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Peor el remedio que la enfermedad por Jorge Olivera Castillo

Cubanet.

LA HABANA, Cuba, septiembre, www.cubanet.org -¿Cuándo se solucionará el problema del agua? ¿Por qué tantas cucarachas? No hay respuestas. Entre averías del sistema hidráulico, que no se resuelven, y laplaga de cucarachas de la especie Blattella germanica, transcurre el tiempo en la sala de Neurocirugía del Hospital Calixto García, ubicado en las inmediaciones de la Universidad de La Habana.
Nadie en la administración del lugar parece interesado en implementar mejoras que hagan más llevadera y segura la estancia en el hospital de los pacientes y sus acompañantes.
Miles de cucarachas salen de noche a buscar el sustento. Todas son diminutas y de movimientos rápidos. Trepan por las paredes y se introducen por cuanto orificio encuentran. La oscuridad les sirve de camuflaje en su guerra por la supervivencia y jamás regresan a sus madrigueras sin algún botín.
En el fondo de la sala, se escucha el sonido de un débil chorro de agua que cae desde una tubería dentro del tanque de un inodoro. Es el único sitio que existe para acopiar el líquido.
Debe hacerse con una manguera que enlace los boquetes del tubo emisor con la entrada de los pomos, o mediante maniobras más complicadas. Los pomos tienen que ser pequeños, porque rotura del conducto que permite el desagüe queda dentro del artefacto sanitario, que solo tiene unos 15 centímetros de ancho y menos de 40 de largo, por lo que el margen de maniobrar para obtener agua se reduce al mínimo.
Como alternativa, existe un grifo fuera de la sala, donde se llenan los cubos de agua para bañarse en uno de los tres compartimientos, que desde hace ya tiempo dejaron de parecer baños.
Lo único positivo es la pintura fresca del techo y las paredes, que contrasta con las persianas desvencijadas y el mobiliario, que parece recogido de la basura. El piso se limpia ocasionalmente y la mugre es su fiel compañera.
El olor reinante en la dantesca sala es insoportable, y parece empeorar con la quietud de la madrugada, haciendo difícil conciliar el sueño. Durante la noche, los que no están incapacitados para caminar salen frecuentemente al largo balcón para respirar un aire menos viciado y entablar alguna conversación con otra víctima, entre el tufo malsano, los quejidos de los recién operados, los insectos y el insoportable calor del trópico.
Las noches en la sala de Neurocirugía del Calixto Garcia son verdaderamente infernales. Lo asegura alguien que ha tenido que estar allí, al lado de un enfermo, en permanente vigilia para espantar las cucarachas a tiempo. Con los despuntes del alba se esconden las cucarachas y llega cierto alivio; aunque el panorama no cambia, la luz hace mas llevadera la tortura.
En el Calixto García, la cacareada fábula de que Cuba es una “potencia médica” parece un chiste de muy mal gusto.

Me pega lo normal

por Arcadi Espada.


Una Rihanna, cantante pop, ha dicho que ama al que le pegó una buena paliza, un Chris Brown que fue juzgado y condenado por ello. Las palizas no son incompatibles con el amor, al menos con el amor proclamado. Hay gente que, igual que juega a médicos, juega con el sufrimiento. Pero en este caso no hubo juego, y la mujer denunció la conducta del hombre. Al que no ha dejado de amar, insiste. Su confesión redunda en un asunto escabroso. Muchas mujeres son asesinadas porque no son capaces de alejarse de sus maltratadores. Sus muertes tienen un aire vago de suicidio y de sobredosis. Hay mujeres que siguen con su hombre a pesar de que las mata. Otras, porque las mata. No sucede nada demasiado distinto con la heroína y el alcohol. El feminismo ha querido convertir la conducta sometida de algunas mujeres en un asunto político, haciéndolas víctimas del macho. Pero lo cierto es que estas mujeres, equipadas socialmente con todo lo necesario para huir del peligro (y lo principal: los dinerillos), son, ante todo, víctimas de sí mismas. Se trata de mujeres que no son normales. Y utilizo este adjetivo de una manera libre, tranquila y desenvuelta, porque el adjetivo normal, después de haber estado recluido durante años en los campos de concentración del political correctness ha vuelto triunfante ¡y normalizado! gracias a monsieur Hollande, el presidente normal, es decir ce qui ne souffre d’aucune trouble pathologique.
Rihanna es una pobre chica enferma que ama a su maltratador. Digamos, sin apartarnos ni un ápice de la semántica legitimada por monsieur Hollande, que Rihanna es una pobre chica subnormal. Los periódicos pueden recoger declaraciones de personas que sufran este tipo de patologías; pero con la severa condición stendhaliana de que solo sirvan para mostrar la patología. Lo relevante y veraz no es lo que Rihanna dice sobre el amor y la violencia, sino que Rihanna es una enferma. Por desgracia, el tratamiento que los medios dan a sus declaraciones es puramente romántico. Las mismas crónicas que escarbando sobre los hechos con las pinzas del deontólogo eluden incluir referencias a la responsabilidad del alcohol (¡no fuera a ser un atenuante!) en los crímenes de pareja vulgares, se empapuzan de ambigüedad sobre la relación entre la violencia y el amor cuando la víctima no es una cincuentona ama de casa de Albacete, que lo perdonó, sino una top pop. Ya no se trata de la sórdida enfermedad de la dependencia; sino del libérrimo y fértil amour fou. Y me escandaliza que frente a estos relatos el fiscal feminista calle, también sometido. Y no pida, al menos, el inmediato procesamiento de la protagonista, por apología de la violencia y de la droga.
(El Mundo, 23 de agosto de 2012)

