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Los sustos baratos y los apologetas

Andrés Trapiello.



EL martes 14 El País nos sorprendía a todos con una portada que dedicaba su foto principal a cierta “obra”: una escultura de un Franco de corte hiperrealista vestido de militar, metido de pie y con las rodillas flexionadas, lo que aún le hacía más ridículo, en una de esas neveras de Coca-Cola que se ponen en los pasillos y salas de espera. Ni siquiera el arte contemporáneo tendría un nombre apropiado para esa ocurrencia: ¿Escultura? ¿Instalación? ¿Museo de cera? ¿Arte conceptual? ¿Arte político? ¿Imaginería popular? ¿Publicidad encubierta de Coca-Cola? ¿Carambola a tres bandas de la Fundación Francisco Franco que ve cómo languicede su legado (y que  diecisiete horas después de publicado este asiento, así parece confirmarlo, demandando al autor de "la obra")? Fue Ramón Gaya quien definió mejor toda esta clase de quincallería: "sustos baratos". Sustos baratos que suelen salirnos, por lo general, carísimos, ya que casi siempre son los museos y las instituciones culturales públicas quienes acaban apechugando con ellos y empapuzándonoslos.

Lo que a este en concreto le hace diferente de otras mamarrachadas no es tanto que sea más o menos caro o de "gusto" discutible, sino que haya aparecido en la portada de El País, una entidad privada con reputación de seria y amarillista lo justo (y ya estamos temiéndonos lo peor, todos los otros medios de masas a los que El País ha señalado el camino, y que a lo largo de esta semana van a meternos a Franco hasta en la sopa). 

Ni siquiera hemos de pensar qué habría ocurrido si se hubiera tratado de una figura histórica no menos significativa para los españoles e incluso con el mismo cariz totalitario, pero de signo político contrario, pongamos por caso Enrique Líster o Dolores Ibarruri. ¿Le habrían dado la portada? Claro que para ello tendríamos que encontrar antes a un "artista" que quisiera verdaderamente escandalizar o vacilar al burgués con algo políticamente incorrecto (hablar mal de Franco es, contra lo que parece creer ese artista, políticamente correcto; hacerlo de Pasionaria, hoy, no lo sería en absoluto, al margen de la consideración o los matices que pusiéramos en cada caso, de la misma manera que malicio que una posible momia de Aznar sería objeto de consideraciones lúdicas en tanto que otra parecida de González o Pujol probablemente se reputaría una provocación de mal gusto), puesto que eso es de lo que al parecer se trata, lo que se persigue, el escándalo: el ser o no ser en una sociedad del espectáculo como la nuestra.Y si en este caso la representación de la obra es la obra misma (¿sería diferente la "obra de arte" si la momia fuese del Che Guevara, La Pasionaria o, más audaz aún, la de Santiago Carrillo, que sigue vivo? Desde luego que no, sólo el escándalo sería distinto, y también los periódicos que la hubiesen sacado en sus portadas), no podremos dejar de hacer algunas consideraciones.

La primera de todas es que el autor, Eugenio Merino, nació el mismo año en el que Franco murió (en la cama), pero que por simple estadística, de haberlo hecho pongamos treinta años antes, cabe suponer que habría sido uno más de los millones de españoles que no movieron un dedo para que la dictadura de Franco se acortase un solo día. Claro que quizá encontremos en este hecho sociológico la razón económica por la cual hayan querido darle la portada de El País,brindis de sus responsables a todos aquellos que habiendo tenido edad para haber luchado contra Franco no tuvieron el valor de hacerlo (estadísticamente una gran parte de sus lectores), convenciéndoles de este modo de que sí fueron antifranquistas, como  convenció De Gaulle en 1945 a todos los franceses de haber trabajado para la Resistencia. Y esto, en el caso que nos concierne, pasa por resignificar al dictador Franco, convertido en un icono risible, muñeco del pim pam pum para exorcizar los fantasmas que se le han atragantado a esta sociedad. Para eso, no obstante, es mejor que le demos la palabra al propio Merino, que habla del asunto como lo haría un publicista hortera: "Franco sigue siendo noticia, no ha desaparecido. Está más de moda que nunca con la Ley de la Memoria Histórica y el Diccionario Biográfico Español. Al principio barajé incluir [en la máquina de bebidas de Coca-Cola donde ha metido a Franco] a Mao Zedong, pero no funcionaba tan bien. Franco en una nevera es la imagen de su permanencia en nuestra cabeza", ha dicho, y podría haber añadido, "y en mi cartera". La "obra" que trajo el año pasado a Arco la vendió por 45.000 euros. Cierto que el periodismo está para dar noticia de los hechos, incluso cuando no pasan de ser sustos baratos, pero no si con ello se convierten además de mensajeros en apologetas, como es el caso. 

