Brooks on Cowen on Stagnation by Don Boudreaux

Here’s a letter to the New York Times:

David Brooks appropriately devotes today’s column to my GMU Econ colleague Tyler Cowen’s important new book The Great Stagnation (“The Experience Economy,” Feb. 15). Mr. Brooks offers the intriguing hypothesis that what accounts for the relatively ‘stagnant’ measured economic growth since the mid-1970s isn’t so much the absence of remaining “low-hanging fruit” (as Tyler argues) but, instead, a shift to less-materialist values.

I have a different hypothesis: what has stagnated isn’t the economy but, rather, economists’ and statisticians’ capacity to measure economic activity and its contribution to human well-being.

As Mr. Brooks notes, Americans today demand more unique and nuanced experiences. Unfortunately, though, the economic value of experiences – unlike that of more corn, more cows, and more cars – is difficult to measure using mid-20th century national-income-accounting categories. But we are demanding these experiences not because we’re becoming less materialistic or less wealthy. We’re demanding these experiences precisely because, rather than stagnating, our economy and our wealth continue to grow so impressively that they are outstripping last-century’s economic categories and measurement techniques.

Sincerely,

Donald J. Boudreaux

Activismo liberal, 'quo vadis'? Por Juan Ramón Rallo

Activismo liberal, 'quo vadis'? Por Juan Ramón Rallo

Muchos liberales atribuyen gran parte del mal que nos rodea al omnipresente estatismo. Si el Estado no interviniera con profusión en todos los ámbitos de nuestra existencia, argumentan, nuestras vidas serían infinitamente mejores.

Con pensiones privadas –dicen–, disfrutaríamos de una jubilación más próspera; con educación privada y desregulada, nuestros hijos recibirían una formación más rica y útil; con sanidad privada, los tratamientos estarían mucho más avanzados y generalizados; sin tantas regulaciones sangrantes y expolios fiscales, el crecimiento económico desbordaría todas nuestras previsiones y nos conduciría a un mundo de prosperidad y abundancia sin límites.

Aun con cierta dosis de exageración, no puedo dejar de compartir este diagnóstico. Al cabo, el intervencionismo estatal es tan asfixiante que también elimina nuestra capacidad para pensar fuera de las estrechas fronteras a las que nos ha confinado. Ahora bien, dicho esto, también es cierto que el pretexto estatista sirve a muchos para canalizar sus frustraciones vitales y atribuir la responsabilidad de sus fracasos personales a un agente externo opresor.

En otras palabras, si bien no podemos obviar todos los obstáculos que los Estados introducen en nuestras vidas merced a sus, en muchos casos, delictuosas actuaciones, tampoco deberíamos dejar de vivir o de prosperar por creernos derrotados por el estatismo. Puede que todo fuera más fácil sin el dirigismo estatal, pero las dificultades que introduce no deberían ser una excusa para que nos cruzáramos de brazos y renunciáramos a todos nuestros sueños. De hecho, si de verdad creemos en el potencial casi infinito de la libertad, deberíamos ser capaces de extraer cuantiosos frutos aun de situaciones como la actual.

Hace unos años mi amigo Toni Mascaró publicó un muy interesante artículo acerca de cómo lograr la transición desde una sociedad estatalizada a otra donde prevaleciera la libertad. Lo llamó teoría del desprendimiento: su previsión era que, conforme pasara el tiempo, cada vez un mayor número de individuos irían planificando su futuro al margen del Estado. No porque éste dejara de pisotearnos, sino porque asumiríamos que el pisotón no es más que una parte del medio ambiente en el que vivimos; no un abismo infranqueable para alcanzar la meta, sino un lastre con el que involuntariamente cargaríamos durante toda la carrera. Y, al final, cuando todos lo soportáramos estoicamente sin darle ningún uso, cuando todos nos hubiéramos desprendido de sus ineficientes y onerosos servicios –sin esperar una pensión, sin acudir a sus escuelas, sin sanarnos en sus hospitales, sin depender de sus subsidios...–, el poder político se vendría abajo por su propio e innecesario peso.