Cuba: ¿Nos hemos acostumbrado a la suciedad?

por Yoani Sánchez.


Negocio de manicuri en La Habana. (AP, julio de 2012)
Un adolescente escribe —con su dedo índice— la palabra "límpiame"  sobre el polvo de la ventanilla del ómnibus. Una madre pregunta a su hijo cómo está el baño de la escuela y éste confirma que "la peste no lo deja ni entrar". Una estomatóloga se come una fritura delante de su paciente y con las manos sin lavar procede a extraerle la muela. Un transeúnte hace gotear el queso de su pizza —recién salida del horno— sobre la acera, donde se acumula en un charco de grasa. Una camarera limpia con un trapo pestilente las mesas de la heladería Coppelia y reparte vasos pegajosos por sucesivas capas de lácteo mal fregadas. Un turista se bebe embelesado un mojito en el que flotan varios cubos de hielo hechos con agua del grifo. Una fosa albañal se desborda a pocos metros de la cocina de un centro recreativo para niños y adolescentes. Una cucaracha pasa rauda y veloz por la pared de la consulta mientras el médico ausculta al paciente.
Todo eso y más podría enumerar, pero he preferido hacer una síntesis de lo que he visto con mis propios ojos. La higiene de esta ciudad muestra un deterioro alarmante y crea un escenario propicio para la propagación de enfermedades. El brote de cólera en el oriente del país es una triste advertencia de lo que podría ocurrir también en la capital.
La ausencia de una instrucción sanitaria desde los primeros años de vida ha hecho que lleguemos a aceptar la suciedad como el entorno natural en el que debemos movernos. Las carencias materiales aumentan también el riesgo epidemiológico. Muchas madres usan varias veces los pañales desechables de bebé, rellenándolos con algodón o gasa. Las botellas de plástico recogidas de la basura sirven de envase para fabricantes de yogurt doméstico o para vendedores de leche en mercado ilegal. El deficiente suministro de agua que padecen numerosos barrios disminuye el lavado de manos e incluso la cantidad de baños a la semana.
Los elevados precios y el desabastecimiento de los productos de limpieza complican aún más la situación. Ahora mismo resulta muy difícil encontrar en alguna tienda una frazada para limpiar el piso y el detergente también escasea. Mantenerse limpio es caro y complicado.
La semana pasada, los medios informativos anunciaron un nuevo código de sanidad para el manejo de alimentos, medida —sin dudas— bienvenida. Pero los graves problemas higiénicos que muestra La Habana no se resuelven a base de decretos y resoluciones. Educar en el aseo, ensalzar desde edades tempranas la necesidad de la limpieza sería un paso trascendental para lograr verdaderos resultados. La escuela tiene que ser un modelo de pulcritud, no el sitio donde los estudiantes tienen que taparse la nariz para ir al servicio. El maestro tiene que transmitir normas de aseo, tanto como enseña oraciones y fórmulas matemáticas. También se debe abaratar y mantener estable el suministro de productos para el lavado del cuerpo, de la ropa y de los hogares. Eso se vuelve imprescindible y perentorio en la situación que estamos viviendo. Necesitamos medidas urgentes que no se queden sobre el papel sino que toquen las conciencias, sacudan esta conformidad con la mugre que nos rodea y logren devolvernos una ciudad limpia, cuidada.

