limitaciones de recursos que entorpecen la producción alimenticia.

Por ejemplo, el acceso a suministros internacionales de alimentos le permitió a Arabia Saudita abandonar su programa de 30 años de subsidios para la producción doméstica de trigo. Dada la carga financiera del programa y, más importante aún, el costo de la escasez de agua, los sauditas decidieron eliminar los subsidios por completo para 2016.

Cuando la correa de transmisión del comercio internacional que es la base de este tipo de decisiones se desajusta, el resultado es una turbulencia en el mercado. Es por este motivo que Indonesia, uno de los principales productores de arroz y maíz del mundo, recientemente decidió reducir las barreras comerciales a las importaciones agrícolas.

Hoy, el comercio de productos agrícolas está expuesto a una distorsión mucho mayor que el comercio de otros productos. Los subsidios que distorsionan el comercio, los altos aranceles a las importaciones y las restricciones a las exportaciones actúan como arena en los engranajes de la correa de transmisión y hacen que llevar alimentos al mercado –y, por ende, a la mesa familiar- resulte más difícil y costoso.

[...]

La mayoría de la gente se sorprende cuando se entera de lo poco voluminosos que verdaderamente son los mercados de granos internacionales. Sólo el 7% de la producción mundial de arroz se comercia internacionalmente, mientras que apenas el 18% de la producción de trigo y el 13% de la de maíz se exporta. Las limitaciones adicionales al comercio son una amenaza seria para los países importadores netos de alimentos, donde los gobiernos temen que este tipo de medidas puedan derivar en inanición.

Aquellos que imponen estas restricciones siguen una lógica común: no quieren que sus propias poblaciones sufran hambre. Entonces la pregunta es la siguiente: ¿qué políticas alternativas pueden permitirles cumplir con este objetivo? La respuesta a ese interrogante consiste en más producción global de alimentos, más redes de seguridad social y más seguras, más ayuda alimenticia y, posiblemente, mayores reservas de alimentos.

[...]

Un acuerdo en Doha también reduciría los aranceles, aunque con ciertas “flexibilidades”, aumentando así el acceso de los consumidores a los alimentos. A nivel global, se producirían más alimentos donde se los pueda producir más eficientemente, creando así un terreno de juego internacional más equitativo y parejo.

Para ser claros: cuando se trata de afrontar la seguridad alimenticia, el comercio es parte de la solución, no parte del problema.

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The making of ¨Aly Herscovitz¨-The blook por Eugenia Codina-Miró

Un momento ilustrativo de la diversidad idiomática ocurrió una mañana en que mi chat de gmail me indicó que Xavier Pericay quería hablar conmigo. Estaba traduciendo un texto del francés al español y había encontrado la palabra alemana feldgrau, me preguntó, en catalán, que si yo sabía lo que quería decir. Ni idea. Así que me levanté y me fui a la máquina del café de la que escogí un cappuccino (italiano) para la ocasion. Al momento apareció un colega, Gert, holandés y profesor de alemán en un instituto de enseñanza media. Le pregunté lo que signficaba feldgrau y cuando me lo estaba contando apareció Dieter, otro compañero de trabajo, éste de madre holandesa y padre alemán. Entre los dos me explicaron, en holandés, que feldgrau quería decir literalmente “gris del campo (de batalla)" y que era el color del uniforme del ejército alemán hasta la II Guerra Mundial. Y que se usaba como sinónimo de ejército alemán. Así que, después de darles las gracias en holandés, me volví al gmail a decirle al catalán que estaba traduciendo un texto del francés al español lo que me acababan de contar mis colegas holandeses (germanófilos).

[...]

Asumo que mis compañeros de cuitas me permiten hablar en nombre de ellos, cuando afirmo que gracias a Aly fuimos, los cinco, redescubriendo nuestros propios prejuicios y lagunas en nuestro conocimiento de la historia del europea del siglo XX. Para algunos fue el descubrimiento de la dimensión humana del Holocausto, para otros el papel tan poco airoso de Francia en los hechos, pero también el descubrimiento de la gran cultura alemana del siglo XX, de la extensión de la lengua alemana, algo sólo comparable hoy en día al inglés americano y a la cultura estadounidense. A los biógrafos de Pla, Aly les ha dado ocasión de conocer mejor al hombre solitario y al escritor ejerciendo su oficio. El periodista, maestro de periodistas, aún tiene cosas que enseñar. Estos aspectos toman especial relevancia en la segunda y tercera parte del blook, aún inéditas al escribir estas líneas.

A mí, personalmente, Aly me ha dado tres cosas muy importantes: me dio la oportunidad de trabajar con un grupo de grandes profesionales del periodismo, de contar mi experiencia en Europa vista por sus ojos y, al fin y al cabo, de conocerla a ella. Después de entrar en la Europa antigua, culta y cruel que la asesinó, no me queda ninguna duda: todos somos Aly.


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Entrevista a Víctor Beker.

P: ¿Por qué es peligrosa la inflación?

R: Es como cualquier droga, uno se vuelve adicto porque la forma de poder mantener la cohesión social es a través de una inflación creciente. Nosotros ya tuvimos en el pasado un 25% anual, de ahí pasamos al 50%, al 150% anual... Y un día nos encontramos con una inflación del 200% mensual.
En Argentina esto es especialmente preocupante, porque cuando los agentes económicos tienen experiencia de inflación se desprenden del dinero cada vez más rápido, y por tanto los precios crecen más. Llega un momento en que la gente sale a comprar algo todos los días, porque el dinero es como una papa caliente.
El mayor peligro es que a tasas de inflación muy altas todo el sistema económico se desorganiza, se produce fuga de capitales y se desarticula el sistema financiero y fiscal. Esto no es teoría, es lo que pasó aquí en 1989. Fue un descalabro que trajo alto desempleo, saqueos en los supermercados y llevó al país al borde de una guerra civil.

[...]

P: Pero así la gente consume más, se crean puestos de trabajo... ¿Eso no es bueno?

R: Ése es el problema, la gente se pregunta por qué vamos a preocuparnos si las cosas van bien. Los economistas tenemos mala fama porque traemos las malas noticias. Advertimos de que ciertas políticas a corto plazo parecen buenas, pero a largo van a resultar un boomerang.
En los años 90, gracias a la convertibilidad con el dólar para nosotros veranear en España o Estados Unidos era más barato que hacerlo en Argentina. Eso en algún momento tenía que estallar, pero a quienes lo decíamos nos miraban como a pájaros de mal agüero. Ahora ocurre lo mismo: si se mantiene este esquema tendremos hiperinflación en el futuro.

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Los controles de precios siguen estando de moda por Juan Ramón Rallo

Bueno, ya lo decía Mises: si ellos siguen repitiendo sus mentiras, nosotros tendremos que seguir repitiendo la verdad. Los precios máximos se implantan, supuestamente, para lograr que un producto que se ha vuelto temporalmente más escaso de lo normal se encuentre al alcance de todo el mundo, incluyendo los menos pudientes. El problema es que el resultado es justo el opuesto: los precios máximos generan un desabastecimiento generalizado de los bienes afectados que, si se mantienen aquellos en el tiempo, termina por convertirse en estructural.

A corto plazo, colocar el precio de un bien por debajo de aquel al que se habría vendido en un mercado libre incrementa su demanda y reduce su oferta. Hay muchos más consumidores interesados en adquirirlo que oferentes en venderlo; y entre los consumidores incluimos a los importadores, lo que previsiblemente llevará a una restricción del comercio internacional o al establecimiento de cuotas a la exportación. Peores son, con todo, los efectos a largo plazo: las reducciones impuestas de precios reducen artificialmente la rentabilidad de la producción y comercialización de los bienes en cuestión; los empresarios encargados de fabricarlos abandonarán los sectores implicados, por cuanto su rentabilidad se verá artificialmente reducida, y se instalarán en otros donde no haya controles, lo cual agravará los problemas de escasez y carestía de los productos protegidos.

[...]

El producto de los precios mínimos es justo el contrario que el de los precios máximos: la sobreabundancia de la mercancía ofrecida; hay más gente que quiere vender que gente que quiere comprar. Dicho de otra manera: como los precios se sitúan por encima de la utilidad marginal de los agentes, los productores eficientes no pueden desplazar a los ineficientes a base de reducir sus márgenes de ganancia bajando los precios, de modo que se acumulan excesos invendibles y es imposible discriminar qué productor debe dejar de producir.

El proceso es, por consiguiente, justo el contrario del que vimos con los precios máximos: los oferentes ineficientes no liberan sus factores productivos para que se dirijan a otras líneas donde sean más valorados. De hecho, si se llega a aplicar una política de precios garantizados –de modo que el Estado adquiera todas las mercancías al precio mínimo establecido–, la producción puede incluso aumentar, captando recursos del resto de la economía y cortocircuitando la elaboración de otros bienes y servicios más necesarios.

