Mostrando entradas con la etiqueta Ecología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ecología. Mostrar todas las entradas

El triunfo y auge de las ciudades

por Ángel Martín.



Desde el boletín mensual de Julio de McKinsley, leo lo siguiente:
New research from the McKinsey Global Institute (MGI) investigates the explosive recent growth of the emerging world’s cities, as well as their one billion inhabitants poised to join the ranks of consumers by 2025. On mckinsey.com, read MGI’s latest report—Urban world: Cities and the rise of the consuming class—which traces the shift of the world’s economic center of gravity to Asia and to 600 cities that will account for most global growth by 2025. View a slideshow depicting the geographic and demographic makeup of these dynamic urban areas. And browse through an interactive map to glean city-specific highlights that will improve your understanding of the world’s new economic hot spots.
Cambio del centro de gravedad del mundo económico. El auge de las economías emergentes. Y el papel esencial que en ello juegan las ciudades.
Precisamente sobre ciudades versa un libro muy interesante de Edward Glaeser, economista de Harvard reputadísimo, titulado The Triumph of the City: How Our Greatest Invention Makes Us Richer, Smarter, Greener, Healthier, and Happier. A continuación les dejo con una recensión que escribí del libro (pronto aparecerá publicada una versión muy resumida en inglés).
***********************
Recientemente se ha cumplido un hito en la historia de la humanidad. Por primera vez en la historia, a partir de 2007 la proporción de la población mundial que vive en ciudades ha superado a la población rural. Este hecho es consecuencia del rápido crecimiento económico que está teniendo lugar en los países en vías de desarrollo, como China e India en Asia, Brasil y otros muchos países de Latinoamérica, e incluso Sudáfrica y distintas regiones africanas.
Según estimaciones realizadas en 2007 por parte del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), en 2030 las poblaciones de las ciudades de África y Asia se habrán duplicado, agregando 1.700 millones de personas, es decir, una cantidad superior a la suma de las poblaciones de China y de los Estados Unidos. La población urbana pasará a representar alrededor del 60% de la población mundial total[1].
Estas cifras ilustran la importancia capital de la urbanización en los procesos de desarrollo económico, e indica que los esfuerzos por reducir la pobreza global en el futuro deberían concentrarse en el mundo urbano, y no tanto en el rural.
Al mismo tiempo, este rápido proceso de urbanización levanta grandes preocupaciones entre diversos sectores de la sociedad. ¿Acaso no son las ciudades los espacios en los que se daña más al medioambiente, se disfruta de una peor calidad de vida debido al estrés y múltiples problemas de salud, y malviven grandes bolsas de pobreza extrema en un contexto de grandes desigualdades? Además, el éxodo masivo de personas del mundo rural a las ciudades puede generar graves problemas de hacinamiento, epidemias, congestiones, etcétera. Por ello, ¿no deberían los gobiernos implementar medidas anti-urbanas para parar la urbanización masiva?
Sin embargo, según el economista de Harvard Edward L. Glaeser –uno de los mayores expertos en economía urbana en la actualidad- estas preocupaciones son exageradas y no responden a la lógica económica ni a la evidencia empírica; una mayor “densidad urbana proporcionada el camino más claro para pasar de la pobreza a la prosperidad”, afirma (p. 1). Pero lo que es peor, en numerosas ocasiones llevan a los policy-makers a implementar medidas contraproducentes. Esta es una de las tesis más importantes de su reciente libro,The Triumph of the City: How Our Greatest Invention Makes Us Richer, Smarter, Greener, Healthier, and Happier.
El autor combina todas las facetas y cualidades que uno pediría al tratamiento de un fenómeno complejo como son las ciudades: rigor lógico y teórico –de las relaciones entre las distintas variables-; observación directa de la realidad objeto de estudio –gracias a haber nacido y crecido en Nueva York y haber viajado y recorrido las grandes ciudades del mundo-; amplio conocimiento histórico, y atención a la evidencia empírica mediante el uso de herramientas econométricas. Las tres patas que deberían cultivarse en las investigaciones económicas: Teoría, Observación directa, Historia y Estadística-Econometría. Así culmina un trabajo completo y convincente a pesar de que algunas de sus tesis sean controvertidas, y a primera vista contraintuitivas.
