Aly Herscovitz. Cenizas en la vida europea de Josep Pla

Capítulo 006. El viaje a Alemania.

El viaje a Alemania, Cartas de la Alemania comunista, a propósito de Leipzig en la época comunista (1968):

“Un ciudad sin tiendas en las calle es un cementerio desamortizado, marginal, obsesionado. El hombre o la mujer que no puede comprar las cosas que apetece donde le da la gana, es un ser empequeñecido, un desgraciado”.

“No hay que olvidar nunca que el comunismo, como doctrina que quiere imponerse, está basado en la práctica, en el cinismo más puro y premeditado. Esto no es ninguna crítica. Es la realidad misma”.

“…el marxismo-leninismo que los comunistas emplean en su conversación, es puramente el más recreativo…para primarios e ignorantes que es lo que somos la inmensa mayoría de personas que formamos parte del género humano”.

“Cuando las cosas son sencillas, tienden a enrevesarlas: cuando son ininteligibles las simplifican con una facilidad que llega a la desfachatez”.

“Ahora estamos en la minifalda que es una situación muy buena, entre otras razones, porque la minifalda ha demostrado que hay muchas mujeres que tienen la rodilla más bella que la cara, lo cual nos ha desplazado de la monotonía, que ya convenía. La minifalda me hacía augurar pues, en Sajonia, algún resultado positivo. La desilusión, sin embargo, fue completa. En esta República (RDA) no se practica la microfalda y todo es larguísimo. Las escasísimas señoritas que encontré en trance de acortamiento de faldas, no llegaban a la rodilla. Fue literalmente horrible y de buena gana hubiera protestado”.

“He tratado de dar, a la transcripción literaria de estos pasos, un aire de frivolidad”.

“La feria de la ciudad se terminará…Leipzig entrará en su vida habitual, en su normalidad: se convertirá en una vasta concentración humana mortecina, triste, con una depresión inmensa, inenarrable”.

“Los comunistas creen que hay dos clases de economías, la buena y la mala, la comunista y la capitalista. Sin embargo, no hay más que una clase que en definitiva consiste en trabajar, producir, vender y ganar dinero. Todo lo demás son anécdotas”.

“Estas cosas – el consumo, la confección – son inseparables de la libertad de comercio y de la iniciativa individual”.

“No se olvide que la presencia de la Alemania oriental en el sistema del comunismo representa la entrada en este mundo del primer país realmente moderno, europeo e íntegramente civilizado”.

“Por mi oficio periodístico he tenido que leer muchas constituciones…he leído la de la República Democrática Alemana…Es una constitución escrita con un ímpetu idealista, muy bien presentada, tan bien presentada que acaba por ser ligeramente aburrida, irreal. Se parte de la existencia de hechos previos, sublimes, incontrovertibles, eternos, pero en la práctica se implanta inmediatamente el monolitismo del partido, la política es llevada a los últimos detalles de la simple conveniencia de la clase que manda; la crítica es considerada peligrosa aun formulada por los colegas de mejor buena fe; se implanta la economía nueva aunque produzca dolores infinitos”.

“Los alemanes fueron unos hitlerianos perfectos. En Occidente, ahora, son unos demócratas indiscutibles. En el Este, los comunistas son considerados de excelente categoría. A veces uno llega a sospechar si en el mundo comunista los únicos comunistas de verdad sin los alemanes que lo son. Es el temperamento. Los alemanes tienen un temperamento que a veces les da disgustos muy serios”.

“El partido comunista de la República Democrática Alemana ha convertido esta superficie del germanismo en una jaula hermética…la jaula es completa, sobre todo por lo que hace referencia a los alemanes de la República federal, considerados auténticos enemigos…Los alemanes de Bonn pueden entrar y salir de Rusia, de Polonia, de Checoslovaquia,…perfectamente y negociar con ellos…En el único país que no pueden entrar es en la Alemania oriental, si no hay un cadáver legalizado y previo”.