Algunos artistas contemporáneos pueden no ser Heidegger (los hay que lo intentan), pero tienen el instinto de los pícaros para sus trapicheos. Parece el caso de este Merino. Ha metido a Franco en una nevera de Coca-Cola (sutil: imaginamos lo que le ha costado llegar a esa idea), tiene el cinismo de decir que ha dejado fuera a Mao (seguramente está pensando en exponer en alguna galería emergente china) y se ha buscado para su obra un asunto blindado (a quien se la critique, siempre podremos llamarle fascista y desde un punto de vista artístico, reaccionario y casposo).

El País, 14 de febrero de 2012

Ni tuyo ni mío

Andrés Trapiello.



SIEMPRE le hizo a uno muchísima gracia el modo en que el padre de mi tío Vitalino, marido de Estilita, hermana a su vez de Porfirio y Presvinda, le explicaba a su mujer, Basilisa  (en León nos las gastamos así con los nombres propios), lo que iba a significar la República, que acababa de ser proclamada en 1931: “Será algo muy bueno: entre lo que tenemos y lo que nos toque del reparto, estaremos mucho mejor”. El hombre consideraba que lo suyo era suyo, y lo de los demás, de todos.

Es más o menos lo que piensan de la llamada propiedad intelectual algunas gentes, negándola sin rebozo después de vestirla con una palabra que suena enteramente altruista: el procomún . Sus argumentos, si no los ha comprendido uno mal, son los siguientes: hay bienes que son de todos: el agua, el aire, el conocimiento científico, el software y, también, las obras culturales. En el caso de los creadores, como ellos no crean de la nada, sino que son parte de una cadena de cientos, de miles de años, deben devolver su obra a los demás, en lo que han denominado retorno social. Leo en un periódico a uno de los defensores del procomún: “Para que a alguien creativo se le ocurra algo, ha tenido antes que leer un montón de cosas (...) y ha necesitado una infraestructura, bibliotecas, transportes, canales de acceso... Hay una dimensión en la creación que es procomunal: por eso es un absurdo que a alguien al que se le ocurre algo le den la propiedad en exclusiva por ni se sabe cuántos años”. Sí se saben los años, ochenta. Muchos o pocos, según se mire. Pocos, por ejemplo, mientras al palacio de Liria, que es también una creación cultural, con todas las colecciones de arte que contiene, no se le aplique el concepto de retorno social, al igual que a todas las patentes de objetos en los que intervenga la rueda, que viene, como se sabe, de atrás, y sin la cual no habrían sido posibles.

Jamás ha ocultado uno, al contrario, lo ha difundido desde hace años, este raro convencimiento, compartido, me consta, por otros creadores: la sensación de que los logros propios nos son ajenos, como si tal o cual página, tal o cual poema, nos lo hubiera dictado alguien mucho mejor que nosotros, en tanto que fracasos o errores los reconocemos de inmediato como propios. Por tanto, algo de lo que sostienen los defensores del procomún es cierto. Todo lo sabemos entre todos, decía Giner de los Ríos, quien lo había oído de un pastor soriano. Por eso no le importará a uno renunciar a sus derechos en favor del común: el día en que dejen entrar en el palacio de Liria a todo el mundo como en su propia casa, o llevarse de la tienda de Apple, sin pagar, naturalmente, el ipad con el que van a descargarse bienes del procomún, o engancharse gratuitamente a la red telefónica o, invocando al inventor de la rueda, hacer uso del primer coche que tenga a mano. Lucha uno por algo así desde que era joven, desde que pensó que el mundo sería mejor si lo compartíamos todo con todos, si seguíamos el principio clásico: trabajar cada cual según sus facultades y recibir según sus necesidades. A eso se le llama comunismo, pero se teme uno que nos lo están explicando como a la tía Basilisa. Ahora bien, si llega la cosa, ese día lo mío es de todos, y lo de todos, mío. O mejor aún: ni tuyo ni mío.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 22 de enero de 2012]

