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El silencio y los silenciados

Por Fernando Savater.


Cuando se haga el debido homenaje a las víctimas de ETA será preciso referirse también a quienes por enfrentarse al terrorismo cuando casi nadie lo hacía vieron sus vidas cotidianas, su trabajo y sus proyectos personales destrozados por el terror.


Hace una década, a raíz del reconocimiento de Gunther Grass de que en su primera juventud había militado en las SS nazis, hubo cierta polémica en Alemania sobre las complicidades con el régimen hitleriano. Llegó a decirse que todo el mundo en la época había incurrido en ellas, fuese por ofuscamiento juvenil, por miedo o simplemente por desinterés de la cosa pública. El periodista e historiador Joachim Fest publicó entonces unas memorias tituladas sencillamente: 'Ich Nicht' (Yo no).


Lo recordé al terminar de leer el artículo de Pello Salaburu 'La vergüenza de nuestro silencio' (DV, 4-12-11). En él mi antiguo rector sostenía, con razón, que «los intelectuales -tampoco la Iglesia, no la olvidemos- han sido incapaces en su conjunto de alzar la voz contra ETA cuando había que haberlo hecho». Se refería a escritores, profesores e intelectuales vascos, desde luego, y señalaba que «ha habido excepciones, pero las excepciones no hacen sino acentuar el silencio de la mayoría». En efecto algunos, como el propio Salaburu, podrían decir «yo no» a la hora de rememorar esa época de oprobio, pero son lamentablemente pocos. Y ya no me refiero solamente a intelectuales sino a los ciudadanos en general, de todas las condiciones y oficios, sobre todo a los de mayor relieve social como cocineros, deportistas, actores, etc.
Lo que faltaba en el artículo de Salaburu era recordar lo que fue de esos que no guardaron silencio ni miraron para otro lado. Porque por lo general no lo pasaron demasiado bien. Y no me refiero ahora precisamente a quienes pagaron con sangre su atrevimiento honroso sino a los que padecieron exclusión, hostigamiento y en muchos casos exilio. Ahora que acaba de morir el noble Vaclav Havel, es oportuno recordar que durante su presidencia se alzó un monumento en un jardín de Praga dedicado a las víctimas de la dictadura comunista. La placa que lo acompaña dice que no sólo se rememora allí a quienes fueron asesinados por el régimen totalitario, sino también a todos aquellos que vieron sus vidas cotidianas, su trabajo y sus proyectos personales destrozados por el terror establecido.
Cuando se haga el debido homenaje a las víctimas de ETA, además de no mezclarlas con otras diferentes reales o supuestas, será preciso referirse también a quienes por enfrentarse al terrorismo cuando casi nadie lo hacía padecieron del modo señalado en el monumento checo. Y lo peor es que si hoy recuerdan en voz alta cuánto penaron son considerados por mucha 'buena gente' (lo que antes se llamaba 'gentuza') como aguafiestas de los felices tiempos nuevos en que vivimos. decretados por los que nos amargaron en el pasado.
Hubo quien tuvo que mudarse, para respirar mejor, desde localidades menores a alguna de las capitales vascas; y otros, dentro de la propia capital, tuvieron que cambiar de su barrio a otros menos invadidos por el matonismo de los intolerantes, como le pasó a la librería 'Lagun'. Muchos tuvieron pura y simplemente que exilarse, para tener la posibilidad de trabajar en paz o incluso de conservar su integridad física. ¿Quién podría reprochárselo? Es difícil seguir dando clase con calma en la universidad cuando a uno le ponen una bomba en el ascensor que utiliza para ir al aula, como le pasó a Edurne Uriarte. Algunos aficionados a las encuestas, no siempre desinteresados, señalan que respecto al cese de la violencia etarra, las conversaciones de Eguiguren con Otegi y compañía, etc. hay percepciones distintas en Euskadi y en el resto de España. Se les olvida mencionar que en ese 'resto de España' viven hoy miles de vascos que tuvieron que dejar su casa por mantener opiniones distintas a las que querían imponer algunos de los que se quedaron, avasallando a sus conciudadanos. Recuperar sus voces para equilibrar el panorama político y dar que pensar a quienes pretenden ahora hablar en nombre de 'la sociedad vasca' es una elemental exigencia democrática.
Porque aún hay quien quiere silenciar a los que no guardaron culpable silencio y eso no sólo pasa en el País Vasco. Por ejemplo Aurelio Arteta, uno de los que puede decir con pleno derecho «yo no», publicó hace meses un excelente estudio titulado 'El mal consentido' (ed. Alianza). Trata de los diversos subterfugios con los que disculpan su complicidad moral quienes asisten sin intervenir ni protestar a las fechorías que se cometen a su lado. La obra no se centra en modo alguno en lo ocurrido en el País Vasco, que menciona sólo ocasionalmente junto a otros ejemplos de esta dimisión ética tan lamentablemente frecuente. Pues bien, el libro quedó entre los finalistas para aspirar al Premio Nacional de Ensayo. En las deliberaciones -que son reservadas pero siempre llegan a conocerse- su candidatura fue postergada porque según algunos miembros del jurado la obra podía 'crispar' y no colaboraba con los vientos políticos que hoy soplan en Euskadi.
De modo que ya ven ustedes como están las cosas, en la política y en la moral. Sigue por lo visto el tiempo de silencio.

