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Historia de la ciencia. Javier Ordóñez, Víctor Navarro y José Manuel Sánchez Ron. 2003

El libro es un recorrido a lo largo de la historia de la humanidad buscando la relación entre la ciencia actual y los conocimientos que han dado lugar a la misma, desde los tiempos de Babilonia y Egipto, hasta el Proyecto del Genoma Humano, pasando por todas las épocas intermedias. He echodo en falta más referencias a China y Asia, en general. Lógicamente el libro se limita a dar pinceladas porque abarca la totalidad de la historia de la humanidad, centrándose en el tema de la ciencia. Pero lo anterior no ha mermado mi interés sino que ha despertado mi curiosidad por saber más e investigar más a fondo los muchos temas y personas mencionadas. Todas las ramas de la ciencia están presentes: medicina, física, astronomía, química, biología, etcétera. Es evidente que el saber es acumulación y este libro lo deja claro, por ejemplo en el caso de Aristóteles que "se había beneficiado sin duda de la buena biblioteca que había en la Academia y, probablemente, allí supo valorar la eficacia que tiene la acumulación de conocimiento para la producción del conocimiento" (p. 110). 

Lo incluyo entre mis libros favoritos.

Describe algunos de los acontecimientos históricos que acompañan a los temas relacionados con la historia de la ciencia, para enmarcarlos en su contexto. La lectura es muy amena y sirve para ver la complejidad de los problemas a los que se ha enfrentado la humanidad y cómo se han buscado herramientas para intentar solucionarlos, o al menos convivir con ellos. Y de todas esas herramientas la ciencia es una de las mejores.

Cada uno de los autores se ha encargado de una de las tres partes del libro.

Primera parte: Antigüedad y Edad Media. Javier Ordóñez. 

Abarca desde Babilonia y Egipto hasta el siglo XIV, aproximadamente  En esta parte se repasan los inicios de lo que ahora llamamos ciencia, porque "parece difícil sostener que podamos hablar de algo llamado ciencia que se haya mantenido constante a lo largo de milenios" (p. 15).

Fundamental para el futuro desarrollo de la humanidad fue la invención de la escritura, cuyos "primeros sistemas (...) datan al menos de tres mil años antes de nuestra era y parece que se desarrollaron de forma paralela en las dos regiones mencionadas (Mesopotamia y el Nilo)" (p. 31). Por ejemplo: "la lengua griega tuvo la flexibilidad suficiente tanto para expresar las ideas, conocimientos y prácticas que lograron inventar, como para difundirlas" al estar "dotada con una herramienta alfabética, unas decenas de signos que podían dar cuenta de cualquier sonido" (p. 63).

Con algunas curiosidades que desconocía, como el origen de los nombres de los días de la semana, atribuidos "a los siete cuerpos celestes móviles, en el orden siguiente: Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno y Sol" (p. 45).

Igualmente curioso comprobar como "Aristarco (en el siglo III a.de N.E.) sugirió que el centro  del mundo estaba ocupado por el Sol, que la tierra y todos los planetas giran en torno a él y que sólo la Luna giraba en torno a la tierra". Y "conviene aclarar y subrayar que no era la primera vez que se hablaba de Heliocentrismo. En el siglo anterior, un filósofo ateniense llamado Heráclides" ya lo había sugerido (p. 142). Habría que esperar muchos siglos para que la teoría tuviera una aceptación total. La verdad tarda en abrirse paso, pero es inexorable.

Por la misma época Eratóstenes fue capaz de determinar el tamaño de la Tierra (p. 157). ¡Estamos hablando de hace unos 2300 años!

El autor desmonta dos mitos: El primero que el "Imperio romano fue acientífico o que contiribuyó poco al desarrollo de las ciencias", y el segundo que "el periodo posterior a su disolución (...) es un milenio a lo largo del cual las diferentes sociedades mediterráneas vivieron en una cierta oscuridad que sólo se levantó someramente en el amanecer del siglo XV" (p. 176). De hecho, gracias a la presencia del Islam "brillaron las ciencias y las técnicas, la filosofía natural y las matemáticas. Pero la ciencia islámica hizo algo más: sacó al Mediterráneo de su aislamiento y lo relacionó con el oriente más extremo" (p. 185).