Por supuesto, hacer como que el Estado no se encuentra ahí tiene sus grandes riesgos para la libertad. Ya decía Jefferson que el precio de ésta era la vigilancia permanente, y no hay peor vigilante que aquel que se acostumbra a que le roben la cartera. Pero, al mismo tiempo, la vigilancia permanente también es muy costosa y paralizadora: si para evitar que nos arrebaten 20 euros tenemos que dedicar un tiempo en el que habríamos podido ganar 40, el atraco del Estado se vuelve doble; pero se vuelve doble en parte por nuestra culpa.

Tengo la impresión de que muchos liberales dedican más tiempo a explicar al gran público por qué el mundo está inexorablemente condenado al Apocalipsis debido al intervencionismo estatal que a hablar de las virtudes y potencialidades de la libertad que aún nos dejan disfrutar. Es decir, en lugar de decir a la gente: "Aprovechad ese maravilloso resquicio de libertad que aún nos queda", el mensaje es: "Sentíos frustrados, porque la plena libertad es una condición sine qua non para tener éxito en la vida, y jamás, mientras exista el Estado, tendremos libertad plena".

A mi juicio, se trata de un error no sólo de comunicación –palo en lugar de zanahoria–, sino de estrategia para lograr una significativa disminución del estatismo. Pues si no podemos empezar a vivir hasta que el Estado desaparezca –o hasta que haya sido reducido a la mínima expresión–, es obvio que deberemos malgastar nuestro tiempo en luchar contra el Estado y en planificar su ordenada deconstrucción; es decir, para extender el liberalismo recurriremos a la política (o a organizar una revolución): una aproximación top-down que se encuentra precisamente en las antípodas del liberalismo. Por el contrario, si dedicamos nuestro tiempo no a resistir numantinamente al Estado, sino a prosperar al margen del mismo, el cambio irá emergiendo de manera no intencionada, casi sin darnos cuenta (aproximación down-top, propia del liberalismo).

Precisamente hace unos días conocimos los resultados de un estudio de la Universidad de Virginia que ha analizado la manera de actuar y pensar de los grandes empresarios –fundadores de compañías con unos ingresos anuales de entre 200 y 6.500 millones de dólares– en contraposición a cómo actúan y piensan los meros gestores o cuadros intermedios. Así, nos enteramos de que, en contra de lo que suele fabularse, los grandes empresarios no tienen objetivos muy definidos sobre adónde quieren ir, sino que son capaces de adaptarse al entorno e ir variando sus objetivos en función del creativo uso que sean capaces de dar a los recursos a su alcance: son brillantes improvisadores. En cambio, los gestores predeterminan su objetivo y tratan de minimizar los costes necesarios para alcanzarlo; no adaptan su objetivo al medio y, por ello, son mucho más sensibles a los cambios bruscos del entorno (algo harto habitual en un mercado libre, dinámico y competitivo).

Creo que no resulta complicado trasladar esta dicotomía al activismo liberal. Por un lado, tenemos a geniales gestores de la ideología liberal que tienen como objetivo reducir el peso del Estado: elaboran encendidas soflamas antiestatistas, desarrollan planes sobre privatizaciones, se meten en política, se infiltran en el campo enemigo... Por otro, tenemos a liberales más prácticos que simplemente tratan de vivir y prosperar al margen del Estado: se adaptan al entorno sin llegar a convertirse en parásitos del monopolio de la compulsión y sirven de ejemplo al resto de personas cuando acumulan grandes patrimonios, se autorrealizan y llegan a disfrutar de sus vidas como si el Estado no les extorsionara.
 
