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Reformar el sistema para evitar la quiebra

por Gabriel Calzada.

Las medidas aprobadas por el gobierno para evitar la suspensión de pagos y lograr el rescate de de los bancos y del Estado por parte de nuestros socios europeos ha probado ser un auténtico fiasco.
Pocas horas después de votarse el ajuste que según Rajoy era el que necesitaba España, la prima de riesgo sobrepasa los 600 puntos básicos. Para alejar el fantasma de la quiebra, el gobierno tiene que abandonar su empeño en mantener todas las promesas del Estado paternalista, planteamiento que le ha llevado a freírnos a impuestos y tratar de hacer recortes horizontales del gasto público en lugar de replantear seriamente cuáles son las funciones básicas que debe retener el Estado y cuales pueden y deben ser devueltas a la sociedad civil aligerando el peso del aparato estatal y dando dinamismo a la economía.
Para empezar el gobierno debería reformar el sector eléctrico. El gobierno del PP primero y del PSOE después pervirtieron el mercado energético subvencionando varias de las formas menos eficientes de producir electricidad. Una década después el coste eléctrico en España es de los más altos de Europa, lastrando así el poder adquisitivo de nuestras familias y la competitividad de nuestras empresas. Ahora el gobierno debe retirar tanto las subvenciones a la producción como las restricciones a la instalación de nuevas plantas de cualquier tecnología. El lugar de liar aún más el sector con nuevos impuestos que traten de compensar los desequilibrios creados, el ejecutivo debe liberalizar la producción y la compra-venta de electricidad. Rajoy y Soria no pueden pretender mantener los privilegios a unos cuantos productores en detrimento del conjunto de la sociedad española.
El grueso de las reformas pendientes está relacionado con el paternalista Estado del Malestar. Garantizar el acceso a servicios básicos a quienes no tienen dinero no implica que el gobierno se dedique a intervenir el mercado y a producir directamente los servicios. En el campo educativo España es uno de los dos únicos países de la OCDE en el que las 5 pruebas de PISA sus escolares puntúan sensiblemente por debajo de la media internacional. Aún así gastamos más dinero por estudiante que Finlandia, el país aclamado mundialmente por la calidad de su sistema educativo. Tampoco tenemos ni una universidad situada entre las 100 mejores del mundo a pesar de haber más que duplicado el gasto universitario en los últimos 10 años llegando a superar los 10.000 euros al año por estudiante. Sin embargo, en las escuelas de negocio, la rama de la enseñanza menos regulada y más alejada del control público, España tiene tres centros entre los diez primeros del mundo. Urge por lo tanto establecer procedimientos a través de los cuales políticos, burócratas y funcionarios pierdan su actual control sobre el sistema educativo en favor de los padres y los empresarios. Aquí cabe plantearse soluciones que vayan desde los cheques educativos hasta las privatizaciones pero sobre todo necesitamos abrir la oferta a la competencia para lo cual necesitamos una reforma legislativa que quite de un plumazo las mil y una barreras de entrada que estable la ley en la educación primaria, secundaria y universitaria.
En la sanidad necesitamos una reforma que permita a los ciudadanos elegir el modelo que desean costear y disfrutar. Desde la reintroducción de la desgravación por gasto en servicios sanitarios privados hasta la entrada de capital privado en los hospitales públicos, el campo para la mejora es inmenso. En los años de la burbuja el gasto público en sanidad creció un 67% sin que se observara una mejora en el servicio. Ahora toca llenar al sector de emprendedores que ganen dinero en la medida que sepan curar a los pacientes a un coste razonable. Los funcionarios llevan años eligiendo a través de MUFACE el proveedor al que pagan con su dinero y de manera invariable eligen una provisión sanitaria privada en una proporción de entorno al 85%, aligerando así el peso del estado y dando impulso a un importante sector privado.
También resulta necesario diseñar una reforma del sistema de pensiones que permita transitar del actual modelo de reparto a uno de capitalización personal. El sistema actual es la fiel reproducción de una estafa piramidal a lo Ponzi o a lo Madoff. La población cree estar ahorrando para su pensión cuando en realidad el gobierno está gastando su dinero en el pago de prestaciones actuales de tal modo que su pensión sólo se podrá pagar en el futuro si el gobierno encuentra suficientes personas a las que poder elevar la tributación el día de mañana. Con el paso progresivo a un sistema de capitalización cada ciudadano recuperaría la responsabilidad de ahorrar para garantizarse una renta digna tras finalizar su vida laboral al mismo tiempo que se evitar el modelo de crecimiento económico basado en expansiones insostenibles del crédito barato como el que vivimos entre 2001 y 2007.
Necesitamos en suma un drástico cambio de modelo que posibilitaría una enorme reducción del gasto público ayudando a equilibrar el presupuesto aún llevando a cabo la urgente reducción de los niveles impositivos confiscatorios y desincentivadores del esfuerzo personal establecidos por el PP. Si a estas reformas del Estado Benefactor que devuelven la responsabilidad de la producción de los servicios básicos a la ciudadanía le añadimos la eliminación de las trabas al desarrollo empresarial, España puede aún evitar la quiebra que tenemos ante nuestras narices.

