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Surprise, Surprise, Surprise by Thomas Friedman

I just saw the movie “Invictus” — the story of how Nelson Mandela, in his first term as president of South Africa, enlists the country’s famed rugby team, the Springboks, on a mission to win the 1995 Rugby World Cup and, through that, to start the healing of that apartheid-torn land. The almost all-white Springboks had been a symbol of white domination, and blacks routinely rooted against them. When the post-apartheid, black-led South African sports committee moved to change the team’s name and colors, President Mandela stopped them. He explained that part of making whites feel at home in a black-led South Africa was not uprooting all their cherished symbols. “That is selfish thinking,” Mandela, played by Morgan Freeman, says in the movie. “It does not serve the nation.” Then speaking of South Africa’s whites, Mandela adds, “We have to surprise them with restraint and generosity.”

I love that line: “We have to surprise them.” I was watching the movie on an airplane and scribbled that line down on my napkin because it summarizes what is missing today in so many places: leaders who surprise us by rising above their histories, their constituencies, their pollsters, their circumstances — and just do the right things for their countries.

I tried to recall the last time a leader of importance surprised me on the upside by doing something positive, courageous and against the popular will of his country or party. I can think of a few: Yitzhak Rabin in signing onto the Oslo peace process. Anwar Sadat in going to Jerusalem. And, of course, Mandela in the way he led South Africa.

But these are such exceptions. Look at Iraq today. Five months after its first truly open, broad-based election, in which all the major communities voted, the political elite there cannot rise above Shiite or Sunni identities and reach out to the other side so as to produce a national unity government that could carry Iraq into the future. True, democracy takes a long time to grow, especially in a soil bloodied by a murderous dictator for 30 years. Nevertheless, up to now, Iraq’s new leaders have surprised us only on the downside.

Will they ever surprise us the other way? Should we care now that we’re leaving? Yes, because the roots of 9/11 are an intra-Muslim fight, which America, as an ally of one faction, got pulled into. There are at least three different intra-Muslim wars raging today. One is between the Sunni far right and the Sunni far-far right in Saudi Arabia. This was the war between Osama bin Laden (the far-far right) and the Saudi ruling family (the far right). It is a war between those who think women shouldn’t drive and those who think they shouldn’t even leave the house. Bin Laden attacked us because we prop up his Saudi rivals — which we do to get their oil.

In Iraq, you have the pure Sunni- versus-Shiite struggle. And in Pakistan, you have the fundamentalist Sunnis versus everyone else: Shiites, Ahmadis and Sufis. You will notice that in each of these civil wars, barely a week goes by without one Muslim faction blowing up another faction’s mosque or gathering of innocents — like Tuesday’s bombing in Baghdad, at the opening of Ramadan, which killed 61 people.

In short: the key struggle with Islam is not inter-communal, and certainly not between Americans and Muslims. It is intra-communal and going on across the Muslim world. The reason the Iraq war was, is and will remain important is that it created the first chance for Arab Sunnis and Shiites to do something they have never done in modern history: surprise us and freely write their own social contract for how to live together and share power and resources. If they could do that, in the heart of the Arab world, and actually begin to ease the intra-communal struggle within Islam, it would be a huge example for others. It would mean that any Arab country could be a democracy and not have to be held together by an iron fist from above.

But it will be impossible without Iraqi Shiite and Sunni Mandelas ready to let the future bury the past. As one of Mandela’s guards, watching the new president engage with South African whites, asks in the movie, “How do you spend 30 years in a tiny cell and come out ready to forgive the people who put you there?” It takes a very special leader.

This is also why the issue of the mosque and community center near the site of 9/11 is a sideshow. The truly important question “is not can the different Muslim sects live with Americans in harmony, but can they live with each other in harmony,” said Stephen P. Cohen, an expert on interfaith relations and author of “Beyond America’s Grasp: a Century of Failed Diplomacy in the Middle East.”