La estampida

Andrés Trapiello.



HACE unas semanas, mirando en You Tube cierta entrevista con la admiradísima Hannah Arendt, realizada en 1974, le oímos expresar sobre el feminismo y el papel de las mujeres en las sociedades modernas opiniones que difícilmente habría sostenido hoy. A lo largo de su vida, nos dice, prefirió ocupar un lugar secundario, dejando que fuesen los hombres quienes tomaran las decisiones y ejercieran el poder político, económico, social: le había resultado más cómodo. Oírselo decir a una mujer inteligente no es  lo menos relevante. La lista de hombres abiertamente misóginos es, por lo demás, tan larga, desde Platón hasta hoy, y las cosas increíbles y cómicas que ellos hayan podido decir de las mujeres tan numerosas, que más que pesar producen asombro: ¿cómo, nos preguntamos, varones tan preclaros llegaron a pensar y a creer firmemente tales tonterías?

En otro orden de cosas cualquiera que haya leído a Cervantes sabe que las opiniones de este a propósito de “la morisma” son abiertamente hostiles y despectivas, las de Baroja sobre los judíos racistas  y las de nuestro querido JRJ sobre “los maricas” de una intransigencia sin par en él.  Cuando leemos a ciertos autores antiguos, sensibles a todo lo concerniente al dolor humano, nos anonada comprobar que trataban a sus esclavos con menos consideración que a sus caballos, por no hablar de la idea que tenían de los niños y su educación algunos de los padres de la Ilustración.

Lo que hace complejo el mundo es que a pesar de que tales o cuales opiniones nos parezcan inadmisibles en la actualidad, los libros en los que vienen expresadas pueden resultarnos a menudo hondos y valiosos por otros conceptos, y comprendemos que tales opiniones no fueron en realidad sino eco de las que compartían con muchos de sus contemporáneos. Lo que pensaba Arendt de las mujeres lo pensaban la mayor parte de las mujeres de su siglo, y de los hombres, claro; la idea que tenía Cervantes de los moros, la tenían todos los cristianos; la opinión de don Pío de los judíos la compartía con miles de antisemitas de medio mundo, y lo que pensaba de los homosexuales JRJ era lo que pensaba la inmensa mayoría. Ninguna de esas opiniones injustificables fue discordante en su contexto y circunstancias, sino parte del coro de su tiempo. 

Cada época ha hecho el ridículo con algo. En este momento, usted y yo tenemos de tal o cual asunto una opinión que será considerada dentro de un siglo, con toda probabilidad, grotesca, patética, despiadada, pese a que a nosotros nos pareció  razonable. ¿Y cómo evitarlo, si no sabemos cuál es? ¿No hay un modo de obrar que nos ponga a salvo de nuestra propia estupidez? Seguramente no. En un tiempo como el nuestro, en el que todo está cambiando a una velocidad de vértigo, menos aún. Permanecer junto a los débiles nos aseguraría una causa noble, ¿pero quién quiere quedarse orillado, en un mundo en el que todo va tan rápido,  entre acelerones y estampidas provocadas? Claro que nuestras prisas podrían ser no sólo nuestro talón de Aquiles, por donde se eche a perder la humanidad, sino precisamente las que nos hagan parecer en el futuro completamente idiotas, si acaso no unos locos temerarios. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de enero de 2012]

De cuerpo presente

Por Andrés Trapiello.