Como se desprende de su título, para Glaeser las ciudades son el invento más importante que ha producido la civilización en su historia. Gracias a ellas las sociedades han podido progresar hacia mayores cotas de libertad, prosperidad y bienestar económico y social. Así ha ocurrido desde hace miles de años hasta la actualidad, desde las polis griegas como punto de encuentro de los grandes filósofos de la época, a la tolerante y próspera Córdoba durante parte de la Edad Media, pasando por las dinámicas e innovadoras Nueva York o Bangalore en la actualidad. Por ello, “wandering these cities is to study nothing less than human progress” (p. 1).
Según el autor, las ciudades ante todo “the absence of physical space between people and companies. They are proximity, density, closeness. They enable us to work and play together, and their success depends on the demand for physical connection” (p. 6). Esta característica es la que con más énfasis se destaca a lo largo de todo el libro: las ciudades nos permiten conectar con el prójimo satisfaciendo la necesidad inherente de los seres humanos de socializarnos; compartir nuestras experiencias, cooperar, aprender, enseñar, y en resumen, convivir con los demás y disfrutar del contacto directo, cara a cara. Todos estos aspectos explican por qué la población se concentra en las ciudades: “The enduring strength of cities reflects the profoundly social nature of humanity. Our ability to connect with one another is the defining characteristic of our species” (p. 269).
No es de extrañar, por tanto, que sean las ciudades una enorme fuente de innovaciones, donde las ideas y el conocimiento fluyen y se generan de forma más dinámica, “and this exchange occasionally creates miracles of human creativity”. Así nos enseña la Historia: “For centuries, innovations have spread from person to person across crowded city streets… The spread of knowledge from engineer to engineer, from designer to designer, from trader to trader, is the same as the flight of ideas from painter to painter (en la Florencia del Renacimiento), and urban density has long been at the heart of that process” (p. 8).
Pero para que puedan surgir y consolidarse estas innovaciones es necesario que exista una población cualificada, además de emprendedora. Así, el éxito de las ciudades está muy ligado con la calidad del capital humano de sus residentes, siendo ésta más importante incluso que las infraestructuras físicas. El ascenso de Silicon Valley como clúster de las empresas de tecnologías de la comunicación más potentes del mundo ilustra bien este punto. En este caso, el papel que tuvo la Universidad de Stanford en proporcionar profesionales excelentemente preparados y cualificados para iniciar actividades empresariales en el sector, fue sobresaliente. Pero, como señala Glaeser, a los jóvenes universitarios se unieron otras personas sin una notable formación universitaria reglada, pero con un gran espíritu empresarial, quienes también jugaron un papel crucial en el nacimiento de Silicon Valley. El éxito de la ciudad de Boston, con dos de las universidades más importantes del panorama mundial en su haber, como son Harvard y el MIT, también aporta evidencia acerca de la importancia de contar con universidades de gran calidad para el buen desempeño de las ciudades.
Pero el fascinante caso de Silicon Valley también sirve para ilustrar dos puntos adicionales. Por un lado, que factores exógenos como el clima pueden tener un impacto más importante del que a veces pensamos sobre la localización de la actividad económica. Así, Glaeser destaca el excelente clima de Santa Clara como factor que contribuyó a la localización de Silicon Valley.
Por otro lado, como se ocupa en enfatizar el autor, que las nuevas tecnologías de comunicación (TIC) no han reducido la demanda de la proximidad física. Si hay un lugar en el mundo donde se hace uso de las TICs más avanzadas, ése es Silicon Valley, y sin embargo, el contacto cara a cara allí es altamente valorado. Según afirma, “improvements in Information Technology seem to have increased, rather than reduced, the value of face-to-face connections” (pp. 36-38). Esto lo explica porque la cercanía física en las relaciones conduce a una mayor confianza y cooperación que en su ausencia. Pero su punto fundamental es que ambos tipos de comunicación no son sustitutivos, sino complementarios: innovaciones tan importantes como la imprenta, el telégrafo o el teléfono, a pesar de haber reducido espectacularmente el coste de la comunicación a distancia, no han hecho el mundo menos urbano reduciendo la demanda del contacto cara a cara. En el caso de Internet, por ejemplo, éste “make it possible to perform basic tasks at home, but working alone makes it hard to actually accumulate the most valuable forms of human capital” (pp. 34-35).
