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Entrevista a Jon Juaristi. Víctor Gago


Libertad Digital Televisión cuenta con otro gran intelectual español: el poeta, ensayista, ex director de la Biblioteca Nacional y columnista de ABC, Jon Juaristi, que será entrevistado por el redactor jefe de Libertad Digital, Víctor Gago, en una nueva edición de Contemporáneos.

Mezquitas por Jon Juaristi‏

El proyecto de mezquita en la Zona Cero no es cuestión de libertad religiosa, sino de tolerancia a la provocación

HE visto mezquitas en Damasco, en Kairuán, en Beirut, en el Cairo, en Estambul, en Rabat. Y en Jerusalén, por supuesto: plantada una frente al Santo Sepulcro. Conozco cientos de mezquitas. Paso diariamente ante una de Madrid. Trato de no ver en ellas un signo de amenaza, de peligro, como no lo veo en los templos cristianos ni hindúes, ni shinto ni budistas, ni —sobra en mi caso decirlo— en las sinagogas.

En Nueva York he conocido incluso templos polivalentes. Hay uno, en Manhattan, que es sinagoga reformista los sábados y templo metodista los domingos: un enorme estor cubre la cruz desnuda en la pared del fondo durante las ceremonias judías. La escasez de suelo o simplemente de edificios impone a veces dobles o triples funciones a un mismo espacio, como aquellos bares de las películas del oeste que se transformaban en tribunales de justicia cuando hacía falta, pero lo de la polivalencia religiosa sólo lo he visto en Nueva York, que es la ciudad más tolerante del planeta. Aunque no me extrañaría que en otras partes hubiera casos semejantes de simbiosis espacial entre judaísmo reformista y metodismo, porque sus templos no son recintos sagrados, sino lugares de asamblea, de reunión de la comunidad, que es el sentido original de las palabras sinagoga e iglesia.

Trato de no sentirme intranquilo ante las mezquitas, incluso cuando sé que muchas de ellas sirven para que imames enloquecidos propaguen el odio a occidente. Me digo que también he oído siniestras burradas en iglesias católicas de mi tierra vasca y he asistido a alguna bronca en sinagogas americanas, cuando el rabino de turno proponía, por ejemplo, campañas de apoyo a Lori Berenson, la chica judía encarcelada en Perú por delitos de terrorismo, a la van a enchironar de nuevo tras una excarcelación precipitada a lo De Juana Chaos. Me intento persuadir de que no todos los musulmanes son como los chiítas iraníes que ahorcan homosexuales, como los talibanes que matan mujeres a pedradas después de torturarlas, como la gazana que asegura que educará a su hijo, recién salvado de una grave dolencia gracias a un filántropo judío que corrió con los gastos médicos, para que se inmole masacrando israelíes. Quiero convencerme de que la mayoría de los creyentes del islam son gentes amables, pacíficas y respetuosas con los que siguen otra fe o no siguen fe alguna. Me gustaría admirar sin prevenciones ni mala conciencia su civilización, su magnífica literatura (Corán incluido) que he estudiado con todo el interés y cariño posible en un profano en sus filologías. Y con nadie he estado más de acuerdo que con un viejo sufí sirio que me dijo una vez: «Alá no entiende de religiones».

Me esfuerzo en verle al islam aspectos positivos, y viene esta incalificable grosería del proyecto de una mezquita en la Zona Cero, y compruebo que, en el vasto número de la umma, sólo se alzan en contra las voces escandalizadas e inaudibles de un pequeñísimo puñado de musulmanes que, eso sí, comprenden mejor que Obama que el asunto no va de libertad religiosa sino de apuntarse un tanto escarneciendo a la América infiel. Veo lo poco que representan, y se me caen los palos del sombrajo y los minaretes de mis ingenuidades.

Goyescas de Jon Juaristi

Artículo de Juaristi sobre historia, toros y España.