DEBERÍAMOS agradecer que alguien nos haga cambiar de opinión, sobre todo cuando se trata de un asunto que pensábamos resuelto. Es lo que me ha sucedido después de leer dos artículos, uno de un historiador, Santos Juliá, y otro de un periodista, Arcadi Espada, dos personas que probablemente tampoco se pondrían de acuerdo al cien por cien ahora.

He aquí lo que uno creía. Como saben, el anterior gobierno convocó a unos cuantos expertos y les puso a discutir y a encontrar una solución al problema del Valle de los Caídos. La pregunta era sencilla: ¿qué hacemos con todo aquello, con la basílica, con el monumento y con los cuerpos de los treinta y tres mil enterrados allí y en especial qué hacemos con uno de ellos, el de Franco? Uno creía que la solución pasaba por sacarlo de su tumba para evitar que el Valle de los Caídos siguiese siendo lo que el verdadero Faraón del Pardo quiso que fuese desde el principio, su pirámide, ordenada construir a los presos republicanos en régimen de esclavitud. Hoy, después de leer a Arcadi Espada y a Santos Juliá, he cambiado mi opinión.

Ambos coinciden en lo principal: contra el dictamen de los expertos, no se puede resignificar el Valle de los Caídos, hacer de él otra cosa que aquella para la que fue erigido, tal y como propone la comisión (exhumar los restos de Franco, secularizar la basílica, hacer allí un centro de estudios sobre la guerra, exposiciones, etc.). Mientras siga en pie la apabullante cruz  sobre muertos que, en muchos casos, ni siquiera eran creyentes, víctimas precisamente de la Cruzada, nadie podrá fingir que la cruz no fue en muchos casos el arma del crimen, por lo mismo que no podría resignificarse Auschwitz mientras se alcen las chimeneas de los crematorios. Lo mejor, nos dice Juliá, y puesto que el conjunto necesita una intervención urgente de trece millones de euros para evitar el galopante deterioro actual, sería dejar que la naturaleza y el tiempo hicieran su trabajo y todo eso acabara siendo una ruina más o menos espectral.

La propuesta de Espada va más lejos. Relaciona él el Valle de los Caídos con Treptow, uno de los lugares, ciertamente, más sobrecogedores en el que hayamos estado nunca: un monumento colosal que podría pasar por nazi, pero que se erigió en memoria de los soldados soviéticos caídos en la batalla de Berlín y que hoy no es sino el último gran vestigio de la deificación de... Stalin, como prueban los dieciséis bloques de mármol con frases suyas grabadas en ellos.  Es mucho más difícil explicar la historia que falsearla o borrarla, como hacía el propio Stalin con las fotos de Trotsky,  más fácil quitarle una calle a Franco, nos recuerda Espada, que poner una placa que dijera “Calle del Dictador Francisco Franco”. Y concluye: los mismos que nos alegramos de que la losa del sepulcro de Franco pesara mil quinientos kilos, estorbándole la resurrección, queremos quitársela hoy, perdiendo una preciosa oportunidad: poder explicar a las generaciones futuras lo que fue un régimen que puso España a sus pies, como a nuestros pies podríamos tener al fascismo, sojuzgado para toda la eternidad, allí, de cuerpo presente.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de enero de 2012]

Memorial Soviético, Treptow, Berlín, diciembre 2011. Arriba: visitante ruso. Abajo altares conmemorativos y vista general con altares a la izquierda y una persona diminuta al fondo, que da idea de la escala.

Las armas y las letras. Andrés Trapiello. 2010

Andrés Trapiello ha escrito una obra maestra. Lo incluyo entre mis libros.

Es la tercera edición de un libro que repasa la vida de los hombres de letras durante la Guerra Civil Española (1936-1939). No he leído ediciones anteriores, por lo tanto para mí todo ha sido novedad. 

