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La honrilla

Arcadi Espada.



El caso del expresidente Camps está llamado a formar parte de las antologías de la injusticia, el disparate y la vergüenza mediática. Pero a veces da risa.
Este titular del periódico:




Y lo fácil (y lo ético) que habría sido titular con algunas de las respuestas del testigo. Por ejemplo:
«Don Francisco Camps, presidente de la Generalitat, no tiene contacto conmigo.»
O con la totalidad de las preguntas y las respuestas sobre Camps:
«Juez.- Señor, ¿le parece alocado que alguien haya ido a hablar con don Francisco Camps para proponerle esto, tratándose del señor Urdangarin? ¿Le parece ilógico, anormal?
L.B.- No, a mí no me parece ilógico, pero...
Juez.- Fue a hablar con don Jaume Matas en las Islas Baleares. ¿Qué le hace pensar que aquí va a tratar a nivel inferior?
L.B.- Pero, Señoría, yo vengo aquí para explicar lo que sé, no de lo que supongo que puede pasar.
Juez.- ¿Usted no recibió ninguna indicación, ningún consejo de don Francisco Camps, de alguna persona de su entorno?
L.B.- No»
¿Qué quieren de Camps ahora que su vida política está ya destruida?
Eh... La honrilla. Si Camps tiene intacta su honra a ellos les vale con la versión mini. Demostrar, con el calzador que sea necesario, que el periodismo tenía razón.  

Ficción vs verdad

Arcadi Espada.

Este es, desde luego, la razón por la que he puesto una vez más a tu consideración el enojoso, pero cada vez más vertebral asunto, de los cruces entre realidad y ficción. Que la ficción produzca efectos reales es el único motivo que lleva a tomarla seriamente. Y en este sentido Colosio. El asesinato no es una novedad. La novedad es que esta «ficción basada en hechos reales» contradice la verdad judicial establecida sobre el asesinato de Colosio, y lo hace con la magnífica y vil impunidad a que la ficción se acoge. Si los promotores de la película hubiesen exhibido sus tesis en algún ámbito donde rigiera el pacto de la veracidad se habrían visto obligados a presentar sus pruebas y a documentar sus afirmaciones, so pena de verse llevados a juicio. Pero la ficción les exime. Observa bien el animalito pleonásmico: basado en hechos reales. Ante el público, el tal Bolado remarca los hechos, porque así funciona el comercio; ante el juez remarcaría la ficción, no fuera a costarle caro el negocio. Y es que en nuestra época la moral depende. 
Así pues solo hay una solución, en nombre del Estado de Derecho. Prohibir la exhibición de Colosio. El asesinato y perseguir judicialmente a sus promotores si insisten en divulgar sus manejos ficcionales. Y hacer lo propio con cada asunto donde la veleidad ficcional desafíe la verdad anteriormente establecida en un juicio, siempre y cuando exista, claro está, un perjudicado que levante la mano. Creo que en este caso son los ciudadanos mejicanos los que deberían levantar la mano. La ficción ha conseguido su sucio propósito de entreverarse con la verdad. De acuerdo. Ha llegado el momento de reconocerle su estatus y de tratarla como pide y merece. Una ficción que utiliza nombres propios y hechos identificables para socavar la legitimidad de una sentencia no es una ficción sino una calumnia y como tal debe ser manejada.

Dejando las cosas claras

Álvaro de Marichalar.



