La memoria difícil. Maite Pagazaurtundúa

No he conocido a nadie que haya descrito mejor que Angel García Ronda en algunos parlamentos de la protagonista de su novela La respuesta el fango moral y la degradación que se fue introduciendo hasta el tuétano de la sociedad vasca, día a día, desde los años setenta. En muy pocos años ETA amordazó a la sociedad vasca -también a la navarra, aunque con menos fortuna- mediante una serie de asesinatos aleatorios que iban acompañados de acusaciones que estigmatizaban al asesinado y sus familiares. Así consiguieron que la gente dejase de opinar con libertad y que la población dejase de relacionarse con militares, policías y guardias civiles, las víctimas potenciales claramente identificadas por ETA. Los representantes del poder del Estado y sus familias conocieron un tormento social sin límites y sufrieron las oleadas de atentados terribles de los primeros años de la democracia española.

El miedo después de cuarenta años es, ya, parte de la idiosincrasia del comportamiento comunitario.

Cada una de las medidas que buscan en los últimos años la deslegitimación social o política del fanatismo identitario nacionalista ha debido ser arrancada con enorme incomodidad para una parte relevante de la ciudadanía. La sociedad vasca ha eludido permanentemente enfrentarse a la responsabilidad colectiva por la pasividad e insensibilidad ante el fenómeno del fanatismo identitario terrorista de ETA. Hannah Arendt acuñó el concepto de que “somos responsables del mundo en que vivimos” y la sociedad vasca realiza un mohín de desagrado cada vez que alguien se atreve a pedir la palabra y repetir algo parecido.


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