Represión en Siria 31.07.2011


Tanques del ejército sirio disparan indiscriminadamente en varias ciudades. TVE.

Al menos 95 muertos y decenas de heridos al irrumpir los tanques de El Asad en la ciudad de Hama. El País.


El ejército sirio ataca la ciudad rebelde de Hama y deja cerca de 100 muertos. Libertad Digital.


Syrian tanks kill protesters in Hama. The Guardian.


Syrian regime tanks return to Hama. The Guardian.

79 minutos con Anders Behring Breivik matando por Álvaro de Cózar y Juan Gómez.

Vía El País (Aquí las víctimas).
Entre los dirigentes laboristas noruegos es frecuente bromear sobre los viejos recuerdos de la isla de Utoya. Allí se formaron parejas que todavía duran y se trabaron amistades y enemistades para toda la vida. En sus folletos informativos, los jóvenes del Partido Laborista (AUF) animan a los suyos anunciando que "Utoya es el mejor lugar de Noruega para conocer gente: aquí encontrarás jóvenes de todo el país, habrá conciertos, discoteca y citas. ¡Hasta tenemos un Sendero de los Enamorados!".

"Era lo mejor del verano", afirma Asbj Kristoffersen, de 75 años, un sindicalista y veterano militante socialdemócrata que sigue trabajando en las oficinas del partido en Oslo. Esa pequeña isla, de poco más de 10 hectáreas, le unió para siempre a unas siglas y afianzó sus convicciones. "Fue el paraíso de mi juventud", asegura.
Unos mil muchachos de entre catorce y veintitantos años habían empezado a viajar a la isla a lo largo del verano para repetir una experiencia similar a la de Kristoffersen. El 22 de julio, los jóvenes esperaban entusiasmados el discurso que el primer ministro, Jens Stoltenberg, iba a pronunciar al día siguiente. Justo en el momento en el que Stoltenberg prepara el texto, una bomba explota junto a la sede del Gobierno central en Oslo. La explosión mata a ocho personas y destruye casi todo el barrio de oficinas y ministerios. Los jóvenes oyen por la radio las noticias y siguen en todo momento lo que está pasando, preocupados por la situación del líder de su partido.
El viernes, 22 de julio, llovía en Utoya.
Es el cuarto día de acampada veraniega en el campamento y los chicos del AUF se congregan tras recibir la noticia del atentado. Eskil Pedersen y Asmund Aukrust, dirigentes laboristas, han suspendido ya todas las actividades del día y convocan a los 530 muchachos que siguen en la isla. A esas alturas muchos creen todavía que la bomba ha sido obra de algún grupo islamista internacional.
Johannes Dalen Giske está trabajando en el ferri Thorbjorn cuando un tipo alto y corpulento, con uniforme de policía y que lleva una bolsa, le pide que le lleve a la isla. Su nombre es Anders Behring Breivik. Es el autor de los atentados de Oslo. Nadie lo sabe entonces, pero el coche bomba solo ha sido una maniobra para despistar a la policía y desviar la atención de la isla de Utoya. Giske le deja pasar tras pedir permiso al capitán.
El visitante desembarca en Utoya a las 16.07. Minutos después abre fuego sobre Monica Bosei, de 45 años, llamada la madre de Utoya porque ella es quien ha organizado las acampadas de los últimos 10 años. Breivik también mata a Trond Berntsen, de 51 años, un policía fuera de servicio y hermanastro de la princesa noruega Mette-Marit. Tras cobrarse las primeras víctimas, emprende el camino hacia la casa principal del complejo de Utoya. Nueve jóvenes que escuchan los disparos se refugian en el barco de Giske. Sin entender muy bien la situación, este decide regresar con esos nueve pasajeros. Entre ellos se salva Eskil Pedersen, presidente de AUF (Partido Laborista noruego).
En su camino hacia el centro de la isla, Breivik dispara a discreción. Abate a Ingvild Leren Stensrud, una chica de 16 años que sobrevive a los tres impactos ocultándose a rastras entre los cadáveres. Al alcanzar la cafetería de la Isla, donde los jóvenes aún ignoran del todo lo que está pasando, Breivik los llama a voces: "Acercaos, que tengo información importante sobre el atentado de Oslo". Mata, uno detrás de otro, a los que se pusieron en primera fila. Los demás huyen despavoridos.
