John Wooden, el patriarca del baloncesto por Santiago Segurola

Artículo de Santiago Segurola sobre John Wooden, un mito del baloncesto.


ARTÍCULO:

La muerte de John Wooden, el patriarca del baloncesto norteamericano, remite al periodo de esplendor del mejor equipo universitario de la historia, de algunos de los más excepcionales jugadores que han pisado las canchas, de los célebres bruins de UCLA que ganaron 10 campeonatos entre 1964 y 1975. Al frente de ellos, un hombre del Medio Oeste, un hoosier de Indiana que había nacido en una granja, entre maizales, con una cesta de recoger tomates colgada en la puerta del establo y pocas perspectivas de conocer mundo. Ese hombre, curtido en las rígidas normas morales de la América profunda, alcanzó la celebridad en California, el estado que representaba los valores opuestos a los circunspectos códigos de las praderas de Indiana.

Wooden falleció ayer, víctima de la edad. A punto de cumplir 100 años –nació en octubre de 1910-, su figura ha dominado una centuria de baloncesto, como jugador y como técnico. Destacó en todas las facetas de un deporte que casi nació con él. Fue un pionero, una de esas leyendas ambulantes que hizo del estado de Indiana el más febril del baloncesto. En la granja de sus padres, como en la mayoría de las que proliferan en Indiana, colgaba una tosca canasta. Así nació la mística hoosier: una cesta, una pared de madera, un par de zapatilla y horas interminables de lanzamientos.

Ahora se recuerdan sus impresionantes temporadas con UCLA, pero la vida de Wooden fue tan larga que se suele olvidar su condición de estrella en la noche de los tiempos del baloncesto. Figura esencial en los torneos escolares de Indiana y luego campeón universitario con Purdue, Wooden fue uno los jugadores más conocidos en los finales de los años 20 y principios de los 30. Su fama alcanzó tal magnitud que años después ingresaría en el Hall of Fame del baloncesto universitario en su faceta de jugador. Eran años de un baloncesto incipiente, sin ningún lujo, años donde se habilitaba una pista en cualquier salón y se daba rienda suelta a un juego que pronto cautivaría a la nación, a toda la nación: a los jóvenes granjeros del Medio Oeste y a los chicos de los barrios y arrabales de las grandes ciudades.

Al pionero le siguió el profesor, y al profesor le siguió el técnico que llevaba dentro. Obtuvo el grado de teniente en la Segunda Guerra Mundial y regresó a Indiana. Ejerció como maestro de inglés, pero no perdió su pasión por el baloncesto. Durante dos años dirigió a Indiana State, cuyo equipo siempre estuvo ensombrecido por la universidad de Indiana, donde Bobby Knight dejaría una huella imperecedera muchos años después. La vida de Wooden, un hombre de una formalidad abrumadora, giró radicalmente un día de tormenta de 1948. Sus buenos resultados con los sicamores de Indiana State merecieron la atención de varias de las universidades de mayor prestigio. Ninguna había mostrado más interés que Minnesota. Parecía el destino natural para un hombre de la América de las grandes praderas.

Se dice que Wooden esperaba la llamada de los dirigentes de la Universidad de Minnesota un día que se volvió extraordinariamente tormentoso. Se averiaron las comunicaciones telefónicas y no hubo señal alguna de la gente de Minnesota. Ese día, Wooden sólo escuchó la oferta que le llegó de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), un centro educativo de primer nivel cuyo equipo de baloncesto no se había distinguido por el éxito. El técnico aceptó la oferta. En el otoño de 1948, comenzó una de las trayectorias más extraordinarias que se recuerda en los anales del deporte.

Durante 16 años fue un magnífico entrenador que no ganó ningún título nacional. Su caso obliga a pensar en lo absurdo de las etiquetas. Ahora que se habla tanto de técnicos ganadores y perdedores, conviene recordar que Wooden representaría las dos caras de la moneda. Fue un magnífico perdedor y un inolvidable ganador. Necesitó perder para aprender a ganar. Para un hombre de criterios morales tan acentuados, la derrota significaba la posibilidad del aprendizaje, de reparar los errores, de añadir elementos novedosos al juego. Solía parafrasear a Cervantes para definir su visión de la vida y del deporte: “Me importa más el viaje que el final del camino”. En cuanto al significado de la victoria, de esa ansiedad que consume al deporte, Wooden fue sin duda un febril buscador del éxito, pero nunca cayó en el simplismo maniqueo de los que dividen el deporte y la vida entre victoriosos y perdedores. “Jamás se le escapó de sus labios la palabra ganar. Sólo nos pedía jugar al máximo de nuestro potencial”, declaró hace poco Doug McIntosh, uno de los integrantes del equipo de 1963-64, el primero que permitió a Wooden conquistar el campeonato nacional universitario.

