La destrucción del derecho laboral: ¡qué miedo!

Francisco Capella.



Los abogados laboralistas Francesc Casares i Potau, Andrés Pérez Subirana, Judith Barceló Cisquella y Jessica Bolancel Ferrer claman contra “La destrucción del derecho laboral”.
Este título no es una metáfora, es la expresión de una realidad. Las medidas que acaba de aprobar el Gobierno y que vienen a modificar los derechos y obligaciones de empresas y trabajadores, en realidad tan solo suprimen o recortan derechos de los trabajadores. Se habrá perdido por ello el equilibrio en que se basa toda rama del Derecho. De hecho, eso es lo que se pretendía, porque ¿qué significa sino “flexibilizar” y “desregular” las relaciones laborales? El Derecho del Trabajo era, hasta ahora, un conjunto de normas que disciplinaban aquellas relaciones, que ahora quedan sin regular o que pierden su valor. Por consiguiente, se está transfiriendo la fuerza del Derecho desde el código jurídico a las manos del más poderoso, que será siempre la empresa.

“Estamos diciendo la verdad verdadera acerca de la realidad real, no crean que el título es una analogía o una exageración para llamar su atención.”

Transformar algo implica que dejen de existir ciertas cosas y comiencen a existir otras nuevas: los autores aquí sólo ven lo que ya no hay (que dramáticamente denominan “destruido”) e ignoran lo que ahora sí hay y antes no había. En este caso además se trata de normas, que son cambiadas, no destruidas.
No es cierto que estas normas sólo supriman o recorten derechos de los trabajadores, y no hay más que leer la nueva ley para comprobarlo. Además cabría preguntarse si esos derechos eran legítimos (no lo eran) y si la normativa era adecuada para el progreso económico (tampoco): y sobre todo por qué se prohíbe que las partes negocien libremente, sin interferencias externas, la regulación de su relación como empleadores y empleados.

El auténtico derecho no se basa en equilibrios sino en principios éticos fundamentales. Los derechos basados en equilibrios son simplemente arreglos resultado de diferentes partes intentando conseguir algo a costa de otros y al mismo tiempo ceder lo mínimo posible ante sus exigencias (equilibrios de poder, “might makes right”).

El derecho del trabajo sigue siendo un conjunto de normas, desgraciadamente impuestas de forma coactiva y centralizada, que disciplinan las relaciones laborales: no es un sector sin regular. La referencia a una presunta pérdida de valor es meramente una valoración subjetiva que los autores tratan de colar como un hecho objetivo en lugar de decir que no les gusta esta reforma.

La empresa no es siempre el más poderoso. Esta es un artimaña de los que sistemáticamente pretenden pasar por víctimas y débiles indefensos para obtener simpatía moral. Cuando una empresa tiene mucho poder conviene preguntarse cómo lo ha obtenido: en un mercado libre sólo puede hacerlo sirviendo eficientemente a los consumidores, es un poder bien merecido. El que no tiene poder probablemente no ha demostrado ninguna competencia especial.

Nadie nace con la etiqueta “trabajador” grabada a fuego en la frente o incrustada de forma inamovible en sus genes, así que si realmente las empresas son tan poderosas y se quiere tener poder, la solución es sencilla: hágase empresario. Pero entonces quizás descubra que no es tan fácil alcanzar el éxito.
Entre las medidas adoptadas ocupa un lugar preferente la del “abaratamiento del despido”. Los trabajadores, a partir de ahora, han de temer que les puedan despedir más fácilmente, y tendrán aún menos fuerza para oponerse a posibles decisiones de la empresa contrarias a la ley. De hecho, ni se atreverán a denunciar las arbitrariedades ante los tribunales, porque se encontrarán con que, incluso en el caso de que estos les den la razón, tal decisión no comportará el restablecimiento de sus derechos. La empresa se librará pagando un precio módico. Es decir, la empresa podrá comprar con dinero el silencio de la justicia.

De nuevo aparecen los pobres trabajadores temerosos y asustados por la malvada empresa que podría incumplir alguna ley: resulta curioso que no se mencione la posibilidad de que sean los trabajadores los que lo hagan.

Lo de comprar con dinero el silencio de la justicia suena a soborno reprobable cuando en realidad sería el pago de la compensación correspondiente por despido.