Entrevista a Fernando Savater. Oswaldo J. Hernández


Bueno eso es verdad y es uno de los problemas que tiene nuestra educación en nuestros países. Si tu educas a los jóvenes en la idea de que todos los políticos son malos y corruptos, es muy difícil que un joven se interese por la política puesto que le has descrito una idea tan repulsiva, tan nefasta, que es igual a que los manuales de cocina indicaran cómo envenenarse preparando una tortilla o una paella. Entonces, claro, hace falta que alguien te diga las ventajas de las cosas y la necesidad que implica hacer algo para que te intereses por ello.

Normalmente, los que han vivido en una dictadura no necesitan que les expliquen las ventajas de la democracia. Son los que viven en una democracia los que necesitan que se las expliquen.

Hay males históricos contra los cuales todavía no hemos aprendido a luchar, y no lo hemos conseguido incluso con los principios de aquello que merece la pena en los sistemas de gobierno donde todos pueden participar. Esa es la diferencia que hay que hacer.


[...]

Pues mira, la primera condición para volverte bueno es haber sido antes malo. Lo importante, claro, es que se haya conseguido que sucediera el proceso entre los dos estados.

Por ejemplo en España, cuando fue la transición de una dictadura a una era democrática, quién no había estado, pues, colaborando forzosamente con el gobierno de la autocracia. La interacción inevitablemente era un trámite. Algo mecánico. Y durante la transición hubo que ver de qué modo incluir a todos los actores, sobre todo cuando existían líderes o representantes sociales que habían abandonado una postura específica aun si luego buscarán un nicho ideológico en la política, pues tampoco podías intentar importar a gente del extranjero para que se hicieran cargo de asuntos como estos. No. Y en todo caso, de fondo, había que considerarlo como un progreso.

En el contexto reciente, pues bueno, nosotros quisiéramos creer que ETA o Bildu son personas que verdaderamente han renunciado al ego, pero está implícito que también hay que exigirles varios requisitos para su credibilidad. Si renuncian a las armas, también deberá cumplir un castigo, por lo que haya cometido. Y muy bien, recorrido este trayecto, será correspondiente una integración a la sociedad.

Las democracias se basan en el no exterminio del adversario. Las autocracias, por su parte, si no piensas como ellos te cortan la cabeza. La democracia es negarse a la sentencia de la reina de Alicia en el País de las Maravillas. Que no le corten la cabeza. Que hagan algo con ellos (los que piensan distinto) para que hagan algo, y circunstancialmente no prescindir del todo de ellos.


Leer entrevista completa en Plaza Pública.

Verificación. Fernado Savater


¿Conseguir la paz? Háganme el favor de mirar una a una todas esas fotografías, con los breves y reveladores comentarios que acompañan a la mayoría de ellas, estremecedores precisamente por su falta de truculencia. En todos esos lugares había paz, la paz institucional democrática conseguida tras años de dictadura. Esa es la paz que saltó por los aires con explosiones y tiros, por culpa exclusiva de los terroristas: así se fraguó el verdadero hecho diferencial vasco. Y la paz no regresará pasando página con interesada desfachatez ni estableciendo que vivimos un tiempo nuevo en que los asesinos no son asesinos aunque los muertos sigan siendo muertos. Lo dice bien Willy Uribe: "Quien piense que esta larga lista de muertes no va a dejar un rastro trágico en la historia y en una larga lista bibliográfica es un iluso o un fanático, o ambas cosas. ¿Cómo se recuerda a los Gobiernos militares de Argentina y Chile? ¿De un modo amable?".