No estoy diciendo que los gestores de la ideología liberal no sean imprescindibles –los intelectuales siguen teniendo su papel como contrapunto a las falacias que seguirán divulgando los voceros del estatismo: no podemos dejarles el monopolio de la difusión de las ideas–, ni siquiera que en cualquier circunstancia y con cualquier grado de intervencionismo podamos prosperar individualmente (es obvio que en la Unión Soviética ese margen era muy reducido). Pero sí estoy diciendo que para ir ampliando nuestras esferas de libertad no necesitamos una sociedad militantemente antiestatista, una sociedad que, a modo de ejército, se coordine para destruir toda manifestación intervencionista. Al contrario, basta con que animemos a la gente a pensar y vivir fuera del Estado; a que sepan y aprendan a ganar dinero sin chupar del presupuesto, a educar a sus hijos fuera del adoctrinador y emburrecedor sistema de enseñanza pública, a contratar seguros médicos de bajo coste y mayor calidad que la sanidad pública o a planificar su jubilación como si la Seguridad Social no existiera, o como si sólo fuera un mero y exiguo complemento público.

A mi modo de ver, gran parte de la transición desde una sociedad sometida a mandatos políticos a otra regida por la cooperación voluntaria de mercado se producirá sin que nadie la dirija. En este sentido, los debates sobre cómo privatizar las pensiones, la sanidad o la educación podrán ser intelectualmente estimulantes, pero resultarán baldíos en la práctica. Pues cuando todo el mundo o casi todo el mundo haya acumulado un sustancial patrimonio propio para su jubilación, o cuando la mayor parte de la formación básica de los alumnos se lleve a cabo en casa o a través de internet y la mayor parte de la especializada requiera de masters privados postuniversitarios, de facto el Estado habrá sido vaciado de gran parte de sus competencias: se quedará sólo con la mano que nos arrebata el dinero, pero carecerá de la mano con la que nos da el pan; momento en el que el coste de oportunidad de abandonarlo o constreñirlo será casi nulo para casi todo el mundo.

Mientras el activismo liberal se dirija en su mayoría a promover la revolución política en lugar de a demostrar que ahora, ya, en estos momentos, hay vida fuera del Estado, sólo los que tengan tiempo y ganas de derrocar al Estado –una minoritaria vanguardia elitista– escucharán su mensaje. Si, en cambio, el activismo liberal se focaliza no tanto en tomar el poder y en acometer reformas políticas de carácter megalómano, sino en dar pequeños pasos en la buena dirección y, sobre todo, en delinear estrategias que cualquier persona pueda seguir para encontrar y disfrutar de su libertad allí donde parecía no haberla, comenzará a convertirse en un movimiento de masas: sobre todo porque la gente no es tonta, y si algo funciona –y la libertad lo hace– y no requiere de un gran esfuerzo, la gente tiende a buscarlo.

No se trata, pues, de renunciar al discurso maximalista y a tener claros los objetivos últimos, sino de no concentrar ahí todos o la mayor parte de nuestros esfuerzos. Más que capitanear a la gente por el único camino de la libertad, habrá que despejar algunos caminos, mostrar la existencia de otros y, sobre todo, recordar e insistir en que cada cual puede llegar a crear y encontrar los suyos propios. Más que gestores de la libertad ajena, necesitamos empresarios que aprovechen al máximo la libertad propia y enciendan la curiosidad de los acomodados en la mamandurria estatista.

La libertad y los árabes por Mario Vargas Llosa

El movimiento popular que ha sacudido a países como Túnez, Egipto, Yemen y cuyas réplicas han llegado hasta Argelia, Marruecos y Jordania es el más rotundo desmentido a quienes, como Thomas Carlyle, creen que "la historia del mundo es la biografía de los grandes hombres". Ningún caudillo, grupo o partido político puede atribuirse ese sísmico levantamiento social que ha decapitado ya la satrapía tunecina de Ben Ali y la egipcia de Hosni Mubarak, tiene al borde del desplome a la yemenita de Ali Abdalá Saleh y provoca escalofríos en los gobiernos de los países donde la onda convulsiva ha llegado más débilmente como en Siria, Jordania, Argelia, Marruecos y Arabia Saudí.