Régimen falla en entrega de tanques de agua para palear el brote de cólera

Fuente: Martha Beatriz Roque Cabello
Hora: 9:16 PM, 08/08/12

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Nota: Martha Beatriz gasta más de 8 CUC cada día para reportar sobre el cólera a través de Háblalo Sin Miedo y necesita que le recarguen el teléfono para poder continuar llamando. Su número es +5352902212. Por favor, haz posible que Martha Beatriz pueda continuar informando sobre este peligroso brote de cólera en Cuba que el régimen intenta esconder. Recárgale el celular ahora a través de esteeste o este otro servicio. Gracias.


Radiación: mitos y realidades

por Pedro Hernández.



A las 8:15 del 6 de agosto de 1945 el Enola Gay dejaba caer Little Boy sobre la ciudad de Hiroshima. 43 segundos después se producía una explosión de 13 kilotones que destruía completamente el área dentro de un radio de kilómetro y medio. A unos 170 metros del hipocentro de la explosión (punto de la superficie justo debajo de la explosión) se encontraba Eizo Nomura (entonces 43 años), en el sótano de un edificio –el mismo edificio donde hoy se halla el Peace Memorial Park– consultando unos documentos. Nomura consiguió sobrevivir mostrando síntomas de síndrome agudo de radiación, aunque aún viviría cuatro décadas más.
A 3 km del hipocentro se encontraba caminando en el exterior Tsutomu Yamaguchi, que después de ver el flash de la detonación, recibiría la onda expansiva que dañaba sus tímpanos, lo dejaba temporalmente ciego y producía importantes quemaduras en el lado izquierdo de su cuerpo. Al día siguiente, Yamaguchi regresaba a su ciudad de residencia, Nagasaki,  y fue en su lugar de trabajo, de nuevo a unos 3 km del hipocentro, donde recibiría la onda expansiva de Fat Man, una bomba de 22 kilotones cuyos efectos fueron menos devastadores por un error en la posición de la detonación.
A-Bomb Dome | Imagen: Un superviviente contempla la estructura aún en pie del A-bomb Dome cercano al hipocentro de la explosión y donde se halla en la actualidad el PeaceMemorialPark
Yamaguchi es el único superviviente de ambas explosiones reconocido oficialmente, aunque se estima que existieron otros 160. Vivió hasta los 93. El 66% de los habitantes de las dos ciudades sobrevivía en 1950. Desde entonces, se han llevado registros sanitarios de unos 94000 individuos de los que unos 54000 recibieron dosis importantes de radiación. Ese seguimiento ha dado lugar a los estudios más importantes que tenemos de los efectos a largo plazo de la radiación sobre la salud humana.
Los individuos que se encontraban dentro de un radio de 2,5 km del hipocentrorecibieron dosis mayores a 5 mSv (milisieverts) con una media de 200 mSv. Como comparación, la típica dosis anual recibida por el fondo de radiación de origen natural es de 1-2 mSv mientras que el límite legal de los trabajadores de una central nuclear es de 20 mSv. Una tomografía típica implica una dosis de unos 9 mSv.
Imagen | Tabla http://www.cnsns.gob.mx/images/tabla_comparativa_dosis.jpg Fuente: CNSNS Mexico. Más ejemplos en InformationisBeautiful.
En 2007, el 40% seguían vivos con una edad media de 74 años. El 90% de los expuestos que tenían menos de 10 años sobrevivían por entonces. En 2000 se habían producido un 7,9% de muertes por cáncer en comparación con un 7,5% esperable de las tasas típicas en otras ciudades niponas. Ese exceso de incidencia de cáncer implica una probabilidad de morir del mismo orden que por accidente de tráfico en el mismo periodo de 50 años (utilizando datos estadounidenses).
Por supuesto, la incidencia de cáncer fue mayor para los que recibieron dosis mayores,  pero básicamente indetectable para la muestra de población que estaban en el rango inferior de dosis recibidas. No se ha observado ningún tipo de deterioro genético que produjese ningún defecto en la descendencia de la población y sólo aquellos que estaban en gestación han sufrido algunos efectos importantes, aunque con tasas de cáncer en su vida adulta menores incluso que los niños y adultos expuestos directamente.
Imagen | | Tasas de mortalidad por 10,000 de cánceres sólidos fatales (arriba) y leucemias (abajo) en el periodo 1950-2000 para los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki según dosis de exposición. Por ejemplo, para 0.1 Sv (100 mSv, que sería equivalente a la dosis que hubiésemos acumulado residiendo durante 40 días dentro de 1,5 Km de la central de Fukushima inmediatamente después del accidente), se produce un exceso de cánceres del 0,5% que podemos comparar las tasas del 25-30% habitual en la población por todas las demás causas
