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La educación sin el Estado, por Lorenzo Bernaldo de Quirós

El Mundo.


En su ensayo Sobre la libertad, John Stuart Mill escribía: «Una vez admitido el deber de imponer la obligación de la educación universal, se pondría fin a las dificultades acerca de lo que debiera enseñar el Estado y cómo debiera enseñarlo, que convierten hoy el tema en un mero campo de batalla para sectas y partidos». Esta cita enmarca la reciente polémica entre el Ministro de Educación con su declaración a favor de «españolizar a los alumnos catalanes» y la oposición a esta tesis expresada por el presidente de la Generalitat, con su poco afortunada frase de que el Gobierno central quiere educar a los escolares de Cataluña en el ideario de la España «una, grande y libre». Ambas posiciones muestran las nefastas derivadas de una educación controlada por los poderes públicos.
La discusión sobre la intervención estatal o autonómica, da igual, en la esfera educativa no se refiere a la obligatoriedad de la enseñanza, sino a que el Gobierno central o los periféricos controlen la totalidad o una parte sustancial de la oferta de servicios de educación como sucede en España. Cuando esto ocurre, existe el peligro, respaldado por la experiencia, de que las distintas administraciones intenten organizar la enseñanza de tal modo que les permita moldear la mente de los alumnos a favor de sus posiciones políticas e ideológicas. Esto constituye no sólo un mecanismo de empobrecimiento del capital humano de cualquier Estado, sino un serio riesgo para la libertad. Si una población educada es básica para el mantenimiento y florecimiento de una sociedad libre y democrática, ésta es por definición plural y no ha de sustentarse sobre un esquema de valores único y monopólico instaurado desde el poder.
Los riesgos del estatismo educativo se acentúan en los Estados multinacionales. La respuesta a la pregunta de a quién corresponde dirigir la enseñanza tiende a convertirse en una causa de fricción entre las distintas nacionalidades integradas en una estructura estatal. En este escenario, la estatización de la instrucción se transforma en una fuente crónica de conflicto entre quienes aspiran a aplicar planes educativos uniformes en todo el ámbito estatal y quienes aspiran a hacer lo mismo en las administraciones periféricas. Las asignaturas científicas en el sentido de que es posible impartirlas acudiendo a criterios objetivos son sólo una parte de los programas. Esto significa que una gran parte de la formación de las escuelas se deriva de juicios valorativos, lo que en un modelo de enseñanza pública equivale a imponer a los alumnos el esquema de valores de los gobernantes y/o de las burocracias de la enseñanza.
La educación es el proceso a través del cual se transmite a las nuevas generaciones no sólo el conocimiento, sino los principios sustentadores de una determinada forma de vivir y de organizar la sociedad. Esto implica enseñar a los niños las diferencias entre lo correcto y lo incorrecto, sobre lo que es importante en la vida, etcétera, y por tanto ha de estar dentro del ámbito de decisión de las familias y no del de los políticos o del de los burócratas. En una sociedad plural y, por tanto, compleja, un