Indeed, the big problem is not those Muslims building mosques in America, it is those Muslims blowing up mosques in the Middle East. And the answer to them is not an interfaith dialogue in America. It is an intrafaith dialogue — so sorely missing — in the Muslim world. Our surge in Iraq will never bear fruit without a political surge by Arabs and Muslims to heal intracommunal divides. It would be great if President Obama surprised everyone and gave another speech in Cairo — or Baghdad — saying that.

Paradojas iraquíes por Hermann Tertsch

Ya se han ido las tropas de combate norteamericanas de Irak. Su partida genera indudable alivio en Estados Unidos donde esperan que acabe pronto el hasta ahora incesante goteo de repatriaciones de víctimas. En Irak sin embargo son muchos los que temen que nos hallemos en vísperas de una intensificación del terrorismo de Al Qaida o una escalada de la violencia sectaria que se ha mantenido en niveles «aceptables» desde el terrible periodo de enfrentamientos de 2006 y 2007. Quedan 50.000 soldados norteamericanos en Irak que prestarán apoyo y formación a las autoridades iraquíes hasta el 31 de diciembre del 2011. Esto es lo que hay. Lo que tiene gracia es que el presidente Barack Obama reciba ahora aplausos por cumplir un calendario de retirada elaborado en su día por George W. Bush.

Como lo tiene también el hecho de que gran parte de las tropas serán sustituidas por un «ejército» de civiles que dependerán del Departamento de Estado y se nutrirán —paradojas de la vida— de esas empresas privadas de seguridad tan denostadas por los adversarios de Bush como símbolos de la perversión de la administración norteamericana. Halliburton —con otro nombre— y otras muchas trabajarán ahora a sueldo de Hillary Clinton para evitar que se convierta en desastre esta retirada de tropas con la que Obama quiere ante todo mejorar las encuestas ante las elecciones parciales de noviembre.

Con un índice de popularidad bajo mínimos, las elecciones podrían convertir a Obama en un «lame duck» (pato cojo) ya en su primer mandato y hacer aun más probable que pase a la historia como «one term president» (presidente que no consigue ser reelecto para un segundo mandato). El último que consiguió tan discutible distinción fue otro demócrata tan cargado de buenas intenciones como éste.

Con fecha de caducidad Si por Rafael Bardají

La Casa Blanca por fin va a poder cumplir una promesa: la de sacar las tropas de combate de Irak antes de septiembre de este año. Y lo celebran animosamente porque así transmiten la idea, criticada por relevantes mandos militares, incluido el general Petraeus, de que la promesa de salir de Afganistán en junio del año que viene, también la pueden cumplir.

¿Se imaginan ustedes a Churchill afirmando que las tropas aliadas cesarían en sus combates en, digamos, la primavera de 1944? De haberlo hecho, todavía andaríamos por el Tercer Reich y no quedaría ni un solo judío sin sacrificar.

Obama debería saber que aunque la guerra sea la continuación de la política por otros medios, que dijo Clausewitz, ambas se rigen por leyes distintas. Es bueno poner límites al uso del poder. De ahí que un presidente en América sólo pueda serlo durante dos mandatos. Y una pena que en España el ejemplo de Aznar no haya cundido.

Pero la guerra es un fenómeno muy complejo en el que fijar plazos suele ser contraproducente. Lo que uno busca es un resultado final, no una fecha para el fin de las hostilidades. Bush se resistió a fijar la salida de Irak y eso afectó positivamente la situación sobre el terreno. Por el contrario, lo primero que hizo Barack Hussein Obama fue fijar un límite aún antes de contar con una estrategia para Afganistán. Porque buscaba una salida, no la victoria.

Y a pesar de contar ya con un magnífico general, Petraeus, y una estrategia que quiere acercarse a lo hecho en Irak, Obama sólo sueña con salir pitando de aquel país. Petraeus ha dicho que necesita más tiempo y su ministro, Robert Gates, le ha tenido que recordar la fecha de su presidente: junio de 2011.

