Lecturas 04.12.2012


La alternativa liberal es acabar con la Seguridad Social, lo que abriría el complejo problema de los costes de transición, y sólo resultaría políticamente asumible si la confianza de los ciudadanos en el Estado se derrumba, lo que a su vez sólo se producirá si las pensiones bajan mucho más. Eso es precisamente lo que aún no ha sucedido.

¿A dónde va el CO2?, por Antón Uriarte.

Debido a las emisiones de combustibles fósiles por parte de la humanidad existe un cierto desequilibrio en el intercambio natural. El CO2 proveniente de los combustibles fósiles —que estaba ya fuera del ciclo del carbono vivo y vuelve a incorporarse a él— hace aumentar la cantidad de CO2 que hay en la atmósfera pero también la cantidad de carbono orgánico del mar y de la biomasa (a pesar de la deforestación tropical).

Cuba's Ladies in White:

 

Qué pasa ahora en Egipto, por Jordi Pérez Colomé.

Egipto votará el 15 de diciembre en referéndum un borrador lleno de artículos ambiguos y oscuros. No es un texto fundacional y consensuado que inaugure un nuevo Egipto. Es más bien, como todo en esta transición, una opción mala ante otra desconocida.

Moisés y la tierra prometida, por Henry Kamen.

El separatismo no es ninguna respuesta a nada. Muchos creen que en un mundo moderno como el nuestro no tiene cabida reducirse al estrecho marco de una nación provinciana, y que el futuro está en integrarse dentro de sociedades, economías, culturas y tecnologías más grandes y mejores, en lugar de amadrigarse en un mundo más y más pequeño de horizontes limitados, controlado por burócratas corruptos y élites burguesas que creen en ideologías que pueden parecer reales arriba en la montaña, pero aquí abajo, en el llano, no son nada más que el material del que están hechos los sueños.

Jinchul Kim

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Víctima, 3 de diciembre: Ignacio Uría Mendizábal