No obstante, a pesar de todas estas ventajas que hemos señalado de las ciudades, éstas en ocasiones no tienen buena prensa, especialmente por las bolsas de pobreza que existen en ellas, y por las preocupaciones medioambientales. A estos dos aspectos dedica Glaeser un buen número de páginas en las que desfilan numerosos argumentos convincentes e ingeniosos, aunque aparentemente contraintuitivos.
Nadie duda de la existencia de grandes desigualdades y de bolsas de pobreza en las ciudades de los países en vías de desarrollo como Rio de Janeiro, o incluso, aunque en menor medida, en ciudades de países desarrollados como Nueva York. Sin embargo, concluir que estas ciudades son generadoras de pobreza por sí mismas sería equivocado: “urban growth is a great way to reduce rural poverty… Cities aren’t full of poor people because cities make people poor, but because cities attract poor people with prospect of improving their lot in life”. Así, “The presence of poverty in cities reflects urban strength… Cities like Rio have plenty of poor people, because they’re relatively good places to be poor” (pp. 70-71).
Efectivamente, en lugar de ver simplemente las condiciones en las que viven los pobres de Rio de Janeiro, deberíamos tener en cuenta cuáles son las condiciones de los pobres en el mundo rural. Y los datos parecen mostrar que en el mundo rural la intensidad de la pobreza es sensiblemente peor que en las ciudades. “Rio has plenty of poverty, but it’s nothing like Brazil’s rural northeast”, y lo más importante, que las ciudades ofrecen mayores oportunidades en el presente y mejores perspectivas de éxito de futuro que el mundo rural (p. 75). Todo esto lleva a Glaeser a enunciar lo que él denomina como la “gran paradoja de la pobreza urbana” (great urban poverty paradox): “if a city improves life for poor people currently living there by improving public schools or mass transit, that city will attract more poor people” (p. 71).
En ocasiones, las políticas públicas destinadas a reducir la pobreza en las ciudades, acaban causando más problemas que soluciones, muchas veces por sus consecuencias no previstas. Un ejemplo de ello es el pésimo sistema escolar norteamericano de colegios públicos locales que actúan de monopolios, que genera segregación en los jóvenes y es un lastre para el buen desempeño de las ciudades. El denominador común que tienen las malas políticas es que no comprenden el complejo fenómeno de las ciudades: “bad policy puts place-making above helping people”. De lo que se trata no es de ayudar a los lugares pobres, sino de ayudar a la gente pobre. Como dice en otro lugar Glaeser, “cities aren’t estructures; cities are people” (p. 9). Una ciudad no prospera construyendo grandes cantidades de edificios e infraestructuras magníficas desde la autoridad política competente, sino satisfaciendo las demandas de la gente, tarea en la que los gobiernos no tienen un papel principal más allá de unos mínimos.
Señala, además, que las soluciones a los problemas urbanos, derivados de la marginalidad y la pobreza extrema, “is more likely to come from local initiative tan from federal policy” (p. 88), debido, por un lado, a que la gente que vive cerca de esos problemas tiene unos incentivos más adecuados para resolver sus problemas, pero además, porque poseen un conocimiento local y concreto que normalmente no poseen los burócratas de Washington, DC.  Así enfatiza la importancia de los social entrepeneurs, como los de Harlem Children’s Zone.
Con todo, Glaeser no esconde los graves problemas que sufren las ciudades de los países en vías de desarrollo. Éstas no solo son ventajas, sino que también generan problemas potenciales que deben tenerse en cuenta. Los más evidentes son la mayor posibilidad de contraer enfermedades contagiosas –por la alta densidad-, la contaminación, la congestión del tráfico o el crimen. Todas las ciudades a lo largo de la historia se han enfrentado con estos problemas, y en gran medida los supieron resolver, no sin grandes esfuerzos e intervenciones gubernamentales contundentes. El reto principal al que se enfrentan las ciudades de los países emergentes es conseguir la infraestructura necesaria para proveer de agua limpia de calidad –fundamental para la salud pública-, y reducir el crimen para dotar de seguridad a los espacios urbanos.
Y advierte que de no enfrentar estos retos con éxito, “When the public sector completely fails to address the consequences of millions of poor people clustering in a single metropolis, cities can become places of horror, where criminals and disease roam freely” (p. 95-96).
Otro de las grandes preocupaciones que levantan las ciudades es su impacto medioambiental. Desde buena parte del ecologismo se apunta a las grandes metrópolis –manifestación del “capitalismo salvaje”, según ellos- como las máximas responsables de la contaminación y maltrato del medioambiente. En estos grupos son comunes las opiniones de que un mundo rural sería mucho más sostenible ecológicamente.
