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Más sobre África por Gonzalo Sánchez-Terán‏

La semana pasada me invitaron a un programa de televisión para conversar acerca de los diamantes de sangre. Una conocida modelo había testificado aquel día en la Haya frente al Tribunal Especial de Sierra Leona en el juicio que se sigue contra Charles Taylor, antiguo presidente de Liberia. Se suponía que la fama de la modelo iba a servir para volver a poner de actualidad el escándalo del comercio ilegal de diamantes provenientes de zonas en conflicto. Los diamantes de sangre gozan de una enorme popularidad desde que otra estrella de Hollywood protagonizara una película con ese título. A menudo los famosos se embarcan en campañas que denuncian problemas sociales: suelen hacerlo con buena voluntad. Trabajando en campos de refugiados en África he visto desfilar a actores, deportistas, políticos y celebridades de ocupación difusa, todos ellos escoltados por un séquito de fotógrafos y periodistas. Muchos son agradables y se conduelen de lo que ven aunque apenas entienden nada. Otros son unos cretinos interesados tan solo en su imagen, como el intelectual francés Bernard-Henri Lévy que se paseaba con su camisa abierta por el este del Chad visiblemente asqueado de tener que perder unos días entre tanta pobreza, o el político italiano Pier Ferdinando Casini que tras fotografiarse, pulcro y sonriente, con los niños en los misérrimos campos de desplazados se encendió un puro y empezó a contar anécdotas de su luna de miel en el Caribe.

Necesitar a un famoso para arrojar luz sobre el drama de cientos de miles de personas no prueba la sensibilidad del famoso sino la anestesia moral de nuestras sociedades. Que una actriz sea el vehículo para concienciar al mundo sobre los refugiados de guerra conlleva dos impuestos: el primero es que en el fondo las miradas se centran en la actriz, no en el refugiado; el segundo es que renuncias de entrada a cualquier hondura o matiz a la hora de explicar la situación. Los especialistas en comunicación nos repiten a las organizaciones humanitarias lo que los medios buscan: una cara conocida y un mensaje sencillo. Sin embargo la verdad está construida por rostros anónimos y realidades complejas. Para hablarnos de la economía española no queremos la cara de una famosa actriz nacional resumiendo en tres frases el problema: exigimos que un experto nos lo explique con el mayor detalle posible y que los políticos lo debatan en profundidad. Para hablarnos de África nos vale Angelina Jolie.

En la última semana Naomi Campbell ha aparecido, circunspecta y boba, en todas partes. La noticia se completaba con un comentario sobre los diamantes de sangre y los muertos en la guerra civil de Sierra Leona, y con imágenes de niños soldados y familias huyendo. En el programa de televisión en el que participé y en otros que he visto se ofrecían cifras de víctimas erróneas y las imágenes no eran de Sierra Leona sino de Liberia. Pero lo más confuso tenía que ver con los tiempos verbales: no quedaba claro si las guerras continuaban, si los diamantes seguían financiándolas, si el África del reportaje era el África de hoy. En ningún sitio se denunciaban las causas de aquellas guerras y, lo que es más grave, en ningún medio se contaba la realidad actual de Sierra Leona y Liberia, con sus impresionantes logros y sus innumerables desafíos. Del episodio veraniego de la modelo y su impacto mediático emergemos sabiendo menos de África, no más: consolidada la horripilante postal de violencia sin sentido, infernales dictadores y diamantes ensangrentados. Perpetuando los estereotipos dimitimos de nuestro cerebro y apuntalamos lo que los creó. El amor es un barrio de la inteligencia: preocuparse por África es entender lo que sucede en África.

Los diamantes de sangre aún financian autocracias y enfrentamientos pero cada vez en menor medida gracias a la labor de muchos activistas por los derechos humanos en el Sur y en Occidente. El petróleo, infinitamente más que los diamantes, es responsable de alimentar a gobiernos criminales y corruptos: Chad, Angola, Nigeria, Guinea Ecuatorial, Congo Brazzaville, Sudán. No obstante todavía ninguna estrella estadounidense ha hecho una película llamada, Petróleo de sangre. Preguntarnos por el origen de ese petróleo es mucho más complicado que hacerlo por el origen de los diamantes: podemos vivir sin diamantes, casi todos lo hacemos, sin petróleo no. En los últimos años Costa de Marfil ha sido denunciada porque uno de los bandos en el conflicto podría estar lucrándose mediante la producción de diamantes; a nadie se le ocurriría denunciar su producción de crudo.

