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Drogas y crimen

En este vídeo, el profesor Alex Kreit, explica uno de los argumentos más claros para acabar con la prohibición de las drogas.


Se dedican una gran cantidad de recursos a investigar, perseguir, juzgar y encarcelar a personas por el mero hecho de consumir drogas, mientras que otros delitos claramente más perjudiciales para la sociedad, como asesinatos, robos y violaciones, quedan impunes porque no se dedican los recursos necesarios.

Debemos dejar de criminalizar el consumo de drogas. Se las debe tratar igual que al tabaco y al alcohol. Son sustancias dañinas, pero las persona deben ser responsable de su uso y consumo. El Estado debe preocuparse de concienciar a la gente, de ayudarla y de limitar su consumo en lugares públicos. 

El proyecto de estatizar la marihuana

por Andrés Oppenheimer.


A juzgar por lo que el presidente de Uruguay José Mujica me dijo la semana pasada en una entrevista, existe una posibilidad real de que en su país la gente pueda muy pronto comprar marihuana legalmente a una empresa regulada por el gobierno que estará a cargo de la distribución y venta de la droga.
Mujica, de 78 años, envió al Congreso hace unos días un proyecto de ley que tal vez sea la propuesta más audaz de legalización de marihuana en todo el mundo. La propuesta propone que el estado “asuma el control y la regulación de las actividades de importación, producción, adquisición a cualquier título, almacenamiento, comercialización y distribución de marihuana”.
El proyecto va mucho más allá de lo que han hecho países como Holanda y Portugal para despenalizar el uso de marihuana. También va mucho más lejos de propuestas recientes como las del presidente guatemalteco Otto Pérez Molina y de los presidentes de Colombia y México para iniciar un debate abierto sobre la legalización de las drogas.
¿Usted está proponiendo que el estado venda marihuana?, le pregunté a Mujica.
“Es algo un poquito más profundo”, respondió. “Se trata de quitarles el mercado a los narcotraficantes”.
Mujica me explicó que, en la actualidad, los narcotraficantes que venden marihuana en Uruguay suelen llevar a los jóvenes a consumir drogas más pesadas y peligrosas, como la pasta de coca. Eso ha generado un importante aumento de la criminalidad en el país.
“Preferimos que este mercado de las drogas blandas no sirva de entrada para las llamadas drogas más duras”, dijo Mujica.
Al tomar a su cargo y regular el negocio de la marihuana en Uruguay, estimado en unos 40 millones de dólares anuales, el estado se lo quitará a los narcotraficantes, y los debilitará, aseguró Mujica. Además, el estado llevaría un registro de todos los consumidores de marihuana, y les podría dar tratamiento a los más graves adictos, tal como se hace actualmente en el caso de los alcohólicos, dijo.
Cuando le pregunté si su idea es que los uruguayos compren marihuana en bares o en kioscos, Mujica dijo eso es algo que deberá decidir el Congreso. Agregó que su proyecto de ley tiene un “cincuenta por ciento” de apoyo en el Congreso, pero que espera que el debate público ayude a que sea aprobado.
¿Y qué piensa de la crítica de que una empresa estatal que venda marihuana se convertirá en una burocracia inepta, con grandes posibilidades de corromperse al entrar en el negocio del narcotráfico?, le pregunté.
Mujica, que hasta ahora no había aclarado si está a favor de que la empresa encargada de gerenciar su proyecto sea estatal o privada, dijo que “una empresa privada es la que va a vender” la marihuana bajo estricto control gubernamental, tal como ocurre ahora con las ventas de bebidas alcohólicas.
¿Y si esta ley se aprueba, no convertirá a Uruguay en una meca turística para fumadores de marihuana?, le pregunté. Mujica respondió que su plan es “un mecanismo para uruguayos” que estarán registrados y tendrán una ración mensual, y que los extranjeros no podrán comprar marihuana.
En cuanto a la critica de que los precios más bajos de la marihuana producirán un aumento del consumo –como ocurrió cuando se abolió la prohibición del alcohol en Estados Unidos en la década de 1930–, Mujica señaló que se trata de un riesgo que vale la pena correr.
Cuando Estados Unidos levantó la prohibición del alcohol, “la gente al principio bebía un poco más...y el hecho es que Estados Unidos siguió viviendo, y hoy en día es una nación bastante próspera, ¿no?”, dijo.
“Lo que no podemos hacer es seguir haciéndonos los tontos, disimular y mirar para el otro lado” mientras sigue aumentando el consumo y la violencia relacionada con el narcotráfico, concluyó Mujica. “Entonces, tratamos de ensayar otras armas”.
Mi opinión: cuando leí por primera vez el proyecto de ley de Mujica proponiendo que el estado “asuma” el control del negocio de la marihuana, mi primera reacción fue pensar que Uruguay creará una nueva burocracia gubernamental, repleta de amigos del gobierno, que probablemente terminarán fumándose los ingresos de las ventas de marihuana o –peor aún— vendiendo drogas duras por debajo de la mesa.
Pero si el plan de Mujica es subcontratar una empresa privada de trayectoria conocida para gerenciar el negocio bajo regulaciones estatales –tal como ocurre con las empresas que venden whisky o cerveza–, tal como dijo en la entrevista, quizás no sea una idea tan loca. Los ingresos podrían usarse para pagar programas de educación, prevención y tratamiento para combatir drogas más duras.
Lo está claro es que la guerra contra las drogas no está funcionando, y está dejando decenas de miles de muertos en todo el hemisferio. Si se hace bien, experimentar con “nuevas armas” será mejor que no hacer nada.

Read more here: http://www.elnuevoherald.com/2012/08/18/v-fullstory/1280946/el-proyecto-de-estatizar-la-marihuana.html#storylink=cpy


La marihuana sale del armario


Poco a poco, la batalla por la legalización de las drogas va abriéndose camino y haciendo retroceder a quienes, contra la evidencia misma de los hechos, creen que la represión de la producción y el consumo es la mejor manera de combatir el uso de estupefacientes y las cataclísmicas consecuencias que tiene el narcotráfico en la vida de las naciones.
Hay que aplaudir la valerosa decisión del gobierno de Uruguay y de su presidente, José Mújica, de proponer al Parlamento una ley legalizando el cultivo y la venta de cannabis. De ser aprobada —lo que parece seguro pues el Frente Amplio tiene mayoría en ambas cámaras y, además, hay diputados y senadores de los partidos de oposición, Blanco y Colorado, que aprueban la medida—, ésta infligirá un duro revés a las mafias que, de un tiempo a esta parte, utilizan a ese país no sólo como mercado de la droga sino como una plataforma para exportarla a Europa y Asia. Esta ley forma parte de una serie de disposiciones encaminadas a combatir la “inseguridad ciudadana”, agravada de un tiempo a esta parte en Uruguay, al igual que en toda América Latina, por la criminalidad asociada al narcotráfico.
“Alguien tiene que ser el primero”, declaró el presidente Mújica aO’Globo, de Brasil. “Alguien tiene que empezar en América del Sur. Porque estamos perdiendo la batalla contra las drogas y el crimen en el continente”. Y el ministro de Defensa de Uruguay, Eleuterio Fernández Huidobro, señaló, como razón central de este paso audaz, que “la prohibición de ciertas drogas le está generando al país más problemas que la droga misma”. No se puede decir de manera más lúcida y concisa una verdad de la que tenemos pruebas todos los días, en el mundo entero, con las noticias de los asesinatos, secuestros, torturas, atentados terroristas, guerras gansteriles, que están sembrando de cadáveres inocentes las ciudades del mundo, y el deterioro sistemático de las instituciones democráticas de los países, cada día más numerosos, donde los poderosos cárteles de la droga corrompen funcionarios, jueces, policías, periodistas y a veces deciden los resultados de las justas electorales. La prohibición de la droga sólo ha servido para convertir al narcotráfico en un poder económico y criminal vertiginoso que ha multiplicado la inseguridad y la violencia y que podría muy pronto llenar el Tercer Mundo de narcoestados.
Según las primeras informaciones, este proyecto de ley pondrá en manos del Estado uruguayo el control de la calidad, cantidad y precio de la marihuana y los compradores deberán registrarse y tener cumplidos 18 años de edad. Cada comprador podrá adquirir un máximo de 40 porros al mes y los impuestos que graven la venta se emplearán en tratamientos de rehabilitación y de prevención y en la creación de un centro de control de calidad del producto. En un comentario a la iniciativa uruguaya que leo en Time Magazine, por lo demás muy favorable a la medida, se recuerda el mal administrador que suele ser el sector público, y con buen juicio se deplora que no se deje en libertad al sector privado de llevar a cabo esta tarea, eso sí, bajo una estricta regulación.

