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Lucha intestina en el Kremlin. Emilio Campmany


El sistema soviético, opuesto a todo personalismo, no tenía, como si de una vulgar dictadura fascista se tratara, nada previsto para cuando falleciera Stalin. El luctuoso hecho aconteció el 5 de marzo de 1953. No hubo por tanto un inmediato sucesor que heredara el poder en la URSS. La paranoia del dictador soviético había hecho que el régimen engullera a sus mejores hombres. Los que sobrevivieron lo hicieron a base de ser cautos y timoratos.

A la muerte del dictador, no había nadie con la audacia suficiente para hacerse con todo el poder. Lavrenti Beria y Georgi Malenkov, sin embargo, concertaron sus actos con el fin de suceder conjuntamente al camarada fallecido.

Los nuevos hombre fuertes del Kremlin

Beria era el jefe de la policía secreta con el cargo de viceprimer ministro, lo que en un Estado como el soviético le daba muchísimo poder y lo convertía en un personaje extremadamente temido. Responsable de las persecuciones estalinistas, abominó de ellas inmediatamente después de la muerte del dictador. Muchos presos políticos fueron liberados. La idea del cruel político era desligarse desde el principio de aquellas atrocidades, a las que tanto había contribuido.

El poder de Beria se explicaba también porque era el encargado de desarrollar el programa nuclear soviético. Desde el mismo momento de la muerte de Stalin, mantuvo a todos sus camaradas a oscuras en cuanto al estado del armamento nuclear ruso, lo que les impidió valorar adecuadamente la posición de la URSS en el concierto internacional en plena Guerra Fría. De hecho, en el Kremlin poco menos que cundía el pánico. Es verdad que habían probado con éxito la bomba atómica en 1949, pero en Moscú no ignoraban que 1) carecían de medios para arrojar una sobre EEUU; 2) los estadounidenses disponían desde 1952 de la mucho más poderosa bomba de hidrógeno; 3) estaban rodeados por un anillo de bases militares estadounidenses, desde las que los norteamericanos podían lanzar sus bombarderos de largo alcance y barrer del mapa media docena de ciudades rusas. La llegada de un republicano a la Casa Blanca unos meses antes, con una retórica mucho más agresiva que la del demócrata Truman, y la debilidad y desconcierto que inevitablemente transmitía al mundo el régimen soviético a la muerte de Stalin hicieron que en el Kremlin se creyera que un ataque estadounidense era extraordinariamente probable. Controlando la información acerca de los progresos soviéticos en el campo nuclear, Beria podía modular a su capricho este pavor.

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Corea. Emilio Campmany

El 25 de junio de 1950, las tropas de Corea del Norte cruzaron el paralelo 38 e invadieron Corea del Sur. Tras muchos esfuerzos, el líder comunista de Pyongyang había logrado convencer a Stalin de que respaldara el proyecto. El bolchevique, después de muchas vacilaciones, lo hizo a condición de que el norcoreano lograra también el apoyo de China, recién convertida en miembro del selecto club de países comunistas. Kim Il Sung, tras obtener el beneplácito del Kremlin, viajó a Pekín y logró el de Mao.

Los norcoreanos cogieron a sus compatriotas del Sur completamente por sorpresa. En unos días se plantaron a las puertas de Seúl sin encontrar apenas resistencia. El ejército norcoreano estaba muy bien equipado gracias a los suministros rusos de aviones, tanques y cañones. En cambio, el surcoreano apenas disponía del armamento ligero que habían querido darle los norteamericanos.

A pesar de las declaraciones del secretario de Estado Dean Acheson, en el sentido de que la península caía fuera del perímetro defensivo diseñado por los Estados Unidos en Extremo Oriente, Truman reaccionó con inusitada rapidez y energía. Convocó el Consejo de Seguridad de la ONU para tratar el tema. Desde enero, el delegado soviético no asistía a las reuniones del Consejo en protesta por que no fueran reconocidos los comunistas como legítimos representantes de China, una vez que había triunfado –en noviembre– la revolución. Con la ausencia del ruso no fue difícil aprobar el mismo día 25 una resolución (la 82) en la que se exigía la retirada del ejército norcoreano.


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1946-1950: Francia juega sus cartas. Emilio Campmany

Francia fue derrotada en 1940 por su eterno enemigo. En seis semanas, sin apenas oponer resistencia. Su derecha pactó con los nazis y dio a luz un régimen, el de Vichy, que nada tenía que envidiar a la Italia fascista. La mayoría de los franceses se acomodaron a la nueva situación. Sólo unos pocos, capitaneados por Charles de Gaulle, mantuvieron la ficción de que Francia no se había rendido y de que seguiría luchando desde el exilio.

Francia fue liberada por extranjeros, pero la apariencia sostenida por De Gaulle y los suyos permitió a éstos imponer la suposición de que Francia estuvo entre las potencias vencedoras. De modo que De Gaulle consiguió para su país el reconocimiento de ser un aliado más, el estatuto de gran potencia y un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, con su correspondiente derecho de veto.

Hasta el momento de su dimisión, en enero de 1946, De Gaulle trató de impulsar a la vez la recuperación de la economía y del prestigio franceses. Hasta cierto punto, ambas políticas eran contradictorias. Lo primero exigía ser extremadamente solícito con los norteamericanos, que habían de aportar los dólares de que tan necesitada estaba Francia. Y para lo segundo había que mostrar una altanería que casaba mal con andar mendigando millones de dólares. Sin embargo, había un punto donde ambas confluían. Ese punto era Alemania.