El 3 de diciembre de 2008 la banda terrorista ETA asesinaba a tiros en Azpeitia (Guipúzcoa) al empresario de la construcción IGNACIO URÍA MENDIZÁBAL. La víctima se dirigía a la cafetería donde diariamente jugaba al tute con sus amigos. Nada más aparcar su vehículo en las inmediaciones de la misma, dos terroristas lo acribillaron a balazos.
Los autores del atentado dispararon tres tiros contra Uría, que recibió dos impactos de bala. Al menos uno de los disparos le alcanzó en la cabeza provocándole la muerte en el acto. Pese a ello, los servicios sanitarios que acudieron al lugar de los hechos intentaron reanimar al empresario en la misma Plaza Ignacio de Loyola.
Los dos terroristas habían robado un coche en el alto de Itzíar, reteniendo a su conductor y atándolo a un árbol. Dejaron su vehículo y se dirigieron a Azpeitia con el coche sustraído. Una vez tiroteado Uría, los etarras regresaron al alto de Itzíar, al lugar donde habían dejado el primer vehículo utilizado y donde habían abandonado al conductor del segundo coche, al que prendieron fuego para borrar huellas. Después, emprendieron la huida en el primer vehículo. El conductor del coche sustraído logró quitarse las ataduras y avisar a su madre, la propietaria del coche, que fue quien denunció los hechos a la Ertzaintza.
La víctima no llevaba escolta, pese a que era consejero de la constructora Altuna y Uría, que trabajaba en las obras del trazado ferroviario del Tren de Alta Velocidad (TAV) entre Arrazua y Villareal de Álava, conocido popularmente como la Y vasca. En apenas dos años, las obras habían sufrido más de treinta ataques, además de tres atentados con bomba contra las empresas adjudicatarias de las obras, todos ellos reivindicados por ETA. La empresa de Ignacio Uría había sido saboteada en marzo de 2007, cuando varios vehículos aparecieron con las ruedas pinchadas, pintadas y los tubos de escape taponados.
A principios de enero de 2008, la banda asesina hizo un paralelismo entre el TAV y los proyectos de la central nuclear de Lemóniz –que dejó de construirse– y la autovía de Leizarán –que tuvo que modificar su trazado–. En ambos casos el Estado cedió ante el chantaje y el asesinato de la banda terrorista por lo que ésta no tuvo ninguna duda de que tendría que actuar igual con la construcción del TAV. Pocos meses después, el 18 de agosto, ETA envió un nuevo comunicado en el que amenazaba a las empresas que participaban en las infraestructuras de la línea ferroviaria vasca. En el mismo calificaba al TAV como un proyecto "ajeno a los intereses de Euskal Herria" y asumía la autoría de la colocación de  las bombas dirigidas contra constructoras que participaban en las obras. "No ha habido derecho a decidir al respecto", aseguraba la banda terrorista, que acusaba al PNV de querer prorrogar sus ganancias a costa de "enterrar en cemento" el territorio por el que tendría que pasar la infraestructura ferroviaria. A la amenaza de ETA se había sumado, como en anteriores ocasiones, la izquierda proetarra, con constantes movilizaciones contra el proyectoque uniría por tren de alta velocidad las tres capitales vascas. Según fuentes policiales, el empresario asesinado, además, había recibido varias amenazas en los últimos años por no pagar el impuesto revolucionario
Muchas veces se ha hablado de la indiferencia con la que la sociedad vasca ha tratado a las víctimas de ETA, pero en el caso del asesinato de Ignacio fue algo más que indiferencia. Sólo desde la óptica del miedo, que ha llevado a la anestesia de la sociedad, se puede entender que los amigos de Ignacio no suspendiesen su habitual partida de cartas. En una crónica de Miguel M. Ariztegi para El Mundo, acompañada con la foto del cadáver de Ignacio junto a otra de sus amigos jugando al tute, podíamos leer:
La cuadrilla no perdonó la partida de tute del miércoles. Dos balas impidieron que Ignacio, el más puntual de todos, se acomodara en su silla frente a la ventana y pidiese su café y su Farias. "Nunca traía mechero, así que si querías jugar con él tenías que traer fuego", comenta uno de sus habituales en una pausa. La cafetería Uranga se encuentra a 200 metros del lugar elegido por los asesinos para acabar con la vida de Ignacio, y el miércoles sus parroquianos continuaron con su rutina, con la única diferencia de que otro ocupó el lugar del asesinado (...)
El ambiente de la cafetería oscila entre la resignación y el sordo resentimiento, pero son pocos los que se atreven a significarse, y mucho menos a acompañar su opinión con un nombre que la respalde. "Estas cosas joden porque no sólo destrozan una vida y una familia, sino la convivencia de todo un pueblo, porque aquí nos conocemos todos y no va a haber dios que se fíe de nadie, y menos la familia", comenta un atrevido desde la barra. Nadie le contesta. Ni le dan la razón ni se la quitan (...)
"Hoy hemos empezado a jugar a las cuatro y media; antes hemos estado hablando de todo lo que ha pasado", comenta otro con las cartas en la mano, que previamente señalaba la silla donde se solía sentar el ausente. Será el miedo o será el manto de normalidad que cubre todo lo que termina por convertirse en habitual a fuerza de repetirse, pero ni siquiera sus compañeros de baraja se plantean los últimos porqués de la muerte de su amigo. Le recuerdan como si la muerte le hubiese sobrevenido por una catástrofe natural, o un fatal quiebro del destino (...)
En la televisión de plasma de una esquina -única concesión tecnológica del local-, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, gesticula con semblante serio. El volumen está al mínimo y nadie le presta atención. Todos saben de sobra lo que ha ocurrido, pero no tienen ninguna intención de hablar de ello (...) (El Mundo, 4/12/2008).
El comité de empresa de Altuna y Uría no logró la condena unánime del asesinato, pues sólo siete de sus diez miembros, los del sindicato nacionalista ELA, rechazaron el crimen. Los tres miembros de LAB no apoyaron la condena. Sin embargo, al día siguiente del atentado cientos de trabajadores de la empresa se congregaron en la sede de Azpeitia bajo una pancarta de ELA que decía en euskera: "Porque somos nacionalistas y trabajadores, no estamos de acuerdo".
