Mostrando entradas con la etiqueta Domingo Soriano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Domingo Soriano. Mostrar todas las entradas

La verdad sobre los salarios de mujeres y hombres

Domingo Soriano.



El pasado 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer. Una jornada que debería servir (si es que tienen alguna utilidad estas celebraciones) para fijar la atención sobre la situación de las mujeres en lugares como Irán o Arabia Saudí, donde se les trata como a ciudadanos de segunda, está marcada en España por la reivindicación acerca de la brecha salarial, es decir, la absurda creencia de que las trabajadoras cobran menos que sus compañeros por hacer el mismo trabajo.
"La brecha salarial existente en España es una lacra contra la que hay que luchar los 365 días del año", declaró Juan Manuel Moreno, secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad. "Las mujeres españolas ganan menos que los hombres a lo largo de toda su vida, con independencia de su formación. Peor aún, cuanto más alto es su nivel de estudios, mayor es su discriminación salarial". "Las mujeres necesitan trabajar 54 días más que los hombres para cobrar lo mismo". "Las mujeres cobran un 22% menos que los hombres pese a tener mejores calificaciones". "Las mujeres cobran un 16% menos que los hombres por el mismo trabajo". Todas estas frases han aparecido en la prensa española en los últimos dos años, especialmente en fechas señaladas como el 8 de marzo. En todas se desliza una idea que se ha convertido en el dogma que rige la política de igualdad en nuestro país:
Las mujeres están discriminadas y la mejor prueba es que ganan menos que los hombres por hacer el mismo trabajo.
Todos los partidos políticos sin excepción (desde ERC hasta el PP, pasando por el PSOE y UPyD) emitieron comunicados el pasado jueves denunciando esta injusticia y prometieron seguir luchando para acabar con tan inaceptable discriminación. Posiblemente no exista ningún otro tema en el que sea posible encontrar una unanimidad semejante entre las formaciones españolas, unanimidad que se refleja también en los medios de comunicación.


Sin embargo, la afirmación de que las mujeres ganan menos por hacer el mismo trabajo es un absurdo económico que nadie con unos mínimos conocimientos debería mantener. No tiene la menor lógica. Los empresarios tienen como principal objetivo ganar dinero y mantener viva su empresa; por lo tanto, si existe un colectivo que hace exactamente el mismo trabajo a cambio de un salario menor, sólo contratarán a miembros de ese colectivo, ya sean mujeres, inmigrantes, jóvenes o lo que sean, porque de esta manera aumentarán sus beneficios. Es más, incluso si un empresario se resiste a hacerlo por prejuicios... se verá obligado a cambiar de actitud, so pena de caer bajo la presión de la competencia, que podrá explotar esta ventaja contratando a los trabajadores que él rechace.


Los políticos (y en esto también hay pocas diferencias a derecha e izquierda) nos presentan a los empresarios como seres sin escrúpulos, avariciosos y deseosos de explotar la menor oportunidad para aumentar sus beneficios. Sin embargo, cuando se habla de sueldos de hombres y mujeres, estos miserables capitalistas se convierten en estúpidos, capaces de no contratar a una mujer sólo por sus prejuicios machistas, incluso aunque esto perjudique a su cuenta de pérdidas y ganancias.


En realidad, frases como las que encabezan este artículo son tremendamente insultantes, tanto para los empresarios (entre los que hay hombres y mujeres, no lo olvidemos) como para las mujeres, a las que se pinta como incapaces de mejorar su propia situación por sí mismas (por ejemplo, cambiando de trabajo si sienten que pueden pedir más sueldo por sus servicios). Además, casi nunca se señala a una compañía en concreto o una situación de supuesta desigualdad real. De hecho, en 2009 el Ministerio de Igualdad de Bibiana Aído realizó 46.239 inspecciones en 241 empresas para comprobar si los trabajadores españoles sufrían algún tipo de discriminación. Pues bien, sólo encontró 590 supuestos casos (un 1,28%), y en 245 la discriminación la padecían... ¡hombres!


En realidad, este resultado es lógico. Como decíamos antes, ni las mujeres son tan tontas como para aceptar cobrar menos que un hombre por el mismo empleo sin buscar otra empresa que les pague lo que se merecen, ni sus jefes son tan estúpidos como para no darse cuenta de que, al comportarse así, perderían a sus mejores empleadas a manos de sus competidores. Pero la realidad, por muy machacona que sea, no es un impedimento para quienes año tras año repiten las mismas falsedades.


