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El albergue de 11 y 24

Iván García.

Lluvia en La Habana.
Hace tres décadas, tal vez más, la posada o motel para parejas en 11 y 24, en la barriada del Vedado, estaba entre las mejores de La Habana.
Joel, de 57 años, recuerda las habitaciones con aire acondicionado y neveras cargadas de cerveza. Fue en esa posada donde por primera vez hizo el amor con su esposa.
Ha llovido bastante. Y la vida, con sus giros enigmáticos, los ha traído de vuelta a 11 y 24. Ahora, sin embargo, en condición dealbergados. En Cuba, ser albergado es habitar en el último escalón de la pobreza.
Cuando se pierde el domicilio debido a un derrumbe o por haber sido declarado inhabitable por los funcionarios del Instituto de la Vivienda, la opción es residir hacinado en un albergue estatal.
"Es lo más cercano a una prisión. La gente llega engañada a los albergues. Las autoridades te dicen que en 5 años, a lo sumo, te darán una casa nueva. Hay familias aquí que llevan 20 años. Vivimos crispados y frustrados. Ya nos cansamos de reclamar una vivienda", cuenta Joel en su estrecha habitación de paredes enmohecidas.
En esta exposada del Vedado residen actualmente más de veinte familias. El que menos tiempo lleva, ya cumple diez años.
Interior de vivienda en 11 y 24. (YURI ROCA)
Josefina también reside en el antiguo motel. Desde hace 12 años habita en un cuarto mínimo, donde cinco personas duermen en dos camas junto a un baño muy pequeño con fuerte olor a orina y una sábana sucia, repleta de parches, que hace las veces de puerta.
La cocina y el refrigerador junto a las camas sirven de división.
El patio común, donde tienden sus ropas, está inundado de aguas albañales. En las noches calurosas, los albergados se sientan en pedazos de ladrillos o descoloridas sillas plegables a conversar después de la comida.
Josefina nos cuenta que ella fue a parar al albergue por el derrumbe de su casa, en la calle H entre 9 y 11, Vedado, frente al Hospital Maternidad de Línea. Le prometieron que sería albergada provisionalmente, a la espera de que se le otorgara una vivienda en mejores condiciones. Hasta el sol de hoy.
"A todos los que vivimos aquí les han dicho lo mismo. Ya nadie cree la historia de que el gobierno resolverá nuestros problemas. De esto hace 12 años. Si todavía no lo ha resuelto, no lo hará en el futuro", dice Josefina.
Y las noticias no son buenas. Según el Instituto de la Vivienda, el fondo habitacional es escaso.
Cocina en 11 y 24. (YURI ROCA)
Las lluvias y el mal tiempo provocan cada año el derrumbe de cientos de casas en la ciudad. El gobierno de Raúl Castro no tiene solución para estas familias sin techo. Solamente en La Habana, hay dos docenas de albergues. Todos en precario estado constructivo.
Algunas noches, los albergados se sientan a beber ron barato en el patio del antiguo motel. Y a soñar con el día que puedan tener un hogar digno. Pero como marchan las cosas, entre crisis económica, despidos laborales, abolición de subsidios y piñatas corporativas de los empresarios militares, Joel piensa que la otrora posada de 11 y 24 será su residencia de por vida.
"Saldré de aquí hacia el Cementerio de Colón, cuando Dios pase a recogerme", comenta en voz baja y sin esperanza. Por cierto, entre el albergue y la necrópolis la distancia es corta.

La salud pública, en retroceso

Iván García.

Hospitales derruidos y médicos 'negociantes'. ¿Qué fue de aquellos años en los que Castro hablaba durante horas de la excelencia de los servicios médicos cubanos?