El caso del paro es evidente: los precios/salarios mínimos fijados por los sindicatos por encima de la productividad marginal de muchos trabajadores impiden que los empresarios los contraten. Si, además, el gobierno subvenciona el paro a través de los subsidios al desempleo (precios garantizados), lo que tenemos es que muchos agentes, en lugar de buscar ocupación en otras partes de la economía, se concentran en dedicarse al paro, que crece y crece a costa del resto de la economía.

En definitiva, los controles de precios, en tanto regulan centralizadamente uno de los elementos básicos que permiten la coordinación en una economía de mercado, destruyen la estructura productiva y la condenan a un persistente caos. Al cabo, un control de precios absoluto y total es lo que prevalece en el socialismo, sobre cuyo criminal fracaso ya tenemos suficientes evidencias: no funciona ni a gran ni a pequeña escala. Ojalá Sarkozy y los políticos y sindicatos españoles aprendieran algo de economía y no antepusieran sus sectarios intereses a los de los consumidores y trabajadores, a quienes tanto perjudican con sus absurdas regulaciones.

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El Estado, esquema Ponzi por Gabriela Calderón de Burgos

¿De dónde sacaría la idea el señor Ponzi? Se podría decir que del canciller alemán Otto von Bismarck, artífice del primer sistema de seguridad social estatal (1889). El plan de Bismarck descansaba en captar dinero de los trabajadores para financiar las pensiones de los jubilados. La intención era buena, y se hizo en un momento en que la edad de jubilación era superior a la esperanza de vida, por lo que se financiaba el retiro de un número muy reducido de personas.

[...]

Deberíamos adoptar un sistema que restablezca el nexo entre el esfuerzo individual durante toda una vida de trabajo y la pensión recibida. Un sistema que permita a los trabajadores decidir cuándo jubilarse y a quién confiar la administración de sus ahorros. Es profundamente injusto que solo los trabajadores de ingresos más altos puedan contratar un fondo para su jubilación, mientras los de ingresos más bajos siguen cautivos del monopolio estatal.


Aly Herscovitz. Cenizas en la vida europea de Josep Pla (V)

Dispensado (Henri Bergson) de inscribirse en el registro en el que debían constar todos los judíos (era famoso y estaba muy enfermo) se presentó personalmente: “quise permanecer entre aquellos que mañana serán perseguidos”.

Vuelta al diario-ensayo de Sebastian, Desde hace dos mil años:
 «Me pregunto si tengo derecho, en nombre de mi soledad, de reírme del heroísmo barato de Marcel Winder, que cuenta también hoy con espectacularidad las palizas que recibe. Él charlatán, y yo sobrio, pero no es menos cierto que él afronta de cara la adversidad mientras yo le... doy la espalda. Será más elegante, ¿pero es también más justo?»

El Vel d’Hiv, donde sólo había un grifo de agua corriente; el lugar donde se encerró a ancianos, mujeres y niños sin comida; el lugar donde algunos suicidas, desesperados o clarividentes, se lanzaron desde las gradas superiores.

Olvidar, incluso llegaría a decir que los errores históricos, es un factor esencial para la creación de una nación; así, el progreso de los estudios históricos supone con frecuencia un peligro para la identidad nacional... La esencia de una nación es que los individuos tienen muchas cosas en común y también que han olvidado muchas otras". Ernest Renan.

"Nosotros, los superivivientes, no somos los auténticos testigos [...]. Somos [...] una minoría anómala: somos aquellos que mediante su evasivas, sus atributos o su buena suerte no tocaron fondo. Los que sí lo hicieron, los que vieron a la Gorgona, no han regresado para contarlo y si regresaron, estaban mudos". Primo Levi, The Drowned... and tbe Saved, Nueva York, Summit Books, 1988, pp. 83-84.

¿Cómo debe el mundo liberarse de Auschwitz, del peso del holocausto? No creo que esta cuestión pueda plantearse únicamente por motivos turbios. Es más bien un anhelo natural, pues los sobrevivientes tampoco anhelan otra cosa. No obstante, las décadas me han enseñado que el único camino practicable hacia la liberación pasa por la memoria.
Imre Kertész, ¿A quién pertenece Auschwitz?

«Cuando se utiliza el término "nazi" como simple sinónimo de "canalla", toda la lección de Auschwitz se ha perdido.» Tzvetan Todorov. Memoria del mal, tentación del bien.

Auschwitz nos enseña que es necesario mantener viva la memoria, y que la memoria es la facultad que tienen los seres humanos de instalarse en su trayecto temporal. La memoria es el recuerdo (y el olvido) del pasado, la crítica del presente y el anhelo del futuro. Auschwitz nos enseña que los que no hemos vivido el horror estamos éticamente comprometidos a transmitir su recuerdo. JC Mèlich, La lección de Auschwitz.

Los muertos no testimonian. No explican sus últimos momentos como lo hacen (respecto de los penúltimos) aquellos que lograron salvarse por el grueso de un cabello.

«Hasta el niño en la cuna debe ser pisoteado como un sapo venenoso... Vivimos en una época de hierro, en la que es necesario barrer con escobas de hierro.» HEINRICH HIMMLER, septiembre de 1941.

Otra de las matanzas más importantes acaecidas, en junio de 1941, fue la de !asi, donde 12.000 judíos murieron asesinados en apenas días. Fue uno de los pogromos más pavorosos de toda la Segunda Guerra Mundial, pues los judíos sufrieron vejaciones, torturas, crueles asesinatos e incluso mutilaciones en sus órganos genitales tras la matanza.

El exterminio de casi todos los judíos de la capital de Moldavia fue precedido por un clima de hostigamiento y ataque calumnioso en la prensa rumana contra este colectivo étnico; las autoridades rumanas alentaron el ataque y posterior pogromo sin tomar medidas para evitarlo, sino más bien lo contrario. No fue una acción espontánea y surgida del tradicional antisemitismo, como aseguraron algunos historiadores rumanos, se trató de una operación de aniquilamiento bien organizada y sincronizada.
Ricardo Angoso. Rumania, El holocausto silenciado.

Ante un fenómeno como Auschwitz, no llegaremos muy lejos con la lógica, por supuesto; según parece, en este caso la razón fracasa. Desde luego, este hecho nos viene, por así decirlo, de perillas. Cuanto más hincapié hacemos en su carácter irracional, tanto más apartamos de nosotros el fenómeno, tanto menos lo comprendemos, tanto menos queremos comprenderlo, porque ha sido declarado incomprensible. Imre Kértesz, Ensayo de Hamburgo.

«Al rato escuché unos gritos desgarradores, golpes contra la puerta y gemidos y quejidos. La gente empezó a toser. Su tos empeoraba a cada minuto, señal de que el gas había empezado a actuar. Entonces el clamor empezaba a reducirse a varias voces en un estertor sordo, ahogado de vez en cuando por la tos. Diez minutos más tarde todo quedaba en silencio. Cuando se abrían las puertas, los cadáveres que estaban arriba se desmoronaban como el contenido de un camión sobrecargado cuando se abre la compuerta trasera. Eran los más fuertes los que, en su terror mortal, habían luchado instintivament...e por llegar a la puerta, la única salida, los que habían luchado por la remota posibilidad de salir (....) Los cadáveres que estaban debajo siempre eran de niños, ancianos y débiles, mientras que los altos y más fuertes quedaban siempre arriba. Sin ninguna duda los que estaban arriba habían trepado por los cuerpos que ya yacían en el suelo porque habían tenido la fortaleza de hacerlo y quizás también porque se habían dado cuenta de que el gas letal se extendía desde abajo hacia arriba (...) muchos tenían la boca abierta, con restos en los labios de saliva seca blanquecina. Muchos se habían azulado, y muchas caras estaban muy desfiguradas por los golpes. Casi todos ellos estaban mojados de sudor y orina, con manchas de sangre y excrementos, y muchas mujeres tenían las piernas manchadas de sangre menstrual. Entre ellas yacían los cuerpos de mujeres embarazadas, algunas de las cuales habían señalado la cabeza de su bebé justo antes de morir. (Filip Müller, Eyewitness Auschwitz).

(«—Parece que hoy iremos a comer a un restaurante de Auschwitz. —Sí, es casi cómico. ¡Un restaurante en Auschwitz! No sé, la verdad, no creo que coma; para mí es como una profanación, una cosa absurda. Por otra parte, hay que decirse que Auschwitz —Oswiecim en polaco— era y es todavía una ciudad donde hay restaurantes, cines y probabl...emente también un bar nocturno, como probablemente en toda Polonia; hay escuelas, hay niños. Hoy como ayer, paralelamente a este Auschwitz hay, cómo decir, un concepto: Auschwitz es el Lager. Pero en aquella época también existía un Auschwitz civil»).
[Entrevista a Primo Levi.]