Esas palabras –la negación del éxito por el éxito, sin ninguna lección ética- corresponden al gran ganador en la historia del baloncesto universitario, el hombre frente al que se miden el resto de los técnicos estadounidenses. Sin embargo, tuvo que esperar hasta los 53 años para lograr su primera victoria con los bruins. A esa edad, que entonces y ahora se consideraría excesiva para comenzar una trayectoria casi invencible, Wooden interiorizó todas las lecciones que le habían dado la vida, sus adversarios y su propio carácter. Aprendió la virtud de la paciencia del inolvidable Pete Newell, el técnico de la Universidad de California Berkeley, equipo que dominó el baloncesto de la costa Oeste en los finales de los años 50 y principios de los 60.

Quienes le conocieron también señalan la importancia que tuvo la autocrítica en su éxito como entrenador. Durante años, Wooden había confiado tanto en sus reglas que se rodeó de ayudantes sin la personalidad necesaria para contradecirle. No escuchaba voces contrarias, ni consejos productivos: “A mi lado, sólo escuchaba el sí señor”. La contratación de Jerry Norman, un ex jugador de UCLA conocido por su espíritu rebelde y su capacidad para expresar las opiniones sin reverencias, cambió el enfoque de Wooden. El técnico, que había mantenido una relación muy complicada con Norman en la etapa de éste como jugador, aceptó incluirle en el grupo de ayudantes. Norman consideraba que el control del tempo era fundamental y que una buena presión en toda la pista rendía beneficios ilimitados. Su carácter tuvo una influencia considerable en Wooden. Por fin se encontró con alguien que se atrevía a oponerse y a proponer. “Para cualquier cosa que hagas en la vida, rodéate de personas inteligentes que discutan tus opiniones”, declaró en el momento de su retirada, en 1975.

En la temporada 63-64, el equipo de UCLA ganó tanto que llegó a la final del campeonato nacional universitario. Wooden disponía de un quinteto mucho menos apreciado de lo que posteriormente dictaría la historia. Sus dos bases, Walt Hazzard y Gail Goodrich, se convertirían más tardes en legendarios de la NBA, pero cuando ingresaron en UCLA lo hicieron sin ninguna notoriedad. Hazzard era un pasador sin tiro y Goodrich representaba al tirador sin pase. Wooden y el tiempo demostrarían que se trataba de dos de los jugadores más inteligentes que ha visto el baloncesto norteamericano. Aquel equipo de UCLA llegó a la final con muy malos pronósticos. Se le consideraba una víctima segura de Duke, un gran equipo, con tiradores, defensores, centímetros y kilos. En cambio, ningún jugador del quinteto inicial de UCLA superaba el 1,95. Nadie creía en los chicos de Wooden.

La final comenzó más igualada de lo previsto. Duke cobraba ligeras ventajas pero no marcaba la diferencia prevista. Norman sugirió a Wooden que empleara la presión 2-2-1 en toda la pista. La idea era forzar errores, malos pases, el cambio del tempo del partido, impedir el juego de media cancha a Duke y convertir el juego en un infierno para sus rivales. Lo que sucedió figura como un momento histórico del baloncesto: Gail Goodrich y Fred Slaughter, Walt Hazzard y Jack Hirsch, Keith Erickson como último hombre. Pequeños, rápidos y muy listos. En el banco, otros dos jugadores fundamentales: Kenny Washington y Doug Mc Instosh. UCLA perdía por tres puntos (30-27) cuando se desató la tormenta perfecta. Hirsch hizo tres robos, el zurdo Goodrich anotó ocho puntos, Erickson interceptó y taponó en el vagón de cola de la 2-2-1 y Washington embocó dos suspensiones. En dos minutos y medio, UCLA había anotado 16 puntos sin permitir una canasta de Duke.