Durante sus 47 años de gobierno personal y autoritario, a Fidel Castro le gustaba recordarnos que Cuba era una potencia médica a nivel mundial.
El comandante-guerrillero solía recitar las estadísticas sobre la mortalidad infantil y la esperanza de vida. Y luego, orgulloso, comparaba: "Tenemos mejores tasas de mortalidad infantil que los Estados Unidos".
Para que las masas aplaudieran, comparaba los progresos de la medicina después del triunfo de la revolución con la etapa republicana.
Ahora Castro está echado en la cama, haciendo dieta mediterránea, escribiendo su visión apocalíptica del mundo y, según cuentan, involucrado en pesquisas alimenticias con plantas como la moringa.
Su hermano Raúl no suele ser tan puntilloso ni autocomplaciente con el tema de la salud pública. Y es que la medicina de la Isla anda en caída libre. En enero de 2010, 27 dementes murieron de hambre, frío y malos tratos en Mazorra, el centro siquiátrico de las afueras de La Habana.
Hay suficientes hospitales, policlínicos y consultorios del médico de la familia a lo largo y ancho del país; pero más de la mitad necesitan una reparación capital, modernización tecnológica y la aprobación de medidas salariales y laborales que incentiven a los galenos a trabajar con profesionalidad y rigor.
En los centros de salud pública se han convertido en habitual las salas sucias, los baños desbordados de excrementos, la escasez de medicamentos y de equipos avanzados.
En 2012, la salud pública en Cuba se ha convertido literalmente en un asunto de vida o muerte. Si usted llega en estado grave a un hospital, el personal médico, a pesar de las penurias, intentará mantenerle con vida. Y las autoridades sanitarias agotarán los recursos disponibles a su alcance. Si el paciente es un niño o un adolescente, se hurga hasta en los almacenes estatales y se da luz verde para la compra en el extranjero de cualquier medicamento de última generación.
Pero cuando se habla de un tratamiento preventivo o un chequeo a fondo, entonces se notan las carencias. La medicina cubana está diseñada para impedir el fallecimiento y atender a personas muy enfermas.
No está mal.
Pero poco se hace para mantener una adecuada medicina preventiva, que sin dudas es la más rentable, dado que garantiza tener una población más sana. Lo primero que asombra cuando se visita algún deteriorado hospital, es la cantidad de pacientes aquejados de dolencias que pudieron haberse previsto en un chequeo médico.
Las consultas de dermatología y alergia están desbordadas, pues el clima tropical acrecienta ese tipo de enfermedades. (Si se llega con los pies repletos de ampollas o con un ataque de asma, se saldrá con un tratamiento para aliviar el malestar, no para prevenirlo o curarlo.)
Si un ciudadano necesita hacerse un estudio para determinar cuál es la causa que provoca su padecimiento, que se siente a esperar. Y además de paciencia, necesitará buenos contactos y dinero.
La medicina cubana es (aparentemente) gratuita. Pero para que los médicos se esfuercen en dar una atención competente, es indispensable llegar a la consulta, cuando menos, con una merienda, una lata de refresco o un jugo.
Para hacerse un chequeo a fondo, se necesita algo más que un simple emparedado de jamón y queso. En estos casos, al técnico debe pasársele a hurtadillas un billete de 10, 20 o 40 cuc, en dependencia del tipo de examen. Los propios especialistas recomiendan a sus pacientes que se realicen los análisis de sangre, exudados o biopsias, en hospitales de primer nivel.
"Los exámenes en los laboratorios de policlínicos y hospitales de segunda categoría carecen de rigor", cuenta un especialista. También los galenos se las agencian para tener una lista de pacientes que "resuelven cosas".
"A veces llego a la casa con diez sandwiches. Con ellos resolvemos el desayuno familiar o preparamos bocaditos para las meriendas escolares de los hijos. Los pacientes que más uno cuida son aquellos que te regalan lo que nosotros llamamos 'artículos pesados'. Piernas de cerdo, botellas de aceite, teléfonos móviles o dinero contante y sonante. Dentro de mi presupuesto mensual contemplo esa 'ayuda extra' recibida de mis mejores pacientes", señala un doctor con 25 años de experiencia.
La mayor aspiración del personal cubano de salud es partir hacia alguna misión médica al extranjero. Saben que el gobierno se queda con el 90% del salario devengado en divisas. Pero es en esas misiones donde pueden conseguir muebles, autos y equipos electrodomésticos.
Cuando hace 30 años un Fidel Castro presuntuoso hablaba horas y horas de los logros de la medicina revolucionaria, algo había de cierto. Era una salud pública que pocos países del tercer mundo se podían dar el lujo de tener.
Algunos acápites, como la mortalidad infantil y la esperanza de vida, siguen siendo comparables a naciones del primer mundo (al menos según las estadísticas oficiales). Pero 70 mil médicos y miles de especialistas, en algunos casos altamente capacitados, que devengan salarios de miseria —entre 25 y 35 dólares— a día de hoy se las apañan como pueden en hospitales desurtidos y desvencijados.
En esta primavera caliente, el personal médico debe tener las antenas de subsistencia funcionando todo el tiempo. Y ser creativo: en sus precarias condiciones deben atender a los pacientes y, por debajo del tapete, gestionar productos en especie o un puñado de chavitosque le faciliten el quehacer cotidiano.
Allá por los años 80, Fidel Castro estaba tan satisfecho con la salud pública que un día le dijo a un periodista extranjero: "En nuestro país cuando usted llega a un cuerpo de guardia, se le atiende sin preguntarle cuál es su posición política con respecto a la revolución".
Faltaría más.