¿Servirán las reformas estructurales? Luis Garicano

Para luchar con esta crisis no nos van a servir las políticas de demanda. Lo que para Reino Unido o EE UU es una opción -embarcarse en políticas fiscales y monetarias expansivas-, para nosotros no lo es. Quizá de manera injusta, los mercados de deuda y nuestros socios europeos consideran que España ha llegado al límite. No nos queda, por tanto, más remedio que cumplir el objetivo de déficit acordado con la Unión Europea y proceder a una consolidación fiscal. La política monetaria va a seguir siendo desgraciadamente más restrictiva de lo que querríamos, porque es lo que piden las condiciones en el corazón del euro. La solución habitual de otras crisis españolas, la devaluación de la peseta para exportar más e importar menos, no es factible.

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Consideren el siguiente escenario. El Gobierno entrante anuncia un paquete de reformas que incluye una reforma en profundidad del perverso marco jurídico laboral. Entre las medidas anunciadas, un contrato único que elimine la perniciosa dualidad y dé esperanzas a los jóvenes, y la descentralización completa de la negociación colectiva, que permita a las empresas y trabajadores adaptar las condiciones de trabajo a su situación particular. Además, tal reforma viene acompañada de reformas sustanciales en los servicios profesionales (donde España tiene alrededor de un millón de empleos menos de los que nos corresponden, de acuerdo con el reciente informe de FEDEA-McKinsey en el que participé), de los servicios locales (donde hay también un enorme potencial de creación de empleo) y del mercado de alquiler para movilizar y poner al alcance de todos las más de un millón de viviendas sin vender. Este paquete de reformas llevaría a un inmediato aumento de la demanda de trabajo, que incidiría de inmediato sobre el paro y que con suerte pondría en marcha un círculo virtuoso de mayor crecimiento, menor endeudamiento, mayor confianza y mayor crecimiento.

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El peligro es que a la primera huelga salvaje del metro, de controladores o de cualquiera de los otros colectivos hiper-protegidos de nuestro país, el nuevo Gobierno titubee y se eche para atrás. No hay lugar para esto. En nuestra breve democracia hemos tenido tres ejemplos de gobernantes que llegaron al poder con una situación muy delicada y tuvieron las agallas, incluso jugándose la vida, para hacer lo necesario: Adolfo Suárez, con la reforma política; Felipe González, con la reconversión industrial, y José María Aznar, con la entrada en el euro. Los españoles no somos los griegos ni los italianos. Si se nos explica lo que está pasando y lo que hace falta hacer, seremos capaces de entenderlo.

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Para el Gobierno que entre, es ahora o nunca. Durante la campaña, los dos partidos pueden hacer un enorme servicio a la sociedad explicándole con claridad lo grave de la situación y lo necesario de las medidas estructurales. No es momento de frivolidades.


Leer completo en El País.