Sin embargo, Glaeser considera esta visión como un mito: las ciudades no solo hacen prósperas las sociedades, sino también las hacen más verdes. “Manhattan and downtown London and Shanghai are the real friends of the environment. Nature lovers who live surrounded by trees and grass consume much more energy than their urban counterparts” (pp. 14-15), debido a que en entornos suburbanos las casas suelen ser notablemente más grandes por lo que requieren mucha más energía para mantenerlas a buena temperatura, y además, es necesario hacer un uso mucho mayor del coche. “Dense cities offer a means of living that involves less driving and smaller homes to heat and cool” (p. 222).
No comprender esto hace que los policy-makers implementen medidas contraproducentes, que con el propósito de defender el medioambiente, lo acaban dañando. Así sucede en los Estados Unidos con las estrictas regulaciones que restringen la construcción en sitios como California: “By using ecological arguments to oppose growth, California environmentalists are actually ensuring that America’s carbón footprint will rise, by pushing new housing to less temperate climates” y zonas menos urbanas, como Houston, donde se gasta considerablemente más energía (p. 212).
Pero donde verdaderamente es importante este tema es en China e India. El tipo de crecimiento de las ciudades que tengan estos dos países en las próximas décadas será determinante sobre el impacto en el medioambiente. ¿Decidirán vivir en suburbios a las afueras de las ciudades, o en las mismas ciudades densamente pobladas? Si es lo primero, Glaeser vaticina que las emisiones de dióxido de carbono en términos mundiales se dispararán (p. 201).
En este sentido, dedica un capítulo a tratar las ventajas de construir rascacielos, a lo alto (building in), en lugar de casas bajas, hacia afuera (building out). Pero lo que es más destacable es su crítica hacia las regulaciones que restringen la construcción de nuevas viviendas y edificios, sustentadas bajo el llamado preservacionismo que existe en ciudades como París o Nueva York. “The cost of restricting development is that protected areas become more expensive and exclusive… Zoning rules, air rights, height restrictions, and landmarks boards together form a web of regulation that has made it more and more difficult to build” (pp. 150-151).
No obstante, los efectos dañinos de estas regulaciones se notan más en países en vías de desarrollo: “The problems caused by arbitrarily restricting height in the developing world are far more serious, because they hándicap the metropolises that help turn desperately poor nations into middle-income countries (p. 158). Un caso paradigmático al que Glaeser presta especial atención es el de Mumbai, la ciudad más poblada de India. En esta ciudad las restricciones regulatorias que existen prohíben construir más de 1,33 plantas, forzando a construir hacia afuera en lugar de hacia arriba, con efectos desastrosos, empezando por el agravamiento de los problemas de congestión del tráfico, y siguiendo por el encarecimiento del suelo y la vivienda. Estas regulaciones “just force people to crowd into squalid, illegal slums rather than legal apartment buildings… People are forced into so little space in Mumbai because real estate is more expensive there than in far richer places like Singapore” (p. 160). Por ello, no resulta exagerada la afirmación de que “land-use planning in India can be a matter of life and death” (p. 158).
Todas estas políticas públicas perjudiciales fallan en comprender el fenómeno de las ciudades en sus dimensiones sociales. Los encargados de los gobiernos locales y nacionales deberían leer este libro para no ejecutar medidas contraproducentes. Los ecologistas también harían bien en repensar su crítica a ultranza de las ciudades, y pasar hacia un “smarter environmentalism” que tenga en cuenta los efectos de las políticas más allá de los inmediatos, previstos y visibles, y que incorpore los incentivos en su forma de pensar. Asimismo, proporciona ideas tremendamente interesantes para los interesados en el desarrollo económico: cómo los procesos de desarrollo van acompañados necesariamente de la urbanización, los problemas que ello conllevan, las nefastas políticas e instituciones que existen en esos países y que dañan gravemente a su población, etcétera.
En definitiva, todos aquellos que deseen comprender mejor el entorno en el que viven, ganarían mucho introduciéndose en las páginas de este gran libro. Principalmente porque te hace ver las ciudades de una forma diferente, a valorar mejor sus beneficios y potencialidades –pero también sus costes- y a entender mejor el “triunfo de la ciudad”: “our culture, our prosperity, and our freedom are all ultimately gifts of people living, working, and thinking together” (p. 270).