La relación entre ciencia y religión no podía esquivarse, y el libro no lo hace, por ejemplo, el autor escribe que "no debemos interpretar que el cristianismo fuera una religión necesariamente acientífica, pero al igual que ocurrió con el Islam, la otra gran religión monoteísta, las ciencias debieron negociar con ella como no lo habían hecho hasta entonces ni en el mundo helenístico ni en el romano. Así, las ciencias que se cultivaron hasta ese momento tuvieron que justificarse a partir de entonces ante la teología, una nueva ciencia cuyo objetivo era un conocimiento que se pretendía superior a cualquier otro por la excelencia de su objeto, el mismo Dios" (p .182).

"Al-Jwarizmī dio a conocer la utilización de símbolos numéricos de origen hindú que colocados en orden y utilizando el cero, permitían realizar operaciones aritmética con mucha más facilidad. Al-Jwarizmī sentó igualmente los fundamentos del álgebra." (p. 189).

La astronomía fue otro punto fuerte de la ciencia islámica. Por ejemplo, Al-Battani fue capaz de medir la inclinación de la elíptica, es decir, el ángulo entre la órbita de la tierra y el plano ecuatorial, con un error inferior a medio minuto de arco, y el de los puntos equinocciales, con un error de sólo una hora" (p. 190).

Respecto a la química, la ciencia islámica "incluye el descubrimiento del alcohol, de los ácidos nítirco y sulfúrico, del nitrato de plata y el potasio, la determinación del peso específico de algunos cuerpos, el desarrollo de técnicas sofisticadas de sublimación, cristalización y destilación, así como de usos industriales de la 'química', como la utilización de sofisticados tintes y la fabricación de destilados de plantas, flores, etc., para diversos usos" (p. 196).

En el siglo IX "se introducen en la península, procedentes de Persia e India, el azúcar, las espinacas, la berenjena, las alcachofas o el azafrán, etc., así como los métodos de regadío para el aprovechamiento del agua" (p. 198).

"La universidad medieval fue un organismo social que transformó la vida intelectual de las antiguas escuelas y que sobrevivió a los avatares políticos y religiosos de todos los siglos posteriores.
[...] 
Bolonia (1150), París (1200), Oxford (1220) y Padua (1222) son lugares donde se asentaron estas primeras universidades. [...] Posteriormente se fundaron universidades en Cambridge (1225), Salamanca (1230), Nápoles (1224) y en otras muchas ciudades" (p. 212). "Pese a las difíciles comunicaciones y condiciones económicas de la época, hubo una notable movilidad de maestros, ya que todo maestro podía enseñar en cualquier universidad, y además muchos de ellos pertenecían a órdenes religiosas que favorecían la movilidad. La enseñanza se realizaba en un latín que no era el clásico, sino el resultado de la evolución lingüística que se había producido en la Edad Media". Aunque "las ciencias no eran la enseñanza preponderante, y la facultad de teología era la más prestigiosa y la que exigía más años de dedicación para conseguir el grado de doctor o maestro" (p. 214).

Un instrumento fundamental para el desarrollo de la ciencia, sobre todo facilitando la navegación, en el siglo XIII fue el reloj mecánico, "que venía a resolver el problema de la medición del tiempo terrestre, fundamental tanto en el desarrollo de la vida cotidiana como en el de las observaciones astronómicas" (p. 221).

Segunda parte: Edad Moderna. Víctor Navarro. 

Hace un recorrido desde es siglo XV al XVIII, aproximadamente.