“La teoría de la jaula como método para cambiar la mentalidad de la ciudadanía…creo daría algún resultado si viviéramos tres o cuatro siglos atrás…Pero en la época que vivimos, tan rápida, con tantas comunicaciones, con un sistema de relaciones comerciales basadas en el hecho de que todo el mundo necesita, ¿será posible cambiar de signo político una naturaleza apasionada y voraz, por una naturaleza virtuosa, inerte, obediente y fiel a lo que dicen dos o tres libros que tan poco gente ha leído?...A la gente no le gusta lo que tiene…sino lo que no tiene…Cuando yo felicitaba a los alemanes del Este de vivir en un país en que se había instaurado la justicia y que la explotación del hombre por el hombre se había felizmente terminado, me contestaron que la justicia es algo muy relativo, que ahora les explotaba el estado de una manera implacable y fría, que lo que les interesaba realmente era tener automóvil, nevera, cigarrillos y, de tarde en tarde, alguna señorita”.

“Los comunistas alemanes…Con uno de ellos discutí…la cuestión de la frontera occidental del país…Le dije que no comprendía la existencia de una frontera tan peligrosa y tan rígida. Añadí que la tendencia a convertir un país en una jaula hermética e infranqueable sólo podía explicarse por la necesidad de crear una generación comunista ortodoxa basada en la modificación del espíritu a través del lavado del cerebro…

-Algo hay de esto, en efecto –me contestó- No puede negarse. Pero no creo que pueda prescindirse, en este asunto, de otro factor de gran peso y es que si la frontera hubiera sido normal hubiera huido de este país una cantidad de gente desorbitada”.

“¿Cómo es posible que los trabajadores, que constituyen el humus de donde salen habitualmente los comunistas, tengan estas casas abandonadas?

-Las casas – contestó mi interlocutor – han sido colectivizadas. Los antiguos propietarios desaparecieron, prácticamente, en la vorágine. Las casas son de propiedad colectiva de la ciudad. Antes, el que las alquilaba tenía que pagar el alquilar al propietario. Ahora tienen que pagar un alquiler mucho más módico a la ciudad. Algunos lo pagan, otros menos, otros nada…los ocupantes tenían visiblemente más interés en sus casas cuando pagaban el alquiler que ahora que son de la colectividad. De las casas se ocupan los burócratas…

¿Sabe usted lo que es un comunista auténtico?

-He leído tantas definiciones que no puedo salir, francamente, de la perplejidad. (Pla)

-El comunista auténtico es el hombre que trabaja por sus hijos y por la colectividad y que personalmente no quiere ni desea absolutamente nada.

-La definición no está mal. Pero, ¿Conoce usted alguna persona que no desee ni quiera absolutamente nada?

-Hay preguntas que no pueden contestarse”.


“…me recuerda una observación que oí un día formular a un amigo mío, médico de profesión, que ha vivido largos años en Rusia, según el cual, la URSS produce centenares y centenares de millones de toneladas de acero y en Moscú es muy difícil comprar un clavo para plantar en la pared y colgar en él el abrigo o la americana”.

*

Capítulo 012. El realquilado de la peluquera.