Green Domestic Product?

by Bjørn Lomborg.



SANTIAGO – One of the recurrent themes at the United Nations’ spectacularly unsuccessful Rio+20 summit in June was the need to change how we measure wealth. Many argue that we must abandon our “obsession” with Gross Domestic Product and develop a new “green” accounting standard to replace it. In fact, doing so could be a serious mistake.
This illustration is by Paul Lachine and comes from <a href="http://www.newsart.com">NewsArt.com</a>, and is the property of the NewsArt organization and of its artist. Reproducing this image is a violation of copyright law.
Illustration by Paul Lachine
CommentsGDP is really just an account of the market value of all goods and services. This sounds like a good indicator of wealth, but, as is frequently pointed out, it includes things that do not make us richer and leaves out things that do.
CommentsFor example, if people are not compensated for the harm done by pollution, its adverse effects will not be included in GDP. If we pay to clean up pollution, this increases GDP, but no wealth has been created. Likewise, there is economic value produced when wastewater is naturally cleaned by wetlands, but no transaction has occurred, so it is not counted in GDP.
CommentsIt is worthwhile to consider these limitations of GDP as a measure of wealth. And it could make sense to produce a better GDP, which adds uncounted benefits, subtracts the costs of externalities, and excludes activities that generate no wealth. Unfortunately, many of the proposed “green” substitutions, however well intentioned, may not address these limitations adequately and could, in fact, produce worse outcomes.
CommentsOne prominent example reported in the run-up to Rio+20 and used to support “greening” GDP centered on the Nakivubo Swamp in Uganda’s capital, Kampala, where wastewater flows from the city toward Lake Victoria. Without the swamp’s purification services, a study showed, Kampala would need a sewage plant costing at least $2 million a year.
CommentsAccording to economist Pavan Sukhdev, the former head of the United Nations’ Green Economy Initiative, the point was simple: “It’s going to cost $2 million per year to do what the swamp was doing for free, and they don’t have that money.” Thus, swayed both by the uncounted benefits from wastewater treatment – estimated at up to $1.75 million a year – and the potential outlay to build a sewage plant, Kampala decided to protect the area. “Economic logic prevailed,” says Sukhdev.
CommentsThe Nakivubo Swamp is an excellent example of the need for careful valuation of the environment. Such information is crucial for making good decisions. For example, if the wetland were to be destroyed to make way for a new district, we know that its benefits would have to be at least $1.75 million higher than the costs.
CommentsBut there is also a significant risk of political misuse of such information. Kampala’s decision-makers decided to protect the area. In other words, they rejected ever considering alternative possibilities for the area.
CommentsGreen campaigners often seek such outcomes, but they are entirely unjustified. The swamp is close to the city center and its industrial center, and there is a land shortage in Kampala. In all likelihood, the net benefits of job creation and economic growth that could result from creating a new district (in place of the swamp) would be dramatically higher than the $1.75 million. There is a reason why few large, rich cities, if any, have undeveloped wetlands in their midst.
CommentsIf green measures are used to shortcut the political process, we can actually end up worse off, because countries will be deprived of jobs, wealth, and welfare, while relatively small environmental benefits will be achieved. The Nakivubo Swamp is not a case of economic logic prevailing, but exactly the opposite – a failure to consider all options and choose the best.
CommentsImagine if our ancestors had made a similar valuation in the past, deciding to protect swampland at all cost. Much of lower Manhattan would still be a swamp, rather than being turned into the powerhouse of New York City, at a huge cost to society.
CommentsIn general, green accounting may end up being more biased than conventional GDP measures. Green GDP does include uncounted losses, so it avoids the problem of overestimating our wealth, but it fails to account for the potentially much larger benefits of innovation.
CommentsFor example, the World Bank claims that in order to be green, we need to take into account that consuming fossil fuels will deprive future generations of those resources. In reality, burning fossil fuels over the past 150 years has enabled us to be free to create and innovate an amazingly richer world of antibiotics, telecommunications, and computers. These will further enrich the future, but are not counted.
CommentsMoreover, as we have burned fossil fuels, we have simultaneously found new resources and discovered new methods, such as horizontal fracturing, which has dramatically increased the availability of natural gas while driving down its cost. All of this leaves future societies amazingly richer – but would be missed in green GDP measures.
In practice, green accounting might easily have led our forefathers not to cut down forests, because this would entail losing a valuable resource. But converting forests to agriculture led to cities and civilization. Innovation and substitution followed, which ultimately produced many more calories and much more wealth.
Most policymakers still focus on GDP, because, while not perfect, it is strongly correlated with highly prized real-world outcomes. A country with higher GDP generally has lower child mortality rates, higher life expectancy, better education, more democracy, less corruption, greater life satisfaction, and often a cleaner environment.
CommentsSo, while green accounting certainly can play a role, we must not allow it to become a roadblock to development.

