Drogas, ¿seguir con la prohibición? por Araceli Manjón-Cabeza

Una vez más se reabre el debate sobre la ineficacia de la represión en materia de drogas. Ha bastado que el ex presidente Felipe González nos recordase los males de la prohibición y la necesidad de un cambio de rumbo. Pero no es nada nuevo. Que los esfuerzos antidroga son un "largo y glorioso fracaso" era ya más que evidente hace años.

Milton Friedman advertía en 1972 que era imposible acabar con el tráfico de drogas y que la prohibición era la peor estrategia para usuarios y no usuarios; 17 años después afirmaba que la epidemia del crack se habría evitado de ser legal la cocaína.

Gary S. Becker señalaba en 2001 que la legalización, aun no siendo la panacea y presentándose como "una aventura hacia lo desconocido", eliminaría las ganancias del narcotráfico y la corrupción y que el posible aumento del consumo se compensaría con el control de la calidad.

Recientemente, en enero de 2010, Mario Vargas Llosa ha insistido en que la despenalización es el único remedio y lo afirma con los ojos puestos en México, pero también en otros países. Y más en la misma línea: Paulo Coelho, los ex presidentes Cardoso, Zedillo y Gaviria y las 17.000 personas que han firmado desde junio pasado la Declaración de Viena, reclamando a los Gobiernos y a Naciones Unidas una revisión transparente de la actual estrategia.

La prueba hoy más clara -pero no única- del fracaso y de los inasumibles costes de seguir intentándolo nos la proporciona México: desde 2006, el combate al narco del presidente Calderón ha provocado dos guerras -la que se libra entre narcos y la del Estado contra el crimen organizado- y 30.000 muertos (900 eran niños menores de 17 años).

En contra de la legalización se dice que los beneficios de acabar con el crimen organizado no serían mayores que los problemas que causaría el aumento del consumo. Pues bien, creo que esta afirmación es hoy claramente incierta. Admitiendo como muy probable un aumento inicial del número de consumidores de las drogas ya legales, a la vez, serían seguros otros efectos beneficiosos: control de la calidad de las sustancias, lo que evitaría los males asociados al consumo de los venenos ilegales que hoy circulan; disminución de precios, lo que reduciría drásticamente la cifra de delincuencia drogoinducida; sacar a los consumidores de determinados ambientes especialmente insalubres y peligrosos, para dirigirlos a un mercado legal y controlado.

Solo lo anterior ya justificaría pensar muy seriamente y sin prejuicios en un proceso de legalización y de control estatal, con o sin impuesto especialmente fuerte a la producción, con mayor inversión en las políticas de reducción de la demanda -educación, prevención y rehabilitación- y con un ahorro espectacular en los enormes esfuerzos económicos que hoy se lleva la represión a cambio de unos resultados decepcionantes.

Pero habría más: se desposeería al crimen organizado de su actividad favorita y más rentable y, con ello, de parte de su capacidad de corromper voluntades públicas y privadas y de infiltrarse en la economía lícita; se podría prescindir de la excepcionalidad legal hoy imperante en la persecución y represión del tráfico de drogas que, en ocasiones, nos coloca en los límites de lo que el Estado de derecho es capaz de soportar; desaparecería el pretexto según el cual, la lucha eficaz contra el narcotráfico justifica la intervención de Estados Unidos en asuntos de otros países castigados por este azote.

Y hablando de Estados Unidos conviene echar la vista al pasado y recordar algunos datos: 1º) Que hubo otra situación previa a la prohibición, en la que el consumo de drogas -muy extendido en aquel país en el siglo XIX- no se consideraba un problema de salud pública. 2º) Que alguno de los "problemas de la droga" son hijos de la prohibición. 3º) Que la prohibición se ha desarrollado en los más variados escenarios y ha afectado a casi todo, más allá del ámbito de la salud pública. Basta recordar que la fiscalización internacional se impone al mundo colándola como un polizón en el Tratado de Versalles; que Estados Unidos ha condicionado su ayuda exterior a que los países destinatarios obtuviesen resultados satisfactorios en la lucha contra la droga; que el narco Pablo Escobar ofreció el dinero de la droga para pagar la deuda externa de Colombia a cambio de un compromiso de no extradición; y que hasta la fórmula originaria de la Coca-Cola hubo de modificarse para sustituir la cocaína por cafeína. 4º) Que la cruzada planetaria que Estados Unidos desata a principios del siglo XX no fue motivada por razones de "salud pública". Hubo motivos racistas contra los negros del Sur y contra la mano de obra china; motivos económicos en la guerra de médicos, farmacéuticos, productores y curanderos por tener la exclusiva en la dispensación de drogas; motivos políticos en la pugna entre China y Filipinas por el monopolio del opio y, también motivos políticos, en el hallazgo de uno de los pretextos -otros han sido la amenaza comunista y el terrorismo islámico- para legitimar el intervencionismo de la gran potencia en la andadura de otros países.

