Contra los creyentes por Fernado Savater

Vuelve Savater sobre las prohibiciones e imposiciones.

Destaco:

A diferencia de lo que pretenden los creyentes, el Estado laico no debe entrar en ningún tipo de polémicas religiosas. Ninguna fe puede convertirse en un eximente para incumplir las leyes civiles, pero tampoco en motivo para penalizar conductas que no se vetan explícitamente en los usos profanos. Si un conductor de autobús musulmán (el caso ha ocurrido en Reino Unido) no permite subir en su vehículo a un invidente acompañado de su perro guía, no es cosa de comenzar a discutir si realmente la saliva del animal esimpura o no según no sé qué ortodoxia: la ley de ayuda a las minusvalías debe cumplirse y punto.

La indudable superioridad de las democracias laicas sobre las teocracias es que en las primeras las mujeres pueden ponerse el velo que quieran y en las otras en cambio no se lo pueden quitar. En cuanto a las disquisiciones teológicas, quedan para los ámbitos académicos y las fiestas de guardar.

Practican lo que Michael Oakeshott llamó en un ensayo memorable la "política de la fe", es decir, tratan de imponer gubernamentalmente la perfección social según la guía de quienes ya vieron la luz de la verdad. O sea, siguen confundiendo política y religión... aunque se crean laicos.



También acerca de la Ilustración dieciochesca, ese pronunciamiento cultural antisupersticioso por excelencia, se han fraguado supersticiones. Una de ellas asegura que los grandes ilustrados, cuyo epítome es Voltaire, persiguieron a los creyentes. No es cierto o, al menos, no lo es salvo que precisemos bien y de forma contraintuitiva los creyentes a quienes nos referimos. Porque en el sentido más acogedor del término, todos somos creyentes... en el siglo XVIII y hoy en día.

Los conocimientos bien fundados fueron y son demasiado escasos para lo que requieren nuestros anhelos de comprender la vida y actuar en la urgencia del momento presente. Como dijo Wittgenstein, incluso cuando tengamos todas las respuestas científicas aún no habremos comenzado a responder las preguntas que más nos importan. De modo que siempre necesitaremos creer además de saber para poder organizar racionalmente nuestra existencia humana.

Esta obviedad paradójica nunca se le escapó a Voltaire, Diderot ni al resto de los más esclarecidos miembros de la cruzada enciclopedista. Cuando ellos denunciaron y combatieron a los "creyentes", nunca pretendieron acabar con quienes conjeturan más allá de lo que pueden comprobar -ellos mismos lo hacían constantemente- sino con los que en nombre de su inverificable certidumbre persiguen y coaccionan a quienes viven según convicciones diferentes. Porque el creyente peligroso no es quien reivindica su fe como un derecho personal, sino quien pretende convertirla en un deber "para todas y todos", como dicen ahora. Voltaire les caracterizaba con el lema "piensa como yo o muere", todavía vigente hoy de forma literal en algunas siniestras teocracias aunque en nuestras sociedades democráticas haya sido sustituido por una fórmula menos sanguinaria: "Piensa como yo o muere... socialmente".

El laicismo del Estado, que es uno de los pilares -amenazados, ay- de la democracia contemporánea, no pretende erradicar creencias personales sino a aquellos que intentan prescribirlas o proscribirlas. Es decir, el Estado se mantiene laico para que los ciudadanos puedan serlo o no serlo según su criterio.

Y las convicciones de cada cual así amparadas no se refieren solamente a cuestiones religiosas o metafísicas, sino también a estilos de vida. Son estos últimos los más difíciles de soportar para los creyentes actuales, que solo se encuentran a gusto en la unanimidad de comportamiento y están dispuestos a exigirla de acuerdo con elevados principios morales... que dejan de serlo, claro, en cuanto se les impone por decreto. La institucionalización democrática no debe pretender instaurar el cielo en la tierra -lo óptimo en dignidad humana, decencia y costumbres edificantes- sino permitir el marco político en el que, dentro de una regulada convivencia, cada cual pueda ir al cielo o al infierno por el camino que prefiera, según postuló Voltaire. Lo contrario es volver a los usos teocráticos... aunque sea nominalmente para desautorizarlos y prohibirlos.

A diferencia de lo que pretenden los creyentes, el Estado laico no debe entrar en ningún tipo de polémicas religiosas. Ninguna fe puede convertirse en un eximente para incumplir las leyes civiles, pero tampoco en motivo para penalizar conductas que no se vetan explícitamente en los usos profanos. Si un conductor de autobús musulmán (el caso ha ocurrido en Reino Unido) no permite subir en su vehículo a un invidente acompañado de su perro guía, no es cosa de comenzar a discutir si realmente la saliva del animal esimpura o no según no sé qué ortodoxia: la ley de ayuda a las minusvalías debe cumplirse y punto.

