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The Age of Contestability

Bryan Caplan.


When economists want to measure the competitiveness of an industry, they usually start by counting the number of competing firms.  If they see a lot of firms, they infer a lot of competition.  Few firms?  Little competition.  One firm?  No competition at all.

Three decades ago, a model came along to challenge this mindset: thecontestable market model.  In the contestable market model, a single firm often behaves exactly like a perfectly competitive firm.  Why?  Because of potentialcompetition.  Sure, your firm may be the sole supplier of a good right now.  But if you raise your price above the competitive level, all sorts of competitors might suddenly spring up.  To prevent this from happening, you need to keep your prices so low than no potential competitor bothers to become an actual competitor.

The contestable markets model enjoyed immediate attention.  But as you'd expect, believers in the traditional structure-conduct-performance model were not impressed.  It doesn't google, but I still remember Leonard Weiss's summary dismissal.  It went something like this: "The contestable markets model is empirically irrelevant and should play no role in policy."

There hasn't been much new research on the contestability model in recent years.  But I recently realized that the empirical and policy relevance of this much-maligned model is now very hard to deny.  

Consider: The internet has given us a long list of near-monopolies: Amazon, Apple, and Netflix are only the beginning.  Funny thing: consumers love these "monopolies."*  Despite their market dominance, these firms deliver amazing products at low prices.  And almost no one is "waiting for the other shoe to drop."  If someone claimed that Amazon, Apple, or Netflix were planning to gouge us as soon as they devour their last competitors, we'd laugh.

The contestable markets model has a simple explanation.  Sure, Amazon, Apple, and Netflix look a lot like monopolies.  But the people who run these firms can feel their potential competitors breathing down their necks.  If these "monopolies" start taking their customers for granted, they'll quickly cease to be monopolies.  Indeed, they may quickly cease to exist at all.  

In fact, the results we see are better than the simple contestability model predicts.  Amazon, Apple, and Netflix don't just keep offering customers the same attractive terms.  They're constantly trying to improve the terms they offer.  Why?  Because they realize that in the Age of Contestability, market leaders will fall behind unless they keep running full speed ahead.

* Yes, I know that Netflix recently burned up a lot of good will with some bad decisions.  But consumers still love the product. 

Competitividad e innovación

Por Xavier Sala i Martí.


El gobierno tiene que entender tres cosas en temas de competitividad e innovación. La primera es que, en el nivel de renta de España, ser competitivo quiere decir innovar y que todas las empresas de todos los sectores pueden y tienen que innovar para progresar. Si uno estudia las grandes ideas empresariales de las últimas décadas, uno se da cuenta de que no sólo innovan los sectores "modernos" sino que también lo hacen sectores milenarios como el circo (Cirque Du Soleil), el vestido (Zara), los muebles (Ikea), el vino (todo el sector en Australia) o el café (Nespresso o Starbucks).

La segunda es que no sólo innovan a los científicos sino todos los ciudadanos: sólo el 8% de las ideas empresariales provienen de científicos a través de l'I+D formal. El 92% de las ideas empresariales provienen de los trabajadores (Amancio Ortega era un vendedor de camisas antes de crear Inditex), estudiantes (Mark Zuckerberg, creó Facebook siendo estudiante) o incluso saltimbanquis de calle (como Guy Laliberté, el creador de Cirque du Soleil).

La tercera es que para tener una economía competitiva e innovadora hace falta un sistema educativo que (a) dé los instrumentos para crear a la mayoría de la población (trabajadores, los estudiantes o incluso los saltimbanquis de la calle) y no sólo a científicos y (b) facilite la implementación empresarial.

Debilidad económica, el agotamiento de las balas para luchar contra la crisis, la depreciación del euro y la competitividad. Yo no sé qué pasará en alguna de estas áreas durante el año nuevo. El qué sí sé es que estas son cuatro aspectos de la economía que hay que tener en cuenta hoy, el día que empieza 2012.



Aquí artículo completo.

¿Nos roban el trabajo los chinos? Juan Ramón Rallo

Leer entrada completa.