Los derechos pueden restablecerse cuando se tienen, pero resulta anómalo un derecho a no ser despedido a ningún precio y en ninguna circunstancia.
Todo ello justifica la reacción indignada no solo de los sindicatos, como representantes de los trabajadores, sino de todos aquellos que saben que el derecho al trabajo es un derecho humano fundamental y que el código jurídico es un instrumento civilizador de las relaciones humanas. Es lamentable la miopía de muchos que no saben ver el daño que estas medidas harán al proceso que la Humanidad quiere recorrer hacia la justicia social. Lo veremos claramente cuando el panorama de las relaciones de trabajo de muchas empresas vuelva a parecerse más a un sistema feudal que a una democracia moderna.

Todo ello no justifica nada de lo que afirman, porque aunque son abogados obviamente no entienden gran cosa de justicia o ética por mucho que no se les caiga de la boca el manido tópico de la justicia social.
Los sindicatos no representan a los trabajadores: representan a algunos (pocos) empleados por cuenta ajena, y no todos son “trabajadores”. Unos cuantos están liberados de eso tan cansado que es trabajar para otros.

El único derecho humano fundamental es el derecho de propiedad: poder controlar sin interferencias violentas lo legítimamente poseído y no ser agredido. El auténtico derecho al trabajo es que trabajar no esté prohibido, no que otros deban ofrecerme un empleo en las condiciones que a mí me gusten.
Los códigos jurídicos, cuando son adecuados, son instrumentos civilizadores. Los actuales distan mucho de serlo: son a menudo generadores de conflictos, armas de depredación y excusas para el parasitismo.
Los ciegos resultan ridículos al acusar a otros de miopes. Sobre todo si pretenden hablar en nombre de la Humanidad, así con mayúsculas.

Lo del feudalismo en las empresas ¿incluirá el derecho de pernada?; ¿los nobles o jefes partirán para las cruzadas? La democracia moderna ¿es siempre maravillosa?; si sí ¿por democracia o por moderna?
La verdad es, no obstante, que de todo esto estábamos advertidos. La política neoliberal que se ha ido imponiendo en los últimos años en el terreno económico lo hacía presagiar. A mediados de los años ochenta ya había quien, entre los sabios laboralistas, nos pronosticaba, con complacencia, que muy pronto veríamos “el desmoronamiento del derecho laboral”. El Derecho del Trabajo, juntamente con la Seguridad Social, se había convertido lentamente, con el tiempo, en el recambio civilizado de las revoluciones sociales decimonónicas, y vino a conquistar pacíficamente, con sus normas, nuevos espacios de justicia social. Esta rama del Derecho significaba un compromiso entre el poder del empresario y las exigencias de justicia y participación de los trabajadores en la empresa. El Derecho del Trabajo trataba de canalizar la confrontación que comporta la misma naturaleza del trabajo por cuenta ajena y proporcionaba amparo al trabajador que se proponía establecer una relación laboral desde una posición solitaria, aislada y por lo tanto, débil. El Derecho disciplinaba, además, la acción colectiva de los trabajadores a través de la dinámica sindical.

La verdad es, no obstante, que la verdad no es la especialidad de estos cuatro señores y señoras. Las medidas liberales no son una imposición sino la defensa contra agresiones e interferencias previas. El colectivismo y el sindicalismo de las leyes actuales no son elementos civilizados ni son resultado de conquistas pacíficas: se han conseguido en gran parte mediante la coacción de huelgas violentas y las amenazas de romper con la paz social (más violencia); la otra parte ha sido demagogia política.
Si los trabajadores quieren participar en la dirección de la empresa, lo tienen muy fácil: compren sus acciones. Si no les gustan las empresas existentes, monten unas cuantas nuevas, si quieren como cooperativas.

El trabajo por cuenta ajena no comporta una confrontación que sea canalizada por el derecho laboral. El trabajador que se considere débil por negociar en solitario puede asociarse con quien quiera siempre que no imponga coactivamente a todos que hagan lo mismo. Y conviene llamar a estas asociaciones sindicales por su nombre correcto: instrumentos de restricción de la competencia.

La dinámica sindical no suele ser disciplinada por el derecho: obsérvese cómo de “disciplinadas” son las huelgas y demás manifestaciones de la actividad sindical.