En ese mismo ensayo se examina lo ocurrido en Portugal, donde desde hace una decena de años se legalizó de manera parcial la marihuana sin que ello haya traído consigo el aumento del consumo de drogas más fuertes, que es lo que suelen alegar que ocurrirá los que se oponen de manera irreductible a la legalización de las llamadas drogas blandas.Time Magazine recuerda además que, según las últimas encuestas, un 50% de los ciudadanos de Estados Unidos se declaran a favor de la legalización del cannabis. Extraordinaria evolución cuando uno recuerda la tempestad de críticas, y hasta de injurias, que recibió hace algunas décadas Milton Friedman cuando defendió la legalización de las drogas y predijo el absoluto fracaso de la política de represión en las que los gobiernos de Estados Unidos han gastado ya muchos billones de dólares.
El Gobierno del Uruguay, al atreverse a legalizar la marihuana, hace suyos muchos de los argumentos y estudios que viene difundiendo la Comisión Latinoamericana de Drogas y Democracia, que encabezan los expresidentes Fernando Henrique Cardoso de Brasil, César Gaviria de Colombia y Ernesto Zedillo de México, y de la que yo mismo formo parte con otras 18 personas, de distintas profesiones y quehaceres, de la región. Recibida al principio con reticencias y preocupación, y a veces duras críticas, esta Comisión ha ido ganando audiencia y respetabilidad por la seriedad de sus trabajos, en los que han participado siempre especialistas destacados, por su espíritu dialogante y la clara vocación democrática que la inspira.
El problema de la droga ya no sólo concierne a la salud pública, al descarrío de tantos niños y jóvenes a que muchas veces conduce, y ni siquiera a los terribles índices del aumento de la criminalidad que provoca, sino a la misma supervivencia de la democracia. La política represiva no ha restringido el consumo en país alguno, pues en todos, desarrollados o subdesarrollados, ha seguido creciendo de manera paulatina, y sí ha tenido en cambio la perversa consecuencia de encarecer cada vez más los precios de las drogas. Esto ha transformado a los cárteles que controlan su producción y comercialización en verdaderos imperios económicos, armados hasta los dientes con las armas más modernas y mortíferas, con recursos que les permiten infiltrarse en todos los rodajes del Estado y una capacidad de intimidación y corrupción prácticamente ilimitada.
Lo ocurrido en México es sumamente instructivo. El presidente Calderón, consciente del enorme riesgo para el funcionamiento de las instituciones que representaba el narcotráfico, decidió combatirlo de manera frontal, incorporando al Ejército a esta lucha. Los 50.000 muertos que esta guerra lleva ya en su haber no parece haber hecho mayor mella en las actividades criminales de los mafiosos, ni haber disminuido para nada el consumo de drogas blandas o duras en la sociedad mexicana, y sí, en cambio, ha desatado una creciente desesperanza y decepción hacia el gobierno, al que se reprocha incluso, con dureza, “haber declarado una guerra que no se podía ganar”. ¡Fantástica conclusión! ¿Había, pues, que bajar los brazos, rendirse, mirar para otro lado, y dejar que los pistoleros y traficantes de la droga se fueran apoderando poco a poco de todas las instituciones de México, que pasaran a ser ellos los verdaderos gobernantes de ese país?
Evidentemente, ésa no podía ser la solución. ¿Cuál entonces? La que, con gran mérito, está emprendiendo el gobierno uruguayo. Cambiar de táctica, pues la puramente represiva no sirve y es contraproducente, ya que beneficia a la mafia, a la que enriquece y confiere más poder. En las actuales circunstancias, la primera prioridad no es poner fin a la producción y al consumo de drogas, sino acabar con la criminalidad que depende íntimamente de estas actividades. Y para ello no hay otro camino que la legalización.


Desde luego que legalizar las drogas implica riesgos. Deben ser tomados en cuenta y combatidos. Por ello, quienes defendemos la legalización siempre subrayamos que esta medida debe ir acompañada de un esfuerzo paralelo para informar, rehabilitar y prevenir el consumo de estupefacientes perjudiciales para la salud. Se ha hecho en el caso del tabaco y con bastante éxito, en el mundo entero. El consumo de cigarrillos ha disminuido y hoy día quedan pocos lugares donde los ciudadanos no sepan los riesgos a los que se exponen fumando. Si quieren correrlos, sabiendo muy bien lo que hacen, ¿no es su derecho hacerlo? Yo creo que sí y que no está entre las funciones del Estado impedir a un ciudadano que goza de sus facultades llenarse los pulmones de nicotina si le da su real gana.
Siempre he tenido una gran simpatía por el Uruguay, desde el año 1966, en que fui a Montevideo por primera vez y descubrí que América Latina no era sólo una tierra de gorilas y terroristas, de revolucionarios y fanáticos, de explotadores y explotados, que podía ser también tierra de tolerancia, coexistencia, democracia, cultura y libertad. Es verdad que Uruguay pasó a vivir luego la atroz experiencia de una dictadura militar. Pero la vieja tradición democrática le ha permitido recuperarse más pronto que otros países y hoy, quién lo hubiera dicho, bajo un gobierno de un Frente Amplio que parecía tan radical, y un presidente de 77 años que fue guerrillero, es otra vez un modelo de legalidad, libertad, progreso y creatividad, un ejemplo que los demás países latinoamericanos deberían seguir.

It's the 41st Anniversary of Our Shameful, Deadly and Costly War on Drugs. Can We Call a Cease-Fire?


by Mark Perry.

Almost half of all U.S. inmates in federal prisons are serving time in cages for drug offenses.

 


This Sunday will mark the 41st anniversary of President Richard Nixon's declaration of America's War on Drugs Peaceful Americans Who Voluntarily Choose To Use Intoxicants Not Approved of by the Government, Who Will Put Users in Cages if Caught. On June 17, 1971 Richard Nixon delivered a"Special Message to the Congress on Drug Abuse Prevention and Control," where he appealed to Congress to give the highest priority to provide funding and authority to the federal government to "destroy the market for drugs," with "increased enforcement and vigorous application of the fullest penalties provided by law" and to "render the narcotics trade unprofitable."

Specifically, Nixon asked Congress to "authorize and fund 325 additional positions within the Bureau of Narcotics and Dangerous Drugs to increase their capacity for apprehending those engaged in narcotics trafficking here and abroad and to investigate domestic industrial producers of drugs." 

In addition, Nixon asked Congress to provide $45 million in funding for America's new war ($255 million in today's dollars) "to enable the Bureau of Customs to develop the technical capacity to deal with smuggling by air and sea, to increase the investigative staff charged with pursuit and apprehension of smugglers, and to increase inspection personnel who search persons, baggage, and cargo entering the country. Funding of $7.5 million would permit the IRS to intensify investigation of persons involved in large-scale narcotics trafficking."