Extracto:

En un sistema económico caracterizado por la división del trabajo y el intercambio, es normal que muchas personas vean amenazada su posición cuando otros agentes salen de la pobreza y comienzan a producir bienes y servicios que compiten directamente con los suyos. Cuando la población de una pequeña aldea crece, el tendero de toda la vida probablemente deba enfrentarse a nuevos competidores, de modo que su posición de monopolio (y las rentas extraordinarias que de ahí derivaba) desaparece. Eso no significa, sin embargo, que el incremento de la población empobrezca a la aldea: al contrario, el antiguo tendero monopolista pasará a dedicarse a otras labores y la variedad de bienes y servicios disponibles para el intercambio (la riqueza) se incrementará.

Lo mismo sucede cuando el tamaño de esa aldea global que es la economía mundial se expande. Por supuesto, habrá sectores locales que salgan perjudicados por la mayor cantidad de productores y competidores extranjeros –incluso podría haber algún país pequeño, concentrado en unos pocos sectores productivos, que sufriera una crisis nacional–, pero eso no significa, ni mucho menos, que el crecimiento de esa aldea global sea perjudicial, sólo que a corto plazo requerirá reestructuraciones.


Fue Jean Baptiste Say quien en susPrincipios de Economía se encargó de enterrar este mito: en última instancia, todo lo que compramos lo pagamos con otros productos que previamente hemos producido y vendido (la llamada "ley de Say"). Por consiguiente, si todos producimos más, nuestro poder adquisitivo crece correlativamente: tenemos más mercancías que podemos comprar, pero también más mercancías que podemos vender. Los chinos no sólo producen, sino que también compran (ya sean bienes de consumo o de inversión). En definitiva, una sobreproducción generalizada nunca será posible (una mayor oferta sienta las bases para una mayor demanda); otra cosa son las sobreproducciones sectoriales, que obviamente sí son posibles, como ha sucedido con la vivienda.

La falacia de la ventaja absoluta fue enunciada por Adam Smith al sostener que los intercambios entre individuos y naciones se guiaban por quien fuera mejor a la hora de producir un bien. Si Inglaterra es mejor que Portugal produciendo tela y Portugal mejor que Inglaterra produciendo vino, entonces ambos países trocarán sus mercancías. Pero, ¿qué pasaría si Inglaterra fuera mejor que Portugal fabricándolo todo? A esta pregunta respondió otro economista, David Ricardo, cuando explicó que los intercambios en realidad no se mueven por ventajas absolutas, sino relativas: cada persona se especializa en aquello en lo que es relativamente mejor que el resto. Por ejemplo, si Inglaterra genera mucho más valor que Portugal produciendo tela pero sólo un poquito más produciendo vino, será conveniente que Inglaterra se especialice en la tela y le deje a Portugal producir vino. Otro ejemplo quizá más comprensible: un empresario puede saber más contabilidad que nadie, pero normalmente subcontratará su gestión a una tercera persona para que él pueda centrarse en aquello en lo que es mucho mejor que todos, crear valor para los consumidores.


Es cierto que los costes laborales son mucho más bajos en China, pero Occidente sigue teniendo ventajas en términos de infraestructuras, estabilidad institucional, seguridad jurídica, formación del capital humano o complementariedades vía efectos red.


Por ejemplo, en 2010 España importaba de China productos valorados en 20.000 millones de euros, esto es, el 2% del PIB; porcentaje similar al de EEUU (365.000 millones o el 2,5% del PIB). De todas esas importaciones, alrededor del 50% eran bienes de capital que las industrias occidentales emplean para mejorar su productividad (el resto son bienes de consumo que sí compiten con los bienes de consumo que fabriquemos internamente). En otras palabras, si ya resulta poco probable que nos abocamos a la desindustrialización por el hecho de que importemos el 2% de nuestro PIB de China (sobre todo cuando, a su vez, les exportamos alrededor del 0,5%), aún lo es menos si tenemos en cuenta que la mitad de esos productos son bienes de capital tirados de precio que nos permiten ser mucho más competitivos que si los produjéramos internamente a precios más altos. Cuanto más abarate China los bienes de capital que nosotros incorporamos a nuestros procesos de producción, más productivos seremos y más altos salarios podremos permitirnos.