Todo ello parecía indicar que la vieja lucha de clases estaba encontrando vías de superación y que la barricada se había convertido en código o en convenio colectivo. Parecía que los derechos fundamentales de carácter social y económico que el consenso universal estaba aceptando, iban penetrando, también, en el reducto de la empresa por la vía de la extensión de la cultura democrática. Daba la impresión de que lo justo y conveniente era seguir progresando por este camino, hasta convertir la empresa en un territorio de colaboración constructiva. Pero la llegada de una nueva crisis del sistema capitalista ha sido suficiente para que resonara machaconamente esa consigna de salvación: “Hay que flexibilizar el mercado de trabajo”, “hay que desregular el Derecho del Trabajo”. Pues bien, con las nuevas normas se ha dado satisfacción a estas pretensiones. Cuantas menos normas, mejor…

Las luchas se superan cuando una parte conquista lo que quiere y la otra se rinde: los convenios colectivos en buena medida son el reparto de los despojos tras la lucha en las barricadas.

Estos abogados siguen pretendiendo hablar en nombre de un consenso universal que ni existe, ni conocen ni representan: simplemente intentan hacer creer al lector que lo que ellos defienden es lo correcto y todo el mundo tendía hacia ello, hasta ahora que nos hemos desviado.

Fíjense cómo la empresa es un “reducto” necesitado de cultura democrática: aquí que vote todo el mundo, da igual si eres accionista o no. Todo el mundo quiere poder decidir, pero no poner el capital para que la empresa funcione.

La colaboración constructiva es posible: suele conseguirse a pesar de abogados laboralistas como estos.
El sistema capitalista no ha tenido ninguna crisis porque lo que existe actualmente no es un sistema capitalista.

El “hay que” es típico de intervencionistas que intentan imponer algo a los demás.
Que haya más o menos normas no es la cuestión, sino si estas son pactadas libremente por las partes o si se imponen de forma coactiva y centralizada, y entonces la abundancia y la rigidez suelen ser muy nocivas.
Este es, pues, el auténtico fondo de la cuestión. Si el Derecho son normas, lo que está haciendo el Gobierno es destruir con esta reforma una parte del sistema jurídico establecido democráticamente y consolidado después de años de sacrificios y de luchas sociales. Y en cambio, lo que nos acercaría a una democracia avanzada –utilizando palabras del preámbulo de nuestra Constitución– sería un sistema cada vez más participativo en las decisiones que afectan a los ciudadanos a todos los niveles, también a nivel laboral. Y todo ello, ordenado de la manera más perfectamente posible por la regla del Derecho.

El derecho, efectivamente, está constituido por normas. El gobierno acaba de cambiar parte de estas normas. ¿Acaso eso es ilegítimo? ¿Cómo se llegó a las normas anteriores? ¿No se habían consolidado las previas a aquellas?

Sí que ha habido luchas sociales (o sea violencia o amenaza de la misma) y sacrificios: los sacrificios de los contribuyentes, de los accionistas que reciben menos dividendos, de los compradores que pagan precios más altos, y de los millones de parados que deben su situación en gran medida a las rigideces y el intervencionismo socialista de la legislación laboral.

Una democracia cada vez más participativa ¿consiste en que la mayoría pueda imponer su opinión, desos y criterios a la minoría?
Por lo tanto, nadie puede negar que la reforma que ha de aplicarse a partir de ahora camina en sentido opuesto a estos horizontes de civilización y progreso. Es un intento de retorno a las fórmulas liberales más puras del laissez faire.

“Por lo tanto”: vamos a ver si parece que estamos argumentando con consistencia lógica.
“Nadie puede negar”: ¿es que está prohibido o que es imposible? Si yo lo niego ¿demuestro que están equivocados?

“Horizontes de civilización y progreso”: bobada de aspirante a grandilocuente.
La nueva ley es algo más liberal que la anterior, pero está muy lejos de ser una fórmula de máxima pureza.
Una vez llegados a este punto, habrá que entrar en polémica con aquellos sectores que justifican la reforma como un mal menor necesario para reactivar la economía, crear nuevos puestos de trabajo y aligerar esa lacra social persistente que es el paro. Pero estos, seguramente, no se atreverían a poner la mano en el fuego y asegurar que esta reforma laboral pueda ser determinante para conseguir aquellos objetivos, y que no existen otras alternativas. En cualquier caso, el daño que se habrá hecho al equilibrio humano dentro de las empresas y al proceso histórico de la justicia social, será difícilmente reparable; habremos perdido así casi un siglo en el camino del progreso.