En la cafetería se halla Alí Esbati, economista de 34 años invitado a Utoya para impartir un seminario. Esbati no da importancia a los primeros ruidos y gritos. Pero la expresión desencajada de los jóvenes que se refugian en la sala le lleva a tirarse al suelo con los demás. "¡Todos fuera de aquí!", les gritan algunos muchachos a través de las ventanas. Esbati sale por una de ellas y evita así el embudo que se estaba formando en la puerta trasera. A la izquierda está el bosque. Decide esconderse allí.
Ya se han producido entre tanto las primeras llamadas de socorro. A las cinco y media de la tarde, la policía de Buskerut recibe las primeras desde la isla. Utoya es una trampa mortal. Breivik continua su recorrido tranquilamente, armado con el fusil automático que ha sacado de su bolsa. Cuando algún herido da señales de vida, lo remata con su pistola Glock.
Julie Bremnes, que ya ha hablado con su madre por teléfono, le envía un mensaje de texto a las 17.42: "Mamá, dile a la policía que se den prisa, la gente está muriendo aquí". Marianne Bremnes, que vive cerca del círculo polar Ártico, le responde enseguida:
-Lo estoy intentando, Julie, la policía está en camino. ¿Te atreves a llamarme?
-No. Dile a la policía que hay un loco dando vueltas y disparándole a la gente. Que se den prisa.
-La policía lo sabe, ha recibido muchas llamadas. Todo va bien, Julie, la policía nos está llamando ahora. Envíanos una señal de vida cada cinco minutos, por favor.
-Tememos por nuestras vidas.
-Lo entiendo, cariño. Sigue escondida y no te muevas. La policía esta de camino, si es que no ha llegado ya. ¿Has visto a alguien herido o muerto?
-Estamos escondidos en las rocas de la costa.
-Vale. ¿Quieres que le diga a tu abuelo que pase a recogerte cuando haya pasado todo? Tú decides.
-Sí.
-Vamos a llamar al abuelo ahora.
-Te quiero, aunque me porte mal a veces. No siento pánico, pero estoy muerta de miedo.
-Lo sé, cariño. También te queremos mucho. ¿Sigues oyendo disparos?
-No.
Mientras Marianne trata de tranquilizar a su hija, Breivik continúa con la matanza. Los muchachos que se ocultan en el bosque orientan su huida según la dirección de donde les llegaba el sonido de los disparos. Kristoffer Niborg, de 24 años, corre con un grupo de amigos por los bosques de Utoya. Saben que Breivik les pisa los talones. Deciden abandonar la protección de los árboles para buscar la salvación tirándose al agua muy cerca de la zona nudista. El agua está fría. La ropa empapada tira de ellos hacia el fondo y su esfuerzo no les basta para alejarse lo suficiente. Breivik, tan tranquilo, se planta en la orilla y encara el rifle una y otra vez. Christopher logra escapar, pero varios de sus amigos mueren cerca de él.
Edvard Fornes, de 16 años, también se encuentra en la costa. Escondido entre la vegetación, ve cómo Breivik descubre a un grupo de compañeros ocultos en una zanja. Los chicos suplican piedad. Breivik abre fuego y los mata, "como a perros", según dirá Fornes. Breivik se dirige a otros jóvenes que escapan: "Venid a jugar conmigo". Fornes se tira al lago y empieza a nadar. Cuando se gira, ve cómo Breivik le apunta con su rifle y se sumerge para bucear. El agua está a dos grados. El muchacho escapa ileso.
Alertada por llamadas como la de Marianne Bremnes, la policía de Buskerut llega al punto del litoral más próximo a la isla de Utoya. Los agentes no pasan de ahí. La mayoría de los efectivos están concentrados en el centro de Oslo, donde unas horas antes había explotado el coche bomba de Breivik.
Así que el jefe de la policía de Oslo, Arnstein Gjengedal, ordena a las fuerzas de élite antiterroristas Beredskapstroppen que acaben con la matanza de Utoya. La policía solo tiene un helicóptero, que carece de suficiente capacidad para llevar desde Oslo a los policías con todos sus pertrechos. Los agentes no llegan a la orilla del Tyrifjorden hasta las 18.09. Tienen que esperar 16 minutos más hasta que un bote les lleve a la isla.