Es obvio que nadie podía prever lo que ha ocurrido en las sociedades autoritarias árabes y que el mundo entero y, en especial, los analistas, la prensa, las cancillerías y think tanks políticos occidentales se han visto tan sorprendidos por la explosión socio-política árabe como lo estuvieron con la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética y sus satélites. No es arbitrario acercar ambos acontecimientos: los dos tienen una trascendencia semejante para las respectivas regiones y lanzan precipitaciones y secuelas políticas para el resto del mundo. ¿Qué mejor prueba que la historia no está escrita y que ella puede tomar de pronto direcciones imprevistas que escapan a todas las teorías que pretenden sujetarla dentro de cauces lógicos?

Dicho esto, no es imposible discernir alguna racionalidad en ese contagioso movimiento de protesta que se inicia, como en una historia fantástica, con la inmolación por el fuego de un pobre y desesperado tunecino de provincia llamado Mohamed Bouazizi y con la rapidez del fuego se extiende por todo el Oriente Próximo. Los países donde ello ha ocurrido padecían dictaduras de decenas de años, corruptas hasta el tuétano, cuyos gobernantes, parientes cercanos y clientelas oligárquicas habían acumulado inmensas fortunas, bien seguras en el extranjero, mientras la pobreza y el desempleo, así como la falta de educación y salud, mantenían a enormes sectores de la población en niveles de mera subsistencia y a veces en la hambruna. La corrupción generalizada y un sistema de favoritismo y privilegio cerraban a la mayoría de la población todos los canales de ascenso económico y social.

Ahora bien, este estado de cosas, que ha sido el de innumerables países a lo largo de la historia, jamás hubiera provocado el alzamiento sin un hecho determinante de los tiempos modernos: la globalización. La revolución de la información ha ido agujereando por doquier los rígidos sistemas de censura que las satrapías árabes habían instalado a fin de tener a los pueblos que explotaban y saqueaban en la ignorancia y el oscurantismo tradicionales. Pero ahora es muy difícil, casi imposible, para un gobierno someter a la sociedad entera a las tinieblas mediáticas a fin de manipularla y engañarla como antaño. La telefonía móvil, el internet, los blogs, el Facebook, el Twitter, las cadenas internacionales de televisión y demás resortes de la tecnología audiovisual han llevado a todos los rincones del mundo la realidad de nuestro tiempo y forzado unas comparaciones que, por supuesto, han mostrado a las masas árabes el anacronismo y barbarie de los regímenes que padecían y la distancia que los separa de los países modernos. Y esos mismos instrumentos de la nueva tecnología han permitido que los manifestantes coordinaran acciones y pudieran introducir cierto orden en lo que en un primer momento pudo parecer una caótica explosión de descontento anárquico. No ha sido así. Uno de los rasgos más sorprendentes de la rebeldía árabe han sido los esfuerzos de los manifestantes por atajar el vandalismo y salir al frente, como en Egipto, de los matones enviados por el régimen a cometer tropelías para desprestigiar el alzamiento e intimidar a la prensa.

La lentitud (para no decir la cobardía) con que los países occidentales -sobre todo los de Europa- han reaccionado, vacilando primero ante lo que ocurría y luego con vacuas declaraciones de buenas intenciones a favor de una solución negociada del conflicto, en vez de apoyar a los rebeldes, tiene que haber causado terrible decepción a los millones de manifestantes que se lanzaron a las calles en los países árabes pidiendo "libertad" y "democracia" y descubrieron que los países libres los miraban con recelo y a veces pánico. Y comprobar, entre otras cosas, que los partidos políticos de Mubarak y Ben Ali ¡eran miembros activos de la Internacional Socialista! Vaya manera de promocionar la social democracia y los derechos humanos en el Oriente Próximo.