La guerra de Sierra Leona acabó en 2002 y la de Liberia en 2003. Ambos países han vivido traumáticas y razonablemente exitosas transiciones hacia la democracia. En 2007 el candidato de la oposición, Ernest Bai Koroma, ganó las elecciones presidenciales sierraleonesas. En 2005 Ellen Johnson Sirleaf ganó las elecciones en Liberia y se convirtió en la primera mujer Jefe de Estado del continente. Aunque ambos países siguen siendo inmensamente pobres, con tasas de paro y analfabetismo dramáticas, la paz ha ido poco a poco arraigando y son visibles los esquejes de un cierto desarrollo económico.

Mientras África del Oeste actúa como figurante en la comparecencia de una súpermodelo en la Haya, algo capital e invisible ocurre en la región: las principales multinacionales de mineral de hierro y siderurgia, la brasileña Vale, las australianas BHP Billiton y Riotinto, las chinas Chinalco y Shandong Iron and Steel, la franco-hindú ArcelorMittal, y la india Tata Steel están pujando por sus minas de hierro. En el último semestre estas grandes empresas han firmado acuerdos de extracción y comercialización con Liberia, Sierra Leona y Guinea Conakry por valor de 10 millardos de euros, y otros de menor cuantía con Senegal, Malí y Costa de Marfil. La demanda china ha hecho que el precio del mineral de hierro se haya multiplicado por tres en diez años. Con unas reservas estimadas entre los 250 y los 500 millones de toneladas, el hierro puede ser la plataforma que saque a África Occidental de la miseria; o el yunque que la arrastre de nuevo a la violencia.

De los seis países de África Occidental que han firmado acuerdos con multinacionales del hierro en los últimos seis meses sólo Malí tiene una democracia estable: Senegal posee un sistema electoral contaminado por una clase política corrupta, Guinea pena por salir de medio siglo de dictadura, Costa de Marfil no acaba de desasirse de un conflicto podrido, y Sierra Leona y Liberia ensayan democracias bisoñas entre las ruinas de sus guerras. Todas estas naciones son nuestros vecinos del sur: nuestro vecindario. La pregunta que deberíamos estar haciéndonos ahora, que los periodistas de investigación tendrían que perseguir y los medios de comunicación exponer en sus tertulias es si la opulencia mineral de África servirá como tantas otras veces para enriquecer a las empresas extranjeras y reforzar el poder de las elites locales o finalmente será un instrumento de desarrollo que favorezca al pueblo. Está bien que nos acordemos de los diamantes de sangre, pero tendríamos que estar apoyando el extraordinario esfuerzo de las sociedades africanas hacia la paz y la prosperidad y previniendo la existencia del hierro de sangre: en qué condiciones se han firmado esos contratos, cómo se reparten los ingresos, quién se beneficia de ellos.

A este lado del estrecho el estrépito es grande: ladran los mezquinos, mugen los seguidores de enseñas, chilla en las pantallas la estulticia. Odysseas Elytis escribió junto a una ventana frente al mar los titulares que no aparecerán en el diario de mañana: lo doloroso es propiedad del pasado, la oscuridad combatida es material de luz, la luz convoca a la belleza, somos descendientes de la luz y hacia la luz caminamos. Odysseas Elytis describió la historia de Liberia y Sierra Leona, que es la nuestra.

Recuerdo de infancia, de Félix Grande (1937) por Gonzalo Sánchez-Terán‏

Terán sobre el Congo.