Entren en polémica, por supuesto: antes aprendan algo de economía, y si puede ser también algo de derecho. Sí, ya sé que son abogados.

Y qué bonito lo del equilibrio humano dentro de las empresas y el proceso histórico de la justicia social… Sobre la pérdida de un siglo en el camino del progreso, a ver si alguien lo encuentra y lo lleva a objetos perdidos: se recompensará.

El sueño de una secretaria

Leonardo Calvo Cardenas.

LA HABANA, Cuba, febrero, www.cubanet.org -Las declaraciones Alicia Bárcena, Secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina de la Organización de Naciones Unidas (CEPAL), a su paso por La Habana llenaron de sorpresa y estupor a los ciudadanos que pudieron escuchar su muy particular visión de la realidad cubana.
La señora Bárcenas, en su encuentro con la prensa nacional, elogió los sistemas de educación y salud, según sus propias palabras, precisamente porque son un sistema. La funcionaria de la ONU se manifestó satisfecha porque, de acuerdo a su criterio, los planes de desarrollo del país se fundamentan en el financiamiento propio a partir del crecimiento de la productividad de la economía nacional y con solidaridad.
Varios conocidos me comentaron lo inaceptable de tales valoraciones. Un vecino, sin disimular su enojo, me preguntó ¿Qué Cuba visitó esta señora? Para después extenderse en una disertación sobre las atrofias estructurales y los traumas que agobian a la sociedad cubana.
En realidad no son pocos los observadores, interlocutores y especialistas foráneos que proyectan una imagen distorsionada de la realidad nacional. Algunos conceden mayor peso a sus intereses y compromisos con el régimen que a la necesaria objetividad del especialista, y simplemente repiten sin sonrojo lo que las autoridades de La Habana necesitan escuchar.
Sin embargo, en este caso, se supone que por el rango y la responsabilidad de la funcionaria deben ser mucho mayores el nivel de imparcialidad, objetividad y solidez de la información que sustenten sus criterios y valoraciones.
En varias ocasiones la CEPAL ha expuesto juicios sobre la economía cubana bastante polémicos y distanciados de la realidad.
En este caso la funcionaria tal vez reconoce como sistemas a los servicios de salud y educación porque son monopolio del Estado, lo cual implica nominalmente una total cobertura garantizada por el gobierno, que no concede participación a otros actores en tan importantes ámbitos de la vida social.
La secretaria ejecutiva de la CEPAL debe entender que el monopolio estatal, además de la manipulación y el tutelaje ideologico, no ha logrado impedir la baja calidad del proceso docente-educativo, el pobre aprovechamiento académico, el éxodo de maestros que huyen de la mala remuneración, o el alto índice de corrupción docente que ya constituye una vergüenza pública no reconocida por las autoridades.
Uno de los mayores vía crucis del cubano de a pie es tener que disfrutar los beneficios de ese sistema de salud que elogia la entusiasta visitante. Carencias extremas en lo material y una epidemia de mala atención caracterizan a los centros asistenciales de todo el país. ¿Cómo hablar de un sistema de salud adecuado en un país donde no hay leyes contra el tabaquismo y el muy toxico asbesto sigue siendo uno de los principales materiales de construcción de uso común y extendido?
No me canso de decir que si el sistema de salud cubano gozara de mínimas cotas de calidad los gobernantes y los turistas extranjeros no tuvieran sus propios hospitales y los trabajadores de la salud no abandonarían a hijos y pacientes para buscar en otras latitudes los beneficios materiales y el reconocimiento profesional, imposibles de encontrar en Cuba.
Pero donde el onírico desquiciamiento de la Secretaria llega a límites insospechados es cuando concede alguna posibilidad a la economía cubana, sin percatarse que después de liquidar todas las bases productivas del país los gobernantes cubanos se niegan a hacer las transformaciones estructurales necesarias para impulsar el renacimiento material de la Isla a partir de reconocer a los cubanos espacios y derechos económicos.
¿Cómo es posible que esta señora vea solidaridad donde el gobierno cubano ha roto el contrato social que daba sustento legitimador al proyecto revolucionario, donde cada medida socioeconómica ahonda el desamparo y la polarización que ya caracteriza a la actualidad cubana?
Hoy, junto a una minoritaria élite económicamente encumbrada crecen en Cuba los bolsones de miseria y desesperanza, así como el deplorable espectáculo de indigencia y mendicidad que esta señora fue incapaz de apreciar a su paso por La Habana.
Al parecer la secretaria soñadora abandonó feliz la Isla para regresar al gélido y efervescente  Nueva York sin darse cuenta de como La Habana, y todas nuestras esperanzas, se derrumbaban a sus espaldas.