Desde luego, no hay ninguna duda de que una dosis puntal elevada de radiación es extremadamente peligrosa. Los liquidadores de Chernóbil lo vivieron en propias carnes. De los 600 voluntarios que se presentaron en la mañana del 26 de abril de 1986, 134 recibieron dosis puntuales de entre 1 y 16 Sv –hasta unas 8000 veces la dosis natural anual típica– y sufrieron SAR (Síndrome agudo por  radiación),  28 fallecieron dentro de los primeros tres meses y otros 19 lo hicieron en el periodo 1987-2004  por causas no relacionadas necesariamente con la exposición.
Se estima que otros 530000 operadores de Chernóbil recibieron dosis de unos 120 mSv. Los 150000 evacuados de las zonas más contaminadas recibieron en media unos 30 mSv, mientras que los que continuaron residiendo en las zonas menos contaminadas han recibido un exceso de 9 mSv las primeras dos décadas posteriores al accidente (equivalente a la dosis típica de una tomografía). Fuera de Bielorrusia, La federación rusa y Ucrania, las dosis típicas fueron menores de 1 mSv, es decir, comparables a la exposición natural durante un año.
Con respecto a la población general, el hecho de que las autoridades soviéticas no reconocieran públicamente el accidente, provocó la ingesta de leche contaminada, lo quese estima que provocó unos 6000 cánceres de tiroides, un tipo de cáncer afortunadamente tratable con un 93% de superviviencia a 10 años en el tipo más frecuente.
Así, el número de muertes constatadas del accidente de Chernóbil apenas llega al medio centenar. Pero por supuesto, dado el elevado número de personas afectadas, podría haber un incremento en las tasas de cánceres que para dosis bajas de radiación es extremadamente difícil de estimar.
Para hacer una estimación de las tasas de cánceres a bajas dosis – imposibles de medir al estar muy por debajo de los valores típicos en la población– se utiliza una extrapolación lineal de los datos obtenidos para dosis elevadas conocida como modelo lineal sin umbral. Toda la bibliografía académica sobre los efectos biológicos de la radiación para bajas dosis apunta a que esto sería una especie de límite superior de dichos efectos y no se descarta que exista un umbral de radiación sin efectos para la salud, fenómeno conocido como hormesis.
Utilizando el modelo lineal sin umbral, la Agencia Internacional de la Energía Atómica estimó en 2005 un límite superior de unas 4000 muertes en exceso entre la población más expuesta. No se han detectado efectos congénitos a largo plazo (al igual que en las víctimas de las bombas atómicas) y la tasa de cánceres sólidos entre la población de la zona es indistinguible de los niveles típicos de la población del país.
De hecho, las tasas de cánceres actuales en la población de Bielorrusia son menoresque la de otros muchos países occidentales. Mientras vivir en la la zona de exclusión de Chernóbil aumentaría la mortalidad en un 4 por mil, vivir en una ciudad contaminada como Londres puede aumentar la mortalidad en un 28 por mil. Por comparación, en fumadores pasivos se produce un incremento de la tasa de mortalidad de un 17 por mil (Estoy siguiendo esta referencia con datos respaldados por esta publicación).
Como lo ponía Jim T Smith en un artículo sobre riesgo comparativo, evacuar a los habitantes actuales de la zona de exclusión de Chernóbil –muchos de ellos jamás la abandonaron y otros han regresado con el tiempo– a por ejemplo una ciudad como Kiev aumentaría su mortalidad. Desde una perspectiva de una análisis racional del riesgo, ¡salvaríamos vidas evacuando a la población del centro de Kiev a la zona de exclusión de Chernóbil!
Si nos vamos ahora hasta Fukushima, los efectos de las dosis de radiación recibidas por la población son básicamente indetectables. Pero mantener a unas 80 mil personas evacuadas en una radio de unos 20 km de la central es una decisión que no está basada en un análisis apropiado del riesgo (sino de su percepción), infligiendo un sufrimiento y un estrés innecesario en la población cuyas consecuencias para la salud sean probablemente peores que las provocadas por las dosis de radiación que recibirían en sus hogares dentro de la zona de exclusión.