Querida doña Pilar,
Con lo simpática que estuvo usted conmigo el día que la conocí, buena mujer... Qué feo lo que ha escrito usted sobre mí en La Vanguardia, qué feo. Pero bueno, vamos a ver si lo arreglamos un poco.
Ya supongo que estar a su nivel intelectual es tarea casi imposible, pero déjenos pensar un poco a los que no pensamos como usted, por favor. No intente anularnos de entrada. Encerrarnos en un sector. Darnos sentencia. Todo eso está hecho fatal. Y tampoco se sulfure tanto; ni se equivoque tanto; ni insulte tanto.
Ay Pilar, Pilar... Qué nombre más bonito, por cierto. Supongo que sabe lo que decimos en Catalunya, mira't a tu i no diràs mal de ningú! Resulta evidente que quien insulta anda mal de argumentos. Y la verdad es que en su brillante artículo hay de todo, menos argumentos. Pero yo voy a darle alguno ahora. Y además, con todo cariño, respeto, tranquilidad y consideración. 
Mire usted, trabajo muy duro desde los 20 años. Estudié administración de empresas en EE.UU., tras hacer el servicio militar como voluntario en el Ejército del Aire (aunque podría haberme librado al ser huérfano de artillero). En la universidad americana, trabajaba en la cafetería varias horas al día para ayudarme a pagar los estudios. Al regresar a España, monté la empresa TeleSat, pionera en la venta e instalación de antenas parabólicas. Me fue muy bien, aunque fueron años de trabajo intenso donde por las mañanas vendía antenas encorbatado y, por las tardes, las instalaba con mis empleados subidos por los tejados de Barcelona o Bilbao. Seis años más tarde monté otra empresa, esta vez de telefonía móvil (también pionera en España). Paralelamente, comencé a hacer negocios inmobiliarios (llevo 25 años en esta actividad) especializándome en atraer inversores europeos a comprar propiedades en España.  
Hace tres años fundé otra compañía, ésta dedicada a la compra de teléfonos móviles usados que luego arreglamos y revendemos en países emergentes. Conozco lo que significa vivir en la oficina. Literalmente, dormir en la oficina (en el suelo) durante meses con jornadas de 20 horas. Sé qué es arriesgarlo todo; la frustración del fracaso empresarial y también la alegría del éxito soñado, buscado, luchado, merecido y logrado. Asumo riesgos desde siempre. En todo. Mis expediciones son mi recreo y premio, pero como es lo único que trasciende a quien no quiere molestarse en informarse bien, pues efectivamente nos encontramos con sus vacuos, simplones y estériles comentarios.
Sobre lo que afirma que "me aprovecho", estamos en las mismas. Es sencillísimo soltarlo sabiendo que no voy a poder defenderme. Pero fíjese, desde 1982 que empecé a navegar he realizado 38 travesías consiguiendo 11 récords del mundo. Las hago por pasión, afición y amor al deporte y la expedición. Siempre supeditando el apoyo de los patrocinadores al éxito de mis desafíos, asumiendo yo personalmente el 100% del riesgo financiero (además del de la propia vida), siendo el único expedicionario o deportista que conozco que actúa así. Ya me dirá usted a mi dónde me aprovecho yo y en qué. 
Quizá le parezca que a nivel social el matrimonio de mi hermano menor me ha podido beneficiar. Pues mire usted, no sólo no me ha beneficiado en absolutamente nada, sino que ha supuesto una verdadera losa en mi vida. Una auténtica desgracia para mí, ya que me supuso pasar a ser "conocido" para el gran público, algo que representa un calvario para quien nada tiene que ganar en ése ámbito como es mi caso: no soy cantante o actor, ni me dedico a una profesión que necesite de la fama para triunfar. Ya me dirá para qué me sirve a mí la fama cuando intento convencer a un ruso para que compre un apartamento en Salou... Y en mi vida deportiva, sólo me sirve la fama conseguida por mí mismo en ese ámbito. Es lo único positivo para mi autoestima y para mis patrocinadores (que en todo caso apuestan a caballo ganador, con lo que no les afecta). 
A nivel de mi ámbito social o empresarial, ya era conocido (en el pequeño y limitado entorno interesante para mí) antes de ese matrimonio. Algunas veces, en los 80, la prensa económica me trataba como “joven empresario” cuando monté TeleSat u otras empresas. Jamás fui elhermano de nadie. Y en el ámbito deportivo, lo mismo. Si mira en las hemerotecas comprobará que la prensa deportiva me llamaba en 1992 "El Induráin del mar" o "El otro Induráin" por mis travesías, que inicié 14 años antes de ese matrimonio...
Socialmente y moralmente estaba en el mismo lugar donde estoy hoy. Seguro que influye la enorme suerte de haber tenido los padres que tengo y también los abuelos. El materno fue un magnífico y ejemplar Magistrado del Tribunal Supremo y el paterno, ministro de Fomento, de Guerra, Alcalde de Madrid, Académico y Diputado en tiempos de Alfonso XIII. Tengo el mismo tipo de amistades y quiero a la misma gente. También conduzco el mismo coche desde hace 25 años. Insisto, ya me dirá usted de qué me aprovecho, cuándo, cómo y de qué manera... Porque usted lo suelta y ahí queda. Fuerte desgracia...
Ahora vivo con mi mujer en Rusia porque ella no aguanta de los españoles demasiadas actitudes, insultos, envidias y mala energía como la que destila a borbotones su artículo contra mí. Algo con lo que también ha conseguido hacerle daño a ella. Yo ya estoy vacunado, llevo aguantando desde el 95. Pero ella no. Aquí sí le voy a exigir una reparación.
Vayamos al motivo de sus nervios. Ustedes, los de la casta, no están acostumbrados a que nadie se ponga en pie. Han logrado crear un pensamiento único y que nadie les tosa. Reescriben la historia y lo mismo hablan de 1.000 años de "historia propia" como esconden lo que ocurrió en la Puerta del Sol el 12 de Abril del 31 (no el 14, sino el 12). Amedrantan a quien se sale de sus líneas; su artículo hoy es viva muestra. Pero todavía hay personas dispuestas a vivir en libertad. Gracias a Dios.
Por eso, el pasado miércoles en Moscú le dije al conseller algo tan sencillo como que en mi opinión sería más bonito, justo, lógico, inteligente y rentable, promocionar Catalunya en Rusia dentro del pabellón de España. Y esto les está sacando a ustedes de quicio. ¡Pero es algo muy fácil de entender y de puro de sentido común! Por muchas razones. Entre otras, para ahorrar costes (empleados, viajes, dietas, alquileres, etc.). Ya sabe que estamos en quiebra y lo que pasa en los hospitales. Para aprovechar la "marca España" (conocida por todos los rusos).
Y como me decía un turoperador de Moscú que venía conmigo, mandar un mensaje al turista ruso de que en España está Barcelona (por ejemplo). Porque tiene que entender usted (le guste o no le guste) que al turista ruso lo que le hace ilusión es ir a España. Es lo que le apetece. La idea de viajar a España es un sueño para muchos rusos. Vivo aquí y lo sé. Es así de simple. Es lo que me comentaba, frustrado e incrédulo, el turoperador ruso. ¡Por qué renunciar a ésa realidad! 
Y por supuesto que al ruso también le hace toda la ilusión ir a Barcelona. Y a Sevilla. Y a Palma o Madrid. Y no pasa nada, porque España es de Catalunya y de los catalanes. España es propiedad de las personas que viven en Barcelona o Cadaqués. Igual que España es al mismo tiempo la propiedad de las personas que viven en La Palma, Santurce, Vigo, Granada o Formentera.
Le invitaría a que reflexione y corrija su error de hoy. Será más libre y feliz. También mejor persona. Y si además, quiere disculparse, eso la honrará. En todo caso, yo de antemano la perdono de corazón.
Se me olvidaba agradecerle el piropo de "adolescente permanente", lo único que he de puntualizar es que “no voy” de adolescente permanente como usted dice; soy un adolescente permanente. Y lo logro manteniéndome joven y con ilusión. Estoy encantado porque con 50 me echan 35. Las claves son dos y se las voy a decir: 1. No hacer nunca daño a nadie e intentar ayudar al débil siempre. 2. Estar enamorado de una persona de alma buena, inteligencia clara y mirada limpia, mi mujer Ekaterina. Y de paso, no fumar, no beber, hacer deporte, comer sano, beber mucha agua, no tomar nunca en serio a quien insulta, etc.  
Un abrazo.

