Una economía desangrada. Ignacio Moncada

Las crisis económicas, aunque los keynesianos las consideren inexplicables maldiciones que vienen del cielo, tienen una causa real y perfectamente solucionable. Suceden porque, tras un periodo de expansión monetaria en la que se han inoculado burbujas económicas, la estructura productiva queda distorsionada. Muchas inversiones en factores productivos y empresas en funcionamiento están orientadas a producir una serie de productos que la sociedad realmente no necesita, pero que durante la burbuja encontraban una demanda artificial. En la crisis actual, tenemos una estructura productiva destinada a producir demasiadas casas, edificios e infraestructuras, y teníamos un sistema financiero que había comprometido mucho dinero en préstamos a este tipo de inversiones.

Los keynesianos dicen que, por algún motivo desconocido, el problema es que falta demanda y que hay que estimularla. Pero eso es absurdo. No hay que tratar de mantener inflada la burbuja de la construcción, como se hizo con los diversos planes E, sino permitir que la estructura productiva se reconvierta para producir los bienes realmente demandados por la sociedad. El problema es que la medicina ritual keynesiana, basada en gasto público, inyecciones monetarias y bajos tipos de interés, trata de impedir esta reestructuración. Al igual que en el caso de las sangrías, el desconocimiento de las causas que originan el problema lleva a aplicar la terapia inadecuada. Al final se termina con un paciente cada vez más débil cubierto de incisiones y sanguijuelas que le chupan la sangre. Y si se insiste en el método, el paciente, que en nuestro caso es la economía, se desangrará hasta la muerte.
  



Automonos. Jorge Laborda



Los chimpancés poseen un sentimiento de sí mismos tal vez similar al de los humanos.

Probablemente, una de las características más interesantes del ser humano es que es consciente de su propia existencia y la separa de la existencia de lo que le rodea. Es evidente que el concepto de un “yo autónomo” solo puede elaborarse si se es consciente de que el universo y uno mismo son cosas diferentes.

Desde el punto de vista científico, el concepto de “yo”, esta consciencia de sí mismo (es más: la consciencia de que se es consciente), debe provenir de la evolución natural y, probablemente, debe responder a alguna necesidad adaptativa dentro del entorno en el que nuestra especie se ha visto forzada a evolucionar. Sin embargo, aunque esta idea parece bastante clara, muy pocos estudios científicos la han abordado.

Espejito, espejito

No obstante, la evolución de la consciencia del “yo” se ha estudiado en experimentos con diversos animales para comprobar si son capaces de identificarse en un espejo (lo que no todo el mundo puede hacer inequívocamente por la mañana temprano). Si la imagen reflejada es identificada como propia, sin duda esto constituye una indicación de que el animal sabe que lo que ve en el espejo es él mismo. Esta “prueba del espejo” se ha utilizado para averiguar si un animal es capaz de usar su imagen para limpiarse marcas en su cuerpo (colocadas por los investigadores) que no son visibles sin el uso de un espejo.



Verde que te quiero verde: usar fluorescencia para ver mejor un tumor

Recientemente un grupo de investigadores de Holanda, EEUU y Alemania ha comunicado la puesta en marcha de una nueva técnica para extirpar células tumorales en un cáncer de ovario usando fluorescencia. Se sabe que las células malignas de un tumor ovárico sienten una gran avidez por el ácido fólico, mostrando en su superficie muchos receptores para capturar todo el que puedan. Pues bien, esos investigadores pensaron en unir al ácido fólico modificado un pigmento fluorescente,usarlo de caballo de Troya, de manera que al administrarlo a una paciente dos horas antes de la cirugía llega al ovario con ese cáncer y se acumula. Posteriormente en el quirófano se abre la cavidad abdominal, se apunta con una cámara especial llamada cámara fluorescente espectral y se visualiza en una pantalla instalada en el mismo quirófano todo en negro…excepto las células, que se muestran en un color verde brillante. De ese modo es mucho más fácil ir quitándolas con el bisturí gracias a que el pigmento fluorescente “las deja en evidencia”.


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Dick Sargent (1911 – 1978)











Keynes y la corrupción. Carlos Alberto Montaner

Por eso, entre otras razones, el keynesianismo funciona peor en las naciones de acceso limitado. A John Maynard Keynes, famoso economista británico y gran funcionario, se debe la peligrosa y muy extendida conjetura de que los gobiernos, mediante la modulación del gasto público, aumentándolo (casi siempre) o disminuyéndolo (casi nunca), pueden combatir el desempleo, impulsar el crecimiento y controlar la inflación de manera permanente.

Esa proposición, avalada por el economista más influyente del siglo XX, se convirtió en la mejor coartada para abultar exponencialmente los presupuestos del Estado. ¿Qué más podía pedir un gobernante deshonesto, rodeado de colaboradores y cómplices que se beneficiaban abusivamente con cada transacción que realizaban, que colocar todas esas actividades delictivas bajo un manto intelectual de legitimidad científica? Cuanto más aumentaba el gasto público, cuanto más crecía el perímetro del Estado, más adecuado parecía su gobierno a la modernidad keynesiana.

Pero la idea central del keynesianismo –el gobierno como gran operador de los resortes económicos para evitar los ciclos de recesión– tampoco tenía en cuenta la naturaleza psicológica de los políticos y los funcionarios honrados. Éstos no se roban los recursos porque tienen cierta ética profesional, pero sí suelen gastarlos de acuerdo con sus intereses electorales. Si un congresista o un gobernador regional perciben que una inversión pública realizada en su circunscripción va a favorecer su destino político, lo probable es que la auspicien aunque no tenga mucho sentido para el conjunto de los ciudadanos. Sencillamente, no existe el bien común, sino decisiones que benefician a unos o a otros, y quienes las toman tienen sus propios intereses personales.