Destaco:

En Kinshasa ceno con Théodore Ngami. Théodore es un profesor de primaria de Kikwit, alto, enjuto, dueño de unos dedos hipotenusas que revolea como quien lleva una vida precisando recoger la atención de los niños. Conversamos; él me pregunta por mis padres y yo por sus hijos: tiene siete, tres en la universidad. Su gesto de orgullo al hablarme de ellos va entreverado de niebla: 'Cada vez es más duro. El estado me paga treinta y dos mil francos congoleses al mes (unos 24 euros), con eso es imposible alimentarlos y darles estudios. Además, nos pagan cuando quieren, a menudo con trimestres de retraso'. ¿Y qué haces? 'Lo que todos, trabajo la tierra. Tengo un terreno que queda a treinta kilómetros de Kikwit. Al acabar las clases el viernes me marcho a cultivar mandioca, maíz y arroz, y el lunes temprano regreso a la ciudad derrengado. Una parte de la cosecha sirve para que coma la familia; la otra la vendo y con lo que saco me encargo de la ropa, el colegio. Los precios de todo están subiendo. De verdad, no es fácil'. Yo, como de costumbre, no sé qué decir.

El robo consentido de los hombres uniformados es un impuesto directo a los más pobres: a políticos, extranjeros y ricos con coche propio no se les molesta.

En el este las cosas son peores, mucho peores. Los Kivus permanecen infestados de armas, odios e intereses. La violencia no se extingue y nadie labora por la erradicación de las causas de la guerra: una yesca de nacionalismos, miseria y codicia local y global. Hace pocos meses Oxfam publicaba un informe sobre el uso de la violación como instrumento bélico en el este del Congo. Más de cinco mil mujeres fueron violadas allí en 2009: perdón, denunciaron haber sido violadas; el número es trágicamente mucho mayor. Los procesos por violación en el Congo son casi inexistentes. La injusticia como rutina.

Algunos combates se pierden: hace diez días la Corte Penal Internacional de la Haya ordenó que Thomas Lubanga, un líder rebelde acusado de reclutar niños soldado en el este del Congo en 2002 y 2003, fuera puesto en libertad... Todo parece indicar que por motivos de procedimiento no será condenado. Si así sucede será un triunfo del estado de derecho y una derrota de la verdad.

...el historiador Adam Hoschschild fue a Ituri, la región del Congo donde el grupo rebelde de Thomas Lubanga actuaba. Allí la Corte Penal Internacional había dispuesto que la gente, especialmente los jóvenes, pudiera seguir el juicio... Adam Hoschschild escuchó contraviene las buenas intenciones de la Corte. Tras ver el vídeo los chicos congoleses hicieron preguntas incómodas: '¿Por qué están juzgando a Lubanga cuando otros que hicieron las mismas cosas están ahora mismo en el gobierno?'... Otro joven intervino: 'Lubanga no nos reclutó forzosamente, yo me uní a su grupo de forma voluntaria, para defender a mi comunidad. No teníamos ningún lugar al que ir y Lubanga nos aceptó'..l. Otro de los presentes preguntó antes de que la reunión concluyese: '¿Y qué pasa con los que mataron a Sadam Hussein, por qué no están ellos en La Haya?'. Son preguntas legítimas. En la mano del poder el mazo de la justicia es un martillo: siempre.


Recuerdo de infancia, de Félix Grande (1937)

La poesía nos descoloniza de nuestro yo. La poesía nos destrona de nuestra esclavitud. La poesía no está de nuestra parte, está de nuestro todo.

En Kinshasa ceno con Théodore Ngami. Théodore es un profesor de primaria de Kikwit, alto, enjuto, dueño de unos dedos hipotenusas que revolea como quien lleva una vida precisando recoger la atención de los niños. Conversamos; él me pregunta por mis padres y yo por sus hijos: tiene siete, tres en la universidad. Su gesto de orgullo al hablarme de ellos va entreverado de niebla: 'Cada vez es más duro. El estado me paga treinta y dos mil francos congoleses al mes (unos 24 euros), con eso es imposible alimentarlos y darles estudios. Además, nos pagan cuando quieren, a menudo con trimestres de retraso'. ¿Y qué haces? 'Lo que todos, trabajo la tierra. Tengo un terreno que queda a treinta kilómetros de Kikwit. Al acabar las clases el viernes me marcho a cultivar mandioca, maíz y arroz, y el lunes temprano regreso a la ciudad derrengado. Una parte de la cosecha sirve para que coma la familia; la otra la vendo y con lo que saco me encargo de la ropa, el colegio. Los precios de todo están subiendo. De verdad, no es fácil'. Yo, como de costumbre, no sé qué decir.