Destaco:

Goya fue, sin duda, el primero en captar que la guerra había establecido un nexo simbólico profundo entre el toreo y la nación, y ello se advierte con fulgurante claridad en el paralelismo entre los aguafuertes de la Tauromaquia y los Desastres, cuya síntesis conceptual había alcanzado en aquel gran lienzo taurino de 1814 (que no contiene un solo toro), La Carga de los Mamelucos, donde la masa de los jinetes napoleónicos sugiere un descomunal morlaco coronado, a modo de astas, por la cimitarra de un mameluco y el sable de un oficial francés —que unen así los estereotipos negativos del moro y del gabacho—, y asediado por una cuadrilla de improvisados torerillos a pie que apuntillan a los invasores, mientras un friso de aficionados los jalea.




ARTÍCULO:

ESTO de la prohibición del toreo no lo han inventado los nacionalistas catalanes. Conviene recordar que S.M. don Carlos III se lo quitó de en medio con una Pragmática Sanción ya en 1785 y que, aún después de la muerte del monarca, Jovellanos aplaudió la decisión en aquella excelente memoria sobre espectáculos y diversiones públicas que le encargó la Academia de la Historia. A Jovellanos no le indignaba la «diversión nacional», como la llamaban entonces sus partidarios, por los sufrimientos del bicho, sino porque mezclaba a los diferentes estamentos, aplebeyando a la nobleza. Presentó su primera Memoria a la Academia en 1790, con el telón de fondo de la movida revolucionaria en Francia y afligido por la preocupación de que en España pasara algo semejante si prosperaba la nivelación social inducida por las corridas de toros, a las que las marquesas acudían disfrazadas de majas y compitiendo en desgarro con la flor de la mancebía. No había nacido Tocqueville, ni falta que le hacía a don Gaspar Melchor.

Al toreo lo salvó de las asechanzas ilustradas la guerra contra Napoleón, que la hizo el público de los tendidos de sol mientras los ilustrados le organizaban el gobierno títere a Pepe Botella. El general Castaños, que no disponía de lanceros aristocráticos, se llevó a Bailén unas cuantas partidas de garrochistas marismeños que dieron bastante juego. En fin, los españoles de entonces ganaron la guerra a base de hacerla de la única forma que sabía hacerla el pueblo analfabeto, toreando al enemigo. Expulsados los franceses, no hubo ya margen para imponer una policía de costumbres como la de Carlos III, e incluso los defensores actuales de la Ilustración española admiten que ésta sólo triunfó, paradójicamente, en lo que Jovellanos y otros quisieron abolir: la cría del toro de lidia y la aparición del capitalismo moderno bajo las figuras del ganadero y del empresario taurino.

Goya fue, sin duda, el primero en captar que la guerra había establecido un nexo simbólico profundo entre el toreo y la nación, y ello se advierte con fulgurante claridad en el paralelismo entre los aguafuertes de la Tauromaquia y los Desastres, cuya síntesis conceptual había alcanzado en aquel gran lienzo taurino de 1814 (que no contiene un solo toro), La Carga de los Mamelucos, donde la masa de los jinetes napoleónicos sugiere un descomunal morlaco coronado, a modo de astas, por la cimitarra de un mameluco y el sable de un oficial francés —que unen así los estereotipos negativos del moro y del gabacho—, y asediado por una cuadrilla de improvisados torerillos a pie que apuntillan a los invasores, mientras un friso de aficionados los jalea.

Entiendo que a los nostálgicos de una Ilustración racionalista que aquí no tuvo entrada les siga mosqueando el atavismo torero de la identidad nacional, pero, aunque los distingo favorablemente de la manada progre que se cree más sensible y catalana prohibiendo las corridas en aras de los improbables derechos animales, aprecio más a quienes, como Goya, han intentado entender y explicar por qué somos como somos y seguiremos siendo los españoles, catalanes incluidos, a despecho de la zoofilia encubierta de los nacionalistas periféricos.

Divisiones por Jon Juaristi

Jon Juaristi escribe sobre la División Azul. Demoledor.

