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Otro tumulto. Arcadi Espada


Me alegra grandemente que Berlusconi ya no esté al frente del Gobierno de Italia. Empezando por la televisión y acabando por los peluquines congrega gran parte de lo que desprecio. Además, se me ocurren pocas formas de hacerse viejo peores que la de un viejo verde. Sin embargo, hay rasgos preocupantes en la crónica general del abandono. Parece que Berlusconi, para empezar, estuviera en el poder por algo distinto del voto del pueblo. Y, evidentemente, una de las más desagradables e instructivas lecciones que se derivan de su larga y asqueante jefatura es el carácter, tantas veces atrabiliario, del voto de los ciudadanos. Yo me digo a mí mismo, y muchas veces al día, qué gran liberal no sería si tuviese pueblo. Pero que el pueblo se equivoque no quiere decir que esté secuestrado. Ni siquiera por la televisión berlusconiana. Los ciudadanos son perfectamente conscientes de lo que hacen. A veces son conscientes, incluso, de que votan por joder; y de que su voto no es más que una forma concreta de desesperación y de rechazo. Por el contrario, y para dar explicación de sus fracasos, la izquierda patrocina con indudable fruición el secuestro del pueblo. Un secuestro que, huelga decirlo, jamás se puede producir cuando la votan a ella. Cuando la izquierda gana siempre es gracias al voto libre del pueblo informado y consciente.

Estas percepciones tan asimétricas se han repetido ahora a propósito de la dimisión. Imaginemos por un momento qué habría sucedido si hubieran apartado del Gobierno de Italia a un político de izquierdas de la popularidad y obstinación de Berlusconi. Pues algo de lo que levemente sucedió con Papandreu, aunque elevado a la enésima potencia indignada. ¡Lo que se habría escrito bajo el titular de que los poderes financieros fuerzan la salida del primer ministro… etcétera! La dimisión, que se ha producido sin que el Parlamento haya escenificado (¡al menos escenificado!) la pérdida de mayoría, ha tenido algo de tumulto y aproxima, insólitamente, la plaza Tahrir y los mercados financieros: de algún modo se filtra la convicción de que el poder de Berlusconi era tan ilegítimo como el de aquel Mubarak egipcio. La operación es peligrosa. Entre otras cosas porque abre las puertas al populismo más degenerado. El que explotará de indignación y acusará a Mario Monti de ilegítimo si este, a despecho de sus suaves maneras de gentleman, empieza a practicar la cirugía de hierro que tarde o temprano le espera a la gigantesca mentira de Italia.

Los últimos días de Berlusconi. Roberto Saviano


Existe una palabra que describe mejor que ninguna otra lo que el Gobierno de Berlusconi ha sido para Italia, lo que realmente lo ha caracterizado en el sentido político y en el económico, y esa palabra es inmovilismo. En los últimos 20 años no ha sucedido nada en favor del país. No se ha hecho ni una sola de las reformas prometidas en 1994 que hubieran contribuido a conjurar la crisis que ahora está viviendo Italia. Y es evidente que lo que no lograron los electores, ni los grupos de la oposición, ni la prensa, ni los intelectuales, lo ha conseguido el mercado. Ironías del destino, precisamente Silvio Berlusconi, que siempre se ha jactado de haber creado un imperio de la nada, de haber encarnado el sueño americano del self-made man, que siempre se ha considerado campeón en materia de números y dinero, se ha visto desbordado en lo que se sentía omnipotente y por aquello que siempre dijo que era su propio elemento: por el mercado. Ha sido el comisario de una economía que ya no podía fiarse de su gestión.

Ennio Flaiano, genial escritor italiano, decía que en Italia la línea más corta entre dos puntos es el arabesco. Los casi 20 años del Gobierno de Berlusconi han sido un arabesco: la línea más larga posible entre lo viejo y lo viejo que se hacía pasar por nuevo. Entre Democracia Cristiana y democracia cristiana. Cuántas mentiras en estos 20 años, cuántas mistificaciones. Desde los falsos orígenes humildes, para que el italiano medio pudiese identificarse con él, a la mentira mayor de todas, pasada de boca en boca y progresivamente vacía de todo significado. La mentira según la cual un hombre que ha creado un imperio, que es rico y que está al frente de empresas prósperas -o que parecían serlo- no tiene necesidad de robar, de sustraer dinero público al país, como lo habían hecho los partidos en la Primera República. Un sueño que se basó en embustes y equívocos porque, una vez eliminados los padrinos políticos, fue preciso que Berlusconi controlara la situación. Y que en poco tiempo transformara la política en un campo de fútbol, en el que los ciudadanos son hinchas que vitorean a sus colores independientemente de cómo lo esté haciendo el equipo, todo lo más le silban un ratito, pero que siempre y solamente quieren ver la victoria. Berlusconi ha introducido un nuevo modo de hablar, de manera que decidir comprometerse en política se convierte en “saltar al campo”.

Por otra parte, él mismo repetía que su entrada en la política se había producido para tutelar sus propios intereses. Los suyos personales y los de sus empresas. Y es exactamente eso a lo que hemos asistido durante los 20 años en los que ha sido protagonista indiscutido de la escena política italiana. Sus cargos institucionales han coincidido con sus negocios privados. Los mismos jefes de Estado extranjeros que en los pasados años se han mostrado más cercanos a él, no han sido sino sus socios. Del gas de Putin -los negocios energéticos rusos representan el 70% de las exportaciones a Italia, y la misma Hillary Clinton ha dejado caer sus dudas acerca del carácter especulativo de las convergencias políticas ente Berlusconi y Putin- a la embarazosa amistad con Gadafi -desde junio de 2009, Lafitrade, de la familia Gadafi, y Fininvest, de Berlusconi, a través de la luxemburguesa Trefinance, son los verdaderos propietarios de Quinta Communications, de Tarak Ben Ammar-. El negocio con la empresa tunecina, en la que Lafitrade tiene el 10% y Fininvest el 22%, ha abierto el negocio al reciclado occidental, a partir de Italia, de una voluminosísima masa de petrodólares de Gadafi, valorada en 65.000 millones de euros.


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