Fuente: Arcadi Espada.

Entrevistas a Luis Rojas Marcos y Fernando Savater por Javier Bilbao

También dice en su libro que contemplar desgracias ajenas nos puede ayudar a relativizar las nuestras. ¿Ver telediarios tendría un valor terapéutico?
Bueno, yo no diría terapéutico. Muchas personas interpretan el telediario como la normalidad cuando es lo opuesto; lo que es normal no es noticia. La noticia es noticia porque es la excepción, una aberración. Como las noticias son negativas, en general, cuando ven la misma agresión, el mismo accidente tres o cuatro veces al día, piensan que esto es la vida. El problema de las noticias es que aunque sabemos intelectualmente que es algo excepcional, a veces tendemos a pensar que la vida es así. No es terapéutica. Ahora bien, lo que sí es verdad es que por ejemplo en un terremoto ves que hay personas que se consuelan porque su situación no es tan desastrosa como la del vecino. Y esto es normal, es una tendencia normal del ser humano.
Los medios de comunicación cada poco tiempo nos suelen alarmar con amenazas apocalípticas ya sea sobre el medio ambiente, enfermedades contagiosas…etc. Asimismo, muchas películas se ambientan en esa clase de escenarios. ¿Por qué esto nos fascina tanto?
Nos fascina. Hace dos mil años la sociedad más avanzada y más desarrollada del mundo, en Roma, iba diariamente al Coliseo a ver atrocidades reales; hoy día esa atrocidad real no nos atrae, nos gusta más una violencia que está editada, más camuflada hasta cierto punto. No hace mucho se iba a ver ejecutar a los reos en la plaza pública, en Londres, y casi siempre iban acompañadas de torturas, de martirio, e iban las familias a verlo. Esa fascinación es así, como observadores. ¿Por qué? Pues porque las situaciones de violencia resuenan en nosotros con una fuerza especial; nos ponen en contacto con la vida, la muerte, la sumisión, el poder…

Entrevista con Fernando Savater por Javier Bilbao.
Salman Rushdie decía que “ya no hace falta ser terrorista para conseguir cambios y que ser terrorista es algo pasado de moda” en relación a las revueltas del mundo árabe. ¿Está de acuerdo? ¿Al Qaeda está acabada?
Siempre me he opuesto a esa tontería de “la violencia es inútil”. No, la violencia es utilísima. En el País Vasco ha hecho posibles cambios enormes y si no hubiera sido por la violencia, la hegemonía nacionalista no hubiera sido la que es. Y, por supuesto, la violencia integrista islámica se ha impuesto en el mundo teniendo como efecto, entre otras cosas, la disminución de nuestras libertades en algunos casos. Es muy bueno ver que los países del norte de África apuestan más por esas vías democráticas, de resistencia pasiva o activa, pero no terrorista. Que el terror lo ponga el dictador, no uno. Es la única forma de llegar a la democracia. En la época de Franco todos los antifranquistas se pusieron muy contentos cuando volaron a Carrero Blanco; yo dije que el que volaba a Carrero Blanco era como Franco pero de otro orden. Nosotros lo que queríamos no era que ganaran otros militares, sino que ganáramos los civiles y esto es lo que ahora está ocurriendo. Quieren que ganen los civiles, no unos señores que sean lo contrario que Gadafi o Mubarak, pero en esa misma línea. Ahora bien, el terror es utilísimo, por eso hay que prohibirlo y perseguirlo, porque logra demasiadas cosas.

Se ha llegado a comparar esta cadena de insurrecciones como la caída del Muro de Berlín, ¿es una analogía exagerada?
Probablemente sí, en el sentido de que el muro representaba un poder único, grande, que era el poder del comunismo, la Unión Soviética, que hoy no existe como tal. Pero es verdad que es muy importante; una vez más se vuelve a esa mitología pragmatista y en el fondo hipócrita que hay mucho en Europa cuando se dice “no, ellos no son como nosotros, no quieren las mismas cosas, tienen sus propias tradiciones, a las mujeres les gusta ir tapadas hasta las orejas, a los hombres les gusta pasarse la vida obedeciendo al sultán…”. Pues se ve que no; los seres humanos nos parecemos mucho más de lo que nuestros folclores políticos dan a entender. Es una cosa muy sana recordarlo de vez en cuando. 