"These steps would strengthen our efforts to root out the cancerous growth of narcotics addiction in America. It is impossible to say that the enforcement legislation I have asked for here will be conclusive--that we will not need further legislation. We cannot fully know at this time what further steps will be necessary. As those steps define themselves, we will be prepared to seek further legislation to take any action and every action necessary to wipe out the menace of drug addiction in America. But domestic enforcement alone cannot do the job. If we are to stop the flow of narcotics into the lifeblood of this country, I believe we must stop it at the source."

Nixon concluded his special message with this prediction: "The final issue is not whether we will conquer drug abuse, but how soon. Part of this answer lies with the Congress now and the speed with which it moves to support the struggle against drug abuse."

MP: It's been 41 years since Nixon declared a "War on Drugs," and we know now that it has been a failed mission.  We haven't conquered drug abuse with an expensive, 41-year "War on Drugs," just like Prohibition didn't conquer alcohol abuse.  What the War has done is dramatically increase the number of Americans jailed for drug offenses, as the chart above shows.  As of the end of May, almost half (48.2%) of all inmates in federal prisons are serving time for drug offenses.   We've also exported our "War on Drugs" to other countries like Mexico, which has resulted in 55,000 drug-related murders there, almost as many war casualties as the U.S. experienced during the Vietnam War.  

And even though we Americans take great pride in our +200-year history of "economic and political freedom," we should be ashamed of our War on Drugs, and our status as the "World's Number One Jailer," part of which is the result of our drug war.  According to the International Center for Prison Studies, the United States leads the world with an incarceration rate of 730 prisoners per 100,000 population, see table below and full list here. By comparison, Canada's incarceration rate is 117 per 100,000 population,  Germany's rate is 83, and Japan's rate is 53.

Here's one comparison: How does the U.S., which ranks No. 10 in the world for economic freedom, compare to the ten least economically free countries in the world (according to the Heritage Foundation's 2012 Index of Economic Freedom), for incarceration rates?  The table below shows that comparison.  It should be embarrassing that none of the ten most economically repressed countries in the world have incarceration rates anywhere close to the United States, except maybe Cuba with 510 prisoners per 100,000 population.  So as much as we think of America as the "land of the free and the home of the brave," and despite our high ranking for economic freedom, our record of putting people in cages for using intoxicants not approved of by the government tarnishes America's great legacy of freedom.     


Isn't it time to call a truce or cease-fire on our shameful, deadly, expensive and failed War on Drugs?   
CountryEconomic Freedom
Rank
Prison Population
Rank
Prison Population
per 100,000
United States101730
Turkmenistan16859224
Timor Leste16921920
Equatorial Guinea17020639
Iran17129333
Congo17221333
Burma173124120
Venezuela174149149
Libya17519845
Cuba1767510
Zimbabwe177124121

Panfletos liberales II. Carlos Rodríguez Braun. 2010

Por Manuel Álvarez López.



El libro es una defensa razonada del liberalismo, a lo largo de los artículos escritos por Carlos Rodríguez Braun entre los años 2004 y 2009. Lo incluyo entre mis libros.

El libro se estructura en nueve bloques: Cultura, economía, capitalismo, socialismo, liberalismo, estado de bienestar, América latina, España y Europa, y moral y religión. Con un prólogo de Carlos Herrera.

Para alguien como yo, que lee todos los artículos del autor y sigue sus intervenciones en medios de comunicación, no hay casi sorpresas. El autor no se desvía casi nunca de su defensa de la libertad individual frente a las manías controladoras de los Estados y otras organizaciones. Para los que no conocen al autor, nada mejor que el consejo del prologuista (P. 20): "Dejen de un lado prejuicios decimonónicos y monsergas largamente aprendidas y dadas por válidas por ese tipo de pensadores que siempre tienen aspecto de estar enfadados. Dejen de lado dogmas antiguos y soflamas fáciles. El desarrollo de sus diversos capítulos no les dejará indiferentes".

Ese casi se debe al tema de las drogas (Pp. 162-166), el autor está de acuerdo con la tesis de Anthony Daniels, "médico y escritor inglés que publica bajo el seudónimo de Theodore Dalrymple", en la que razona su oposición a la legalización de las drogas, para lo cual Rodríguez Braun analiza el libro de Theodore Dalrymple, Romancíng Opiates. Pharmacological Lies and the Addiction Bureaucracy (2008). Dalrymple rechaza que la drogadicción sea una enfermedad y que las drogas tomen a las personas, el autor afirma: "requiere voluntad hacerse drogadicto, no es un accidente". Además afirma que: "se puede dejar la droga y los síntomas en la desintoxicación son menos graves que en el caso del alcohol". También niega la relación entre adicción y delincuencia. Se opone a que la única solución para resolver la drogadicción sea con la lucha del sector público, y critica el uso de la metadona. Critica la ficción de que los drogados son personas intelectualmente dotadas: "un borracho es un borracho, pero un adicto a la heroína es un filósofo". Pero tras condenar "el intervencionismo burocrático en las drogas y la basura intelectual del progresismo con todos sus tópicos antiliberales", el autor no defiende la legalización. Aunque está de acuerdo en que se acabaría con que "la liberalización acabara con las mafias del narcotráfico, mejoraría la calidad de las drogas (las muertes por sobredosis suelen serlo en realidad por deficiencias en la calidad) y arrebataría a ese mundo la aureola de atractivo que para algunos confiere la prohibición". Pero argumenta que la "prohibición probablemente disuade a algunas personas de la opción de drogarse", eso me parece una conjetura porque podría ser lo contrario, que la prohibición incite a algunas personas a drogarse. Y duda de la inelasticidad de la demanda de las drogas, argumentando que la demanda del alcohol sí es elástica. También duda de que haya "una relación mecánica entre legalización y fin de la violencia". Dalrymple aboga por "liquidar la burocracia y cerrar todas las clínicas que tratan a los adictos: 'esto acabaría con la nociva pretensión de que los drogadictos son enfermos que necesitan tratamiento' -sólo habría que tratarlos por las consecuencias físicas más graves de su adicción-. 'Los drogadictos deberían hacer frente a la verdad. Independientemente de su pasado, ellos son responsables de sus actos igual que los demás'". Aunque el razonamiento es bueno, y el autor tiene "experiencia como médico en una prisión británica", no acaba de convencerme como Rodríguez Braun puede apoyar esa tesis, al fin y el cabo la libertad es un bien supremo, más allá de otras consideraciones. 

En todo el demás el libro es muy convincente y se enfrenta a los mantras y mitos sobre el liberalismo. Por ejemplo:

En el caso de los humoristas gráficos (Pp. 21-22): 
Romeu: "el agua ¿es un derecho o una mercancía?", y responde uno de los personajes: "depende de si la necesitas o la tienes". En sólo una línea condensa el totalitarismo. Lo que necesitamos nos lo deben dar, porque es un derecho. En cambio lo que poseemos nos lo pueden ,quitar, porque es una mercancía, y por tanto no es un derecho. Notable.
Nada es más facil que explicar por qué hay pobres, siendo la miseria generalizada la compañera de toda la historia de toda la humanidad salvo los dos últimos siglos. El problema de verdad es otro: ¿por qué hay ricos? Y eso nos llevaría a la propiedad privada y el comercio, cosas apreciables que casi nadie dibuja con aprecio.

Señala que las tonterías no se limitan a España (P. 24):
Que no se diga que los disparates totalitarios son monopolio der progresismo español. Doña Gudrun schyman, del partido Iniciativa Feminista, explica así el paraíso sueco: "en casi todos los países, la mujer depende ,de un hombre. Aquí depende del Estado, y eso la hace más libre".