 «La cama alemana es absolutamente original. La cama es una plataforma sobre la cual hay un somier y el colchón, con la particularidad de que estos dos elementos forman una unidad caracterizada por el hecho de que la cabecera del artefacto forma un ligero plano inclinado. El somier-colchón tiene, pues, dos momentos; en la parte del tronco forma un plano inclinado; en la de los pies, es horizontal. En este sentido se puede afirmar que la cama alemana es el precedente de la cama de clínica, que es una cama que girando un manubrio se parte por la mitad y la cabecera puede levantarse. Por otra parte, esta cama no contiene más que estos elementos: el somier-colchón sobre el que hay una sábana y el edredón encima con el que uno se abriga cuando se sabe utilizar positivamente. Acostumbrados como estamos a dormir en una cápsula cerrada por todos los lados menos por el embozo de la sábana, dormir bajo un edredón de pluma muy ligero, completamente libre y de una movilidad facilísima hace que si uno no lo sabe utilizar se quede sobre la cama sin abrigo muy fácilmente. Para dormir bien en una cama alemana hay que tener el bachillerato del edredón, es decir, hay que saber embutirse en las morbideces delicadas del plumaje. En realidad es una reminiscencia de la piel del bosque con la que la gente se envolvía para dormir estableciendo un contacto directo y personal. El cojín alemán suele ser cuadrado, grande y plano y se pone sobre el plano inclinado que forma la cabecera del somier-colchón. En la cama del germanismo se duerme así, con el tronco del cuerpo necesariamente levantado. Habituarse a este levantamiento obligado, cuando la costumbre es la horizontalidad, es un poco difícil y a veces largo. Puede ayudar el saber hacer coincidir el punto de unión de las dos partes del cuerpo (el tronco y las extremidades) con el ángulo obtuso que forma la superficie de la plataforma. Cuando se sabe adaptar el edredón al cuerpo el hecho es un hallazgo.»

*

Capítulo 013. Una vidilla.

Eugeni Xammar, La Veu de Catalunya, 20 de enero de 1923:

“Ayer domingo, día de luto nacional: manifestaciones de protesta contra la ocupación de la cuenca del Ruhr por el ejército francés. En Berlín las fuerzas protestatarias se han dividido. El Partido Socialista ha dicho que no quería ningún tipo de contacto con los monárquicos y antisemitas, y ha protestado por cuenta propia. Quince mítines con una gran afluencia de público y un orden perfecto, puesto que los socialistas son el único partido de orden que existe hoy por hoy en Alemania. Los comunistas también han protestado: contra la ocupación de la cuenca del Ruhr, contra el capitalismo francés y alemán, y contra todo y todos. La salvación —dijo uno de los oradores— debe venirnos de Rusia. Estos comunistas son unos bromistas consumados”.

“Nosotros, con el debido respeto al Morgen Post, miramos las cosas desde otro ángulo. Y mientras haya alemanes que crean que la ocupación de la cuenca del Ruhr por el ejército francés es un motivo suficiente para perseguir extranjeros por las calles de Berlín, nos parece muy bien que haya alemanes capaces de ir a ver, en día de luto nacional, Tienes una boca que da gusto o Casado con tu mujer. Es necesario que se cumpla la ley de las compensaciones”.

*

Capítulo 017. El Berlín canalla. Un rufianismo fundamental (I).

Josep Pla. Notas dispersas:

«El marco no cesaba de bajar, de forma implacable. Antes de comer, cambiaba el billetito; cuando acababa los marcos, volvía a cambiar. Había casas que no cerraban nunca... Mientras, frecuentábamos el restaurante que más nos apetecía, pedíamos una botella de vino del Rin, enviábamos tres o cuatro violetas —dos reales de violetas— a la puta más descarada. A veces cogíamos unos trenes magníficos, tan pronto estábamos en Breslau como en Bonn, en Múnich como en Hamburgo, en Stettin como en Chemnitz. Vi entonces una enorme cantidad de museos, de catedrales, de universidades, de célebres lugares, de monumentos históricos, de sitios de recreo con señores gordos y bien vestidos, señoritas de la prostitución, importantísimos pederastas, la casa de Kant en Koenigsberg, la de Schiller en Yena, el convento de Lutero en Erfurt, conciertos memorables, bailes impelentes, luces fastuosas. Tuve la impresión de vivir durante una temporada, no precisamente corta, en un mundo de puros criminales, en el que yo hacía un papel absolutamente modesto e insignificante, pero levemente teñido de un rufianismo fundamental.