Siete lecciones que los cubanos pueden aprender de los taiwaneses

Carlos Alberto Montaner.



Foto: EFE
Fotografía de archivo del escritor y periodista cubano Carlos Alberto Montaner. EFE/Víctor Lerena
En memoria de Antonio Jorge
Es un honor compartir esta mesa con un grupo de distinguidos taiwaneses y con prestigiosos académicos cubanos que son, además, buenos amigos. El tema que se me ha propuesto es fascinante: si el modelo taiwanés de desarrollo puede ser útil para los cubanos.
Comencemos por hacer un par de salvedades:
Primero, hay que tener cuidado cuando se habla de modelos de desarrollo. Tenemos la tendencia a creer que hay algo así como una fórmula matemática que, si la aplicamos, obtenemos siempre los mismos resultados. Ojalá eso fuera cierto.De serlo, resultaría relativamente sencillo convertir a Haití en Holanda.
Segundo, es conveniente aclarar que en las economías de mercado, caracterizadas por la libre toma de decisiones de millones de personas, el rasgo principal es el cambio constante, lo que hace casi imposible aplicar un modelo rígido.
En realidad, más que “modelos” lo que existen son medidas de Gobierno que, en determinadas culturas y en determinadas circunstancias, tienen éxito o fracasan. Esas medidas, utilizadas por otros pueblos, pueden o no lograr resultados parecidos.
Por otra parte, las diferencias evidentes entre Taiwán y Cuba no deben desalentarnos. Al fin y al cabo, se trata de dos islas relativamente pequeñas, situadas en encrucijadas geográficas intrincadas y peligrosas, con historias violentas, que en las últimas décadas se han movido en direcciones opuestas.
Los cubanos, en efecto, pueden aprender ciertas lecciones de la experiencia taiwanesa.
Los taiwaneses, pacíficamente, han ido conquistando parcelas mayores de prosperidad y libertades civiles hasta convertirse en uno de los mayores éxitos del planeta, aún cuando han vivido permanentemente amenazados y bloqueados por una gran potencia nuclear, China continental, que los obliga a gastar grandes cantidades de dinero en defenderse.
Los cubanos, por la otra punta, casi en ese mismo periodo --dado que la historia contemporánea de Taiwán comienza en 1949--, se han empobrecido progresivamente bajo la dirección de un Gobierno totalitario, incapaz de cambiar de rumbo, que intenta esconder el fracaso del régimen tras la coartada del embargo norteamericano y unos supuestos riesgos de agresión militar que no existen desde hace medio siglo, cuando, en 1962, Kennedy y Kruschev le pusieron fin a la Crisis de los Misiles.
¿Qué tienen, pues, que aprender los cubanos de esos otros isleños situados en las antípodas del planeta?
Creo que hay siete lecciones generales que pueden sernos muy útiles a los cubanos a la hora de tratar de avizorar nuestro futuro.
Primera lección. No hay destinos inmutables. En cuatro décadas, Taiwán logró superar la tradicional pobreza y despotismo que sufría el país desde hacía siglos hasta convertirse en una nación del primer mundo con unpurchasingpowerparityo PPP per cápita de $37,900 dólares anuales. Este milagro económico se llevó a cabo en sólo dos generaciones. Millones de taiwaneses que eran jóvenes, muy pobres en 1949, medio siglo más tarde murieron disfrutando el tipo de vida de las clases medias. La pobreza o la prosperidad son electivas en nuestra época.
Segunda. La teoría de la dependencia es totalmente falsa. Las naciones ricas del planeta –el llamado centro— no les han asignado a los países de la periferia económica el papel de suministradores o abastecedores de materias primas para perpetuar la relación de vasallaje. Ningún país (salvo China continental) ha intentado perjudicar a Taiwán. Esas visión paranoica de las relaciones internacionales no se compadece con la verdad. No vivimos en un mundo de países verdugos y países víctimas.