Nature's dynamic non-balance

Matt Ridley.



In her remarkable new book "The Rambunctious Garden," Emma Marris explores a paradox that is increasingly vexing the science of ecology, namely that the only way to have a pristine wilderness is to manage it intensively. Left unmanaged, a natural habitat will become dominated by certain species, often invasive aliens introduced by human beings. "A historically faithful ecosystem is necessarily a heavily managed ecosystem," she writes. "The ecosystems that look the most pristine are perhaps the least likely to be truly wild."
In the Netherlands, for example, cattle are being used to re-create a simulacrum of a Pleistocene woodland, because their aurochs ancestors would have been vital in keeping forest patchy. To keep African national parks from deforestation, elephant control is sometimes needed. To let aspen, willow and beaver return to Yellowstone, it was necessary to reintroduce the wolf, which reduced elk numbers. To preserve Mojave Desert tortoises, it is essential to control native ravens, whose numbers have been boosted by distant landfill sites.
Some ecosystems are enriched and made more productive by invasive species. In terms of "ecosystem services"-the provision of clean water, the absorption of carbon, the creation of soil, the prevention of erosion-Hawaiian forests dominated by alien tree species can perform better than the pristine habitats they replace. Though many invasive aliens are notorious for the harm they bring (pythons in Florida, cane toads in Australia, brown tree snakes in Guam), many others enhance the local nature scene.
Where I live, in the U.K., American gray squirrels are exterminating native red squirrels with the help of a parapox virus and a better ability to digest acorns. Aesthetically, this is a pity: The red is nicer to look at and part of local culture. But ecologically, one has to admit that the gray is better at filling the squirrel niche in our broadleaf woodland. Reds are really a pine-adapted species that had responded to a broadleaf vacancy after the most recent ice age.
Ms. Marris's book goes further, challenging the very idea of a balance of nature. In the first half of the 20th century, ecologists came to believe in equilibrium-that natural systems tended toward a steady state. So, for example, a bare patch of ground would be colonized by a succession of species-annual weeds, then grasses, then shrubs, then trees-until it reached its "climax" state. Conservation, therefore, was a matter of restoring this climax.
Academic ecologists have abandoned such a static way of thinking for something much more dynamic. For a start, they now appreciate that climate has always changed, and with it, ecology. Twenty thousand years ago the spot where I live was under a mile of ice. Then it was tundra, then birch forest, then pine forest, then alder, linden, elm and ash, then most recently oak, but beech was coming.
Which is its climax? We now know that oak seedlings rarely thrive under mature oaks (which rain caterpillars on them), so the oak climax was just a passing phase.
Yet even as academic ecologists have abandoned balance-of-nature thinking, it still dominates practical conservation management. Ms. Marris quotes the ecologist Daniel Botkin: "If you ask an ecologist if nature never changes, he will almost always say no. But if you ask that same ecologist to design a policy, it is almost always a balance-of-nature policy": preserve this rare species, maintain this habitat structure, freeze in time this ecological moment, return this degraded land to a particular state, whatever the weather and whatever the novel arrivals of exotic species. Just as in our management of the economy, we think of states, not processes.
So what's a good conservationist to do? Ms. Marris sets you free: "In a nutshell: Give up romantic notions of a stable Eden, be honest about goals and costs, keep land from mindless development and try just about everything."

