El 0,35% por el todo

Arcadi Espada.



 

Querido J:
La otra mañana, cuando se cumplían 25 años de la matanza de Hipercor,Carlos Herrera preguntó a los participantes en la tertulia si serían capaces de reunirse con un terrorista que les hubiera convertido en víctimas directas de su crimen. Yo pensé que de todos nosotros el único que podía responder a esa pregunta sin poner en funcionamiento un dudoso mecanismo de la imaginación era el propio Herrera, que durante medio minuto inolvidable viajó en un ascensor con el paquete bomba que podría haberle matado. Y entonces dijo:
—Pues creo que yo tendría curiosidad de verle.
La apelación a la curiosidad me dejó pensativo. Herrera no aludía a ningún sentimiento trascendente ni hondo, a ningún ímpetu ético, ni a la religión ni a la venganza. Curiosidad, eso dijo. Encararse frente al hombre que le había dejado el paquete con intención de matarle. Su curiosidad tenía el habitual flanco débil de la acción terrorista. El terrorista no suele tener nada personal con la víctima y eso es lo verdaderamente insoportable según demostró Ferlosio en uno de sus clásicos artículos inalcanzables. Por lo tanto la curiosidad de Herrera no podía proyectarse a partir del convencional qué te había hecho yo para que quisieras matarme, porque yo y cualquier otra forma de la identidad probablemente no tenían mayor sentido para su asesino: y entiéndase así el posesivo como el resultado de la aplicación de una ley mecánica y no psicológica.
Su respuesta me interesó porque, como sabes, llevo tiempo observando este llamativo desfile de víctimas que acceden a reunirse con terroristas, y que tuvo un momento exactamente espectacular cuando Roberto Manrique, víctima del atentado de Hipercor, anunció a la prensa que iba a verse con un tal Caride, asesino confeso y sentenciado, preso en la cárcel de Álava, e incluso anunció que no le daría la mano: lo que, entre nosotros, me pareció una notable falta de educación, pobre señor Caride. Oyendo a Manrique y viendo también, porque coincidió en esos días, las efusiones sentimentales nítidamente fotografiadas de víctimas de ETA y del Batallón Vasco Español y de la policía española, reunidas el otro día en San Sebastián, y que dijeron llevar cinco años estudiándose el dolor, creo que no está lejano el día en que entre en juego la televisión y retransmita uno de esos encuentros entre asesinos y víctimas, alguno de los cuales es probable que ya esté filmado; y vete a ver si una serie, porque nada le gusta más a la televisión que meter la nariz en esas instancias íntimas.
Lo que si sucede va a parecerme nada, como te he anticipado antes, porque hace muchos años que no me meto en la piel de nadie, no sea que me encuentre con Capote, y sudando. Y porque ya me ha limado la costumbre: si la televisión ha intervenido en el enfrentamiento entre víctimas y verdugos de la violencia común, por qué no habría de hacerlo en los abrazos entre víctimas y verdugos de la violencia política, siempre tan ennoblecedora. Se trata solo de encontrar el momento y el espónsor, y va a haber de lo uno y de lo otro.
Si nada debo objetar a las maniobras íntimas de una víctima con su asesino sí tengo algo que decirte respecto a su proyección pública. No para que la limiten, desde luego y te insisto, porque quién soy yo para meterme en los laberintos del duelo, y para no aceptar lo evidente, esto es que en nuestra época el duelo, para algunas conciencias, debe proyectarse en los medios, y a tambor batiente, supongo que esperando encontrar allí el eco lenitivo de las antiguas plañideras. Pero sin pedir limitación, sí pido equidad. Y concreta. Pido que al tiempo que se exhiben esas víctimas generosas, sensibles y humanísimas se dé cuenta también, aunque sea fuera del horario infantil, del que llamaré el discurso del odio.
Es decir. Junto a las edificantes historias de perdón y arrepentimiento que nos traen nuestros medios hay otras, ya sé que menos presentables pero igualmente humanas, de personas que jamás van a olvidar ni a perdonar, de hombres y mujeres cuyo duelo consiste en la evocación diaria, imprescriptible, obsesionada de lo que perdieron, personas que solo querrían ver muerto y hasta desfigurado a aquel que mató a sus hijos, a su pareja o a sus padres, y a los que estas ceremonias de cárceles, presos, víctimas y mediadores aumenta su dolor, como lo hace también la constatación de que las víctimas son tan distintas que hasta se diría, en literatura, que ni la muerte tienen en común. A mi modo de ver, y no sé qué pensarás tú, amigo mío, no resulta decente dejar consumirse a estas pobres gentes en su odio. ¡También tienen derecho a exhibirlo! Y ante los periódicos y ante la televisión. Si ese es el duelo que acordamos, que pueda serlo para todos.
Desconozco cuántas personas de este tipo, y con este dolor insurgente, quedan en España. Solo puedo decirte que conozco a una. Pero sé que el terrorismo vasco ha dejado 858 muertos y tres mil heridos y que en estas ceremonias de la reconciliación no han participado más de 14 víctimas. Lo que representa, exactamente, un 0,35 por ciento del total. De los mecanismos de mi oficio conozco en especial la llamada sinécdoque, tan femenina, que consiste en repesentar el todo por la parte y viceversa. Y conozco cuán rematadamente perversa y manipuladora es su naturaleza. Y hasta qué punto es capaz de convertir la cifra del 0,35 en la letra decretada del perdón.
Sigue con salud,
A.
(El Mundo, 23 de junio de 2012)

Paul Cadden

Koikoikoi & Paul Cadden web.