Ignacio Uría Mendizábal tenía 71 años, estaba casado con Manoli Aramendi y tenía cinco hijos, dos mujeres (María y Jaione) y tres varones (Íñigo, Iosu e Igor). Todos los que le conocían señalaron que era una persona con la que daba gusto convivir por su contagiosa alegría y buen humor, además de un incansable trabajador. Pese a su edad, seguía parcialmente activo en la empresa y se dedicaba por las mañanas a visitar personalmente las numerosas obras que esta compañía tenía adjudicadas en Guipúzcoa, departía con los jefes de obra y se interesaba y controlaba el estado de los trabajos.
La empresa fue fundada en los primeros años de la década de los 50 por su padreAlejandro Uría, un albañil que "empezó de cero" y que procedía del caserío Azkune del barrio de Loyola, el mismo en el que se ubica la sede social de la compañía. Como señaló Luis Mendizábal, primo de Ignacio, el padre de la víctima, su tío Alejandro,
Era un hombre duro, enérgico y trabajador. Trabajo y más trabajo, lana eta lana, no había otro destino para aquellas personas que en el siglo pasado fueron capaces de dar un salto cualitativo tan fuerte como era pasar del mundo rural y baserritarra a la nueva sociedad industrial (El Correo, 4/12/2008).
Alejandro legó la empresa a sus tres hijos varones (Imanol, Ignacio y Luis Mari), aunque éstos compartían la propiedad con los tres hijos de Altuna, el socio de su padre. Veinte años antes del asesinato los tres hermanos Uría compraron su parte a los Altuna y se hicieron con el control total de la compañía, aunque no llegaron a cambiar la denominación, que continuó siendo Altuna y Uría. La empresa contaba en el momento del asesinato del empresario con casi cuatrocientos trabajadores en la plantilla.
Semanas después del atentado, en la Nochebuena de ese mismo año, la familia de Ignacio hizo público un comunicado en el que se leía:
Desde que nuestro marido y padre Inaxio no está con nosotros los días se nos hacen largos y las noches aún más. El 3 de diciembre ha quedado marcado con dolor y sufrimiento en el calendario de nuestras vidas. Los primeros días no teníamos fuerzas para decir nada y queremos agradecer a todos los que en aquellos duros días nos ofrecieron su ayuda y consuelo (...) Por ello, a todos, gracias de corazón. Por encima de todo, Inaxio, nuestro marido y padre, era una buena persona. Un hombre normal, humilde y trabajador. Siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Nació y creció en el caserío Azkune donde, como todos los baserritarras, trabajó desde que era un niño junto con sus hermanos y hermanas. Poco a poco, entre todos consiguieron sacar adelante la empresa que fundó su padre y que hoy es reflejo de todos los esfuerzos y difíciles trances que tuvieron que superar (...) Inaxio amaba a Euskal Herria. Él se sentía vasco y nacionalista y así nos lo manifestaba. Pero al parecer, eso no le era suficiente para poder vivir en libertad en su tierra. Los mismos que dicen que están en contra de las imposiciones que sufre Euskal Herria, le han quitado a nuestro marido y padre su derecho a vivir con dos cobardes disparos. ¿Cómo se puede estar en contra de las imposiciones y luego imponer una muerte que no tiene vuelta atrás? ¿No es ésta una clara prueba de hipocresía? ¿Es ésta la Euskal Herria que queremos los vascos? Las preguntas se revuelven en nuestro interior. Preguntas sin respuesta. ETA, ¿por qué, para qué y en nombre de quién habéis asesinado a Inaxio? ¿Es así como vais a liberar a Euskal Herría? ¿Echando piedras contra nuestro propio tejado? La mejor respuesta que nos podéis dar a nosotros y a todos los que aman a Euskal Herria sería acabar con toda esta violencia. Que la muerte de Inaxio sea la última. Que ninguna otra familia tenga que padecer el dolor que sufrimos nosotros (...) También viven entre nosotros otros vascos que no han tenido la valentía de condenar este asesinato. Entre ellos, y sin ir más lejos, se encuentra el alcalde de Azpeitia y sus concejales, del mismo pueblo donde nacimos nosotros e Inaxio. Es muy grave que maten con dos disparos a un hijo de tu pueblo y no seas capaz ni de condenarlo. ¿Qué podemos decirles? Que ha llegado a Euskal Herria la hora de dejar atrás la cobardía; para todos, empezando desde los políticos hasta el ciudadano mas humilde. Poneos todos en nuestro lugar y tratad de encontrarle un sentido a todo esto. No lo vais a encontrar, porque no lo tiene. Ya es hora de que cada uno deje sus intereses particulares a un lado y que nos unamos todos. Ese será el mejor favor que podemos hacer a nuestro país. Ésa es la única manera para que todos podamos vivir en libertad. Aunque lo intentemos, no podemos entender cuál fue para los terroristas el mal que pudo haber hecho nuestro padre. ¿El haber participado en las obras del TAV? ¿El ser empresario? ¿Es ése el pecado que le ha condenado a morir? ¿Quién decide quiénes son los culpables en nuestro país? ¿Quién ha firmado la sentencia antes de celebrar el juicio?: ETA. El pueblo vasco ya ha sufrido con anterioridad la cruel represión fascista y ahora ETA está haciendo lo mismo. Con dos cobardes disparos deciden todo lo que afecta a Euskal Herria. ¿Para conseguir qué? Destrozar a una familia y para hundir más todavía a este pueblo. Nosotros no sabemos hacer política, no somos políticos. Ni somos ideólogos ni filósofos. Nuestras palabras no cambiarán este mundo pero no quisiéramos que la muerte de Inaxio sea un nombre más de una ya larga lista. La gente olvidará todo esto y el mundo seguirá girando, lo sabemos. Pero estamos seguros de que si cada uno hiciera, junto con nosotros, una pequeña reflexión, este pueblo sufriría un poco menos. Por último, nos queda decirles a aquellos que no condenan este asesinato que no sigan tratando de justificar lo injustificable en nombre de la libertad de nuestro pueblo.
Ignacio Uría Mendizábal fue la cuarta y última víctima mortal de la banda terrorista ETA del año 2008, tras el exconcejal socialista Isaías Carrasco, asesinado el 7 de marzo, dos días antes de las elecciones generales; el guardia civil Juan Manuel Piñuel Villalón, asesinado en Villarreal de Álava el 14 de mayo, y el brigada del Ejército de Tierra Luis Conde de la Cruz, asesinado en Santoña (Cantabria) el 22 de septiembre.