La ventaja (43-30) persistió hasta el final. UCLA ganó su primer título con un resultado sorprendente (98-83) y 29 intercepciones, una cifra brutal que explicaba la eficacia de la zona press instaurada por Wooden y Jerry Norman. Ese día comenzó el imperio de UCLA en el baloncesto universitario. El equipo de Wooden ganó los campeonatos de 1963-64, 64-65, 66-67, 67-68, 68-69, 69-70, 70-71, 71-72, 72-73 y 74-75. Sólo dos equipos se interpusieron entre Wooden y el título de campeón: Texas Western, ganador en 1966 con el primer quinteto de jugadores negros en la historia de la competición, y North Carolina State, vencedor en 1974 con el fabuloso David Thompson en sus filas.

Muchos de aquellos equipos estaban integrados por luminarias de la magnitud de Goodrich, Hazzard, Lew Alcindor (luego Kareem Abdul Jabbar), Lucious Allen, Sydney Wicks, Bill Walton o Marques Johnson, pero esa nómina espectacular de jugadores explica la versátil naturaleza de John Wooden como entrenador. Ganó con pequeños, con gigantes, con aleros, con toda clase de jugadores y equipos. En medio de la imparable sucesión de títulos, el discreto hombre de Indiana se enfrentaba al torbellino de Los Ángeles, a una cultura opuesta a la de sus raíces y a un periodo de agitación política como no se ha conocido en Estados Unidos. Con su sempiterno traje y corbata, una hoja enrollada en su mano y un rostro inexpresivo, Wooden dirigía los partidos como si no le afectaran a sus emociones. Se sentaba, cruzaba las piernas y observaba los acontecimientos. Parecía que estaba en la ópera. Dicen que le importaba mucho más lo que ocurría entre semana, en los entrenamientos, donde Wooden exigía un compromiso feroz de sus jugadores, alcanzar el máximo de su potencial y trasladarlo al partido. El trayecto, en definitiva, no la estación final.

Sin embargo, sus jugadores más próximos –y quizá ninguno le ha reverenciado más que Bill Walton, a pesar de su famosa rebeldía hippy- han señalado frecuentemente que detrás de esa figura impasible se agitaba una febril voluntad ganadora. Quizá Wooden no podía permitirse esa vertiente pública, poco admirable para un hombre de convicciones morales tan rígidas, para el Wooden de los campos de maíz criado en una fuerte fe religiosa, para el austero campesino trasladado a los oropeles de Los Ángeles. Ese combate entre lo esencial de su persona y lo circunstancial de sus alrededores se mantuvo hasta el final de su vida. Wooden era un hombre de fundamentos básicos, en su vida y en el baloncesto, un moralista excesivo, en palabras de Kareem Abdul Jabbar, el jugador que elevó el juego de UCLA a cotas excepcionales.

Aunque la admiración y el respeto hayan presidido las opiniones sobre él–“John Wooden”, escribió Arnold Haro en un artículo publicado en 1973 por el New York Times, “es lo más cercano a la personificación de Jesuscristo en el deporte”-, no le han faltado críticos. En un artículo de Slate, el periódico digital perteneciente al Washington Post, Tommy Craggs escribía en 2006 un virulento ataque a Wooden, a quien acusaba de controlador obsesivo, un represor con excelentes modales y una moralidad poco acorde con los tiempos que corrían. “Paternalista, burócrata, rígido y estreñido”, afirma en su artículo. Craggs refiere, no sin acidez, algunos detalles del carácter del entrenador, como su obsesión por la imagen de sus jugadores –sus peleas con Walton, cuya larga cabellera le sacaba de quicio, eran legendarias- y la minuciosa atención a los detalles más ínfimos, como el contenido de algodón en los calcetines (no debía sobrepasar el 50% del tejido) o el régimen alimenticio de los jugadores: “Las comidas consistirán habitualmente en un filete de 10 a 12 libras o una porción equivalente de carne de buey, una pequeña patata cocida, una verdura, tres piezas de apio, cuatro pequeños biscotes, algo de miel, té caliente y una macedonia. De vez en cuando, dejaré que los jugadores coman lo que les apetezca”.

Su obsesión por la formalidad exasperaba a sus más fervientes partidarios. Jabbar nunca ha dudado en situarle como una figura decisiva en su vida, pero sentía la rigidez moralista de Wooden como un freno a su deseo de explorar la vida, de estar a altura a la altura de los turbulentos tiempos que a una generación le tocó vivir. Sydney Wicks, la gran figura del equipo entre las etapas de Lew Alcindor y Bill Walton, pidió permiso al entrenador para saltarse un entrenamiento y acudir a una manifestación contra la guerra del Vietnam y a favor de los derechos civiles. “Esta manifestación representa una cuestión de principios para mí”, argumentó Wicks. "Comprendo perfectamente lo que me dices. Yo también soy un hombre de principios, y no tengo ningún principio más básico que el del entrenamiento. Si acudes a esa manifestación, no seguirás en el equipo”, le contestó Wooden. Hablaba el hombre que había diseñado a lo largo de los años su famosa pirámide, un articulado de 25 principios esenciales para alcanzar la cima, definida por una idea muy personal del éxito: “El éxito es un estado de paz mental, resultante de la satisfacción que produce saber que has hecho el máximo esfuerzo para alcanzar lo mejor que eres capaz de conseguir”.