La televisión pública noruega sí que ha llegado hasta Utoya por aire. El ruido de las aspas de su helicóptero hace que Esbati, que seguía escondido en el bosque cercano a la cafetería, se crea rescatado ya por la policía. Tras pasar por diversos escondites en el bosque, la proximidad de los disparos de Breivik lo ha llevado hasta la costa. Las aspas, piensa, son de la policía y traen la salvación. Así que se relaja un tanto y se reúne con un grupo de muchachos, entre los que hay dos niños de 9 y 10 años. Uno de ellos llora: "Han matado a mi padre, he visto como mataban a mi padre". Esbati cree ahora que era el hijo del policía Berntsen, la segunda víctima de Breivik.
El helicóptero solo lleva una cámara de televisión, que graba impotente las únicas imágenes de Breivik disparando en la isla. A ras de suelo, Esbati se percata de la presencia de otro adulto de uniforme. Lo toma por un policía hasta que abre fuego sobre un grupo de jóvenes. Esbati está a solo 10 metros del asesino. Se tira al agua y huye, temiendo que una bala lo alcance por la espalda en cualquier momento. Pero Breivik continúa su camino en dirección contraria.
Julie ha seguido enviando mensajes de texto a su madre a través del teléfono móvil.
-La policía está aquí.
-Dicen que el que dispara lleva uniforme de policía. Ten cuidado. ¿Qué está pasando?
-No lo sabemos.
-¿Puedes hablar ahora?
-No, sigue disparando.
-Una unidad antiterrorista está ahí intentando atraparlo.
-Ok.
-¿Te buscamos un vuelo a casa mañana?
-No estoy para eso ahora.
-Lo entiendo.
También el vicepresidente del Partido Laborista, Asmund Aukrust, que se había escondido en el bosque, se da cuenta de que los árboles no son un buen lugar para protegerse de Breivik. Elige una tienda de campaña del camping, donde se encierra con la esperanza de que Breivik no regrese a buscar más víctimas. En las primeras dos horas que pasa oculto en su tienda escucha muchos tiros y gritos. Al final, solo la lluvia golpeando la lona. Se aferra a un pensamiento que le permite mantenerse en calma: "Esto es una locura y tendrá que terminar antes o después".
Se encargará de ello Jacob Bjertnaes, que desembarca en Utoya a las seis y media de la tarde con el comando de élite. Se dividen en dos grupos. Uno se encamina al norte y otro al sur. Es este último el que ve al terrorista a unos 350 metros. Los agentes gritan para que Breivik deponga las armas. Tienen orden de disparar si se resiste o tiene explosivos en su cuerpo. Breivik no se la juega. Levanta los brazos y, en el mismo gesto, arroja el arma a más de 15 metros de sí. No dice nada. Los agentes le esposan. Terminan los 79 minutos de Breivik en Utoya.
La conversación entre Julie y Marianne prosigue mientras tanto:
-¿Sabes si lo han cogido ya?
-Te tendremos informada, cariño. Estamos siguiéndolo todo por televisión. Eh, ¿sigues ahí?
-Si, los helicópteros están dando vueltas sobre nosotros...
-Así que debes estar bien...
-Buscan a gente en el agua, aún no nos han rescatado. ¿Qué dicen en las noticias?
-La policía ha llegado a Utoya en un bote. Por lo demás, nada nuevo. No sabemos qué ha pasado con el pistolero, así que sigue quieta.
-¡Ya lo tienen!
Aukrust permanece escondido durante horas. La clínica universitaria de Oslo acoge a 32 heridos, 23 de ellos de extrema gravedad. Breivik usó balas de punta hueca, que se fragmentan tras el impacto con el cuerpo y se dispersan así por el organismo causando daños impredecibles. Los médicos inducen el coma a varios de ellos. Preguntado hace unos días sobre el despertar de estos pacientes, el cirujano Aksel Naess explicó que el último recuerdo de estas personas son las carreras por la supervivencia en los bosques de Utoya. "Lo primero que hacen es preguntar si sus amigos siguen vivos".
El balance de víctimas del asesino es, por ahora, de 69 muertos en la isla y 8 más por la explosión del coche bomba. -