Berlín llegó a tener un aspecto muy brillante. Era la capital del país que había perdido la guerra, pero parecía la del país que la había ganado. [...] Llegó un momento en que todo se subastaba. Cuando se necesitó la módica suma de un millón de marcos para comprar un dólar, se produjo como una especie de locura general —entre los extranjeros, sobre todo—. La prostitución fue en franco aumento, al igual que la inversión femenina... Vi llegar a algunos aventureros de mi país: lo primero que hacían era mantener a una señorita, alquilar un piso y regalarle un perrito que era una monada. «¡Qué señoras más guapas!», solía decirme. Siempre aligera un poco pensar que hay pequeños canallas más considerables. [...]


Tan pronto como la moneda perdió el valor, empezó el alza de precios. [...]

Berlín, ciudad burguesa, nórdica, confortable, que llevaba decenios nadando en una próspera abundancia, era un inmenso depósito de objetos evaluables. [...] En Berlín, dejaron de abundar las tiendas. Aparecieron los racionamientos, las largas colas para comprar un pedazo de pan moreno o un trozo de vianda. Estas colas, vistas sobre la perspectiva de la nieve invernal —de aquel invierno sin fuego, ni brasa, ni humo—, son cosas que no pueden ser descritas por poco respeto que la dignidad humana produzca en la propia sensibilidad.

Se puso a prueba la fuerza de la especie humana, la cual es enorme, ciertamente, pero cuyo límite es muy inferior a la hipérbole de la fraseología optimista. La candela quemaba boca abajo. [...] De pronto, los periódicos empezaron a publicar noticias sobre los adolescentes que se suicidaban.»

*

Capítulo 021. Mokum letal.

Durante siglos Amsterdam fue refugio (mokum) de los judíos europeos. Venían del Este, los llamados asquenazíes, o del sur, los sefardíes. La familia Herscovitz o Herscovici debe de ser asquenazí. En el mokum se hablaba una lengua producto de la mezcla de las nacionalidades: el bargoens. En el bargoens había palabras del yiddish, del holandés y de las lenguas magiares. La palabra melic («ombligo» en castellano) significa «barriga» en bargoens: también los nómadas magiares habían pasado por Cataluña... El bargoens puede compararse al lunfardo argentino, producto, igualmente, de la convivencia de emigrantes en un nuevo entorno. El hecho de que una gran parte de la población judía se sintiera segura en Amsterdam fue, paradójicamente, la razón por la que el exterminio fue aún mayor en Holanda que en los otros países europeos ocupados. En los años previos a la invasión alemana, la población judía había aumentado. La letal llamada del mokum.

Un estudio científico niega que el nivel del mar esté subiendo más rápido por Carmelo Jordá

Un nuevo estudio científico publicado en el Journal of Geophysical Research descarta que el nivel del mar esté subiendo más rápido. Esto desmonta otra de las predicciones apocalípticas de los calentólogos, que hablan de apocalípticas inundaciones por el calentamiento global.

Las teorías oficiales del calentamiento global nos aseguran que el nivel del mar está ya subiendo alarmantemente o subirá de forma catastrófica en los próximos años. Sin embargo, la realidad es muy diferente, al menos según un estudio recién publicado en el Journal of Geophysical Research y en el que sus autores afirman que "no hemos encontrado una aceleración significativa" de la subida del nivel del mar.

Se trata de un estudio que han realizados dos miembros del Alfred Wegener Institute for Polar and Marine Research de Alemania, una institución que incluso colabora con el IPCC, y del que se ha hecho eco el blog español Barcepundit.

Los autores del informe aseguran que según los datos que han recopilado con su propia y novedosa metodología, entre 1900 y el 2006 el nivel del mal subió entre 1,5 y 0,25 mm. al año, lo que concuerda con mediciones anteriores. Sin embargo, destacan que en este periodo no se ha producido un incremento significativo de este crecimiento del nivel de los mares, al contrario de lo que aseguran las teorías calentológicas, que predicen catastróficas crecidas de varios metros por el deshielo de los glaciares y de la capa que nieve que cubre Groenlandia.