La razón para este empecinamiento es doble y fácil de comprender. Por un lado está la corrección política que nos invade: una vez que uno de estos mensajes facilotes aunque falsos ha calado en la opinión pública es muy difícil que nadie se arriesgue rebatirlos, puesto que inmediatamente sería tachado de machista y retrógrado (sólo unas pocas mujeres han sido capaces de elevarse sobre el ruido que nos rodea y denunciar este hecho). Además, políticamente es muy jugoso aprobar una norma que, sólo aparentemente, favorece a la mitad del electorado. En segundo lugar, para comprender el éxito y la supervivencia de estos prejuicios, no hay que olvidar los incentivos que se van creando según se desarrolla un programa político. En España, el Estado, todas las autonomías, los principales ayuntamientos e incluso muchas empresas tienen institutos de la mujer, observatorios de igualdad, oficinas de no discriminación, ONG a las que subvencionan para que defiendan estos fines, etc. Si un día se generalizase la idea de que no existe tal discriminación, toda esa gente se quedaría sin trabajo. Nunca he creído que estos organismos mientan a propósito, pero los incentivos son perversos: si tu sueldo depende de creer que algo es cierto, lo más probable es que acabes creyéndotelo. ¿Alguien se imagina un informe del Instituto de la Mujer diciendo que ya no existe brecha salarial y, por lo tanto, hay que cerrar el Instituto de la Mujer?


La realidad


¿Cuál es la realidad que se esconde tras esa diferencia salarial entre hombres y mujeres? En primer lugar, lo que dice el INE en su última Encuesta Anual de Estructura Salarial es esto:
El salario medio anual femenino representó el 78% del masculino. Esta diferencia se reduce si se consideran situaciones similares respecto a variables como ocupación, tipo de jornada o contrato, entre otras.
Esto quiere decir que las mujeres cobran de media un 22% menos que los hombres. A ese dato es al que se agarran todos los titulares que hemos leído en los últimos días. Pero esto no quiere decir que las mujeres cobren menos por hacer lo mismo, y desde luego no demuestra discriminación alguna. Es una pura media estadística. Lo que hay que hacer es analizar los datos y ver si con el comportamiento de ambos sexos en el mercado laboral puede extraerse una explicación. El propio INE ya apunta en esa dirección cuando dice que la diferencia se reduce si se consideran "situaciones similares" respecto a otras variables.


Lo primero que a cualquiera se le ocurre es que una de las explicaciones puede ser histórica. El mercado laboral español no se formó ayer, sino que se ha ido moldeando a lo largo de los años. Los sueldos más altos y los cargos directivos los ocupan personas que comenzaron su carrera profesional en las décadas de los 60 y 70. En aquellos años, el número de hombres que iba a la universidad era muy superior al de mujeres. Es más, incluso entre las más avanzadas estudiantes de la época era muy común dejar aparcada del todo la carrera profesional cuando llegaban los hijos.


Ésta es la principal razón de la falta de mujeres en los puestos directivos de las empresas (el famoso "techo de cristal"). En muchas ocasiones se dice: "Ya hay más licenciadas que licenciados y sin embargo la presencia femenina en los consejos de administración de las compañías del Ibex no llega al 11%". Ambas cosas son ciertas, pero mezclarlas no tiene sentido. La edad media en esos consejos de administración es de 59 años; estas personas comenzaron sus estudios universitarios a finales de la década de los 60 y luego fueron creciendo profesionalmente hasta llegar al puesto que hoy ocupan. No tiene lógica comparar el número de licenciados en 2005 con un consejo formado por personas que obtuvieron su título en 1970.


De hecho, esta brecha histórica se refleja incluso en la administración pública. Un buen ejemplo sería la carrera judicial (ver página 14 de La Justicia: dato a dato del CGPJ). Desde hace años, las mujeres arrasan a los hombres en las oposiciones judiciales. Sin embargo, los salarios medios de los jueces masculinos siguen siendo más elevados que los de sus colegas femeninas. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla: ellos llevan mucho más tiempo en su puesto y han ascendido más en el escalafón. Así, entre los jueces de más de 60 años hay 306 hombres y sólo 31 mujeres; pero en la horquilla 31-40 años hay 936 juezas por sólo 481 jueces. Si alguien mira los salarios de estos profesionales o la presencia de los dos sexos en altos organismos como el Tribunal Supremo o el Tribunal Constitucional, podría sacar la apresurada conclusión de que se discrimina a la mujer. No es cierto: simplemente, a las juezas que han ido incorporándose a la carrera en los últimos 20 años no les ha dado tiempo todavía a desplazar a sus colegas de más edad.