El toca-toca por Víctor Manuel Domínguez

Vía Miguel Galbán.

LA HABANA, Cuba, julio (www.cubanet.org) - La necesidad de ahorrar recursos en el sistema de atención primaria de salud, exige que los médicos indiquen estudios que no generen gastos innecesarios. “La medicina en Cuba es gratuita; pero cuesta”, repite cada día un eslogan de la televisión.

Este retorno al método clínico en consultorios y policlínicas del país, ha sido bautizado por la población como el “toca-toca”. El término alude al empleo del tacto para obtener diagnósticos sin tener que acudir al equipamiento técnico de un centro asistencial 
Pero si en tiempos mejores las indicaciones médicas de análisis o rayos X  no se realizaban por falta de reactivos y otros materiales, ahora muchos piensan que será peor. El criterio anterior está bastante generalizado. Pacientes que asistían este lunes a la policlínica Manduley, en Centro Habana, dicen haber pagado dos dólares  por cada placa en uno u otro laboratorio de la capital; esto en un país donde la inmensa mayoría no gana más de 20 dólares mensuales.

“Si antes del método clínico tenía que acudir a un amigo para que me resolviera, no sé lo que tendría que hacer hoy”, expresó en la cola de la consulta Ángel Luís Ferreiro, un joven operado de un riñón.
Una señora que dijo haber fingido un fuerte dolor de cabeza, con mareos y pérdida de  la visión para lograr que le hicieran una placa en la columna vertebral, dijo que los médicos cubanos son muy buenos, pero “con el toca-toca no”.
La mayoría de los allí reunidos señaló que los servicios médicos eran de calidad, pero fallaban por el robo y la corrupción. Algunos más informados se preguntaban: ¿por qué para unos sí, y para otros no? O, ¿cómo con dinero sí, y sin dinero no?

Los cubanos están cada vez más preocupados con el tema de la salud. Acostumbrados a escuchar una y otra vez que la medicina cubana cuenta con tecnología de punta, no asimilan que a través de  un simple apretón se determine un cálculo renal. Tampoco que unos golpecitos  en la espalda basten para diagnosticar si tienen dañado un pulmón. 
Y eso que la mayoría de la gente todavía no sabe que 47 mil 421 técnicos, enfermeras y auxiliares fueron dados de baja del sector, según datos publicados por la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE).  Esos despidos  representaron una reducción del 14 por ciento del personal de la salud, en el año 2010. Y este año van por más.

Como dicen nuestros dirigentes, los trabajadores de la salud “no quedarán desamparados”. De seguro tratarán de enrolarse en alguna misión internacionalista. Desamparados quedarán muchos pacientes por falta de personal que les preste una adecuada atención.
Los médicos son harina de otro costal; se han convertido en uno de nuestros principales productos de exportación. En número considerable y desde hace años son sustituidos en cuerpos de guardia y hospitales por jóvenes de otras naciones, que estudian la carrera de medicina en diversas facultades del país.
Ahora, con el toca-toca, tendremos que acudir a adivinos o curanderos, para saber si tenemos altos los triglicéridos o el colesterol.

Invertir en países emergentes: riesgos y oportunidades por Raquel Merino Jara

Vía intelib.


La inversión en acciones u otros instrumentos similares en países emergentes se caracteriza por la combinación de un elevado potencial de revalorización con una alta incertidumbre en torno a varios factores internos del país. En este caso, tanto las oportunidades como los riesgos no sólo procederán de elementos inherentes a las propias compañías, sino de su desempeño dentro de un marco institucional que en ese determinado momento propicia grandes crecimientos del PIB, pero que ofrece serias dudas sobre la sostenibilidad de ese vigor empresarial en el tiempo.