Balance provisional de la catástrofe. César Molinas

España aporta el 10% del PIB de la eurozona, el 14% de la población y el 31% de los parados. ¡Sí, uno de cada tres parados de la eurozona es español! Los cinco millones de parados españoles y la tasa de paro del 21,2% son una anomalía aberrante en Europa: la tasa de paro media de la eurozona es el 10%, menos de la mitad que en España, y tan solo otros 3 de los 17 Estados miembros tienen tasas de paro de dos dígitos: Bélgica (11,7%), Portugal (12,3%) y Grecia (16,7%). ¿Acaso somos más holgazanes que los demás? ¿Más tontos? ¿Sufrimos un castigo divino? ¡No! Simplemente, tenemos un mercado de trabajo anómalo, disfuncional, que condena a la temporalidad precaria al 30% de los empleados, que genera bolsas millonarias de parados cada vez que viene una crisis...


[L]a acumulación de derechos sin contrapartida por el lado de los deberes embrutece a las masas.


Nuestra democracia ha puesto mucho más énfasis en publicitar derechos que en reclamar deberes, y así no puede funcionar bien: ya dijo Montesquieu que la democracia se basa en la virtud, es decir, en el cumplimiento de las obligaciones. La clase política se ha dedicado a adular a las masas para conseguir votos, haciéndoles creer que tienen derecho no solo a recibir algo a cambio de nada, sino de recibirlo a perpetuidad. Todo el mundo tiene derecho a un AVE y a un aeropuerto cerca de su casa, sin ir más lejos. Hay unos Reyes Magos o un Papá Noel implícitos en la democracia española: nunca se menciona quién paga los regalos, quién financia esos derechos sin contrapartida.


Hay que liberar el potencial de la economía para acabar con las lacras del desempleo, de los subsidios permanentes y de la corrupción. Para ello hay que tratar a los españoles no como menores de edad, sino como ciudadanos. En vez de adularles, hay que razonarles por qué son necesarias las reformas estructurales. Y hay que ponerlas en práctica.


Leer texto completo en El País.

Las reformas que necesita España. Juan Ramón Rallo

Por un lado, para lograr el reajuste de nuestro aparato productivo, necesitamos, primero, que los contratos laborales regresen al ámbito de negociación individual entre empresario y trabajador, sin que los sindicatos o la patronal puedan intervenir salvo como representantes voluntarios; esta abolición de esa fascistada llamada negociación colectiva también debería afectar a las relaciones laborales vigentes, permitiendo renegociar sin indemnización todos los contratos actuales para adaptarlos a la nueva realidad posburbuja –una medida bastante menos cruel y barata que reducir el coste del despido para, a través del cese laboral, proceder a su ulterior renegociación–. Segundo, debemos rebajar la factura eléctrica y para ello hay que suprimir las primas a las nuevas centrales renovables, revisar a la baja las ya comprometidas y prolongar la vida de todas las centrales nucleares seguras. Tercero, liberalización total del sector empresarial: eliminar los obstáculos burocráticos a la hora de constituir nuevas empresas así como las limitaciones sobre a qué pueden dedicarse –por ejemplo, suprimiendo la ley de horarios comerciales, la ley del suelo, la ley antitabaco…). Y cuarto, permitir que aquellos sectores que deban quebrar, como el de la construcción, quiebren y saquen a la venta todo el stock de viviendas y de bienes de capital que retienen sin uso alguno.

Por otro lado, para conseguir el reajuste financiero hay que promover el ahorro empresarial, familiar y estatal. Las Administraciones Públicas deben regresar a los niveles de gasto anteriores a la burbuja (2002-2003). Ello implicará desprenderse de numeroso personal público –sobre todo autonómico–, eliminar todas las subvenciones, privatizar todas las empresas públicas e instaurar el copago en la sanidad y en la educación no obligatoria. Con este tijeretazo al gasto, lograríamos no sólo acabar con el déficit, sino amasar un cierto superávit con el que poder reducir de manera muy considerable la tributación sobre el ahorro, tanto en el IRPF como en el Impuesto de Sociedades: los gravámenes sobre dividendos, plusvalías y beneficios no deberían superar en ningún caso el 10%. De este modo, no sólo alimentaríamos el ahorro interno, sino que importaríamos capitales desde el extranjero, lo que permitiría recapitalizar a nuestro tejido empresarial –y bancario– y contratar a gran parte de los cinco millones de parados.