A Sangre Fría de Capote

Arcadi Espada.



Ahora que se cumplen veinte años de la muerte de Capote y cuarenta de A Sangre Fría se ven obligados a repetir las habituales sandeces. El maldito. Un hombre terrible. Lo peor de A Sangre Fría no es que Capote escribiera su autobiografía indecente sobre la espalda de uno de los asesinos. O que equiparara moralmente el asesinato de la familia Clutter con la ejecución de los culpables. En absoluto. Para todo eso bastaba con meter a Capote en la cárcel. Y ya lo metió Tompkins escribiendo In Cold Fact (Esquire 1966). Estas palabras de Tompkins: “Capote has, in short, achieved a work of art. He has told exceedingly well a tale of high terror in his own way. But, despite the brilliance of his self-publicizing efforts, he has made both a tactical and a moral error that will hurt him in the short run. By insisting that “every word” of his book is true he has made himself vulnerable to those readers who are prepared to examine seriously such a sweeping claim.” Lo peor está en el texto. Que inventara la escena final del encuentro en el cementerio entre el sargento Dewey y Susan Kidwell… quiá. Peor es que fuera capaz, el terrible Capote, envenenada orquídea, de escribir lo que sigue. Bien es verdad que mejorada la hazaña por la traducción de Rodríguez:
“—Yo me he alegrado también, Sue. ¡Buena suerte! —le gritó mientras ella desaparecía sendero abajo, una graciosa jovencita apurada, con el pelo suelto flotando, brillante.
Nancy hubiera podido ser una jovencita igual.
Se fue hacia los árboles, de vuelta a casa, dejando tras de sí el ancho cielo, el susurro de las voces del viento en el trigo encorvado.”
Así acaba A Sangre Fría. Así la acabó aquél, “alto como una escopeta e igual de ruidoso”. El abyecto. El pelo suelto, flotando, brillante. Aquel vendedor de prosa sunsilk.

Ciencia de la nostalgia

Arcadi Espada.