Y es que tal y como señala otro blog que se hace eco del estudio, The Hockey Schtick, el nivel del mar viene subiendo de forma natural desde el final de la última glaciación, hace 20.000 años, una subida que ha sido más gradual desde hace unos 8.000 años y que, como hemos visto, no ha variado sensiblemente en el último siglo.

Guerreras sin fronteras por Arcadi Espada‏


Hay algunas cuestiones a discutir en la foto de la soldada israelí –y en las otras nuevas que ha publicado el periodista Dimi Reider en su blog. La Autoridad Palestina ha dicho que las fotos son humillantes. Es un adjetivo inmediato; pero sólo puede aplicarse a la soldada. Respecto a los prisioneros la humillación no proviene del acto de la fotografía (tal vez ni se enteraron) sino de lo que se ve en la fotografía: un apreciable documento del trato a los prisioneros. El ejército israelí, que se ha apresurado a arremeter contra la soldada, debe ponerle un pie a esas fotos: qué, quién, cómo, cuándo y dónde. Y también debería comprometerse a una revisión de su programa deontológico. Hay más cuestiones vinculadas, que la fotografía comparte con otras de su clase. Una llamativa, y ya observada en la guerra de Irak, es la naturaleza de la nueva mujer: más Judith que Verónica.

Luego está facebook, el asunto. La soldada colgó las fotos el 3 de agosto. Pero sólo hasta el lunes 16 no hicieron efecto: la razón principal es que habló de ellas la televisión. Es decir durante 13 días las fotos no se movieron del ámbito personal de la soldada. Tiene una importancia relativa que se colgaran en su perfil público y todo el mundo pudiera verlas: todo el mundo no deja de ser una optimista teoría, muy del gusto del ingenuo exhibicionismo internáutico. Si alguien entre sus conocidos no la hubiese sacado del círculo, la foto seguiría calmadamente en su lugar. En términos analógicos habríamos descrito el suceso diciendo que la soldada estaba en su casa, enseñando el álbum de guerra, y alguien le robó una foto y la llevó a la televisión. Es llamativo que la soldada se aventurara a correr el riesgo de que la robaran. Puede que sea víctima del síndrome facebook: cuando, en paralelo al desvanecimiento de las fronteras entre la realidad y la ficción, tampoco ya se distingue entre lo público y lo privado. Ella se sentía en su casa, comentando su vida. Hay que reconocer que en este asunto concreto era difícil hacer las cosas de otro modo: ¿Cómo enseñar el álbum a los amigos, tal vez remotos, (y comentarlo, y troncharse) sin utilizar facebook? ¿Y cómo se controla, incluso en un grupo privado, que una copia no pueda circular libremente? ¡Ah, si los derechos de autor sólo fueran un problema de la SGAE!

Hay otra hipótesis: que no viera riesgo. Nada inmoral que ocultar. ¡Al fin y al cabo no salía desnuda! La hipótesis de que estas jóvenes guerreras sin fronteras no distingan entre un prisionero y una pieza de caza.

Córdoba house por Ignacio Camacho‏

O hay libertad de culto o no. O es culpable la religión del atentado o no.


Córdoba house

DE todos los cafés de todas las ciudades del mundo, se quejaba Rick Blaine-Bogart en «Casablanca», Ilsa-Ingrid Bergman había tenido que aparecer precisamente en el suyo para

resucitar un viejo dolor enterrado. Algo así ha tenido que decir Barack (Hussein) Obama para rectificar su notable patinazo al defender el derecho de los musulmanes a construir una mezquita en la Zona Cero del 11-S: de todos los solares de todas las ciudades de todos los Estados Unidos, ése es probablemente el más inoportuno porque revive heridas mal cerradas en la conciencia de un pueblo atacado. Presa de un ataque de zapaterismo—síndrome que se manifiesta en decirle a todo el mundo lo que quiere oír—, el presidente americano sucumbió a la tentación de granjearse las simpatías islámicas durante una cena conmemorativa del Ramadán, pero la reacción irritada de sus compatriotas le ha forzado a recular ante una lógica corriente adversa de opinión pública. Al final ha dejado las cosas, acaso un poco tarde, en su justo término: el derecho a levantar mezquitas no se discute en una sociedad abierta, pero quizás en ese sitio no se trate de una buena idea.