La segunda razón por la que los hombres ganan, de media, algo más que las mujeres tiene que ver con el comportamiento de unos y otras en el mercado laboral. Para explicar este hecho, lo mejor es acudir a las estadísticas de EEUU, país en el que la mujer lleva mucho más tiempo en el mercado laboral y donde los estudios están mucho más desarrollados.


Según un informe del Censo norteamericano, las mujeres solteras de entre 22 y 30 años ganan un 8% más que los hombres solteros de la misma edad. Al mismo tiempo, un estudio del año 2005 mostraba que también las mujeres solteras de entre 35 y 43 años ganaban algo más que sus colegas masculinos. Esto parece echar por tierra cualquier acusación de machismo. Si los empresarios odian a las mujeres trabajadoras, ¿por qué no se ceban también con las solteras jóvenes? ¿Es el suyo un machismo selectivo?


Si se unen todos los datos es fácil darse cuenta de cuál es la verdadera razón de la brecha salarial: cuando se casan y tienen hijos, mujeres y hombres se comportan de forma diferente. Así, ellas interrumpen su carrera durante largos períodos de tiempo con más frecuencia que los hombres, y no sólo por la baja maternal tras el embarazo. También es más común que pidan reducciones de jornada.
  • Según una encuesta publicada por El País el pasado 8 de marzo, a la pregunta de si aceptarían un puesto de más responsabilidad y más sueldo a cambio de más horas de trabajo, un 67% de los hombres decía que sí, por sólo un 58% de las mujeres.
     
  • Un estudio muy interesante es el de Marianne Bertrand sobre quienes han obtenido un MBA en la Booth School of Business de Chicago. Todos ellos estaban destinados a alcanzar puestos directivos, por eso pagaron mucho dinero por cursar esos estudios. Sin embargo, las conclusiones son reveladoras: diez años después de la graduación, el 16% de las mujeres no trabajaba (normalmente, porque han preferido quedarse en casa con sus hijos), por sólo un 1% de los hombres; el 92% de los varones trabajaba a tiempo completo, cifra 30 puntos superior a la de las mujeres (62%); en cuanto a tiempo de trabajo, que en el primer año era casi idéntico en hombres y mujeres, a los diez años arrojaba una diferencia sustancial en favor de los primeros: 56,7 horas semanales frente a 49,3. Por lo demás, Bertrand advierte que los MBA masculinos tienden a escoger especialidades que exigen más tiempo de trabajo pero que también aportan más sueldo (como las finanzas), mientras ellas eligen más a menudo otras menos remuneradas (como el marketing).
     
  • En España, como veíamos antes en el ejemplo de la carrera judicial, las mujeres están asaltando la función pública. De los 134 nuevos jueces de 2011, 99 eran mujeres. Lo mismo pasa en casi todas las oposiciones: desde 2007 hay más funcionarias que funcionarios en España, y esa proporción irá creciendo según se jubilen los más veteranos, que son mayoritariamente hombres. Esto concuerda con el estudio de Bertrand. La administración paga menos de media que el sector privado, pero también exige menos dedicación horaria y permite compaginar mejor la vida laboral con la familiar.
Podemos concluir que los llamativos titulares sobre la discriminación salarial son producto de la exageración o la falta de análisis. La verdadera razón de la diferencia en los sueldos de hombres y mujeres tiene que ver con la duración de su vida laboral y la manera en que unos y otros encaran ésta. Es una cuestión de coste de oportunidad: a partir de determinado momento de su vida, ellas valoran más su tiempo libre y su familia que un ascenso; a ellos les cuesta más dar un paso atrás en su profesión. ¿Por qué? Cada uno tendrá una respuesta. Ésta es una pregunta para un sociólogo, no para un economista.