La equivocación garrafal de Occidente ha sido ver en el movimiento emancipador de los árabes un caballo de Troya gracias al cual el integrismo islámico podía apoderarse de toda la región y el modelo iraní -una satrapía de fanáticos religiosos- se extendería por todo el Oriente Próximo. La verdad es que el estallido popular no estuvo dirigido por los integristas y que, hasta ahora al menos, éstos no lideran el movimiento emancipador ni pretenden hacerlo. Ellos parecen mucho más conscientes que las cancillerías occidentales de que lo que moviliza a los jóvenes de ambos sexos tunecinos, egipcios, yemenitas y los demás no son la sharia y el deseo de que unos clérigos fanáticos vengan a reemplazar a los dictadorzuelos cleptómanos de los que quieren sacudirse. Habría que ser ciegos o muy prejuiciados para no advertir que el motor secreto de este movimiento es un instinto de libertad y de modernización.

Desde luego que no sabemos aún la deriva que tomará esta rebelión y, por supuesto, no se puede descartar que, en la confusión que todavía prevalece, el integrismo o el Ejército traten de sacar partido. Pero, lo que sí sabemos es que, en su origen y primer desarrollo, este movimiento ha sido civil, no religioso, y claramente inspirado en ideales democráticos de libertad política, libertad de prensa, elecciones libres, lucha contra la corrupción, justicia social, oportunidades para trabajar y mejorar. El Occidente liberal y democrático debería celebrar este hecho como una extraordinaria confirmación de la vigencia universal de los valores que representa la cultura de la libertad y volcar todo su apoyo hacia los pueblos árabes en este momento de su lucha contra los tiranos. No sólo sería un acto de justicia sino también una manera de asegurar la amistad y la colaboración con un futuro Oriente Próximo libre y democrático.

Porque ésta es ahora una posibilidad real. Hasta antes de esta rebelión popular a muchos nos parecía difícil. Lo ocurrido en Irán, y, en cierta forma, en Irak, justificaba cierto pesimismo respecto a la opción democrática en el mundo árabe. Pero lo ocurrido estas últimas semanas debería haber barrido esas reticencias y temores, inspirados en prejuicios culturales y racistas. La libertad no es un valor que sólo los países cultos y evolucionados aprecian en todo lo que significa. Masas desinformadas, discriminadas y explotadas pueden también, por caminos tortuosos a menudo, descubrir que la libertad no es un ente retórico desprovisto de sustancia, sino una llave maestra muy concreta para salir del horror, un instrumento para construir una sociedad donde hombres y mujeres puedan vivir sin miedo, dentro de la legalidad y con oportunidades de progreso. Ha ocurrido en el Asia, en América Latina, en los países que vivieron sometidos a la férula de la Unión Soviética. Y ahora -por fin- está empezando a ocurrir también en los países árabes con una fuerza y heroísmo extraordinarios. Nuestra obligación es mostrarles nuestra solidaridad activa, porque la transformación de Oriente Próximo en una tierra de libertad no sólo beneficiará a millones de árabes sino al mundo entero en general (incluido, por supuesto, Israel, aunque el Gobierno extremista de Netanyahu sea incapaz de entenderlo).

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011. © Mario Vargas Llosa, 2011.

Matar a un elefante y otros escritos y El león y el unicornio y otros ensayos, de George Orwell por Jesús Silva-Herzog Márquez

