La constitución de los nacionalistas. Arcadi Espada


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La importancia nacionalista es la de un poder fáctico. Estricta y vergonzosamente. Un poder chulesco y sentimental que amenaza con choques de trenes, desafecciones y no sé que otra golpiza. Ya sería hora de confrontar con la realidad el poderío de bravuconería semejante. PP y PSOE han reformado la Constitución aplicando la legalidad y la razón. Que es justamente lo que se niegan a hacer los nacionalistas cuando no cumplen (dando cuenta de su naturaleza fáctica, más allá del bien del mal) las sentencias de los tribunales.

Green lights for red-light districts. Tim Harford

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Perhaps we should not be surprised that when a large number of people drop into town, many of them men, local sex workers see an opportunity to do business. Tourists worry less about being spotted by a neighbour or a colleague. And to the extent that some men may be weighing up the relative attractions of paying for sex versus looking for a wife or girlfriend, being in a city far from home makes looking for a girlfriend relatively less tempting.
It may seem alarmingly cold to view men as weighing up the costs and the benefits of finding a wife versus hiring a prostitute – and just as stark to view women as making the same decision in reverse – but the idea is not mine.

Almost a decade ago, two economists, Lena Edlund of Columbia University and Evelyn Korn of the University of Marburg, published an article, “A Theory of Prostitution” (PDF), which modelled exactly these decisions. One of their purposes was to explain why sex workers can earn so much money. The abstract begins with a puzzle: “Prostitution is low-skill, labour intensive, female and well paid.” The economists suggested a “marriage market explanation” as the reason why. If marriage can provide women with an important source of income, “it follows that prostitution must pay better than other jobs to compensate for the opportunity cost of forgone marriage market earnings”.

La educación en Chile. Gabriela Calderón


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Pero consideremos solamente el sistema educativo y la supuesta desigualdad que dicho sistema perpetúa. Al sistema de educación superior en 1957 tenían acceso 20 mil estudiantes, lo que corresponde a una cobertura de 3,5%. En 2009 la realidad era totalmente distinta: 800 mil estudiantes estaban matriculados en una universidad, lo que corresponde a una cobertura superior al 40%. De estos 800 mil estudiantes matriculados, 70% constituyen la primera generación de sus familias en lograr ese nivel de estudios y 78% asistían a instituciones privadas. Sin un rol protagónico del Estado y sin la gratuidad, cosas que demanda el movimiento estudiantil, se obtuvo un incremento considerable en la cobertura.


Sobre la desigualdad supuestamente perpetuada por el sistema educativo, el economista Claudio Sapelli de la Universidad Católica de Chile ha hecho un análisis por generación de la desigualdad y llega a conclusiones totalmente distintas. Si la generación de entre 55-64 años de edad registra un 39% de personas con educación secundaria, la generación de entre 25-34 años alcanza el 85%, superando incluso el promedio de los países de la OCDE. Sapelli también muestra que esta diferencia entre generaciones se aplica a la distribución del ingreso, la cual es mucho más equitativa en las generaciones más jóvenes.

Bloqueo de Berlín. La salvación que vino del aire. Fernando Díaz Villanueva


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Lo que no podían evitar eran los vuelos, para los que sí había un acuerdo firmado en noviembre de 1945 entre las cuatro potencias. Stalin accedió a él porque no consideraba que supusiesen un problema. Por aire se podía transportar muy poca carga y era materialmente imposible alimentar y calentar a una ciudad de dos millones de habitantes mediante aviones. Clay se puso a hacer cálculos y los números que le salieron eran para asustar al más optimista. La ciudad necesitaba diariamente un mínimo de 5.000 toneladas de suministros, 1.500 de las cuales eran alimentos como cereales, tocino, patatas o leche, y el resto combustible, básicamente carbón.


Tunner se las ingenió para que un cargamento de diez toneladas de carbón se descargase en sólo diez minutos con un equipo de doce personas, todos alemanes que, motivados por el afán de los aliados, acudían en manada hasta el aeropuerto para colaborar gratuitamente en las labores de descarga. A finales de agosto se alcanzaron las 5.000 toneladas diarias y Berlín consiguió la autosuficiencia. Los soviéticos, entretanto, redoblaron sus esfuerzos para quitarle importancia a un puente aéreo que, según ellos, duraría lo que el verano. Luego, cuando el intratable invierno berlinés impidiese volar, sus habitantes se las tendrían que ver a solas con el frío y el hambre.


700 aviones de 18 modelos diferentes habían transportado dos millones y medio de toneladas de alimentos y combustibles durante 15 meses en casi 300.000 vuelos. 25 aparatos se estrellaron matando a 71 aviadores americanos y británicos. El coste total de la operación ascendió a los 224 millones de dólares (unos dos mil millones actuales). A cambio, Berlín sobrevivió a la codicia soviética y sus dos millones de habitantes se salvaron de una esclavitud segura.

¿Qué pasaría si hubiera división de poderes? Carlos Rodríguez Braun


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Ahora bien, la pregunta es: ¿en qué sentido podríamos asegurar que los derechos y libertades de los ciudadanos estarían más seguros en esa situación que en la actual? La triste respuesta es: en ninguno, porque la llamada división de poderes no protege realmente al ciudadano. Los legisladores con un Poder Legislativo independiente también podrían violar la libertad con leyes antiliberales como las actuales; el Ejecutivo podría ser tan intervencionista como ahora o más; y los jueces podrían someternos como hacen ahora o más si fueran realmente independientes (confieso que una de mis pesadillas es vivir en una sociedad donde todos los jueces fueran como Garzón). Todo esto se haría, como ahora, en nombre de la “extensión de derechos”.


No existe en realidad la división de poderes, porque el poder no se divide, se ejerce o no. Y en realidad la libertad no tiene nada que ver con la forma del poder, sino solamente con sus límites.