Al fondo de toda esta polémica, que nos resulta familiar en un país también golpeado por el fundamentalismo islámico, no late tanto el problema de la tolerancia como el de la reciprocidad. El Estado liberal consagra la libertad de culto y la hace efectiva sin mayores problemas, como prueba la celebración masiva del Ramadán en Europa y América, pero esa pacífica coexistencia no debe enturbiarse con gestos interpretables como provocación innecesaria. La alianza de civilizaciones funciona de hecho en la realidad cotidiana —en España los trabajadores musulmanes gozan incluso del derecho a adaptar su jornada a la práctica del ayuno— sin trabas significativas al ejercicio de la oración ni de la prédica. Se trata de una cuestión asumida con naturalidad en el seno de las sociedades democráticas, que sin embargo no cuenta con un tratamiento recíproco en la mayoría de las naciones islámicas, donde no suelen concederse permisos para erigir iglesias cristianas ni para conmemorar la Navidad o la Semana Santa. Es esa falta de correlato lo que causa recelos y da lugar a sentimientos de agravio.

El debate de Nueva York no por eso un asunto de libertades sino de sensibilidad. Esa Córdoba House —vaya por Dios, el mito andalusí— que algún imán quiere edificar en el lugar donde más duele la tragedia no va a cicatrizar heridas, sino a reabrirlas. Y aunque queda claro que el Islam no es responsable de lo que allí ocurrió, también lo está que el impacto ambiental de una iniciativa así no acerca voluntades sino que las separa. La tolerancia es recíproca o no es tolerancia; el error de Obama sugiere que en caso de susceptibilidad al menos es menester atenerse al sentido común de la coexistencia.

Can the Dead (Capitalism) Be Brought Back to Life? by Robert Higgs‏

I pose this question seriously, not as a physiologist, but as an economic historian. I am provoked to raise the question by an advertisement that Amazon sent me recently, calling my attention a book titled Can Capitalism Survive? Creative Destruction and the Future of the Global Economy. Seeing this sales pitch, my immediate reaction was my usual sadly amused reply to such a question: Can capitalism survive? What an odd question! Assuming that capitalism ever existed at all, it has been dead for at least a century.

At first glance, I did not recognize that the book being advertised is one for which, in a sense, I am responsible. It turns out that the “new” book is only an old (portion of a) book, now adorned by a new subtitle and two new introductory paragraphs by the Newsweek columnist Robert J. Samuelson. If I reveal that the book’s author is Joseph A. Schumpeter, many readers will recognize it immediately as Part II of that famous economist’s best-known work Capitalism, Socialism and Democracy, first published in 1942, with subsequent editions in 1947 and 1950.

The new book’s front cover has a blurb from Fortune that declares Schumpeter to have been “the most influential economist of the twentieth century . . . a major prophet.” The back cover has an embarrassingly superficial blurb by publisher Steve Forbes that, among other things, describes Schumpeter as “the twentieth century’s foremost economist.”

I do not consider Schumpeter entitled to be called the most influential economist of the past century―that distinction unfortunately belongs to John Maynard Keynes, and Milton Friedman surely deserves the second place. As for Schumpeter’s rank as a prophet or as the intellectually foremost economist, I would place him below Ludwig von Mises and F. A. Hayek.

Nevertheless, Schumpeter was unquestionably one of the most important economists of his day, and his work has continued for good reason to attract readers ever since his death in 1950. His analysis of the historical dynamics of classic capitalism, which makes up Part II of Capitalism, Socialism, and Democracy, though contestable on various grounds, may be, all in all, the best ever written, and it certainly remains among the most thought-provoking. (My own thoughts on Schumpeter’s analysis appear briefly in my book Crisis and Leviathan, pp. 239-44.)