De igual modo, una joven de la edad legalmente determinada debe poder comprar la píldora poscoital en la farmacia sin trabas, tenga la persona que regenta el establecimiento la opinión moral que fuere sobre esa transacción.

Pero tampoco hay derecho a prohibir velos o tocados a nadie porque se les suponga significados religiosos indeseables según el creyente persecutorio de turno (algunos muy eruditos, eso sí), cuando no despertarían recelo si se los justificase en nombre de la moda o de la extravagancia.

La indudable superioridad de las democracias laicas sobre las teocracias es que en las primeras las mujeres pueden ponerse el velo que quieran y en las otras en cambio no se lo pueden quitar. En cuanto a las disquisiciones teológicas, quedan para los ámbitos académicos y las fiestas de guardar.

Como los creyentes ejercen su santa coacción en beneficio de las almas de los demás, su presa favorita suelen ser las mujeres, cuyas almas tradicionalmente han sido consideradas más vulnerables que el espíritu de los varones.

Sea que se tapen demasiado o que se ofrezcan desnudas al mejor postor, siempre deben ser reprimidas y encauzadas porque solo llegarán a ser libres cuando se las convenza de lo dañino que es hacer lo que les dé la gana.

Antes, cuando la hembra era siempre revival de Eva tentadora, tras cada desvarío masculino alguien advertía: ¡cherchez la femme!; ahora, como ya solo están autorizadas a ser víctimas, en cuanto se recatan o se descocan demasiado los creyentes claman: ¡cherchez l'homme!

Porque se da por hecho que es un hombre siempre el que las desvía del recto sendero de la razón y la decencia. Desgraciadamente es muy frecuente que sean varones quienes las intimidan y mangonean, pero entonces será contra esos tiranuelos contra quienes habrá que actuar sin dejar de reconocer que ellas tienen también voluntad propia.

¿Que no se puede permitir la esclavitud, ni siquiera voluntaria? No hay esclavos ni esclavas felices salvo en la ópera de Arriaga y sin embargo todos nos esclavizamos gustosos de mil maneras por devoción o por ambición. Cuidado con los moralistas que sin escuchar nuestra opinión se sienten legitimados para emanciparnos a fuerza de decretos...

A lo largo de su biografía, los creyentes a veces mejoran de dogmas y pasan del comunismo a la socialdemocracia o el liberalismo, de la ortodoxia teológica al cientifismo y la evolución, de las adicciones juveniles a la salud pública, incluso hay ex caníbales que acaban vegetarianos o antitaurinos.

Pero lo que nunca pierden es el celo persecutorio que les asegura el subidón de adrenalina política. Los demás son cavernícolas oscurantistas, ellos siempre paladines ilustrados inasequibles al desaliento.

Practican lo que Michael Oakeshott llamó en un ensayo memorable la "política de la fe", es decir, tratan de imponer gubernamentalmente la perfección social según la guía de quienes ya vieron la luz de la verdad. O sea, siguen confundiendo política y religión... aunque se crean laicos.

Fernando Savater es escritor.

Immersion por Arcadi Espada


Destaco:

No hay ejemplos significativos de estudiantes que abandonen las aulas sin conocer bien el castellano o el catalán. Los alumnos salen desconociendo los dos idiomas por igual.

Porque el gobierno norteamericano, que observa con la objetividad que suele procurar la lejanía, lo que ve es un entramado sorprendente de leyes que impiden que un ciudadano de un estado europeo pueda escoger como lengua de la enseñanza de sus hijos la única lengua oficial (¡y koiné!) de todo ese Estado. El entramado, además, no es el resultado de una decisión política circunstancial, fácilmente revisable: el Tribunal Supremo y el Constitucional han dictaminado repetidamente, y mucho antes del nuevo Estatuto, la legalidad del modelo lingüístico catalán.

Lo único que en realidad puede hacer el presidente ante el Departamento de Estado es reconocer que el nacionalismo supone una merma de calidad de la democracia española. Una opacidad y una corrupción. Un poder fáctico.