Théodore Ngami está deshecho, ha sido un día amargo. Llegó hoy de Kikwit en autobús: la carretera no es mala y en condiciones normales los quinientos cincuenta kilómetros que la separan de Kinshasa se hacen en doce horas. Él ha tardado veintiséis. Poco después de salir el autobús tuvo la primera de un rosario de averías. Al caer la noche el autobusero anunció que se estaba quedando dormido y necesitaba echar una cabezada: nadie se opuso. Parece ser que el buen hombre llevaba una semana yendo y viniendo por la misma ruta sin apenas descansar: el autobús pertenece a una empresa privada que infringe las pocas normas de seguridad que existen en el Congo. Cuando ya creían que no habría más obstáculos en su camino un grupo de militares detuvo el vehículo a punta de metralleta. Hicieron salir al conductor y le exigieron quince mil francos (once euros) para poder continuar. En la cuneta estaban aparcados otros tres autobuses llenos de gente somnolienta y resignada: los berets rouges, boinas rojas, pasaban la mañana recolectando dinero impunemente. Théodore trató de bajar para protestar por el abuso pero uno de los soldados le disuadió encañonándolo con su fusil. El autobusero y los pasajeros intentaron resistirse, argumentar, negociar: hasta que no pagaron entre todos no pudieron seguir. Finalmente, exhaustos y humillados, entraron en Kinshasa.

Hace poco los taxistas de la capital de la República Democrática del Congo y los conductores de microbuses organizaron dos días de huelga para quejarse por el sistema de mordidas que la policía les impone. Taxis colectivos y microbuses hacinados son lo más parecido a un transporte público que existe en Kinshasa: sin ellos la gente no puede ir al trabajo. El robo consentido de los hombres uniformados es un impuesto directo a los más pobres: a políticos, extranjeros y ricos con coche propio no se les molesta. Ésta es la existencia de las personas corrientes al oeste del desaforado país del Río: un estado disfuncional y unas fuerzas de seguridad corruptas hasta la médula. La injusticia como forma de gobierno.

En el este las cosas son peores, mucho peores. Los Kivus permanecen infestados de armas, odios e intereses. La violencia no se extingue y nadie labora por la erradicación de las causas de la guerra: una yesca de nacionalismos, miseria y codicia local y global. Hace pocos meses Oxfam publicaba un informe sobre el uso de la violación como instrumento bélico en el este del Congo. Más de cinco mil mujeres fueron violadas allí en 2009: perdón, denunciaron haber sido violadas; el número es trágicamente mucho mayor. Los procesos por violación en el Congo son casi inexistentes. La injusticia como rutina.

Estados Unidos y la Unión Europea financian al gobierno, las fuerzas de seguridad y la policía del Congo. Su presidente, Joseph Kabila, es considerado un aliado del norte y la presencia de las multinacionales occidentales y chinas está creciendo: las inmensas riquezas mineras del corazón de África alimentan la máquina de consumir del mundo sin perturbaciones. La República Democrática del Congo cada vez hace menos ruido y produce más beneficios: a quién le importa el sufrimiento susurrado de millones de seres humanos, la sementera de rencores, la pobreza como centinela, la injusticia como paisaje.