Los logros técnicos en el Renacimiento fueron muchos e importantes  "desarrollo del maquinismo, gracias en gran medida a la difusión del sistema biela-manivela; perfeccionamiento de las máquinas para aumentar su rendimiento y aprovechar mejor la energía disponible; investigaciones sobre engranajes; innovaciones en las técnicas de explotación agrícola [...]; desarrollo y difusión de la imprenta y de la industria papelera; desarrollo e innovación en las técnicas militares; [...] la conquista del espacio: redes de carreteras al servicio de los estados nacientes y del comercio y la comunicación; nuevas técnicas de construcción de puentes, desarrollo de las navegación fluvial y resolución de sus múltiples problemas; innovaciones profundas en las técnicas de navegación" (p. 240).

"Los descubrimientos geográficos iniciados por los portugueses en el siglo XV" tuvieron sus consecuencias científicas: "1. La explosión informativa que [...] permitió una representación cada vez más exacta de la realidad física planetaria y una comunicación global. 2. el desarrollo técnico y científico acelerado en terrenos  como la astronomía náutica  la cartografía y la geografía  el geomagnetismo, la arquitectura naval y militar, la hidrografía, la botánica, la zoología, la antropología y la etnografía, etc. 3. La crítica racional, sistemática y documentada de una parte importante de los presupuestos dominantes del conocimiento, heredados de la Antigüedad clásica y del periodo medieval, que tendrían que aceptarse o rechazarse con criterios basados en la observación la comparación y el razonamiento, y no tanto por el criterio de autoridad" (pp. 241-242).

Me sorprende descubrir que un genio como Tycho Brahe "nunca aceptó la verdad de la teoría heliocéntrica, por razones astronómico-cosmológicas y físicas y también por las derivadas del significado literal de determinados pasajes de las Sagradas Escrituras" (p. 261).

"El redescubrimiento del mundo clásico fomentó entre los humanistas no solamente la búsqueda de manuscritos y códices, sino también el coleccionismo arqueológico y, en general, de objetos artificiales y naturales" (p. 270). "Entre las contribuciones de los museos y colecciones naturalistas a la transformación de la filosofía natural tradicional, se ha destacado dos, en particular  la primera sería la asimilación del arte a la naturaleza, y la segunda, la promoción del ideal fáctico, es decir, la consideración de los hechos separados de su explicación, ilustración o inferencia" (p. 271).

El autor recuerda que "aunque lo limitado del espacio nos obliga a concentrarnos en las figuras más destacadas, también destacaremos en la medida de lo posible la naturaleza colectiva y cooperativa de la nueva ciencia que se fue constituyendo en esta época (siglo XVII)" (p. 302).

Como sucede muy a menudo en la historia de la humanidad "en 1616 la Congregación General de la Inquisición declaró que un sistema heliocéntrico era absurdo en filosofía y formalmente herético, y que atribuir movimiento a la Tierra, además de absurdo en filosofía era al menos erróneo en cuanto a fe" (p. 310). Imaginemos lo rápido que podríamos haber progresado sin estas interferencias absurdas, peligrosas y estúpidas.

Se destaca la figura de Galileo que "inauguró la era de la observación telescópica y aportó con sus observaciones datos de la mayor importancia para la unificación de los cielos y la tierra, es decir, para la cosmología copernicana. Asimismo construyó una teoría matemática del movimiento de los graves y sentó las bases de una nueva concepción del movimiento, compatible con la teoría heliocéntrica" (p. 314). Además de destacar muchos otros logros de este genio.

No podía faltar Kepler en este repaso y su "descubrimiento de las dos leyes que llevan su nombre" (p. 317). Kepler fue discípulo de Tycho Brahe, y sus leyes datan de 1609.

Descartes también ayudo mucho al desarrollo de la ciencia, mejorando los plantemientos de Galileo sobre el movimiento de los cuerpos, "contribuyo a legitimar el uso de intrumentos-artificios y diseños experimentales en la ciencia", y contribuyó decisivamente a unificar el álgebra y la geometría", entre otros mucho logros (pp. 335).