Ese señorío sobre la vida y la muerte lo personificaba bien el ins­pector general de la «operación Reinhard», Christian Wierth, un personaje particularmente sangriento. Mató a su padre y adoptó a un niño judío obligado a acompañarle en todas sus crueldades.

Cuando le trasladaron a Italia se libró de él pegándole un tiro en la nuca delante de todo el mundo. No camuflaba sus fechorías ni la muerte en el cam­po. Al contrario: le gustaba exhibir un ahorcado a la entrada del campo para dejar claro que él era el señor de la vida y de la muerte. Murió en una emboscada, creo que en Istria, de un tiro en la espalda. No sé dónde he leído u oído que en su tumba se rinden honores militares todavía hoy.

De la cámara de gas de este campo sólo queda un muro que pronto será derribado y transformado en un moderno edificio.

Nos cuenta la historia de un conocido colaboracionista judío que poseía un par de restaurantes que eran los lugares de confianza de los nazis. Le habían prometido tratarle bien y lo hicieron: después de ejecutar a los 3.000 últimos supervivientes decidieron rematar la faena ajusticiándole también a él. Las condiciones de este campo eran particularmente du­ras. Los deportados tenían que manipular con sus propias manos la brea ardiente. Cuando lo vio Erich Bauer, jefe del campo de Sobibor, le dijo a Wierth que qué necesidad había de esa tortura. Wierth le cruzó la cara con el látigo, acusándole de blandengue. Vemos la casa del inspector general de los tres campos. Desde este modesto edificio se dirigía la barbarie con mano de hierro. Hitler debió de venir un par de veces por esta casa.
Del libro Por los campos de exterminio de Reyes Mate. Día 25, domingo. Lublin.

Me detengo ante una orden del campo en la que se notifica a los prisioneros que quien beba agua potable de los grifos será condenado a muerte. La sed la tenían que matar con la sopa de la comida, como los retretes debían ser usados en el mo­mento previsto y no cuando el cuerpo lo necesitara.

Viendo la disposición de las letrinas fuera de las barracas dormitorios y las severas medidas de su uso, obligado es pensar en la tortura a que estaba sometido el cuerpo del recluso. Antelme lo define como un tubo obsesionado por lo que podía entrar por él (sopa mayormente) y salir de él. El campo estaba diseñado para que las dos funciones fueran una tortura; más aún: estaba diseñado para que el prisionero redujera su vida a la satisfacción de esas dos funciones elementales. El mismo Antelme reconoce que el nazi quería expulsar al judío de la condición humana reduciéndole a me­ras funciones biológicas, es decir, animales. Ellos luchaban para guardar un gesto de dignidad. Lo que yo me pregunto es dónde se coloca la inhumanidad: ¿en el prisionero reducido a sus funciones vegetativas o en el otro que sólo ve en ese ser reducido un par de funciones vegetativas?, ¿en qué con­siste la pertenencia a la especie humana?

De eso se trata, de la vida de cada día. Fue la vida cotidiana, fue gente normal lo que explica que este horror, de proporciones tan gigantescas, haya sido posible.

Hay jóvenes polacos, nos dicen, que se están haciendo cargo de la memoria judía, ahora que ellos ya no están aquí. De la presencia judía quedan museos y sinagogas vacías. Los judíos ya no están en Polonia, como no lo están en España, su Sepharad, ni en Alemania, ni en ningún otro país europeo. Este pueblo, que durante milenios quiso vivir junto a otros pueblos como una minoría específica, ha sido expulsado de todos. Cuando hoy juzgamos tan severamente la violencia del gobierno israelí no deberíamos olvidar la responsabilidad que tenemos los europeos con el origen de la cuestión palestina. Del libro Por los campos de exterminio de Reyes Mate. Día 26, lunes.







Verano de 1942:

«De los más de 10.000 prisioneros de guerra rusos que iban a proveer la principal fuerza de trabajo para construir el campo de prisioneros de guerra en Birkenau, sólo unos pocos cientos seguían vivos para el verano de 1942. [Nota al pie del editor: El 18 de agosto de 1942 —es decir, tras la huida masiva referida más abajo—, sólo 163 prisioneros de guerra soviéticos estaban registrados en Auschwitz. De ellos, 96 sobrevivieron hasta el final.].

Aquellos que quedaron fueron los mejores. Eran trabajadores espléndidos y eran empleados como cuadrillas móviles para cualquier cosa que tuviera que acabarse rápidamente. Pero nunca me abandonó la sensación de que aquellos que habían sobrevivido lo habían hecho sólo a expensas de sus camaradas, porque eran más feroces y faltos de escrúpulos, y generalmente «más duros».

Fue, creo, en verano de 1942, que tuvo lugar una fuga masiva de los rusos restantes. Una gran parte de ellos fue fusilada, pero muchos lograron esfumarse. Aquellos que fueron recapturados dieron como motivo de la fuga los temores de que iban a ser gaseados, porque se les había dicho que iban a ser transferidos a un sector del campo recién construido. Entendieron que esta transferencia era sólo una medida engañosa. Sin embargo, nunca se tuvo la intención de que estos rusos fuesen gaseados. Pero es cierto que sabían de la liquidación de los politruk y comisarios rusos. Temían que fueran a sufrir el mismo destino. [Nota al pie del editor: De los 10.000 prisioneros de guerra rusos que fueron a Auschwitz, unos 300 fueron declarados comisarios o fanáticos comunistas por una Comisión Especial de la Oficina de la Gestapo, Kattowiz, en noviembre de 1941. Éstos fueron separados de los otros y ejecutados.]

Rudolf Höss. Commandant of Auschwitz.


Sólo pido una cosa: los que sobrevivís a esta época no olvidéis. No olvidéis ni a los buenos ni a los malos. Reunid con paciencia los testimonios de los que han caído por sí y por vosotros. Un día, el hoy pertenecerá al pasado y se hablará de una gran época y de los héroes anónimos que han hecho historia. Quisiera que todo el mundo supiese que no ha habido héroes anónimos. Eran personas con su nombre, su rostro, sus deseos y sus esperanzas y el dolor del último de los últimos no ha sido menor que el del primero, cuyo nombre perdura. Yo quisiera que todos ellos estuviesen cerca de vosotros, como miembros de vuestra familia, como vosotros mismos.
Los nazis han exterminado a familias enteras de héroes. Amad por lo menos a alguno de ellos, como si fuese un hijo o una hija, y sentíos orgullosos de él como de un gran hombre que ha vivido para el futuro.
Julius Fučík. Reportaje al pie de la horca.


Al llegar a Auschwitz

«Una vez en Auschwitz, Goldenzwag y Tselnick fueron matriculados, respectivamente, con los números 55293 y 56599. Tselnick sigue contando:

"Cuando el tren por fin paró y se abrieron las puertas del vagón, fue un poco como una liberación, sobre todo porque no hubo este día SS abalanzándose sobre nosotros a culatazos para que bajáramos, ni perros mordiéndonos las piernas. No parecía que la intención de esta gente fuera aterrorizarnos, sino más bien calmarnos. Bajamos al andén, para ser precisos al propio suelo bordeando los raíles, lugar llamado en lo sucesivo 'la rampa', no muy lejos del campo, del que se vislumbraban los barracones, mientras unos altavoces nos invitaban precisamente a calmarnos y a ponernos en orden. Luego nos pusimos en marcha en dirección a un grupo de oficiales que nos interrogaban de forma sucinta, preguntándonos casi siempre únicamente nuestra edad. Conmigo había unos 'viejos': sesenta, sesenta y tres y sesenta y ocho años; los SS los obligaron a meterse en un grupo situado junto a varios camiones que estaban allí esperando; los jóvenes, de los que yo formaba parte —tenía treinta y dos años—, fueron colocados en otro grupo, excepto un joven visiblemente enfermo y tres jóvenes embarazadas que los SS enviaron con los viejos. Después, el grupo de viejos con los enfermos y las mujeres embarazadas subió a los camiones, que se pusieron en movimiento hacia campo, mientras que el grupo de jóvenes hizo lo propio a pie. Debo decir que en aquel momento lamenté no tener aspecto de enfermo, puesto que, con los miembros anquilosados, andaba con dificultad y habría preferido que me hubieran metido en el camión. Como es evidente, todavía no sabía que los camiones los llevaban a la cámara de gas.»