In the mid-1970s, having read Capitalism, Socialism and Democracy repeatedly and having used it to good effect in my teaching, I sent a proposal to Harper & Row, the publisher. I proposed that Part II of the book be published as a separate work with an introduction by me. I asked for a reasonable royalty on sales of this proposed book. Harper & Row declined my offer. The publisher liked the idea of a stand-alone publication of Part II, with my introduction, but did not want to pay me a royalty. Not long afterward, in 1978, I was surprised to find in the bookstores the very volume I had proposed, with an introduction by Robert Lekachman, who evidently had been willing to work for less than I when he was approached by the publisher. Somewhat pushed out of shape by this pilfering of my idea, I wrote a letter to Harper & Row to let their managers know how unprofessional, at best, I considered their action to be. As I recall―although my memory is foggy in this regard―Harper then sent me a nominal “finder’s fee.”

(This episode, by the way, was but one of many that led me to propound Higgs’s Law of Publishing, which states: All publishers strive to maximize losses, but by virtue of sheer stupidity, some of them screw up so royally that they earn enough income to remain in business.)

Returning from the foregoing personal digression, what are we to make of the idea that capitalism might survive, indeed, of the idea that it has survived to date, when in fact it has scarcely ever existed and, even when prevailing economic conditions and institutions verged most closely on the capitalist model, sometime between the 1830s and World War I in the United States, they suffered a variety of government interventions and distortions that made the prevailing economic order, like nearly all such orders in reality, a form of “mixed economy”?

My friend Sheldon Richman has been on something of a crusade recently against the defense of capitalism by those who favor a free society, which of course includes a free-market economy. He prefers that defenders of freedom avoid the defense of something called capitalism because, first, the term derives in large part from enemies of the free society, such as the Marxists, and, second, because it has always served and continues to serve the enemies of a free society as a perennial object of misplaced responsibility, a (nonexistent) malefactor to be blamed for every economic problem the government’s countless interventions bring about.

Thus, most recently, by undertaking a series of decisive interventions stretching from the Fed‘s mismanagement of monetary policy, to Fannie and Freddie’s subsidies of unqualified home buyers, to the self-serving idiocies of Barney Frank, Chris Dodd, and Co., among other ill-fated actions, the government created the complex of interrelated disasters that includes the housing boom and bust, the financial debacle of 2008, and the economic recession since 2007. And who’s to blame? That’s right: capitalism. Which must then be “reformed” by mountains of additional government interventions laid atop the previously existing mountain, leaving, of course, Barney and Chris sitting pretty as the reformers, and the key troublemakers―the Fed, Fannie, and Freddie―smelling like roses, with the Fed being given even more power, and Fannie and Freddie being fed a diet of hundreds of billions of dollars in ongoing taxpayer-funded bailouts to continue doing the damage they do.

Perhaps, if we all frankly admitted that capitalism has been as dead as a dodo since 1914, if not even longer, then such factually absurd, ideologically inspired, politically tactical blame-casting would be precluded. It would make no more sense than blaming our economic troubles on the divine right of absolute monarchs, centuries after that doctrine has been abandoned. Perhaps.

So far, however, I have refrained from coming completely onboard Richman’s crusade ship. For many proponents of the free society, capitalism has always signified the ideal of the free-market society more than it has referred to any of its deeply compromised and distorted instantiations that have occurred historically. These people are understandably reluctant to give up still another cherished shibboleth to their enemies, as they previously surrendered their most positive and important ideological identity as liberals. So, even though I rarely use the term capitalism, and I strive to make as clear as I can the difference between the ideal free society (which I defend) and the realities of any existing or previously existing society (which I only study), for now, I decline to condemn those who continue to defend capitalism. They may be making a rhetorical mistake, as Richman insists, yet their hearts are in the right place. It will be easier to straighten out people’s rhetoric in due course than to bring about the change of heart that so many misguided people must experience, if even a shred of freedom is to be preserved.