Oleg Dou



































http://olegdou.com

Héroe, 30 de junio: José Aybar Yáñez



A las nueve y veinte de la noche del 30 de junio de 1982, la banda terrorista ETA asesinaba al jefe de la Policía Municipal de Baracaldo (Vizcaya), JOSÉ AYBAR YÁÑEZ. Tres individuos dispararon contra él cuando, en compañía de varios amigos, se encontraba en el reservado de un bar, muy próximo al Ayuntamiento, jugando a las cartas. Aybar Yáñez solía acudir a ese local dos o tres veces a la semana, rutina que conocían sus asesinos, pues lo estuvieron vigilando durante varios días.
Cinco miembros del grupo Vizcaya de ETA se reunieron en la estación de tren de Baracaldo y, desde ahí, se dirigieron en un vehículo a las puertas del bar. Cuatro de ellos entraron en el local y el quinto permaneció en el vehículo a la espera. Una vez dentro, localizaron inmediatamente a José Aybar, que se encontraba de espaldas, y comenzaron a disparar una y otra vez "en medio de un clima de terror y desconcierto", tal y como se recoge en una de las sentencias de la Audiencia Nacional sobre este atentado. Los disparos que realizó Miguel Arrieta Llopis, uno de los etarras, alcanzaron a dos de los miembros del grupo, uno de los cuales, Francisco Javier Zabaleta Urretavizcaya, murió a causa de los mismos. José Aybar recibió el impacto de ocho proyectiles que le dejaron gravemente herido. Falleció antes de poder recibir atención médica.
Nada más conocerse la noticia del asesinato de Aybar Yáñez, el secretario general del Partido Socialista de Euskadi de Vizcaya, Ricardo García Damborenea, expresó la condena de su partido, precisando que dicha condena se extendía también a quienes "desde Herri Batasuna azuzan a los terroristas y miran esos atentados con complacencia".
En 1997 la Audiencia Nacional condenó a Ángel Luis Hermosa Urra a la pena de 30 años de reclusión mayor por el asesinato de Aybar Yáñez, y a Juan Ignacio Aldana Celaya a 20 años de reclusión menor como cómplice. En 2001 fue condenado Miguel Arrieta Llopis a 30 años de reclusión mayor, y a la misma pena fue condenado en 2004 Sebastián Echaniz Alcorta.
José Aybar Yáñez, de 58 años, era natural de la localidad vizcaína de San Julián de Múzquiz. Estabacasado y tenía tres hijos. Llevaba treinta años en la Policía Municipal de Baracaldo y ocupaba el mando de la misma desde 1968.
José Aybar había sido citado en dos reportajes publicados por el semanario Interviú en diciembre de 1979, con el título "Confesión de un infiltrado. Como actúan los ultras vascos". Dos de los citados en aquella publicación fueron asesinados semanas después por la banda terrorista ETA: Jesús García García, el 5 de enero de enero de 1980, y Alfredo Ramos Vázquez, el 23 de enero de ese mismo año. Por ambos asesinatos fueron juzgados en noviembre de 1981 el periodista Francisco Xavier Vinader Sánchez por un delito de imprudencia temeraria (condenado a 7 años de reclusión mayor) y el expolicía Francisco Ros Frutos, como cooperador necesario (4 años de reclusión menor). Por haber sido citado en esos reportajes, José Aybar había recibido varias amenazas de ETA, por lo que tuvo que abandonar temporalmente el País Vasco. Había regresado a su domicilio poco tiempo antes de ser asesinado.

Víctima, 29 de junio: Gregorio Caño García

Libertad Digital.