El poeta Félix Grande escribió hace casi medio siglo un poema sobrecogedor que describe como ningún ensayo la historia del Congo,

RECUERDO DE INFANCIA
Hoy el periódico traía sangre igual que de costumbre
venía chorreando como la tráquea de un ternero sacrificado
he visto chotos cabras vacas durante su degüello
bajo el agujero del cuello una orza se va llenando de sangre
los animales se contraen en sacudidas cada vez más nimias
de pronto ya no respiran por la nariz ni por la boca
sino por la abertura que la navaja hizo en la tráquea
en la cual aparecen burbujas a cada nueva respiración
a menudo parece que están completamente muertos
y no obstante aún se agitan una o dos veces suavemente
ahora sus ojos ya no miran tienen como una niebla
un teloncillo de color indeterminado que recuerda al ceniza
entonces el carnicero se incorpora con las manos manchadas
y procede a desollar y trocear al animal cadáver
para después pesarlo venderlo en porciones hacer su negocio
hoy el periódico traía sangre lo mismo que otros días
acaso unos cuantos estertores más que de hábito
pero cómo saberlo hay países que no especifican
por ejemplo el departamento de estado no da la cifra de sus bajas
únicamente les agrega apellidos
bajas insignificantes bajas ligeras bajas moderadas
hoy el periódico traía sangre en volumen considerable
y mientras leo pacientemente civilizadamente el intento
de justificación de esos destrozos escrito de sutil manera
recuerdo vacas cabras chotos la gran orza en el suelo
y recuerdo imagino pienso que unos cuantos carniceros
continúan desollando troceando pesando en sus básculas
haciendo su negocio mediante esos pobres animales sacrificados.

Hay una lucha abierta entre la indignidad del mundo y su dignidad: se libra en cada esquina, en cada bolsillo, en cada voto, en los mercados, en los tribunales, en los bares, en los pasillos del edificio de Naciones Unidas y en las aulas de cualquier escuela. Cada paso es un destino, cada acto una determinación, cada opinión un veredicto. Y la Tierra, más ahora, es un barrio. Nadie vive en las afueras. Nadie vive en las afueras.

Algunos combates se pierden: hace diez días la Corte Penal Internacional de la Haya ordenó que Thomas Lubanga, un líder rebelde acusado de reclutar niños soldado en el este del Congo en 2002 y 2003, fuera puesto en libertad. El juez del caso considera que es imposible que tenga un juicio justo porque la defensa no ha tenido acceso a documentos que se supone pueden exculparlo. Además la fiscalía no quiere revelar el nombre de su principal testigo alegando que hacerlo pondría en peligro su vida: el juez por el contrario considera que su seguridad está garantizada. La acusación ha apelado la decisión del juez y por el momento Lubanga permanece encerrado. Todo parece indicar que por motivos de procedimiento no será condenado. Si así sucede será un triunfo del estado de derecho y una derrota de la verdad.

Lo más grave, como tantas veces, queda al fondo. Mientras se estaban desarrollando las sesiones del juicio, el historiador Adam Hoschschild fue a Ituri, la región del Congo donde el grupo rebelde de Thomas Lubanga actuaba. Allí la Corte Penal Internacional había dispuesto que la gente, especialmente los jóvenes, pudiera seguir el juicio. A tal fin se pasaban vídeos de lo que sucedía en la Haya seguidos de mesas redondas: la idea era usarlos como método disuasorio para que todo el mundo comprendiera que el peso de la justicia cae sobre quienes reclutan a niños soldado. Lo que Adam Hoschschild escuchó contraviene las buenas intenciones de la Corte. Tras ver el vídeo los chicos congoleses hicieron preguntas incómodas: '¿Por qué están juzgando a Lubanga cuando otros que hicieron las mismas cosas están ahora mismo en el gobierno?'. Podían haber añadido que ganando salarios pagados por la comunidad internacional. Otro joven intervino: 'Lubanga no nos reclutó forzosamente, yo me uní a su grupo de forma voluntaria, para defender a mi comunidad. No teníamos ningún lugar al que ir y Lubanga nos aceptó'. En sus años como líder rebelde Lubanga recibió de Ruanda morteros, metralletas, munición y formación, y de Uganda apoyo y asistencia: los presidentes de estos países, Paul Kagame y Yoweri Museveni, reciben ayuda y aplausos de las naciones poderosas que financian la Corte Penal Internacional. Otro de los presentes preguntó antes de que la reunión concluyese: '¿Y qué pasa con los que mataron a Sadam Hussein, por qué no están ellos en La Haya?'. Son preguntas legítimas. En la mano del poder el mazo de la justicia es un martillo: siempre.

