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El 'anumerismo' también es incultura

por Bernardo Marín.



Comprar un décimo a Doña Manolita "porque ahí cae mucho" sin tener en cuenta la enorme cantidad de números que despacha esa administración de lotería. Traducir del inglés la palabra billion por "billón" sin considerar que en español ese término designa una cifra mil veces mayor. Asumir sin el menor sentido crítico el titular "ocho autonomías, por debajo de la media en gasto sanitario", sin preguntarnos qué tendrá de extraordinario la noticia.
Estos tres ejemplos son síntomas de anumerismo, la incapacidad en diversos grados para desenvolvernos en el universo de las cifras. La palabra la popularizó hace 23 años el matemático estadounidense John Allen Paulos en El hombre anumérico (Tusquets), un ensayo que ya es un clásico. Y aunque el término no ha entrado en el diccionario, describe una realidad vigente, un tipo de ignorancia que puede afectar a personas cultísimas en otras ramas del saber. Su precio, según Paulos, es alto. "Usted puede elegir entre tener o no ciertas nociones numéricas pero si no las tiene será más manipulable". Y más proclive a dejarse engañar por charlatanes y pseudocientíficos.
Emilio Lledó, profesor de Historia de la Filosofía y académico, reivindica también las matemáticas como una luz para alumbrar un mundo de manipulación informativa. "Esta ciencia es una lucha constante con la verdad porque en ella, en su exactitud, no caben las ideas mentirosas". Lledó recuerda su etimología: del griegomáthema, aprender. Y no solo aprender, sino experimentar. Y no solo experimentar, sino deducir. Y no solo deducir, sino demostrar. Y no solo demostrar, sino estar en contacto con lo verdadero. "Y todo esto", lamenta, "no puede estar muy de moda en un universo que tiende a la falsedad".
A la lucha contra los efectos perniciosos del anumerismo dedica la Real Sociedad Española de Matemáticas su centenario en este 2011. Un combate difícil porque, según su portavoz, Adolfo Quirós, profesor de la Universidad Autónoma, este tipo de analfabetismo no tiene el reproche social de otras carencias. En una reciente entrevista en este diario, Quirós razonaba: "En un restaurante a nadie le preocupa decir 'haz la cuenta'; pero nos cortaría mucho pedir que nos leyeran el menú". "Ahora hay máquinas que lo hacen todo, pero tenemos que saber cuándo nos sale un disparate con una calculadora". Su organización pretende convencer a la gente de que esas cifras que le aterran representan cuestiones de la vida diaria y desentrañarlas ayuda a comprender la realidad.
Quirós propone un ejemplo de cómo saber de números nos vuelve ciudadanos mejor informados: al presentar la decisión de reducir la velocidad en carretera a 110 kilómetros por hora, el Gobierno aseguró, en un primer momento, que se pretendía ahorrar "el 15% en la gasolina y el 11% en gasóleo". Si no hacemos un mínimo esfuerzo intelectual asumiremos las cifras sin más. Una reflexión rápida demuestra que el dato no se sostiene: muchos vehículos no alcanzan los 120 km por hora. Y otros se mueven solo o preferentemente por ciudad. El resultado es que el ahorro real se acerca más al 3% del total de combustible, 90 millones de litros al mes, la cifra que dio más tarde el Ejecutivo. Una cantidad notable, pero muy por debajo de la primera. Situar la cuestión en términos cabales nos permite dar fundamento a nuestras opiniones y tomar decisiones más responsables.
Una buena parte de las confusiones provienen de nuestra dificultad para manejar cifras muy grandes, por ejemplo, el número de asistentes a una manifestación. Antes de que iniciativas como las del Manifestómetropusieran coto a la hiperinflación de asistentes, 300.000 personas parecían pocas para algunas concentraciones. Ahora sabemos que alcanzar esa cifra tiene mucho mérito. "Hagamos la prueba", dice Quirós, "de visualizar ese número". Por ejemplo, esas 300.000 personas ocuparían, a 60 por autobús, unos 5.000 autobuses. Y a 12 metros por vehículo, pegados el uno junto al otro, formarían una hilera de 60 kilómetros que llegaría de Madrid hasta Guadalajara. Y ahora ¿es pequeña una manifestación con 300.000 participantes?
Para Raúl Ibáñez, profesor de la Universidad del País Vasco, esa dificultad para abarcar mentalmente las grandes cifras constituye un primer grado del anumerismo que padecemos todos en mayor o menor medida. En un segundo escalón sitúa a las personas que, teniendo unos conocimientos básicos de matemáticas, se bloquean cuando se enfrentan a una fórmula. Por último, están los que no tienen las más mínimas nociones numéricas, equivalentes en otro plano a los que no saben leer.
¿Los medios de comunicación andan un poco mejor de matemáticas o contribuyen a amplificar los disparates? Josu Mezo, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, lleva siete años comentando en su blog Malaprensa los errores -numéricos pero también de concepto o de sentido común- que cometemos los periodistas. Cree que muchos errores recurrentes ya no se repiten, aunque otros están enquistados. "Hace poco volví a ver ese titular de 'las comunidades con mayor número de denuncias -en términos absolutos- son Madrid, Cataluña y Andalucía"... "Pues claro", ironiza, "son las más pobladas, la noticia sería que fuera La Rioja".
Para Mezo la cuestión no es tanto de falta de habilidades, como de no estar alerta. Muchos periodistas, dice, "no tienen activado elnopuedeserómetro". "Saben hacer un porcentaje o una regla de tres, pero no tienen la rutina de pensar si algo tiene lógica, de compararlo con otros datos que conocen para saber si es un disparate". No cree que los profesionales de los medios estén mal formados, pero sí que muchos tienen una vocación literaria o quieren intervenir sobre el mundo. "No se dan cuenta de que su reto se parece más al de un científico que al de un escritor: deben entender y contar la realidad". Y le asombra que los planes de estudio no incluyan materias específicas para aprender a indagar.
Ibáñez coincide en no vendría mal a los periodistas una formación extra en matemáticas. Y alerta de un error frecuente en las informaciones: muchas noticias dan datos desnudos que no significan nada si no se comparan con otros. Pone como ejemplo un titular reciente: "El 87% de los conductores involucrados en atropellos son hombres". Y se pregunta: "¿Sabe el periodista qué porcentaje de conductores son de sexo masculino? Porque sin ese dato, la noticia no dice nada".
¿Se enseñan mal las matemáticas en España? El informe PISA, de 2009, sitúa a nuestros alumnos 11 puntos por debajo de la media de la OCDE (485 frente a 496), pero en niveles similares a los de compresión lectora o ciencia.
Los profesores de matemáticas, como los del resto de asignaturas se quejan de falta de tiempo y de la masificación de las aulas. Pero apuntan otros problemas específicos. Mercedes Sánchez, profesora asociada a la Universidad Complutense, señala que los chicos desarrollan la inteligencia abstracta a edades distintas y ahí se abre una brecha enorme que solo una enseñanza más personalizada podría cerrar porque "un niño en la masa se pierde". María Gaspar, presidenta de la Olimpiada Matemática Internacional que se celebró en Madrid en 2008, coincide en que la falta de tiempo es uno de los problemas: "Esta materia es muy constructiva, hay que subir los escalones uno a uno para quemar etapas". Añade otra dificultad: "Las matemáticas requieren trabajo constante, un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a hacer". Y recuerda que la asignatura ha estado marcada por un cierto estigma: "Antes, el que destacaba era un bicho raro, ahora, los compañeros reconocen su valía".
En este punto del debate, Lledó recuerda un chiste "estupendo" de El Roto: "Las carreras con más futuro son las de caballos, dejo la Universidad y me paso al hipódromo". Esta reflexión toca un problema fundamental, según Lledó: "Se está enseñando a los chicos solo a ganarse la vida, que es la manera más triste de perderla". "Hacen falta", reflexiona, "profesores que entusiasmen y eso se pierde en una Universidad absolutamente pragmatizada, mera transmisora de mecanismos vacíos para resolver problemas. Y al final no se profundiza en ese otro asunto, el del cosmos extraordinario del universo abstracto que los seres humanos han sabido crear durante miles de años". Un conocimiento con beneficios, además, para el estudio de otras materias. Porque las matemáticas son "una buena medicina para la fluidez del pensamiento, un mundo de universos ideales que ayuda a la construcción de cualquier realidad".
¿Por qué se acepta con tanta indulgencia la frase "soy de letras" para excusar la falta de nociones muy básicas? "Nadie debería enorgullecerse", opina el filósofo Fernando Savater, "quizá es así porque es más fácil que en una tertulia salga un tema de cualquier otra materia". Savater reconoce que las matemáticas no son lo suyo pero admite que "mal se pueden entender determinados campos del conocimiento sin saber nada de números".
En su terreno, la filosofía, ha habido grandes matemáticos, como Platón -cuya academia estaba presidida por el cartel "nadie entre aquí que no sepa geometría"-, Descartes, Russell... pero también pensadores alejados de los números, como Nietzsche. "Si uno quiere dedicarse a la filosofía de la Ciencia, son imprescindibles; no tanto si se va a centrar en la metafísica". En su caso, sí le hubiera gustado saber más de matemáticas. "Estoy avergonzado, cuando mi hijo empezó el bachillerato le empujé a hacer el que combina letras y ciencias, para que no fuera como yo", dice Savater. Pero se resigna: "Es una carencia, pero uno tiene tantas...".
Recapitulamos. Las matemáticas tienen una aplicación práctica en otras ramas del saber. Ayudan a entender el mundo en el que vivimos, a tomar mejores decisiones, a ser ciudadanos más responsables y a vacunarnos contra la manipulación. Pero también pueden proporcionar alegría. Bertrand Russell decía en su ensayo La conquista de la felicidad que si no se había suicidado en su adolescencia fue porque quería saber más de matemáticas. Sin tanto dramatismo pero con el mismo entusiasmo, Lledó se emociona hablando de un mundo que no es estrictamente el suyo. "Tengo un hijo matemático y me doy cuenta de lo que goza con lo que descubre. Intenté leer su tesis doctoral, no entendía mucho pero sí me daba cuenta de que hablaba de un universo maravilloso". ¿Por qué esa fascinación por una realidad que ni siquiera podemos ver? "Tal vez porque somos fórmulas perfectas en un universo hilado en deducciones, análisis, intuiciones...", concluye Lledó.