Estos países están diseminados en zonas de Asia, Europa del Este, Iberoamérica, África u Oriente Próximo y representan más del 60% de la población mundial. Se trata de países con población joven, con reducidos PIB per cápita y niveles consumo, pero que pueden estar implantando reformas políticas y económicas o tienen recursos naturales que les confieren potencial de crecimiento. Así pues, el ramillete de países que etiquetaríamos como "emergentes" es muy variado: con distinta velocidad de convergencia en nivel de vida con los países más desarrollados; con mayor o menor población interna; algunos son productores de energía frente a los que carecen de recursos energéticos.
Lo que viene a ser común a la mayor parte de estas regiones es lo limitado y poco sofisticado de los mercados de capitales y de crédito. Las instituciones propias de un mercado desarrollado, ya sea la existencia de buenas infraestructuras, formas jurídicas para constituir empresas, la bolsa, el acceso crédito, etc., no se han desarrollado de manera extensa.
Asimismo, hay dudas persistentes sobre el entorno institucional. En no pocas ocasiones, nos genera gran incertidumbre la falta de seguridad jurídica y de respeto de los derechos individuales y de propiedad, la falta de controles internos y efectivos al Gobierno, la arbitrariedad política y la extensión de la corrupción, el recurso fácil a las expropiaciones o nacionalizaciones en tiempos de crisis o los giros en la política económica, monetaria y de divisas que tratan de perpetuar en el poder al régimen actual y poner en el disparadero al tejido empresarial en tanto que lo esquilman.
Por supuesto, se puede argumentar sin estar faltos de razón que estos peligros que planean sobre una inversión realizada en estos países pueden igualmente identificarse dentro de los países más avanzados. Bien cerquita, sin necesidad de mirar más allá de nuestras fronteras, somos testigos y víctimas de un deterioro institucional y social galopante en los últimos años. No en vano, hay algún país emergente en una posición mejor que España en el Índice de Libertad Económica que confecciona anualmente la Heritage Foundation. Y es que otro argumento que puede aducirse es que, aun existiendo estos peligros en los países emergentes, no tienen por qué hacerse realidad los peores augurios en cada uno de ellos. Revisando este índice, podemos hacernos una idea de si el rumbo de las políticas regulatorias, fiscales y monetarias, entre otras muchas variables analizadas, posibilitará un futuro económico y político más optimista en el país en cuestión.
Introducimos algunos elementos que nos darán claves para alentar o desanimar nuestra inversión en estos países cuando detectamos oportunidades de inversión, ya sea como país en crecimiento (creciendo nosotros con los índices de la bolsa), ya sea con alguna compañía en particular mediante inversión directa o indirecta.
Razones para invertir en los países emergentes
  • Crecimiento económico sólido: Aquellos países que estén destacando por factores que impulsan el crecimiento como tasas históricamente altas de ahorro e inversión, la existencia de ciertos recursos naturales, capacidad de producir con costes bajos, crecientes infraestructuras y cambios regulatorios favorables al mercado, fuerza laboral cada vez mejor formada o clases medias crecientes, inflación controlada y tipos de interés atractivos, entre otros.
  • Este crecimiento a menudo está desvinculado de los ciclos en los países avanzados, lo que convierte a la inversión en mercados emergentes, además, en un vehículo ideal de diversificación o de rotación en casos de mercados seculares bajistas en las zonas desarrolladas. Por ejemplo, un país como Perú, cuya economía está fuertemente vinculada a la actividad minera, durante los últimos años ha experimentado una bonanza económica que contrasta fuertemente con el estancamiento de buen número de países desarrollados.
  • Asimismo, estos mercados suelen tener menos seguimiento por parte de los analistas y, por tanto, ofrecen buenas oportunidades de batir a los índices de referencia (lo que se conoce comoaportar alpha) a través de análisis de compañías particulares que cotizan en esos mercados.
  • La India y China o Brasil más recientemente (aunque con no pocas dosis de recalentamiento de la economía esta última) son algunos casos paradigmáticos.
Riesgos y amenazas
  • Exposición a riegos tales como la actividad económica y la inflación del crédito globalizadas que pueden producir huidas precipitadas de capitales (véase, por ejemplo, Tailandia, Malasia o Indonesia en la crisis asiática del 97); también existe el riesgo derivado de las políticas proteccionistas de los países más desarrollados o de cambios en la posición relativa en la cadena de creación de valor (cuando aquello en que el país está especializado ya no aporta tanto valor en el comercio internacional por cambios tecnológicos, etc.). Igualmente, el riesgo de devaluaciones (devaluación del real brasileño en el 98 propició la crisis argentina subsiguiente) y prácticas competitivas de países que rivalizan por los mismos mercados (como por ejemplo la manufactura textil china que ha perjudicado a países como El Salvador).
  • Realidades geopolíticas difíciles: ya sea por falta de oportunidades de inversión internas o por los problemas institucionales mencionados más arriba que desalientan especialmente la inversión directa por el peligro de que las ganancias sean confiscadas de una manera u otra. Véase el caso de Venezuela con las empresas españolas, incapaces de repatriar sus beneficios. A ello se debe unir infraestructuras insuficientes (África), dificultad en la resolución de conflictos, deficientes prácticas contables, etc.
  • Elevados costes de transacción y custodia, mercados relativamente ilíquidos, prácticas de mercados de capitales poco convencionales, inestabilidad en la moneda, etc., son otros factores que pueden desalentar la inversión.
En el gráfico del MSCI Emerging Market Index Fund, se aprecia la alta revalorización obtenida en los últimos ocho años por este tipo de inversión, que sin embargo sufrió, como el resto de mercados, la brutal caída de la crisis de 2008-2009.

