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España no es Estonia

por Ángel Martín.

Pero durante unos años Estonia sí fue España (*): burbuja inmobiliaria, crédito abundante y fácil, entrada masiva de inversiones y capitales extranjeros, demanda creciendo a ritmos muy elevados, sobreendeudamiento de los agentes económicos, gran déficit exterior, deterioro de competitividad por inflación diferencial…
(*) Si no lo digo probablemente se me diría en comentarios: en la comparación entre Estonia y España obviamente hay matices importantes y grandes distancias: en tamaño del país, nivel de renta per cápita, aspectos sociológicos e históricos etc. Espero que se me entienda.
Es decir, con los matices correspondientes, Estonia vivió un proceso de expansión económica insostenible similar a lo que vivió España. El crash del país báltico, al igual que sus vecinos, fue de impresión, con caídas que llegaron a casi el 18% del PIB en 2009 en el caso de Letonia, y cerca del 15% en el caso de Estonia y Lituania. La manera de afrontar la depresión en Estonia (llamémosle así) ha sido muy diferente a la aplicada en los periféricos europeos, y en concreto en España. Así también ha sido diferente la recuperación.
Miren el siguiente gráfico: qué país está el primero y cuál el último en lo que se refiere a previsiones del crecimiento del PIB en 2013.
Presten atención a este dato: su deuda pública es del ¡6% del PIB! El siguiente país que menos deuda por PIB tiene es… Luxemburgo con el 18%. Le siguen países más normales como Eslovaquia, Eslovenia y Finlandia (oscilando entre 43% y 49%). Vean este gráfico adicional a continuación:
Y… tomen nota: Estonia es el único país de los 17 de la Eurozona, junto con Malta, que ha reducido su tasa de desempleo en el último año, pasando del 13.6 al 11%. (Hay que matizar que esta tasa aumentó muy rápido en la etapa del crash).
En fin, que si están más interesados, pueden leer más sobre el ciclo económico en los países bálticos y Estonia en estos enlaces:
Pero lo que venía a hacer originalmente con este post es, básicamente, recomendar un genial artículo de hace unos días de Business Week, titulado Krugmenistan vs Estonia. El periodista entrevista a varios jugadores importantes de la gestión económica de la crisis de Estonia, y lo contrapone con la postura de Krugman, de quien también hay varias declaraciones. No tiene desperdicio. Aquí dejo algunos extractos destacados:
En Estonia el desempleo alcanzó máximos del 16%. Ahora el desempleo está en 10.8% tras duras medidas austeridad. No parece que las medidas de contracción del gasto público en medio de una recesión lleven necesariamente a una espiral contractiva sin suelo, ¿verdad?
there were two crashes in Estonia. One came from the global slowdown. One came because Estonians thought they were richer than they were.
¿Les suena?
Aun así, las condiciones de vida en el país báltico distan de ser las de un país desarrollado. Lo que no evita que vivieran por encima de sus posibilidades.
El salario medio de Estonia es un 10% inferior al salario mínimo en Grecia. La edad de jubilación mucho más alta que en el país heleno, etc. Y claro, luego ven que los europeos rescatan a Grecia, y ellos que han hecho grandísimos sacrificios, se ven ninguneados.
Right now, Estonia seems to show that monetary and fiscal restraint can, after pain, create growth. “If you look back, the crash is very good”, le comenta al periodista el Ministro de Finanzas del gobierno estonio. “The crash was necessary to correct our understanding about growth potential.”
The “dreadful developments” of the boom years in Estonia: Private debt increased from 10 percent to 100 percent of GDP; housing bubble…
It’s very difficult to understand for American people why some crazy Estonians decided to join the euro zone during the crisis (Primer Ministro de Estonia)
Un hecho interesante, que quizás haya tenido que ver en la buena recuperación de Estonia: sus mayores socios comerciales son Finlandia y Suecia, que no han sufrido tanto de la Gran Recesión.
A un músico estonio: Should the government have borrowed money to keep unemployment low? “No,” he says. “We don’t want to be like Greece.”
De postre, lean esta excelente columna de Alberto Artero sobre la gestión del gobierno popular: Mucha improvisación y poco análisis: los 180 días que Rajoy ha tirado por la borda.
Miren una cosa: si me dan a elegir entre las ‘pastillas del doctor gustín’ que ofrecen nuestros políticos al más puro estilo gatopardiano, que todo cambie para que siga exactamente igual… para ellos, y un electro shock que reanime de una vez los órganos vitales de una economía colapsada como la nuestra, me quedo con lo segundo. No quiero seguir ni un minuto más en la ensoñación de quien aún cree que cobrará las pensiones o que el estado del bienestar es gratuito cuando se trata de un derecho de imposición, pagado con los impuestos de quienes declaran. Estoy harto. Prefiero saber la verdad, acomodarla a mi modo de vida, trabajar sobre ese escenario y luchar por un futuro que, si no se desvela hoy, será peor mañana. Con cinco hijos, el mayor de 11 años, la indolencia es un  lujo que no me puedo permitir.
España no es Estonia…