  Querido J:
Hace un par de semanas volví a pasar por la experiencia, a través de dos hechos distintos pero que evocaban el mismo tiempo perdido. El primero fue el proyecto del cineasta Iñaki Arteta de rodar una película sobre la peor época de la democracia española frente al terrorismo de ETA, aquel 1980, donde mataban a un hombre cada sesenta horas. El segundo, la ritual evocación(aunque más moderada este año, de número puntiagudo: se ha cumplido el 31 aniversario) del intento de golpe de Estado del 23 de febrero. A medida que esos años van alejándose de mis años se hace cada vez más patente el estallido de una bomba de neutrones sentimental que se lleva la mugre, la fealdad y los malos recuerdos de entonces para dejar un paisaje dorado, armónico y de un considerable poder de seducción. Verás hasta qué punto llegan la bomba y sus efectos, si te confieso que me descubrí embobado sobre la fotografía que reproducía este periódico donde te echo las cartas, y que mostraba a su director en el momento que la autoridad, militar, por supuesto, lo expulsaba del juicio de Campamento: guapo y frágil, pensé, o sea que te insisto sobre la potencia de la explosión.
Obviamente, la experiencia en sí nada tiene de singular; forma parte de la conciencia más elemental de los hombres y ha ido dejando marcas en la lengua: los buenos viejos tiempos y la certeza refranera de que cualquier tiempo pasado mejor. Un asunto interesante y algo más específico es el avance gradual de los neutrones sentimentales sobre el territorio del pasado. Hace años el poeta Pere Gimferrer, en una agradable conversación sobre la literatura y la vida, daba ya casi por personalmente amortizada la luz complaciente de su memoria sobre el territorio de los años sesenta, mientras me subrayaba que los setenta pata de elefante empezaban a situarse bajo su foco meloso. Aunque no lo explicitó era evidente que eso significaba que aquellos años empezaban a estar dispuestos para que la literatura, tal vez liberada de la crónica, empezara a extender su dominio. La literatura, y en especial la ficción, parece ser la beneficiada principal de este indeleble rasgo humano, que ha utilizado de todas las maneras posibles. Incluidas las puramente ridículas, como esa Midnight in Paris, cuyo guión acaba de recibir un Oscar. Una discusión pendiente es si esa característica de la mirada retrospectiva, al margen de las emociones que procura, ha aportado conocimiento sobre los hechos del pasado y sobre el propio sujeto que los evoca. Pero ahora no me interesaba la discusión literata, sino la propia materialización del fenómeno. Amígdalas, lóbulos prefrontales, cortezas cinguladas, ¡la nueva poesía de la experiencia!
Una de las características de la búsqueda intelectual en nuestro tiempo es que las expectativas siempre se ven colmadas. A los pocos pasos de empezar la búsqueda ya me había topado en la red con una ciencia de la nostalgia, en la que trabajaban médicos, psicólogos, neurocientíficos. Descubrí que un Petr Janata estaba especializado en una investigación sobre la música y los recuerdos: al parecer hay un región cerebral que entrelaza específicamente la banda sonora con los hechos de nuestra vida. Como mediante ese entrelazamiento la música permite ver caras, y como además esa región es una de las últimas que resultan afectadas por la pisada del monstruo del Alzheimer, el doctor Janata sugiere que a las terapias convencionales contra la enfermedad se añadan reproductores mp3. Leí también que la doctora Laura Carstensen, de Stanford, se había especializado en el llamado positivity bias,que explica por qué los ancianos eligen, en sus recuerdos pero también en sus experiencias presentes, los hechos amables. Esto me interesaba específicamente. No pude localizar a la doctora Carstensen, pero sí a un colega de Duke, el doctor Roberto Cabeza, que conoce bien sus estudios y ha añadido algunos propios en un sentido parecido. Le pregunté a Cabeza si podía verse la explosión cerebral de los neutrones sentimentales:
—Lo que hemos encontrado, a medida que las personas envejecen, es un incremento de las conexiones funcionales entre la amígdala, asociada a las emociones, y el lóbulo frontal, que se asocia al control de los fenómenos cognitivos. Esto concuerda con las ideas de la doctora Carstensen de que los ancianos usan procesos de control para evitar las emociones negativas.
Es decir, que el lóbulo frontal filtra las emociones negativas de la amígdala, dejando el recuerdo bañado de la luz característica de las películas del cineasta Garci. Un fenómeno de protección, de pura estrategia de supervivencia, como era de esperar. Lo sorprendente, según el doctor Cabeza, es que no es asunto solo de viejo:
—Estudios con personas más jóvenes, afectadas real o imaginariamente por enfermedades fatales, sugieren unas interacciones similares entre la amígdala y el lóbulo frontal.
Es interesante pensar que sobre esa aduana emocional se haya escrito buena parte de la historia de la literatura. Más inquietante es que no se trate solo de la literatura. El pasado áureo, convertido en emoción colectiva, está enquistado en las ideologías más dañinas, singularmente en el nazismo, y ni que decir tiene que cualquier forma de nacionalismo se funda en ese territorio mítico. Y también tiene una derivación más inesperada, como la que atañe a la llamada memoria histórica. El periodista David Rieff, muy conocido por haber escrito una crónica sobre la muerte de su madre Susan Sontag, es el autor deAgainst Remembrance, un librito que no ha sido traducido al castellano y del que solo tengo noticias indirectas a través de dos comentarios, uno de Fernando Savater, en El País, y otro de Sebastiaan Faber en FronteraD. Pero bastan esas noticias para lo que ahora me interesa. Este párrafo concreto de Savater, que explica uno de los rasgos de la crítica a la memoria histórica que hace Rieff: «La historia no es un menú del que se pueden incluir los platos sabrosos y excluir los indigestos, pero la memoria colectiva selecciona, sacraliza y mitifica de acuerdo con el narcisismo del grupo y sus ambiciones del momento.» Es tentador observar en ese movimiento del grupo el mismo mecanismo que actúa en la memoria individual. Y concluir que como en el caso del hombre individual las naciones, los partidos políticos y cualquier otro músculo colectivo acuden a él también para sobrevivir.
Sigue con salud
A.
(El Mundo, 3 de marzo de 2012)

Votar contra la verdad

Arcadi Espada.