Lo mejor del libro es que invita a seguir leyendo más. Novelas, poemas, crónicas y relatos de lo sucedido durante la guerra. Yo he apuntado, entre otros: Madrid sufre (Diarios de guerra en el Madrid republicano) de Carlos Morla Lynch, La revolución española vista por una republicana de Clara Campoamor, Guerra en España de Juan Ramón Jiménez, Un año con Queipo de Llano (memorias de un nacionalista) de Antonio Bahamonde y Casi unas memorias de Dionisio Ridruejo, pero hay muchos más incluidos en el libro.

Fácil de leer y muy entretenido. Muestra como la gente tiene distintas formas de encarar las situaciones. Incluso personas con un nivel cultural alto son capaces de las actitudes más abyectas. En el libro hay de todo, gente con un comportamiento impecable de principio de fin, gente que se equivoca y rectifica a tiempo, gente que se transforma para sobrevivir, gente que defiende sus ideas hasta morir, etcétera. Me ha hecho reflexionar sobre qué haría yo en esas circunstancias, o mejor dicho, qué pienso que haría.

Es un libro de cabecera, para consultar y como trampolín hacia otras lecturas e investigaciones.

Por ejemplo, el libro recupera las palabras de Edgar Neville sobre Federico García Lorca (p. 569):
No, no es cierto, unos cuantos miserables cuyo nivel intelectual era lo bastante elevado para saber el valor real de su presa y su total inocencia e inocuidad política, le dieron el gusto de atravesar con un plomo aquella cabeza llena de ideas, de belleza y de bondad.
El anterior es sólo un ejemplo ya que el libro está plagado de descubrimientos, datos, hechos, libros, personas, reflexiones, etcétera. Un excelente análisis de la Guerra Civil.

Ojalá Trapiello siga investigando y saque una nueva edición. Mi recomendación es que sea en digital, con más fotografías, vídeos, textos, entrevistas y otros.

Según me ha comentado el autor, en la nueva edición de bolsillo (Austral) se ha añadido a José Castillejo, "tanto como Chaves o Campoamor".

Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), nueva edición revisada y aumentada, Barcelona, Editorial Destino, 2010.


Críticas:









La condición humana de Andrés Trapiello

Artículo de Andrés Trapiello sobre Rafael Alberti, en respuesta a este de Benjamín Prado.

Trapiello tiene un libro, Las armas y las letras, donde escribe sobre los escritores españoles durante la guerra civil. En el mencionado artículo hace un repaso sobre la figura de Alberti. Destaco lo siguiente:

"Entre los indicios que enumera Prado para fundamentar tal supuesto está el de cierta fotografía publicada en la última y reciente edición de Las armas y las letras. Se ve en ella a Alberti, en 1936, vestido de miliciano, con arreos militares y una condecoración. Alberti ha dedicado de su puño y letra esa foto casi 30 años después, en 1965, "A Luba y Ehrenburg en la belle époque". Justifica Prado tal dedicatoria afirmando que en realidad Alberti no está llamando belle époque a la Guerra Civil, sino a su juventud pasada, y su hipótesis podría pasar por razonable si no concurrieran otros cien testimonios que a Prado le conviene eludir, empezando por el de la mujer del poeta, María Teresa León, que también habló en sus memorias de "los mejores años de nuestra vida" al referirse a los de la guerra. Y la verdad es que, conociendo la vida que llevaron entonces, nadie lo pone en duda: jamás volverían a ser más requeridos, agasajados, fotografiados, celebrados. En todos estos años como lector de literatura de la Guerra Civil no he encontrado a nadie que hablara con esa frivolidad de la guerra, si exceptuamos, claro, a Hemingway, para quien esta, vista desde la retaguardia, fue, como sabemos, una especie de safari más o menos pintoresco en un país semiafricano".

"Los testimonios de desafección que ha creído encontrar Prado en ese libro mío ni siquiera son míos, ni se deben, como asegura para desactivarla, a mi "manifiesta antipatía por Alberti", sino de gentes que lo conocían bien: Juan Ramón Jiménez, Cansinos-Assens, Josephine Herbst, Koltsov o Morla Lynch, por citar sólo unas pocas personas de izquierda o liberales y muy distintas entre sí, que lo señalan como alguien que se sirvió de la guerra en la retaguardia en beneficio propio, y algunos mencionan de modo explícito sus "monos planchados", sus ansias de notoriedad, sus trapacerías, su amor por el lujo, las casas buenas y las comidas copiosas en un Madrid hambriento y bombardeado".