Auschwitz, Polonia

El 21 de junio, Bernard Epstein, detenido el 16 junto a su padre, sale de Drancy hacia Alemania:

"Éramos cerca de 90 por vagón y disponíamos de dos cubos; uno que estaba lleno de agua para beber y cuya última gota fue enseguida agotada, y un segundo cubo que hacía las veces de orinal. Por suerte, seguía estando en familia, mi padre, mi madre, mi hermana, su prometido, Siegfried Friedman, y yo. Pero mi padre se encontraba cada vez peor. Ya ni siquiera podía respirar. Debido al calor y a la promiscuidad, en el vagón reinaba una peste tremenda y no podíamos vaciar el orinal.

Aun así, el tren paró en dos ocasiones. La primera cerca de una cantera en desuso; las puertas se abrieron y dos personas por vagón, bajo la vigilancia de SS apuntándoles con sus ametralladoras, fueron autorizadas a ir a por agua. La segunda ocasión fue en una estación."

La parada en esta estación resultará inolvidable.
 
"Era una estación en una ciudad alemana de la parte oeste, puesto que hacía poco que estábamos en Alemania, y me pareció importante —cuenta Bernard Epstein—. Viniendo de Drancy, el tren se había parado porque en nuestro vagón se había bloqueado un freno, la rueda se había calentado hasta ponerse al rojo vivo y había riesgo de incendio. Los SS habían abierto las puertas para obligarnos a todos a bajar y distribuirnos entre los demás vagones. Nuestro convoy estaba aparcado junto al andén y, nada más bajar, al dejar atrás la oscuridad, nos hallamos de golpe y porrazo frente a personas que, en el decorado de una estación alemana, esperaban sin duda un tren. Empezaba a caer la noche y habían encendido las luces. Todo estaba limpio, todo era bonito, y había flores frente a las ventanas, letreros encima de cada puerta, flechas indicadoras. Había un montón de gente: mujeres, niños, algunos ancianos nobles y canos, uno de los cuales —me acuerdo porque me sorprendió— llevaba un sombrero tipo tirolés, como en L’Auberge du Cheval Blanc . También había militares, una enorme diversidad de uniformes de paño de distintos colores y de gorras. En un extremo del andén, unas enfermeras estaban apoyadas en una suerte de carrito en el que se alineaban botellas, vasos y jarras. Nosotros, saltamos de los vagones y nos quedamos un instante pasmados con ese espectáculo apacible y confortable. Estábamos en la penumbra, al principio sólo debían de distinguirnos de forma confusa, debían de ver únicamente nuestras miradas brillantes en la sombra, nuestras siluetas. Pero enseguida comprendieron lo que éramos, al divisar sin duda nuestras estrellas de seis puntas. Y entonces fue espantoso. Se aglutinaron al borde del andén, apretujándose de tal modo que estuvieron a punto de caer, y, habiéndose juntado los de dentro de la estación con los demás, empezaron a insultarnos y a lanzarnos invectivas, tildándonos de asesinos, de ladrones, de bandidos, de perros de cerdos , de malditos judíos. En las primeras filas, los niños nos amenazaban con el puño, nos sacaban la lengua. Nunca olvidaré mientras viva los ojos llenos de odio que clavaban en nosotros.

Conocía el alemán y entendía los insultos. No sentía vergüenza alguna. Tenía diecisiete años y sabía que jamás había hecho nada malo ni cometido ningún crimen, ni mi padre, ni mi madre, ni mi hermana, que estaban conmigo. Era judío, pero esto carecía para mí de significado particular. No entraba en mi cabeza que alguien tuviera algo que reprocharme por una cosa de la que no era responsable y que, además, no me parecía en modo alguno censurable. Era tan evidente que, hasta aquí, había conservado cierta esperanza; pero, al ver esa escena, empecé a desesperar."

Albert Tselnick, por su parte, también ha guardado, como todos los deportados, un recuerdo de pesadilla del largo viaje que lo llevó hasta Polonia:

"Es difícil encontrar palabras para narrar lo que fue el viaje de Drancy a Auschwitz. Y eso que mucha gente ha hecho ya el relato de viajes como este. Por más horrible que sea, para mí siempre está por debajo de la verdad. Hay que haberse muerto de sed, por ejemplo, para saber qué es la sed. También estaba el calor sofocante, las mujeres que se escondían detrás de un viejo vestido para aparentar que se aseaban, la falta de ventilación que hacía que nos releváramos frente a la mínima grieta, entre las tablas del vagón, para atrapar algo de aire, y estaba también el olor, porque permanecimos dos días, hombres, mujeres y niños, sin salir, haciendo nuestras necesidades en el mismo cubo, en un rincón del vagón. Dos días diciéndonos: '¡Esto no puede durar! ¡Este tren tendrá que parar algún día! ¡Volveremos a respirar aire puro! ¡No puede haber nada peor que lo que estamos respirando en estos momentos!'"

Durante esos dos días, dejándose traquetear, trata de no pensar, porque la imagen de su mujer y sus tres hijos se vuelve obsesiva, y teme enloquecer como otros a su alrededor, que hablan solos o permanecen con el rostro azorado en la penumbra del vagón. Goldenzwag está en el mismo tren que Tselnick; conoció la misma angustia, con la consolación, al menos, de viajar junto a su hijo, el de dieciocho años. ¿Es una consolación ver a un hijo correr semejante suerte? Hoy no sabría qué contestar; su hijo no volvió; también se acuerda de que, en el vagón donde se hallaba, pese a la sed, pese a la falta de aire, pese al olor, pese al profundo abatimiento de la mayoría, la esperanza seguía presente, no obstante, en el corazón, por más debilidad que tuviera, la esperanza que llevaba a decir a cada uno, al ritmo alucinante del tren que agitaba las cabezas: "¡Esto no puede durar! ¡Esto no puede durar!..." Y algunos llegaban incluso a atribuir la incomodidad del viaje a la penuria de vagones.»

La grande rafle, Claude Lévy y Paul Tillard.


Rudolf Aschenauer, abogado defensor de nazis, compiló las memorias de Adolf Eichmann, custodiadas por su mujer. Hay poca información sobre Aschenauer en español. Alguna cosa puede leerse en este magnífico blog. Las memorias de Eichmann se publicaron por primera vez en 1980 y se tradujeron al español dos años después. Hay un capítulo dedicado a las deportaciones de judíos desde Francia, y otro dedicado a la creación de Theresienstadt, surgido de una idea del propio Eichmann.


Si nos hubiésemos tenido que limitar en Francia a nuestra propia documentación, sin echar mano del trabajo previo que la policía francesa había realizado antes de nuestra entrada en el país, registrando y clasificando a las personas y a las organizaciones judías, nosotros nada hubiésemos logrado allí. En las cercanías de París había un gran campamento de prisioneros y la policía francesa internaba allí a los judíos detenidos, de donde eran evacuados. El responsable de todo ello era un comisario francés, que más tarde me fue presentado.
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La policía francesa no precisaba instrucciones, ni tampoco las hubiese aceptado, porque velaba temerosamente en defensa de su soberanía, mucho más que la gendarmería húngara. El gobierno vigilaba en Francia con mucha más severidad sobre todo. El campo de prisioneros de Drancy fue puesto a nuestra disposición, completamente lleno, y sin tener necesidad de realizar grandes negociaciones, incluyendo al propio comisario.
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No me es posible describir, actualmente, cuáles fueron las circunstancias: Günther, mi Hauptsturmführer y entonces jefe de la central para la emigración judía de Praga, del que dependían los asuntos referentes a la realización y tramitación de los mismos para Theresienstadt, había comprobado que algunos judíos habían maquinado algo prohibido. Él se lo comunicó al comandante jefe de la Sipo [Sicherheitspolizei] y del SD, por ser éste la autoridad oficial competente para Theresienstadt. Los culpables fueron ahorcados públicamente por el comandante en jefe de la Sipo y del SD, para escarmiento e intimidación.

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Cuando llegué allí, en un rápido viaje, los funcionarios judíos me acosaron, pero tuve que defender delante de ellos la medida que había adoptado el comandante jefe de la Sipo y del SD, explicándoles —con toda la verdad por delante— que yo no podía hacer nada si los judíos transgredían las leyes y el comandante jefe local los castigaba.
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El Reichsführer siempre acogía con benevolencia las sugerencias relacionadas con Theresienstadt. Dio su aprobación, inmediatamente, al exponerle yo en cierta ocasión, por ejemplo, que sería conveniente que los judíos dispusiesen en Theresienstadt de un teatro propio, de una guardería infantil y de otras instituciones culturales porque Theresienstadt no tenía por qué ser un campo de concentración, sino una judería o una especie de asilo para ancianos.


Los planos de Auschwitz

Von RALF GEORG REUTH

Son los documentos del horror. Delineados con precisión. Mapas, planos y vistas de edificios, todos en papel amarillento, la mayoría en escala 1:100. Son los planos del campo de exterminio nacionalsocialista de Auschwitz.