Forzar los datos para mantener a toda costa el discurso sobre la discriminación salarial no traerá nada bueno. Como decíamos antes, supone un insulto para la mujer y para los empresarios (aún más para las empresarias); genera tensión en la sociedad: ellas se sienten apartadas y ellos piensan que pueden perder un empleo por culpa de la paridad; provoca que cuando una mujer llegue a un puesto de responsabilidad muchos duden de si es por su valía o por las cuotas, y el trabajo que miles de trabajadoras han hecho en las últimas décadas para demostrar su capacidad se pone en entredicho. Eso sí, el próximo 8 de marzo, todos los partidos volverán a unirse: sólo ese día se ponen de acuerdo en algo. Es una pena que sea para solucionar un problema que no existe.

La ayuda a África: limpiando conciencias

Domingo Soriano.


Siempre he pensado que uno de los mayores atractivos del socialismo que nos rodea a izquierda y derecha es su capacidad para liberar de preocupaciones a la sociedad. Por eso los gobernantes lanzan de forma constante mensajes del tipo: "Si algo está mal es porque el Gobierno no ha hecho lo suficiente, preparemos un plan para arreglarlo".

De esa manera, los políticos y sus propagandistas pueden mirar a los que pedimos que cesen en su asfixiante intervencionismo con la reprobatoria mirada del que se siente superior moralmente: "Observad, mientras nosotros intentamos arreglar el mundo, vosotros seguís ahí, impasibles ante la miseria de millones de personas".

Esto es fantástico, porque les da más poder y al mismo tiempo limpia la conciencia de sus votantes. Ya no son cómplices del mal que nos rodea, porque han dado su apoyo a aquellos que están intentando solucionar todos los problemas.

En ningún otro campo es esto más claro que en el de la ayuda al desarrollo.

Desde que, en la década de los 60, los países africanos accedieron a la independencia, en Europa y Norteamérica se ha extendido el mensaje de que es necesario ayudar al Continente Negro a salir de su pobreza, que tendría causa en los males del colonialismo occidental. Así, en los últimos cincuenta años se han sucedido las campañas de ayuda, los programas solidarios y las políticas de impulso al crecimiento africano. Pero nada ha dado resultado: África sigue siendo la región más pobre del mundo (algo que no era así hace medio siglo), y la única que se mantiene casi completamente al margen de los beneficios de la globalización.

Con este panorama, era lógico que algunos economistas sensatos comenzasen a atar cabos y se preguntaran si no son precisamente estas políticas, supuestamente solidarias, las culpables de la misérrima situación de la mayoría de los países africanos. Pocos han lanzado este mensaje con la contundencia, claridad y precisión de Dambisa Moyo. Desde que se publicó, hace tres años, su libro Dead Aid (ahora en español bajo el título de Cuando la ayuda es el problema) ha supuesto un auténtico terremoto en uno de los temas más queridos por los políticos biempensantes del mundo desarrollado.

Seguramente nadie más podía haber escrito un libro así sin riesgo de ser aplastado bajo el peso de la corrección política. Dambisa Moyo es africana (de Zambia), de raza negra y, claro, mujer. Y esto también ha sido una ayuda para que la claridad de su argumentación llegue al gran público sin el ruido que acompaña a las habituales descalificaciones ad hominen del progresismo mediático, esos mensajes del tipo: "Aquí tenemos otro neoliberal vendido a las grandes corporaciones".

Su experiencia personal y profesional le sirvió para intuir que detrás de la fachada de la ayuda exterior se escondía el verdadero cáncer de la economía africana. Como demuestra este libro, todos estos años sólo han valido para que Occidente lavara su conciencia ante una realidad dolorosa: en un mundo cada vez más rico, hay zonas que se han estancado en la pobreza. Aunque Moyo reconoce que la mayoría de las personas que piden más dinero para África son bienintencionadas y quieren realmente ayudar, lo cierto es que el resultado final de medio siglo de solidaridad no puede ser más devastador.