The Myth of Pristine Nature. Ronald Bailey

Vía Francisco Capella.


Extractos:

So many ecologists set the historical baseline as the condition of ecosystems before Europeans arrived. Why? The fact is that primitive peoples killed off the largest species in North and South America, Australia and Pacific Islands thousands of years ago. For example, after people showed up about 14,000 years ago, North America lost 60 or so species of tasty mammals that weighed over 100 pounds, including giant ground sloths, mammoths, mastodons, cheetahs, camels, and glyptodonts.


In fact, Marris reports that there is precious little scientific support for the ideology that pristine nature is somehow “better” than the mélange that humanity has created by moving species around the globe. For example, she visits Hawaii where half of the plant species now living on the islands are non-native. One brave younger ecologist, Joe Mascaro, studies novel ecosystems that are developing on Hawaii that incorporate both native and non-native species. Among other things, Mascaro “found that the novel forests, on average, had just as many species as native forests” and “that in many measures of forest productivity, such as nutrient cycling and biomass, novel forests matched or outproduced the native forests.”


Read full story.


Nucleares y bacterias ¿Qué te pasa, Alemania? (Nuclear and bacteria What's wrong, Germany? por Manuel Fernández Ordóñez


(Article in English)

Manuel Fernández Ordóñez hace un análisis exacto de la situación. Hay gente que si no es idiota, lo hace muy bien para que pensemos lo contrario:


Las últimas declaraciones han sido de un tal Gert Hahne: "No se puede castigar a alguien por tener mala suerte" ha dicho el buen hombre. También ha dicho que “la granja cumplía con toda la normativa” y que “lo mires por donde los mires no hay base legal alguna para responsabilizarles”. Utilizando el doble rasero habitual para con la energía atómica, sí que se puede castigar a los dueños de las centrales nucleares alemanas porque una central japonesa fue sacudida por un terremoto de grado 9.0 seguido de unas "olillas de nada" que, por cierto, han dejado casi 30.000 fallecidos. Las centrales nucleares alemanas también cumplen escrupulosamente la legislación y tampoco hay base legal para responsabilizarlas. No se les puede castigar por lo que ha sucedido en Japón. Pero se ha hecho.