Si yo fuera un talibán, me echaría a dormir hasta entonces. Total, se van a ir.

Es difícil hacer las maletas en Iraq por Inocencio Arias‏

Tony Blair anunció que entregará la astronómica cifra que ha recibido por sus memorias a una Fundación de las Fuerzas Armadas que cuida de la rehabilitación de los heridos de guerra.

La cantidad es jugosa, más de cinco millones de euros, con ella podrá construirse un centro de rehabilitación. El gesto ha provocado polémica. A nadie le amarga un dulce tan sabroso y los responsables de la Fundación han elogiado efusivamente al político por ceder todos los derechos de su obra. No falta, sin embargo, quien argumente que si Blair no hubiera apoyado la intervención de Iraq, que produjo muertos y heridos, el centro quizás no fuera necesario. En cualquier caso, la noticia ha provocado un aumento espectacular de las peticiones del libro que saldrá dentro de un par de meses. Del número 40 en la lista de Amazon ha saltado al 7 en pocas horas.

Coincide esto con la discusión sobre la conveniencia de que los soldados de Estados Unidos abandonen en breve Iraq como prometió Obama que quiere concentrarse en Afganistán. El Presidente se había opuesto firmemente a la intervención en Iraq cuando era senador y al poco de llegar a la Presidencia estableció un calendario para la marcha de sus soldados. Se inicia ahora la última fase, y nos encontramos ante una situación paradójica, la opinión pública de Estados Unidos y una buena parte de la clase política quieren que sus tropas abandonen en Iraq, la retirada ha sido planeada significativamente para que preceda a las elecciones parciales americanas de Noviembre. Simultáneamente, personalidades políticas variopintas iraquíes manifiestan que no es el momento y que hacerlo precipitadamente sería una insensatez.

La primera protesta vino de un lugar sorprendente. Tarek Aziz, antiguo Viceprimer ministro y Ministro de exteriores del depuesto Sadam Hussein, fulminaba al Presidente americano por la decisión: “Obama abandona Iraq a los lobos, es un hipócrita”. Paralelamente y desde el lado vencedor, el Teniente General Babakar Zebari, Comandante en jefe de las Fuerzas armadas iraquíes repite educadamente el mismo mensaje: la marcha americana sería prematura, mis tropas no están aún preparadas para tomar el relevo…

El aviso del general iraquí tiene su fundamento, el gobierno de Bagdad no funciona, la violencia ha vuelto, en julio fueron asesinadas 535 personas, este lunes, un atentado contra un centro de reclutamiento en Bagdad, uno de los blancos predilectos de los terroristas, ha causado más de 40 muertos. Proclamar que los americanos se van parece exacerbar a los terroristas que hace tiempo que ya no buscan matar estadounidenses sino crear el caos en la facción contraria. De ahí el temor de Tarek Aziz que debe imaginar que, sin el freno de los estadounidenses, la mayoría dominante ahora en el país, salida de las urnas, puede no tener excesivas contemplaciones hacia la minoría que gobernó despóticamente con Sadam Hussein.

Una vez más, se sabe cómo se entra en un país pero no como se sale. La permanencia de Estados Unidos es impopular tanto en aquella nación como en una parte significativa de Iraq que ve en los soldados yanquis a invasores. La salida abrupta crea problemas y esquizofrénicamente es vista con recelo por muchos de los que en Iraq se sienten incómodos con los americanos.

WikiLeaks – Collateral Murder

Vídeo espeluznante, ¡¡¡esto es la guerra!!!

Ataque de un helicóptero Apache del ejército estadounidense sobre supuestos insurgentes, pero que en realidad era gente desarmada entre los que se encontraban dos periodistas de Reuters. También se dispara sobre los que van a socorrer a las víctimas del primer ataque.

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