También hay críticas al propio ideario liberal (P. 27):
El liberalismo decimonónico cometió el error trágico de pensar que su enemigo era la Iglesia,y asi acabó dándole alas al enemigo de verdad, el Estado. De ahí viene la siniestra consecuencia de la educación pública, y por eso Castellani identifica el liberalismo con la educación estatal, e incluso con el comunismo.

Destruyendo el mito de las finanzas desreguladas (P. 31):
Las finanzas disfrutan de una libertad aún menor que las demás actividades económicas, al estar el dinero y la banca controlados por autoridades públicas y monopólicas llamadas Bancos Centrales, es decir, cualquier cosa menos el mercado libre. Ni los impuestos, ni los gastos públicos, ni las regulaciones han disminuido en ninguna parte del planeta, y menos aún en España. Claro que hay privilegiados, pero son los representantes de la política y aquellos que medran a su socaire.

Respecto de África, el autor indica (P. 34) que las fortunas en África provienen de la cercanía al poder, ministros y gobernantes, en lugar de provenir del sector privado.

Hay muchas citas interesantes y defensa de la libertad, por sí misma no por sus logros, que son muchos.

George Will: Drug Prohibition Is an Awful Flop. We Like It.

Jacob Sullum.



In a new column, George Will concedes that seeking altered states of consciousness is "natural," that the distinctions drawn by our drugs laws are not based on the relative hazards posed by these substances, that efforts to suppress the supply of drugs are futile, and that prohibition causes "rampant criminality," "disrespect for law," and "mayhem in Mexico," among other bad consequences. But he worries that legalization would lead to a big increase in drug addiction and the problems associated with it:
Suppose cocaine or heroin were legalized and marketed as cigarettes and alcohol are. And suppose the level of addiction were to replicate the 7 percent of adults suffering from alcohol abuse or dependency. That would be a public health disaster. As the late James Q. Wilson said, nicotine shortens life, cocaine debases it....
Legalization would mean drugs of reliable quality would be conveniently available from clean stores for customers not risking the stigma of breaking the law in furtive transactions with unsavory people. So there is no reason to think today’s levels of addiction are anywhere near the levels that would be reached under legalization.
Since Will begins the column by implicitly conceding that alcohol is morally indistinguishable from illegal drugs, it is disappointing that he leans on Wilson's comment about nicotine vs. cocaine, which is frequently cited by prohibitionists even though it is essentially meaningless. Sometimes cocaine debases life; more often (judgng from, among other things, the government's own survey data), cocaine enhances life, in the sense that it provides pleasure without causing serious problems. It is telling that Wilson picked nicotine for his comparison, since he never could have gotten away with a similarly glib claim about alcohol. Does alcohol debase life? Again, sometimes yes, but typically no. This observation tells us nothing about the proper legal status of either drug.
Contrary to Will's assertion, there are several reasons to believe that the sum total of drug addiction problems would not be much bigger, and might be smaller, if prohibition were repealed:
1) There is a ceiling to the demand for intoxication, and people may use one drug instead of another, rather than in addition to it. To the extent that newly legal marijuana replaces alcohol, for example, people will be less apt to harm themselves or others. The health risks associated with marijuana are in many ways less serious than the health risks associated with alcohol, and there is evidence that the substitution of marijuana for alcohol reduces traffic fatalities.
2) It seems likely that the people most prone to addiction are the ones who are least deterred by the barriers that prohibition erects. Assuming that's true, the addiction rate for a given drug may well be lower after legalization. There still might be an increase in the total number of addicts, but not as big an increase as you would expect based on current rates.
3) The problems associated with addiction are exacerbated by prohibition, which drives prices up, makes drug quality and purity unpredictable, spreads disease by encouraging needle sharing, impedes information about harm reduction, stigmatizes users, entangles them in the criminal justice system, and exposes them to the risk of black-market violence. For all these reasons, a legal addiction is less of a problem than an illegal one. When Will says "legalization would mean drugs of reliable quality would be conveniently available from clean stores for customers not risking the stigma of breaking the law in furtive transactions with unsavory people," he seems to think that's a bad thing. It's not.
It is important to separate addiction—a hard-to-break attachment—from its consequences. Will and Wilson both assert that nicotine kills smokers, for example, when in fact it is smoke that kills smokers. Nicotine itself is safe enough that the FDA has approved it, in various forms, as a substitute for cigarettes. Nonpharmaceutical alternatives such as snus and electronic cigarettes also are much less hazardous, for the same reason: People can consume them without inhaling combustion products. A pack-a-day cigarette smoker who switches to nicotine gum or e-cigarettes may still be addicted to nicotine, but this addiction is now a much smaller problem. Likewise, people can use pharmaceutical-quality opiates for many years without suffering serious health problems, provided they follow sanitary injection practices and do not mix depressants. In addition to eliminating the drug hazards created by prohibition, legalization would enable manufacturers to compete based on safety, offering products that minimize risk while delivering the effects customers want.
Will's addiction concerns seem to be focused on cocaine and heroin. But marijuana is far and away the most popular illegal drug, and the one that is most likely to win widespread acceptance in a legal market. When he was challenged to demonstrate his limited-government principles by supporting marijuana legalization during a televised debate last December, Will said, "I need to know more about whether it's a gateway to other drugs." (He could start here.) Will clearly has been reading up on the subject since then, and one of the sources he cites is UCLA criminologist Mark Kleiman, who favors legalizing marijuana (albeit under a ration-card system). Does Will agree with Kleiman? He promises that "a subsequent column will suggest a more economic approach to the 'natural' problem of drugs," so maybe we'll find out.
One thing that frustrates me about Will's argument is that, like most conservatives (including conservative critics of the war on drugs), he takes a purely utilitarian approach, giving no consideration to the fundamental injustice of using violence to stop people from doing things that might harm them. During that December debate, Will said, "When does X trump personal liberty? Almost never....I don't want to make safety parallel with, equal to, let alone trump personal liberty." If so, why does he let safety trump liberty when it comes to drugs?

'Legalización', palabra maldita

Raúl Benoit.



Al ritmo de la canción, muchos gritan "¡Viva la legalización!"; pero no se entusiasmen los que creen que entonces la gente tomaría drogas como toma ahora una aspirina o pide un café con leche en una cafetería. Tampoco se vendería marihuana o cocaína en los semáforos, y ni mucho menos equivaldría a legalizar a los narcotraficantes.

La idea, debatida por años, siempre ha surgido de intelectuales, sociólogos y grupos de ciudadanos preocupados por la violencia que genera ese negocio maligno. Pretenden convencer a los políticos y a los gobernantes de que se debe legitimar y regularizar la producción y el consumo de drogas sicotrópicas para reducir la criminalidad y enfocar todos los esfuerzos en la educación de los niños y los jóvenes con el fin de que sepan cuán peligroso es consumir alucinógenos.


Para satisfacción de esos combativos ciudadanos, el debate lo reabrió, hace pocas semanas, quien menos se esperaba que lo hiciera. Un duro exmilitar con visión futurista, el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina; lo planteó seguramente sabiendo que soportaría rayos y centellas, como le pasó al presidente colombiano, Juan Manuel Santos, en noviembre pasado, luego de que hiciera alusión a la idea en una entrevista con un diario británico.


Santos y Pérez no solo hicieron erizar la piel de ciertos funcionarios estadounidenses, sino que comenzaron a ser mirados con suspicacia por algunos países vecinos que no huelen lo que se cocina en su fogón: crimen despiadado y corrupción. Santos lo sabe muy bien porque Colombia vivió una época nefasta de la cual aún se recupera, mientras que Pérez ve las consecuencias de ese negocio maligno en su país.