Fuente: Yahoo Finance

¿Por qué fracasó el transbordador espacial? por Fernando Díaz Villanueva

Vía intelib.


Aunque el espacio exterior se encuentra sólo unos kilómetros por encima de nuestras cabezas, llegar hasta allí y regresar sano y salvo es extremadamente costoso y entraña una extraordinaria dificultad técnica.

Primero hay que escapar de la gravedad de la Tierra, que actúa como un imán y no deja que nada ni nadie se escape de su atracción. Conseguido esto, hay que volver a entrar –a reentrar, tal y como se dice en el argot aeronáutico–, salvando la densa atmósfera terrestre, un impenetrable escudo que hace rebotar los objetos que pretenden atravesarla... o los incinera.
La cuestión de la salida la resolvieron un par de ingenieros de la Guerra Fría: Wernher von Braun por el lado americano y Serguéi Koroliov por el soviético. Ambos diseñaron potentes cohetes de varias fases que alcanzaban la velocidad y la aceleración necesarias para burlar la fuerza gravitatoria de la Tierra. La reentrada era más peliaguda, de ahí que la mejor solución que se encontró fue construir cápsulas acorazadas que, con el ángulo adecuado, cruzasen la atmósfera sin desintegrarse. Todo menos los astronautas y la carga se desechaba o quedaba incinerado en la estratosfera.
Mediante ese sistema se hizo la carrera espacial, se colocó a los primeros hombres en órbita y se llegó a la Luna. A mediados de los 60, en el negocio del espacio había mucho dinero y mucho científico eminente, y alguien se puso a pensar en el modo de ir y volver del espacio reutilizando el vehículo. La nave en cuestión despegaría como un cohete pero aterrizaría como un avión. Eso ahorraría costes y haría de los lanzamientos algo casi tan rutinario como los vuelos comerciales.
En marzo de 1972 el Congreso dio vía libre al programa. El prodigioso artefacto se llamaría space shuttle (transbordador espacial) y el programa, Space Transportation System. Alimentado por los cuantiosos fondos que entonces el Gobierno norteamericano destinaba a la NASA, el primer transbordador, el Enterprise, vio la luz en 1976. Tras las pruebas atmosféricas, el Columbia hizo su vuelo inaugural cinco años después, en abril de 1981.
El optimismo reinaba en Washington. El transbordador les acababa de dar una supremacía espacial incontestable. Gracias a él podrían acceder al espacio de un modo rápido, barato y seguro. La idea original era construir varios y poner en órbita uno a la semana. El shuttle era la nave definitiva, el esperado autobús espacial que entregaría en bandeja la órbita terrestre a Estados Unidos.
Transportaba hasta siete tripulantes, que disfrutaban de mucho más espacio y comodidades que en las cápsulas del programa Apolo. Tenía, además, una gran bodega de carga, en la que podía almacenarse casi cualquier cosa, desde satélites a módulos de la estación espacial pasando por el telescopioHubble, que fue puesto en órbita en una de las misiones. Aunque el coste de desarrollarlo había sido muy elevado, pronto se amortizaría por el uso. La Unión Soviética, además, poco podía hacer para contrarrestar el órdago, pues malvivía sus últimos y miserables años.
Pronto se demostraría que todo era ilusorio. Poner al orbitador en el espacio costaba mucho más de lo previsto. Revisar la nave después de cada lanzamiento llevaba meses de laboriosas comprobaciones. El coste de mantenimiento era prohibitivo. Sólo el escudo térmico, compuesto por 35.000 losetas de cerámica, exigía una inspección exhaustiva que consumía tiempo y dinero. La expectativa de 55 lanzamientos anuales se redujo primero a 24 y luego a 12. Al final ni eso. En 1985, año en el que más lanzamientos se programaron, el shuttle visitó el espacio en sólo 9 ocasiones. El Discovery, el miembro de la flota que más veces fue lanzado, voló sólo en 39 ocasiones a lo largo de sus 27 años de vida.