Contra los creyentes por Fernado Savater

Vuelve Savater sobre las prohibiciones e imposiciones.

Destaco:

A diferencia de lo que pretenden los creyentes, el Estado laico no debe entrar en ningún tipo de polémicas religiosas. Ninguna fe puede convertirse en un eximente para incumplir las leyes civiles, pero tampoco en motivo para penalizar conductas que no se vetan explícitamente en los usos profanos. Si un conductor de autobús musulmán (el caso ha ocurrido en Reino Unido) no permite subir en su vehículo a un invidente acompañado de su perro guía, no es cosa de comenzar a discutir si realmente la saliva del animal esimpura o no según no sé qué ortodoxia: la ley de ayuda a las minusvalías debe cumplirse y punto.

La indudable superioridad de las democracias laicas sobre las teocracias es que en las primeras las mujeres pueden ponerse el velo que quieran y en las otras en cambio no se lo pueden quitar. En cuanto a las disquisiciones teológicas, quedan para los ámbitos académicos y las fiestas de guardar.

Practican lo que Michael Oakeshott llamó en un ensayo memorable la "política de la fe", es decir, tratan de imponer gubernamentalmente la perfección social según la guía de quienes ya vieron la luz de la verdad. O sea, siguen confundiendo política y religión... aunque se crean laicos.



También acerca de la Ilustración dieciochesca, ese pronunciamiento cultural antisupersticioso por excelencia, se han fraguado supersticiones. Una de ellas asegura que los grandes ilustrados, cuyo epítome es Voltaire, persiguieron a los creyentes. No es cierto o, al menos, no lo es salvo que precisemos bien y de forma contraintuitiva los creyentes a quienes nos referimos. Porque en el sentido más acogedor del término, todos somos creyentes... en el siglo XVIII y hoy en día.

Los conocimientos bien fundados fueron y son demasiado escasos para lo que requieren nuestros anhelos de comprender la vida y actuar en la urgencia del momento presente. Como dijo Wittgenstein, incluso cuando tengamos todas las respuestas científicas aún no habremos comenzado a responder las preguntas que más nos importan. De modo que siempre necesitaremos creer además de saber para poder organizar racionalmente nuestra existencia humana.

Esta obviedad paradójica nunca se le escapó a Voltaire, Diderot ni al resto de los más esclarecidos miembros de la cruzada enciclopedista. Cuando ellos denunciaron y combatieron a los "creyentes", nunca pretendieron acabar con quienes conjeturan más allá de lo que pueden comprobar -ellos mismos lo hacían constantemente- sino con los que en nombre de su inverificable certidumbre persiguen y coaccionan a quienes viven según convicciones diferentes. Porque el creyente peligroso no es quien reivindica su fe como un derecho personal, sino quien pretende convertirla en un deber "para todas y todos", como dicen ahora. Voltaire les caracterizaba con el lema "piensa como yo o muere", todavía vigente hoy de forma literal en algunas siniestras teocracias aunque en nuestras sociedades democráticas haya sido sustituido por una fórmula menos sanguinaria: "Piensa como yo o muere... socialmente".

El laicismo del Estado, que es uno de los pilares -amenazados, ay- de la democracia contemporánea, no pretende erradicar creencias personales sino a aquellos que intentan prescribirlas o proscribirlas. Es decir, el Estado se mantiene laico para que los ciudadanos puedan serlo o no serlo según su criterio.

Y las convicciones de cada cual así amparadas no se refieren solamente a cuestiones religiosas o metafísicas, sino también a estilos de vida. Son estos últimos los más difíciles de soportar para los creyentes actuales, que solo se encuentran a gusto en la unanimidad de comportamiento y están dispuestos a exigirla de acuerdo con elevados principios morales... que dejan de serlo, claro, en cuanto se les impone por decreto. La institucionalización democrática no debe pretender instaurar el cielo en la tierra -lo óptimo en dignidad humana, decencia y costumbres edificantes- sino permitir el marco político en el que, dentro de una regulada convivencia, cada cual pueda ir al cielo o al infierno por el camino que prefiera, según postuló Voltaire. Lo contrario es volver a los usos teocráticos... aunque sea nominalmente para desautorizarlos y prohibirlos.