El presidente Zapatero dice que la convivencia lingüística funciona razonablemente bien en España y que así va a comunicárselo al Departamento de Estado norteamericano. Yo estoy de acuerdo. La convivencia funciona bien porque el catalán apenas es un acento del castellano (y viceversa) y la inmersión lingüística tiene poca importancia técnica. No hay ejemplos significativos de estudiantes que abandonen las aulas sin conocer bien el castellano o el catalán. Los alumnos salen desconociendo los dos idiomas por igual. Y lo mismo pasaría (y es algo que los nacionalistas olvidan con frecuencia) si no hubiera inmersión lingüística, pero se exigiera académicamente el conocimiento de las dos lenguas. La inmersión lingüística, en el caso concreto catalán, no influye sobre el conocimiento lingüístico y mucho menos sobre el aprendizaje. Sólo es la forma en que los nacionalistas marcan territorio, política y fisiológicamente hablando. Esto se ve con nitidez cuando se recuerda que los nacionalistas catalanes consideran la lengua un signo de identidad. Siguiendo su lógica deberían aceptar que para muchos españoles que viven en Cataluña la lengua es también eso mismo. Y que, en consecuencia, no quieren ver su identidad arrebatada en el aula o en sus comercios. Pero, naturalmente, no hay aquí el menor correlato lógico: lo que pretenden los nacionalistas es que su signo de identidad prevalezca sobre el de los otros, desde su convencimiento de que tienen más derechos que los otros. La defensa de los derechos lingüisticos del castellano en Cataluña se ha decantado ingenuamente por las cuestiones sentimentales o técnicas, cuando la reivindicación debía haber sido política. De perro a perro para decirlo con un ladrido.

El problema del presidente Zapatero es que no puede replicar al gobierno norteamericano diciendo que no se preocupe nadie, que al fin y al cabo se trata de dos dialectos muy pegadizos. Porque el gobierno norteamericano, que observa con la objetividad que suele procurar la lejanía, lo que ve es un entramado sorprendente de leyes que impiden que un ciudadano de un estado europeo pueda escoger como lengua de la enseñanza de sus hijos la única lengua oficial (¡y koiné!) de todo ese Estado. El entramado, además, no es el resultado de una decisión política circunstancial, fácilmente revisable: el Tribunal Supremo y el Constitucional han dictaminado repetidamente, y mucho antes del nuevo Estatuto, la legalidad del modelo lingüístico catalán.

Lo único que en realidad puede hacer el presidente ante el Departamento de Estado es reconocer que el nacionalismo supone una merma de calidad de la democracia española. Una opacidad y una corrupción. Un poder fáctico.

Legalizar drogas no erradica la violencia: CCSP por Ana Francisca Vega

Vega sobre el debate en Méjico en torno a la legalización de las drogas.



Regresa al debate público el tema de legalizar o no las drogas. Comparto aquí algunas ideas muy básicas que me parecen esenciales como punto de partida para la discusión.

1. Debatir es sano, pero hay que hacerlo con argumentos, no desde la moral ni desde el desconocimiento. Con respecto al debate sobre qué hacer con las drogas ilícitas en México, el “creo que…” debe ser sustituido por “la evidencia dice que…”.

2. Abrir el debate no quiere decir nada más que abrir el debate.

3. La discusión sobre despenalización, legalización y otras formas de lidiar jurídicamente con las drogas en una sociedad es una discusión compleja. Desde los medios de comunicación debemos tener cuidado de no reducirla a titulares sensacionalistas que en nada ayudan a la comprensión del tema.

4. Como en cualquier sociedad que se ha debatido el tema, hay que comenzar por reconocer que legalización no significa descontrol, lo que parece ser el miedo de muchos. Por el contrario, al legalizar el Estado tiene la posibilidad de retomar el control de al menos dos aspectos fundamentales para su existencia: territorio y recursos.

En este sentido, legalizar la producción, posesión y comercio de ciertas drogas -principalmente la marihuana- es tomar el control de un mercado en el que ahora poco tenemos que decir y del que sólo recibimos externalidades negativas.

5. Despenalizar las drogas sirve para reducir los costos del Estado (lo que gastan en prisiones o en su sistema de justicia, por ejemplo); legalizar ayuda a reducir los costos que hasta ahora ha pagado la sociedad, principalmente aquellos relacionados con la violencia y las extorsiones.

6. Legalizar liberaría recursos para prevenir los constantes aumentos en el consumo de las drogas. Hasta ahora los presupuestos para prevención y tratamiento son ínfimos.

7. Hay cientos de estudios científicos que validan la idea de que invertir en reducción del consumo, tratamiento y prevención es una política pública sensata y eficiente.

Por otro lado, no existe evidencia alguna de que continuar invirtiendo en prohibir la producción, transporte y consumo de drogas vaya a tener algún resultado positivo... simplemente no hay datos que respalden esta opción.

8. A pesar de que México no está en condiciones de legalizar unilateralmente sin que Estados Unidos se suba al carro, es importante debatir y combatir los mitos que acompañan la discusión internamente.