Evidentemente, el libro no se apoya sólo en intuiciones y mezcla una catarata de datos con una argumentación sencilla de seguir... y difícil de rebatir para sus enemigos. Desde hace doscientos años, decenas de países han salido de la pobreza, empezando por Inglaterra y EEUU en el siglo XIX y acabando con los tigres asiáticos en las tres últimas décadas. Todos ellos tienen dos cosas en común: no recibieron ningún tipo de ayuda al desarrollo (o sólo en cantidades mínimas) y, en cambio, siguieron con denuedo las políticas capitalistas que ha defendido siempre el liberalismo: integración en las redes internacionales de comercio, respeto a la propiedad privada, una normativa económica clara y no confiscatoria, respeto a la libertad empresarial... Mientras, los países africanos han vivido desde su independencia inmersos en el intervencionismo, con numerosos dictadores y políticos populistas, y de espaldas a la globalización que se expandía por el mundo.

En todo este proceso, la ayuda exterior no sólo no ha sido positiva, sino que ha ayudado a agravar los problemas africanos. Como explica Moyo, un Gobierno que recibe miles de millones de dólares en ayuda del exterior es un objetivo mucho más deseado para cualquier golpista o político corrupto. Así pues, Occidente mantiene desde hace décadas una política de envío de fondos que alienta la corrupción y los regímenes totalitarios, mientras al mismo tiempo cierra sus fronteras a los productos africanos. Es justo lo contrario de lo que sacó a los países europeos o norteamericanos de la pobreza.
El mensaje que llega a los habitantes de aquel desdichado continente es que no se merecen que les compremos sus productos, sino sólo nuestra caridad. No dejamos que desarrollen sus industrias, pero les inundamos con nuestras limosnas. Les decimos que no están preparados para el capitalismo que a nosotros nos hizo ricos. El resultado es que, después de haber desembolsado en África el equivalente a diez Planes Marshall, Zambia tiene una renta per cápita que no llega a los 1.600 dólares.
Afortunadamente, Moyo asegura que todavía hay esperanza. En los últimos años varios países africanos están creciendo de forma constante; algunos, incluso, se están aproximando a los países en vías de desarrollo: curiosamente, o no, son los que aplican las recetas que ofrece Cuando la ayuda es un problema: más mercado, menos Gobierno, apertura al exterior. Uno de ellos es Botsuana, que ya ronda los 14.000 dólares per cápita (en paridad de poder adquisitivo).

Para que este ejemplo se extienda hay que romper con muchas inercias, convencer a mucha gente de que lo hecho hasta ahora no ha funcionado y lograr que los votantes occidentales asuman que los africanos abandonarán la pobreza sólo si siguen los mismos derroteros que seguimos nosotros. No será sencillo, pero puede lograrse. Luego, habrá que forzar a los políticos de Europa y Norteamérica a abandonar sus grandilocuentes planes y olvidar esas grandes cumbres en las que se reúnen con el objetivo de ayudar a los pobrecitos africanos. Esto, me temo, será muy complicado, por muy convincente que sea este libro de Dambisa Moyo.

DAMBISA MOYO: CUANDO LA AYUDA ES EL PROBLEMA. Gota a Gota (Madrid), 2011.

Friedman y la sanidad catalana. Domingo Soriano

En las últimas décadas, se ha producido en Europa un saludable proceso privatizador. Poco a poco, el contribuyente se percató de que las aerolíneas, las compañías telefónicas o los aparatos industriales públicos eran completamente ineficientes y ruinosos desde el punto de vista económico. Además, proporcionaban un servicio de muy baja calidad, cada vez más alejado de las necesidades de los consumidores.

Paradójicamente, en los dos bienes que todas las familias más valoran –los cuidados médicos y la educación de los hijos– se ha impuesto de forma abrumadora la creencia de que sólo el Estado es capaz de proporcionar un servicio universal, que nos proteja a todos, especialmente a los hogares menos adinerados. Esto no tiene ningún sentido: precisamente porque nuestra salud y la formación de los jóvenes nos importan tanto es por lo que debemos alejarlas lo más posible de la ineficiente burocracia pública. ¿Por qué creemos que la organización que no es capaz de producir buenos coches a un precio competitivo va a ser particularmente eficiente a la hora de cuidar de nuestros hijos? ¿Por qué permitimos que Leire Pajín o su equivalente autonómico tomen decisiones sobre los cuidados médicos a los que podemos acceder?