Con motivo del 70º aniversario de la Noche de los Cristales Rotos (9 de noviembre de 2008) Bild ha hecho públicos los documentos originales, encontrados al parecer en el desmantelamiento de una casa berlinesa. Corresponden a los años 1941 a 1943 y Bild los expone públicamente ahora.

Los documentos constan de 28 planos en papel de gran formato. Muestran entre otras cosas la tristemente célebre puerta de entrada situada al final del muelle del ferrocarril.

Barracones para los internados. Una «zona de despiojamiento» con «cámaras de gas». Un crematorio y planos generales de las «zonas especiales» de las SS.

Algunos de los planos fueron personalmente firmados con bolígrafo verde por el «Reichsführer» de las SS y jefe de la organización de la masacre, Heinrich Himmler.

El director del Archivo Federal de Berlín, el Dr. Hans Dieter Kreikamp, considera que el hallazgo de los documentos tiene un significado extraordinario: «Los planos son los verdaderos testimonios de la planificación sistemática del exterminio de los judíos europeos».

Los documentos desvelan algo más: cualquiera que haya tenido que ver con los planos y la construcción del campo de concentración sabía que allí se había de gasear a seres humanos de forma industrial. Asimismo, los documentos refutan también a los negacionistas.
 
Los documentos más conmovedores del horror: el plano de la «zona de despiojamiento». Desde un «vestuario» donde quitarse la ropa, se abren las puertas a una zona de ducha y lavado y de allí a otro «vestuario» donde vestirse de nuevo.


Pero desde este último vestuario se abren otras puertas a dos «vestíbulos» y a través de «esclusas» se accede a la «cámara de gas». Aparece literalmente escrito en el plano: «CÁMARA DE GAS».

Se debe considerar como más que probable que en la gran «Cámara de gas», de 11,66 por 11,20 metros no se despiojaran las ropas con ácido cianhídrico, sino que se gasearan seres humanos. El plano, delineado en Auschwitz por el «Prisionero nº 127», se creó el 8 de noviembre de 1941. En ese momento el comandante del campo, Rudolf Höß, experimentaba en Auschwitz con el producto de ácido cianhídrico «Zyclon-B», con el que asesinaba a prisioneros enfermos y prisioneros de guerra rusos.

Pero lo más reseñable del plano, que fue un encargo del «Departamento de Obras de la Policía y Waffen-SS», es otra cosa: prueba una vez más que el asesinato industrial de los judíos europeos no se decidió inicialmente en la llamada Conferencia de Wannsee en enero de 1942, sino mucho antes.


Se desconoce si la zona de despioje de Auschwitz-Birkenau se construyó tal y como aparece diseñada en los planos. Lo que se sabe con seguridad es que el gaseamiento masivo de los judíos europeos en Auschwitz comenzó a primeros de 1942 en una granja conocida como la «Casa Roja».

El comandante del campo de concentración Höß, ejecutado en Auschwitz en 1947, dijo durante su juicio: «Cuando llegaban tenían que desvestirse: entraban primero muy tranquilamente a las dependencias… algunos se sorprendían y hablaban de exterminio y de asfixia: entonces se desataba inmediatamente una especie de pánico. Entonces se empujaba rápidamente a los que quedaban fuera y se cerraban (las puertas)».

Continúa Höß: «Para los siguientes transportes se buscaba desde el principio a aquéllos de espíritu inquieto y no se les perdía de vista. Cuando hacían notar esa inquietud se les apartaba discretamente detrás de la casa y allí, con un arma de pequeño calibre, se les mataba para que los otros no se dieran cuenta.»

En 1942 los judíos asesinados fueron primeramente quemados en fosas. Ya en octubre del año anterior se consideró la posibilidad de construir un gran crematorio. En noviembre se iniciaron los primeros esquemas. El plano descubierto por Bild muestra los primeros borradores con vistas laterales y planos, de nuevo en escala 1:100.

Especialmente revelador: el dibujo de la planta del sótano. Muestra el zócalo para el horno crematorio que entregaría más tarde la empresa de Erfurt «Topf und Söhne» [Topf e hijos].

En el plano también está esbozado el «L.Keller» [Leichenkeller: depósito de cadáveres]. Tiene una anchura de ocho metros. Los diseñadores de las Waffen-SS no establecieron la longitud. Puede leerse: «Longitud de acuerdo con las necesidades».
 
En total se levantaron cuatro grandes crematorios en el campo de exterminio. La gran mayoría de asesinados en Auschwitz —se calcula un millón de personas, aproximadamente— fueron incinerados aquí, después de que a los cadáveres se les cortara el pelo y se les arrancaran los dientes de oro.


Lo que nos queda de ellos son sólo sus nombres en los «Totenbüchern» [libros de muertos] y el recuerdo en la memoria.

(Bild, 8 de noviembre de 2008)

Aly Herscovitz. Cenizas en la vida europea de Josep Pla (IV)

Capítulo 052. Antijudaísmo: Polonia y Rumanía.

Bonsal habla de la postura de los gobiernos polaco y rumano respecto a los judíos:
3 de enero de 1919

Muchos consideran responsable a Dmowski, en gran parte, de la tendencia antijudaica, tan acentuada en la gran mayoría de los polacos, y precisamente sobre ese tema tenía yo que «sondearle».

...Afirma, para empezar, que los Ostjuden [judíos orientales] forman un clan peculiarísimo y que sus actividades causan muchas molestias a quienes han de vivir en contacto con ellos.

—Más de una cuarta parte de los judíos de todo el mundo los tenemos en Polonia. Constituyen el 10 por 100 de la población, y, a mi juicio, esto ya es un 8 por 100 de más. Cuando en uno de nuestros pueblos hay sólo un pequeño grupo de judíos, aunque sean mercaderes explotadores o avariciosos prestamistas, como suelen serlo, la cosa es bastante llevadera; pero si llegan a más —y por lo general llegan— se producen incidentes y, a veces, pequeños pogromos. Tenemos demasiados judíos, y los que sean autorizados a permanecer entre nosotros tendrán que cambiar de costumbres; aunque, naturalmente, sé muy bien lo difícil que será esto y el tiempo que hará falta. Es necesario que el judío produzca y no se dedique exclusivamente a actividades parasitarias. Si no les imponemos pronto ciertas restricciones, todos nuestros abogados, médicos y pequeños comerciantes serán judíos. Deben dedicarse a la agricultura, y es preciso que compartan las pequeñas tareas comerciales con sus vecinos polacos. Reconozco que tiene algún fundamento la tesis judía de que en el pasado no pudieron poseer tierras ni labrar las tierras ajenas como arrendatarios, y que se vieron obligados a menudo, por circunstancias ajenas a su voluntad, a ganarse la vida con medios dañosos para la economía polaca. Nuestra Constitución hará cambiar todo esto, y confío, por su propio bien, que los judíos aprovecharán las nuevas oportunidades que les demos. Digo esto en interés de ellos, así como en interés de la Polonia restaurada. Ahora, y temo que por muchas décadas todavía, Polonia será demasiado pobre para permitir que una décima parte de su población se dedique a negocios que, por no decir más, son improductivos.

*

Capítulo 053. Antijudaísmo: Francia. Hannah Arendt.

El día 10 de julio, el Hauptsturmführer Theodor Danneker, representante de Eichmann en Francia, le telefoneó para preguntarle qué debía hacer con los niños. Eichmann necesitó diez días para decidirlo. Después, llamó por teléfono a Dannecker y le dijo que, «tan pronto como podamos despachar de nuevo trenes al Gobierno General de Polonia, deberá expedir a los niños». El doctor Sevatius señaló que este incidente indicaba que «las personas afectadas no eran seleccionadas por el acusado ni por ningún otro miembro de su equipo». Pero, desgraciadamente, nadie mencionó que Dannecker había informado a Eichmann que el propio Laval había sido quien propuso que en las expediciones se incluyeran niños que todavía no habían cumplido los dieciséis años; esto demostraba que el horripilante episodio ni siquiera fue consecuencia de «órdenes superiores», sino el resultado de un acuerdo entre Francia y Alemania negociado a alto nivel.

[...]

Los primeros rumores sobre el significado de «reasentamiento» habían llegado a Francia, y si bien todos los antisemitas franceses, e incluso los franceses que no lo eran, hubieran visto con gusto que los judíos extranjeros se establecieran en otro lugar, fuera de las fronteras de su patria, también es cierto que ni siquiera los antisemitas deseaban ser cómplices de asesinatos masivos. En consecuencia, Francia se negó a tomar una medida que poco tiempo antes estudiaba con cariño, es decir, a revocar las ciudadanías concedidas después de 1927 (o de 1933), lo cual hubiera permitido deportar a cincuenta mil judíos más.

[...]