Al comentar la publicación de las obras completas de Orwell –veinte tomos y más de ocho mil páginas– Timothy Garton Ash se preguntaba si el autor de 1984 debía ser tratado como Shakespeare. ¿Cuál podría ser el valor de los miles de notas y reseñas que sembró rutinariamente en periódicos y revistas? ¿Qué sentido tendría desenterrar sus poemas adolescentes como si fueran sonetos de Milton? ¿De qué manera podrían justificarse tres gordos volúmenes de sus programas de radio en la bbc? Extraño, porque nadie diría que Orwell fue el Shakespeare del siglo xx. Ni siquiera el más ferviente orwelliano se atrevería a hacer la comparación. Puede decirse abiertamente que buena parte de su producción literaria es francamente mala. Sus primeras novelas son desastrosas. Él mismo lo reconoció y ordenó que nunca (uso sus mayúsculas) se reimprimieran. Siguiendo el juicio de Garton Ash, hasta su celebradísima novela sobre la vida bajo el totalitarismo está salpicada de melodrama y torpe escritura. Sólo Rebelión en la granja es una composición perfecta. Lionel Trilling, uno de sus primeros admiradores, decía que el principal atractivo de Orwell era que no era un genio. Era un hombre de inteligencia simple, directa y honesta que tuvo el poder de nombrar lo que tenía frente a la nariz. No era ni un genio ni un héroe. ¡Qué alivio!En lengua española no hay nadie, por supuesto, que pretenda repetir la empresa de las obras completas. Pero en los últimos años, una fiebre orwelliana ha contagiado las casas editoriales. El trabajo periodístico, el ensayo político, la reflexión autobiográfica y la crítica literaria han encontrado alojamiento en libros recientes. Hace cuatro años, para celebrar el centenario de Orwell, Tusquets empaquetó todo lo que el inglés escribió sobre España y su guerra. Alrededor del “Homenaje a Cataluña” se reúnen cartas, notas, reseñas y entradas de su diario personal en donde aparece la patria de su bautizo político. La editorial mexicana Sexto Piso ha entregado dos piezas orwellianas: sus Diarios de guerra y una bien alineada selección de ensayos. Global Rhythm Press, la editora barcelonesa de discos de jazz, ha recogido los (olvidables) artículos que Orwell publicó en Observer entre 1942 y 1949. Finalmente, en coedición de Turner y el Fondo de Cultura Económica se publican dos estupendas colecciones de ensayos y crónicas: Matar a un elefante y otros escritos y El león y el unicornio y otros ensayos. En conjunto, estos dos volúmenes constituyen lo mejor del repertorio ensayístico de Orwell.2

Es atinado destacar el ensayo “Matar a un elefante” como título de una amplia compilación. El ensayo se ha leído siempre como una pieza de denuncia antiimperialista. Lo es, pero sobre todo se trata de una confesión en la que arraiga una toma de consciencia. Publicado inicialmente en otoño de 1936, la crónica describe un episodio que vivió como policía en Birmania. La única vez, dice él, en que fue tan importante como para ser odiado por muchos. Orwell narra las circunstancias en que se sintió obligado a matar a un elefante que había escapado de su encierro. El oficial actuó bajo la presión de los birmanos que gritaban exigiendo una decisión enérgica de quien representaba la autoridad del Imperio. Un mar de rostros aceitunados esperando el tiro. Eric Blair (Orwell), el policía, más que una imponente torre imperial, resultaba instrumento de una muchedumbre rabiosa. El guardia no encuentra razones para asesinar al inmenso animal, pero dispara.

Orwell interpreta el evento como exhibición del vacío imperial. El hombre blanco, el uniformado gendarme británico que carga un rifle alemán no es nada frente a un “ejército de nativos inermes”. Yo no era más que un títere de los morenos sin armas. El episodio no sólo revela ese hueco político; es, sobre todo, una alegoría moral, una metáfora de los sobornos de la simpatía. El oficial temeroso dispara porque no quiere quedar como un idiota. Temiendo el desprecio de muchos, actúa en contra de su convicción. Los birmanos pedían sangre y el oficial responde entregándoles un enorme cadáver. Más que desnudar al imperialismo, Orwell retrata la mecánica corruptora que después habría de combatir: la intimidación del halago, las trampas de la adhesión. Todo lo que escribió tras ese episodio es un intento de escapar de las trampas del aplauso.