El mito de la austeridad española en cinco gráficos

Manuel Llamas.



Si la austeridad pública brilla por su ausencia en Europa, tal y como avanzó Libre Mercado, esta falta de contención en el gasto por parte de las administraciones publicas españolas es, si cabe, mucho más paradigmático, tal y como muestra el último boletín del Observatorio de Coyuntura Económica (OCE) del Instituto Juan de Mariana.
El estudio, bajo el título Del epejismo de los estímulos a la falsa austeridad pública: la política fiscal ante la Gran Recesión, entra en el debate actual sobre austeridad y crecimiento analizando las políticas presupuestarias aplicadas en EEUU, España y Alemania desde el estallido de la crisis en 2008. No en vano, estos tres países han seguido estrategias fiscales muy diferentes, obteniendo también resultados distintos para combatir la recesión. Así, EEUU y España optaron por políticas decididamente expansivas en el gasto hasta 2010, mientras que Alemania puso un mayor énfasis en la austeridad pública, si bien no pudo evitar que su déficit superase el límite máximo del 3% del PIB que marca la UE.
Dado el renovado debate sobre si mantener la austeridad o apostar por nuevos planes de estímulo (gasto público), el OCE concluye que la contención presupuestaria "no sólo no es un impedimento para el crecimiento, sino que retomar las políticas de expansión del gasto sería del todo contraproducente para generar una recuperación rápida, estable y duradera". Lo más relevante del informe radica en observar que la tan manida austeridad es, a día de hoy, un mito en el caso de España, tal y como reflejan los siguientes datos.
1. Uno de los mayores planes de estímulo del mundo
Entre 2008 y 2009, la mayor parte de los gobiernos de los países desarrollados, con EEUU y España a la cabeza, implementaron significativos planes de estímulo fiscal, aumentando el gasto público con el fin de impulsar el crecimiento económico.
Así, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero implementó en 2008 y 2009 el denominado Plan E. Su coste ascendió al 1,9% del PIB en 2008 y al 2,3% en 2009, el más elevado de la UE y uno de los más significativos entre los países de la OCDE. De hecho, el plan de estímulo aplicado por España tan sólo es comprable al de EEUU, Arabia Saudí y China a nivel mundial.
A ello hay que sumar, además, el efecto de los estabilizadores automáticos -en recesión, el gasto estructural sube (prestaciones por desempleo) y la recaudación fiscal baja-, que en el caso de España supuso un impacto adicional del 4,9% del PIB en las cuentas públicas de 2009 (53.000 millones de euros), frente al 3,3% en la UE-27.
Por otro lado, aunque la consolidación fiscal comenzó en 2010, el informe señala que en países como España "difícilmente puede hablarse de austeridad cuando los descuadres presupuestarios continúan siendo de gran magnitud, con un déficit público del 8,9% del PIB en 2011".
2. El mayor descuadre fiscal de la historia
El aumento del gasto público bajo la excusa de estimular el crecimiento, sumado al efecto de los estabilizadores automáticos y el desplome de los ingresos desembocaron en un gran déficit público.
Desde 2007 hasta 2009, España y EEUU deterioraron su saldo público en 13,1 y 10,3 puntos porcentuales del PIB, respectivamente. Mientras, Alemania sólo lo hizo en 3,4 puntos. Desde entonces, la consolidación fiscal apenas ha conseguido mejorar este descuadre en 2,3 puntos porcentuales en el caso de España y 3,5 en el de EEUU. Como resultado, ambos países cerraron 2011 con un déficit público muy abultado.