Me resultan enternecedores los ahorcamientos que se inflige la izquierda vasca con la cuerda de la verdad. Aunque, naturalmente, no sean de extrañar. Tantas décadas mintiendo y mintiéndose no presagian una relación directa y fácil con la desconocida. Hace un par de días esa izquierda publicó un documento llamado «Construyamos la paz en el proceso democrático», donde la verdad venía y revenía como la marea de un váter atascado. Hasta el punto, en un momento dado, en que el patriota redactor hubo de emplearse a fondo: «Tal y como señala un proverbio zulú, toda la verdad es amarga pero necesaria.» Es irse muy lejos. Investigué si algo había tenido que ver Kofi Annan; pero el mediador es ghanés, de la etnia fante. Es irse muy lejos, teniendo a Quevedo, el antisemita y el amargo, a un tiro de piedra vasca. Pero en cualquier caso coincido con el pueblo zulú e incluso con el abertzale: la verdad es necesaria. Ahora bien: me temo que el patriota redactor está hablando de otra cosa: él quiere armar una Comisión de la Verdad sobre lo sucedido en el último medio siglo vasco que sea «la suma de diversas e incluso (sic) de diferentes verdades.»
El nacionalismo vasco, en cualquiera de sus formas, aspirará a que las verdades estén representadas en esa comisión «ad hoc» del mismo modo que  las opiniones están representadas en cualquier parlamento. Nosotros, a la verdad, le llamamos aquí mayoría, qué te crees. Sin embargo, las verdades nunca suman. Solo encajan. Jamás mezclan con la aritmética. Dado su gusto antropológico el patriota redactor podría haber recordado que en la Edad Media el 95 por ciento de las personas creía en la brujería; y que, en consecuencia, solo el 5 por ciento estaba en la verdad. La aritmética, por el contrario, mezcla bien con las opiniones; y es por eso que ningún impedimento lógico podria frustrar la creación de una bonita Comisión de las Opiniones Zulúes.
Pero de la verdad mejor que vayamos olvidándonos. Las comisiones de la verdad las organizan las víctimas, después de que sus ideas hayan vencido tras un largo camino de sufrimiento. Y este no es, en absoluto, el caso. En el País Vasco las ideas de los agresores son las que gobiernan y, sobre todo, las que van a gobernar. El pueblo vasco votará, ya ha votado de hecho en la provincia de Guipúzcoa, para que la verdad no se conozca. Al pobre pueblo podría dolerle que no siguieran plenamente operativas las inmorales falacias, y la principal: la de que el terrorismo fue la agresión de una minoría violenta contra el conjunto del pueblo vasco. (¡Minoría! ¡Ahí está la minoría encaramada!)
Y como se sabe y se entiende la primera obligación de un patriota y un demócrata es cumplir escrupulosamente el  mandato de su pueblo.
(El Mundo, 28 de febrero de 2012)

La verdad y la justicia

Arcadi Espada.