Historia de la ciencia. Javier Ordóñez, Víctor Navarro y José Manuel Sánchez Ron. 2003

El libro es un recorrido a lo largo de la historia de la humanidad buscando la relación entre la ciencia actual y los conocimientos que han dado lugar a la misma, desde los tiempos de Babilonia y Egipto, hasta el Proyecto del Genoma Humano, pasando por todas las épocas intermedias. He echodo en falta más referencias a China y Asia, en general. Lógicamente el libro se limita a dar pinceladas porque abarca la totalidad de la historia de la humanidad, centrándose en el tema de la ciencia. Pero lo anterior no ha mermado mi interés sino que ha despertado mi curiosidad por saber más e investigar más a fondo los muchos temas y personas mencionadas. Todas las ramas de la ciencia están presentes: medicina, física, astronomía, química, biología, etcétera. Es evidente que el saber es acumulación y este libro lo deja claro, por ejemplo en el caso de Aristóteles que "se había beneficiado sin duda de la buena biblioteca que había en la Academia y, probablemente, allí supo valorar la eficacia que tiene la acumulación de conocimiento para la producción del conocimiento" (p. 110). 

Lo incluyo entre mis libros favoritos.

Describe algunos de los acontecimientos históricos que acompañan a los temas relacionados con la historia de la ciencia, para enmarcarlos en su contexto. La lectura es muy amena y sirve para ver la complejidad de los problemas a los que se ha enfrentado la humanidad y cómo se han buscado herramientas para intentar solucionarlos, o al menos convivir con ellos. Y de todas esas herramientas la ciencia es una de las mejores.

Cada uno de los autores se ha encargado de una de las tres partes del libro.

Primera parte: Antigüedad y Edad Media. Javier Ordóñez. 

Abarca desde Babilonia y Egipto hasta el siglo XIV, aproximadamente  En esta parte se repasan los inicios de lo que ahora llamamos ciencia, porque "parece difícil sostener que podamos hablar de algo llamado ciencia que se haya mantenido constante a lo largo de milenios" (p. 15).

Fundamental para el futuro desarrollo de la humanidad fue la invención de la escritura, cuyos "primeros sistemas (...) datan al menos de tres mil años antes de nuestra era y parece que se desarrollaron de forma paralela en las dos regiones mencionadas (Mesopotamia y el Nilo)" (p. 31). Por ejemplo: "la lengua griega tuvo la flexibilidad suficiente tanto para expresar las ideas, conocimientos y prácticas que lograron inventar, como para difundirlas" al estar "dotada con una herramienta alfabética, unas decenas de signos que podían dar cuenta de cualquier sonido" (p. 63).

Con algunas curiosidades que desconocía, como el origen de los nombres de los días de la semana, atribuidos "a los siete cuerpos celestes móviles, en el orden siguiente: Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno y Sol" (p. 45).

Igualmente curioso comprobar como "Aristarco (en el siglo III a.de N.E.) sugirió que el centro  del mundo estaba ocupado por el Sol, que la tierra y todos los planetas giran en torno a él y que sólo la Luna giraba en torno a la tierra". Y "conviene aclarar y subrayar que no era la primera vez que se hablaba de Heliocentrismo. En el siglo anterior, un filósofo ateniense llamado Heráclides" ya lo había sugerido (p. 142). Habría que esperar muchos siglos para que la teoría tuviera una aceptación total. La verdad tarda en abrirse paso, pero es inexorable.