Tercera. El desarrollo puede y debe ser para beneficio de todos, no de unos pocos. Pero el reparto equitativo de la riqueza no se decreta redistribuyendo lo creado, sino se logra agregándole valor paulatinamente a la producción. Los taiwaneses no sólo pasaron de tener una economía agrícola a una industrial, sino lo hicieron mediante la incorporación de avances tecnológicos aplicados a la industria. El obrero de una fábrica de chips gana mucho más que un campesino dedicado a cosechar azúcar, porque lo que él produce tiene un valor mucho mayor en el mercado. Esto explica que el IndiceGini de Taiwán sea 32.6, mucho mejor que toda América Latina. Sólo el 1.16% de los habitantes de ese país cae por debajo del umbral de la pobreza extrema.
Cuarta. La riqueza en Taiwán es fundamentalmente creada por la empresa privada. El Estado, que fue muy fuerte e intervencionista en el pasado, se ha ido retirando de la actividad productiva. El Estado no puede producir eficientemente porque no está orientado a satisfacer la demanda y con ello a generar beneficios, sino se suele dedicar a retribuir favores a los gerentes, que son sus propios cuadros, y a fomentar la clientela política.
Quinto. En el muy citado comienzo de Ana Karenina, Tolstoy asegura que todas las familias felices se parecen unas a otras y las desdichadas lo son de formas distintas. La observación se puede aplicar a los cuatro dragones o tigres asiáticos: Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Hong-Kong. Aunque los cuatro han tomado caminos parcialmente distintos hacia el grupo de la familia feliz del planeta, se parecen en estos cinco rasgos:
    Han creado sistemas económicos abiertos basados en el mercado y en la existencia de la propiedad privada.
    Los gobiernos mantienen la estabilidad cuidando las variables macroeconómicas básicas: inflación, gasto público, equilibrio fiscal y, en consecuencia, el valor de la moneda. Con ello, potencian el ahorro, la inversión y el crecimiento.
    Han mejorado gradualmente el Estado de Derecho. Los inversionistas y los agentes económicos cuentan con reglas claras y tribunales confiables que les permiten hacer inversiones a largo plazo y desarrollar proyectos complejos.
    Se han abierto a la colaboración internacional, jugando fuertemente la carta de la globalización, apostando por la producción y exportación de bienes y servicios en los que son competitivos, en lugar del nacionalismo económico que postula la sustitución de importaciones.
    Han puesto el acento en la educación, en la incorporación de la mujer al sector laboral y en la planificación familiar voluntaria.
      Sexto. El caso de Taiwán demuestra que un país gobernado por un partido único de mano fuerte, como era el caso del Kuomintang, puede evolucionar pacíficamente hacia la democracia y el multipartidismo sin que la pérdida del poder les traiga persecuciones o desgracias a quienes hasta ese momento lo detentaron. La esencia de la democracia es ésa: la alternabilidad y la existencia de vigorosos partidos de oposición que auditan, revisan y critican la labor del Gobierno.
      Séptimo. En esencia, el caso taiwanés les prueba a los cubanos el valor superior de la libertad como atmósfera en que se desarrolla la convivencia. La libertad consiste en poder tomar decisiones individuales en todos los ámbitos de la vida: el destino personal, la economía, la existencia cívica, la familia. No hay contradicción alguna entre la libertad y el desarrollo. Mientras más libre es una sociedad más prosperidad será capaz de alcanzar, siempre que la inmensa mayoría de las personas se sometan voluntaria y responsablemente al imperio de la ley.
      Los taiwaneses, de manera creciente, han ido adquiriendo el control de sus vidas mediante el ejercicio de la libertad y eso ha repercutido muy favorablemente en la calidad de la convivencia nacional.
      En definitiva, ésa es la gran lección taiwanesa para los cubanos. La libertad es posible. La libertad es conveniente. La libertad no es un lujo. Algo que acaso intuyeron los mambises en el siglo XIX cuando adoptaron como grito de batalla un bello deseo: ¡Viva Cuba Libre!

      Physics - Física

      Actualizado.