El narcotráfico infiltra la sociedad y la política y representa una letal amenaza para la sociedad. Ahí está el caso de México, donde la guerra contra las drogas lleva más de 50.000 desde que asumió la presidencia Felipe Calderón, en 2006.


Santos y Pérez, desde plataformas distintas pero con pareja valentía, vencieron los temores que tienen ciertos dirigentes latinoamericanos a la sola mención del asunto, porque al hacerlo los culpan de cooperar con el narcotráfico. Los culpa sobre todo el Departamento de Justicia estadounidense, que siempre se ha negado a estudiar el tema; en cambio, señala con su dedo acusador a quien lo hace y niega la visa a quien ose contradecir su política.


Pero, ¡oh sorpresa!, el Departamento de Estado ha anunciado la disposición del gobierno de los Estados Unidos de tratar el tema en la Cumbre de las Américas de Cartagena. "Hay que valorarlo", ha declarado el subsecretario de Estado, Mike Hammer; pero para agregar: "Estamos dispuestos a discutirlo para expresar nuestra opinión de por qué no es la manera de enfrentar el problema". O sea, que lo que viene a decir Hammer es: "No sueñen. No lo conseguirán".


La guerra contra las drogas está perdida desde el mismo momento en que comenzó, hace más de 40 años, porque es un negocio en el que los que menos provecho sacan son los capos. Las grandes ganancias las obtienen los usufructuarios del poder: gobernantes, autoridades, mandos corruptos, banqueros, inversionistas y el sistema inmobiliario.


El modo de aniquilar la propuesta ha sido, es y será la satanización de la palabra legalización, así como a quienes la pronuncien, por mucho que el número de muertos ya no se pueda contar siquiera.
Ante la negativa del gigante del Norte, la lucha de quienes creen que la solución es legalizar las drogas deberá ser más académica que política.

raulbenoit.com

Robertson, Rockefeller, and Prohibition

Donald Boudreaux‏.



Here’s a letter to the Lubbock Avalanche-Journal:
Dismayed at Rev. Pat Robertson’s call to legalize marijuana, Nelson Spear objects that “I have not encountered anyone whose success in life was enhanced by the use of marijuana or any other recreational drug.  On the other hand, I have encountered hundreds whose lives were decimated by the use of marijuana” (Letters, March 18).
Indeed.  But the same is true for alcohol – another drug that ruins many lives and contributes to no one’s “success in life.”*
In a move very similar to Mr. Robertson’s, John D. Rockefeller, Jr. – a life-long teetotaler and long-time proponent of alcohol prohibition – turned against prohibition in 1932 after witnessing its actual effects.  While “not unmindful” that prohibition likely prevented some people from becoming drunkards, Mr. Rockefeller realized that “these benefits, as important and far reaching as they are, are more than outweighed by the evils that have developed and flourished since its [prohibition's] adoption.”**  To prevent these evils, Mr. Rockefeller called for prohibition’s repeal.
Too bad that too few people realize – as does the Rev. Robertson today, and as did Mr. Rockefeller 80 years ago – that government cannot prohibit privatebehaviors without unleashing consequences far worse than those of the prohibited behaviors themselves.
Sincerely,
Donald J. Boudreaux
Professor of Economics
George Mason University
Fairfax, VA  22030
** Letter from J.D. Rockefeller, Jr., to Nicholas Murray Butler, reprinted in theNew York Times, June 7, 1932.
By the way, one of the best accounts of the pointless horrors of the ‘war on drug’ remains Randy Barnett’s 1994 essay, in the Yale Law Journal, entitled “Bad Trip.”

La enésima maniobra de las FARC

Alberto Illán Oviedo.



Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) surgieron en 1964 con un único objetivo: crear un Estado marxista. Para cumplir su misión, no han dudado en asesinar, robar, secuestrar o aliarse con otras mafias y grupos violentos.
Aprovechando la prohibición global sobre las drogas duras, las han cultivado y vendido en Occidente, con la idea de que ello contribuirá a su destrucción. No han vacilado a la hora de desplazar a los colombianos que han tenido la desgracia de vivir en los terrenos que controlan, los han usado como esclavos y, como denuncia Human Rights Watch, reclutado forzosamente (incluso a menores de edad).


Pero no han recorrido este siniestro camino en solitario. Han contado con aliados muy variados y tan totalitarios como ellas. La Unión Soviética o la Cuba de Fidel Castro fueron no sólo importantes apoyos en su lucha revolucionaria, sino fuentes de inspiración ideológica y, durante mucho tiempo, proveedores de armamento e instrucción. Cuando estos apoyos desaparecieron o flaquearon, la Venezuela de Hugo Chávez, con su proyecto bolivariano y su Socialismo del Siglo XXI, ha sido un más que aceptable sustituto.


Las FARC están ya muy curtidas en el engaño. En los años 80 anunciaron un alto el fuego y crearon la Unión Patriótica, organización que pretendía tomar el poder por medio de la política. Los conflictos entre las FARC y otros grupos armados o mafiosos (algunos de los cuales tuvieron el apoyo de ciertos sectores del Ejército y el Estado colombianos) llevarían a aquéllas a incumplir sus propios acuerdos y a un recrudecimiento de la violencia.


Con la excusa de la negociación, a finales de los 90 las FARC apoyaron al candidato conservador Andrés Pastrana, que una vez elegido presidente (1998) hizo una serie de concesiones a los terroristas, empezando por la desmilitarización de una parte del país, la denominada Zona de Distensión, que los terroristas ocuparon inmediatamente. En ningún momento pensaron las FARC en la rendición. Durante todo ese tiempo de distensión, además de obtener apoyo internacional se fortalecieron militar y financieramente. Los asesinatos y secuestros –también de niños– no cesaron.


Las FARC, como otros muchos grupos guerrilleros y terroristas de izquierdas, tienen bien claros sus objetivos y los medios: todo vale si permite alcanzar el fin. De la misma manera que el Komintern pasó de la revolución pura y la violencia directa a la colaboración con ciertos enemigos en los denominados frentes populares, los grupos terroristas han optado cuando lo han creído conveniente por la creación de partidos políticos o por la alianza con otros ya existentes, por el apoyo a candidatos negociadores del enemigo o por conceder ayudas sociales entre quienes los padecen.


En España, esto nos suena. La banda terrorista ETA lleva muchos años anunciando ceses limitados de su actividad, treguas parciales o incluso totales, mientras sus aparatos logístico y político siguen actuando y fijando objetivos. 


Pocos se pueden ya sorprender con la aparente falta de lógica que las FARC han mostrado en febrero de este mismo año. A principios de mes colocaban varias bombas en distintas localidades, provocando así 18 muertos y 77 heridos, y anunciaban que dejaban sin efecto la prometida liberación de seis secuestrados. Días más tarde atacaron la base militar de Los Farallones, donde asesinaron a tres militares e hirieron a otros 18. Luego anunciaron que renunciarían al secuestro como medio de financiación y liberarían a diez soldados que mantenían como rehenes.


No deja de resultar sorprendente que personas aparentemente formadas e inteligentes no muestren la menor desconfianza cuando un grupo terrorista con un historial tan sangriento anuncia una limitación de su actividad delictiva. No pocos medios de comunicación han querido ver ahí un rayo de esperanza, lo cual es sólo achacable a candidez impropia o ideologismo descarado. Ambas opciones son perfectamente legítimas, pero también criticables.