La idea de lo básico, se proyectó sobre su vida personal y profesional. Para Wooden, el baloncesto era una cuestión de fundamentos, de moralidad, del aprendizaje de lo esencial y de los peligros de lo accesorio, hasta el punto de convertirse en un ferviente detractor de los mates. Quizá por eso mismo no puso ningún reparo a la regla que impidió los mates en el baloncesto universitario tras la llegada de Lew Alcindor al equipo de UCLA. De alguna manera, el técnico se sintió respaldado cuando su joven pívot desarrolló su letal gancho para imponerse en el juego de ataque.

Cuando se retiró del baloncesto, tras la victoria de UCLA sobre Kentucky en la final de 1975, John Wooden contaba 65 años. Su leyenda se había definido en los últimos 12 años, a una edad provecta, en el fragor del mayor cambio generacional que se ha conocido en la historia. El hombre de Indiana se hizo mítico en California. Aprendió a relacionarse con un mundo muy diferente del suyo. Todas las críticas a sus excesos moralistas no impiden pensar en un personaje capaz de observarse a sí mismo y no concederse ninguna ventaja. Pasaron largos años antes de obtener las victorias que se le habían negado durante casi 20 años. Cuando se sintió preparado, cuando comprendió que había atado todos los cabos sueltos de su personalidad y sus conocimientos, comenzó a ganar y no se detuvo hasta el final de su trayectoria como entrenador, aquel día de la primavera de 1975. Han pasado 35 años más hasta el final de su vida. Han servido para convertirlo en el gran patriarca del deporte norteamericano.

Una máquina de leer por Arcadi Espada

Arcadi Espada y la tecnología, siempre a mejor.


ARTÍCULO:

