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Cuba: Ciudades-establos

por Alberto Méndez Castelló.

PUERTO PADRE,  Cuba, agosto, www.cubanet.org – Alertamos desde esta ciudad la pasada semana: “no hay jabón ni detergente, y el agua es escasa y de dudosa calidad”.
Gracias a Dios que, aunque el agua sigue siendo escasa y de dudosa calidad, esta semana los comercios fueron abastecidos y ya es posible conseguir jabón de lavar y de tocador a cinco y seis pesos, y detergente desde 50 centavos en divisas hasta cerca de dos pesos en moneda convertible (cuc).
A menos de 200 kilómetros tenemos epidemias: cólera al sur, en la vecina provincia Granma, y dengue al oeste, en Camagüey.
Aunque fuentes oficiales lo niegan, se dice que aquí tenemos al menos un caso de dengue.
“El paciente fue trasladado al hospital provincial con diagnóstico reservado”, dijo a este cronista una fuente médica.
“No tenemos confirmado que sea dengue, pero bien puede serlo”, indicó un funcionario de Salud Pública.
Si toda el área del Caribe está en alerta ante la aparición de brotes de dengue, particularmente aquí están dadas las condiciones para la eclosión de esa pandemia.
Una red de acueductos y alcantarillados con salideros a cada paso mantienen encharcadas no pocas calles de la ciudad, haciéndolas un paraíso para los mosquitos.
Es verdad: Existe indolencia ciudadana y proliferan los basureros en plena calle, a las puertas de las casas. Pero también es cierto que el gobierno mantiene un deficiente sistema de recogida de basura y ejercita un pésimo control sobre tan importante tarea.
La basura aquí se recoge en carretones tirados por caballos o por bueyes, sin las mínimas condiciones higiénicas, desbordados y descubiertos, que a su paso van regando toda suerte de desperdicios por las calles.
Solo las dos avenidas principales mantienen una limpieza óptima en este muladar donde convivimos con ratas, cucarachas, moscas y mosquitos.
Pero no es este solo un problema local. Es una situación de degeneración cívica agravada por el estado de “sobrevivencia sociopolítica” en que vivimos a escala nacional.
Es cierto: la indigencia propicia la abulia. Pero si los que perdieron la voluntad poco o nada hacen por su higiene y por la higiene colectiva, los emprendedores, los que luchan, también propician –o les han hecho propiciar- el caos en que vivimos.
En pleno siglo XXI nos transportamos en coches tirados por caballos y, para redondear nuestras entradas o mejorar la dieta, criamos cerdos, gallinas, conejos y cuanto animal reporte ganancia o alimento. Así transformamos la ciudad en “ciudad-establo”.
¿Imagina usted una ciudad-establo? Animales encerrados en restringidos espacios, comederos, bebederos, estiércol, orines, olores menos nobles, enjambres de moscas y mosquitos, y todo esto conviviendo en una urbe donde el agua es escasa, el jabón es caro y los insecticidas poco menos que desconocidos.
No sería rara una pandemia de dengue, de cólera o vaya usted a saber de cuántas otras epidemias en una ciudad-establo. Raro sería que los arquitectos de los “establos-ciudades” admitan que en ellas las gentes contraen epidemias.  Sabido es que aún no se ha descubierto una vacuna contra la hipocresía.

Interrogantes de Rosalía

Por Alberto Méndez Castelló.
PUERTO PADRE, Cuba, diciembre, www.cubanet.org -La demencia senil le robó los recuerdos. Pero a veces, cuales destellos, a su cerebro acuden interrogantes sin respuestas. Se llama Rosalía y tiene 81 años.
Por esas paradojas del destino, vive en el número 33 de la calle Itabo, de la oriental ciudad de Puerto Padre.  Es como si la edad de Cristo o la sangre de los indígenas  asesinados  por  momentos vivieran en ella.
Pasa de la enajenación al  estado de vigilia, alerta desde que, hace un año, la trabajadora social del Consejo Popular Número 2 vino a retirarle su chequera. Mediante ese acto cancelaban el expediente de asistencia social número 15180.
A cambio de dar a la nación la vida útil de su marido, de parir 2 hijos para que sirvieran de soldados a la patria, de alumbrar una  hija  para  que  fuera  mujer de un confidente, y de cuidar 6 nietos y 4 biznietos para que cada mañana gritaran: Pioneros por el comunismo, seremos como el Ché, a Rosalía le daban 158 pesos (8 dólares) al mes, suprimidos de un plumazo por el Gobierno, para que su familia, la que tanto había ayudado a sostener al gobierno, la sostuviera a ella.
Por esas raras coincidencias del destino, la noche de noviembre de 1956 en la que Fidel y Raúl Castro abordaron en México un  yatecito para venir  a hacer “justicia social” en Cuba, ella, Rosalia, parió un soldado.
Cuando en enero de 1959 Fidel Castro entró  a La Habana sobre un tanque de Guerra, su marido Alberto ya tenía acumulados17 años de trabajo, según consta en la Caja de Retiro de los Trabajadores Azucareros.
Luego vendrían las Zafras del Pueblo, en las que cada media noche Rosalía se levantaba a preparar el macuto para que su marido se fuera a trabajar bien alimentado en los cañaverales del pueblo.
En 1966, puestos a elegir entre proseguir trabajando con el Estado o ser campesinos independientes, Rosalia y Alberto optaron  por  permanecer  afincados en su terruño. Y así fueron a parar en saco roto los 23 años de trabajo acumulados por Alberto en la Caja de Retiro de la Industria Azucarera.
En Cuba, los campesinos individuales no tienen derecho a retiro, pese a pagar impuestos,  y deben ahorrar para la vejez durante décadas, algo imposible dado el monopolio ejercido por la empresa  estatal de Acopio con su listado oficial de precios.
“¿Cómo ahorrar para la vejez  si  nos pagan 6 pesos con 50 centavos (30 centavos de dólar) por 100 libras de pepinos, o 9 pesos con 90 centavos (40 centavos de dólar) por 100 libras de lechugas o de pimientos?”, rezonga Alberto.
Rosalía lo mira. Es como si Alberto fuera la visión de los años idos. Sus ojos claros sólo reflejan ausencia.
“Dice el Presidente Chávez que a las 3:00 de la tarde le toca tomar yogurt”, comenta ahora Alberto, sin que venga al caso. Y a continuación, añade: “Tiene suerte. Nosotros no desayunamos hoy, porque dice el lechero que no hay leche”.
“¿Habrá mañana?”, pregunta Rosalía con un gesto  inescrutable.