Muchos nombres importantes y sus logros son destacados: William Harvey, Marcello Malpighi, Robert Hooke (del que se destaca su obra Micrografía), Isaac Newton, Willem Jacob's Gravesande, Robert Boyle, etcétera. Es apasionante ir enlazando los logros de todos ellos, y muchos otros, e ir comprobando como la acumulación de conocimiento nos ha llevado a donde estamos ahora, y a un futuro mucho más excitante.

El autor escribe que "en cuanto a las relaciones ciencia-técnica en la revolución industrial, cuestión que ha sido y es un importante tema de debate, de manera provisional puede afirmarse que en esta época la ciencia recibió más de la técnica que ésta de la ciencia" (p. 370). Esta tesis coincide con la expuesta por Matt Ridley, en El optimista racional:
Un último comentario del libro es la relación de la ciencia con los inicios de la prosperidad. Por ejemplo (p. 251): "La industria que más se estaba transformando, la del hilado y el tejido de algodón, era de poco interés para los científicos, y viceversa. Las máquinas de hilar de husos múltiples, hidráulica, híbrida y los telares que revolucionaron el trabajo del algodón fueron inventadas por hombres de negocios hábiles, no por cerebritos pensantes: "por cabezas duras y dedos astutos". Se ha dicho que nada en sus diseños hubiera desconcertado a Arquímedes". Aunque el autor indica que (p. 252): "Posteriormente, la ciencia sí contribuiría al creciente ritmo de invención, y la línea entre el descubrimiento e invención se volvería más difusa conforme avanzaba el siglo XIX".
Como transición a la Edad contemporánea mencionar que "hubo, en el siglo XVIII, algunos pensadores [...], como Diderot o d'Holbach, que deseaban eliminar cualquier cosa que pudiera limitar el poder creativo de la naturaleza; pensadores ateos que desafiaron el argumento del diseño y presentaron a la naturaleza como la única realidad. En algunos aspectos, los ateos ilustrados llegaron muy cerca de la filosofía del evolucionismo moderno, si bien sus ideas no se desarrollaron con el rigor de una teoría científica y permanecieron como audaces especulaciones" (p. 416).

Tercera parte: Edad contemporánea. José Manuel Sánchez Ron. 

Repasa los siglos XIX y XX. Esta parte es la que más me ha gustado, porque es donde la ciencia toma el protagonismo absoluto y despega, convirtiéndose en una herramienta fundamental para el desarrollo de la humanidad.

Darwin es uno de las principales personas en el desarrollo de la ciencia, de hecho "la razón por la que pasaron tantos años hasta la escritura y publicación de Sobre el origen de las especies es que el exigente espíritu de Darwin no se conformaba con algunos indicios, por muy claros que éstos pareciesen. Deseaba estar seguro, y así se convirtió en un infatigable, casi obseso, buscador de hechos, de detalles, que completasen el gran rompecabezas que quería componer: nada más y nada menos que la historia natural de la vida sobre la Tierra" (p. 439). Un científico.

Durante el siglo XIX la medicina dio un paso clave, "fue entonces cuando esa disciplina varias veces milenaria, que muchos califican de 'arte', se hizo verdaderamente 'científica'. y lo hizo sobre todo a través de una de sus ramas: la fisiología" (p. 457).

Incluso en la épocas más recientes separar cada una de las disciplinas es complejo y "aunque nos empeñemos en introducir divisiones, existe una unidad intrínseca en la historia de la ciencia sin la cual difícilmente podremos comprender sus aspectos más interesantes" (p. 461).