   
Querido J:
Un párrafo de la sentencia del Tribunal Supremo que condena a Baltasar Garzón dice: «La pretensión legítima del Estado en cuanto a la persecución y sanción de las conductas delictivas, solo debe ser satisfecha dentro de los límites impuestos al ejercicio del poder por los derechos que corresponden a los ciudadanos en un Estado de derecho. Nadie discute seriamente en este marco que la búsqueda de la verdad, incluso suponiendo que se alcance, no justifica el empleo de cualquier medio. La justicia obtenida a cualquier precio termina no siendo Justicia».
El párrafo alude a las escuchas ilegales de las conversaciones entre los letrados y los acusados del caso Gürtel que el juez Garzón ordenó. La orden vulneraba un importante reducto de secreto: el que vincula a un acusado con su defensor. Hace algunas noches, en el Tirsa y en una de las impagables conversaciones sobre la justicia y la vida que mantengo con él desde hace años, el abogado Javier Melero decía que en el ordenamiento jurídico español, donde un acusado no puede defenderse por sí mismo, un abogado solo es alguien que articula (exactamente) la versión que el acusado tiene de unos hechos en los que ha participado. «Yo diré lo que el acusado me dice que diga, con los artículos del Código», concluía mi amigo. Por lo tanto interceptar este tipo de conversaciones debe de ser como meterse en un soliloquio: una violación del derecho a la más profunda intimidad concebible.
Tú tienes buen oído y no se te habrá escapado el sutil cambio de melodía que se advierte en el párrafo de la sentencia. Rebobina y oigamos juntos cómo empiezan hablando de la verdad, de la búsqueda de la verdad, y terminan hablando de la Justicia, en mayúsculas. Imagínate ahora que el magistrado hubiese escrito así la frase final: «La verdad obtenida a cualquier precio termina no siendo verdad.» Nadie suscribiría esa proposición. Lo que valepara la justicia no vale para la verdad y ahí se sitúa la durísima discrepancia entre los jueces que han condenado a Garzón y la opinión política y mediática que lo defiende.
Antes de seguir quiero hacerte una salvedad. No siempre la opinión socialdemócrata ha estado en contra de los procedimientos. ¡Depende de los fines, como le es propio! Lee el fino trocito editorial de nuestra prensa que incluía ayer el comentarista González en su blog: «Ningún fin, ni siquiera el de conocer toda la verdad sobre los GAL, justifica pasar por encima de los procedimientos. El principio de que no todo vale rige tanto en la lucha contra el terrorismo como en la investigación de los delitos cometidos a su amparo.» Entonces era octubre de 1995, y Garzón instruía el sumario del atentado en el bar Monbar.
Pero el doble rasero no debe desviarnos de lo nuestro. Ahora lo nuestro es el supuesto enfrentamiento entre verdad y justicia. Como sintetizaba profesoralmente Melero «la justicia solo es un procedimiento reglado para obtener la verdad.» Las reglas, naturalmente, tienen que ver con el respeto a los derechos individuales. Pero a mi juicio tienen que ver, sobre todo y al fondo, con la verdad. La necesidad de que un reo y sus abogados puedan hablar libremente no solo se sustenta en la moral, sino también en la técnica. Todo el escenario jurídico, incluido el derecho a la defensa, tiene por misión facilitar la búsqueda de la verdad. Ciertamente el objetivo primero del abogado no es la verdad de los hechos, sino la defensa de su cliente; pero suponer que su presencia en el escenario no contribuye al establecimiento de la verdad sería como negarle a las mentiras su paradójica capacidad de convicción sobre lo que es verdadero. Ahora bien: que el derecho a la defensa sea, genéricamente, una garantía más de acierto en la búsqueda de la verdad no presupone que en circunstancias particulares no pueda entorpecerlo. El sistema trata de asegurar su eficacia genérica, pero lógicamente no es perfecto; a veces, astutamente, las mentiras dejan de servir a la verdad y la sustituyen.
El juez Garzón se saltó las reglas para tratar de llegar a la verdad. Los propios abogados defensores del caso lo reconocieron cuando declararon que a partir de la intervención ilegal de sus conversaciones, y desveladas así las estrategias de la defensa, el juez empezó a manifestar una clarividencia y sagacidad instructoras realmente notables. Por desgracia el problema de saltarse las reglas en la justicia no tiene las mismas consecuencias que las de saltárselas en el fútbol. Un gol en fuera de juego no es un gol, pero la verdad obtenida ilícitamente sigue siendo verdad. Sí, oigo a Melero: «El precio que una sociedad habría de pagar por usar estos procedimientos en la búsqueda de la verdad sería inasumible.» Lo oigo. Y tiene razón. Como el precio es inasumible, la condena de Garzón me parece justa.
Hay otro precio. El sistema no es perfecto. Los beneficios generales no impiden perjuicios particulares. Así pasa con todo. También con el periodismo. Para obtener la verdad el periodismo no solo tiene que acudir a la inmoralidad  —el periodismo es una inmoralidad ontológica, copyright Janet Malcolm— sino también a la ilegalidad. Estos son los dramáticos inconvenientes de un mundo imperfecto. No solo la verdad; incluso el bien puede quedar afectado. Es probable que los protagonistas del caso Faisán persiguieran, con sus reglas torcidas, objetivos dignos. Como quizá sepas, el sistema jurídico contemporáneo incluye las llamadas causas de justificación: la previsión de que se utilicen procedimientos abyectos para fines nobles. Cuando se invoca esta causa el juez debe examinar si el beneficio obtenido por la consecución del fin era mayor que los perjuicios causados por el quebrantamiento de las reglas. Un asunto muy complicado. Yo echaré mi cuarto a espadas. ¡Solo faltaría! No en la fijación de esa objetividad. Sino en una llamativa cuestión subjetiva.
El otro precio. No querría negarle a Garzón sus buenas intenciones. Su íntima creencia de que la desarticulación de la trama Gürtel justifica el quebrantamiento del derecho a la defensa. Pero habría contribuido a convencerme si, una vez impuesto el precio del desajuste entre la verdad y la justicia, Garzón lo hubiese aceptado con sobriedad y acatamiento. (Tristemente, no hay mayor diferencia entre lo que el juez ha dicho y laespumosa carta que escribe su hija en su defensa). En esa frustrada madurez de respuesta habría yo visto al hombre que sabe que la verdad tiene un precio y que es el hombre y no el sistema el que ha de pagarlo. Y habría percibido con total y jubilosa claridad la diferencia entre un héroe y un ventajista.
Sigue con salud
A.
(El Mundo, 11 de febrero de 2012)

Todo por la verdad y para la verdad pero sin la verdad

Arcadi Espada.