Por encima de la ley. Alberto Méndez Castelló


PUERTO PADRE, Cuba, noviembre (www.cubanet.org) – Introducir en la parte trasera de una furgoneta completamente cerrada, y luego encapucharlo para impedirle ver hacia dónde era conducido, fue el método de detención empleado aquí por miembros de Seguridad del Estado provenientes de Las Tunas, para intimidar a un periodista independiente, e impedirle viajar a Banes con el propósito de reportar sobre el primer aniversario de la muerte de Orlando Zapata Tamayo.

Y más dramáticos resultan los atropellos que sufren las Damas de Blanco para impedirles realizar sus citas cívicas dominicales. En cualquier lugar del país donde los opositores políticos, activistas de derechos humanos, o la prensa independiente intenten cumplir con su deber, antes, durante o después, allí estará la policía política para prohibirles viajar, o ya en el lugar de la convocatoria realizar una redada contra ellos y abandonarlos en remotos parajes. Prohibir a un ciudadano frecuentar determinado lugar no está entre las facultades de un policía, ni siquiera las del Ministro del Interior.

Igual sucede con la prohibición de residir en un lugar, o la obligación de permanecer en una localidad específica. Tales prohibiciones están conceptuadas como sanciones accesorias, y sólo los tribunales tienen la facultad de imponerlas, mediante debido proceso.

Sólo un tribunal puede sancionar a un individuo por la comisión de un delito. Y sólo el tribunal puede prohibirle frecuentar un lugar u obligarlo a permanecer en él.

La actuación de la policía se limitará a hacer cumplir la sentencia. Pero sin un fallo judicial, ninguno puede prohibir a un ciudadano frecuentar el lugar que desee, siempre que no incurra en delito; en cuyo caso se deberá proceder por la comisión del mismo, y no por la permanencia en el sitio.

Algo similar ocurre con la sanción accesoria de destierro, conceptuada en el artículo 42 del Código Penal, consistente en la obligación de permanecer en una localidad específica, o la prohibición de residir en otro lugar; prerrogativas éstas de un jurado, y no de un jefe de policía, independientemente de su jerarquía.

Por consiguiente, cuando un policía, sin obrar sentencia judicial prohíbe frecuentar lugares del territorio nacional a cualquier ciudadano; por ejemplo, que una mujer de Santiago de Cuba vaya a una iglesia en La Habana; o pretende que un bloguero permanezca en su casa de Holguín, ese policía está cometiendo un delito previsto en el artículo 279.1 del Código Penal, donde se expresa: “El que, sin tener facultad para ello, y fuera de los casos y las condiciones previstas en la ley, priva a otro de su libertad personal, incurre en sanción de privación de libertad de dos a cinco años.

Contra los policías, incluso contra el ministro del Interior si se le ocurriera ocupar el lugar de los tribunales, disponiendo la aplicación de sanciones de destierro, o la prohibición de visitar el lugar que uno escoja, es posible formular denuncias por la comisión de delitos contra los derechos individuales.

Muchos lectores bien informados, o escépticos, dirán que este andamiaje legal funciona solamente donde las capuchas de los secuestradores no están entre los instrumentos de trabajo de la policía, y donde los jueces no integran un partido único. Y no les falta razón. Queda demostrado una vez más que en las dictaduras el gobierno se ejerce fuera de las leyes del propio país.