Cuando los números contradicen a la intuición

El profesor Raúl Ibáñez, profesor de la Universidad del País Vasco y Premio J. M. Saviron de divulgación científica 2010, propone cuatro ejemplos de la vida cotidiana, algunos ya comentados por John Allen Paulos, que demuestran que saber un poco de matemáticas impide que nos dejemos engañar por las falsas apariencias.
Coincidencia de cumpleaños. En ocasiones nos sorprendemos por "coincidencias" que no son extraordinarias. Por ejemplo. En una comida con 25 personas dos cumplen años el mismo día. La probabilidad de que eso suceda puede parecernos bastante baja, ya que hay 366 fechas posibles. Pero no lo es. A partir de 23 personas ya hay un 50% de probabilidades de que dos compartan día de nacimiento. Con 30 personas supera el 70%. Y en una reunión de 70 pueden apostar lo que quieran con garantías de ganar: supera el 99%.
Saber y ganar. El concursante de un programa de televisión se enfrenta a la prueba final, en la que hay tres puertas. Detrás de una de ellas hay un coche, y tras las otras dos, nada. Elige una y el presentador ordena abrir alguna de las otras dos, siempre una sin premio. Entonces, tienta al concursante: "¿Desea cambiar de puerta?". La intuición nos dice que da igual, que tendremos un 50% de probabilidades de acertar. Pero no es así. Si nos quedamos en la misma solo tendremos una probabilidad de 1/3 (33%) de conseguir el premio, igual que al principio. Pero si cambiamos, la probabilidad de obtener el coche será de 2/3: seremos ganadores siempre que nuestra primera opción no fuera la correcta. Y partíamos con un 66% de probabilidades de equivocarnos.
Diagnóstico terrible. Nos hacen una prueba para averiguar si padecemos una grave enfermedad que afecta a una de cada 200 personas. El análisis tiene el 98% de fiabilidad, esto es, falla el 2% de las veces. Damos positivo. ¿Debemos asustarnos? Sí, pero no en exceso. La probabilidad de que padezcamos el mal es del 20%. De cada 10.000 personas, unas 50 tendrán la enfermedad. De ellas, 49 obtendrán un resultado positivo en la prueba y una dará negativo (por el margen de error). En cuanto a la población sana (9.950 personas), 9.751 darán negativo y 199 positivo. Luego la mayoría de las personas diagnosticadas del mal en ese análisis (199 de 248) serán en realidad falsos positivos (80%).
¿Es tan improbable? 30 personas van a una fiesta y dejan su sombrero en un perchero. A la salida, cada una toma uno sin fijarse bien si es el suyo. ¿Qué probabilidad hay de que ninguna acierte? La intuición nos señala que es muy difícil que suceda, pero no lo es tanto. La probabilidad de que ninguno de los asistentes se lleve su sombrero es de alrededor del 37%. Aproximadamente la misma, por cierto, que la de que acierte solo uno.