***

Nucleares y bacterias ¿Qué te pasa, Alemania? por Manuel Fernández Ordóñez.
¿Qué tienen en común los reactores nucleares y las bacterias E.coli en una granja alemana? Pues que el 99% de la población no sabe lo que son pero se permite la licencia de hablar como si físicos nucleares o biólogos moleculares fueran. ¿Qué no tienen en común ambas cosas? Pues que los reactores nucleares alemanes no han matado nunca a nadie, mientras que llevamos 33 muertos y 4.000 afectados por "algo" salido de alguna granja de la Baja Sajonia.
Las centrales nucleares alemanas no son un peligro, ni para los alemanes ni para el resto de Europa. Sus granjas, en cambio, no pueden decir lo mismo. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Cerramos también las granjas alemanas, al igual que las centrales nucleares? Obviamente no, sería una estupidez y no seré yo quien pida tal cosa, pero permítanme aclararles que fue igual de estúpido tomar la decisión de cerrar las segundas. Merkel, en cambio, debería clausurar el Ministerio de Agricultura al completo, incapaz de trazar el origen de un brote mortífero. La incompetencia germana en este asunto ha sido palpable, acusando a diestro y siniestro -especialmente a nosotros- ocasionando pérdidas multimillonarias que ahora ni siquiera tienen la decencia de afrontar. Pagará Europa, ellos no.
¡Qué desvergonzada es la política! Capaz de los más altos estándares de incoherencia sin el más mínimo atisbo de sonrojo. 33 muertos después, en Alemania miran para otro lado. Las últimas declaraciones han sido de un tal Gert Hahne: "No se puede castigar a alguien por tener mala suerte" ha dicho el buen hombre. También ha dicho que “la granja cumplía con toda la normativa” y que “lo mires por donde los mires no hay base legal alguna para responsabilizarles”. Utilizando el doble rasero habitual para con la energía atómica, sí que se puede castigar a los dueños de las centrales nucleares alemanas porque una central japonesa fue sacudida por un terremoto de grado 9.0 seguido de unas "olillas de nada" que, por cierto, han dejado casi 30.000 fallecidos. Las centrales nucleares alemanas también cumplen escrupulosamente la legislación y tampoco hay base legal para responsabilizarlas. No se les puede castigar por lo que ha sucedido en Japón. Pero se ha hecho.
Los buscavotos saben bien lo que hacen y Merkel no es más que eso. Su estrategia populista no salió bien parada de las elecciones, pero hay que guardar las formas para las próximas, que las coaliciones son impredecibles. Cierre usted las nucleares si quiere, está en su derecho, usted gobierna. Pero no pretenda hacerlo con el argumento de que las centrales nucleares son peligrosas porque, en Alemania, es mucho más peligroso el sector agrícola. Y esto es un hecho irrefutable, el número de fallecidos lo corrobora. Como escribió el otro día Vigalondo: "insultad mi país, mi raza, mi ideología, mi pasado o mi religión. Pero dejad de insultar mi inteligencia". Las centrales nucleares son seguras y no lo son menos porque Merkel decida cambiar un puñado de ellas por un puñado de votos.
Permítanme adelantarme a todos aquellos que sientan el irrefrenable deseo de llamarme demagógico. Conténganse un segundo mientras leemos la definición en la RAE, "Demagogia: práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular". Pues bien, ni yo soy un político, ni en este artículo lanzo demasiados halagos ni, sobre todo, creo que apoyando la energía nuclear pretenda ganarme el favor popular. En cambio, eso es precisamente lo que ha hecho Merkel. Intentar ganarse el apoyo popular haciéndole halagos a la izquierda alemana cerrando las nucleares únicamente por intereses electorales. Eso sí es demagogia.
Por cierto, alguna ministra cordobesa que también se dedica a la política ha decidido no denunciar al gobierno alemán por la que nos ha liado con los pepinos y por ningunearnos en Europa. Tal vez pretenda ganarse el favor popular haciéndole halagos a Alemania ¿será eso demagogia? Enviaré una consulta a la RAE, a ver qué opina Reverte de todo esto. Los mentideros de la Historia cuentan que en 1909, debido a un enorme excedente vitícola, se puso de moda comerse las 12 uvas en las campanadas...prepárense para esta Nochevieja, con los pepinos.