Ese último párrafo:

El hecho es que la División Azul no tuvo una causa autónoma, sino subordinada a la del nazismo, cualesquiera que fuesen al respecto los sentimientos y convicciones de los voluntarios. Prada afirma que «apenas encontramos entre los divisionarios españoles signos de adhesión al régimen hitleriano». Pero es que la División misma fue un signo incontestable de adhesión total a aquél desde que, el 31 de julio de 1941, en el campo de instrucción de Grafenwöhr, todos sus efectivos, desde el general Muñoz Grandes al último corneta, juraron solemnemente obediencia a Hitler. ¿Qué más prueba de adhesión puede pedirse? Desgraciadamente, los divisionarios españoles no lucharon por la liberación de los pueblos oprimidos por el comunismo soviético, sino por el proyecto nazi, que incluía la esclavización de la población eslava y el exterminio de los judíos.



ARTÍCULO:

En las dos últimas semanas han aparecido en este periódico sendos artículos sobre la División Azul: una tercera del comandante general Chicharro Ortega, el sábado, 17, y la columna de Juan Manuel de Prada, el pasado lunes. El comandante general hacía una encendida defensa de la nobleza de miras y del valor de los divisionarios, entre los que se contaron su padre y varios hermanos de éste que murieron en combate. Tratándose de un homenaje personal que admitía de buen grado la posible discrepancia del lector con las ideas políticas que movieron a sus mayores, deja poco margen a la réplica. La columna de Prada tiene un carácter muy distinto. Su apología sin reservas de la empresa militar falangista se fundamenta en supuestos muy discutibles o radicalmente falsos, y lo peor es que, al contrario que la de Chicharro Ortega, ofende de modo gratuito a quienes no compartimos sus valoraciones, excluyéndonos del número de los españoles bien nacidos.

Un hecho de armas que implicó a cerca de cuarenta y cinco mil jóvenes españoles en tierras lejanas merece ser estudiado con rigor y sin apasionamiento. Por supuesto, todos somos muy dueños de admirar el heroísmo, la entrega y el valor hasta el sacrificio de la propia vida. Conviene, no obstante, recordar que tales cualidades sublimes nunca son privilegio de un bando y que los combatientes reales suelen ser los primeros en reconocerlo así. También la cobardía y la crueldad andan muy repartidas en toda guerra y, por tanto, ni las virtudes ni los defectos de los guerreros sirven para establecer juicios morales sobre las causas que defienden. La de los divisionarios españoles era «combatir el régimen comunista soviético» que, según Prada, «consideraban, no sin razón, responsable de la situación social que había conducido a los españoles a la Guerra Civil». Si ésta era la justificación de la causa antedicha, cabe alegar que los voluntarios de la División Azul estaban tan equivocados como Prada. El régimen comunista soviético fue ajeno a los procesos sociales y políticos que desembocaron en la guerra civil española, y su posterior intervención en la misma, apoyando a la República, tan responsable de la prolongación encarnizada de la contienda como los dirigentes del otro bando, que se negaron a todo lo que no fuera una capitulación incondicional del enemigo.

El hecho es que la División Azul no tuvo una causa autónoma, sino subordinada a la del nazismo, cualesquiera que fuesen al respecto los sentimientos y convicciones de los voluntarios. Prada afirma que «apenas encontramos entre los divisionarios españoles signos de adhesión al régimen hitleriano». Pero es que la División misma fue un signo incontestable de adhesión total a aquél desde que, el 31 de julio de 1941, en el campo de instrucción de Grafenwöhr, todos sus efectivos, desde el general Muñoz Grandes al último corneta, juraron solemnemente obediencia a Hitler. ¿Qué más prueba de adhesión puede pedirse? Desgraciadamente, los divisionarios españoles no lucharon por la liberación de los pueblos oprimidos por el comunismo soviético, sino por el proyecto nazi, que incluía la esclavización de la población eslava y el exterminio de los judíos.