*

My grounds for opposing “capitalism” are not those specified above. Negative references to capitalists predate Marx. For example, Thomas Hodgskin, a laissez faire advocate and mentor to Herbert Spencer, thought of capitalism as the existing system in which government openly favors capital at the expense of labor and consumers through controls, tariffs, subsidies, and the like. (The word certainly suggests that.) This was the common view among radical liberals throughout the nineteenth century. The American Benjamin Tucker, a self-described consistent Manchester man, regarded capitalism that way. But it’s not just semantics, the actual on-the-ground architects of the American system (e.g. Hamilton and Lincoln) favored heavy government assistance to business, a form of industrial policy and corporatism. Nock and Ekirch understood this completely. I see no grounds for associating capitalism with freed markets.

This is more than a rhetorical matter.

PS: I haven’t condemned anyone.

Sheldon Richman
Aug 16, 2010 (2 days ago)

*

Sheldon,

I apologize for mischaracterizing your grounds for your crusade against “capitalism,” and I am puzzled that I managed to misunderstand you so completely. You obviously know your motives better than I, so I am not arguing against them as such if I affirm that your crusade against something called capitalism would make more sense if it were based on the grounds I wrongly attributed to you.

I am well aware that Marx did not invent the term capitalism, but the present worldwide use and — for most intellectuals and secondhand dealers in ideas, the hostility toward — capitalism may be traced fairly directly to Marxists. People such as Hodgson and Tucker, in contrast, are virtually unknown outside the circle of intellectual historians and a small group of libertarians.

More important, the prevailing use of the term “capitalism” in intellectual and ideological writings and political struggles changed greatly in the twentieth century. In the nineteenth century, many writers, as you note, attacked “capitalism” because they identified it with a prevailing system that contained many government intrusions, often in favor of the “capitalists” of the day who had influence with the government. In the twentieth century, in contrast, intellectuals who wished to defend the free society, including free markets, came by and large to defend “capitalism.” Without explicitly pro-capitalist works such as Milton Friedman’s CAPITALISM AND FREEDOM and Ayn Rand and associates’ CAPITALISM: THE UNKNOWN IDEAL, we could probably count the number of contemporary libertarians on our fingers and toes.

Even the great Ludwig von Mises wrote a book titled THE ANTI-CAPITALIST MENTALITY to analyze this mentality and expose its fallacies.

I greatly fear that the main effect of any crusade against “capitalism” will be to cause pro-freedom people who encounter it to reject the crusaders immediately, given that the greatest enemies of the free society for the past century, especially the Communists, ceaselessly attacked capitalism, blamed it for every imaginable evil, and held out the prospect that by destroying it, we can create heaven on earth. I don’t believe in guilt by association; I simply insist that you won’t do the pro-freedom cause much good by sleeping in the same “anti-capitalist” bed as these well-known enemies of the free society.

People such as Mises and Friedman, who unashamedly endorsed capitalism, never defended the countless interventions that mark the existing (or previously existing) system, such as tariffs, subsidies, price controls, and so forth. For them, as for most people nowadays, capitalism and the free-market system are synonymous. It’s more important to get the substance right than to choose a particular word to denote the ideal system of political economy we seek to defend.

Of course — and I suspect this is your real grievance — many political actors and political commentators purport to defend capitalism while taking countless actions that actually undermine and tend to destroy the free society, and the free market in particular. Such hypocrisy is to be exposed and condemned; you are a great living example of how to do so tirelessly. However, we can’t get rid of political hypocrisy; politics and lying are as hand and glove. I don’t think, though, that this sort of grievance justifies a movement to attack capitalism. Again, we have a better chance of getting our message through if we simply attack the particular objectionable government action or program.

Robert Higgs
Aug 16, 2010 (2 days ago)