En el verano de 1943, cuando Alemania había sido ya declarada judenrein [limpia de judíos] y los aliados habían desembarcado en Sicilia, no llegaban a cincuenta y dos mil los judíos que habían sido deportados, es decir, menos del veinte por ciento del total, y de estos no llegaban a seis mil los que poseían la nacionalidad francesa. Ni siquiera los judíos prisioneros de guerra en los campos de internamiento alemanes dedicados a judíos franceses fueron objeto de «tratamiento especial». En abril de 1944, dos meses antes de que los aliados desembarcaran en Francia, todavía quedaban en el país doscientos cincuenta mil judíos, y todos ellos sobrevivieron hasta el fin de la guerra. En realidad, resultó que los nazis carecían de personal y de fuerza de voluntad para seguir siendo «duros», cuando se enfrentaban con una oposición decidida


Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal.

 *

Capítulo 054. Über alles.

El patriotismo de los judíos. El patriotismo alemán de los judíos alemanes. El sionismo no estaba muy arraigado entre los judíos alemanes. Era cosa de los judíos del Este, cosa de pobres, de desamparados. Según indica Juan Pablo Fusi en Identidades proscritas, «hasta 1933, sólo unos 2.000 judíos alemanes, de un total de 550.000, habían emigrado a Palestina». En la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, los judíos habían participado de la fiebre patriótica que había sacudido el país. Y un político judío antibelicista como Rathenau —que en junio de 1922 sería asesinado por jóvenes ultranacionalistas— había colaborado desde el propio Ministerio de Defensa en la planificación financiera e industrial de la guerra. Lo primero era Alemania. Sí, «über alles». Fusi de nuevo: «Hasta la llegada al poder de los nazis en 1933, la asimilación, no el nacionalismo sionista, siguió siendo el hecho capital de la cultura política de los judíos alemanes. Como en el caso, ya señalado, de los intelectuales franceses, los intelectuales judeoalemanes eran parte de la cultura europea y alemana, no de la cultura judía».

*

Capítulo 055. Breve historia de los judíos rumanos.

[...]

La primera Constitución Rumana de 1866 se refiere a los judíos como personas sin Estado. Los habitantes judíos de Rumania, aunque nacieran en el país, cumplieran el servicio militar, respetaran las reglas y pagaran las tasas como el resto, se consideraban de repente extranjeros, sometidos a restricciones y discriminaciones especiales.

[...]

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Capítulo 056. Todos lo vieron, tranquilamente.

[...]

Hace unos meses compré en un mercadillo unas cartas. La que traduzco me parece impresionante. Un testimonio de una época, un país y una gente. Europa. Fanny Achs escribe en 1947 desde Brooklyn a su amiga alemana Olly Gloeckner, que vive en Berlín. Olly es hija de un fabricante de órganos. Hay más cartas. Una posterior en la que Olly le anuncia el envío de unos paquetes y lo que éstos contienen, por ejemplo.

[...]

Tu carta me ha interesado mucho, aunque por desgracia es deprimente porque muestra en qué condiciones vivís allí. Ahora, querida Olly, es difícil para mí, y podrás entenderlo, mostrar con tu situación la solidaridad necesaria. Quiero decir que naturalmente tú no tuviste, ya lo sé, nada que ver con los nazis y no creo que tú, como lamentablemente hizo la mayoría, les apoyaras. Nosotros, los que tuvimos que abandonar Alemania y nos encontramos desamparados, como todos los que se encontraban en nuestra situación y que fueron deportados y ejecutados cruelmente y sin escrúpulos en cámaras de gas, o de forma parecida -en total, 6 millones de judíos- no tenemos ningún interés en que Alemania vuelva a reconstruirse para que después de 20 o 30 años vuelva a traer la desgracia a la Humanidad. Sentimos amargamente, y no podemos olvidar, la desgracia que los alemanes han provocado al pueblo judío, por nada y contra nada. Sí, y además tampoco lo queremos olvidar, porque las víctimas fueron nuestros seres queridos más próximos. Por supuesto que hay alemanes inocentes, pero desgraciadamente van siendo menos. Todos vieron tranquilamente cómo durante años fueron maltratados hombres viejos e indefensos y cómo fueron expulsados de sus propias casas, sin sus bienes, para llevarlos a una muerte segura. Por supuesto, que ahora el pueblo alemán tiene que pagar por ello. Si no, ¿qué sería la justicia? Esto sólo puede atribuirse a los propios compatriotas y no se puede cargar la responsabilidad sobre otros países. Tal como nos está llegando, parece que no tienen el más mínimo sentido de culpa. Bien, basta ya de este tema. Sólo quería dejarte clara mi opinión. Estaré contenta cuando dentro de año y medio pueda renunciar definitivamente a mi nacionalidad alemana, ya que como mi marido es americano, yo me convertiré en una americana. Una de mis grandes preocupaciones durante la guerra fue ser considerada alemana, ya que no quería tener nada que ver con todo lo que estaba pasando. No quería, y no quiero.

[...]

Aly Herscovitz. Cenizas en la vida europea de Josep Pla (III)

Capítulo 041. Una lápida para Aly Herscovitz.

En marzo de 1942 se creó en el campo Auschwitz I la primera sección especial para mujeres. Estaba separada del resto del campo por un muro de unos dos metros de altura. En agosto del mismo año las mujeres fueron trasladadas al campo Auschwitz II (Birkenau), a unos tres kilómetros del campo base. Además existía un complejo llamado Auschwitz III y más de cuarenta subcampos en los alrededores que funcionaban como plantas industriales.

Auschwitz II se empezó a construir en octubre de 1941 y fue pensado como un centro de exterminio dentro de los planes de la llamada «solución final». Allí se empezó a experimentar con el gas Zyklon B. Dos granjas se habilitaron como cámaras de gas. La primera cámara comenzó a funcionar en enero de 1942. Posteriormente, y tras el desmantelamiento de la primera, se habilitó una segunda cámara que funcionó desde junio de 1942 hasta otoño de 1944. En 1943 se construyeron cuatro crematorios que disponían de una zona donde se desnudaban los prisioneros, una gran cámara de gas con duchas disfrazadas y los hornos crematorios. Según los cálculos de las autoridades del campo, morían más de mil cuatrocientas personas al día en esa cámara.

Sesenta y nueve mil judíos fueron deportados desde Francia. Los prisioneros eran seleccionados en el campo. Aquellos que no eran aptos para hacer trabajos forzados eran enviados directamente a las cámaras de gas. Los objetos personales de los asesinados se clasificaban y se mandaban a un edificio conocido como «Kanada» para ser enviados a Alemania.

Las mujeres de Auschwitz desfallecían antes que los hombres. Así, se convertían antes en un «muselmann» (musulmán). Los «musulmanes» eran aquellas personas que iban muriendo poco a poco de inanición, entre convulsiones. Las raciones de comida del campo eran insuficientes y los trabajos muy pesados. Había colas para recibir comida y a veces los últimos no conseguían nada. Había que procurar conseguir más por otros medios, generalmente «ascendiendo» en el orden jerárquico de los presos establecido por los dirigentes del campo.

A mediados de enero de 1945 las SS comenzaron la evacuación de Auschwitz, ante la llegada inminente de los rusos. Los prisioneros fueron obligados a caminar 55 kilómetros con rumbo oeste, o 63 con rumbo este. Aquellos que no podían seguir la marcha eran fusilados. Unas quince mil personas murieron en estas «marchas de la muerte». También hubo marchas desde los distintos subcampos.

El 27 de enero de 1945 el ejército soviético liberó Auschwitz. En él había siete mil personas, la mayoría enfermas o moribundas. Se estima que en Auschwitz murieron aproximadamente un millón cien mil personas del millón trescientas mil que fueron deportadas.

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Capítulo 042. Leipzig, 1914.

«Más odiosa aún que esa barbarie infantil, era el antisemitismo generalizado. Viniendo de España, donde casi no había, y de Inglaterra, donde los judíos eran ministros y pares del Reino, la impresión que me llevé fue muy desagradable.»


«Esa propaganda se ejercía con una pedantería de lo más germánica, que exaltaba el antisemitismo convirtiéndolo en una teoría y una ciencia. Con ese objetivo, reclutaron igualmente un periodismo difamatorio que no perseguía otra cosa que ganar dinero, prefiguración, veinte años antes, del Stürmer del periodo hitleriano. Revistas como el Hammer, publicado por un tal Fritsch, agitadores antisemitas profesionales, preconizaban abiertamente en su programa el exterminio de los judíos. En conjunto, sin embargo, el antisemitismo permanecía latente, sin ser todavía franco y brutal; la mayor parte de la burguesía y del proletariado se mantenía relativamente intacta. Los actores judíos eran apreciados y gozaban de una gran popularidad; de hecho, los judíos estaban excluidos de los grados superiores del ejército y de ciertos medios aristocráticos que rechazaban asimismo a la burguesía rica.»