El descuadre fiscal de España registró la siguiente evolución: mientras que el conjunto de las administraciones públicas gastó en 2007 un 3,5% menos de lo que ingresó (superávit), en 2008 gastó un 8,7% más de lo que ingresó; la situación empeoró considerablemente en 2009, ya que gastó un 22% más de lo que se ingresó; en 2010 este desequilibrio se redujo al 18%; y, pese a la "tan cacareada austeridad fiscal", este agujero apenas se redujo hasta el 16,8% en 2011 (déficit de 91.000 millones de euros, 8,9% del PIB).
3. La deuda pública se ha duplicado
Como resultado de estos abultados déficits, la deuda pública de España en 2011 es un 90% superior a la de 2007; en EEUU ha aumentado un 50% en el mismo período; mientras que en EEUU tan sólo ha crecido un 25%. Es decir, en términos de crecimiento de la deuda pública, "España es líder indiscutible".
4. El sector público gasta un 13% que en 2007
Por otro lado, un indicador relevante para observar la existencia o no de austeridad radica en la evolución del gasto público. Desde 2007 a 2011, el gasto público en España ha crecido en 4,4 puntos porcentuales del PIB, el doble que en Alemania (2,1 puntos). Así, "pese a la percepción mayoritaria de grandes recortes y austeridad fiscal, las Administraciones Públicas españolas gastaron en 2011 un 13% más que en 2007.
5. El gasto público se duplica desde el año 2000
Por último, si se amplía la perspectiva temporal, el gasto de todas las Administraciones Públicas españolas en 2011 fue casi dos veces superior que el del año 2000. O dicho de otro modo, el gasto público duplica hoy al efectuado en el año 2000.
Los efectos keynesianos
Estas políticas expansivas en España y EEUU han generado importantes problemas, según concluye el OCE:
  • En España, los planes de estímulo de la demanda por la vía de la política fiscal no consiguieron en 2008-2009 evitar la sangría laboral. "Lo que sí consiguieron fue mantener la expansión del número de empleados públicos, que solo se ha empezado a reducir a finales de 2011". El sector público aumentó el número de asalariados en 230.000 personas desde el inicio de la crisis, mientras que el privado lo redujo en más de 2.600.000 personas (la línea azul representa la evolución en términos porcentuales de los empleados públicos y la amarilla de empleados del sector privado).
  • Así pues, además de haberse mostrado ineficaces para mejorar la situación del empleo, "lo más grave es el coste que han supuesto", primero, en términos de fuerte deterioro de las finanzas públicas y, segundo, absorbiendo buena parte del escaso crédito del sistema financiero.
  • Además, "el gasto público ha contribuido a sostener algunos sectores de forma artificial y ha impedido (o frenado y pospuesto) el necesario ajuste de la estructura productiva, la liquidación de malas inversiones, y el desapalancamiento de la economía en su conjunto".
  • La estrategia de solucionar una crisis de excesivo endeudamiento privado con endeudamiento público es "netamente perjudicial y, en el mejor de los casos, inefectiva". El problema fundamental no radica en aumentar la demanda sino en "reajustar la estructura de la producción y mejorar las deterioradas posiciones financieras de los distintos agentes económicos, reduciendo deuda y aumentando el ahorro".
Por todo ello, el OCE concluye que abandonar el ajuste fiscal para aplicar las mal llamadas políticas de crecimiento, consistentes en estímulos de gasto, "no es el camino a seguir". Al contrario, "Europa -y particularmente España- debe profundizar en la vía de la austeridad presupuestaria a través de un recorte considerable del gasto público". Y todo ello, acompañado de políticas que "retiren trabas al funcionamiento y crecimiento del sector privado".

A vueltas con la austeridad

Gabriela Calderón de Burgos.