Querido J
En la silla del Rey, un bonito escabel que tengo a un lado de la cama y que hace las veces de mesilla de noche, están desde hace mucho tiempo el último volumen delJournal de Paul Léautaud, la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, y losEnsayos de Montaigne. Creo que son libros adecuados para la cabeza y para la cabecera. Comparten el espacio con los libros que voy leyendo. Hoy con Juicio a la memoria, de Elizabeth Loftusy Proust y la neurociencia, de Jonah Lehrer. Ayer le hice un sitio al iPad en el escabel y es bastante probable que allí se quede. La verdad es que ha necesitado menos años para instalarse que sus venerables compañeros. La verdad es que el iPad está hecho para la cama. Y no sólo, me adelanto a tu maldad, porque las webs pornos hayan sido las primeras en reaccionar ante la ausencia deFlash, poniendo sus videos en formatos enteramente practicables.
Nunca he leído periódicos en la cama. No sólo yo. Siempre pedí a mis próximas que tampoco lo hicieran. Los periódicos no son limpios. Y son aparatosos, incómodos y estrepitosos. Pero la otra tarde, que pude echarme un rato después de comer, viví una maravillosa experiencia. Baste decirte que leí cuatro páginas de Le Monde dedicadas a Chomsky. Las alusiones del lingüista a su conflicto con la pléyade de farsantes deconstructos, los Lacan, Derrida, tenían interés. Pero no hay duda de que la atención y el placer puramente físico con que leía sólo podían venir del cristal. La aplicación deLe Monde es muy sencilla. Deja intacto lo sustancial del periódico: el orden, la jerarquía y la circunstancial  belleza de la maquetación. Por el momento prescinde de multimedia, a diferencia de su competidor Libération, también excelente. Pero incluso con esta sobriedad se produce la gran revelación que los lectores de periódicos (de periódicos, recalco, y no de noticias) esperábamos: para leer periódicos ya no hay nada mejor que el iPad. Ni el periódico. Y por cierto: para la publicidad noticiosa tampoco. Por primera vez en la historia digital la publicidad ya no es un hórrido peaje. Es muy probable que la época del banner sólo haya sido un terrible incidente evolutivo. Hay muchas cosas a mejorar. Una de ellas rápida, sobre el software: la conveniencia de que las páginas de los periódicos se adapten estrictamente a las medidas de la pantalla y así se evite el scroll táctil. Otra de ellas, sobre el hardware: habrá de reducir su peso. Pero desde mi punto de vista éste es un asunto zanjado: iPeriódicos.
El iPad es una máquina de leer: nítida, relajante, perfecta. Y es un objeto. Un objeto portable. Un objeto que funciona tocándolo. Como los periódicos y los libros, y no como el ordenador. Es cierto que algunos ordenadores pueden transportarse; pero siempre funcionan por animalito interpuesto: a través del teclado o a través del ratón. En un ordenador hay una pregunta de respuesta incierta: ¿Cuál es el objeto? ¿La pantalla, el teclado, la torre, el ratón? Un hombre no puede dispersar hasta ese punto sus afectos. Ha habido críticas, ¡obviamente superficiales!, por las huellas que los dedos dejan en la pantalla. Evidentemente sólo se aprecian cuando está apagado. Pero es que, además, son la prueba necesaria de la posesión. Ahí están tus huellas. Y sólo las tuyas: se puede usar un iPad de otro, pero sólo si estás acostumbrado a compartir tu cepillo de dientes. La posesión del iPad es manual, franca, indiscutible. Amigo mío: el iPad lo puedes apretar fuertemente contra tu corazón. Un artículo de Steven Pinker. Un email inequívoco. Una foto de cuando eran pequeñas. Y atiende lo que te digo: eso es algo que no harías nunca con un iPhone: entre las exigencias del abrazo está la de un cierto tamaño. No pienses que me he vuelto parisién. Las cosas hay que decirlas ¡Aunque te hagan feliz!
La cama es su ecosistema favorito. Incluso cuando todo el mundo duerme en la casa. Basta su luz propia de astro solar, perfectamente íntima para el único insomne. Pero acepta lechos de todos los precios. Será difícil que viaje sin él. Entre las cosas más absurdas que habrá hecho Apple estará la de fabricar un iPad sin 3G, es decir, sin posibilidad de conectarse a la red móvil. El iPad acaba también con los mapas de papel y su endemoniada circunstancia papirofléxica, que sólo seguirán usando algunas mujeres demasiado propensas a mantener los pies en el suelo. El viaje sólo se ve limitado por la naturaleza de la pantalla. No puede leerse bajo luz natural intensa, de ningún modo. A la sombra sí pueden consultarse mapas, direcciones, etcétera. La experiencia exterior va a depender de un complemento imprescindible de la máquina, que es su funda. No cualquier funda, sino la que ha fabricado Apple y que tardará un mes en llegar a casa, como tantos y tantos iPads ya solicitados, porque esa empresa hace algunas cosas mal. Es probable que algunas de las posiciones de la funda, que convierte a la máquina en un cuaderno, con sus tapas, proyecten una sombra benevolente sobre la pantalla que facilite la consulta al sol. Pero en cualquier caso, el reto tecnológico de fabricar un ingenio mixto que se comporte en la cama como el iPad y en la playa como el Kindle sigue pendiente.
¿Escribir, dices? Bueno, ya sabes que la principal condición para  escribir es leer. La operación de leer de nuestro Ferraté. Pero sí, puede escribirse sin problemas. El teclado inteligente hace ganar tiempo en cuanto el sistema se ha hecho cargo de tus debilidades. Una de las condiciones para su buen funcionamiento es estupenda: el sistema penaliza la escritura bilingüe, porque aumenta exponencialmente las posibilidades del diccionario. O sea que ya tenemos otro aliado en nuestra orgullosa lucha contra Babel. La escritura en el iPad te devuelve, además, la antigua postura de la escritura a mano, cabizbaja. La retrolírica de los beatos (liébanos) debería estar satisfecha por este retorno; pero yo tengo la espalda bien jodida. No te escribiré en casa desde el iPad; pero lo haré sin problemas de viaje. Es el portátil que hemos conocido lo que desaparece.
Uno de los reproches más injustos que he leído sobre la máquina es su carácter elitista. Esto no se debe a su precio, menor que el de la mayoría de portátiles. Sólo se debe a su belleza. En España cualquier cosa bella y refinada es un símbolo de elitismo y pijería. El reproche pervierte la característica más importante del iPad: una máquina que puede usar cualquiera. Puede que sea un formidable depredador del papel de periódico o de libro; pero con lo que acaba tajantemente es con la informática como ciencia disuasoria e ignota. Por decirlo de algún modo: por primera vez un ingenio digital tiene la informática dentro y no fuera. Las barreras han desparecido. Eso sí: hay que mover un dedo, lo que puede que para nuestros civiles ya sea mucho.