A diferencia de lo que pretenden los creyentes, el Estado laico no debe entrar en ningún tipo de polémicas religiosas. Ninguna fe puede convertirse en un eximente para incumplir las leyes civiles, pero tampoco en motivo para penalizar conductas que no se vetan explícitamente en los usos profanos. Si un conductor de autobús musulmán (el caso ha ocurrido en Reino Unido) no permite subir en su vehículo a un invidente acompañado de su perro guía, no es cosa de comenzar a discutir si realmente la saliva del animal esimpura o no según no sé qué ortodoxia: la ley de ayuda a las minusvalías debe cumplirse y punto.

De igual modo, una joven de la edad legalmente determinada debe poder comprar la píldora poscoital en la farmacia sin trabas, tenga la persona que regenta el establecimiento la opinión moral que fuere sobre esa transacción.

Pero tampoco hay derecho a prohibir velos o tocados a nadie porque se les suponga significados religiosos indeseables según el creyente persecutorio de turno (algunos muy eruditos, eso sí), cuando no despertarían recelo si se los justificase en nombre de la moda o de la extravagancia.

La indudable superioridad de las democracias laicas sobre las teocracias es que en las primeras las mujeres pueden ponerse el velo que quieran y en las otras en cambio no se lo pueden quitar. En cuanto a las disquisiciones teológicas, quedan para los ámbitos académicos y las fiestas de guardar.

Como los creyentes ejercen su santa coacción en beneficio de las almas de los demás, su presa favorita suelen ser las mujeres, cuyas almas tradicionalmente han sido consideradas más vulnerables que el espíritu de los varones.

Sea que se tapen demasiado o que se ofrezcan desnudas al mejor postor, siempre deben ser reprimidas y encauzadas porque solo llegarán a ser libres cuando se las convenza de lo dañino que es hacer lo que les dé la gana.

Antes, cuando la hembra era siempre revival de Eva tentadora, tras cada desvarío masculino alguien advertía: ¡cherchez la femme!; ahora, como ya solo están autorizadas a ser víctimas, en cuanto se recatan o se descocan demasiado los creyentes claman: ¡cherchez l'homme!

Porque se da por hecho que es un hombre siempre el que las desvía del recto sendero de la razón y la decencia. Desgraciadamente es muy frecuente que sean varones quienes las intimidan y mangonean, pero entonces será contra esos tiranuelos contra quienes habrá que actuar sin dejar de reconocer que ellas tienen también voluntad propia.

¿Que no se puede permitir la esclavitud, ni siquiera voluntaria? No hay esclavos ni esclavas felices salvo en la ópera de Arriaga y sin embargo todos nos esclavizamos gustosos de mil maneras por devoción o por ambición. Cuidado con los moralistas que sin escuchar nuestra opinión se sienten legitimados para emanciparnos a fuerza de decretos...

A lo largo de su biografía, los creyentes a veces mejoran de dogmas y pasan del comunismo a la socialdemocracia o el liberalismo, de la ortodoxia teológica al cientifismo y la evolución, de las adicciones juveniles a la salud pública, incluso hay ex caníbales que acaban vegetarianos o antitaurinos.

Pero lo que nunca pierden es el celo persecutorio que les asegura el subidón de adrenalina política. Los demás son cavernícolas oscurantistas, ellos siempre paladines ilustrados inasequibles al desaliento.

Practican lo que Michael Oakeshott llamó en un ensayo memorable la "política de la fe", es decir, tratan de imponer gubernamentalmente la perfección social según la guía de quienes ya vieron la luz de la verdad. O sea, siguen confundiendo política y religión... aunque se crean laicos.

Fernando Savater es escritor.

Vuelve el Santo Oficio por Fernando Savater‏

Artículo de Fernando Savater sobre los toros, la ética y la moral, los derechos de los animales y la libertad.

Antonio Donaire escribe en una correspondencia con Arcadi Espada sobre la supuesta Declaración Universal de los Derechos del Animal.

Destaco:

La sensibilidad o el gusto estético (esa "estética de la generosidad" de la que hablaba Nietzsche) deben regular nuestra relación compasiva con los animales, pero desde luego no es una cuestión ética ni de derechos humanos (no hay derechos "animales"), pues la moral trata de las relaciones con nuestros semejantes y no con el resto de la naturaleza. Precisamente la ética es el reconocimiento de la excepcionalidad de la libertad racional en el mundo de las necesidades y los instintos.

A mí esta prohibición de los toros en Cataluña me recuerda tantas otras recomendaciones o prohibiciones semejantes del Estatut, cuya característica legal más notable es un intervencionismo realmente maníaco en los aspectos triviales o privados de la vida de los ciudadanos.