Por otro lado, hay que señalar que lo que más contribuye a reavivar el debate, inclinando cada vez a más personas hacia la opción despenalizadora, son los propios excesos, innecesarios e injustificables, del prohibicionismo.

Me refiero a un par de cuestiones como meros ejemplos.

Primera: hay países que castigan como delito el autoconsumo de drogas, a pesar de que ello no es obligado -aunque si vivamente recomendado- por las Convenciones de Naciones Unidas que diseñan e imponen el sistema represivo mundial. No es el caso de España, donde nunca fue delito el consumo y donde no se duda que tal acto entra en una esfera de la libertad personal inaccesible para el Derecho Penal. Recientemente, en Argentina se ha declarado la inconstitucionalidad del delito de tenencia de drogas para el autoconsumo; en México se ha despenalizado esa misma conducta y en Brasil se ha producido una cierta despenalización al sustituirse la cárcel por tratamientos y medidas educativas. Pero siguen existiendo países que castigan la posesión y el autoconsumo.

Segunda: son inadmisibles algunas de las afirmaciones que la JIFE (Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de Naciones Unidas) hace en sus informes anuales de evaluación de los esfuerzos antidroga de los distintos países. Así, en el informe de 2010 se muestra preocupación por las decisiones de Argentina, México y Brasil a las que me acabo de referir, lo que se interpreta desde estos países, con razón, como injerencia en asuntos internos. En 2009 se rechazó que la Constitución de Bolivia declarase patrimonio cultural la masticación de la hoja de coca, lo que supone ignorar o despreciar el sentido que tal práctica tiene. Y así más: desagrado porque España no castiga el consumo; críticas porque Suiza permita las salas de inhalación; denuncia de los tratamientos con heroína médicamente prescrita en Holanda, etcétera.

Los excesos y los fracasos del prohibicionismo acabarán siendo el mejor argumento de las tesis liberalizadoras.

He de reconocer que cuando se trabaja dentro del sistema represivo es fácil dejarse seducir por sus "éxitos", pero estos son muy parciales y cuando se mira el conjunto, entonces vence la decepción, al contemplar un instrumento salvaje e ineficaz que no es la "solución" sino, más bien, una parte importante del problema.

Lanzarse a cualquier opción despenalizadora da vértigo, desmontar la prohibición no será fácil, pero el mantenimiento del actual prohibicionismo planetario es una locura.

Araceli Manjón-Cabeza Olmeda es profesora titular de Derecho Penal de la Universidad Complutense de Madrid. Ex magistrada suplente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional y ex directora general del Plan Nacional sobre Drogas.

The Third Man

El tercer hombre de Carol Reed es una muy buena película.

Igual que pasa con Casablanca la naturaleza humana está muy bien reflejada, siendo capaces los personajes de tener remordimientos por delatar a un delincuente despreciable como Harry Lime.

Muy bien rodada, con una trama muy clara aunque algo lenta.

La banda sonora es mítica.

The Economics of Discrimination by Robert P. Murphy

Last May, Kentucky senatorial candidate Rand Paul said that he could not endorse all of the Civil Rights Act because it interfered with business owners' private property rights.1 Since then, pundits have been discussing business discrimination, but many of them are ignorant of the teachings of economics on the subject. As Gary Becker first explained systematically,2 the free market contains automatic penalties for the odious practices that most people have in mind when they deplore "discrimination." Ironically, it is powerful governments that historically commit the worst injustices against unpopular minorities.

Before exploring the economics of discrimination, we first need to distinguish the term from several related ones. For example, racism, bigotry, and prejudice refer to someone's beliefs; they are mental phenomena. In contrast, discrimination refers to an action. The two often go hand-in-hand...

Why inequality is a red herring by Russ Roberts

Inequality is a red herring. Or maybe a poisonous herring. It is the symptom, not a disease, and misunderstanding it leads to bad medicine. Here is Alex Tabarrok on what he and others call Winner-Take-All economics:

J.K. Rowling is the first author in the history of the world to earn a billion dollars. I do not disparage Rowling when I say that talent is not the explanation for her monetary success. Homer, Shakespeare and Tolkien all earned much less. Why? Consider Homer, he told great stories but he could earn no more in a night than say 50 people might pay for an evening’s entertainment. Shakespeare did a little better. The Globe theater could hold 3000 and unlike Homer, Shakespeare didn’t have to be at the theater to earn. Shakespeare’s words were leveraged.

Tolkien’s words were leveraged further. By selling books Tolkien could sell to hundreds of thousands, even millions of buyers in a year – more than have ever seen a Shakespeare play in 400 years. And books were cheaper to produce than actors which meant that Tolkien could earn a greater share of the revenues than did Shakespeare (Shakespeare incidentally also owned shares in the Globe.)

Rowling has the leverage of the book but also the movie, the video game, and the toy. And globalization, both economic and cultural, means that Rowling’s words, images, and products are translated, transmitted and transported everywhere – this is the real magic of Ha-li Bo-te.