Causa limeña y Lomo saltado







Vacaciones en Perú, primera comida, de primero causa limeña, y de segundo lomo saltado. Me pongo "morao", es la mejor causa que probé nunca. Don Miguel y doña Juana se han lucido. El lomo saltado excelente, destacando por encima de todo lo tierno de la carne.

No hizo falta cenar.

Causa limeña: papa amarilla, palta (aguacate), atún, mayonesa, aji, aceite y sal.

Lomo saltado: carne de res, tomate, cebolla, ajo, sillao (salsa de soja), perejil, aceite, sal, pisco, papa frita y arroz.

Sanidad: por un copago del 100% por Grabriel Calzada

Artículo sobre el copago sanitario. No es muy favorable don Gabriel. Me sumo a su opinión.

ARTÍCULO:


El Gobierno, noqueado y aturdido tras estamparse contra el muro de la realidad cuya existencia negó hasta el último segundo de su alocada y acelerada carrera a bordo del cohete del gasto público, ha decidido volver a decirse, desdecirse y contradecirse.
Esta vez el tema ha sido el copago sanitario. En pocas horas, la ministra de Sanidad y Política Social, Trinidad Jiménez, ha lanzado un globo sonda sobre la conveniencia de la introducción del copago para, poco después, pincharlo ella misma y quién sabe si meterlo en el BOE en próximas fechas. Según Caros Ocaña, el Gobierno estudió la introducción del copago como una de las posibilidades dentro del plan para recortar el déficit público, pero lo descartó, de momento.
El problema aquí es el mismo que los españoles estamos descubriendo que tenemos en tantos sectores. Nos creímos los cantos de sirena de una sanidad universal, gratuita, igualitaria y de calidad, hasta que nos dimos cuenta que el supuesto derecho social no era más que una fantasía (a)social y generadora de un enorme déficit que la convierte en insolidaria en el plano intergeneracional.
La idea del copago o del ticket moderador surge de una triple circunstancia: el sistema sanitario público acumula un déficit de algo más de 11.000 millones de euros, los españoles vamos mucho más al médico y a urgencias que nuestros vecinos europeos, y la gestión de los recursos es caótica. Las administraciones públicas nunca han sido especialmente habilidosas en cuestiones logísticas y, en esta ocasión, las listas de espera están ahí para dar testimonio aséptico.
Además, cuando el precio por el uso del servicio es cero, la demanda se aproxima a infinito, aplastando la calidad del servicio y/o catapultando el coste. De seguir por esta senda, en el contexto de una sociedad que se va envejeciendo, el déficit alcanzaría, según McKinsey, los 50.000 millones de euros en diez años.
El problema de fondo es que se ha desvinculado al cliente del servicio del pago de la prestación por culpa de la interposición de un tercer agente que primero pone el precio que le viene en gana, luego te lo quita mediante impuestos y, por último, lo gasta sin responsabilidad en un entorno en el que el cálculo económico se vuelve hace casi imposible.
El problema es, por tanto, ese modelo coactivo, universal, gratuito e igualitario que, impuesto en cualquier otro sector, calificaríamos de colectivismo trasnochado. Y un sistema que no funcionó para algo en apariencia tan sencillo como tener llenas las estanterías de los supermercados no va a hacerlo cuando de lo que se trata es de dar con la correcta combinación de recursos, de entre las múltiples posibles, para satisfacer la compleja y variada demanda médica de los pacientes. Nuestros políticos no paran de repetir que este modelo es el orgullo de la nación, pero el 85% de aquellos ciudadanos a quienes se les da la posibilidad de elegir si desean recibir la prestación pública o privada (básicamente, los funcionarios) deciden que sea privada.
Balón de oxígeno
Para intentar contener el efecto financiero de un sistema fantasioso e irresponsable, el Gobierno se plantea ahora una tasa o copago para desincentivar el uso de los servicios, así como volver a reducir a golpe de decreto los precios a sus principales proveedores y seguir prohibiendo la información de las empresas farmacéuticas a los pacientes, no vaya a ser que estos se enteren de la existencia de alguna nuevas medicinas, que suelen ser buenas, bonitas pero no muy baratas. Pero esta tasa sólo es un balón de oxígeno a un sistema que necesita una cirugía por obesidad mórbida. El problema de fondo es que hemos eliminado la libertad y la competencia en un sector crucial.
En algunos lugares en los que los políticos se consideran muy liberales, han recurrido a la gestión privada de hospitales dentro del sistema público de salud, sin darse cuenta de que la medida supone tirar la pelota un poco más adelante y contribuye a la muerte por asfixia del ejercicio libre de la profesión médica y de los establecimientos médicos verdaderamente privados. Donde el paciente no puede decidir qué recursos está dispuesto a dedicar a ofertas médicas que rivalizan por su demanda, no hay posibilidad de una verdadera competencia ni de un uso racional de los recursos.
La existencia de personas pobres que no pueden costearse un seguro médico es una justificación cutre de la colectivización ruinosa de la medicina, equivalente a colectivizar la alimentación con la burda excusa de que, de lo contrario, habría quien no pueda pagarse la comida a fin de mes. La solución al problema concreto de casos excepcionales no puede determinar el modelo en el que se obligue a entrar al resto de la sociedad. El Estado tendría, en todo caso, que dedicarse a garantizar la provisión de los servicios médicos a esos casos excepcionales.
Si realmente queremos solucionar este desbarajuste y el problema financiero al que conduce, devolvamos a los ciudadanos el enorme volumen de impuestos que se les quita para pagar un sistema médico forzoso, démosle libertad de elección con su dinero, saquemos al Estado de la medicina y abramos el mercado a la competencia. La sanidad se convertiría en un enorme polo de atracción de inversiones, de innovación, de generación de riqueza y de empleo, como ocurre allí donde este sector es libre.
Necesitamos un copago, sí. Un copago del 100% que convierta al paciente en el soberano del mercado médico, y la devolución de los impuestos que van a financiar este enfermizo y deficitario sistema público de salud.