Además de todos los desarrollos en las ciencias biomédicas, "la medicina del siglo XIX no debe ser recordada únicamente por este tipos de desarrollos  Es imprescindible también rememorarla por los logros realizados en la mejora de la salud pública. muchos de tales logros se debieron a reformas en las condiciones de vida (como el control de la calidad del agua y los alimentos, sistemas de alcantarillado o limpieza de letrinas, calles y acequias). Sin embargo, otros, extremadamente importantes, se produjeron dentro de la propia medicina, pero de una 'medicina no tan científica' como propugnaba Claude Bernard, podríamos decir. Avances como los llevados a cabo por el dentista estadounidense Horace Wells (1815-1848), que en diciembre de 1844 utilizó éter, esto es, óxido nitroso (entonces denominado 'gas hilarante', por los efectos estimulantes que producía), como anestésico para extraer él mismo una de sus muelas; por John Collins Warren (1778-1856), quien, ayudado como anestesista por el dentista William Thomas Morton (1819-1868), el 6 de octubre de 1846, en el Hospital General de Massachusetts de Boston, realizó la primera operación con éter, tras la cual pronunció una frase célebre: 'Señores, esto no es superchería'; por James Young Simpson (1811-1870), que el 19 de enero de 1847 utilizó, en Edimburgo, por primera vez cloroformo para aliviar los dolores de un parto; o por Ignaz Semmelweis (1818-1865), quien en 1848 descubrió una de las causas de la infección de las heridas en la sociedad de las manos de los médicos, introduciendo medidas antisépticas (como el lavado de manos)" (pp. 463-464).

A lo largo de la historia de la humanidad ha habido inventos que han producido "una ruptura cualitativa del orden establecido". Esto se produjo con el invento del telégrafo y la unión mediante un cable de Europa y América, "Políticos, militares, hombres de negocios, toda la sociedad, en definitiva, tuvieron que aprender nuevos modos de comportamiento. Cambió el mundo, el mundo de la política, el mundo de los negocios y de las relaciones internacionales" (p. 492).

Otro de los fracasos de los regímenes comunistas "está (en) el escaso atractivo que el sistema económico-industrial-científico soviético tuvo para científicos de otras naciones. Para decirlo de otra forma: mientras que Estados Unidos se benefició (y continúa beneficiándose) de la fuga de cerebros de un gran número de naciones, no sucedió lo mismo en la unión Soviética" (p. 541).

Para ver en perspectiva la evolución de los computadores veamos como era uno de los primeros: "17 000 tubos electrónicos, unidos por miles de cables, pesaba 30 toneladas y consumía 174 kilovatios  (p. 544). La llegada de los transistores y circuitos integrados revoluciono este campo.


El libro es muchísimo más de lo que he expuesto y comentado en esta entrada, no dejen de leerlo si les interesa como el ser humano ha ido acumulando conocimiento para desarrollar esa herramienta llamada ciencia.


Titulo: Historia de la ciencia.
Autores: Javier Ordóñez, Víctor Navarro y José Manuel Sánchez Ron.
Editorial: Espasa Calpe (colección austral).
Fecha: 2003.
Páginas: 639.

ISBN: 8467016698.

Las ciencias más claras por José Manuel Sánchez Ron

Artículo de José Manuel Sánchez Ron sobre la literatura de divulgación científica de la que soy un adicto.

Destaco el párrafo final:

"Ambos fueron magníficos científicos, pero no quiero recordarlos por esto, sino porque supieron utilizar sus conocimientos profesionales para escribir libros maravillosos que no sólo nos educaron en la ciencia, sino que también conmovieron nuestras almas. Mostrando -en especial Gould- una cultura amplísima y una gran nobleza literaria, supieron engranar de mil maneras la ciencia con todo aquello más primitiva y sinceramente humano, con eso que hace que a veces hablemos de "la condición humana". Y no hay mejor literatura de divulgación científica -o de lo que sea- que aquella que sabe hacer esto".