Pensaba en todo esto el pasado martes, mientras leía la noticia de que la Generalidad está pensando "imponer" una póliza de seguros obligatoria a los catalanes con rentas más elevadas. Es una información que se une a los continuos globos-sonda sobre la generalización del copago en la sanidad pública. Es el colmo. Después de asegurarnos que los elevadísimos impuestos que pagamos servirían al menos para proporcionarnos unos servicios públicos de calidad, ahora nuestros políticos nos amenazan con hacernos pagar dos o tres veces por algo que ellos mismos han dicho miles de veces que es un "derecho" (de nuevo una palabra completamente distorsionada por el intervencionismo liberticida). Esto por no hablar del perverso incentivo que se crea: aquel catalán que se enriquezca por encima del arbitrario nivel declarado por su Gobierno autonómico, vería cómo, por un lado, se le expulsa de la sanidad pública y, por otro, se le obliga a realizar un gasto que quizás no quiera acometer, empujándolo a los brazos de las compañías aseguradoras, que tendrían un nuevo cliente cautivo. Artur Mas, el jefe del consejero en cuestión, ya ha salido a negar que vayan a aprobar algo así, pero todas las propuestas conocidas en los últimos días van dirigidas hacia el mismo sitio: encarecer la sanidad pública sin ofrecer ninguna alternativa válida al sufrido contribuyente.


Leer completo en Libertad Digital.

Entrevista a Antonio Cabrales sobre la Educación universitaria en España. Domingo Soriano

Aquí la primera parte de la entrevista, sobre enseñanza primaria y secundaria.

Los coreanos y japoneses piensan: "Si quiero trabajar en las mejores empresas de mi país tengo primero que entrar en las mejores universidades". Eso genera incentivos a que los chavales se esfuercen por mejorar sus notas desde el bachillerato. En realidad, aquí pasa algo parecido en algunas carreras. Los chavales que estudian más en el bachillerato son aquellos que quieren ir a Medicina. ¿Por qué? Porque para entrar en Medicina se necesita una nota muy alta.

Los incentivos están muy mal alineados. Se puede hacer mucho mejor sin gastar mucho más. Podría hacerse que la financiación de las universidades (también de las escuelas) dependiera de los resultados.

Por ejemplo, para comparar dos facultades de Administración y Dirección de Empresas (ADE) escoges a dos chicos con la misma nota y dices ¿cuál encuentra trabajo con más facilidad? Los centros que han generado más valor son los que han colocado mejor a sus alumnos. Es una diferencia de desempeño que no depende de medidas de satisfacción, es algo objetivo. Y sabemos que las tasas de empleo son muy diferentes entre las universidades.

Y está muy bien que lo publiquen porque ya por lo menos sabes que la probabilidad de encontrar trabajo si haces ADE (Administración y Dirección de Empresas) es mucho más alta que si haces Filología Hebrea. Ése es un dato muy interesante que los chavales deberían conocer. Pero es que si además separas por universidades, podrías saber que un chico con una nota de siete de tal facultad tiene más probabilidad de encontrar trabajo que un chico con la misma nota en otra facultad. Sólo esa publicación ya generaría muy buenos incentivos, y si además la financiación dependiera de eso, imagínate...

Los chicos no son conscientes del coste de la universidad. Y eso que hay medidas que se podrían aplicar fácilmente. Tú puedes poner precios similares al coste real. Podrían decirte que eso expulsa a los chicos con menos recursos, pero no es cierto. A todo el que no quiera o no pueda pagar se le podría conceder una beca. Eso sí, se le dice: El día que te gradúes, tus impuestos van a tener una sobrecarga para que vayas devolviendo ese dinero.

Obviamente. Ahora los títulos universitarios los están pagando tanto los que se gradúan como los que no. El coste medio por estudiante y año puede estar (aproximadamente) en torno a los 8.000 euros. Tú puedes decirle al estudiante: esos 30.000 euros que te gastas en los cuatro años no es necesario que los pagues ahora si no puedes, pero cuando te gradúes se lo tienes que devolver poco a poco al Estado. Es un mecanismo transparente, bueno y lógico.

P: Es parecido al sistema tipo créditos que defendemos en Libre Mercado. Pero cuando le explicas a alguien este tipo de mecanismos dice: Es que lo voy a estar pagando toda mi vida.

R: ¡Obviamente! Es que la universidad no es gratis.

P: Las estadísticas dicen que aquéllos con titulación superior ganan más que los que no la tienen. Subvencionando la universidad acaba produciéndose una especie de redistribución inversa: de los pobres a los ricos. ¿No es injusto que un chaval de 16 años que se pone a trabajar de albañil esté pagando con sus impuestos los estudios de su vecino que no comenzará a trabajar hasta los 25?