OpenCourseWare de la Universidad Carlos III de Madrid


La Universidad Carlos III  de Madrid promueve la difusión en abierto de material de apoyo a la formación, incentivando la participación de su profesorado en dicha iniciativa. Por ello, la UC3M se adhiere al proyecto del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que ha generado la agrupación de universidades de alto prestigio internacional en torno al Consorcio OpenCourseWare.  La misión de esta acción es promocionar la educación y potenciar el conocimiento de manera abierta y sin restricciones.
La red de universidades iberoamericanas, Universia, se ha comprometido con estos objetivos, promoviendo el consorcio OCW Universia.
OpenCourseWare es una herramienta que permite la libre publicación de material y proporciona los contenidos de forma gratuita a usuarios de todo el mundo. No es un servicio de formación a distancia a través del cual se pueda cursar ningún estudio o titulación, ni recibir ningún tipo de acreditación.

* Asignaturas Básicas de Física, Matemáticas y Química: Cursos Cero
Biblioteconomía y Documentación
Ciencia e Ingeniería de Materiales
Derecho Eclesiástico del Estado
Derecho Privado
Derecho Procesal
Derecho Público
Derecho Social
Economía
Economía de la empresa
Estadística
Filosofía del Derecho
Física
Historia del Derecho
Humanidades
Ingeniería de Organización
Ingeniería de Sistemas y Automática
Ingeniería Eléctrica
Ingeniería Informática
Ingeniería Mecánica
Ingeniería Química
Ingeniería Telemática
Ingeniería Térmica y de Fluidos
Matemáticas
Mecánica de Medios Continuos y Teoría de Estructuras
Periodismo y Comunicación Audiovisual
Química Física
Tecnología Electrónica
Teoría de la Señal y Comunicaciones


Brutalidad policial contra Red de Bibliotecas Cívicas Independientes

Richard Roselló.



Foto: Omayda Padrón Azcuy

Miembros de la Red de Bibliotecas Cívicas independientes Reinaldo Bragado Bretaña (RBC) son brutalmente asediados por agentes de Seguridad del Estado a fin de liquidar el proyecto cívico de la sociedad civil cubana.

A tres años de su fundación, los miembros de la RBC sufren un desproporcionado hostigamiento y persecución policial para impedir los proyectos que lidera esa organización independiente.

Omayda Padrón Azcuy, Coordinadora Nacional del programa, ha sufrido varias detenciones seguidas. La bibliotecaria acusa“al régimen de La Habana de mantenerla en un estado arresto domiciliar”.

Padrón Azcuy se le ha negado salir de casa a participar en actividades civiles. El 21 de marzo fue citada a una unidad de la policía en calle 21 del Vedado para boicotearle la inauguración de una biblioteca en el municipio San Antonio de los Baños.“Los agentes nunca se presentaron y me hicieron perder irresponsablemente un tiempo”, dijo.

El pasado 24 de marzo Azcuy fue retenida en su domicilio del Vedado, para imposibilitarle asistiera a las conferencia del Estado del Sats. El 9 de abril sufre en la mañana otra detención por igual causa. Iba a una conferencia donde se discutirían temas como el voto de silencio aplicado por el gobierno de La Habana, a decenas de opositores. Coincidiendo con la visita a la isla del papa Benedicto XVI, sus medios de comunicación telefónica fueron silenciados durante cinco días.

El pasado viernes 20 de abril, la vivienda de Azcuy amaneció rodeada de efectivos policiales y amenazaron con ser enviada a una prisión en caso de salir del domicilio. Azcuy iba a asistir al 5to aniversario del blog Generación Y, de la bloguera Yoani Sánchez.

Padrón ha sido enviada forzosamente a la estación de la policía de municipio Playa en dos ocasiones. Ha sido intimidada con fuertes represalias contra su hija Jennifer Fonseca Padrón, también detenida. Su hija fue advertida que de continuar su activismo podía poner en peligro la graduación de su novio, un medico intensivista del hospital Calixto García, donde Fonseca trabajó como enfermera de cuidados intensivos hasta que fue expulsada.

Según Padrón Azcuy, su figura “es asediada y hostigada a niveles que sobrepasan el paroxismo represivo”. Cada semana su vivienda es visitada por miembros de Seguridad del Estado para desestabilizarla. Continúas visitas a cualquier hora; llamadas telefónicas provocativas, mensajes de vecinos confraternizados a las actividades subversivas del régimen. Hasta infiltrarle elementos que intentaron  destruir su organización.

A Azcuy se le ha retirado en varias ocasiones su carnet de identidad cuando ha intentado asistir a actividades con niños de barrios periférico de la capital.