Rowling’s success brings with it inequality. Time is limited and people want to read the same books that their friends are reading so book publishing has a winner-take all component. Thus, greater leverage brings greater inequality. The average writer’s income hasn’t gone up much in the past thirty years but today, for the first time ever, a handful of writers can be multi-millionaires and even billionaires. The top pulls away from the median.

The same forces that have generated greater inequality in writing – the leveraging of intellect, the declining importance of physical labor in the production of value, cultural and economic globalization – are at work throughout the economy. Thus, if you really want to understand inequality today you must first understand Harry Potter.

This is actually an old post of Alex’s. He dredged it up to respond to an observation by Ezra Klein:

The top 1 percent, for instance, has gone from capturing about 8 percent of the national income to 18 percent. But there’s no obvious skills differential between workers in the top 1 percent and the workers directly beneath them. It’s not like hedge fund managers are the only guys able to use Excel.

Alex’s point is that excellence gets leveraged. Taleb makes the same point between the 14 minute mark and the 25th minute of this podcast. I think he writes about it in the Black Swan.

That’s why focusing on inequality per se is so poisonous. Would the world be a better place if JK Rowling hadn’t dared to write the Harry Potter series–if she’d given up and waited on tables instead of risking so much? Would the world be a better place if Sergey Brin and Larry Page had never created Google? Would the world be a better place without LeBron James? All of these people create inequality. They also make the world a better place.

Klein might be right about some of the high returns of finance. So let’s get rid of the policies that make their returns high but not socially productive. But inequality is not the problem.

My only quibble with Alex is that it’s not really a winner-take-all world. It’s more of a winner-take-lots kind of world. If LeBron James had decided to be a social worker, yes, someone else (Kobe, maybe) would be considered the best player alive and that person would get some extra rents for being the best. But LeBron’s grace (and sometimes lack of it off the court) is unique. The creator of the best search engine gets lots of rents but that creates tremendous opportunities for so many others. JK Rowling’s success opened the door to many other fantasy series (Pendragon for one) that would have been less successful. People still enjoy the second best fantasy series. And some disagree that Harry Potter is the best.

Drogas, no; libres por Arcadi Espada‏

La propuesta de Felipe González de despenalización de la droga. Razonable. Discutible. Es probable que en una primera instancia aumentaran las muertes y otros desastres de salud. Las drogas, generalmente hablando, traen graves problemas. El último descrito alude a las drogas blandas y la adolescencia: fumar hachís parece influir en el desarrollo de la esquizofrenia. Una apreciable ventaja, sin embargo: se reduciría la delincuencia de un modo drástico. Aunque también es evidente que no cabe confundir la despenalización de las drogas con la instauración de la bondad universal, como se deduce de algunos apasionados argumentos: desgraciadamente, el mal, como el bien, como la misma vida, siempre acaba encontrando su camino. Es difícil, también argumentar, en nombre de la libertad: no todo lo que puede hacerse debe hacerse. Pero hay una realidad al alcance de cualquiera en las farmacias: uno puede matarse con 40 paracetamoles y ver bichos con un puñado de antihistamínicos. La clandestinidad añade prestigio y emoción al acto de drogarse; pero también una dispersa inseguridad. Comprar drogas en el estanco, bien descritas, clasificadas y con fecha de caducidad, da una inexorable tranquilidad comercial, aburridamente burocrática; pero facilitará el consumo.

Para mí, sin embargo, sólo hay algo indiscutible. Sigo desde muy jovencito el mandato de Vizinczey. “No fumes, ni bebas, ni te drogues. Para escribir necesitas todo tu cerebro.” No conozco ningún caso en que la experiencia de la drogadicción haya conducido a nadie a un conocimiento mas profundo del mundo. Las drogas son responsables de una cantidad inmensa de pésimos poemas. Hasta los narcocorridos han de escribirse serenos. Las drogas son capaces de hacer que un hombre corra los 100 metros por debajo de los 8 segundos; pero fracasan gravemente en el endecasílabo. En cuanto al placer atentan contra uno de sus pilares, que es la capacidad de racionalizarlo. El placer de la droga coloca el hombre al nivel del perro. Es un nivel, sin duda; para el que guste del olisqueo. Cualquier droga es una eficaz aliada del olvido; yo he venido al mundo a recordarlo todo, y más allá de la muerte.

Hay que despenalizar las drogas porque es el método idóneo para impulsar su conocimiento. Hay que disipar la niebla combinada de la literatura y del crimen. Hay que mostrar la extremada banalidad de su mecanismo, y arrancar la responsabilidad de la adicción al diablo para entregársela a los circuitos cerebrales regulados por la dopamina. La droga es sólo pecado. “Soy lo prohibido”, cantaba el Bambino, sin saber qué otra cosa podía ser. Las drogas, en fin, merecen el mismo fulminante apotegma que la religión: no hay otro mundo.