R: Efectivamente. Y más en una situación fiscal tan desesperada como la que estamos. Si tomamos este número de 8.000 euros anuales de coste podemos calcular que en Madrid hay unos 150.000 estudiantes, esto supone un coste total de 1.200 millones. El lío que se ha montado con los profesores de secundaria ha sido por 80 millones...

P: Si tuvieran que pagar la universidad, aunque fuera una vez que la terminasen, los chicos se preguntarían qué quieren hacer con sus estudios.

R: Claro, comenzarían a pensar en la universidad y en el mercado de trabajo antes. Esto te transforma completamente. Los chicos que ya tienen uso de razón, con doce o trece años, pueden preguntarse: Si estudio mucho puedo hacer una buena carrera y si no estudio tanto tendré una titulación mediocre.

P: Pero mucha gente cree que la educación tiene que ser gratis porque sí.

R: Hay que convencer a la gente de que la educación no es gratis. Hay que poner unos recursos para pagarla. La cuestión es, dado que no es gratis, ¿cuál es la mejor manera de pagarla? Y en la universidad no tengo ninguna duda: el que tiene que pagarla es el que recibe el servicio. Por motivos de equidad a algunas personas se les puede posponer el pago. Para eso se pueden aplicar los recargos impositivos, los préstamos, etc... Hay muchas formas de hacerlo. Pero tiene que quedar claro que esto no es gratis.


Leer entrevista completa en Libertad Digital.

Entrevista a Antonio Cabrales sobre la Educación en España. Domingo Soriano


Uno de los mayores problemas de nuestro sistema educativo es justamente el poco respeto hacia la figura del profesor. Si uno mira la evidencia internacional resulta que esto también pasa en otros sitios. Por ejemplo, recientemente estuve en Suecia, que es un país parecido a Finlandia. ¿Por qué tiene resultados peores en el Informe PISA? Un elemento importante es que los profesores en Finlandia son muy respetados.


La autonomía es fundamental. La clave está en la libertad de los centros para gestionar sus recursos humanos, las admisiones, etc...


P: Pero a mucha gente le da miedo que si los colegios pueden establecer sistemas de selección sus hijos no puedan ir a la escuela que ellos elijan.

R: A la gente le da miedo un sistema como éste porque piensan que puede ser un caos. Estaría bien que se hiciera algún experimento y pruebas piloto para que se viera que todo va bien. Pero en un sistema como el actual, en el que lo que prima es la cercanía al centro, una educación gratuita o semigratuita acaba convirtiéndose en una subvención al suelo.

De hecho, existe mucha literatura científica sobre cómo en muchos casos lo que ocurre es que allí donde hay buenas escuelas acaban mudándose los padres con más dinero (lo pagan comprándose unas casas que son allí más caras). Por ejemplo, para ir a la escuela tal de Rhode Island, que quizás sea buenísima, lo que hay que hacer es mudarse a ese barrio, por lo que las casas se encarecen. En Pozuelo, Majadahonda o Boadilla hay institutos muy buenos, pero para ir a ellos hay que vivir allí.

P: Y a la inversa, los pobres sólo pueden ir a institutos de barrios pobres, ¿no?

R: Efectivamente, con un sistema en el que los colegios tuvieran autonomía un chaval de un barrio pobre podría intentar ir a un instituto de otra zona que no sea la suya. Aunque al final, la mayoría de los niños van a la escuela que está más cerca de su casa (es lo que ocurre en Finlandia).


Cuando yo estudiaba éramos cincuenta y ahora son 25 por clase. Eso es muy caro y no parece que sea la forma más inteligente de gastar los recursos. Yo entiendo que en una clase de informática práctica con ordenador debe haber grupos pequeños, pero yo he dado clases magistrales para 150-100-50 ó 25 alumnos y no creo que la diferencia en lo que han recibido sea tan grande.
Puede que sea más inteligente gastarse ese dinero en dar buenos incentivos a los profesores, algo tan sencillo como pago por rendimiento. Establecer un estándar de rendimiento de los alumnos y pagar más a los maestros que consigan mejores resultados.


Leer completa en Libertad Digital.