ARTÍCULO:

La ciencia y la tecnología dominan nuestras vidas, aunque nuestro "mundo emocional" pueda volar -o, mejor, creer que vuela- en otras direcciones, libre de semejantes ataduras. Pero los conocimientos científicos y técnicos, esos que nos encontramos a la vuelta de cada esquina, llámense estos como se llamen (ordenador personal, Internet, teoría de la relatividad, horno de microondas, mecánica cuántica, resonancia magnética nuclear, DVD, satélite espacial Hubble, células fotovoltaicas o código genético), no se obtienen gratis: sus profesionales, los que los "inventan" o controlan, los adquieren mediante un largo y exigente aprendizaje. Y como la mayoría de nosotros, la gente que puebla las calles y que viaja en el metro, no posee semejante educación, ¿qué debe hacer?, ¿resignarse a ser un convidado de piedra del globalizado mundo tecnocientífico, un mero usuario de lo que ve -por mucha que sea su pericia al mover el ratón o apretar las teclas que sean- como "cajas negras"?

Afortunadamente existen caminos intermedios entre la pasiva ignorancia y el conocimiento riguroso. Uno de ellos lo proporciona la literatura de divulgación científica, un género con una larga historia a sus espaldas. Obras de divulgación científica son las Cartas a una princesa de Alemania sobre algunas cuestiones de física y de filosofía (1768, 1772) de Leonhard Euler (1707-1783), que recogen las misivas que envió a la sobrina de Federico el Grande, que deseaba ser instruida por el Príncipe de las Matemáticas, o dos libros debidos al físico y astrónomo Pierre-Simon Laplace (1749-1827), la Exposición del sistema del mundo (1796), en el que presentó de manera asequible para lectores cultivados pero no especialistas una visión general de lo que la ciencia de la Ilustración sabía acerca de, sobre todo, el Sistema Solar, y el Ensayo filosófico sobre las probabilidades (1814), aquel en el que se puede leer esa frase famosa y estremecedora que dice: "Una inteligencia que en un momento determinado conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza, así como la situación respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos".

Habida cuenta del importante contenido filosófico de dos de las anteriores obras, las Cartas y el Ensayo, es posible argumentar que estas no pertenecen realmente al ámbito de la divulgación sino al de la filosofía. Pero semejante planteamiento es erróneo puesto que la divulgación científica no se limita a la mera explicación de apartados concretos de la ciencia (teorías, instrumentos, experimentos, científicos), sino que puede, asimismo, ir más allá, penetrando en otros territorios intelectuales a la vez que se realizan tales explicaciones. Los libros de este tipo se pueden clasificar como de "divulgación científica", pero también de "ensayos", y como suele suceder en este género son tanto mejores cuanto más rico es el mundo personal, la imaginación y la habilidad narrativa de sus autores. De hecho, quienes se adentran en este ambiguo género suelen utilizarlo para defender ideas propias, detalle que aunque por un lado puede conducir a presentaciones interesadas, posee el atractivo de dotarlas de una vida que de otra forma tal vez carecerían. En más de un sentido, y aunque pertenece por derecho propio a la clase de las obras inmortales de la historia de la ciencia, también podemos considerar Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano (1632), de Galileo Galilei (1564-1642), como un libro de divulgación. De hecho, fue precisamente por su éxito en divulgar el modelo heliocéntrico de Copérnico por lo que su autor recibió en 1633 la condena de la Inquisición romana, que contribuyó más que su ciencia a que su nombre sea universalmente recordado. El Diálogo de 1632 posee algo que la mejor literatura de divulgación científica debería tener siempre: transparencia expositiva e imaginación literaria. Los tres personajes creados por Galileo para protagonizar ese diálogo, Salviati, Sagredo y Simplicio, han pasado a formar parte de la cultura universal, de la misma manera que lo han hecho otros inolvidables personajes de ficción.

Y no es Galileo el único Grande entre los Grandes de la ciencia que dio a luz una obra que cualquier texto de divulgación debería intentar imitar. Antes de que viese la luz su paradigmático Origen de las especies (1859) -cuya claridad también permite verlo como un texto de divulgación a la vez que de mayúscula creación científica-, Charles Darwin (1809-1882) había escrito un libro que hizo de él un autor de éxito: el, empleando el título más frecuente en castellano, Viaje de un naturalista alrededor del mundo (1839), en el que describió el periplo alrededor del mundo que realizó en el Beagle entre diciembre de 1831 y octubre de 1836, y durante el cual sembró las semillas de las que años más tarde brotaría su teoría de la evolución de las especies.