Registrar el paso de las impresiones es, en sí mismo, un compromiso de verdad, un riesgo. Quien quiera sentirse infalible, que no lleve nunca un diario, decía. Matar a un elefante y otros escritos contiene también las anotaciones de guerra de Orwell que ya había vertido al español la casa mexicana Sexto Piso. El autor se equivocó en sus registros de lo inmediato y en sus vaticinios. La libreta vale más como anticipo biográfico que como testimonio. Más allá de estampas elocuentes sobre el gas que escapa de los ductos, de los temores que se contagian y las bombas que estallan; los cuadernos de Orwell muestran en semilla sus preocupaciones centrales. El carácter antiheroico de la guerra, por ejemplo. Es bien sabido que el inglés no era un pacifista: la guerra era perversa, pero en ocasiones tiene que asumirse como el mal menor. Oponerse a la ligereza del pacifismo no implicaba, desde luego, glorificar la guerra. Desde su aventura catalana, lo decía con toda claridad: la guerra es tediosa. La Gran Causa no se asoma ni en minúsculas. De ahí que lo verdaderamente insufrible de la guerra no sean los miedos de muerte sino la pesadilla de sus rutinas: “Ya no me fastidian ni me atemorizan los bombardeos. Lo que no resisto es la desorganización del tráfico, la ruptura de los servicios elementales, el bloqueo de las tiendas, la escasez habitual.”

Los cuadernos registran otras fibras de su trabajo narrativo y ensayístico: el reparo frente a las desigualdades, un patriotismo antinacionalista y, sobre todo, la obsesiva preocupación por la verdad y las posibilidades del entendimiento en tiempos dramáticos. La guerra es el dominio de la mentira y la propaganda, la hacienda del rumor. A Orwell le intriga su ecología. ¿Cómo nace, quién inventa el chisme, ese sustitutivo callejero de la verdad? El cronista hace un experimento para detectar su nacimiento pero fracasa. Vio con gran claridad el futuro que le esperaba a la verdad. Las plagas se extienden y son acogidas como frutos benéficos. La basura publicitaria se acepta como decorado de la vida moderna; la deshonestidad periodística se enmascara como compromiso; la pereza intelectual se esconde en halagos de cortesía o en epítetos. Epidemia de lugares comunes, ortodoxias, ideologías, frases hechas, eufemismos. La escritura ha de ser una ventana, no un cuadro. “La buena prosa es como el cristal de una ventana.” Su ensayo sobre la política y la palabra (recogido en Matar a un elefante) es quizá la pieza más penetrante, el ensayo más incisivo y perdurable de Orwell. La degeneración del lenguaje es el compañero indispensable del abuso político. No hay explotación que no se levante en una batería de eufemismos, frases hechas e hipocresías verbales. No se trata de un problema de los regímenes totalitarios, sino de un padecimiento que ataca toda forma política, y quizá con mayor facilidad al régimen democrático que ha entronizado el profiláctico vocabulario de lo políticamente correcto.

Al poner en palabras las razones de su escritura, Orwell detectó el origen de su talento: desde niño, dice, “supe que tenía facilidad con las palabras y un poder de encarar hechos desagradables”. Miguel Martínez-Lage, el traductor, escoge palabras más tibias y hace decir a Orwell que tenía la “capacidad de afrontar hechos menos agradables”. Desatinada elección de palabras: Orwell no habla de una habilidad sino de un poder, esto es, de una responsabilidad. Es que el poder de encarar que ha subrayado Christopher Hitchens, su apologista contemporáneo más entusiasta, supone una fuerza para vencer obstáculos. Para ver lo que tiene uno frente a la nariz hay que emprender una lucha. Al hablar del poder de encarar, Orwell asumía una responsabilidad, condenaba la evasión, la indecencia de cerrar los ojos ante el atropello “de los nuestros”.

Christopher Hitchens, un hombre no muy inclinado al retrato encomiástico, celebró a Orwell en un libro reciente como el hombre que estuvo en el lugar correcto en las tres batallas cruciales del siglo xx: acertó en su denuncia del imperialismo, del fascismo y del estalinismo. En efecto, tuvo razón Orwell en oponerse a estos despotismos. Pero no es ése su “triunfo.” La presencia del autor de Rebelión en la granja está, sobre todo, en su integridad. En su defensa de la palabra y de la verdad. De su poder de plantarse frente a lo desagradable proviene su gran lección: una ética de encarar y de nombrar. ~