      University of Cambridge:
      - Natalia Berloff and David Tong: Concepts in Theoretical Physics.
      - David Tong: Lectures on Dynamics and Relativity.
      - David Tong: Lectures on Classical Dynamics.
      - David Tong: Lectures on Statistical Physics.
      - David Tong: Lectures on Quantum Field Theory.
      - David Tong: Lectures on String Theory.
      - David Tong: TASI Lectures on Solitons.

      Theoretical Physics - Gerard ’t Hooft.

      Stanford University - Leonard Susskind:
      Mecánica Clásica (9 clases en vídeo)
      Mecánica Cuántica (10 clases en vídeo)
      Relatividad Especial (8 clases en vídeo)
      Relatividad General de Einstein (12 clases en vídeo)
      Cosmología (8 clases en vídeo)
      Mecánica Estadística (10 clases en vídeo)
      Entrelazamiento Cuántico Parte 1 (8 clases en vídeo de 2006)
      Entrelazamiento Cuántico Parte 2 (8 clases en vídeo de 2007)
      Physics I: Classical Mechanics - Walter Lewin

      Héroe, 17 de febrero: Modesto Rico Pasarín

      Libertad Digital.

      El lunes 17 de febrero de 1997, ETA asesinaba en el barrio bilbaíno de Santutxu al policía nacional MODESTO RICO PASARÍN.
      Modesto murió al estallar una bomba colocada en el interior de su coche, bajo el asiento del conductor. Su cuerpo salió despedido y fue a chocar contra un muro de un colegio situado a varios metros de distancia. La imagen del cuerpo del policía destrozado sobre la acera provocó escenas de pánico y conmoción.
      La explosión se produjo minutos antes de las 9:00 horas, a pocos metros de ese centro escolar en el que estudiaban 1.800 alumnos, por lo que a esa hora el lugar era muy transitado por escolares. Minutos antes, dos autobuses de estudiantes habían partido de las inmediaciones del lugar del atentado para realizar una excursión. Otro vehículo con escolares debía estacionar en el mismo lugar procedente de un barrio cercano. Varios edificios, entre ellos el colegio, se vieron afectados por la onda expansiva, que provocó la rotura de numerosos cristales en las ventanas.
      Este atentado tenía una singularidad: la bomba estaba colocada dentro del coche, lo que dificultaba su detección. Modesto Rico arrancó su vehículo en un patio situado junto al portal de su casa, en la plaza Santiago Lasalle, que es utilizado como aparcamiento. El turismo tan sólo se había desplazado unos 25 metros, hasta una bocacalle que da acceso a la travesía Menéndez y Pelayo cuando, al descender desde la acera a la calzada, la bomba estalló. El sistema de activación de la bomba, que contenía de tres a cinco kilos de explosivo, estaba formado por una ampolla de mercurio dotada de dos polos.
      El atentado de Modesto ponía fin a un periodo de 25 meses sin víctimas mortales de ETA en Vizcaya, desde que los terroristas asesinaron en enero de 1995 al policía nacional Rafael Leiva Loroe hirieron gravemente a Domingo Durán Díez, que sobrevivió tetrapléjico hasta marzo de 2003. Pero Modesto era la cuarta víctima mortal de una espiral de violencia que había provocado tres asesinatos fuera de Vizcaya la semana anterior: el del magistrado Rafael Martínez Emperador en Madrid, el del peluquero de la base aérea de Armilla en Granada, Domingo Puente Martín, y el del empresario Patxi Arratíbel Fuentes, mediador en el pago del secuestro de Emiliano Revilla, en Tolosa. 
      En el año 2000 fue condenado el etarra Pedro del Hoyo Hernández (natural de Badajoz y captado por ETA en 1995) a 30 años de prisión por realizar labores de recopilación de información y de vigilancia sobre la víctima, lo que permitió que otros miembros de la banda pudieran colocar la bomba en el coche de Modesto.
      Modesto Rico Pasarín era natural de Baracaldo (Vizcaya) y llevaba varios años residiendo en Santutxu. Tenía 33 años y se había casado muy poco tiempo antes de su asesinato. No tenía hijos. Su mujer tuvo que ser trasladada al Hospital de Basurto cuando supo qué había pasado víctima de un ataque de nervios. Modesto ingresó en el Cuerpo Nacional de Policía en 1989 y fue destinado a la Jefatura Superior de Policía de Bilbao. En el momento de su asesinato desarrollaba su trabajo en la Audiencia Provincial de Vizcaya.