ARTÍCULO:

De no haber titulado Benjamín Prado su artículo Rafael Alberti: a la caza del poeta rojo (EL PAÍS, 2 de julio de 2010), es poco probable que se hubiese concebido este, escrito en solitario, como ha escrito uno todo lo suyo, y no en jauría.

El supuesto del artículo de Benjamín Prado es el siguiente: a su entender, un contubernio de escritores -entre los que me incluye-, familiares del poeta, editores e instituciones han iniciado el acoso y derribo de Rafael Alberti, mediante, según Prado, mentiras, manipulaciones, insidias y malas artes, y pasa a enumerar algunas de estas, de un modo, si se me permite decir, atropellado: ¿qué tiene uno que ver con la viuda de Alberti, con su editor o con la fundación que lleva su nombre?

La propaganda, una forma de la retórica como decía Juan de Mairena, trata de crear interesadamente simetrías, buenos y malos, rojos y azules, blanco y negro, sin salirse, a ser posible, de los tótum revolútum que tanto favorecen sus propósitos. De modo que al hablar de la "caza de un poeta rojo" da a entender que únicamente se le persigue por rojo y que se le persigue en manada, sin pararse a pensar que acaso también haya sido blindado durante tanto tiempo solo por rojo y en comandita.

Entre los indicios que enumera Prado para fundamentar tal supuesto está el de cierta fotografía publicada en la última y reciente edición de Las armas y las letras. Se ve en ella a Alberti, en 1936, vestido de miliciano, con arreos militares y una condecoración. Alberti ha dedicado de su puño y letra esa foto casi 30 años después, en 1965, "A Luba y Ehrenburg en la belle époque". Justifica Prado tal dedicatoria afirmando que en realidad Alberti no está llamando belle époque a la Guerra Civil, sino a su juventud pasada, y su hipótesis podría pasar por razonable si no concurrieran otros cien testimonios que a Prado le conviene eludir, empezando por el de la mujer del poeta, María Teresa León, que también habló en sus memorias de "los mejores años de nuestra vida" al referirse a los de la guerra. Y la verdad es que, conociendo la vida que llevaron entonces, nadie lo pone en duda: jamás volverían a ser más requeridos, agasajados, fotografiados, celebrados. En todos estos años como lector de literatura de la Guerra Civil no he encontrado a nadie que hablara con esa frivolidad de la guerra, si exceptuamos, claro, a Hemingway, para quien esta, vista desde la retaguardia, fue, como sabemos, una especie de safari más o menos pintoresco en un país semiafricano.

En realidad, Prado se muestra perplejo porque no alcanza a comprender bien las razones por las cuales alguien como Alberti, que fue, como él dice, "un símbolo de la República, del Partido Comunista y de la Transición" está siendo cuestionado. Dejando a un lado si fue más o menos símbolo de la República que Clara Campoamor o Chaves Nogales, o más o menos símbolo de la Transición que González, Suárez o Fraga Iribarne, el propio Prado tiene muchas de las claves para salir de su perplejidad.

