Por Ignacio Moncada:
"Si el Partido Socialista opta por intentar recuperar el poder con urgencia, tomando atajos, sin autocrítica ni revisar su ideario, fracasará. No sólo no conseguirá recuperar el poder ante una España temporalmente vacunada contra el populismo socialista, sino que pospondrá la necesaria catarsis que necesita el partido. Ahora le tocan unos años de reflexión y enmienda que pueden alargarse más de lo que les gustaría. Deben revisar su doctrina económica, sus bases teóricas y su oferta política y moral, y refundar una alternativa de izquierdas acorde con nuestros tiempos. Deben analizar su oportunista relación con los nacionalismos, su aversión a la libertad económica y su tendencia al dirigismo de la sociedad desde arriba. De lo contrario, puede que no encuentren hueco en la España del siglo XXI. Otro partido, como UPyD, podría barrer al PSOE y pasar a ocupar de forma mayoritaria el centro-izquierda español. Las urnas no tienen piedad. Es el momento de que el Partido Socialista decida entre la catarsis ideológica o precipitarse por el abismo ante el que hoy se encuentra".
“Ningún poder en la tierra podrá arrancarte lo que has vivido.” Viktor Frankl
Marina Bay Sands, Singapure
Las arenas de la bahía del puerto están situadas a una altura de 200 metros sobre tres rascacielos, que sirven como pilares.
Aquí están los Casinos, Bares y Restaurantes más costosos del mundo, como también, la Piscina al aire libre más grande del mundo con 150 metros de largo e incluso un Museo de Arte Moderno.
La indignación y la ingratitud
Por Carlos Alberto Montaner.
Es curioso que estos jóvenes furiosos sean capaces de ver lo que la
sociedad no les da, acaso porque no puede, pero ignoren lo mucho que les
entrega. Esos españolitos o chilenitos rabiosos no advierten la sangre, el
sudor y las lágrimas que les costó a sus antepasados, desde los más remotos
hasta sus padres, crear y mantener las infraestructuras que ellos ahora
disfrutan: puentes y carreteras, calles asfaltadas, hospitales, escuelas,
parques, edificios, acueductos, puertos marítimos y aéreos o vías férreas.
Ellos son los herederos privilegiados, pues se sirven de esas infraestructuras
pagadas con el trabajo de muchas generaciones que vivieron miserablemente.
Estos jóvenes, empeñados en sentirse ofendidos, son incapaces de
valorar el capital intangible que reciben de sus mayores cuando abren los ojos:
las instituciones de derecho que armonizan la vida en común y dirimen los
conflictos, las redes comerciales y financieras, los lazos de colaboración
espontánea, el conocimiento vivo en las cátedras universitarias o en los medios
de comunicación, las sofisticadas normas de convivencia... No se imaginan
cuánto dolor y sacrificio ha costado esa obra admirable que les han legado y a
la que nada o muy poco han contribuido.
En el 2006 el Banco Mundial se atrevió a medir la riqueza de más de un
centenar de naciones. Sus mejores expertos sumaron lo que valían las riquezas
naturales de cada una de ellas –tierras de pastoreo, minerales, maderas, etc.–,
agregaron la riqueza producida –infraestructuras, artefactos, cosechas, etc.–,
añadieron el capital intangible y dividieron la cifra resultante entre el
número de habitantes. Ese era el capital per cápita que disfrutaba cada individuo;
capital aportado por la sociedad en que vivía.
Los diez más ricos, con su intenso trabajo, habían logrado acumular
entre 650.000 y 450.000 dólares per cápita. Suiza, a la cabeza del ranking,
ponía a la disposición de sus moradores un capital calculado en 648.241
dólares. Es importante señalar que el factor más importante en esta fabulosa
acumulación de riqueza es el capital intangible: más del ochenta por ciento.
Nueve de los diez países más pobres eran africanos sub-saharianos. El más
desdichado era Etiopía: apenas valía 1.965 dólares per cápita. Chile,
por cierto, con 77.726 dólares, estaba en el cuarto lugar de América Latina,
tras Argentina, Uruguay y Brasil. Los españoles alcanzaban la nada desdeñable
suma de 261.205 dólares.