Ella y su hija, les fueron notificadas de la preparación de un expediente de peligrosidad por a acceder a los encuentros civiles del Estado del Sats y continuar con sus proyecto infantil Animando Sonrisas.

Omayda hace responsable a los agentes Roque, Antonio y otros oficiales de  Seguridad del Estado por lo que pueda sucederle a su familia. Los represores le han amenazado en la puerta de su casa de ser sacada por los pelos y en caso que resistirse podrían romperle la puerta de la residencia, señaló.

Juan Antonio Madrazo Luna, jefe de Relaciones Publicas de la Red y representante de la Biblioteca “Cátedra Gustavo Urrutia”, es castigado continuamente con detenciones domiciliarias y calabozos de la policía, para interrumpir la realización de tertulias, conferencias y ciclos de debate que tienen cita en la cede la Red y otros lugares.

Por otra parte, Raunel Rosquete Acosta, director de la Biblioteca “Laura Pollán”, en el municipio Bejucal de la provincia Mayabeque y otro de los miembros de la Red, teme por su vida luego de ser víctima de un operativo militar que le amenazó con armas de fuego si abandonaba su casa para asistir a diversas actividades de la de su organización.

En Cienfuegos, Justo Luis Alfonso García que dirige la Biblioteca “Miguel Valdez Tamayo” era detenido este 23 de abril durante dos días, en la estación local de la policía, al protagonizar un toque de cazuela por el continuo acoso a que es sometido. Alfonso García se le impide salir de la provincia.

Igualmente, Pablo González Villa podrá ser condenado entre dos a cuatro años por peligrosidad al realizar actividades infantiles con niños de su comunidad en Cienfuegos. Villa es el coordinador provincial de la Biblioteca “Jóvenes de Jagua”. La vivienda de González Villa ha sido centro de atentado para impregnar daños.

Adalberto Blanco Abreu, quien preside la Biblioteca “Heberto Padilla”, en la provincia de Artemisa, fue detenido dos días a raíz de la visita del papa a la Isla.

En medio de este estado de represiones destaca su coordinadora que su Red de bibliotecas no ha dejado de realizar sus acuerdos correspondientes. Mantiene activo su proyecto Animando Sonrisas. Lo mismo en Cienfuegos, Las Tunas, Bejucal, Artemisa hasta la Isla de la Juventud donde uno de sus miembros Lázaro Ricardo González, al frente de la Biblioteca “Boitél Vive”, sigue logrando resultados.

La Red de Bibliotecas Cívicas fue fundada en el verano del 2009. Cuenta con una extensa biblioteca de libros censurados en Cuba donde acceden personas de la comunidad y fuera de esta.

Manejan un ambicioso proyecto de educación civil, encuentros culturales, debates de cine y cursos preparatorios desde bibliotecología, idiomas hasta teatro, incluyendo las artes plásticas  e innumerables exposiciones de artistas y premios a escritores cubanos.

Tiene abierta su campaña de recogida de libros y reúnen a un variado colectivo de amigos de la Red dedicados a la lectura. Su proyecto Animando Sonrisas se ha desplegado por municipios de la capital y aéreas de provincia llevando el espíritu de la felicidad y la amistad a niños necesitados.

Promueve el intercambio cultural con comunidades infantiles. Incentivar el rescate de juegos tradicionales y otras actividades recreativas. Se brindan experiencias sobre los derechos del niño, el amor por la familia, la naturaleza y sus símbolos. Suscitan la lectura como base del conocimiento y perspectivas de su futuro.

Dalrymple en consulta

Carlos Rodríguez Braun.




He vuelto a disfrutar leyendo al médico y escritor británico que escribe bajo el seudónimo de Theodore Dalrymple, al que he glosado aquí en EXPANSIÓN y cuyos libros, por desgracia, no han sido traducidos: sólo puede ser leído en español en los artículos que publica en Actualidad Económica.
El volumen Second opinión. A doctor’s dispatches from the British inner city (Monday Books) es una recopilación de piezas breves sobre su experiencia en la consulta de un hospital público aparecidas en The Spectator, que llevan al lector a restregarse los ojos y preguntar: ¿esto sucede realmente en Reino Unido? Concluye Dalrymple: “Hemos perdido nuestra cultura, somos un país de salvajes”. Los retratos que se van sucediendo de bárbaros, maleducados, crueles, borrachos, drogadictos, incapaces de reflexión y de afecto invitan a responder afirmativamente. Y hay más.
Dalrymple presenta una crítica feroz al pensamiento único, desde la supuesta “liberación” de la mujer, que socava el matrimonio y acaba dejándola sola a cargo de sus hijos, sometiéndola a los caprichos y la violencia sucesivos de unos hombres parcos en atención y cariño, hasta todo el Estado del Bienestar, al que ve como el degradador y desmoralizador de la sociedad, particularmente de los más pobres y humildes, sus principales víctimas.
Es el fracaso del intervencionismo lo que el lector contempla todo el rato: “Cuando la burocracia intenta resolver un problema, sus medidas solamente tienen consecuencias no deseadas”. Así, el Estado termina persiguiendo con dedicación y saña a los conductores y los fumadores, pero no sólo permite sino que hasta fomenta la delincuencia, propiciando la proliferación de irresponsables subsidiados. (Entre paréntesis, apunta el autor que en algunas dictaduras ha visto ámbitos de libertad perdidos en las democracias; alguien podría recordar que bajo el franquismo había toros en Cataluña y se podía fumar en los bares.)
Caen bajo la crítica tópicos caros al pensamiento único como el multiculturalismo, la no discriminación, las injusticias sociales, el grafiti como muestra de cultura, y una educación pulverizada que, en vez de una autoridad firme aunque amable, favorece una mezcla de “indiferencia disfrazada de indulgencia y de sadismo disfrazado de disciplina”.
El libro puede hacer sonreír con amargas ironías, como cuando pondera la obesidad como útil para evitar que las puñaladas de los delincuentes se hundan lo suficiente como para interesar órganos vitales… Puede ser punzante, como cuando resume las tres reglas de la política y la burocracia: “Haz lo que no debes; no hagas lo que debes; y concéntrate en lo trivial a expensas de lo importante”. Y atesora observaciones profundas como esta: “Hoy, cuando el hombre tiene más control sobre la naturaleza que nunca antes, parece no tener más control sobre sí mismo que en los albores de la Historia: sigue comportándose tan mal como siempre, pero con un abanico de opciones más amplio”.