Julio Álvarez del Vayo. (Traducido de Les batailles de la liberté. Paris: François Maspéro, 1963, pp. 47-48.)

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Capítulo 043. Periódicos.

El periódico Aufbau (Reconstrucción), publicado por la comunidad de judíos alemanes de Nueva York desde 1934 y que aún hoy sigue editándose, puede consultarse digitalizado y de forma gratuita desde la página web de la Deutsche Bibliothek junto a otros periódicos de exiliados judíos y alemanes. Hay varias noticias referidas a la suerte de los judíos en Francia y especialmente a las deportaciones que sufrieron. He aquí algunas de ellas.

23 de mayo de 1941. Deportación de 5.000 judíos no franceses residentes en París. Fueron requeridos a través de unos anuncios publicados en la prensa de la ciudad y se les pidió que fueran acompañados por sus mujeres. Una vez en las dependencias policiales, los judíos fueron detenidos y se ordenó a sus mujeres que fueran a sus casas a recoger ropa y comida para subsistir durante un día. Se les pidió que regresaran en menos de una hora. Según Aufbau, el periódico Paris Midi informaba de las escenas de histeria que se produjeron durante las detenciones. Al parecer, los judíos iban a ser deportados a un campo de concentración cerca de Orleans. La deportación se enmarcaba dentro de las leyes sobre el «nuevo orden social de la nueva Francia».

8 de mayo de 1942. La venganza de Laval, titula Aufbau un reportaje sobre el campo de concentración de Drancy, llamado por el hebdomadario «el Dachau francés». Pierre Laval, pronazi, fue varias veces primer ministro del gobierno francés en los años 30 y 40. Las redadas del Velódromo de Invierno se hicieron bajo su mandato. Según el reportaje, en el campo no había camas y había que repartir diariamente 1.700 gramos de pan entre siete personas.

24 de julio de 1942. Se informa de las prohibiciones a los judíos de Francia de regentar cafés, restaurantes, bibliotecas, etc., y se denuncian las deportaciones masivas de judíos a Polonia. Se informa que las ha llevado a cabo la Gestapo y que el número de judíos deportados es de veinte mil. Aufbau recoge la información del corresponsal del diario Tdningen, de Estocolmo y ha sido confirmada por una emisora que emite desde la Alemania nazi.
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Ese mismo día el periódico Die Zeitung, editado por los exiliados alemanes en Londres, publica esta viñeta titulada «Éste es el camino» (o «Ésta es la solución»): fusilar a los dirigentes fascistas, como Laval o Hitler.




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Capítulo 045. Auschwitz, Laurence Rees.

Laurence Rees, en su libro Auschwitz: «Las primeras detenciones de judíos extranjeros por parte de la policía gala tuvieron lugar en París la noche del 16 de julio de 1942. En el apartamento familiar del distrito número 10 se encontraban Annette Muller, su hermano menor Michel, sus dos hermanos mayores y su madre. Tras oír ciertos rumores, su padre, que era de origen polaco, había ido a ocultarse en las cercanías, en tanto que los suyos habían permanecido en la vivienda, ya que les resultaba inconcebible que toda la familia pudiese estar en peligro.

Annette, que a la sazón contaba nueve años, no ha olvidado ningún detalle de lo sucedido aquella noche. «Nos despertamos al oír llamar a la puerta con violencia. Entonces entró la policía, y mi madre rogó a los agentes que no nos hiciesen marchar. El inspector le propinó un empujón y le gritó: "¡Vamos, date prisa! ¡No nos hagas perder el tiempo!". Aquello me dejó impresionada. Durante muchos años tuve pesadillas al ver de pronto a mi madre, a la que tenía en un pe­destal, [comportarse de ese modo]. No lograba entender por qué se humilló ante ellos. Su progenitora se apresuró a extender una sábana en el suelo y comenzó a llenarla de ropa y alimentos no perecederos.

Minutos después se encontraban todos bajando las escaleras en dirección a la calle. Annette recordó de pronto que había olvidado su peine, y los agentes le dejaron volver por él siempre que «regresase enseguida». Al entrar en el apartamento, descubrió que aún había en él miembros de la policía. «Todo estaba patas arriba. Yo quise llevar [también] mi muñeca conmigo (...) y ellos me la arre­bataron de los brazos y la lanzaron con violencia sobre la cama deshecha. Entonces entendí que lo que iba a ocurrirnos no era nada bueno.»

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Capítulo 048. Manuel Chaves Nogales, París, 1940.

«A Francia habían acudido en los últimos tiempos grandes masas de hombres que buscaban en ella amparo frente a la nueva barbarie que se desencadenaba en Europa a cambio de ofrendarles sus vidas, su trabajo y sus hijos. Francia tenía a orgullo el ser tierra de asilo y se vanagloriaba de que todo hombre civilizado tuviese dos patrias, la suya y Francia. La vitalidad francesa, en decadencia, se mantenía gracias a estas intenciones [sic] constantes de sangre nueva. Cerca de un millón de italianos, medio millón de españoles, cientos de miles de checos, austriacos, polacos, rumanos, rusos, alemanes y judíos de todas las nacionalidades servían sumisos y humildes a la grandeza de Francia, sólo por devoción al mito de la Democracia. La monstruosa elaboración de los Estados totalitarios y su expansión triunfal llevaba a Francia a unas masas de humanidad que representaban una selección espiritual, una élite de todos los pueblos de Europa. A quienes los Estados totalitarios eliminaban eran los mejores, los más fuertes, los más dignos, los que habían sabido resistir, los que no se habían doblegado ante la barbarie triunfante. Francia, que hubiera podido edificar contando con ellos un Estado de una fortaleza indestructible, se dejó ganar poco a poco por las sugestiones del adversario, renegó de sí misma y de cuanto había representado en el mundo, se rindió a la coacción de la propaganda enemiga y trató como adversarios y delincuentes a quienes acudían a ella en calidad de servidores fieles del ideal que Francia había simbolizado siempre.

Yo he visto y he sentido hondamente la amarga decepción de esos cientos de miles de hombres que, perdida su patria por la expansión triunfante de la barbarie totalitaria, llegaban a Francia creyendo encontrar en ella el baluarte de la democracia y la civilización y se encontraban con un nazismo vergonzante, larvado, con el cadáver maquillado de una República Democrática en cuyas entrañas podridas germinaba la gusanera del totalitarismo.

Francia se ha suicidado, pero al suicidarse ha cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza. Entre las cláusulas del deshonroso armisticio aceptado por el mariscal Pétain hay una que basta y sobra para deshonrar a un Estado; la cláusula en que el gobierno francés se compromete a entregar a Hitler, atados de pies y manos, a los refugiados alemanes anti-hitlerianos que habían buscado su salvación en Francia y a quienes el Estado francés había utilizado sin escrúpulo en el simulacro de lucha contra el hitlerismo. La entrega al verdugo alemán de esos hombres que habían tenido fe en Francia será una de las mayores vergüenzas de la historia.»

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Capítulo 049. Los judíos de Iasi antes de la guerra.

Marcel says...

La página web de Yad Vashem en rumano ofrece una propuesta didáctica sobre el Holocausto en Rumanía para los alumnos de liceo rumanos, víctimas constantes de la desinformación histórica nacionalista. Esta es la lección titulada «La vida de los judíos de Iasi antes de la guerra», por ser ésta la que más nos puede acercar al ambiente que vivió Hermann Herscovici antes de emigrar:

«En Iasi, localidad de la provincia rumana de Moldavia, los judíos empezaron a establecerse a finales del siglo XV. La mayoría de ellos vivían del comercio local y de diferentes oficios de artesanos. Iasi pasó a ser un centro importante de la vida judía, donde existían cerca de 90 sinagogas. Era asimismo conocida por la publicación de diarios y libros judíos, en especial gracias a la familia Saraga. Al final del siglo XIX, cerca de la mitad de la población de Iasi era judía. Este período vivió el florecimiento de las actividades culturales judías, sobre todo de aquellas organizadas en grupos sionistas. En 1878 Naftali Herz Imber (1856-1909) compuso en Iasi una poesía en lengua hebrea titulada Hatikvah, que posteriormente se convirtió en el himno nacional del Estado de Israel —la melodía tiene influencias de la música popular rumana—. También en Iasi, Avram Goldfaden (1840-1908) puso las bases del primer teatro profesional en lengua yiddish. Al lado del renacimiento cultural judío se intensificó el antisemitismo local y las acciones violentas contra los judíos, sobre todo en el marco de las universidades locales. En 1930 los judíos constituían el 30% de la población de la ciudad, sumando 35.465 personas. Lazar Rozin, un superviviente del Holocausto nacido en Iasi en 1927, dice: "Tuvimos una infancia despreocupada, en la que jugaba en el patio con mis seis hermanos. Mi padre tenía una tienda en la ciudad, y mi hermano mayor estudiaba medicina. No éramos demasiado religiosos, pero manteníamos un modo de vida tradicional. Íbamos a la escuela local de la ciudad, también los sábados". Rozin recuerda que hasta el inicio de la guerra no sintió nunca un ambiente antisemita. "Con todo, en 1940 se me prohibió ir a la escuela. Los profesores judíos de Iasi, a los que a su vez se les prohibió enseñar en las escuelas del Estado, comenzaron a trabajar en una escuela para alumnos judíos, uno de los cuales era yo."»