Niño con cara de aterrorizado mientras es explorado en busca de contaminación radiactiva | . Dadas lasdosistípicas medidas en el área de exclusión de Fukushima (comparables con –e incluso menores que– las de otros lugares debido a fuentes naturales), el contraste entre el comportamiento general y elcomportamientodelosexpertos en los efectos de la radiación resulta poco menos que chocante.
Radiación es un palabra maldita. Su sola mención activa nueva amígdala cerebral que la asocia inmediatamente con las imaginería cultural de hongos atómicos, niños con malformaciones y cáncer. Y como en toda imaginería popular, llega un momento en que es muy difícil separar el mito de la realidad.
En este caso particular, sin embargo, que el público sea capaz de realizar dicha separación puede marcar la diferencia entre una política energética realista y una basada en prejuicios que nos pueda llevar a un callejón sin salida, tanto en el abastecimiento energético a un precio sostenible como en la mismísima lucha contra el cambio climático. Los políticos son muy proclives a utilizar este tipo de sentir popular con fines electoralistas, tomando decisiones en base a ellos independientemente de que tengan base racional o no. Así Alemania y Japón, después del accidente de Fukushima, decidieron dar un giro a una política energética con un plan de cierre de centrales nucleares considerado como precipitado y poco realista por diversos analistas [ej. 123,45] , además de aumentar su utilización de fósiles y por tanto de sus emisiones de CO2. Aún si existiesen argumentos de tipo económico o de otra índole para no utilizar la energía nuclear (en ello no entramos en este post), el accidente de Fukushima no debería ser una excusa para improvisar un plan de cierre de centrales nucleares, porque si algoha demostrado ese accidente es precisamente lo segura que es –comparativamente hablando– la energía nuclear.
Casi nada es seguro o peligroso per se y, como en muchos otros análisis racionales, nuestro cerebro no está especialmente equipado para hacer el cálculo de riesgo apropiados y así, en un vuelo a Tokyo, el pensamiento de los efectos de la radiación por el accidente de Fukushima puede quitarnos el sueño, mientras pasamos tranquilamente por los escáneres del aeropuerto y el número de rayos cósmicos que nos atraviesan aumenta a la altura del vuelo de tal manera que podamos recibir dosis aún mayores –y sin embargo inocuas– que las acumuladas después de muchos años de residir en Tokyo.
Finalmente, y para que los lectores sean conscientes de la desconexión que hay entre la percepción del riesgo de los efectos de la radiación y las evidencias acumuladas por todos los estudios al respecto, terminaré con una famosa anécdota que contaba el físicoBernard Cohen –perfecto conocedor de los efectos de la radiación sobre la salud– en una entrevista.
Cohen conocía perfectamente los estudios sobre inhalación e ingestión de plutonio y sus efectos eran mucho menores de lo que los atribuídos a la “sustancia más tóxica conocida por la humanidad” que pregonaría el activista antinuclear Ralph Nader en los ochenta. Por ejemplo, en uno de dichos esetudios, se siguió el estado de 26 hombres que durante el proyecto Manhattan habían inhalado cantidades importantes de plutonio. 37 años después, sólo 2 habían muerto de un infarto y un accidente.
ENTREVISTADOR: Usted se hizo muy conocido en la década de 1980 por impugnar la afirmación de Ralph Nader que el plutonio era “la sustancia más tóxica conocida por la humanidad”, ofreciéndose a ingerir en televisión tanto plutonio como Nader ingiriese de cafeína. ¿Alguna vez respondió Nader al desafío? ¿Alguna vez ingirió usted plutonio?
COHEN: nunca se me dio la oportunidad de hacer esto en Tonight Show. Yo había publicado un artículo científico ampliamente citado sobre la toxicidad del plutonio. Nader fue a “Tonight Show” y dijo que estaba “tratando de desclasificar el plutonio a golpe de pluma”.” Envié entonces una carta a todas las cadenas de televisión ofreciendo mi reto a Nader.
No recomiendo comer plutonio a nadie. Pueden sufrir efectos en la salud. He calculado, sin embargo, que las posibilidades de contraer cáncer eran las mismas que las probabilidades de que un soldado estadounidense hubiese muerto en la Segunda Guerra Mundial. Puesto que creía que el destino de mi país dependía en gran medida de nuestra aceptación de la energía nuclear, creí que valía la pena correr ese riesgo. Sin embargo, Nader nunca me dio esa oportunidad.