mercado monopolístico, incluido el educativo, no es capaz de reflejar los valores y satisfacer las preferencias de todos los padres. Cuando se pretende forzar una falsa uniformidad desde el poder, el conflicto está servido y la instrucción de los niños degenera en un estéril y dañino conflicto entre los diferentes partidos e ideologías. Así pues, el debate real no es entre quienes quieren españolizar o catalanizar a los alumnos, sino entre quienes están dispuestos a conceder a las familias libertad para decidir cómo y quién ha de educar a sus hijos y los que pretender asignar esa tarea a las autoridades públicas. Esa es la realidad del problema.
Desde esta óptica, la función del Estado ha de ser la de regular, no la de suministrar servicios educativos y debe restringirse a exigir el cumplimiento por parte de las escuelas de unos estándares mínimos, ceñidos al conocimiento de los hechos y de las ciencias positivas dejando la enseñanza de materias como la política, la religión u otros tópicos polémicos a la libre elección de los padres.
En este marco, el Gobierno o gobiernos obligaría a todos los colegios a enseñar ciertas cosas pero no les impediría impartir otras. Por tanto, los alumnos podrían ser educados en el budismo, en el cristianismo, en cualquier otra confesión o en ninguna si las familias tuviesen libertad de elegir a qué escuela llevar a sus hijos para proporcionarles, más allá de los estándares señalados, una instrucción acorde a su concepto de la buena vida, a su ideario personal. Esto implica despolitizar la educación, único camino para evitar conflictos sobre aspectos que, por definición, son opinables y, en consecuencia, subjetivos.
Este enfoque es incompatible con un modelo educativo basado en el control estatal de la enseñanza. Como planteó Milton Friedman en su libro Capitalismo y Libertad es posible sufragar la educación con cargo a los impuestos sin mantener escuelas públicas, facilitando a las familias un chequeescolar para financiar los gastos escolares de sus hijos pagando con esos bonos o cheques los colegios de su elección. Si los padres optan por llevar a sus hijos a un centro educativo cuyo coste es superior al importe del bono tendrán que cubrir esa diferencia con sus propios recursos. Este sistema ofrece múltiples combinaciones posibles, incluida la coexistencia de la enseñanza pública y la privada, eso sí, compitiendo en igualdad de condiciones, y se sustenta en un principio: el Estado subsidia a los padres y éstos deciden la escuela y la formación que desean para sus hijos.
Los bonos escolares, como todos los mecanismos de libre mercado, protegen los derechos de todos, de las mayorías y de las minorías. Si, por ejemplo, el 60% de las familias catalanas desea un tipo determinado de educación, el otro 40% podría utilizar su cheque educativo para decidir la que ellos demandan para sus hijos. Desde luego, esto no es conciliable con un planteamiento en el cual se piensa que la misión de la enseñanza es fabricar buenos ciudadanos españoles o buenos ciudadanos catalanes, tarea imposible de abordar con una mínima objetividad. El tema es formar individuos con la mejor dotación de capital humano disponible y libres para proyectar su vida como deseen, salvo que los gobiernos se lo impidan.