ARTÍCULO:

Por supuesto, no es el caso presentar argumentos a favor o en contra de mantener las corridas de toros, como suele decirse: quienes tienen que justificar la insólita medida son los que han decidido prohibirlas parlamentariamente. Hay gente a la que le gustan los toros y otros muchos que no han pisado una plaza en su vida o que sienten repugnancia por la fiesta: es la diversidad de los hijos de Dios. Pero que un Parlamento prohíba una costumbre arraigada, una industria, una forma de vida popular... es algo que necesita una argumentación muy concluyente. La que hemos oído hasta la fecha dista mucho de serlo.

¿Son las corridas una forma de maltrato animal? A los animales domésticos se les maltrata cuando no se les trata de manera acorde con el fin para el que fueron criados. No es maltrato obtener huevos de las gallinas, jamones del cerdo, velocidad del caballo o bravura del toro. Todos esos animales y tantos otros no son fruto de la mera evolución sino del designio humano (precisamente estudiar la cría de animales domésticos inspiró a Darwin El origen de las especies). Lo que en la naturaleza es resultado de tanteos azarosos combinados con circunstancias ambientales, en los animales que viven en simbiosis con el hombre es logro de un proyecto más o menos definido. Tratar bien a un toro de lidia consiste precisamente en lidiarlo. No hace falta insistir en que, comparada con la existencia de muchos animales de nuestras granjas o nuestros laboratorios, la vida de los toros es principesca. Y su muerte luchando en la plaza no desmiente ese privilegio, lo mismo que seguimos considerando en conjunto afortunado a un millonario que tras sesenta o setenta años a cuerpo de rey pasa su último mes padeciendo en la UCI.

¿Son inmorales las corridas de toros? Dejemos de lado esa sandez de que el aficionado disfruta con la crueldad y el sufrimiento que ve en la plaza: si lo que quisiera era ver sufrir, le bastaría con pasearse por el matadero municipal. Puede que haya muchos que no encuentren simbolismo ni arte en las corridas, pero no tienen derecho a establecer que nadie sano de espíritu puede verlos allí. La sensibilidad o el gusto estético (esa "estética de la generosidad" de la que hablaba Nietzsche) deben regular nuestra relación compasiva con los animales, pero desde luego no es una cuestión ética ni de derechos humanos (no hay derechos "animales"), pues la moral trata de las relaciones con nuestros semejantes y no con el resto de la naturaleza. Precisamente la ética es el reconocimiento de la excepcionalidad de la libertad racional en el mundo de las necesidades y los instintos. No creo que cambiar esta tradición occidental, que va de Aristóteles a Kant, por un conductismo zoófilo espiritualizado con pinceladas de budismo al baño María suponga progreso en ningún sentido respetable del término ni mucho menos que constituya una obligación cívica.

¿Es papel de un Parlamento establecer pautas de comportamiento moral para sus ciudadanos, por ejemplo diciéndoles cómo deben vestirse para ser "dignos" y "dignas" o a que espectáculos no deber ir para ser compasivos como es debido? ¿Debe un Parlamento laico, no teocrático, establecer la norma ética general obligatoria o más bien debe institucionalizar un marco legal para que convivan diversas morales y cada cual pueda ir al cielo o al infierno por el camino que prefiera? A mí esta prohibición de los toros en Cataluña me recuerda tantas otras recomendaciones o prohibiciones semejantes del Estatut, cuya característica legal más notable es un intervencionismo realmente maníaco en los aspectos triviales o privados de la vida de los ciudadanos.

En cambio no estoy de acuerdo en que se trate de una toma de postura antiespañola. No señor, todo lo contrario. El Parlamento de Cataluña prohíbe los toros pero de paso reinventa el Santo Oficio, con lo cual se mantiene dentro de la tradición de la España más castiza y ortodoxa.

Sobre la prohibición del burka y las religiones

Interesante debate el planteado en torno a la prohibición del burka en espacios públicos, por un lado Arcadi Espada y por otro Fernando Savater. Aquí Arcadi hace una crítica al artículo de Savater.

Estoy del lado de Arcadi Espada.

Arcadi:

"...para que todas las convicciones quepan en el espacio público es preciso que no se muestren".

"En cualquier caso la dignidad es un asunto resbaladizo. Mejor la legalidad".

Y Savater:

"Como ha señalado Sánchez Ferlosio, no hay disparo más peligroso que el de quien se ha cargado de razón".