The great anti-pollutant

Donald Boudreaux‏.



Some things are invisible because they don't reflect light that can be detected by the human eye. Visible light is part of the electromagnetic spectrum, which is real but mostly invisible.
Other things are invisible because they are too visible. Some things are so abundant -- and hence, familiar -- that we ignore them. Even though they exist plain as day in front of our faces -- reflecting light we can see -- they are, in effect, invisible to us.
And so it is with the cleanliness of our surroundings. In the same way that fish likely aren't aware of water except on those rare occasions when they are yanked out of it, we citizens of modern market societies don't notice just how clean our lives have been made by capitalism.
Capitalism -- contrary to popular myth -- is the great anti-pollutant.
Look around your house. If you pay attention, you'll discover a cornucopia of devices and products specifically designed by market entrepreneurs to enable consumers to live lives that are more sanitary, more pleasant and healthier than our lives would be without such goods.
Start with the refrigerator and freezer in your kitchen. Inexpensive, year-round refrigeration helps keep your food and beverages free of bacteria that would otherwise infect what you eat and drink.
Helping refrigeration protect you from bacterial pollutants are wraps, bags and containers made of plastic. These low-cost products keep different foods from being contaminated by -- and from contaminating -- other foods, as well as by your hands.
Now glance into your laundry room. The automatic washer and dryer --- and the detergent, stain removers and bleach -- work together to cleanse your clothes and bed linens of dirt and bacteria. Capitalism, by the way, also makes possible the inexpensive, tightly woven fabrics that can stand up to the vigorous scrubbings your clothes take each time you do laundry.
And what about your medicine cabinet? Perhaps it contains antibiotics, which cleanse your body of bacterial pollutants that regularly killed your ancestors. Maybe you'll also find some antihistamines to relieve you of the misery of allergies that many suffer when nature emits pollen into the atmosphere. And next to the antihistamines you might find a box of Band-Aids: small, sanitary plastic strips that serve as barriers to protect open wounds from filth that might otherwise cause nasty infections.
No room in your house testifies more gloriously to the cleanliness of capitalism than does your bathroom. Little imagination is necessary to reveal how unsanitary and unpleasant your life would be without flush toilets and the indoor plumbing that makes them possible.
Close to your toilet is a shower or bathtub -- enabling you to bathe and wash your hair daily, ridding your body of pollutants that even kings and queens of just a few generations ago endured for days on end between baths. Your bathroom also has soap, shampoo and deodorant/antiperspirant -- all to aid you in getting and staying clean.
Beside the bathroom sink (with its running, hot and cold potable water) are your toothbrush (perhaps one whose bristles can be made with electricity to vibrate for better brushing), toothpaste, dental floss and anti-bacterial mouthwash. These items work together to decontaminate your mouth of the natural pollutants that regularly accumulate there.
You're only scratching the surface! As I'll explain in a follow-up column, your house -- indoors and out -- is a veritable monument to the stupendous fact that capitalism has all but wiped out pollution.

Hygiene

… is about Europe in the 14th & 15th centuries; it’s from pages 244-245 of Will Durant’s 1957 volume The Reformation:
Social and individual hygiene hardly kept pace with the advances of medicine.  Personal cleanliness was not a fetish; even the King of England bathed only once a week, and sometimes skipped….  In all Europe – not always excepting the aristocracy – the same article of clothing was worn for months, or years, or generations.  Many cities had a water supply, but it reached only a few homes; most families had to fetch water from the nearest fountain, well, or spring.  The air of London was befouled by the odor of slaughtered cattle, till such carnage was forbidden in 1371.  The smell of latrines detracted from the idyllic fantasies of rural life.  London tenements had but one latrine for all occupants; many houses had none at all, and emptied their ordure into the yards or streets.  Thousands of privies poured into the Thames; a city ordinance of 1357 denounced this, but the practice continued.


Source: Cafe Hayek.

Una vida intelectualmente activa y Alzheimer

César Tomé.




Un equipo de investigadores encabezado por Susan Landau, de la Universidad de California en Berkeley (EE.UU.), ha encontrado que personas sin síntomas de la enfermedad de Alzheimer y que a lo largo de su vida han realizado habitualmente actividades estimulantes desde el punto de vista cognitivo tienen menos depósitos de beta amiloide, el signo patológico de la enfermedad. Los resultados se publican en Archives of Neurology.

Antes de entrar en detalle, me permito sugerir al lector interesado esta introducción al estado de la cuestión para poder poner en contexto lo que sigue: La incomoda verdad sobre la enfermedad de Alzheimer.
Las placas de beta amiloide son el signo distintivo de la enfermedad de Alzheimer. Ello no significa que sean la causa, pero sea cual sea ésta, existe una correlación bien establecida entre la presencia de placas de de beta amiloide y Alzheimer. La aparición de estas placas puede estar influenciada también por los genes y el simple envejecimiento; démonos cuenta de que un tercio de las personas de más de 60 años tienen depósitos de amiloide en sus encéfalos. En cualquier caso, parece razonable suponer que cualquier cosa que retrase la aparición de las placas (no que las destruya a posteriori, véase la introducción) también podría retrasar la aparición del Alzheimer.