Por la misma época Eratóstenes fue capaz de determinar el tamaño de la Tierra (p. 157). ¡Estamos hablando de hace unos 2300 años!

El autor desmonta dos mitos: El primero que el "Imperio romano fue acientífico o que contiribuyó poco al desarrollo de las ciencias", y el segundo que "el periodo posterior a su disolución (...) es un milenio a lo largo del cual las diferentes sociedades mediterráneas vivieron en una cierta oscuridad que sólo se levantó someramente en el amanecer del siglo XV" (p. 176). De hecho, gracias a la presencia del Islam "brillaron las ciencias y las técnicas, la filosofía natural y las matemáticas. Pero la ciencia islámica hizo algo más: sacó al Mediterráneo de su aislamiento y lo relacionó con el oriente más extremo" (p. 185).

La relación entre ciencia y religión no podía esquivarse, y el libro no lo hace, por ejemplo, el autor escribe que "no debemos interpretar que el cristianismo fuera una religión necesariamente acientífica, pero al igual que ocurrió con el Islam, la otra gran religión monoteísta, las ciencias debieron negociar con ella como no lo habían hecho hasta entonces ni en el mundo helenístico ni en el romano. Así, las ciencias que se cultivaron hasta ese momento tuvieron que justificarse a partir de entonces ante la teología, una nueva ciencia cuyo objetivo era un conocimiento que se pretendía superior a cualquier otro por la excelencia de su objeto, el mismo Dios" (p .182).

"Al-Jwarizmī dio a conocer la utilización de símbolos numéricos de origen hindú que colocados en orden y utilizando el cero, permitían realizar operaciones aritmética con mucha más facilidad. Al-Jwarizmī sentó igualmente los fundamentos del álgebra." (p. 189).

La astronomía fue otro punto fuerte de la ciencia islámica. Por ejemplo, Al-Battani fue capaz de medir la inclinación de la elíptica, es decir, el ángulo entre la órbita de la tierra y el plano ecuatorial, con un error inferior a medio minuto de arco, y el de los puntos equinocciales, con un error de sólo una hora" (p. 190).

Respecto a la química, la ciencia islámica "incluye el descubrimiento del alcohol, de los ácidos nítirco y sulfúrico, del nitrato de plata y el potasio, la determinación del peso específico de algunos cuerpos, el desarrollo de técnicas sofisticadas de sublimación, cristalización y destilación, así como de usos industriales de la 'química', como la utilización de sofisticados tintes y la fabricación de destilados de plantas, flores, etc., para diversos usos" (p. 196).

En el siglo IX "se introducen en la península, procedentes de Persia e India, el azúcar, las espinacas, la berenjena, las alcachofas o el azafrán, etc., así como los métodos de regadío para el aprovechamiento del agua" (p. 198).

"La universidad medieval fue un organismo social que transformó la vida intelectual de las antiguas escuelas y que sobrevivió a los avatares políticos y religiosos de todos los siglos posteriores.
[...] 
Bolonia (1150), París (1200), Oxford (1220) y Padua (1222) son lugares donde se asentaron estas primeras universidades. [...] Posteriormente se fundaron universidades en Cambridge (1225), Salamanca (1230), Nápoles (1224) y en otras muchas ciudades" (p. 212). "Pese a las difíciles comunicaciones y condiciones económicas de la época, hubo una notable movilidad de maestros, ya que todo maestro podía enseñar en cualquier universidad, y además muchos de ellos pertenecían a órdenes religiosas que favorecían la movilidad. La enseñanza se realizaba en un latín que no era el clásico, sino el resultado de la evolución lingüística que se había producido en la Edad Media". Aunque "las ciencias no eran la enseñanza preponderante, y la facultad de teología era la más prestigiosa y la que exigía más años de dedicación para conseguir el grado de doctor o maestro" (p. 214).

Un instrumento fundamental para el desarrollo de la ciencia, sobre todo facilitando la navegación, en el siglo XIII fue el reloj mecánico, "que venía a resolver el problema de la medición del tiempo terrestre, fundamental tanto en el desarrollo de la vida cotidiana como en el de las observaciones astronómicas" (p. 221).

Segunda parte: Edad Moderna. Víctor Navarro. 

Hace un recorrido desde es siglo XV al XVIII, aproximadamente.