Algunos combates se pierden, otros se ganan. La semana pasada el Presidente Obama firmó la Ley sobre Reforma Financiera. Gracias al activismo de grupos de derechos humanos la Ley incluye una provisión que obliga a las empresas estadounidenses importadoras de productos que contienen minerales que son abundantes en el Congo a presentar un informe anual especificando el origen de estos minerales y su procedimiento de adquisición: transparencia en una zona de corrupción y conflicto. Esta medida, difícil de implementar, no acabará con la violencia y su hidra de causas, pero alicortará su financiación y desincentivará a sus predadores. Mucha gente de bien, congoleses y extranjeros, han trabajado, escrito, leído y soñado para que esta página de la Ley viera la luz.

Creo sinceramente que cada persona, en cada encrucijada, decide el porvenir de la humanidad.

Si el hombre pudiera decir, de Luis Cernuda (1902-1963) por Gonzalo Sánchez-Terán‏

Terán sobre la neutralidad.

Destaco:

Leer es tomar partido: la neutralidad es la mayor mentira inventada por los acaudalados, una prestigiosa manera de respaldar al mal. La indiferencia es un crimen de lesa humanidad.

Como recuerda Tony Judt, a lo largo de la Segunda Guerra Mundial casi todos los europeos neutrales estaban íntimamente comprometidos, si bien de forma indirecta, con los esfuerzos bélicos alemanes. Durante el conflicto Alemania dependió en gran medida de la España de Franco para el suministro de manganeso. El tungsteno llegaba a Alemania desde las colonias portuguesas, a través de Lisboa. El 40% de las necesidades de mineral de hierro de Alemania durante la guerra procedía de Suecia (llegado a los puertos alemanes en barcos suecos). Y todo ello se pagaba en oro, gran parte del cual había sido robado a las víctimas de los nazis y canalizado a través de Suiza.

En 1941-1942 Suiza producía para Alemania el 60% de la industria de la munición, el 50% de la industria óptica y el 40% de la de ingeniería, por todo lo cual era remunerada en oro.

El fascismo defiende la primacía de las esencias; el humanismo defiende la primacía de las presencias, la mujer y el hombre que comparecen en el alba: ambas ideologías son antagónicas... Nos rodean el hambre, la violencia, la infelicidad, ¿en qué luchas andan ellos? Cómo no sienten vergüenza.


Si el hombre pudiera decir, de Luis Cernuda (1902-1963)

La poesía no es ni de izquierdas ni de derechas: los mancos ni saben aplaudir ni pueden arar, y son éstas únicamente las tareas. Votar y pensar se están convirtiendo en actividades incompatibles.

Son las tres de la mañana y la noche abrasa como la correa en el cuello del inocente. Las paredes de mi casa están enlucidas de libros: no protegen o tupen, sino que desbrozan, desatrincheran el espacio, te arrastran a campo abierto. Leer es tomar partido: la neutralidad es la mayor mentira inventada por los acaudalados, una prestigiosa manera de respaldar al mal. La indiferencia es un crimen de lesa humanidad. Sobrevolar los problemas del planeta es minar sus soluciones: quienes habitan en torres de marfil pagan su alquiler a los constructores de celdas. Quienes se desentienden de la realidad la sancionan. Los libérrimos patinadores por lejanas constelaciones aleteando entre músicas y lienzos son la infantería de la iniquidad. El sistema los produce porque el sistema los requiere. Quienes viven en su mundo, viven contra el mundo.

Como recuerda Tony Judt, a lo largo de la Segunda Guerra Mundial casi todos los europeos neutrales estaban íntimamente comprometidos, si bien de forma indirecta, con los esfuerzos bélicos alemanes. Durante el conflicto Alemania dependió en gran medida de la España de Franco para el suministro de manganeso. El tungsteno llegaba a Alemania desde las colonias portuguesas, a través de Lisboa. El 40% de las necesidades de mineral de hierro de Alemania durante la guerra procedía de Suecia (llegado a los puertos alemanes en barcos suecos). Y todo ello se pagaba en oro, gran parte del cual había sido robado a las víctimas de los nazis y canalizado a través de Suiza.