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Capítulo 050. Sebastian Haffner, Londres, 1939.

«Hoy ya a nadie le cabrá la menor duda de que, en realidad, el antisemitismo nazi no tiene prácticamente nada que ver con los judíos, ni con sus méritos ni con sus deméritos. Lo verdaderamente interesante del propósito nazi, cada vez menos velado, de amaestrar a los alemanes para que persigan a los judíos a lo largo y ancho del mundo y a ser posible los exterminen, no es ya su justificación —un disparate tan absurdo que el mero hecho de argumentar en su contra ya implica una degradación—, sino el propósito en sí mismo. Éste constituye en efecto algo novedoso dentro de la historia de la humanidad: el intento de anular, en el caso del género humano, esa solidaridad primigenia que comparten todos los miembros de una especie animal y que es lo único que los capacita para sobrevivir en la lucha por la existencia; la pretensión de dirigir los instintos depredadores del hombre, que normalmente sólo apuntan contra el mundo animal, contra miembros de su propia especie y de “azuzar” a toda una nación contra determinadas personas, como si fuera una manada de perros. Una vez despierto el instinto básico y perpetuo para asesinar al prójimo y transformado incluso en obligación, el hecho de cambiar de objeto se reduce a un detalle sin importancia. Ya hoy resulta bastante evidente que donde dice “judíos” se puede poner “checos”, “polacos” o cualquier otra cosa. De lo que se trata aquí es de la vacunación sistemática de todo un pueblo —el alemán— con un bacilo cuyo efecto consiste en que todos los portadores actúan contra el prójimo con ferocidad, o dicho de otro modo: se trata de liberar y cultivar aquellos instintos sádicos cuya represión y destrucción ha sido obra de un proceso civilizador de muchos miles de años de duración.»

Aly Herscovitz. Cenizas en la vida europea de Josep Pla (II)

Capítulo 028. Los trenes de la muerte de Iasi.

Lo cuenta Marcu Rozen en su libro Holocaustul sub guvernarea Antonescu, cortesía del genetista y presidente de la Asociación de Judíos Rumanos Víctimas del Holocausto Liviu Beris.

«En toda Europa los judíos fueron exterminados con distintos métodos: cámaras de gas, fusilamientos, hambre, etc. Pero su embarque en vagones herméticamente cerrados (...) y su asesinato por asfixia y deshidratación fueron utilizados sólo en Rumanía».

En el verano de 1941 corrieron esa suerte unos 5.000 judíos de Iasi. Después del bestial pogromo de los días 27 y 28 de junio algunos de los supervivientes fueron hacinados en trenes de ganado cerrados herméticamente en dirección a Podu Ilioaiei y Calarasi. Es el testimonio del ingeniero Iancu Tucherman, superviviente.

«A mí me subieron a un vagón en el que íbamos 137 personas (...) En el suelo había una capa de estiércol de cuadra, sobre el que habían esparcido polvo de cal viva. Viendo que las pequeñas ventanas del vagón estaban abiertas hacia el interior, un trabajador de la estación (...) cogió una escalera y las cerró desde fuera (...) El tren se puso en marcha. El estiércol y la cal viva empezaron a exhalar mucho calor (...) Estábamos en pleno verano y el calor se hizo insoportable. Sin aire, sin agua, después de la primera media hora tuvimos la primera víctima.»

«De sed, muchos comenzaron a beberse su propia orina; otros se volvían locos tirándose contra sus compañeros, buscando de un extremo a otro del vagón con desesperación y delirio una gota de agua o una bocanada de aire. Ya no nos dábamos cuenta de quién era un cadáver y quién no. Después de nueve horas de tortura (...) el tren paró en la estación de Podul Ilioaiei. Las puertas del vagón se abrieron. Del mío bajamos sólo ocho supervivientes. El resto, 129, habían muerto sofocados y deshidratados.»

Los escasos supervivientes de los trenes de la muerte, prosigue Rozen, fueron internados en campos de concentración de Calarasi y Podul Ilioaiei, y sólo después de seis meses pudieron regresar a sus casas. Según la investigación judicial el pogromo y los trenes de la muerte se cobraron en Iasi cerca de 8.000 vidas. En la exposición sobre el Holocausto rumano de una de las sinagogas de Bucarest existen algunas listas de exterminados en los trenes. Aparecen algunos Herscovici.

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Capítulo 033. Paul Léautaud, 17 de julio de 1942 (Vel d'Hiv).
Viernes 17 de julio - ¿Hago bien apostando por la victoria de los Ocupantes?¿Cuándo los veo entregados a esos secuestros, a esos traslados masivos? si son vencedores en todos los sentidos, ¿a qué excesos de fuerza no se entregarán tal vez? El exceso de desorden, de escándalos a la luz del día o a escondidas, de tendencias demagógicas en discursos o en actos, de falta de sentido moral en los escritores, en los que se llama hoy en día el ancien régime, todo lo que uno puede imaginarse que volvería, y quizá acrecentado, en caso de victoria de los otros, hacen que nos inclinemos de su lado. ¡Pero cuánto desconocimiento hay! Lo digo a menudo: ¿cuántos franceses se dan perfecta cuenta de la situación de Francia, presente y futura, sin contar con lo que se ignora, sin contar con lo inesperado posible? Cuando el pensamiento se detienen en esa guerra de 1939, en sus causas, sus efectos presentes, sus continuaciones posibles: políticas, sociales, económicas, - un acontecimiento considerable.

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Capítulo 036. Victor Klemperer, 18 de julio de 1942.

Eva tuvo ayer una especie de ataque gripal con algo de fie­bre. Por la tarde se acostó y hoy, durante el desayuno, se ha quedado en la cama. Después ha tenido que ir a la ciudad, aquí no había nada de comer para ella. En lugar de sentir compasión, ayer sólo me obsesionaba una cosa: si hoy esta­ría en condiciones de levantarse. Esta mañana ya no tenía fiebre, sólo estaba molida: la caminata no le ha sentado mal, y esto es lo único bueno que puedo consignar sobre el día de hoy. La escasez de comida ha llegado a un punto álgido, no sabemos a quién mendigar, no sabemos cómo remontar la semana que viene. Eva también está en muy mala situación, no tiene cupones de grasas ni de pan, y, entre las doce y la una, el “plato único” está reservado para «los que trabajan». Los dos estamos pasando un hambre terrible.

Una tarjeta de Trude Scherk: el estado de Grete ha em­peorado, no saldrá ya del hospital; eso es, en cualquier caso, lo que le ha dicho a ella Anny Klemperer (que a mí ya no me escribe), puesto que ella, Trude, ya no logra recorrer el camino hasta el hospital: ¡dos horas y media a pie! No puedo desear a Grete nada mejor que una pronta salida de este mundo. Los Marckwald me dieron el jueves pasado una bolsa de patatas, diciendo que seguramente ya no eran co­mestibles. Efectivamente, olían muy mal y estaban repug­nantemente húmedas. Pese a ello hoy he cepillado y hervido como la mitad de las que traje, las que todavía estaban un poco enteras. Y de algunas, en efecto, se han podido comer algunos trozos. Repugnante. Hoy todo el día en faenas do­mésticas, también, para aliviar un poco a Eva, he fregado la escalera.

Por la mañana he leído las Memorias de Siemens.

Por la tarde, Steinitz aquí. De pronto muy envejecido, muy deprimido. Me previno otra vez contra Seliksohn; dice que todos tienen el mismo juicio negativo sobre él. (Pero nadie dice qué fechorías ha cometido o piensan que ha cometido.)
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Capítulo 038. Sebastian, Tricolorul, Manea.

Ştefanescu, Popovici articulated in very specific terms the real import of the "Sebastian revelations":
The issue is the participation of some of our great spirits (Eliade, Noica, Cioran) in the extreme right wing movement . If Mr . Ştefanescu has read these authors — and I don't doubt that he has, if he considers them representative for our culture—and I suspect that he does, if when he read them he identified with them spiritually at least in part, if he admits that they left their mark through their oeuvre upon us, then the shame of which I was speaking . . . "extends in truth over a whole period our culture and national history, and its shadow casts itself upon you also."