Los logros técnicos en el Renacimiento fueron muchos e importantes  "desarrollo del maquinismo, gracias en gran medida a la difusión del sistema biela-manivela; perfeccionamiento de las máquinas para aumentar su rendimiento y aprovechar mejor la energía disponible; investigaciones sobre engranajes; innovaciones en las técnicas de explotación agrícola [...]; desarrollo y difusión de la imprenta y de la industria papelera; desarrollo e innovación en las técnicas militares; [...] la conquista del espacio: redes de carreteras al servicio de los estados nacientes y del comercio y la comunicación; nuevas técnicas de construcción de puentes, desarrollo de las navegación fluvial y resolución de sus múltiples problemas; innovaciones profundas en las técnicas de navegación" (p. 240).

"Los descubrimientos geográficos iniciados por los portugueses en el siglo XV" tuvieron sus consecuencias científicas: "1. La explosión informativa que [...] permitió una representación cada vez más exacta de la realidad física planetaria y una comunicación global. 2. el desarrollo técnico y científico acelerado en terrenos  como la astronomía náutica  la cartografía y la geografía  el geomagnetismo, la arquitectura naval y militar, la hidrografía, la botánica, la zoología, la antropología y la etnografía, etc. 3. La crítica racional, sistemática y documentada de una parte importante de los presupuestos dominantes del conocimiento, heredados de la Antigüedad clásica y del periodo medieval, que tendrían que aceptarse o rechazarse con criterios basados en la observación la comparación y el razonamiento, y no tanto por el criterio de autoridad" (pp. 241-242).

Me sorprende descubrir que un genio como Tycho Brahe "nunca aceptó la verdad de la teoría heliocéntrica, por razones astronómico-cosmológicas y físicas y también por las derivadas del significado literal de determinados pasajes de las Sagradas Escrituras" (p. 261).

"El redescubrimiento del mundo clásico fomentó entre los humanistas no solamente la búsqueda de manuscritos y códices, sino también el coleccionismo arqueológico y, en general, de objetos artificiales y naturales" (p. 270). "Entre las contribuciones de los museos y colecciones naturalistas a la transformación de la filosofía natural tradicional, se ha destacado dos, en particular  la primera sería la asimilación del arte a la naturaleza, y la segunda, la promoción del ideal fáctico, es decir, la consideración de los hechos separados de su explicación, ilustración o inferencia" (p. 271).

El autor recuerda que "aunque lo limitado del espacio nos obliga a concentrarnos en las figuras más destacadas, también destacaremos en la medida de lo posible la naturaleza colectiva y cooperativa de la nueva ciencia que se fue constituyendo en esta época (siglo XVII)" (p. 302).

Como sucede muy a menudo en la historia de la humanidad "en 1616 la Congregación General de la Inquisición declaró que un sistema heliocéntrico era absurdo en filosofía y formalmente herético, y que atribuir movimiento a la Tierra, además de absurdo en filosofía era al menos erróneo en cuanto a fe" (p. 310). Imaginemos lo rápido que podríamos haber progresado sin estas interferencias absurdas, peligrosas y estúpidas.

Se destaca la figura de Galileo que "inauguró la era de la observación telescópica y aportó con sus observaciones datos de la mayor importancia para la unificación de los cielos y la tierra, es decir, para la cosmología copernicana. Asimismo construyó una teoría matemática del movimiento de los graves y sentó las bases de una nueva concepción del movimiento, compatible con la teoría heliocéntrica" (p. 314). Además de destacar muchos otros logros de este genio.

No podía faltar Kepler en este repaso y su "descubrimiento de las dos leyes que llevan su nombre" (p. 317). Kepler fue discípulo de Tycho Brahe, y sus leyes datan de 1609.

Descartes también ayudo mucho al desarrollo de la ciencia, mejorando los plantemientos de Galileo sobre el movimiento de los cuerpos, "contribuyo a legitimar el uso de intrumentos-artificios y diseños experimentales en la ciencia", y contribuyó decisivamente a unificar el álgebra y la geometría", entre otros mucho logros (pp. 335).

Muchos nombres importantes y sus logros son destacados: William HarveyMarcello Malpighi, Robert Hooke (del que se destaca su obra Micrografía), Isaac Newton, Willem Jacob's Gravesande, Robert Boyle, etcétera. Es apasionante ir enlazando los logros de todos ellos, y muchos otros, e ir comprobando como la acumulación de conocimiento nos ha llevado a donde estamos ahora, y a un futuro mucho más excitante.