Los suizos actuaron más que como simples blanqueadores de dinero e intermediarios para los pagos alemanes, lo que en sí ya constituía una contribución muy importante a la guerra de Hitler. En 1941-1942 Suiza producía para Alemania el 60% de la industria de la munición, el 50% de la industria óptica y el 40% de la de ingeniería, por todo lo cual era remunerada en oro. La pequeña empresa de armamento Bührle-Oerlikon todavía seguía vendiendo ametralladoras a la Wehrmatch en abril de 1945. En total, durante la Segunda Guerra Mundial el Reichsbank alemán depositó en Suiza el equivalente en oro a 1.638 millones de francos suizos. Y fueron las autoridades suizas la que antes de estallar el conflicto exigieron que los pasaportes alemanes indicaran si sus titulares eran judíos, la mejor manera de impedir llegadas no deseadas.

Desconfía de los neutrales: hay que implicarse, hay que tomar medidas realistas. Los países cambiarán de himno cada tres años y de capital cada diez. En el futuro se estudiará la posibilidad de que la capital de un país se halle en otro continente durante un lustro: así la capital de Estados Unidos sería Bangui, la de España, Asunción, la de Camboya, Viena, etc. Todos los países de la Tierra intercambiarán sus banderas periódicamente: habrá cierto desconcierto en la inauguración de los Juegos Olímpicos pero muchos menos conflictos. Una única autoridad mundial expedirá todos los pasaportes: solo les serán denegados a los evasores fiscales. Se abrirán las fronteras de par en par, repito, se abrirán las fronteras de par en par. Los servicios públicos, salud, educación, transporte, serán globales. El saber heredado se untará equitativamente sobre el mundo: se emprenderá un Plan Marshal del conocimiento. Los hombres serán distintos por sus obras, no por sus herramientas. La riqueza de las naciones se medirá en función de su poesía per cápita: cuantía de humanidad dividida por el número de habitantes.

Hace calor. Releo la vieja edición de Siruela de la Poesía Completa de Luis Cernuda. Hace un par de años, en Spitsbergen, una isla noruega a mil kilómetros del Polo Norte, se creó un banco de semillas para garantizar la seguridad alimentaria de nuestra especie en caso de un holocausto nuclear o una catástrofe natural. Se guardaron 268.000 muestras de semillas procedentes de un centenar de países. Si se hiciera lo mismo con las almas, si se atesoraran las más altas para asegurar la pervivencia de la sensibilidad humana más allá de toda hecatombe, la de Cernuda estaría allí,

SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
Como una nube en la luz;
Si como muros que se derrumban,
Para saludar la verdad erguida en medio,
Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,
La verdad de sí mismo,
Que no se llama gloria, fortuna o ambición,
Sino amor o deseo,
Yo sería aquél que imaginaba;
Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
Proclama ante los hombres la verdad ignorada,
La verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
Como leños perdidos que el mar anega o levanta
Libremente, con la libertad del amor,
La única libertad que me exalta,´
La única libertad porque muero.
Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco, no he vivido;
Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Cuando regreso a España y encuentro a los mismos miserables defendiendo las mismas banderas me entran arcadas: los que en Barcelona enarbolan su estandarte sintiendo agredida la esencia de su patria son dañinos para el mundo; los que en Madrid enarbolan su estandarte sintiendo agredida la esencia de su patria son dañinos para el mundo. Cómo no les da vergüenza. El fascismo defiende la primacía de las esencias; el humanismo defiende la primacía de las presencias, la mujer y el hombre que comparecen en el alba: ambas ideologías son antagónicas. Las banderas son la ropa del pudibundo dinero. Nos rodean el hambre, la violencia, la infelicidad, ¿en qué luchas andan ellos? Cómo no sienten vergüenza.

En lugar de enarbolar la verdad: el amor, el deseo.