Capitanes valientes, o no


ArturoPérez-Reverte.

La noche del 14 de abril de 1912, 99 años y nueve meses antes de que el Costa Concordia se abriese el casco en un escollo de la isla toscana del Giglio, el Titanic se hundió en el Atlántico Norte llevándose a 1.503 personas. El abandono del barco fue desastroso. El capitán Edward Smith, que pese a 34 años de experiencia profesional se comportó más como torpe gerente de un hotel de lujo que como marino, tardó 25 minutos en lanzar el primer SOS. Además, retrasó la orden de abandonar el barco, disimulando esta de modo que la mayor parte de los pasajeros no advirtió el peligro hasta que fue demasiado tarde. Después, la falta de botes salvavidas, el mar bajo cero y los 25 minutos perdidos en la llegada del primer barco que acudió en su auxilio, remataron la tragedia.

Cuatro semanas más tarde, en un artículo memorable publicado en The English Rewiew,Joseph Conrad confrontaba el final del Titanic con el hundimiento, reciente en aquellas fechas, delDouro: un barco más pequeño pero con proporción similar de pasajeros. El Titanic se había hundido despacio, entre el desconcierto y la incompetencia de capitán y tripulantes, mientras que en el Douro, que se fue a pique en pocos minutos, la dotación completa de capitán a mayordomo, menos el oficial al mando de los botes salvavidas y dos marineros para gobernar cada uno, se hundió con el barco, sin rechistar, después de poner a salvo a todo el pasaje. Pero es que elDouro, concluía Conrad, era un barco de verdad, tripulado por marinos profesionales y bien mandados que no perdieron la humanidad ni la sangre fría. No un monstruoso hotel flotante lanzado a 21 nudos de velocidad por un mar con icebergs, atendido por seis centenares de pobres diablos entre mozos, doncellas, músicos, animadores, cocineros y camareros.

Escrito hace un siglo, el comentario conradiano podría aplicarse casi de modo literal al desastre del Costa Concordia. Pese al tiempo y los avances técnicos que median entre uno y otro barco, muchas son las lecciones no aprendidas, las arrogancias culpables y las incompetencias evidentes para cualquier marino, aunque no siempre para los armadores e ingenieros navales: desmesura en los grandes cruceros, escasa preparación de tripulaciones, fe ciega y suicida en la tecnología, o competencia profesional de los capitanes y oficiales al mando. En este último aspecto, ciertos detalles en el comportamiento del capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, quizá merezcan considerarse.

Todo capitán de barco tiene dos deberes inexcusables: gobernar su nave con seguridad y destreza y, en caso de incidente o naufragio, procurar el salvamento de pasaje, tripulación, carga y, a ser posible, del barco mismo. Esa es la razón de que, en otros tiempos, un capitán pundonoroso se hundiese a veces con el barco, pues su presencia a bordo era garantía de que todo se había procurado hasta el último instante. Y así, a un capitán capaz de gobernar bien un barco y asegurar en caso de incidente o tragedia la mayor parte posible de vidas y bienes, se le considera, hoy como ayer, un marino competente.
En la varada del Costa Concordia, en mi opinión, el concepto de incompetencia se ha manejado con cierta ligereza. No creo que el capitán Schettino fuese un incompetente. Treinta años de experiencia y una óptima calificación profesional lo llevaron al puente del crucero. Hacía una ruta conocida, y la maniobra de acercarse a tierra es común en esa clase de viajes. Además, una vez producida la vía de agua casi en la aleta de babor -lo que significaría que ya estaban metiendo a estribor para evitar el peligro-, la maniobra de largar anclas a fin de que, con las máquinas anegadas y fuera de servicio, el barco bornease 180º con su último impulso para acercar el costado a tierra y no hundirse en aguas profundas, parece impecablemente marinera y propia de buenos reflejos. El exceso de confianza, una mirada superficial a los instrumentos, pulsar dos veces una tecla en lugar de hacerlo tres, pudieron bastar, a 16 nudos y en tan poca sonda, con una mole de 17 pisos y 114.500 toneladas, para que del error al desastre transcurriesen pocos segundos. Ningún marino veterano puede afirmar que jamás cometió un error de navegación o maniobra; aunque este no tuviera consecuencias, o estas no sean las mismas en aguas libres de peligros que en un paso estrecho, en la noche, la niebla o el mal tiempo, con una piedra o una restinga cerca; o, como en el caso del Costa Concordia,a solo un cable de la costa.
En los casos mencionados, incluso aplicando al capitán de una nave todo el rigor legal que merezca su error, es posible comprender la tragedia del marino. Simpatizar con él pese a su desgracia. Pero lo que sitúa a cualquier capitán lejos de cualquier simpatía posible es su incompetencia o cobardía a la hora de afrontar las consecuencias del error o la mala suerte. Una desgracia puede ser azar, pero no encararla con dignidad es vileza. Si un capitán está para algo, es sobre todo para cuando las cosas van mal a bordo. Ahí un marino es, o no es. Y Francesco Schettino demostró que no lo era. Escapar a su deber y su conciencia fue una cobardía inexcusable, que en tiempos menos políticamente correctos, frente a un tribunal naval de los de antes, lo habría llevado a la soga de una horca.
Tengo una impresión personal sobre eso. Con el auge de las comunicaciones fáciles vía Internet y telefonía móvil, la responsabilidad de un marino se diluye en aspectos ajenos al mar y sus problemas inmediatos. El oficial del Costa Concordia que fue a comprobar cuánta agua entraba en la sala de máquinas informó repetidas veces al puente, y no obtuvo respuesta porque el capitán estaba ocupado con el teléfono. De hecho, buena parte de los 45 minutos transcurridos entre el momento de la varada (21.58), las mentiras a la autoridad marítima de Livorno (22.10) y la confesión final de que había una vía de agua (22.43), así como el cuarto de hora siguiente, hasta que sonaron las siete pitadas cortas y una larga para abandonar el buque (22.58), Schettino los pasó hablando por teléfono con el director marítimo de Costa Crociere. Dicho de otra forma: en vez de ocuparse del salvamento de pasajeros y tripulantes, el capitán del Costa Concordiaestuvo con el móvil pegado a la oreja, pidiendo instrucciones a su empresa.