Sería interesante averiguar si esos jóvenes que tanto piden son capaces
de reconocer lo que les han dado.
Pobreza y desigualdad
Por Gabriel Zaid.
Rompiendo con muchos de los lugares comunes que suelen aplicarse en el estudio social, Gabriel Zaid vaticina en este ensayo el deseable final de la pobreza y la inevitable -y sana- persistencia de la desigualdad. Llegará el día en que los pobres sean protegidos como una especie en extinción. Habrá zonas de veda, parques turísticos y hasta aldeas más o menos auténticas que ilustren cómo vivían. Quizá los visitantes admiren la inteligencia y dignidad con que se puede vivir estrechamente. Pero será difícil explicarles cómo pudo haber pobres en medio de la abundancia.
La pobreza puede quedar atrás en unas cuantas décadas. Pensar que será eterna ayuda a perpetuarla. No hay que confundirla con la desigualdad, que también existe entre los millonarios, y seguiría existiendo si toda la población fuese millonaria. La pobreza es económica, la desigualdad es social y política. La desigualdad política nació con el Estado, la vida sedentaria y la agricultura hace unos diez milenios. La desigualdad social viene de más lejos: de la vida animal, y en la democracia moderna se cultiva con pasión. De todo se hacen listas que muestren quién es más. Organizar concursos, clasificar a las personas y distinguirse en alguna clasificación entusiasman. Buscar criterios nunca vistos de jerarquización para Guinness se vuelve noticia.
La desigualdad económica es una de tantas, pero facilita otras. La riqueza ayuda a acumular distinciones. Además, el dinero es un criterio fácil de aplicar. Es más fácil jerarquizar a los artistas por su éxito económico que por su arte. Y los números fascinan. Las cifras millonarias de gastos, ingresos y patrimonio parecen fantasías más allá de este mundo, como si la vida de Creso superara infinitamente a la de Sócrates. Esto da a la pobreza una perspectiva sesgada: la llamada pobreza relativa (tener menos, gastar menos, ganar menos), que reduce la pobreza a desigualdad.
Muchas desigualdades son injustas y deben terminar, por ejemplo: la esclavitud, la discriminación racial. Pero la desigualdad económica no tiene esa importancia (no es injusta por sí misma), ni puede impedirse. Lo importante es que todo ser humano disponga de suficientes calorías, proteínas, agua potable, ropa, techo, vacunas, vitaminas; y esto es algo que se puede lograr. Lo que no tiene importancia, ni se puede lograr, es que todos igualen a los demás. Menos aún (aunque se recomienda mucho), que todos superen a todos los demás.
Seguir leyendo en Letras Libres.
Rompiendo con muchos de los lugares comunes que suelen aplicarse en el estudio social, Gabriel Zaid vaticina en este ensayo el deseable final de la pobreza y la inevitable -y sana- persistencia de la desigualdad. Llegará el día en que los pobres sean protegidos como una especie en extinción. Habrá zonas de veda, parques turísticos y hasta aldeas más o menos auténticas que ilustren cómo vivían. Quizá los visitantes admiren la inteligencia y dignidad con que se puede vivir estrechamente. Pero será difícil explicarles cómo pudo haber pobres en medio de la abundancia.
La pobreza puede quedar atrás en unas cuantas décadas. Pensar que será eterna ayuda a perpetuarla. No hay que confundirla con la desigualdad, que también existe entre los millonarios, y seguiría existiendo si toda la población fuese millonaria. La pobreza es económica, la desigualdad es social y política. La desigualdad política nació con el Estado, la vida sedentaria y la agricultura hace unos diez milenios. La desigualdad social viene de más lejos: de la vida animal, y en la democracia moderna se cultiva con pasión. De todo se hacen listas que muestren quién es más. Organizar concursos, clasificar a las personas y distinguirse en alguna clasificación entusiasman. Buscar criterios nunca vistos de jerarquización para Guinness se vuelve noticia.
La desigualdad económica es una de tantas, pero facilita otras. La riqueza ayuda a acumular distinciones. Además, el dinero es un criterio fácil de aplicar. Es más fácil jerarquizar a los artistas por su éxito económico que por su arte. Y los números fascinan. Las cifras millonarias de gastos, ingresos y patrimonio parecen fantasías más allá de este mundo, como si la vida de Creso superara infinitamente a la de Sócrates. Esto da a la pobreza una perspectiva sesgada: la llamada pobreza relativa (tener menos, gastar menos, ganar menos), que reduce la pobreza a desigualdad.