Uno de los más influyentes comentaristas de la crisis actual es el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, que ha dedicado gran parte de sus energías a condenar las políticas de austeridad y muy poca tinta a explicarnos específicamente a qué se refiere.  

La Comunidad Forex define la austeridad como "la reducción del gasto por parte de los Gobiernos con el objetivo de reducir el déficit presupuestario". "Las medidas de austeridad suelen incluir recortes salariales y aumento de impuestos y se realizan para garantizar el pago de los créditos a los acreedores gubernamentales", añade. En inglés hay definiciones igual de confusas, y por eso el economista Tyler Cowen, de George Mason University, ha llegado a la conclusión de que austeridad es "una palabra engañosa y muchas veces mal interpretada".
Es mejor si describimos las políticas de manera más concreta y de hecho eso no es tan difícil hacerlo.
A grandes rasgos, el término puede referirse a varias estrategias que pretenden combatir el déficit fiscal:
  1. reducción del gasto público;
  2. subida de impuestos;
  3. reducción del gasto y subida de impuestos.
En la gran mayoría de los casos, los países europeos han adoptado una combinación de reducción del gasto y aumento de impuestos.
Si observamos la evolución del gasto público como porcentaje del PIB entre 2006 y 2011, veremos que en España pasó del 38,4 al 43,6%, en Grecia del 45,2 al 50,1% y en la Eurozona del 46,7 al 49,3%. Así que, a simple vista, hablar de recortes de gastos "brutales" o "salvajes" parece exagerado, cuando no incorrecto.
Mi colega del Cato Institute Juan Carlos Hidalgo ha analizado las políticas de ajuste aplicadas en algunos países de Europa. En el Reino Unido, el gasto público –como porcentaje del PIB– pasó del 51,5% en 2009 al 49,9 en 2011; en el mismo período, el gasto público francés pasó del 56,8 al 55,9%; el italiano, del 51,6 al 49,6% y el griego, del 53,8 al 50,3%.
El denominador común entre los países considerados por Hidalgo es que el ajuste se realizó principalmente mediante subidas de impuestos y tímidos recortes del gasto público. El resultado de esta estrategia ha dejado mucho que desear. En el mejor de los casos, no se ha retomado la senda de la recuperación económica; en el peor, la situación ha empeorado considerablemente.
Era de suponer que, cuando los políticos hablaban de "austeridad" –entendida como apretarse el cinturón–, no eran ellos los que se iban a incomodar, sino que iban a cargar a la ciudadanía con más impuestos.


© El Cato

Predicar en el desierto: menos impuestos y menos gastos

María Blanco.



George Stigler (1911-1991) explica en su ensayo "El economista como predicador" que para él, la predicación (aplicado a los economistas) es una clara y razonada recomendación o denuncia de una política o forma de comportamiento de los hombres o sociedades de hombres. Esta tarea que Stigler le asigna al economista no implica necesariamente que éste tenga un sistema de valores que esté dispuesto a imponer porque, como dijo en 1848 John Stuart Mill:
Un disparate (...) no deja de ser un disparate cuando hemos descubierto las apariencias que lo hicieron plausible.
Así, los economistas nos hemos dedicado a predicar eficiencia o equidad a quienes nos han querido oír. Pero lo más relevante, y triste a la vez, es la conclusión de Stigler. Los predicamentos de los economistas son bien recibidos cuando decimos lo que la sociedad quiere oír.

Esta lección ofrecida en 1981 está de plena actualidad. Cada vez más, a nuestro alrededor, brotan como champiñones predicadores proclamando los mensajes que la sociedad necesita para seguir viviendo como si no pasara nada. Así, se justifica seguir gastando como se justifica que fumar es sano: con razones sesgadas, verdades manipuladas y argumentos falaces.

La austeridad, por más que nos machaquen una y otra vez, no es una virtud de nuestro gobierno. No se ha reducido verdaderamente el gasto, no se gestiona con austeridad. Se han hecho "recortes" testimoniales, pero no se ha reducido todo lo que se podía reducir, ni un porcentaje representativo. La razón que muchos aducen es que no es suficiente, que con eso no tenemos ni para empezar. Y a continuación, nos suben los impuestos, para recaudar una cantidad con la que tampoco cubrimos el agujero de deuda. Pero ahí no ponen pegas.