El autor escribe que "en cuanto a las relaciones ciencia-técnica en la revolución industrial, cuestión que ha sido y es un importante tema de debate, de manera provisional puede afirmarse que en esta época la ciencia recibió más de la técnica que ésta de la ciencia" (p. 370). Esta tesis coincide con la expuesta por Matt Ridley, en El optimista racional:
Un último comentario del libro es la relación de la ciencia con los inicios de la prosperidad. Por ejemplo (p. 251): "La industria que más se estaba transformando, la del hilado y el tejido de algodón, era de poco interés para los científicos, y viceversa. Las máquinas de hilar de husos múltiples, hidráulica, híbrida y los telares que revolucionaron el trabajo del algodón fueron inventadas por hombres de negocios hábiles, no por cerebritos pensantes: "por cabezas duras y dedos astutos". Se ha dicho que nada en sus diseños hubiera desconcertado a Arquímedes". Aunque el autor indica que (p. 252): "Posteriormente, la ciencia sí contribuiría al creciente ritmo de invención, y la línea entre el descubrimiento e invención se volvería más difusa conforme avanzaba el siglo XIX".
Como transición a la Edad contemporánea mencionar que "hubo, en el siglo XVIII, algunos pensadores [...], como Diderot o d'Holbach, que deseaban eliminar cualquier cosa que pudiera limitar el poder creativo de la naturaleza; pensadores ateos que desafiaron el argumento del diseño y presentaron a la naturaleza como la única realidad. En algunos aspectos, los ateos ilustrados llegaron muy cerca de la filosofía del evolucionismo moderno, si bien sus ideas no se desarrollaron con el rigor de una teoría científica y permanecieron como audaces especulaciones" (p. 416).

Tercera parte: Edad contemporánea. José Manuel Sánchez Ron. 

Repasa los siglos XIX y XX. Esta parte es la que más me ha gustado, porque es donde la ciencia toma el protagonismo absoluto y despega, convirtiéndose en una herramienta fundamental para el desarrollo de la humanidad.

Darwin es uno de las principales personas en el desarrollo de la ciencia, de hecho "la razón por la que pasaron tantos años hasta la escritura y publicación de Sobre el origen de las especies es que el exigente espíritu de Darwin no se conformaba con algunos indicios, por muy claros que éstos pareciesen. Deseaba estar seguro, y así se convirtió en un infatigable, casi obseso, buscador de hechos, de detalles, que completasen el gran rompecabezas que quería componer: nada más y nada menos que la historia natural de la vida sobre la Tierra" (p. 439). Un científico.

Durante el siglo XIX la medicina dio un paso clave, "fue entonces cuando esa disciplina varias veces milenaria, que muchos califican de 'arte', se hizo verdaderamente 'científica'. y lo hizo sobre todo a través de una de sus ramas: la fisiología" (p. 457).

Incluso en la épocas más recientes separar cada una de las disciplinas es complejo y "aunque nos empeñemos en introducir divisiones, existe una unidad intrínseca en la historia de la ciencia sin la cual difícilmente podremos comprender sus aspectos más interesantes" (p. 461).

Además de todos los desarrollos en las ciencias biomédicas, "la medicina del siglo XIX no debe ser recordada únicamente por este tipos de desarrollos  Es imprescindible también rememorarla por los logros realizados en la mejora de la salud pública. muchos de tales logros se debieron a reformas en las condiciones de vida (como el control de la calidad del agua y los alimentos, sistemas de alcantarillado o limpieza de letrinas, calles y acequias). Sin embargo, otros, extremadamente importantes, se produjeron dentro de la propia medicina, pero de una 'medicina no tan científica' como propugnaba Claude Bernard, podríamos decir. Avances como los llevados a cabo por el dentista estadounidense Horace Wells (1815-1848), que en diciembre de 1844 utilizó éter, esto es, óxido nitroso (entonces denominado 'gas hilarante', por los efectos estimulantes que producía), como anestésico para extraer él mismo una de sus muelas; por John Collins Warren (1778-1856), quien, ayudado como anestesista por el dentista William Thomas Morton (1819-1868), el 6 de octubre de 1846, en el Hospital General de Massachusetts de Boston, realizó la primera operación con éter, tras la cual pronunció una frase célebre: 'Señores, esto no es superchería'; por James Young Simpson (1811-1870), que el 19 de enero de 1847 utilizó, en Edimburgo, por primera vez cloroformo para aliviar los dolores de un parto; o por Ignaz Semmelweis (1818-1865), quien en 1848 descubrió una de las causas de la infección de las heridas en la sociedad de las manos de los médicos, introduciendo medidas antisépticas (como el lavado de manos)" (pp. 463-464).