Si los dirigentes y simpatizantes de un grupo terrorista no abandonan sus principios totalitarios, la sociedad civil no debe sino permanecer alerta y las autoridades, mantenerlos a raya mediante el uso escrupuloso de la ley. Bien es cierto que terroristas y guerrilleros pueden llegar a cambiar, pero generalmente lo hacen a título individual; es entonces que se convierten en apóstatas de su causa, algo mucho peor que ser un no creyente. Cuando es una organización entera lo que cambia, simplemente se disuelve, pues deja de tener razón de ser. Las negociaciones y pasos intermedios no son más que estrategias que engañan a algunos y que, en más de un caso, dan excelentes resultados a sus muñidores.

© Instituto Juan de Mariana

Nuevos vientos en la lucha antidrogas

Andrés Oppenheimer.



Por primera vez desde que Estados Unidos lanzó su “guerra contra las drogas” hace cuatro décadas, hay signos de que las fuerzas que apoyan la legalización de drogas ilegales están ganando terreno en todo el continente.
Es cierto que se trata de un debate que recién empieza a nivel gubernamental, y pasarán años antes de que se produzcan resultados concretos. Pero hay varios factores nuevos —incluyendo un recorte de la ayuda antinarcóticos de Estados Unidos a Latinoamérica que salió a relucir en el presupuesto para el 2013 enviado al Congreso por el presidente Barack Obama la semana pasada— que reflejan desafíos cada vez más serios a la tradicional estrategia antinarcóticos de Estados Unidos basada en la interdicción y prohibición de drogas ilegales.
Veamos:
En primer lugar, los presidentes latinoamericanos en ejercicio por primera vez están pidiendo abiertamente discutir la posibilidad de legalizar o descriminalizar las drogas ilícitas. Hasta ahora, se trataba de una propuesta de ex-presidentes, como los ex mandatarios Vicente Fox y Ernesto Zedillo de México, Fernando Henrique Cardoso de Brasil y César Gaviria de Colombia.
Los actuales presidentes de México y Colombia han dicho que están abiertos al debate del tema, pero que no van a tomar la iniciativa.
La semana pasada, el presidente guatemalteco Otto Pérez Molina dijo que propondrá a sus contrapartes centroamericanas legalizar las drogas y descriminalizar el transporte de drogas en toda la zona. Un asistente de Pérez Molina me dijo que el Presidente llevará el tema a un encuentro de países centroamericanos programado para marzo.
“Quiero poner este tema sobre la mesa”, dijo Pérez Molina, según reportó The Associated Press. “No sería un delito transportar ni trasladar la droga. Todo eso tendría que ser regulado”.
Simultáneamente, Estados Unidos planea disminuir su ayuda anti-droga a Latinoamèrcia en un 16 por ciento el año próximo, según el presupuesto 2013 que Obama envió al Congreso.
Según esa propuesta de presupuesto, los fondos para control y cumplimiento de la ley entregados a México serán recortados en casi 50 millones de dólares, o 20 por ciento respecto de los niveles del año pasado, mientras los fondos antidroga destinados a Colombia caerían en un 11 por ciento, y los destinados a Guatemala en un 60 por ciento.
Los partidarios de los recortes de ayuda antinarcóticos dicen que las nuevas cifras reflejan en parte la creciente capacidad de los países latinoamericanos para combatir a los carteles del narcotráfico. Los críticos cuestionan, eso diciendo que es difícil argumentar que México y Guatemala, entre otros, necesitan menos ayuda externa para la lucha contra los carteles.
En tercer lugar, aunque la legalización o despenalización de la droga sigue siendo un tema tabú en el Congreso de Estados Unidos, las fuerzas pro-despenalización están haciendo significativos progresos a nivel estatal. Ya hay 13 estados que han aprobado el uso de la marihuana con propósitos médicos, y otros tres que lo propondrán a nivel estatal en las elecciones presidenciales de noviembre.
Además, algunos expertos predicen que la iniciativa de legalización de la marihuana en California, la Propuesta 19, que perdió por un margen de apenas 8 por ciento de los votos en el 2010, probablemente sea aprobada en noviembre. Según razonan estos expertos, en California habrá más gente joven —que tiende a apoyar la legalización— que votará las elecciones presidenciales de este año, de las que votaron en las elecciones legislativas del 2010.
Antes de terminar esta columna, le pregunté al profesor de la Universidad de Miami Bruce Bagley, un experto en la lucha contra las drogas, cómo ve los diversos desafíos a la tradicional política de Estados Unidos centrada en la interdicción y prohibición de narcóticos.
“Esto se está convirtiendo en una suerte de avalancha”, me dijo Bagley, que respalda la despenalización de la marihuana. “Hay un creciente cuestionamiento de las políticas antidrogas de línea dura, tanto en Latinoamérica como aquí en Estados Unidos”.
Bagley agregó: “La prevención, la educación, el tratamiento y los programas de rehabilitación son más eficaces que la represión contra la oferta de drogas”.
Mi opinión: Estoy de acuerdo. Es cierto que la despenalización de la marihuana produciría al principio un aumento del consumo. Casi todos los estudios revelan que cuando Estados Unidos levantó la prohibición del alcohol, el precio del alcohol bajó, y el consumo aumentó. Lo mismo puede ocurrir con las drogas.
Pero la mayoría de los estudios también demuestran que —de manera semejante a lo que ocurrió con el cigarrillo—, las campañas eficaces pueden reducir drásticamente el consumo de drogas, sin la secuela de delincuencia, criminalidad y “guerras” como las que están dejando decenas de miles de muertes por año en México y Centroamérica.
Hasta ahora, este debate estuvo limitado a los ex presidentes, académicos y periodistas. Ahora, estamos viendo los primeros signos de que se esta empezando a llegar a los palacios presidenciales.

Read more here: http://www.elnuevoherald.com/2012/02/18/v-fullstory/1130892/andres-oppenheimer-nuevos-vientos.html#storylink=cpy

Y la Guerra contra las Drogas vuelve a la palestra (Parte 1/2)

Ángel Martín.