Para vergüenza mía, de algunos colegas (y amigos) y de mis maestros que me han enseñado a ser honesta también como economista, la mayoría de la profesión en España predica un reblandecimiento de las medidas de austeridad, esa inexistente austeridad. En lugar de pedir restringir gastos de verdad empezando por los superfluos, fomento de la actividad empresarial, no penalización del ahorro, etc., mis colegas aconsejan gastar más en educación y sanidad, cobertura para inmigrantes sin papeles, por más que eso signifique saltarse la ley, y todo tipo de impuestos y penalidades para el loco al que se le ocurra ahorrar para invertir en este país. Y no sólo eso. Que quien tenga dinero en cuentas de fuera sea castigado igualmente. Dentro de nada van a penalizar a quien piense siquiera en montar una empresa.

La zanahoria de estos consejos, lo que atrae tanto al público es que estamos en una situación difícil, con cada vez más parados y mucha gente que pasa penuria y ha de acudir a comedores sociales. Pero, además, y sobre todo, estamos en un estado de alarma respecto a lo que viene por delante. Y es esa situación es fácil atacar al que gana dinero honestamente. Porque el que lo gana deshonestamente, no lo cuenta. Y aunque se le pille no pasa nada. Con suerte, con mucha suerte, lo devuelve y punto. Así que el lucro es el mayor de las vergüenzas de nuestra nación, incluso si es ese afán de lucro lo que puede proporcionar puestos de trabajo y rentas a quienes ahora lo pasan mal.

Por más impopular que sea hay que decir que los incentivos que estos economistas están fomentando son la vaguería y el trapicheo. Se promueve vivir a costa del otro. Algo que en otras sociedades es lo más indigno que le puede pasar a alguien, en nuestra sociedad es el pan nuestro de cada día. Y si te niegas o protestas te tachan de tonto: trinca mientras puedas. Nuestros alumnos no aprenden, pasan de curso. Los inmigrantes acuden atraídos por unos servicios que ellos no han de pagar. Los ciudadanos piden gratuidad, que, como ya sabemos, quiere decir que sean los impuestos de los demás los que financien mis necesidades. Y de esta forma, nuestra sociedad es cada vez más irresponsable y más ciega.

Para que cambiaran las cosas sería necesario, en mi opinión, empezar por el talón de Aquiles de todas las sociedades: el sistema financiero. Mientras se mantenga un sistema en el que se pueden seguir montando burbujas por razones políticas, prestando sin respaldo para salvar la cara de los gobernantes, o de la Unión Europea, o de un club de amigos banqueros, los ciudadanos no seremos nunca una sociedad civil capaz de recuperar las riendas. De esta forma, todos aprenderíamos a no financiarnos con deuda, a vivir de lo que ingresamos y a esforzarnos si queremos mejores bienes y servicios.

No sería el único paso, desde luego, pero creo que sí debería ser el primero. No tengo la más mínima esperanza de que suceda.

Alternatives to austerity

Russ Roberts.



What should you do when you find out that you can’t pay your bills? You have two choices. You can default on your obligations or you can borrow money to make up the difference. If your obligations are denominated in your own currency, then you have the option of inflation to reduce the real value of what you pay your creditors. This is a form of default. It is not complete but it is a partial reneging on your obligations.
I recently tweeted (follow me @econtalker) that sometimes reducing spending isn’t a macroeconomic strategy but something that is forced on you by reality. One response you hear to this is that reducing spending is bad for your economy when you’re in a recession. Maybe. I’m not convinced. Could be, but even if it’s true, if people don’t want to lend you money anymore or only want to lend you money at an extremely unattractive rate, that fact that your past profligacy now demands an un pleasant solution is simply an aspect of reality.
Those who oppose spending cuts when the bond market no long likes you reminds me of a metaphor I recently heard from a student at SMU when I visited the campus (and if that student reads this, please email me and remind me of your name.) He used the metaphor of a restaurant patron who discovers that he doesn’t have enough money to pay the bill. No problem. Just keep ordering more food! That way you can put off the moment of reckoning. That is not a practical solution for irresponsible customers or countries who have gone too far. Greece is in this boat. They may soon be joined by others. I hope the US gets on a different boat.