Vamos bien por Arcadi Espada

Magistral artículo de Arcadi Espada.

Totalmente de acuerdo con su planteamiento.


ARTÍCULO:
Querido J:
Matt Ridley acaba de publicar un libro. Apreciarás que te lo diga. Se llamará cuando lo traduzcan El optimismo racional: cómo evoluciona la prosperidad. Un párrafo del Guardian expone la profecía de Ridley: «La prosperidad se extiende, la tecnología progresa, la pobreza disminuye, la enfermedad se repliega, la violencia se atrofia, la libertad crece, el conocimiento florece, el medio ambiente mejora y la tierra salvaje se expande». Al mismo tiempo el autor se interroga en el Guardian: «Por razones que no comprendo del todo, parece ser más inteligente negar con la cabeza cuando los otros aplauden. Tendemos al dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y no lo fue. Las obras de Jane Austen, muy bonito, el siglo XIX, sí. Pero la mayoría no podríamos ni acercarnos al salón de baile. Y si hubiésemos podido, el olor corporal hubiese sido terrible.»
Ridley es uno de mis hermanos de tinta. ¡El olor corporal! Yo ni siquiera tengo que ir al XIX. Me basta acercarme a alguna película de Bacall y Bogart para que el tufo de tabaco y dispepsia me estropee alguno de aquellos cabarets en blanco y negro, tan hermosos. Ridley no comprende el prestigio del pesimismo; yo tampoco. Decía hace unos días el ex alcalde de Florencia, científico y escritor de mérito: «Hay dos botones que provocan en el ser humano una respuesta inmediata: el del miedo y el de la esperanza». De acuerdo, por supuesto; pero no se comprende la decantación por el miedo. El miedo debería ser algo así como el valor: un sobreentendido, algo que no mencionan las personas educadas. Es notorio que la vida acaba mal. Sé que en su forma desbocada y moderna la decantación pánica tiene que ver con el periodismo, con su triunfo apoteósico; pero no me basta con decirme que mi oficio sólo aprecia el drama y la tragedia. Sí tengo comprobadas algunas curiosidades marginales. Como esta de que los periódicos muy subordinados celebren con euforia, y sin asomo de espíritu crítico, cualquier mínimo éxito del establishment mientras reservan una lúgubre y cazurra mala cara a las grandes hazañas de la ciencia. Debe de ser algo así como la coartada metafísica. Pero más allá de estas aproximaciones creo que algo se me escapa en la relación entre el periodismo y pesimismo.
El último ejemplo lo hemos tenido con la célula de Venter. El estreñimiento ha sido general, sorprendente. Hasta el punto de que el Vaticano ha tenido que alzar muy poquito la voz: le han hecho todo el trabajo. En el caso de la célula actúa un fantasma muy conocido, que es el de la eugenesia nazi. Un asunto que requeriría incluso más matizaciones que las que le dedica Michael Shermer en el excelente capítulo sobre el negacionismo de ¿Por qué creemos en cosas raras? Pero que, en cualquier caso, es instructivo comparar con el proyecto, similar por más que no actuara sobre los genes, del comunismo. La intervención biológica siempre es sospechosa de nazismo; pero la intervención cultural siempre es inocente, por más que haya de cargar con el sanguinario fracaso de la creación del Hombre Nuevo.