A las siete menos cuarto de la mañana del jueves 29 de junio de 1989, la banda terrorista ETA asesinaba en San Sebastián a GREGORIO CAÑO GARCÍA, chófer de Joaquín Aperribay, presidente de la Sociedad Anónima Placencia de las Armas (SAPA) y vicepresidente de la Real Sociedad Club de Fútbol. Tres horas antes de este atentado los terroristas lanzaron contra el cuartel de la Guardia Civil de la población guipuzcoana de Deba varias granadas de carga hueca, que no alcanzaron su objetivo.
El objetivo de los terroristas era secuestrar a Aperribay, amigo personal del dirigente de Herri Batasuna Iñaki Esnaola. Así lo explicaba la banda terrorista en un comunicado enviado unos días más tarde al diario Egin, en el que decían lamentar la muerte de Gregorio.
Como cada mañana, Caño García estacionó el coche Opel Senator de la empresa junto al portal del número 22 de la calle Zubieta de San Sebastián, y se mantuvo a la espera de que el presidente de SAPA bajara de su domicilio. Mientras aguardaba la salida de Aperribay un terrorista, identificado posteriormente como Francisco Javier Balerdi Ibarguren -empleado del grupo municipal de Herri Batasuna en el Ayuntamiento de San Sebastián-, se acercó al portal del domicilio de Aperribay. Gregorio Caño se percató de la situación y se dirigió hacia él. En ese momento, Balerdi sacó una pistola que tenía bajo la camisa y disparó contra el chófer, que quedó tendido boca arriba en la calzada. Había recibido cinco impactos de bala: tres en el abdomen, uno en el pecho, cerca del corazón, y otro en un muslo. Gregorio falleció cuando era trasladado en ambulancia a un hospital. En el lugar del asesinato la policía encontró un casquillo del calibre 9 milímetros parabellum, marca SF.
Joaquín Aperribay era presidente de SAPA desde varios años antes del asesinato de su chófer. La empresa contaba en sus factorías de Andoáin y Plasencia con un total de 360 trabajadores y se dedicaba a la fabricación y reparación de carcasas de cañones y de misiles antiaéreos. Buena parte de su producción iba destinada al Ejército español, y el resto a la exportación. Después del intento de secuestro, Aperribay abandonó temporalmente el País Vasco junto a su familia. Durante una breve estancia en San Sebastián, en septiembre de 1989, recibió un paquete-bomba de parte de ETA que pudo ser desactivado por artificieros de la Policía Nacional.
El comité de empresa de SAPA emitió un comunicado, firmado también por el sindicato LAB en esa compañía, en el que condenaba el asesinato de su compañero. Sin embargo, pocas horas después el Secretariado Provincial de LAB en Guipúzcoa desautorizó a sus representantes en la SAPAmediante una nota pública en la que se decía que "no pueden valorarse de forma aislada los efectos generados por la lucha armada, sin analizar, con el debido rigor, las verdaderas causas que propician tales hechos".
Joseba Egibar, portavoz del Partido Nacionalista Vasco (PNV), declaró que el asesinato es "la tarjeta de verano de aquellos que discurren con el amonal en las manos" y que ETA se estaba convirtiendo en una organización "inmovilista y retrógada, cada vez más aislada de la sociedad vasca". Por su parte, Rafael Larraina, miembro de la ejecutiva de Eusko Alkartasuna (EA), animó a los ciudadanos a exteriorizar su protesta contra estos atentados.
Joaquín Aperribay es padre del actual presidente de la Real Sociedad, Jokin Aperribay Bedialauneta, un club que se ha mantenido siempre en silencio ante los asesinatos de la banda terrorista y ha mostrado un apoyo explícito por parte de sus jugadores a los presos de ETA. Con la frase de "no nos metemos en política", el club donostiarra no condenó en su momento el asesinato del exjugador de la Real Sociedad José Antonio Santamaría, o de seguidores y socios del club de toda la vida como Gregorio Ordóñez o Fernando Múgica.
Recientemente, el 8 de enero de 2011, varios jugadores del club apoyaron la marcha a favor de los presos de ETA autorizada por el juez Pedraz. Los futbolistas Mikel Aranburu, capitán del equipo, Imanol Agirretxe, Jon Ansotegi, Mikel González, Mikel Labaka, Markel Bergara, David Zurutuza y el portero suplente, Eñaut Zubikarai, no dudaron en mostrar públicamente su apoyo a la misma. En el caso de Zubikarai es sencillo de explicar, puesto que su padre, el etarra Cándido Zubikarai Badiola, está en la cárcel desde 1989 por participar en varios asesinatos, como el del empresario Sebastián Aizpiri Leyaristi y el de dos guardias civiles. Tampoco en este caso el club, presidido por Jokin Aperribay, condenó la actuación de sus jugadores.
La Audiencia Nacional condenó en 1993 a Francisco Javier Balerdi Ibarguren a 17 años de prisión por el asesinato de Gregorio Caño. Según el Ministerio del Interior, en el atentado participó un segundo terrorista, Juan Ignacio Ormaechea Antepara, que falleció en San Sebastián en agosto de 1991 en un enfrentamiento con la Guardia Civil. En la misma acción fallecieron también los etarras José Joaquín Leunda Mendizábal y Francisco Javier Icíar Aguirre.
Gregorio Caño García, de 49 años, era natural de Villa Mañón (León). Estaba casado y tenía tres hijos. Un hermano de la víctima señaló que Gregorio llevaba más de 20 años trabajando de chófer en SAPA.