Los recortes no destruyen empleo. Ignacio Moncada


La crisis de deuda pública que llevamos más de un año sufriendo ha sido un duro varapalo para quienes han estado abogando por disparar el gasto. Nos prometieron que sólo había una manera de salir de la crisis: dejando que los políticos gasten el máximo dinero posible con cargo a la deuda del Estado. Así, decían, en poco tiempo íbamos a estar creciendo y con pleno empleo. Qué mal queda, tras defender esta tesis en público, que el resultado sea una crisis de solvencia de tremendas proporciones. A lo que en España se suma la cifra histórica de cinco millones de parados. Como en política y en economía jamás se reconoce un error, los defensores del keynesianismo, que es la ideología que se ha aplicado para llegar a esta situación, argumentan que el problema es que no ha habido suficiente gasto público. Que no hay crecimiento porque, pese a ejecutar los mayores planes de estímulo jamás vistos, hemos estado tímidos en el dispendio. Extraño razonamiento cuando se hace desde el borde mismo de la suspensión de pagos.

Por fin alguien en España ha decidido coger el toro por los cuernos. María Dolores de Cospedal, presidenta de Castilla-La Mancha, ha anunciado un recorte del 20% del gasto público de la comunidad. Y lo ha hecho, además, con una importante carga política: no ha tocado el sacrosanto gasto social para el progresismo español. Este recorte es de unas proporciones jamás vistas en España. Si se hubiera aplicado, no sólo a Castilla-La Mancha, sino a todo el Estado, el ahorro hubiera sido de alrededor de 100.000 millones de euros. Una cifra que habría acabado con el problema del déficit público. Esto contrasta con el famosotijeretazo dado por Zapatero en mayo de 2010, en el que el ahorro fue casi 10 veces menor, y además lo hizo llevándose por delante a pensionistas, funcionarios y familias.

Ante esta valiente medida, el PSOE se ha lanzado, tal vez herido por el efecto electoral de la misma, a despreciarla. Rubalcaba habla ahora de los "recortadores", dando a entender que sigue pensando que el despilfarro es el camino correcto. El Partido Socialista criticó la medida argumentando que "destruiría 15.000 puestos de trabajo". Esto es falso. Al igual que un aumento del gasto público no crea empleo, tal y como se ha demostrado, una política de austeridad no lo destruye. Más bien al contrario. Al no gastar más de lo que es asumible, se deja de penalizar a las familias y a las empresas con mayores impuestos (presentes o futuros), y deja de canalizarse todo el ahorro disponible hacia el Estado, liberándolo para inversión privada. Los recortes de gasto público activan un proceso de saneamiento de las cuentas públicas, de mayor desahogo privado y de amortización de deudas, que genera un marco estable para el crecimiento y la creación de empleo. Aunque, eso sí, siempre hay unos empleos que es necesario destruir: los de los políticos que, mediante el dispendio desenfrenado, han terminado por hundir la economía española.


Vía Francisco Capella.


La extraña historia del empleo público. Francisco Cabrillo

Vía intelib.