Mi conclusión es que el capitán Schettino no ejercía el mando de su barco aquella noche. Cuando llamó a su armador dejó de ser un capitán y se convirtió en un pobre hombre que pedía instrucciones. Y es que las modernas comunicaciones hacen ya imposible la iniciativa de quienes están sobre el terreno, incluso en cuestiones de urgencia. Ni siquiera un militar que tenga en el punto de mira a un talibán que le dispara, o a un pirata somalí con rehenes, se atreverá a apretar el gatillo hasta que no reciba el visto bueno de un ministro de Defensa que está en un despacho a miles de kilómetros. El capitán Schettino era patéticamente consciente aquella noche de que el tiempo de los marinos que tomaban decisiones y asumían la responsabilidad se extinguió hace mucho, y de que las cosas no dependían de él sino de innumerables cautelas empresariales: cuidado con no alarmar al pasaje, ojo con la reacción de las aseguradoras, con el departamento de relaciones públicas, con el director o el consejero ilocalizables esa noche. Mientras tanto, seguía entrando agua, y lo que en hombres de otro temple habría sido un "váyanse al diablo, voy a ocuparme de mi barco", en el caso del capitán sumiso, propio de estos tiempos hipercomunicados y protocolarizados, no fue sino indecisión y vileza. Además de porque era un cobarde, Schettino abandonó su barco porque ya no era suyo. Porque, en realidad, no lo había sido nunca.
Sé que puede hacerse una objeción comparativa a esta hipótesis, y que precisamente es de índole histórica: el capitán del Titanic también se comportó con extrema incompetencia en el abandono de la nave, y su pasividad tuvo relación directa con la muerte de millar y medio de pasajeros; sin embargo, Edward Smith no tenía teléfono móvil. En 1912 solo había telegrafía de punto-raya en los barcos. Eso permitiría suponer que, en ese caso, las decisiones erróneas sí fueron suyas. Quizá lo fueran, desde luego; nada es simple en el mar ni en la tierra. Pero no por falta de comunicación directa con sus armadores de la White Star. La noche del iceberg y la tragedia, a bordo del Titanicviajaba el presidente de la compañía naviera. Que estuvo en el puente y sobrevivió ocupando un lugar libre en los botes.

Arturo Pérez-Reverte es escritor, navegante y autor de varias novelas y libros de tema náutico.

Ni tuyo ni mío

Andrés Trapiello.



SIEMPRE le hizo a uno muchísima gracia el modo en que el padre de mi tío Vitalino, marido de Estilita, hermana a su vez de Porfirio y Presvinda, le explicaba a su mujer, Basilisa  (en León nos las gastamos así con los nombres propios), lo que iba a significar la República, que acababa de ser proclamada en 1931: “Será algo muy bueno: entre lo que tenemos y lo que nos toque del reparto, estaremos mucho mejor”. El hombre consideraba que lo suyo era suyo, y lo de los demás, de todos.

Es más o menos lo que piensan de la llamada propiedad intelectual algunas gentes, negándola sin rebozo después de vestirla con una palabra que suena enteramente altruista: el procomún . Sus argumentos, si no los ha comprendido uno mal, son los siguientes: hay bienes que son de todos: el agua, el aire, el conocimiento científico, el software y, también, las obras culturales. En el caso de los creadores, como ellos no crean de la nada, sino que son parte de una cadena de cientos, de miles de años, deben devolver su obra a los demás, en lo que han denominado retorno social. Leo en un periódico a uno de los defensores del procomún: “Para que a alguien creativo se le ocurra algo, ha tenido antes que leer un montón de cosas (...) y ha necesitado una infraestructura, bibliotecas, transportes, canales de acceso... Hay una dimensión en la creación que es procomunal: por eso es un absurdo que a alguien al que se le ocurre algo le den la propiedad en exclusiva por ni se sabe cuántos años”. Sí se saben los años, ochenta. Muchos o pocos, según se mire. Pocos, por ejemplo, mientras al palacio de Liria, que es también una creación cultural, con todas las colecciones de arte que contiene, no se le aplique el concepto de retorno social, al igual que a todas las patentes de objetos en los que intervenga la rueda, que viene, como se sabe, de atrás, y sin la cual no habrían sido posibles.

Jamás ha ocultado uno, al contrario, lo ha difundido desde hace años, este raro convencimiento, compartido, me consta, por otros creadores: la sensación de que los logros propios nos son ajenos, como si tal o cual página, tal o cual poema, nos lo hubiera dictado alguien mucho mejor que nosotros, en tanto que fracasos o errores los reconocemos de inmediato como propios. Por tanto, algo de lo que sostienen los defensores del procomún es cierto. Todo lo sabemos entre todos, decía Giner de los Ríos, quien lo había oído de un pastor soriano. Por eso no le importará a uno renunciar a sus derechos en favor del común: el día en que dejen entrar en el palacio de Liria a todo el mundo como en su propia casa, o llevarse de la tienda de Apple, sin pagar, naturalmente, el ipad con el que van a descargarse bienes del procomún, o engancharse gratuitamente a la red telefónica o, invocando al inventor de la rueda, hacer uso del primer coche que tenga a mano. Lucha uno por algo así desde que era joven, desde que pensó que el mundo sería mejor si lo compartíamos todo con todos, si seguíamos el principio clásico: trabajar cada cual según sus facultades y recibir según sus necesidades. A eso se le llama comunismo, pero se teme uno que nos lo están explicando como a la tía Basilisa. Ahora bien, si llega la cosa, ese día lo mío es de todos, y lo de todos, mío. O mejor aún: ni tuyo ni mío.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 22 de enero de 2012]