Mi opinión es que el periodista puede hacerlo todo para descubrir la verdad. Y él sabrá cómo lidia luego ese propósito con su moral y con las leyes. Esto incluye, por supuesto, mirar por el ojo de la cerradura o pegar la oreja a una puerta detrás de la cual se está produciendo una conversación importante. Lo que hoy llaman, más o menos, filmar con una cámara oculta o fisgonear en la pantalla del móvil de Rubalcaba. La única precaución que hay que tener siempre presente en estos últimos casos es que no por estar oculto algo es más verdad. Noticia no es aquello que alguien quiere ocultar, sino algo que alguien quiere ocultar y es verdadero. Los fragmentos de la realidad obtenidos subrepticiamente deben pasar el mismo chequeo que los que se obtienen de modo convencional.

Lo que me parece mucho más problemático es que el periodista construya una escena, la filme y ofrezca luego su narración sobre un hecho que no existiría sin él. O sea lo que parece ser el caso de esta sentencia del Tribunal Constitucional sobre la que no he sido capaz de encontrar más información de la que se ofrece, parva, en la sentencia. El periodista se ocupa de los hechos que suceden o han sucedido; y el hecho que describe un periodista camuflado (se trate de Günter Wallraff o de Lidia González Hermida) cuya participación es imprescindible para que la secuencia exista es siempre una ficción, de la cual sólo pueden extraerse las acostumbradas consecuencias verosímiles. Sí, es posible que la esteticién haga con sus clientes lo que le está contando al periodista disfrazado; pero de momento lo único que sabemos es que está haciendo esto con alguien que no es su cliente; con alguien que mediante engaño le induce a comportarse de un modo determinado. Todo por la verdad y para la verdad, pero sin la verdad. Un factoide. Un posado. ¡Un autoposado! Un periodista no debe nunca dar cuenta de un hecho que no se habría producido sin estar él activamente involucrado. En realidad, buena parte del éxito de cualquier narración periodística consiste en descontar (o en subrayar) todo los párrafos de un suceso que se originan a partir de la súbita llegada de la prensa. El ideal periodístico es el de la invisibilidad y esto, pardójicamente, sólo se consigue o saliendo de la escena o subrayando en qué medida la presencia del periodista es «creadora»: caso canónico del llamado género de la entrevista. Es decir todo lo contrario de esos textos periodísticos que, siendo imprescindible para la comprensión de su significado recto, no aclaran que las palabras de alguien se produjeron a consecuencia de la intervención de un periodista. Esos textos, en suma, que hurtan las preguntas y las inducciones consiguientes.


La verdad, asunto de Estado

Arcadi Espada.



Francia va a castigar penalmente la negación del genocidio. No es el primer país que castiga determinadas mentiras sobre la historia. La gran mayoría de mentiras sobre la ciencias naturales tienen consecuencias tan inmediatas y drásticas que hacen inútiles los tribunales. Nadie discute los cálculos que permiten a un avión elevarse. Pero en las ciencias sociales siempre hay margen para mentir, con independencia de que las mentiras sean igual de redondas e irrevocables que las científicas. No todas las mentiras sobre la historia tienen el mismo efecto. Si alguien dijera hoy que Cartago destruyó Roma sería llevado al psiquiátrico y no a la cárcel. Pero no sucede lo mismo, para poner el ejemplo canónico, con los crímenes nazis: hay mentiras que operan dañinamente sobre la actualidad. Se argumenta, en nombre de la libertad de expresión, que los estados no deben perseguir las mentiras. Pero estas almas bellas no siempre se rebelan cuando desde los estados se propagan y se imponen las mentiras, y cuando con ellas se diseña la política de los gobiernos: de tan obvio y tan próximo, casi no es necesario subrayar hasta qué punto los gobiernos nacionalistas españoles se han identificado con esta conducta. La verdad es siempre vulnerable, aunque solo sea por inferioridad numérica: sobre cualquier hecho hay una sola verdad y mentiras innumerables. La situación se ha agravado con internet y el eco exponencial que obtienen los relatos falsos: la verdad no suele gozar de la plusvalía de la novedad y las mentiras suelen ser más excitantes que anodinas.
En estas condiciones la pregunta clave es si la verdad es un bien a proteger, como los tigres blancos o los glaciares, y si los ciudadanos tienen derecho a reclamar  protección contra las mentiras, empezando, claro está, por las mentiras fabricadas por los propios gobiernos. Pocas cosas tienen un sentido público tan necesario e indiscutible como la verdad. Ese sentido, por ejemplo, que ha alumbrado instituciones incluso privadas como la de la Enciclopedia Británica, y cuya vigencia debe defender cualquier propósito político razonable. Tentado estoy, dada mi filiación orwelliana, a reclamar un ministerio de la Verdad. Pero también me conformaría con una dirección general dependiente de un verdadero ministerio de Educacion. El ciudadano una y mil veces mentido, que no sabe muchas a veces a quién o a dónde acudir para saber a ciencia cierta, tiene derecho a disponer, también en este trámite, de su ventanilla. Única, desde luego.
(El Mundo, 31 de enero de 2012)

Sólo sigue siendo una metáfora. Arcadi Espada

Parece que un Dan Porat pasó cinco años buscando al niño del gueto de Varsovia. No lo encontró. Bueno, bien, sucede muchas veces.