A lo largo de la historia de la humanidad ha habido inventos que han producido "una ruptura cualitativa del orden establecido". Esto se produjo con el invento del telégrafo y la unión mediante un cable de Europa y América, "Políticos, militares, hombres de negocios, toda la sociedad, en definitiva, tuvieron que aprender nuevos modos de comportamiento. Cambió el mundo, el mundo de la política, el mundo de los negocios y de las relaciones internacionales" (p. 492).

Otro de los fracasos de los regímenes comunistas "está (en) el escaso atractivo que el sistema económico-industrial-científico soviético tuvo para científicos de otras naciones. Para decirlo de otra forma: mientras que Estados Unidos se benefició (y continúa beneficiándose) de la fuga de cerebros de un gran número de naciones, no sucedió lo mismo en la unión Soviética" (p. 541).

Para ver en perspectiva la evolución de los computadores veamos como era uno de los primeros: "17 000 tubos electrónicos, unidos por miles de cables, pesaba 30 toneladas y consumía 174 kilovatios  (p. 544). La llegada de los transistores y circuitos integrados revoluciono este campo.


El libro es muchísimo más de lo que he expuesto y comentado en esta entrada, no dejen de leerlo si les interesa como el ser humano ha ido acumulando conocimiento para desarrollar esa herramienta llamada ciencia.


Titulo: Historia de la ciencia.
Autores: Javier Ordóñez, Víctor Navarro y José Manuel Sánchez Ron.
Editorial: Espasa Calpe (colección austral).
Fecha: 2003.
Páginas: 639.

ISBN: 8467016698.

Víctima, 2 de diciembre: Carlos Fernández Valcárcel

Libertad Digital.


El 2 de diciembre de 1980 fallece en la Residencia Sanitaria de la Seguridad Social de Logroño el inspector de Policía CARLOS FERNÁNDEZ VALCÁRCEL, cinco días después de que los miembros de la banda terrorista ETA Isidro Echave Urrestrilla y Juan Manuel Soares Gamboa hicieran estallar un potente coche-bomba en la calle Ollerías de Logroño cuando cuatro amigos salían de un bar cercano. La explosión mató en el acto al comerciante Miguel Ángel San Martín y dejó también muy grave a Joaquín Martínez Simón, que fallecería el 3 de enero de 1981.
Sólo sobrevivió el cuarto amigo, José Luis Hernández Hurtado, también herido grave (estuvo siete meses de baja), que el 27 de noviembre de 2010, treinta años después, relataba en larioja.com que todavía soñaba con el atentado. José Luis tenía entonces 40 años: "Lo recuerdo como si hubiese sido ayer (...) Salvé la vida milagrosamente ya que el cuerpo de Miguel Ángel San Martín me hizo de coraza". José Luis recuerda hasta el orden de salida del bar: "Primero Carlos, luego San Martín, que medía 1,85 metros y pesaba cien kilos, y después yo, que mido 1,69 y pesaba 68 kilos. El último, Joaquín".
Carlos Fernández Valcárcel sufrió heridas graves en todo el cuerpo, estallido pulmonar y abdominal, además de quemaduras. Tuvieron que extirparle el bazo y un riñón en una primera intervención quirúrgica que duró tres horas. Su estado empeoró radicalmente el 1 de diciembre, sufriendo un shock séptico que provocó su muerte al día siguiente, martes 2 de diciembre.
El 3 de diciembre se celebró el funeral por su alma. El féretro, cubierto con la bandera nacional y escoltado por miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, fue trasladado a hombros por familiares y compañeros de la víctima desde la capilla ardiente, instalada en el Gobierno Civil, hasta la catedral de La Redonda.
La viuda, familiares, amigos y un centenar de miembros de las fuerzas de seguridad se concentraron a la salida de la catedral, para despedir los restos mortales del agente asesinado. En ese momento, algunas personas dieron gritos de "¡Viva la Policía!", "¡Viva el Ejército!" y "ETA, asesina".
Carlos Fernández Valcárcel tenía 40 años. Estaba casado, tenía dos hijos y era natural de La Coruña. El féretro con sus restos mortales fue trasladado en avión a su ciudad natal, donde fue enterrado. Por Real Decreto 308/2005, de 18 de marzo, Carlos Fernández Valcárcel fue ascendido, con carácter honorífico y a título póstumo, al puesto de comisario.