Así es. El presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, recientemente dijo que propondrá la legalización de las drogas para Centroamérica. Se une a otros altos mandatarios de América Latina en pedir un replanteamiento en el enfoque de políticas hacia las drogas. Hace unos meses el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, hizo declaraciones en este sentido: “Podría considerar legalizar la cocaína si hay un consenso global, porque esta droga nos ha afectado mucho aquí en Colombia”. Y años atrás otros antiguos presidentes pidieronacabar con el tabú y empezar a hablar en serio acerca de la bondad de la prohibición a las drogas.
(En este sentido recomiendo leer este breve artículo en el Colectivo Burbuja titulado Guatemala y la farisaica lucha contra las drogas, donde se destaca el hecho de que hasta el pronunciamiento del presidente guatemalteco Molina, los altos mandatarios latinoamericanos que habían pedido legalizar las drogas estaban todos fuera de su cargo, eran expresidentes, exsecretarios…).
Precisamente la necesidad de comenzar un debate serio y sin prejuicios sobre este tema, fue una de las conclusiones principales del informe de la Global Commision on Drug Policy(Junio 2011), que dictaminó el fracaso del enfoque actual de la guerra contra las drogas. Se trata de poner sobre la mesa los costes de las actuales políticas, y abrir un debate sobre el camino a seguir a partir de ahora examinando diferentes alternativas.
Anteriormente ya traté acerca de este tema, enlazando a una entrevista con Robert Higgs en la que exponía la visión de un liberal sobre este punto, explicando el por qué del fracaso de la guerra contra las drogas y cuáles son las soluciones.
En esta entrada, y en la siguiente, transcribo un texto extenso acerca de todo lo relacionado con el mundo de las drogas en la región andina y las políticas que se han llevado a cabo para tratar de restringirlas. El texto es de 2005, y por eso el foco está en la región andina. Actualmente países centroamericanos como Guatemala están sufriendo gravemente de este problema.
En la siguiente entrada el texto tratará sobre la política estadounidense en la región andina en materia de seguridad y lucha contra las drogas. A continuación la primera parte:
LAS DROGAS EN LA REGIÓN ANDINA
El siguiente extracto proviene del ensayo “Los países andinos: tensiones entre realidades domésticas y exigencias externas” (pp. 164-170 y 177-184), escrito por Rafael Duarte Villa y que forma parte del libro de ensayos “América Latina a comienzos del siglo XXI: Perspectivas económicas, sociales y políticas”, coordinado por Gilberto Dupas y publicado en 2005. Rafael Duarte Villa es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidade de Sao Paulo.
La problemática de la producción y del tráfico de drogas (o narcotráfico) es un factor común a todos los países de la región andina. El interlocutor estatal de los países andinos es, sin lugar a dudas, EEUU. No obstante este punto en común, no se debe perder de vista que el problema del tráfico se presenta con diferentes singularidades según el país. Bolivia es un productor de hoja de coca… El cultivo sostiene económicamente a miles de familias, además de tener un uso tradicional en las culturas indígenas de este país. Perú es también productor y exportador de hoja de coca, lo que termina generando problemas de violencia entre grupos de la población…, los carteles de la droga y el ejército, además de la corrupción de determinadas instituciones del Estado como las Fuerzas Armadas.
Colombia es un país de cultivo de hoja de coca, de refinación de la pasta y de exportación de cocaína, generando problemas muy similares a aquellos del Perú (violencia entre actores armados como la guerrilla, narcotraficantes y paramilitares). Ecuador quizá sea hoy la principal ruya por donde circulan las partidas de cocaína rumbo a los mercados del norte. Finalmente, Venezuela es una ruta de fuga para las exportaciones ilícitas de cocaína y un sitio importante de lavado de dinero proveniente del narcotráfico.
Las salidas para el problema han priorizado dos mecanismos: la erradicación y la interdicción de cultivos, de un lado, y la militarización del combate, por otroAmbas medidas son, dicho sea de paso, más de iniciativa del gobierno de los EEUU que de los mismos países de la región… Como afirmaba un especialista a fines de los 90, “la admin Clinton propuso como objetivo estratégico la erradicación y la interdicción tanto del cultivo de la coca como de la mafia de las drogas latinoamericanas”. La primera de las estrategias fue aplicada, desde mediados de la década del 80 en Bolivia, continuadas en el primer gobierno en 93-97 y consolidadas en 98-02. Luego, fue continuada en Perú, en el primer mandato de Fujimori (90-95).
De esta manera, los vacíos sociales dejados por los Estados andinos terminaron allanando caminos para otro tipo de solución de mayores riesgos políticos y sociales, como es la implementación de una solución militarizada para resolver los problemas generados por la droga.
El primer paso hacia la militarización, valiéndose de fuerzas políticas y militares para la erradicación de plantíos y combate al narcotráfico, fue dado a mediados de los años 80 por los gobiernos de la transición democrática, con la creación de fuerzas antidroga conocidas como UMOPAR, en Bolivia, y con el refuerzo de militares y agentes estadounidenses. La campaña de Bolivia sería seguida por la de Fujimori en Perú, que cedió a las intensas presiones de Washington, anunciando el ingreso de las Fuerzas Armadas peruanas en la lucha antidrogas, creando la DINANDRO.
Bolivia, en los gobiernos de Sánchez de Lozada (93-97) y de Bánzer (98-02), reforzó el combate a la erradicación de la droga con fuerzas (policiales/militares) antidrogas. Tales estrategias de combate al narcotráfico en Bolivia existen desde mediados de la década de los 80, principalmente en la región del Chapare, sitio hacia el cual ocurrió un elevado proceso migratorio en función de la producción de la hoja de coca para el narcotráfico. En 1978 había en el Chapare 15.000 familias dependientes del cultivo de la coca, que en 1986 aumentarían a 70.000, lo que habría permitido que quedara concentrado en esta zona el 85% de la población campesina dedicada al cultivo de coca para el narcotráfico. El crecimiento población por la presión del narcotráfico en el Chapare fue del orden de 366%, o 21% anuales, motivo por el cual la región fue elegida como laboratorio de las primeras políticas de erradicación de la hoja de coca, inicialmente negociadas, pero posteriormente compulsivas y apoyadas en un aparato represor violento. La intensificación de la militarización en la erradicación de cultivos en Chapare causaría en septiembre de 2000 una amplia movilización comandada por Evo Morales y por los cocaleros que terminaría en cortes de rutas en la región del Chapare, al final de la cual se firmó un acuerdo en el que el gobierno se comprometía a construir instalaciones militares en el Chapare, “pero sin la promesa de cambio en la destrucción de cultivos de coca”. [Nota: lo que hizo Evo Morales como activista es justamente lo mismo que le han hecho a él recientemente].
Limitaciones a la política de interdicción de drogas y de militarización del conflicto
En cuanto a la interdicción llevada a cabo en Bolivia y Perú, “el hecho es que ni la erradicación ni la interdicción han dado resultado” (Laserna, 2001), esto es así a pesar de una estabilización del número de hectáreas plantadas a mediados de la década de 1990. Como afirma el informe del International Crisis Group, refiriéndose al Perú, “a pesar de la erradicación de 80.000 ha. Durante los últimos seis años, Perú sigue siendo el segundo mayor productor de hoja de coca”. El escaso éxito de la erradicación real en estos dos países nos remite a varios problemas sociales y políticos complejos.
En primer lugar, existe un relativo consenso de que la problemática y el arraigo del narcotráfico están relacionados a un factor estructural: ausencia, o retirada, de un Estado incapaz de generar el bienestar y de atacar los altos niveles de pobreza [Nota: interesante punto. Los analistas de la zona dicen que en partes importantes de estos países, con condiciones geográficas particulares como zonas de selva, montañas etc. el Estado está totalmente ausente, dejando vía libre a grupos violentos y criminales. Lugares donde efectivamente manda el más fuerte y la seguridad jurídica y física ni está ni se la espera], como en el caso de Bolivia, en el que dos tercios de la población de 8,5 millones viven por debajo de la línea de pobreza. Casi impotentes ante la crisis social, las elites dirigentes se ven ante el imperativo de flexibilizar las presiones por erradicación del cultivo de la coca entre los plantadores locales. El hecho es que existe una dependencia social muy fuerte de la economía de la droga en países como Bolivia, Colombia y Ecuador, y una política de erradicación completa conduciría a una desestabilización crítica de las bases económicas de supervivencia de las poblaciones andinas. En el caso de Bolivia, la estrategia de erradicación de la coca apuntaba a un desaparecimiento de las bases existenciales de 5% a 11% de la población andina.