Lo sorprendente es que escriba esto, no sé si antes o después de narrar en un libro su búsqueda.

«Había llegado a una vía muerta. El niño no era Issy, no era Tsvi, tampoco era Pesach, ni ninguno de los otros nombres que había investigado. Entonces comprendí que había estado haciéndome la pregunta equivocada. Lo importante no era quién era ese niño. El niño estaba muerto. Le dispararían un minuto después de tomar la fotografía o le gasearían una semana más tarde. No sacaría nada de averiguar su nombre.

Ese niño anónimo con la mirada de profundo horror nos cuenta la historia de esos miles de niños y niñas que murieron en el Holocausto y también la de esos supervivientes a los que les robaron la infancia. Ese niño, con las manos extendidas hacia el cielo como si buscase algo en él, siempre servirá como recordatorio de la crueldad de la humanidad hacia sus semejantes y de la obligación de defender a nuestros niños de un destino similar. La cuestión más importante sigue siendo: ¿cómo podemos evitar que se vuelva a fotografiar a un soldado apuntando con un rifle a unos niños?»

Sorprendente. Y lo de la vía muerta tiene pelotas retóricas. «Comprendí que había estado haciéndome la pregunta equivocada». Bien, cinco años. «Lo importante no era quién era ese niño». Vaya. Y esto: «el niño estaba muerto»

No.

Este es uno de los graves problemas de lo real. Porat no puede escribir esa frase. Ni nadie, de momento. Por eso empezó a buscar al niño. Por atravesar la metáfora. Uno sólo se pone en marcha porque entre un hombre y una metáfora aún hay clases.



Zorra, animal. Arcadi Espada

La vida política y mediática española se caracteriza por dos rasgos principales: el desprecio a los hechos y el juicio ad hominem. Los dos coinciden admirablemente en este caso del juez Del Olmo. Menos mal que existe la verdad. El asunto es mucho más grave y recorre el camino que va del insulto a la amenaza.

«Tu madre va a tener que ir mirando por la calle como las zorras, para delante y atrás, porque la voy a matar y la voy a meter en una caja de pino».



Más inverosímiles. Arcadi Espada

Arcadi Espada sigue la exlicación iniciada aquí.


[L]a consideración de que la verosimilitud («Es en la vista del juicio donde el tribunal juzga si los indicios del instructor son pruebas, si lo verosímil es lo verdadero. Hipótesis, demostración y tesis.») es una etapa en la larga marcha hacia la veracidad. Cuando, obviamente y como muy máximo, sólo hay entre ellos la relación que mantendrían dos líneas paralelas. En modo alguno la apariencia de un relato dice nada sustancial (y mucho menos judicialmente sustancial) sobre su veracidad. Ya sé que se trata de una argumentación contraintuitiva; pero ya nos hemos bebido la leche blanca. Y para demostrarlo bastará que el comentarista González piense enEmma Bovary y en Adolf Eichmann, es decir en el relato de un adulterio imaginario y en el relato de un genocidio veraz, y no suelte ese clavo ardiendo hasta confesar qué relato de esos dos le parece, como él dice, con su habitual donaire, «más verosímil», con mayor apariencia de verdad.

La verosimilitud (en la acepción académica) del relato faisandé del juez Ruz es por completo intrascendente, y ningún magistrado, en ninguna fase del proceso, debe opinar sobre ella. Un juez no es (no debería ser) un novelista. La apariencia de verdad se la repamplinfa a un juez, y es así que el Derecho evita confundir el Holocausto con Madame Bovary, es decir redonda y cursiva. Lo que la Audiencia determina es si el relato del juez de instrucción está o no fundamentado con datos. A la Audiencia, como es natural, no le importa que un juez plantee el inverosímil (en mi acepción: ¡quiero noticias!) supuesto que los neutrinos vayan que se las pelen: sólo atiende a las mediciones.



Los inverosímiles. Arcadi Espada


De verosímil lo que debe decirse (y que dice sin rematar como debería la Academia: «apariencia de verdadero», dice) es que pudo ocurrir pero no ocurrió. Es decir, se trata de un concepto que debe situarse obligatoriamente extramuros del relato de los hechos. Y, en consecuencia, obligatoriamente extramuros de cualquier relato judicial, sea cual sea su fase, porque la relación entre verosímil y verdadero no es de grado sino de naturaleza. Verosímil es que Emma Bovary le preparasele pot à feu a su marido. Inverosímil es que existan hobbits. De ahí la inconsistencia de hablar, por ejemplo, de «la hipótesis más verosímil». La inconsistencia de estar más o menos embarazada. Verdadero o no (y tampoco más o menos verdadero) es, en cambio, lo que se espera que sea el relato judicial. Para determinar esa cualidad, obviamente, han de presentarse pruebas: materiales, deductivas. Pruebas. Aunque una sospechosa modestia epistemológica (temerosa de Dios) los llameindicios e incluso indicios racionales, como si pudiera haber otros.