Muchas desigualdades son injustas y deben terminar, por ejemplo: la esclavitud, la discriminación racial. Pero la desigualdad económica no tiene esa importancia (no es injusta por sí misma), ni puede impedirse. Lo importante es que todo ser humano disponga de suficientes calorías, proteínas, agua potable, ropa, techo, vacunas, vitaminas; y esto es algo que se puede lograr. Lo que no tiene importancia, ni se puede lograr, es que todos igualen a los demás. Menos aún (aunque se recomienda mucho), que todos superen a todos los demás.
Seguir leyendo en Letras Libres.
Sobre la pobreza y la desigualdad. Carta a Arcadi Espada 08.12.2011
Estimado Sr. Espada.
En su entrada
del 6 de diciembre, escribió usted sobre la desigualdad y la pobreza, junto con el informe de la OCDE y enlazando el soberbio artículo de
Gabriel Zaid.
En mi opinión la desigualdad no es un problema, la pobreza sí. Aunque
harán falta muchos estudios
para saber por qué molesta tanto la desigualdad.
Estoy de acuerdo con usted en lo del par libertad-injusticia.
En estos textos se ahonda en el tema de una manera
inteligente: Walter Williams escribe
sobre personas que han creado una riqueza inmensa para toda la humanidad, Xavier
Sala i Martí sobre la
reducción de la pobreza, Michael Tanner sobre el 1% más rico
y José Carlos Rodríguez hace una inteligente crítica al estudio de la OCDE:
Pero además este
tipo de estadísticas suelen interpretarse muy mal. Las vemos con ojos europeos,
es decir, de una sociedad inmovilista o poco dinámica. No es el caso de los Estados
Unidos, donde cada uno de los tramos en que se dividen los grupos de renta se
corresponden con tramos de edad. Los ingresos más bajos se corresponden con los
más jóvenes y los más altos con los más mayores, dentro de la edad activa. Esto
es, se mejora en renta del trabajo a medida que ganamos en experiencia y
responsabilidad. ¿Habrá quien se extrañe de ello? Quizá alguno que otro
periodista, pero la mayoría sabe que esa es una experiencia común.
Efectivamente, hay que tener en cuenta que los ingresos en los hogares
no son fijos, y se puede pasar a ingresar más o menos, evolucionando de pobre a
rico o a la inversa. Por
ejemplo, en Estados Unidos, según un estudio de la Minneapolis Fed, desde
2001 a 2007, solo el 56% de los hogares que estaban en el quintil más bajo de
ingresos siguen en él, y el 5% se ha movido a los dos quintiles superiores. En
cuanto a los pertenecientes al quintil más alto, solo permanecen en él el 66%,
y el 5% han caído al quintil inferior. Todos los quintiles han evolucionado, y
casi la mitad de sus miembros han evolucionado a otros quintiles.
Si hablamos del famoso 1% más rico, en
Estados Unidos, solo el 56% de los que pertenecían a ese grupo en 1996 lo
estaban en 2005. Aquí el informe
completo.
Esto también es válido para las empresas, según
Fortune, de las 500 compañías americanas más grandes en 1955, el 87% ya no
están en esa lista.
Jarred Skorup escribe otro interesante
análisis.
Aunque los datos anteriores son para Estados Unidos, seguro que los
datos son similares para los países de la OCDE.
Aquí dejo algunos datos sobre las mejoras que afectan a la reducción de
la pobreza:
-
Y muchos más.
Otro día hablamos de la educación universitaria, y como se tendrá que
adaptar la realidad, le dejo estos enlaces: Un estudio
serio de Catherine Campbell, otro
con humor y unos más
serio de Alex Tabarok,
P.S.: Creo que le puede interesar esta
pensadora.
Creo que me he excedido con los enlaces, pero ya tengo confianza con
usted tras saludarle en persona y sabrá perdonarme. Por cierto, creía que era usted más
alto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