Más/Menos/Al par


No olvidaré fácilmente aquellos tres días en Madrid. Fuera, la prima de riesgo subía más allá de los 450 puntos y la prosa electoral, en su semana agónica, lo infectaba todo. Pero, dentro, en el CaixaForum de Atocha, se había organizado una pequeña Atenas antes del rescate. Abrías una puerta y allí estaba la elegante Patricia Churchland describiendo cómo funcionaba el cerebro creador. Otra, y se veía a Sabino Méndez, con su Martin, a punto de pasar de las palabras a los hechos y enseñarles a los chicos cómo se hace una canción. Llegabas al centro de un escenario y ahí estaba un Gassman de vuelta a la vida que hasta aquel momento había atendido al nombre de Ferran Adrià: y no hablando de cocina, sino de mérito, de trabajo y de alegría. Dabas la vuelta y en el laboratorio estaba Ginés Morata enseñando cómo hacer en pocos pasos un ala de mosca. En cualquier lugar resonaban los ecos del decálogo de Vizinczey: “No te drogarás. No serás modesto. No serás vanidoso.  No tendrás costumbres caras…” Y había muchos más, yo habría dicho que miles, aunque ahora no me salgan las cuentas. Tardaré en olvidar aquella Atenas de Madrid.
Estuvimos cerca de un año preparándolo. Partíamos de algunas condiciones. La primera es que La creación del mundo (un título hermoso y enteramente copiado de un antiguo libro de la escritora Patricia Gabancho dedicado al teatro) iba a ser una exhibición de la creación. Doble. Por una parte iban a estar los autores hablando de su trabajo; por la otra sus representantes en las instituciones y en las sociedades de gestión: hablando de la recompensa.
El acto creador incluye obligatoriamente la recompensa y en términos parecidos a los de Eliot: es el lector el que acaba un poema. Como es bien y tristemente sabido la recompensa del autor está en discusión en nuestro mundo. Pero no hay que engañarse. Lo que realmente se discute es la creación. Se dice que no hay creación posible sin recompensa, ciñéndose al punto de vista del autor y a su necesidad de sobrevivir. Pero esa es solamente la parte más llamativa del asunto. En realidad tampoco para el lector (por utilizar un genérico) hay creación sin recompensa. La creación gratuita destruye por igual al autor que a su lector. No hay experiencia de la creación ajena sin el pago de un precio, sin desprendimiento.
Los ladrones digitales responden a dos tipologías principales. Está el adolescente, de narcisismo despiadado, al que le importa un comino cualquier suerte que no sea la suya y que considera que todo está pagado con que él dedique un minuto de su tiempo al aprecio de una obra. Y está el coleccionista de cabezas: el que descarga en una tarde miles de piezas, y toda su experiencia con ellas acaba en el propio acto, onanista y precoz, de la descarga. Ninguna de esas dos conductas tiene nada que ver con la experiencia profunda de un lector para la cual, insisto, es imprescindible el desprendimiento. Para ser lector hay que intercambiar, hacer negocio. La mejor sección de reseñas literarias de la prensa mundial es la que hace la revista El Ciervo. Fue una idea magnífica, profunda, de Lorenzo Gomis poner el precio de los libros y al lado tres posibilidades para el reseñista: Más/Menos/Al par. La vieja sentencia castellana: Vale lo que cuesta. Sin ese paso vil no hay posibilidad de aprecio estético verdadero. Pero no siempre es el dinero. En todas las épocas ha habido gente que ha robado libros, música, que se ha colado en algún lugar en busca de algo sin lo que no podía vivir pero que no podía pagar. Bien. Sin necesidad de hacer lírica ilegal hay que reconocer que en el riesgo había también desprendimiento. Un cierto intercambio de fluidos. Hace poco me preguntaron si robar era lo mismo que compartir, aludiendo a ese sintagma de la jerga digital boy scout. Y por supuesto contesté que no: que era mucho peor compartir porque al delito añadía el eufemismo. Y la cómoda y malcriada (añado ahora) ausencia de riesgo.
El coleccionista de cabezas siempre existió. Era el que compraba los libros o los discos a metros. Ha hecho un daño comercial muy profundo, porque los libros y la música eran también objetos de consumo, sin más complicaciones que las de satisfacer pequeñas necesidades sociales. Baste un ejemplo personal de hace algunos años cuando se presentó en una fiesta de aniversario una amiga con un cajita y dos cedés donde estaba (descargada ilegalmente) toda la obra de uno de mis músicos más queridos: “Integral” –sonrió y me dijo, en absoluto consciente del nivel de desprendimiento (dicho sea en puridad estricta) al que había llegado.
Ni ese adolescente digital de vanidad hormonado ni el coleccionista de cabezas, cuya potencia ha aumentado exponencialmente por la tecnología, tienen nada que ver con la creación y su experiencia. Sin embargo, son hoy los principales protagonistas del discurso contra la propiedad intelectual. Protagonistas, que no autores. Los autores son los abogados, los ingenieros y los informáticos. Son tres profesiones imprescindibles. Y hay hombres honrados que las practican. Pero también hay adolescentes modestos y jíbaros que tallan madera. Abogados, ingenieros e informáticos se caracterizan por un desprecio ontológico por los contenidos. Al abogado la verdad le trae sin cuidado; al ingeniero de telecomunicaciones, el carácter de lo que pase por sus redes: importa el tráfico. En cuanto al hombre Google… tiene suficiente trabajo con escanear lo que ha sido la cultura humana hasta este mismo momento. ¿Qué son YouTube, Google Maps o Google Books sino ese fascinante escaneo? El estado de lo que sea la cultura humana a partir de este momento no entra dentro de sus preocupaciones elementales. Esos tres profesionales han cultivado el narcisismo adolescente con gran miramiento y le han dado herramientas al jíbaro para ampliar positivamente sus récords en absoluto culturales, sino deportivos. Y han blindado sus actividades. Y sobre todo las suyas propias como rollizos parasites business de la cultura.
Planeamos La creación del mundo para poder hablar de todo esto. Para explicar hasta qué punto no ya un grupo social, ni una industria, ni siquiera un sector de la economía está en crisis: para explicar hasta qué punto está en peligro la irrenunciable noción del progreso. Aún nos pusimos otra condición irrevocable: la necesidad de acabar con ese concepto de creatividad que se limita a las Letras y a las llamadas Bellas Artes. Baste decir que íbamos a invitar a biólogos… pero también a informáticos e ingenieros. Plenamente conscientes, como luego diría con su profundo desparpajo Albert Boadella, de que crear es siempre desvelar.
Por si fuera poco mejoró la prima de riesgo y se disolvió la prosa electoral.