Lejos de abaratar el acceso al espacio, lo multiplicó por quince. Cada lanzamiento costaba unos 1.500 millones de dólares, o lo que es lo mismo, 60.000 dólares por cada kilo transportado. Los rusos, que no han dejado de utilizar los cohetes Protón y las cápsulas Soyuz de la época soviética, ponen un kilogramo de carga en órbita por alrededor de 5.000 dólares. En 1981, la NASA creía que, gracias al transbordador, subir al espacio costaría algo más de 1.000 dólares, perfectamente amortizables por el transporte de satélites y otros cargamentos.
Para acelerar la entrada en rentabilidad del ingenio espacial, la agencia programó tantos lanzamientos como pudo durante la primera mitad de los ochenta. Había dudas sobre la seguridad y el coste ya se había disparado, pero el transbordador era una cuestión de hegemonía. En plena euforia, a finales de enero de 1986, se produjo la tragedia del Challenger. El anillo aislante de uno de los propulsores se desprendió, provocando una explosión cuando el transbordador volaba a dos veces la velocidad del sonido y a 14 kilómetros de altitud.
Murieron los siete tripulantes, entre los que se encontraba el primer civil que viajaba al espacio, una maestra de New Hampshire que habría de dar una clase desde la órbita para todos los niños del planeta. Esos mismos niños fueron testigos del accidente a través de la CNN, que retransmitía en directo desde Cabo Cañaveral. El sueño del autobús espacial acababa de un modo brusco e inesperado. La NASA abrió una investigación y detuvo el programa durante casi tres años, los suficientes para que la Unión Soviética desapareciese y el espacio pasase a engrosar la lista de asuntos sin importancia dentro de la agenda política norteamericana.
No fue el último accidente. En 2003 el Columbia quedó carbonizado durante la reentrada por un fallo en el escudo térmico. Otros siete astronautas perdieron la vida, apuntándose de este modo el transbordador un nuevo récord: de las 18 personas que han muerto en el espacio –o camino de él–, 14 lo han hecho a bordo del shuttle. El desastre del Columbia llevó a Washington a poner fin al experimento tan pronto como se acabase de ensamblar la Estación Espacial Internacional, para la que el transbordador ha sido de gran utilidad.
En 2005 Bush anunció a bombo y platillo un nuevo programa, el Constellation, que mediante cápsulas y una nueva generación de cohetes devolvería a los americanos a la Luna y les llevaría hasta la superficie de Marte para la década de 2030. El problema era el coste, estimado en 230.000 millones de dólares, demasiado dinero para un país adicto a la deuda y que tiene que recurrir a la devaluación de su moneda para mantenerse a flote.
Obama canceló el programa hace año y medio y hoy, tras la última misión delAtlantis, Estados Unidos se encuentra por primera vez en medio siglo sin programa espacial tripulado. El optimismo de hace tres décadas, cuando el reparto de Star Trek, con Mister Spock a la cabeza, se retrataba junto al flamante Enterprise, se ha diluido, y hoy son los americanos los que tienen que pagar a los rusos elevadas cantidades para alquilar una plaza en las vetustas pero fiables Soyuz. Es el final de una era y la constatación de que hasta las torres más altas terminan cayendo.