La mención de nombres como los de Euler, Laplace, Kepler, Galileo o Darwin conduce directamente a una cuestión de gran relevancia en nuestro tecnificado mundo: ¿deben los científicos más destacados, esos que iluminan los caminos de la investigación científica, dedicar algún tiempo a escribir libros de divulgación científica, tarea que puede "desviarlos" de practicar las habilidades por las que son preciosos? A pesar de lo muy conveniente que es disponer de tales exposiciones, no existe respuesta clara a esta pregunta. Es un hecho, no obstante, que los ejemplos en este sentido son cada vez más numerosos, y que la nómina histórica no se limita a los Euler y compañía: Michael Faraday alcanzó renombre como divulgador, en conferencias que desde 1826 pronunció en Navidad en la sede de la Royal Institution londinense (fruto de esa actividad fue un interesante librito titulado La historia química de una vela), y Albert Einstein divulgó en 1917 sus dos teorías de la relatividad en un breve texto, Teoría de la relatividad especial y general, del que en 1922 ya se habían realizado 14 reimpresiones, con un total de 65.000 ejemplares vendidos.

Pero como decía antes, es en los últimos años cuando más, y con más frecuencia, practican los científicos la divulgación científica. ¿Lo hacen por "conciencia social"?, ¿por deseo de ser conocidos más allá de los limitados círculos en los que desarrollan su actividad?, ¿por ambiciones económicas? Seguramente, por todo esto, y no hay nada malo en ello, porque sean las que sean las razones todos nos beneficiamos (el ejemplo -y el éxito- de Stephen Hawking con su Breve historia del tiempo, tuvo un gran valor ejemplificador). El resultado es una producción abundante, no limitada a científicos ya mayores, con sus capacidades creadoras limitadas. Nombres y títulos distinguidos son, por ejemplo, James Watson, el codescubridor de la estructura del ADN, y su La doble hélice; la zoóloga Rachel Carson (Primavera silenciosa), el entomólogo Edward Wilson (Sobre la naturaleza humana), Rita Levi Montalcini y su conmovedor Elogio de la imperfección, los físicos Steven Weinberg (Los tres primeros minutos del Universo), Roger Penrose (La nueva mente del emperador) y Murray Gell-Mann (El quark y el jaguar), o a los biólogos moleculares y de poblaciones Luca Cavalli-Sforza (¿Quiénes somos?) y Jarred Diamond (Armas, gérmenes y acero).

Podría, por supuesto, ampliar sin demasiada dificultad la anterior lista; mencionar, por ejemplo, a autores-científicos como Ian Stewart, Lynn Margulis, Brian Greene, John Barrow, Martin Rees, Paul Davies o Craig Venter, y también a españoles como Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro, Francisco Rubia, Jorge Wagensberg y, aunque no sean científicos de formación, Jesús Mosterín o Eduardo Punset, pero cualquier lista estaría incompleta si no incluyera a los dos mejores: el astrofísico Carl Sagan (1934-1996) y el paleontólogo y biólogo evolutivo Stephen Jay Gould (1941-2002).

Ambos fueron magníficos científicos, pero no quiero recordarlos por esto, sino porque supieron utilizar sus conocimientos profesionales para escribir libros maravillosos que no sólo nos educaron en la ciencia, sino que también conmovieron nuestras almas. Mostrando -en especial Gould- una cultura amplísima y una gran nobleza literaria, supieron engranar de mil maneras la ciencia con todo aquello más primitiva y sinceramente humano, con eso que hace que a veces hablemos de "la condición humana". Y no hay mejor literatura de divulgación científica -o de lo que sea- que aquella que sabe hacer esto.