La cuestión catalana (y II) por Lorenzo Bernaldo de Quirós

El Mundo.


El debate sobre el autogobierno en Cataluña está ligado a dos líneas de pensamiento muy diferentes y transversales: la de quienes consideran al Estado o a la nación como seres con entidad y vida propia cuyos fines y metas son distintas y, en gran medida superiores, a las de los individuos; y la de quienes las contemplan como asociaciones voluntarias cuya principal justificación es la protección de los derechos individuales a través de un marco institucional que permita a cada persona vivir como desee siempre y cuando no invada la esfera de autonomía de los demás.
Desde esta perspectiva, el ser miembro de cualquier comunidad es una elección, una expresión de la soberanía individual frente a la tesis según la cual la identidad de las personas está definida por su pertenencia a un ente colectivo. Ese derecho de los individuos puede satisfacerse a través de numerosos arreglos político-institucionales desde la independencia hasta el federalismo. En este contexto analítico, cabe una lectura distinta de la convencional sobre las motivaciones de los catalanes para reivindicar el denominado Pacto Fiscal e incluso la independencia.
Si una gran mayoría de los habitantes del Principado considera que el precio -los impuestos- es superior al de los bienes, servicios e inversiones que reciben a cambio, su protesta tiene los rasgos de una clásica rebelión fiscal. Es cierto que son los individuos y no los territorios los que tributan, pero también lo es que buena parte de las prestaciones que se reciben a cambio, por ejemplo las infraestructuras, tienen una localización geográfica. Sin duda esto es una simplificación del problema pero está en la raíz del malestar de Cataluña.
La tesis según la cual la teórica e hipotética brecha entre lo pagado y lo percibido tiene un saldo negativo para Cataluña, pero se ve compensada por una balanza comercial superavitaria del Principado con el resto de España, no es sólida. Los intercambios comerciales son el resultado de transacciones voluntarias. Nadie está obligado a comprar una botella de cava. Sin embargo, los tributos son coercitivos, se imponen por la fuerza. Ésta es una matización importante cuando los bandos en litigio defienden posiciones antagónicas con el recurso a conceptos aparentemente técnicos pero cuajados de subjetividad como el de las balanzas fiscales y las comerciales entre los territorios de un mismo Estado.
La protesta catalana es la consecuencia inevitable del modelo de organización territorial del Estado consagrado en la Constitución, causa de la dramática situación financiera de casi todas las comunidades autónomas y factor determinante de la potenciación del particularismo. Los problemas de Cataluña, como los de las demás autonomías, es el resultado de un pésimo diseño de descentralización, un escollo estructural cuya resolución es básica para la estabilidad macroeconómica de España y para no alimentar movimientos centrífugos. La única cura a esa situación es la federalización de España. Una clara definición de las responsabilidades sobre las decisiones de ingreso y de gasto de todas las administraciones es vital para preservar la unidad dentro de la pluralidad, lo que implica corregir dos fallas fundamentales del Estado autonómico.
Cuanto más dependen los ingresos autonómicos de las transferencias del Estado, caso español, mayores son los incentivos a expandir el gasto sin límite. Cada nivel de gobierno ha de financiar sus desembolsos con sus propios recursos, y eso exige tener autonomía tributaria. De este modo, la gestión de los dineros públicos se hace más transparente, permite a los ciudadanos evaluar la eficacia de los programas de gasto en función de su coste y limitar, a través de la competencia fiscal, la voracidad recaudatoria de los poderes públicos y el tamaño del Estado. En los sistemas federales competitivos, el sector público es mucho más pequeño que en cualquiera de sus alternativas. Ahora bien, conseguir esos objetivos implica tener una hacienda propia.
Por otro lado es imprescindible restringir el sistema de compensación interterritorial a la emergencia de shocks externos como las catástrofes naturales. La transferencia de fondos de las regiones ricas a las pobres se ha convertido en un instrumento para crear relaciones clientelares y para suprimir los incentivos para que las autonomías con menores niveles de renta se desarrollen. En EEUU no existen mecanismos de redistribución territorial de la riqueza y, sin embargo, se ha producido una intensa convergencia real entre estados. Las áreas pobres han creado un entorno fiscal y regulatorio que ha atraído actividades productivas. En Italia y en España, décadas de enormes transferencias al Sur sólo han servido para alimentar una cultura de dependencia letal para crecimiento y empleo.
Si el Gobierno quiere realizar funciones redistributivas, éstas deben hacerse ayudando directamente a los ciudadanos sin recursos y/o estableciendo una red mínima de seguridad para que todas las personas, con independencia de sus recursos, tengan garantizado el acceso a una cesta básica de prestaciones. Más allá de esos mínimos, quienes deseen una cobertura más amplia debe cubrirla con sus propios impuestos. Si se acepta el principio de que las balanzas fiscales entre territorios son una falacia, también ha de asumirse que es igualmente falaz hablar de diferencias de renta entre ellas, porque éstas sólo existen entre las personas.
En su ensayo de 1978, Un Nuevo Modelo de Estado, Joaquín Garrigues Walker hacía profesión de fe en «una España en la que los habitantes se distribuyan según sus preferencias, vayan en busca de trabajo, de oportunidades, de cooperación comunitaria donde más les venga en gana, y sientan que no son necesariamente enemigos de quienes quieren vivir de forma distinta. Grandes esperanzas que no deben fracasar ni por la rigidez tradicional de unos ni por la violencia mesiánica de otros». Este mensaje tiene una extraordinaria vigencia en estos tiempos de zozobra.