A pesar de haber cruzado en mi vida solamente media docena de veces la palabra con él, Las armas y las letras le deben uno de sus pasajes a mi modo de ver más importantes. Me lo refirió él mismo, y a él, el propio Alberti, que lo había hurtado de sus propias arboledas perdidas, con ser un hecho trascendental para conocer las diferencias de Alberti con Miguel Hernández durante la guerra y la suerte que este corrió tras ella, así como los resortes del poder orgánico. Se comprende que Alberti jamás escribiera de esa penosa historia, que incluía un puñetazo de María Teresa León a Miguel Hernández en la sede de la Alianza de Intelectuales en los primeros meses de la guerra, después de que este escribiera en una pizarra un "aquí hay mucho hijo de puta y mucha puta", y que significó la ruptura entre el poeta oriolano y "la pareja de moda": se contara como se contara, ni Alberti ni su mujer podrían en absoluto salir airosos de ella. Pero le resulta a uno difícil comprender la razón por la cual Benjamín Prado, íntimo de Alberti, quisiera contársela a un extraño, como lo era yo para él, en una de las pocas veces que nos hemos visto. Pensé entonces que lo había hecho como uno de esos personajes atribulados que "filtran" alguna noticia, convencidos de la importancia de la misma, pero también de los inconvenientes que les acarrearía hacerlo personalmente. Así lo entendí, y hasta donde yo sé esa historia se hizo pública por primera vez en 2002, en la segunda edición de Las armas y las letras y al poco en uno de mis artículos del Magazine de La Vanguardia. Prado, naturalmente, no la desmintió, incluso empezó a hacerla circular él mismo, según pude saber.

El Alberti de 1999 seguramente no era muy diferente del de 1936, pero el tiempo ha ido haciendo su trabajo, y sabemos hoy pormenores que no se conocían hace 20, 30, 70 años, y que arrojan luz sobre zonas oscuras del pasado. Los testimonios de desafección que ha creído encontrar Prado en ese libro mío ni siquiera son míos, ni se deben, como asegura para desactivarla, a mi "manifiesta antipatía por Alberti", sino de gentes que lo conocían bien: Juan Ramón Jiménez, Cansinos-Assens, Josephine Herbst, Koltsov o Morla Lynch, por citar sólo unas pocas personas de izquierda o liberales y muy distintas entre sí, que lo señalan como alguien que se sirvió de la guerra en la retaguardia en beneficio propio, y algunos mencionan de modo explícito sus "monos planchados", sus ansias de notoriedad, sus trapacerías, su amor por el lujo, las casas buenas y las comidas copiosas en un Madrid hambriento y bombardeado, en fin, todo lo opuesto de quienes, como Miguel Hernández, tasaron su vida en lo que pesaba una bala en las trincheras, o una lenteja en las cárceles franquistas. Lo dijo bien claro Juan Ramón: "Nosotros ¡los intelectuales! Etcétera. Debemos ayudar al Gobierno y al pueblo: no ellos a nosotros". Todos son testimonios valiosos, pero algunos solo los hemos conocido recientemente, incluidos los dos del propio Prado. Es descabellado, pues, hablar de la "caza al poeta rojo" (¿qué tienen que ver ciertas conductas con el ser o no rojo?: al contrario, pocos escritores de la guerra concitan en mi libro tantas simpatías y tanta admiración como Miguel Hernández o Herrera Petere), y sí de un hombre víctima a menudo de un tiempo en el que el culto a la personalidad era una mixtificación que alcanzaba a políticos como Stalin o Hitler y a poetas que aspiraban a apropiarse del discurso de la república, desoyendo las sabias advertencias de Platón. Y desde luego que mi antipatía, como la llama Prado, no es anterior a, sino consecuencia de ver la distancia que media entre las ideas que algunas personas tuvieron del hombre nuevo que preconizaban y la triste condición humana. Al margen de sus valores literarios y hablando solamente, al menos en mi caso, de los años de la guerra y de su poesía de guerra, esa de la que Gaya, que sufrió el exilio tanto como Alberti, decía que "es mejor no hablar". Que después Alberti fuese justo merecedor del premio Lenin (¿o era el premio Stalin?) o que se mostrara sinceramente consternado por la desaparición de la Unión Soviética, jamás lo he puesto en duda.

Y, por supuesto, todos estamos de acuerdo con Prado: los pies de barro del ídolo los descubren a menudo sus propios fieles y devotos, que por oscuras razones acaban circulando sobre ellos especies penosas como la conocida de la Alianza de Intelectuales, y que les fueron confiadas en una intimidad que traicionaron, junto con otras que, al menos en algún caso, habría sido mejor no haber conocido. Pero esa es ya, sí, otra historia.

Andrés Trapiello es escritor.