Copiar o no copiar, that is…

Por Arcadi Espada.


Mientras Nicholas Carr sigue recorriendo el mundo con su estupidez a cuestas (¿Por qué google nos está volviendo estúpidos?), el biólogo Mark Pagel se preguntaba en un aula reciente de Edge si internet va a volvernos exponencialmente más inteligentes y más creativos. Lo duda. La razón fundamental, y jibarizada, es que los cinco individuos innovadores que bajaron a la tribu humana del árbol se bastan y se sobran (¡en número!) para guiar a la tribu internáutica, cumpliendo así el mandato de la selección natural que ante la innovación, cara y costosa, privilegia la copia. Así, las masas instaladas en las redes sociales cumplen con una perfección monstruosa el papel de replicadores de ideas que caracteriza el mecanismo genético. Dice Pagel: «Una o dos personas en la banda son suficientes para que los demás copiemos. No hace falta que todos seamos innovadores. Podemos copiar las mejores innovaciones y beneficiarnos todos de ellas.» O sea: es la replicación lo que de verdad constituye el valor añadido de la red. ¡Y de ese país llamado China! Cabría pensar que el contagio internáutico promociona el nacimiento de nuevas ideas. Pero, al decir de Pagel, sólo promociona su viaje. Ante una lanza nueva la inmensa mayoría de individuos no se plantea cómo mejorarla, sino cómo copiarla. Y la cuestión es que la gente tiene hoy muchas cosas interesantes que copiar. Entre las correcciones de la utopía internáutica esta es la más profunda y mesurada que he leído. De ahí que me limite a replicarla.

Cuba, los intelectuales y el exilio

Por Carlos Alberto Montaner.


Ningún gobierno, en toda la historia de la República de Cuba, ha hecho más por impulsar la cultura que el régimen castrista. Pero ninguno, tampoco, ha hecho más por reprimirla. 

La república que desapareció en 1959 ignoraba el hecho cultural. Los gobiernos no se preocupaban por publicar un libro de Cintio Vitier, pero tampoco les preocupaba lo que Cintio Vitier pudiera decir en sus libros. Fue la atmósfera revolucionaria la que le dio estatura nacional a Heberto Padilla --independientemente de su indudable talento--, pero también fue la atmósfera revolucionaria la que lo encarceló y lo obligó, más tarde, a una bochornosa ceremonia de autohumillación.

¿Cómo extrañarnos que Eliseo Diego mirara hacia atrás sin ira y recordara los apacibles días en que el grupo «Orígenes», sin subsidio pero sin amo, se reunía en torno al misterioso magisterio de Lezama a comentar una «página» de Juan Ramón, salpicada de impertinentes jotas? ¿Era mejor La Habana que despreciaba cuanto ignoraba a La Habana que vigila cuanto sospecha? La respuesta es obvia: de aquella Habana nadie tenía que irse. En aquella Habana inculta y despreciativa hizo Labrador Ruiz su obra innovadora. En aquella Habana escribieron Novas Calvo, Montenegro y Lidia Cabrera sus cuentos magistrales. Esa Habana no fue generosa con Brull, con Lobería, con José Antonio Ramos, con Mañach o con Varona, pero ni les exigió una particular devoción política ni los persiguió por las ideas expresadas en sus obras.

La revolución cubana ha provocado el éxodo en masa de su intelligentsia. En Puerto Rico, solo, lleno de fervor patriótico, escribió Leví Marrero la mejor historia social y económica que han conocido los cubanos. Una obra monumental que debió hacerse en la Biblioteca Nacional de Cuba y con el agradecido auxilio del país, y no en un rincón nostálgico y herido de la emigración. Es en París, y en francés, donde Eduardo Manet ha llevado el teatro cubano a su más alta expresión. En Cuba no pudo. De Cuba, hace unos años, «de los ojos fuertemente llorando», tuvo que irse. Como tuvieron que irse Reinaldo Arenas o Pío Serrano. El castrismo, que nada entiende, supone que el universo se divide en gente que los apoya y en gente que los condena; en cubanos que se van y en cubanos que se quedan. El castrismo no entiende que los intelectuales que desertan, que escapan por todos los medios, lo hagan con el más profundo dolor, y que no huyen, claro, de la incomodidad material, sino de la presencia ubicua de la policía. Se huye de la necesidad y de la represión, no de la pobreza, porque se ha llegado a la conclusión dolorosa de que es mejor el desgarramiento del exilio a la tragedia del que no se ha ido, como Fernández Retamar, pero que ha querido irse y le han faltado fuerzas para tomar la decisión.

Ahora, como en 1880, la cultura cubana vuelve a germinar en la emigración. Este triste fenómeno es ya un hecho internacionalmente reconocido. La gran literatura, la ciencia, el pensamiento, la música, el cine, el teatro de los cubanos, radica en el extranjero. El talento --todavía mucho-- que queda en Cuba no puede crecer. No lo dejan. Ese es, hoy, el panorama de la cultura cubana. Triste cosa.