Sólo conozco, por el momento, las reseñas de prensa; pero la tesis de Ridley para explicar el éxito del hombre como especie y su brillante porvenir se resume en una palabra: intercambio. En lo que llama la vida sexual de las ideas. Si el Neanderthal se quedó en un pliegue del tiempo no fue por causas biológicas: al fin y al cabo tenía un cerebro de mayor tamaño que el del homo sapiens. La causa, según Ridley, fue que no intercambió sus conocimientos. No puedo opinar, todavía, sobre la solidez de la tesis; pero sé, por un extremo del tiempo, que el miedo de dios fabricó Babel; y por el otro, que la profecía de Ridley tiene en internet a su mejor aliado. La prueba es, justamente, la síntesis entre la lengua y la superficie digital. No hay semana que los periódicos no traigan una nueva majadería altisonante sobre la voracidad de google. Da igual que hayan pillado a una dama en sostén en una calleja de Beverly Hills como que hayan quebrantado por dos horas los derechos de autor del primer poeta en lengua osetia al volcar en la red sus doce poemas póstumos. Grandes algaradas. Por el contrario lo que google, lo que la googlisation, está haciendo por la vida sexual de las ideas merece una atención infinitamente menor.
A veces no sólo hay desatención sino sarcasmo, como el que reciben muchas notas periodísticas sobre el traductor de google, que éste sí, y no las enfermedades que trata, merece el privilegio de ser nombrado Patrimonio de la Humanidad. No sólo google. La otra tarde bajé al iPhone una aplicación llamada Jibbigo. Es casi inconcebible. Te pones el micro pegadito a la boca, le dices en español claro y recio «El mundo mejora» y la máquina lo graba, lo reproduce y lo escribe en español… y en inglés: «The world improves». No trabaja con frases preprogramadas y tiene un diccionario de 40.000 palabras. En principio la cosita funciona para que salgan del paso y mejoren sus frágiles rudimentos viejos merluzos como yo que no saben inglés. Pero cuando piensas que Jibbigo acaba de sacar una versión del ingenio emparentando el inglés de América y el principal dialecto iraquí, la cosita pasa a cosa. Una cosa es el turismo y otra la invasión. Y aún otra es la vida sexual de las ideas y muy otra la supervivencia. El reconocimiento de voz automático y su inmediata traducción a cualquier lengua es todavía muy imperfecto, pero ya permite poner en contacto grandes volúmenes de información con un gran número de personas. Pura fecundación Ridley que debe sumarse a la que ya procura la red entre personas de la misma lengua. El otro día mi amiga Eugenia Codina me enviaba un gráfico de la Bbcsobre la extensión de internet en el mundo. Hay cifras impresionantes, y las cojo al azar. Holanda, por ejemplo. 17 millones de habitantes y 14 millones conectados. ¡Casi todos los holandeses! Es cierto que África va muy por detrás: pero en dos años Níger ha aumentado en un cien por cien sus usuarios. Y, en fin, América: 309.349.000 habitantes y 230.630.000 conectados.
Las estadísticas continuarán repitiendo que los niveles de felicidad humana no se mueven al compás del progreso. Cada tanto se publican esa líricas derramas que demuestran, ¡números en la mano!, que en el Medellín de Pablo Escobar los hombres no eran menos felices que en la Rue Jacob de París. Ah, ah. Esta frase de Marcus, en su Kluge, al hilo de los famosos experimentos de Festinger: «Hacemos cuanto está en nuestras manos para sentirnos felices y cómodos con el mundo, pero estamos más que dispuestos a mentirnos si la verdad no coopera.» Lo que realmente me impresiona de esas estadísticas es que las sociedades civilizadas aún conserven hombres felices. Habiendo dejado de creer en dios y habitantes de un mundo que cada día cuesta más dejar.