Por otra parte, la política de erradicación de la droga está condicionada por los dilemas entre los costos de las exigencias de la política externa y los riesgos de los costos políticos internos. Las elites locales andinas no pierden de vista que la política de erradicación de drogas, si fuera seguida a rajatabla como quiere el gobierno de los EEUU, podría traer su deslegitimación entre una parte de las poblaciones nacionales. Como sostiene Meza, “La deslegitimación está asociada al grado de dependencia social en la fase de producción de la economía en las drogas ilegales, calculadas en 470.000 personas en Perú, 300.00 en Colombia y más de 70.000 familias en Bolivia”.
Otro factor que explica el fracaso de la política de erradicación de cultivos ha sido la dificultad de implantar proyectos de ‘desarrollo alternativo’ de cultivo. Sin fuentes alternativas de empleo y con la frustración de la política de sustitución de plantaciones, las poblaciones locales de regiones como el Guaviare en Colombia, Chapare en Bolivia y el Alto Huallaga en Perú no tienen otra opción que no sea una economía de riesgo. Esto se debe, según Bonilla (2004), a que “en ningún otro país de la región fue posible sustituir la coca por otro producto más rentable. En algunos momentos, productos como el hachís tuvieron precios más altos, pero el mercado pronto se satura, volviendo a sus precios originales. No ocurre lo mismo con la hoja de coca, cuyo valor depende de un mercado ilegal de derivado”. Por otro lado, aun cuando en países como Bolivia se logró estabilizar, e incluso disminuir, la producción de hoja de coca, este hecho fue compensado con una mejora en los rendimientos por hectárea, lo que se explica por la intensificación de los cultivos, el aumento en la densidad de las plantaciones y la elevación de la tecnología utilizada.
El plantío y la producción de coca, además, presentan una capacidad de rearticulación flexible. A esto se le ha llamado ‘efecto globo’: “la producción de drogas es frecuentemente comparada a un globo que, al ser apretado por un lado, se infla por el otro”. Esto es lo que ha sucedido con la producción de coca en Bolivia, en Perú y Colombia. El cultivo de coca que estaba confinado al Alto Huallaga, en el caso de Perú, ahora se extiende a lo largo de otras regiones… También Colombia, de procesador de cocaína, pasó a cultivar la hoja de coca en las regiones del centro y sur del país, cuando los gobiernos de Bolivia y Perú cerraron el cerco sobre los plantadores en los años 90. Posteriormente, a fines de los años 90, Bolivia se convirtió en productor de cocaína, cuando a través del Plan Colombia se realizaron fumigaciones sobre plantaciones de coca en los Departamentos colombianos de Nariño y Putumayo.
El efecto globo también se puede presentar en la forma de un juego de suma cero, que les deja algunos beneficios a las comunidades cocaleras de un país y pérdidas a otras. Por ejemplo, a mediados de la década del 90, cuando Perú dejó de reproducir una parte de la pasta de coca, como consecuencia de la política de erradicación, hubo un empobrecimiento de los campesinos y de las comunidades indígenas del Alto Huallaga al punto de producir una crisis de hambre en la región. Con la caída de la producción de pasta de coca en Perú, los precios subieron en Colombia, beneficiando a las comunidades cocaleras del sur colombiano. El resultado fue un aumento del costo político para el gobierno Fujimori, que se tradujo en ganancias para los remanentes del grupo Sendero Luminoso, que populísticamente criticaban las políticas del gobierno y llevaban un discurso de la tolerancia y el incentivo para plantar a las comunidades campesinas del Alto Huallaga.
También forma parte de este costo político la reacción que asumen algunos sectores de la sociedad civil organizadas contra las elites estatales y partidos tradicionales. Quizá el ejemplo más claro en este sentido haya sido el caso de Bolivia. La política de erradicación de la coca, como ya hemos dicho, tuvo impactos económicos y culturales sobre las comunidades plantadoras, sobre todo de la región del Chapare. Pero, justamente de allí, las elites políticas tradicionales bolivianas vieron salir lo que se transformó en la principal forma de protesta de los movimientos sociales bolivianos: el bloqueo de rutas y carreteras que conectan las regiones del interior del país entre sí o con La Paz. Las elites políticas bolivianas vieron surgir también de la región del Chapare a la principal figura de la izquierda boliviana en este momento: el dirigente indígena Evo Morales.
Por otra parte, el excesivo hincapié en la militarización del combate antidroga ha suscitado algunos problemas comunes a los países andinos.  Primero una desatención con el tema de los derechos humanos: “En comparación con cualquier otra región de las Américas, la región andina es aquella en la que más sistemáticamente se los viola, siendo Colombia y Perú los casos más dramáticos”. En el caso de Colombia, se llega a hablar de una verdadera tragedia humana: el conflicto civil interno, que incluye el combate a las drogas, contribuye para generar más de un millón y medio de desplazados internos y se calcula que cerca de un millón de niños sufren las consecuencias de la guerra, tales como asesinatos, secuestros, mutilaciones, desplazamientos o reclutamientos compulsivos en la guerrilla o en los grupos paramilitares.
Más recientemente, las zonas llamadas de ‘rehabilitación y consolidación’ en el marco de la política de seguridad democrática del presidente Uribe (Colombia), por otro lado, han sido denunciadas por ONGs de derechos humanos internacionales (Human Rights Watch) como zonas de expulsión de poblaciones de estas áreas, persecuciones políticas y desapariciones. El gobierno Uribe también decretó el ‘Estado de conmoción interior’, acentuando una tendencia ya observada en gobiernos anteriores: instituciones como el Poder Judicial cediendo las funciones de juicio a tribunales militares, que realizan procesos sumarios y acentúan la práctica de tribunales de excepción en nombre de la lucha contra el narcotráfico. Sensibilizada con estas críticas y denuncias de ONGs internacionales, la Unión Europea aprobó, en julio de 2003, una declaración de apoyo a la política de Seguridad Democrática de Uribe, pero condicionó tal apoyo al cumplimiento por parte del gobierno Uribe a 27 recomendaciones de la Sección de DDHH de la ONU en Bogotá.
También la ‘guerra a las drogas’ ha llevado a un incremento de los actos de corrupción dentro de las Fuerzas Armadas en por lo menos tres de los cinco países de la región andina: Ecuador, Perú y Venezuela. Al final del gobierno Fujimori en Perú, se descubrió un esquema de corrupción que vinculaba los grupos de inteligencia comandados por Vladimiro Montesinos y las Fuerzas de la Aeronáutica al negocio de narcotráfico y al comercio de armas con la FARC en la selva amazónica. De la misma manera, las fuerzas ecuatorianas no han intentado seriamente acabar con el tránsito de la hoja de coca, que cruza la frontera del sur de Colombia. En Venezuela, con frecuencia, son presentadas denuncias de involucramiento de la Guardia Nacional en actos de corrupción con los narcotraficantes y con grupos paramilitares en la frontera occidental y sudoeste limítrofe con Colombia.
En materia ambiental, se generan problemas derivados de las fumigaciones sobre las plantaciones de coca en el sur de Colombia y con incidencias sobre otros países de la región. La frontera colombiano-ecuatoriana ha sido pulverizada con glifosato, afectando a más de 2560 hectáreas de diversos cultivos. Los daños al medioambiente y sus efectos sobre la salud no serían compensados por resultados eficaces, según críticos de la política de fumigaciones. “En el caso de Colombia, el balance de la relación costo/beneficio de aspersión aérea para combatir los cultivos ilícitos es altamente deficitario. De 1992 a 1998 se esparcieron 2.438.336 litros de glifosato” sin que las autoridades antidrogas estén seguras acerca de su eficacia en el combate al cultivo de hoja de coca y amapola.
De esta forma, el uso de fuerzas policiales y militares que violan los derechos humanos, combinando a la pulverización de áreas de economía de supervivencia de pequeños plantadores, aumentan la deslegitimación social del Estado, que pasa a ser percibido como carente de un plan de desarrollo para esas regiones del país. Por ejemplo, el Putumayo, en el sur de Colombia, una de las regiones de plantación de hoja de coca más intensiva en mano de obra, es considerada también la región más pobre del país. La percepción de la sociedad de estos lugares es que el Estado está casi totalmente ausente y, cuando se hace presente, el único segmento público estatal que aparece es la fuerza policial o militar.
También estrechamente vinculadas a esta militarización del combate a las drogas ilegales en la región andina están las políticas de los EEUU, cuyas relaciones, intensas con todos los países andinos, son otro punto en común que los identifica en sus agendas.