Además, debemos entender que aunque la legalización no está en la agenda de Estados Unidos a nivel federal, los estados están haciendo mucho para liberalizar sus políticas. El problema fiscal al que los enfrenta la prohibición es enorme. El estado de las cosas está comenzando a cambiar.

9. La legalización no es una decisión de “todo o nada”. Los mercados de las drogas son distintos y debemos distinguir y valorar el daño que le causan a nuestra sociedad de forma individual.

Parte del debate será entrarle a los específicos: qué drogas, bajo qué normas, con qué esquemas, con qué restricciones. ¿Queremos un ejemplo?

Sigamos el debate sobre la propuesta 19 que, de aceptarse en las elecciones de noviembre próximo, hará de California el primer estado en legalizar el uso, la posesión y la venta de marihuana.

En este caso, la legalización de la marihuana iría acompañada de un código civil y criminal consecuente con el objetivo: desmantelar un dañino mercado ilegal.

Black Hawk Down

Black Hawk derrivado es otro peliculón de Ridley Scott.

En esta revísión he comprobado que la película gana con el tiempo, que la acción es trepidante, te crees lo que ves y que realmente así es la guerra, disparos, heridos, caos, sangre, crueldad, compañerismo, valentía, cobardía, miedo, etc.

Aunque la película se centra en la visión de los soldados refleja muy bien toda la violencia generada por un conflicto armado.

Para verla más veces.

A toda costa contra el ser humano por Juan Ramón Rallo

Rallo sobre la ecología y el desarrollo.



Existe una cierta perversión en esa idea de que el ser humano, que hasta donde sé forma parte de la naturaleza, destruye la naturaleza a través de su comportamiento también natural. Sólo concibiendo al ser humano como un elemento exógeno a la naturaleza, como un parásito que debe ser sometido o erradicado, cabe defender seriamente que los individuos destruyen el entorno.

Quienes deseamos que cada vez más seres humanos vivan mejor somos conscientes de la necesidad de ir controlando porciones crecientes del medio; mejor dicho, somos conscientes de que tenemos que adaptar nuestro entorno a nuestras necesidades y no al revés. Como dice George Reisman:

Todas las actividades productivas humanas consisten fundamentalmente en la redisposición de los elementos químicos que nos ofrece la naturaleza con el fin de hacer que los mismos se encuentren en una relación más útil con el ser humano—es decir, con el fin de mejorar su entorno.

La alternativa a que el hombre controle el medio es que el medio controle al hombre; es decir, que los individuos repriman la satisfacción de sus fines, su felicidad o incluso su supervivencia para no alterar el curso "natural" (más bien artificial, pues se extrae al hombre de su medio) de las cosas.

Un disparate que nos llevaría a regresar a nuestra "naturaleza" salvaje y pendiente de civilizar: desnutrición, insalubridad, analfabetismo y frustración vital a cambio de minimizar nuestra influencia sobre el entorno. Es decir, justo aquellas desgraciadas situaciones de las que el ser humano trata siempre de escapar en cuanto tiene ocasión, haciendo un uso inteligente y creativo de su entorno.

Los ecologistas, pues, podrán descivilizar la humanidad, pero a menos que le coloquen cadenas y grilletes ésta volverá a emerger; ningún individuo, ni siquiera los ultraideologizados ecologistas, aceptaría malvivir en situaciones tan precarias sin tratar de prosperar. De ahí que se imponga la necesidad, no de reeducar al ser humano, sino de acabar con él.

Nos dicen ahora los ecologistas de Greenpeace que debemos arramblar con ciudades enteras porque estamos destruyendo la costa española. En 7,7 precisas hectáreas cifran la aniquilación diaria de la misma; pues la costa, ya saben, se destruye cuando se habita, cuando el ser humano la utiliza para mejorar su vida. Y, a la inversa, la costa se construye cuando se destruyen todas esas aberraciones humanas que son las ciudades, esos monumentos de cemento que nos sirven para vivir, comerciar, relacionarnos, disfrutar, crecer y morir.

La conclusión es sencilla: nos volveremos tanto más naturales cuanto menos humanos seamos. Pues lo que molesta a los ecologistas, en el fondo, no es que el individuo modifique su entorno –al cabo, todos los seres vivos lo hacen– sino que lo modifique con algún criterio, con alguna finalidad, haciendo uso de su razón. Es la razón lo que les sobra: son una apoteosis del irracionalismo, del regreso a las cavernas y al salvajismo. Greenpeace y otros altavoces subvencionados del misticismo ecologista no denuncian la destrucción a toda costa del terruño que suponen nuestras costas sino que promueven la destrucción a toda costa de la civilización humana.

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores, galardonado con el Premio Libre Empresa 2010.