Investigaciones anteriores han venido sugiriendo que dedicarse a actividades estimulantes mentalmente como leer, escribir, los juegos de tablero o el baile de salón, podrían ser beneficiosas a la hora de retrasar o, incluso, prevenir, la aparición del Alzheimer. Sin embargo, la beta amiloide comienza a acumularse muchos años antes de la aparición de los síntomas. Por ello, a día de hoy, cuando empiezan a aparecer síntomas es poco lo que se pueda hacer para parar la progresión de la enfermedad (véase la introducción). Así pues, la prevención debe hacerse mucho antes y con esta idea en mente es con la que Landau et al. han diseñado su experimento.

Los investigadores pidieron a 65 adultos cognitivamente sanos de más de 60 años (edad media 76,1) que evaluasen la frecuencia con la que habían participado en actividades estimulantes mentalmente como ir a la biblioteca, leer libros o periódicos, escribir cartas o correos electrónicos. Las preguntas se centraban en varios aspectos de sus vidas desde los 6 años en adelante.

Estos voluntarios participaron durante más de 5 años en evaluaciones neuropsicológicas para comprobar la memoria y otras funciones cognitivas, siendo sometidos a escáneres PET (tomografía por emisión de positrones, por sus siglas en inglés) regularmente, usando como marcador el Compuesto B de Pittsburgh (con carbono-11 radiactivo), un análogo fluorescente de la tioflavina T que permite visualizar la presencia de beta amiloide. Como controles se usaron los resultados obtenidos con 10 pacientes diagnosticados con enfermedad de Alzheimer y 11 veinteañeros sanos.
Los investigadores encontraron una correlación estadísticamente significativa entre niveles mayores de actividad cognitiva a lo largo de toda la vida y menores niveles de beta amiloide, tal y como se presenta en los escáneres (este es un matiz no menor). Cuando analizaron el impacto de otros factores tales como el estado de la memoria, la actividad física, la capacidad nemotécnica autoevaluada, el nivel de educación y el sexo, encontraron que la correlación entre una vida cognitivamente activa y las placas de beta amiloide era independiente de todo lo anterior.

Es muy llamativo que no se encontrase una correlación fuerte entre la cantidad de placas de beta amiloide y la actividad cognitiva en ese momento. Esto es, parece que tiene mucho más efecto haber sido cognitivamente activo durante toda una vida que empezar a serlo en la vejez. Esto no implica que se nieguen los posibles efectos beneficiosos de ser cognitivamente activo en la vejez.

Este descubrimiento hace que se mire de distinta forma a lo que significa una vida cognitivamente activa para el cerebro. Más que simplemente aportar una resistencia frente al Alzheimer, las actividades que estimulan el cerebro podrían estar afectando a un proceso patológico primario de la enfermedad. Lo que sugiere que las terapias cognitivas deberían aplicarse mucho antes de que los síntomas aparezcan.

Si llegados a este punto al lector le queda la sensación de que andamos a ciegas con el Alzheimer, no se preocupe, es la sensación correcta.

Referencia:

Landau, S., Marks, S., Mormino, E., Rabinovici, G., Oh, H., O'Neil, J., Wilson, R., & Jagust, W. (2012). Association of Lifetime Cognitive Engagement and Low  -Amyloid Deposition Archives of Neurology DOI: 10.1001/archneurol.2011.2748

Horrific Conditions in Cuban Hospital - Ambrosio Grillo Hospital, Santiago, Cuba




Deplorables Condiciones en Hospital Cubano - Hospital Ambrosio Grillo, Santiago, Cuba

La Fundación para los Derechos Humanos en Cuba recibió este video hoy desde Cuba que ilustra las deplorables condiciones en el hospital cubano, Ambrosio Grillo en la provincia de Santiago de Cuba. 

Ramón Bolaños Martín filmó y envió este video.

The Foundation for Human Rights in Cuba received this video today from Cuba which illustrates the deplorable conditions in a Cuban hospital, Ambrosio Grillo in Santiago Province. 

Ramón Bolaños Martín filmed and sent the video.


La rentabilidad cura

Por Albert Esplugas.


En una reciente entrevista en "La Contra" de La VanguardiaRichard J. Roberts, premio Nobel de medicina en 1993, afirma que "el fármaco que cura del todo no es rentable". Esta es su conclusión después de constatar de primera mano cómo funciona la industria farmacéutica: "He comprobado como en algunos casos los investigadores dependientes de fondos privados hubieran descubierto medicinas mucho más eficaces que hubieran acabado por completo con una enfermedad (...) [Pero] las farmacéuticas no están tan interesadas en curarle a usted como en sacarle el dinero, así que esa investigación, de repente, es desviada hacia el descubrimiento de medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad y le hacen experimentar una mejoría que desaparece cuando deja de tomar el medicamento."