Los datos de la Encuesta de Población Activa del pasado trimestre siguen reflejando un mercado de trabajo anémico, que apenas se recupera en unos miles de empleos como consecuencia del comienzo de la temporada turística. Con una excepción, ciertamente. La contratación sigue fuerte… precisamente donde no debería serlo; es decir, en el sector público. La reducción del paro fue, según la EPA, de unas 75.000 personas. Pero lo más llamativo de este dato es que el 42% de esta disminución se debió al crecimiento del número de funcionarios y a la contratación de empleados públicos. Y esto es realmente sorprendente, porque no se entiende que unas administraciones cuyos ingresos se han reducido de forma notable, tienen fuertes déficits e incluso serios problemas para financiar sus gastos ordinarios aumenten sus plantillas en 31.600 personas.
Seguramente las elecciones autonómicas y municipales han tenido bastante que ver en estas cifras, dado que en España parece haberse convertido en regla la práctica de colocar a en la Administración a los amigos, correligionarios y demás compañeros de viaje que pierden puestos, generalmente cómodos y bien remunerados, cuando cambia el gobierno de un ayuntamiento, comunidad autónoma o del Estado. Tal hábito que en un país con un mínimo de decencia debería constituir un verdadero escándalo, en España se acepta como normal. Ha ocurrido en las últimas elecciones; y parece que, con bastante anticipación, en la misma línea está hoy también el Gobierno central colocando a antiguos altos cargos en diversos empleos, algunos en organizaciones internacionales que -¡oh milagro!- resulta que quien las paga es el sufrido contribuyente español.
Si esto fuera todo, tendríamos un problema serio, ciertamente. Pero la situación es bastante peor de lo que las cifras que acabo de mostrar indican. Si miramos hacia atrás unos pocos años y nos fijamos en lo que ocurría en nuestro sector público antes de la crisis, veremos que en 2007 el total del empleo público en España ascendía a 2.930.000 personas aproximadamente. Las últimas cifras indican que ya hemos superado los 3.200.000 empleados públicos. Es decir, en cuatro años el sector público español ha creado 270.000 empleos nuevos, aumentando su plantilla en más de un 9%. Y esto en la peor crisis económica que hemos vivido desde hace más de medio siglo.
Ajuste necesario
Cuando hace unos meses publicamos nuestro índice sobre la evolución del sector público y la regulación en las diecisiete comunidades autónomas españolas (Cabrillo, Biazzi y Albert, Libertad Económica en España 2011), señalábamos que uno de los indicadores que habían experimentado mayores cambios al alza era el que recogía el número de personas que trabajaban para el sector público autonómico en relación con el empleo total de la comunidad. Esto refleja claramente que, mientras el sector privado se ha ajustado tras desencadenarse la crisis, el sector público no lo ha hecho de la misma forma. En parte, tal resultado se explica por las rigideces a las que, en temas de personal, se encuentra sometido el sector público; pero se debe también en no escasa medida a una clara falta de interés por parte de algunos gobiernos autonómicos por adoptar unas medidas tan necesarias como poco populares. Las diferencias son, ciertamente, significativas entre las diversas comunidades autónomas; con unas cifras muy elevadas en regiones como Extremadura o Castilla-La Mancha y otras relativamente bajas en Madrid o Cataluña. Pero el problema es general y en algunas comunidades en la que tradicionalmente la cifra era relativamente reducida, el empleo público ha crecido de forma muy acusada. Es el caso de Cataluña, por ejemplo.
La conclusión que se puede obtener del análisis de estas cifras es bastante clara. Si los españoles queremos tener una economía próspera y competitiva cuando logremos salir de la crisis, tendremos que reducir de manera sustancial el porcentaje de personas empleadas por el sector público en relación con el número total de trabajadores. Están bien, aunque no sea más que como ejemplo hacia la sociedad, las medidas que se están adoptando de suprimir altos cargos, consejerías, direcciones generales o departamentos. Pero, claramente, esto no es suficiente. El problema real está en los niveles inferiores, que son los que suponen lo sustancial del gasto en personal. En nuestro país, sobran muchos funcionarios y contratados públicos en los tres niveles de la Administración. Y hay que insistir en que la fórmula adecuada para hacer caer el elevado gasto en personal no es bajar sus sueldos; y, menos aún, reducir en mayor proporción los ingresos de los funcionarios más cualificados, porque esto tiene siempre como efecto expulsar del sector público a los mejores y reducir todavía más la baja productividad que actualmente tiene nuestra Administración. Lo que hace falta es plantearnos desde cero cuáles son las funciones que tiene que desempeñar el Estado y cuáles deberían ser asumidas por las empresas privadas. Y, una vez definidas las funciones, organizar la Administración con criterios de eficiencia similares a los utilizados en el sector privado. Otros países lo han logrado. ¿Habrá alguien dispuesto a intentarlo en España?