Roberts opina que la rentabilidad es un criterio adecuado para otras industrias, pero no para la farmacéutica. "Si sólo piensas en los beneficios, dejas de preocuparte por servir a los seres humanos (...) La salud no puede ser un mercado más ni puede entenderse como un medio para ganar dinero." En este sentido defiende un mayor protagonismo del sector público en el ámbito de la investigación médica.

No entro a discutir si los hechos que menciona Roberts son ciertos o matizables. El problema es que de estos casos particulares no se sigue que la industria farmacéutica sea "distinta" o que el criterio de la rentabilidad sea inapropiado si la finalidad es curar enfermedades (ni, por ende, que el Estado deba jugar un papel más preponderante).

A primera vista la tesis de Roberts es verosímil. Si una empresa cura una enfermedad se queda sin pacientes/consumidores. Si la cronifica puede obtener ingresos durante toda la vida de los pacientes. No obstante, si los consumidores están dispuestos a pagar por el fármaco que acaba con la enfermedad, significa que producirlo es rentable. La empresa que vende el fármaco que la cronifica quizás prefiere el status quo, ¿pero qué hay de sus competidores? ¿Acaso no se beneficiarían de sacar a la venta ese fármaco y hacerse con el mercado de la primera?

Curar del todo es rentable en tanto puedas obtener de los consumidores unos ingresos mayores que tus costes. La tesis de Roberts es que para la empresa A es aún más rentable cronificar la enfermedad que curarla. Desde el punto de vista particular de esta empresa, considerada aisladamente o como si gozara de un monopolio, puede ser perfectamente cierto. Si la empresa A tuviera por ley el monopolio de la producción de fármacos, es posible que le fuera más rentable no curar del todo a sus pacientes. Pero solo podría actuar de este modo porque no tendría competidores.

En el libre mercado la empresa A ya no puede actuar como si estuviera sola, porque sus competidores pueden adelantarse o puede aparecer una nueva empresa que desbanque a todos. Si la empresa A obtiene 100 de beneficios con el fármaco que cronifica la enfermedad y obtendría solo 5 vendiendo el fármaco que la cura, parece que le salga más a cuenta seguir como está. Pero lo contrario es cierto si tenemos en cuenta a sus competidores. Si A decide permanecer igual y una empresa B investiga y descubre el fármaco curativo, A se quedará sin los 100 y sin los 5. La empresa B tiene incentivos para descubrir el fármaco y comercializarlo, y eso hace que la empresa A tenga incentivos para descubrirlo y venderlo antes.

¿Alguien pone en duda que la cura del sida o la diabetes sería extraordinariamente rentable y que por esa razón se están dedicando recursos ingentes a investigarla? Sin embargo, si el diagnóstico de Roberts fuera correcto, ninguna empresa estaría investigando una cura para esas enfermedades crónicas. De hecho, si a las farmacéuticas les resulta más rentable no curarte del todo, a los mecánicos les resultará más rentable no arreglarte el coche del todo, a los lampistas no arreglarte el calentador del todo o a las compañías anti-virus propagar virus periódicamente. No es que estas estratagemas y fraudes no sucedan o no puedan suceder, pero es improbable que tengan lugar en un mercado abierto, porque si descuidas a tus clientes la vigilante competencia puede arrebatarte el negocio. Por eso el mercado es tan necesario y su supresión o restricción tan peligrosa, porque instituye incentivos económicos para servir bien a los consumidores.

Roberts confunde los incentivos que tiene una empresa aislada con los incentivos de esa empresa en el mercado. Como hemos visto, las empresas en el mercado tienen incentivos económicos para descubrir el medicamento más eficaz, que es el más ansiado por los consumidores. Eso no significa que una empresa no pueda, por un tiempo, ofrecer un mal servicio o un producto inferior (en este caso, un fármaco que cronifica la enfermedad en lugar de curarla). Significa que las empresas tenderán a ofrecer el mejor servicio, porque si no lo hacen serán expulsadas del mercado por sus competidores, tarde o temprano. Este análisis es tan cierto para el sector de las golosinas como para la industria farmacéutica.

Si el sector público toma el relevo en la investigación médica, los incentivos económicos desaparecen, y la rentabilidad ya no sirve de guía para orientar las inversiones. Si se destinan tantos recursos a la investigación de una cura para el sida o la diabetes porque su descubrimiento sería increíblementerentable, ¿qué ganamos haciendo que deje de ser rentable?

The Evolved Self-Management System

By Nicholas Humphrey.